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viernes, 24 de septiembre de 2010

Mi charla sobre Dorothy Parker en el Laboratorio de Escritura

LABORATORIO DE ESCRITURA
Actividades Literarias de septiembre
Martes 28 de septiembre a las 19h
En la serie El traductor como lector privilegiado Isabel Núñez habla de Dorothy Parker Se comentará la obra de Dorothy Parker de la mano de su traductora, quien explicará la experiencia como lector e intérprete de obras literarias. Escorial 11 08024 Barcelona metro joanic autobús: 39, 55 bicing: pl. joanic parking Horario de atención: Lunes a viernes 10h00 - 14h00 / 16h00 - 18h00 Teléfonos: 93 213 94 89 / 622 822 897

martes, 16 de octubre de 2007

Conversaciones domésticas




Foto: I.N., el pasillo desde la habitación de G.

Dice G. que le reconforta ver mis libros en esa pequeña estantería desde su cama. Yo lo comprendo. A mí me pasa igual. Le conté de la maravillosa ilustración de Sempé que el librero de la calle Berlinès puso para anunciar sus vacaciones, donde se ve una pareja que duerme rodeada de libros (y con un diván, precisó el sagaz librero), confortada por los libros. Hacía días que G. y yo apenas nos veíamos y empezamos a hablar, primero a actualizar información, repasando las últimas cosas que nos habían pasado, incluyendo algunas películas y libros, él me contó una película muy graciosa, me hizo reír sólo contándomela (decía que yo no le haría caso y no iría a verla, así que la traería a casa, pero ese es un argumento que usamos los dos en ambos sentidos, ambos con razón y sin ella), yo le pedí que leyera un cuento corto de Dorothy Parker, que yo había releído para una conferencia que preparo y sabía que le gustaría, él lo leyó a regañadientes, a cambio de que yo viera uno de esos cortos geniales de animación de los Aardman. El cuento de Dorothy disparó la conversación (sobre parejas y autoconocimiento y recursos varios). Se llama The Sexes, Los sexos (he visto una película basada en ese cuento, pero no me gusta, es demasiado explícita y se elimina esa magia parkeriana en que las palabras dicen otra cosa de lo que pretenden y el lector es como un analista que desentraña su significado; en la película se ve demasiado). Muestra una pareja que discute y se pelea sin decirse nunca por qué, qué es lo que siente y le molesta a cada uno, aunque el lector puede verlo, y la discusión es más difícil y dolorosa precisamente porque no se dice. Por supuesto, el cuento es satírico, pero con ese realismo tan económico y afinado de Parker. Yo le hablé de otro cuento muy en ese estilo, más amargo, de una madre manipuladora y neurótica que lleva esa actitud al extremo, muy victimosa, lo que llaman pasivo-agresiva, y le dije que yo alguna vez había discutido así con él, aunque él, más benevolente, no lo recordaba. Pero en mi entorno original, esas actitudes eran el pan de cada día y yo tuve que desaprenderlas, me libré de ellas gracias al psicoanálisis. Lo cual fue un gran grandísimo alivio y me hace feliz sólo pensarlo, ese gran peso que me quité de encima...

En cuanto a nuestra conversación, que siguió a trozos hasta entrada la madrugada, me interesó tanto que me desveló. G. cree mucho en mi capacidad de entender y explicar las cosas, pero a mí me parece que él tiene un insight sorprendente (que yo no tuve a su edad ni por asomo). Creo que él siempre tuvo una capacidad de observación muy aguda con las personas, las relaciones, es mucho más ecuánime que yo y desde muy pequeño veía cuándo algo le molestaba a otros, y podía reconocer sus propios errores él sólo, al cabo de un rato, y venía a decirlo.

Claro que a veces me exasperaba que le importase tanto la opinión de los otros. Siempre me hacía bajar la voz para que nadie nos oyera y siempre que me hacía comentarios sobre gente conocida, luego añadía (ya era una broma entre nosotros): No l'hi diguis. Y cuando íbamos a casa de alguien, antes de entrar, me decía, siempre medio en broma: "No expliquis res del que he dit i he fet des d'aquest matí..." Y por la calle o en lugares públicos siempre temía que yo llamase la atención o que me quejase de algo, etcétera. Al pobre le costó asumir mis excentricidades, pero ahora que su timidez mercuriana ha desaparecido, ya no le importa.

