Otra vieja foto de mis 18, cuando empezó la maldición del solsticio (la fotógrafa era Malicia Núñez).Hay una especie de maleficio melancólico y desesperado que sigue funcionando para mí en la celebración de ese solsticio de verano, algo que empezó hace mucho tiempo y no se acaba de curar, como las viejas cicatrices que duelen con el cambio de estación. Los cohetes que estallan en el cielo, la idea de las verbenas me despiertan siempre el deseo de salir corriendo, de huir, de hacer algo radical. En esa fecha cambié de vida hace ya siglos y cada año se renueva la inquietud. No puedo salir indemne de esa hoguera simbólica donde aún se quema algo mío, en un rito que no puedo controlar. He intentado enfocarlo de otras maneras, ir al cine, incluso pasarme esa noche (atada) traduciendo entre petardos (la terraza se llena de ellos y es casi imposible dormir) y hablando por teléfono con otra traductora. Una vez pasé esa víspera en una ambulancia, acompañando a alguien. Mi padre se ponía tapones en los oídos y organizaba un picnic nocturno, lejos de la bahía, en Cadaqués, aún recuerdo las noctilucas brillando en el agua y su frase: "A partir de ahora, si queréis decirme algo, que sea por señas o por escrito..."
Muchas cosas buenas han empezado y acabado en esa fecha para mí. He escrito dos cuentos con ese material, pero sigo sin resolverlo. Este año, mi dolorosa falta de tiempo, las urgencias, mi ruina no ayudan a la escapada, pero intensifican el deseo de desaparecer, aunque no en avión (han logrado que deteste los aeropuertos, con sus controles policiales), sino en alfombra voladora, en cofre volador, como el cuento de Andersen, o por lo menos en tren.
Más tarde añado un micropoema de Maria Mercè Marçal que he encontrado buscando otra cosa:
Llenço el teu nom als peixos,
Mai, perquè el trobin
fet carn i sal i aigua
els meus hams de demà.
Mai, perquè el trobin
fet carn i sal i aigua
els meus hams de demà.
