El viernes salí de mi sesión maratoniana con el dúo de dentistas argentinos. Es curioso, en la sesión con él, a pesar de tener esas obras excavadas en la boca (abierta), con vibrante estruendo y molestias, me dormía todo el tiempo. Cuando se lo dije, me contestó que eso era un elogio para un dentista. Luego pasé a ella, mucho menos delicada, por no decir brutal, y la cosa fue muy distinta. Me destrozó el labio y la mejilla, no se acababa nunca y salí dando tumbos. "Te va a doler y es en serio", me anunció. "Tómate ya lo que tengas". Me fui a casa y la homeópata me recordó los remedios: belladona y árnica alternadas y así empecé. Necesitaba andar y me las llevé conmigo. Ese viernes estaba lleno de acontecimientos culturales. Me habían invitado a ver a Dave Eggers en Kosmópolis (por alguna extraña razón la invitación sigue llegando de Facebook), pero esa hora había pasado en la silla del dentista (dejando a Lou aparte), me habían invitado a ver a Pierre Assouline hablando con Sergio Vila-San-Juan en el Caixafòrum, pero mi energía no me llegaba para andar hasta allí, ni podía arriesgarme en mi estado, aunque me habría encantado escucharles. Y finalmente estaba el Espai Freud, una conferencia de Miguel Morey sobre Foucault, en el Palau Robert. Me pareció menos arriesgado. Si no podía soportar el dolor, me iría discretamente andando a casa. Fui para allá y no me arrepentí.
El lugar estaba abarrotado y de un público heterogéneo, de todas las edades y de distintos backgrounds. Morey estuvo claro y brillante, dibujó un retrato personal de Foucault, no sólo su pensamiento sino la persona que hay detrás, pero sobre todo, con su pasión filosófica retrató al Foucault combativo, rebelde, su trayectoria desde la Historia de la locura a Les mots et les choses, Vigilar y castigar y la Historia de la sexualidad, su activismo contra las cárceles, sus respuestas frente a la estupidez acusatoria de su vida sexual, su defensa de que somos más libres de lo que pensamos. Alguien preguntó que si Foucault viviera, se enfrentaría al psicoanálisis (como si el psicoanálisis fuese "la amenaza"). Morey le contestó muy atinadamente que Foucault ya había dicho lo que pensaba en ese sentido y que él creía que, si viviera, Foucault se ocuparía de los medios de comunicación. Lo que nadie dijo, y me extrañó, porque había psicoanalistas entre el público, y yo sentí que debían decirlo ellos y no yo, fue que pese a la aversión de Foucault por toda institución y aparato y luchas de poder y estancamiento, incluidas las organizaciones psicoanalíticas, lo que allí se estaba diciendo coincide estrechamente con la posición psicoanalítica, al menos con la parte subversiva y rebelde del psicoanálisis, en esa escucha y despenalización de la locura, ese desenmascaramiento del poder que encierra a quienes no se avienen a razones, les quita la mordaza y les devuelve la palabra, en los caminos que abrió Freud y que reabrió Lacan, en la oposición a la postura carcelaria y represiva o conductista de psiquiatras y psicólogos. Pero fue realmente magnífico (Por cierto, podéis escuchar la conferencia en la web del Espai Freud). De la frase final como idea básica de lo foucaultiano: "No tenemos por qué obedecer", que nos inspiró a todos, un joven con rastas, tal vez más dominado de lo que creía, dijo: "Pero si no hay por qué obedecer, entonces yo no esperaría el orden de palabra o me pondría a dar gritos aquí..." Morey le respondió preguntándole: "Ah, ¿tú haces eso por obediencia y no por sentido común o cortesía? Yo creo que es cuando nos dan palo cuando perdemos esa consideración por los otros..." Me pareció muy tristemente sintómatico de este país sometido por la dictadura franquista y su opresivo e inmenso legado que un joven (con rastas) confunda el sentido común y la consideración a los otros con el sometimiento. Es una clave. De por qué antes había rebeliones que intentaban cargarse un sistema y ahora sólo hay estallidos de violencia ciega contra los más vulnerables o contra cualquiera, contra los indigentes o los inmigrantes o cualquier coche que pueda quemarse. De por qué predomina esa falta de sentido común y de consideración por los otros, pues la cortesía sólo es eso, consideración por los otros. No tirar basuras al mar, ni a la calle ni al jardín del azufaifo, no imponer a los demás nuestro propio ruido ni nuestra propia música, ofrecer un buen trato a quien no nos ha hecho daño, cuidar el entorno y la ciudad, no destruir lo que puede servir también a otros, cosas así que parecen haberse perdido en este pobre país, gracias a aquella herencia violenta de la dictadura. Como los colegios represivos donde la rebeldía consiste en destrozarlo todo. Uno difícilmente aprende a cuidar o a apreciar el entorno si no le dejan vivir, si se acostumbra a los palos.