También hubo una época en que me decía, por la calle: "T'acompanyo, però només fins a la cantonada. Més enllà no, algú em podria veure!" Y es que en esa edad, era casi una humillación que alguien le viera con su madre. Durante un tiempo viajamos juntos, pero en los dos últimos viajes nos peleábamos todo el tiempo. Yo sólo quería aventurarme y buscar, él tenía miedo de que nos perdiéramos o me pasara algo (sobre todo en Estambul), y sólo quería ir a los lugares donde había turistas, cenar muy pronto y retirarnos al hotel a leer. Discutíamos, y yo le decía: "No sé perquè m'agrada tant viatjar amb tu", y él me decía: "A mi em passa igual..." Y es que cada vez que descubríamos algo, venciendo sus barreras continuas, él entendía exactamente lo que yo quería enseñarle y me enseñaba otras cosas... Pero era muy difícil. Y luego llegó la época en que él habría preferido estar en un sotanillo hermético y húmedo con sus amigos que dar la vuelta al mundo conmigo o con su padre... Y ahora es otra fase, en la que nos alegramos mucho de vernos, pero él tiene su vida absorbente y lejana...
Una amiga triestina, lectora siempre despierta y con cierta tendencia a la literatura del Este europeo, me habla de su fascinación por la Ostalgie, esa moda nostálgica (de Ost, Este), el llamado Soviet chic de la parafernalia comunista que se está extendiendo por la antigua Europa del Este (en los Balcanes es la Yugonostalgia), y aunque se supone que sólo es algo superficial, de objetos, vestuario, insignias, camisetas, etc., para mí forma parte de la nostalgia por lo perdido: todos idealizaban la "libertad" del mundo occidental, sin darse cuenta de que perderían los beneficios y la tranquilidad del Estado paterno: casa, escuela, Universidad, atención médica, tv, teléfono, todo gratuito o muy barato, y que aterrizarían en un "sálvese quien pueda" mercantil, justo en el momento del fin del Estado del bienestar (o de su destrucción sin razón, como demuestra Viçenç Navarro). En el fondo, piensan muchos, no se vivía tan mal en el comunismo... El autor de la Ostalgie por excelencia es Ingo Schulze, que pronto aparecerá publicado también aquí. Yo misma le traje a G. un bonito busto de Lenin de yeso, cuando fui a San Peterburgo; entonces aún eran muy baratos, y él se compró una camiseta con las letras cirílicas del PCUS. Yo sigo pensando que el marxismo era una buena idea mal aplicada y G. siente nostalgia de las esperanzas que generó en una época que él no ha vivido...

Y ahora vuelvo a mi conferencia y a mi libro balcánico, ya no sé en qué orden... Esta tarde, sesión de Heddy Honigmann en la Filmoteca...


sábado, 21 de julio de 2007

Tambores cercanos



Foto: Fuente rocosa, uno de tantos elementos que el ayuntamiento decidió sacrificar en los jardines de Vil·la Florida. Borja Querol, que escribió muy críticamente sobre esa reforma (tala de árboles y nefasta intervención en el edificio) me manda estas fotos de archivo, publicadas con su artículo en la revista Monumenta.

