lunes, 12 de marzo de 2007

La negación, el silencio

Foto: David Goldblatt, Johanesburgo, 1975.
En las guerras, los genocidios, ¿en qué consiste la complicidad colectiva? ¿Por qué hay tanta gente que quiere olvidar, y pasar página? Naturalmente, no todos son culpables de matar, no todos son criminales de guerra, la mayoría sólo miraron hacia otro lado, denunciaron, permitieron, tal vez para quedarse con el puesto de trabajo o la casa de alguien, alguien que fue expulsado, exiliado, desposeído, muerto... Es lo mismo en las familias. Cuando alguien es maltratado y se produce un silencio cómplice, cuando nadie quiere hablar de ello, es porque todos los que callan tuvieron una complacencia contemplando ese maltrato, sintieron placer con el dolor ajeno, tal vez sólo el alivio "alegre" de no ser ellos las víctimas, y en cualquier caso, ninguna empatía, ningún gesto afable. Alguien podría ser así y después cambiar, decir: "yo no te ayudé y lo siento". Pero prefiere no hacerlo porque en el fondo sigue sin sentir ninguna simpatía.
Y en cuanto a las secuelas del maltrato, recuerdo una escena de la obra de Ariel Dorfman que luego llevó al cine Polanski, La muerte y la doncella, en que una superviviente de los campos de concentración chilenos (en la película, Sigourney Weaver) descubre a su torturador, por la voz (ya que la torturaban con los ojos vendados), ya en la democracia. Y se da cuenta de que no necesita vengarse, sino sólo obligarle a decir: "Yo fui, yo lo hice". Ese reconocimiento, ese poner en palabras, escuchar que otro afirma y reconoce, aunque no haya perdón, es suficiente, aunque sea sólo la confirmación de que aquel sufrimiento no fue producto de su locura. Es una escena importante para mí. Es la razón por la que emprendí mi proyecto balcánico.
Y otra idea: por qué en parte, si sobrevive a su propia pulsión de destrucción (y de ¡venganza, Smith!), y lo supera, aun con cicatrices que duelen cíclicamente, el maltratado mira a su alrededor, se da cuenta de que ha creado una vida que le gusta, lejos de aquella gente, y se sorprende prefiriendo con todo haber sido la víctima en lugar de ser uno de esos seres que contemplaron su castigo con una sonrisa, de esos seres que lo siguen negando y silenciando, afirmando su culpa. Como el buen persianero, que me dijo una vez: "Que no me oiga mi jefe. Yo podría cambiarle la persiana por otra nueva y cobrarle 150 euros, pero si quiere le arreglo la suya, por 30 euros. Antes que enriquecerme, yo prefiero vivir tranquilo." Y es que tener una ética, intentar ser justo con los otros, no tener que despreciarse uno mismo o que ahogar esa conciencia de la propia bajeza al precio que sea, es también una pequeña pero no desdeñable fuente de felicidad. Pero hace falta un coraje y una sinceridad que no todos tienen.

5 comentarios:

Raúl Luceño dijo...

Toda tu entrada me lleva a una palabra que, si me permites, plasmo en mayúscula: UTOPIA.

Me ha encantado tu texto y sobre todo el persianero, presentado aquí como una especie de héroe clásico, de quimérica figura, osea, como alguien inalcanzable.

O, al menos, eso es lo que nos va demostrando el día a día, ¿no? Los persianeros no salen en la tele.

Felicidades!!

zbelnu dijo...

És que la vida cotidiana se enzarza en los pensamientos... Y ellos son los héroes de la vida cotidiana. A mi gata siempre le interesan los que vienen a hacer un trabajo físico: el persianero, el cristalero, el fontanero... y creo que ella tiene razón

Anónimo dijo...

tu gata es muy astuta y comparte mis gustos; no encuentro mayor glamour, mejor erotismo, que el que desprende la gente cuando está trabajando en algo físico...el sex-appeal de la working class.

el anónimo de siempre

zbelnu dijo...

Ja ja, anónimo de siempre, ya sabes que esa idea está escrita! La escribió Barthes en Fragments d'un discours amoureux

el objeto a dijo...

bonita esa imagen del héroe de la vida cotidiana y que en nuestro imaginario posee cas siempre la llave a una vida más simple y por qué no más humana