
Una extraña oleada de insomnio de origen aparentemente físico (hormonal, y por lo tanto, poderoso y capaz de burlar y sortear los efectos de todas las hierbas) me tiene secuestrada desde hace ya más de una semana. Sueño que duermo, pero no lo logro realmente. Me despierto varias veces en la noche y aunque no tardo tanto en volver a las regiones de Morfeo, ya nunca es suficiente. De día, me mareo terriblemente al cambiar de posición, y aunque por las mañanas mis baterías parecen mágicamente cargadas, el cansancio me invade después de comer y ya no me abandona.
Mi amigo escritor serbio me recomienda que duerma con mi gata. Podría ser que sus vibraciones, esas ondas expansivas de ensoñación y sopor gatuno fueran contagiosas. Chissà.
O tal vez podría hacer caso a Paul Éluard:
et, comme aux temps anciens, tu
pourrais dormir dans la mer.
Podría dejar que me durmieran los poetas, echarme al sofá con un montón de libros que hablasen de dormir, taparme con ellos, dejarme envolver por sus palabras de bosques y mares donde se duerme, recuerdo fragmentos. T.S.Eliot escribía:
Whispers and small laughter between leaves and hurrying feet
Under sleep, where all the waters meet.
Más de una vez he pensado que yo usaba los libros así, como el tío Gilito se revolcaba en su dinero, quitándose el albornoz y zambulléndose como en una piscina, tal vez lo mío sea similar...