Llevo toda la semana esperando al silencio del sábado y domingo en este barrio abandonado, pero me he encontrado con la desagradable sorpresa de unos tambores y gritos de música salsera ensordecedora (y que me perdonen los amantes de esos géneros, ¿pero por qué estamos condenados a la música que eligen otros?), que nos obligan a todos a participar en su extraña fiesta matinal. He bajado las escaleras a pedirles que bajaran el volumen. Me ha abierto un joven latino de aspecto implacable, que al parecer está pintando el piso con unos colegas, ha dicho que vale, me ha cerrado la puerta en las narices y ha bajado el volumen exactamente durante los minutos que yo he tardado en volver a mi casa. Y ahora los tambores retumban en todo el edificio y me envuelven desesperadamente en medio del calor bochornoso. Es inevitable no pensar en Janet Leigh y Touch of Evil, aunque sólo fuera por el instante fugaz de desprecio misógino, la violencia de los gestos y la mirada que me ha dedicado. Podría llamar a la guardia urbana, pero sería absurdo (se diría que siempre están del lado del agresor; ¿o tal vez es un problema de misoginia?). Me dirían que en Barcelona, el ruido está permitido mientras se haga de 8 a 10pm. Y si me apoyaran, sería sólo por puro racismo, de manera que tendré que soportar los tambores y esperar que mi final no sea el de Janet Leigh en la película. No tenemos derecho al silencio diurno. Si tuviera más tiempo elevaría una petición al Ministerio de Medio Ambiente. ¿No forma parte el silencio de su jurisdicción?
Un amigo amable y con sensibilidad contra las "músicas no deseadas", me manda una música restauradora, Rostropóvich tocando la Bourrée de Bach (suite nº 3). El efecto es inmediato. Él dice que le recuerda al ginjoler y no está mal pensado...
Más tarde...
Los pintores de Sed de mal han desaparecido y en su lugar, silencio y pájaros. Aprovechando la quietud, voy a repensar una conferencia de Escritoras y fotógrafas (Si fueran hombres...) que Lydia Oliva y yo daremos en diciembre para Mapfre, y como me invaden las dudas, me pongo a releer a mis posibles candidatas (Maeve Brennan, Dorothy Parker, Isabelle Eberhardt, Jean Rhys, Natalia Ginzburg).

domingo, 20 de mayo de 2007

Dimanche toujours

Es gracioso pensar cómo odiaba yo los domingos, no sólo de pequeña, cuando me costaba decidir cuál era mayor tortura, si estar prisionera en mi "casa" o en el horrible colegio del que me expulsaron (que entonces tenía un jardín inmenso), sino después, cuando ya podía fugarme y abandonarme con nocturnidad a esos paréntesis sin tiempo, la tarde del domingo siempre era, por el horror que suscitaba, peor que la temida realidad del lunes. Y luego, muchos años después, odiaba mi prisión de los domingos porque tenía mi espacio ocupado (de fútbol silencioso o de la simple prolongación en el tiempo de algo bueno ya deteriorado) y sólo en las horas laborables volvía a tomar posesión de mi casa.
Y en cambio ahora, este silencio maravilloso de mi barrio (hasta que vuelve la marabunta), me hace desear la reclusión solitaria, y tras la visita de un amigo y el desorden lentísimo de las mañanas, qué felicidad estar escribiendo a trozos mi conferencia y a trozos un libro extraño, y a trozos leyendo, rebuscando y picoteando para componer un recorrido de ideas: Colette, Lo puro y lo impuro, Carver, What We Talk When We Talk About Love, o "Intimidad" (bien traducido por Jesús Zulaika, debo decirlo), Wide Sargasso Sea de Jean Rhys, el Quijote, la Recherche, Aleksandar Hemon, Dubravka Ugresić, un poema de Dorothy Parker, Sarah Waters, Wuthering Heights, Charlotte Perkins, Alice Munro, y tantos otros, para acabar el trayecto con uno de mis cuentos, que debo elegir entre tres... o cuatro.
Qué placer en la lentitud, los tés como rituales, alguna conversación telefónica y luego vuelta a este quehacer maravilloso que sólo puedo permitirme sin la banda sonora de la semana: teléfono, urgencias de traducción, pobre estado de mis arcas, malas noticias, retrasos en los pagos, pesadas negociaciones, maravillosas clases de yoga que a veces me pierdo por presentaciones casi obligadas y vida social que no cabe, como tampoco caben apenas las pasiones nuevas, y dudas mías y ajenas que trenzan cordones nerviosos desconcertantes.
Y en medio de mi retiro silencioso, me llega la noticia de que están inventando unas impresoras en 3D que permiten mandar por email información que se transforma, "imprimiéndolos", en objetos: muebles de cartón, un reloj, qué sé yo qué. Esa idea me encanta. Pronto nos podremos transferir por email todo eso y mucho más, un robot. Y entonces, inmediatamente, pienso con aprensión: cuando ya nadie pueda salir a la calle sin escafandra porque el aire será irrespirable (y no precisamente por el tabaco, ay) y no habrá oxígeno y el sol quemará aún más peligrosamente, dejaremos de tocarnos, de vernos, sólo nos comunicaremos por cables y nos mandaremos objetos por email.