Por un momento pensé que la vieillesse (esa de si la jeuneusse savait, si la vieillesse pouvait) caería sobre mí como una losa, a pesar del humor y de mi contentamiento con el avance de las cosas. Pero durante el día, la sensación gozosa y cálida fue apoderándose del aire que respiraba. Ya tarde, al volver a casa, saqué los no-regalos de la bolsa, puse un poco de mi nueva música celestial, el Te Deum de una misa de Bruckner (que me devolvió instantáneamente a una de las casas que mi padre alquilaba en Cadaqués, la de Chermayeff), contemplé algunas de las hierbas ocultas y humildes que la mirada oriental de Manel Armengol ha retratado en su Herbarium, leí cuatro o cinco poemas, afilados, decisivos, extrañamente cercanos, de Blaga Dimitrova, luego el principio del Diario para la prometida del triestino Ítalo Svevo y la introducción que le sitúa en la historia y el mal du siècle, acaricié el papel de arroz del cuaderno chino preguntándome si podría escribir con pluma, guardé mi nuevo cuaderno de notas con el material del viaje, puse el chocolate en la cocina y la música balcánica en un lugar visible, afilé el lápiz. “Esto no es un regalo”, iban diciendo uno a uno, al llegar, excusándose por mi petición de que no me regalaran nada (“un pensiero”, dijo Anna M.).
Pensé en los amigos que habían dejado lo que fuera para venir, pese a la lluvia, a improvisar conmigo la celebración de un año o una década más en la Tierra, y también en todos los que habían llamado y escrito y en los que habrían venido de haberles avisado. Ellos son mis interlocutores, que siguen dispuestos a reanudar conmigo una conversación prolongada en el tiempo.
Hubo un momento en que yo hablaba de Li Bai y su espíritu libre y Manel empezó una frase, dijo algo como “Hay que ser muy libre…” no sé cómo acababa, tal vez dijo “Hay que ser muy libre para andar por el mundo”, o “para entenderlo”, pero de pronto, en esa frase tan simple, que puede parecer un tópico, se me reveló una clave para mi viaje, y mi ansiedad quedó de pronto atrás ante la sensación puntiaguda, áspera, incierta, a veces incómoda pero feliz de seguir buscando en mi proyecto, intentando restituir algo, corregir algo, cambiar aunque fuera simbólicamente el mundo.
Hubo muchas más conversaciones, la última subiendo la cuesta de Muntaner y trazando itinerarios personales en síntesis difíciles como si saltáramos las esquinas a grandes zancadas, con las botas de siete leguas, poniendo en palabras el dolor, el desconcierto y la risa.
Es cierto que la primera parte de mi vida fue antihospitalaria. La pesadilla de la violencia y la desigualdad enmascaradas como normalidad, integradas en un bonito paisaje y en una complicidad nunca reconocida, la ausencia ya no sólo de afecto, sino también de ética o de equidad se instalaron en mí, y yo misma dudé y forcejeé conmigo durante años porque no tenía derecho a estar en el mundo. Nada de eso se puede cambiar, aunque sí la percepción, en la pregunta repentinamente inteligente de mi madre: “¿Y a mí, dónde me colocas?”
Los cambios, incluso los felices, suelen producirse de una manera lenta e imperceptible, por detrás de las cosas, pero cuando llegan a la conciencia tienen la fuerte evidencia de los descubrimientos. Estos días, unas frases de tranquilo reconocimiento de mi hijo, la confirmación de que las viejas relaciones elegidas (incluso las más políticas) han dejado un poso de afecto y afinidad, y de que sigo contando con esos interlocutores elegidos para seguir pensando me fuerzan a darme cuenta de que me he hecho un lugar en este mundo y de que me gusta ese lugar, jardín caótico, desordenado y lleno de glorietas y caminos frondosos, mi propio jardín, con sus brotes, sus plantas enfermas y sus desolladuras, sus fuentes y sus sombras donde guarecerse.
Pensé en los amigos que habían dejado lo que fuera para venir, pese a la lluvia, a improvisar conmigo la celebración de un año o una década más en la Tierra, y también en todos los que habían llamado y escrito y en los que habrían venido de haberles avisado. Ellos son mis interlocutores, que siguen dispuestos a reanudar conmigo una conversación prolongada en el tiempo.
Hubo un momento en que yo hablaba de Li Bai y su espíritu libre y Manel empezó una frase, dijo algo como “Hay que ser muy libre…” no sé cómo acababa, tal vez dijo “Hay que ser muy libre para andar por el mundo”, o “para entenderlo”, pero de pronto, en esa frase tan simple, que puede parecer un tópico, se me reveló una clave para mi viaje, y mi ansiedad quedó de pronto atrás ante la sensación puntiaguda, áspera, incierta, a veces incómoda pero feliz de seguir buscando en mi proyecto, intentando restituir algo, corregir algo, cambiar aunque fuera simbólicamente el mundo.
Hubo muchas más conversaciones, la última subiendo la cuesta de Muntaner y trazando itinerarios personales en síntesis difíciles como si saltáramos las esquinas a grandes zancadas, con las botas de siete leguas, poniendo en palabras el dolor, el desconcierto y la risa.
Es cierto que la primera parte de mi vida fue antihospitalaria. La pesadilla de la violencia y la desigualdad enmascaradas como normalidad, integradas en un bonito paisaje y en una complicidad nunca reconocida, la ausencia ya no sólo de afecto, sino también de ética o de equidad se instalaron en mí, y yo misma dudé y forcejeé conmigo durante años porque no tenía derecho a estar en el mundo. Nada de eso se puede cambiar, aunque sí la percepción, en la pregunta repentinamente inteligente de mi madre: “¿Y a mí, dónde me colocas?”
Los cambios, incluso los felices, suelen producirse de una manera lenta e imperceptible, por detrás de las cosas, pero cuando llegan a la conciencia tienen la fuerte evidencia de los descubrimientos. Estos días, unas frases de tranquilo reconocimiento de mi hijo, la confirmación de que las viejas relaciones elegidas (incluso las más políticas) han dejado un poso de afecto y afinidad, y de que sigo contando con esos interlocutores elegidos para seguir pensando me fuerzan a darme cuenta de que me he hecho un lugar en este mundo y de que me gusta ese lugar, jardín caótico, desordenado y lleno de glorietas y caminos frondosos, mi propio jardín, con sus brotes, sus plantas enfermas y sus desolladuras, sus fuentes y sus sombras donde guarecerse.