Volviendo al tema anterior, un artículo en el suplemento de El País semanal habla o pretende hablar del éxito de la serie In Treatment (En terapia) que comenté aquí: el artículo lo confunde todo, no sé si por ignorancia de quien escribe o por esa insistente perversión de las cosas. La periodista, que no parece saber nada, llama psicólogo al psicoanalista (cuando esa escucha suele ser opuesta, opuesta la perspectiva , el psicólogo intenta apagar el síntoma, el psicoanalista lo observa y traduce, lo considera una forma de llegar a lo que hay detrás; el psicólogo lo pone todo fuera y da consejos; el psicoanalista no juzga, no moraliza, le interesa más escuchar el deseo y la necesidad interna, acoger al niño y al monstruo que nos habitan, darles la palabra, asumirlos, y no da consejos ni intenta integrarnos ni que encajemos necesariamente en esa realidad sometida); el artículo atribuye a "los americanos" la necesidad de esa escucha, cuando la tenemos todos o cualquiera. La fascinación de esa serie (que no interesa a Cacho y sí a V) es para mí precisamente contemplar esa escucha en la tv, en este país donde tanta falta hace, donde la gente hace equilibrios y carambolas para huir, donde la mayoría prefiere doparse y negar antes que saber lo que les pasa por dentro. Y donde cada vez que hablo de estas cosas me llegan mensajes insultantes de personas que detestan ese lenguaje, que por alguna razón se sienten amenazadas por su mera existencia, como si alguien pudiera obligarlas a psicoanalizarse. Que exista esa opción les altera. En lugar de distanciarse e ignorar aquello que no les interesa, prefieren seguir leyéndolo con furia, en un desesperado diálogo consigo mismos, sin lograr acallar un interrogante que les hiere. Es un misterio.
También me cuesta entender a aquellos que se enfurecen porque algunos defendamos los árboles de esta ciudad. Como si eso les impidiera algo o molestara a sus vidas. Como si no pudieran aceptar que no todos pensamos lo mismo y que algunos necesitamos el oxígeno para respirar. Como si eso impidiera a alguien dedicarse a otras cosas (por cierto, mi libro balcánico, cada vez más cerca).
Y hay gente que se siente amenazada por el trabajo de memoria histórica necesario en este país. Quien escuche o lea los testimonios de tantos que se recogen en el proyecto de Teresa Morandi y Anna Miñarro (Trauma psíquic i transmissió) comprenderá enseguida que es un proceso necesario para recobrar la salud mental de este pobre país. "Un país de cagats", decía Casasses el otro día en una entrevista. "Ningú no s'atreveix a dir res". Y efectivamente. Leyendo el Quanta, quanta guerra de Mercè Rodoreda, ¿cómo alguien puede pensar que hay que pasar página, amordazando a todos los que aún sufren traumas heredados de aquello, y dejar impunes a los perpetradores y que ni siquiera se señalen sus nombres, y que la justicia renuncie a su trabajo simbólico?
Tiene razón J., que me ha recomendado el artículo de Sagarra de hoy en La Vanguardia. Y aún no he leído a V.M. en El País...
Llevo dos mañanas andando por el bosque e intentando desintoxicarme cerca de los árboles. Si todo va bien, el jueves volveré al Montseny. He acabado mi cuento de cuentos y con él, el libro; sólo me queda tomar una decisión, incluir o excluir aquellos otros tres cuentos de mis dudas. Y empezar a pensar en ese otro nuevo proyecto... Antes de salir, he acompañado a Ana y le petit (grand) Nicolas a ver al azufaifo. El jardín se veía armonioso y olía a tierra. Al fondo, seguían allí las ratas de siempre.
Firmen aquí para que no talen plátanos y palmeras de la Diagonal, ni almeces de Joaquim Folguera ni... (y ni caso a la demanda de dinero, es cosa de la web, no nuestra, ignórenla!!!)

