jueves, 30 de julio de 2009

Confucio me hablaba de mi mundo

Foto: I.N., Parco Archeologico della Neapolis, Siracusa, 2009
Ayer iba yo andando muy contenta, leyendo admirada esa magnífica edición de Confucio (traducido y prologado por A-H. Suárez), máximas que me hablaban de mí y de mi mundo, de la debilidad que marcó la vida de M y como consecuencia, mi niñez. "El Maestro dijo:..' Ver lo que sería justo hacer y no llevarlo a cabo es cobardía.'". Pensé que el Maestro me concedía cierta "hidalguía" asociada a una anécdota de estos días, y la hidalguía tiene más gracia aplicada al mundo femenino: "No experimentar amargura pese a ser ignorado por los hombres, ¿no es acaso propio del hidalgo?" Y hablaba también de algunos amigos:
"El Maestro dijo: 'Jamás he visto nadie de (inquebrantable) fimeza.'
Alguien replicó: 'Shen Cheng.'
El Maestro dijo: 'Cheng es apasionado. ¿Cómo va a ser tan firme?'"
En su prólogo luminoso AHS contaba: "En una época en que reyes, señores y pequeños nobles habían perdido sus cualidades propiciadoras y civilizadoras, es decir su virtud, el Maestro Kong consideraba que cualquiera podía ser hidalgo o villano independientemente de su linaje. Era necesario 'rectificar los nombres' (zheng ming), devolviéndolos a la esencia de las cosas..." Y más tarde, V. me habló de esas capas que los chinos fueron añadiéndole a la figura de Confucio hasta hoy, reescribiéndolo...
Iba yo también pensando en el sinsentido de esa violencia que se añade a todo lo injusto de este mundo, donde la democracia es sólo una palabra vacua y unos cuantos nos mueven y usurpan a todos en distintos grados; estos extraños ataques de ETA, ¿a quién sirven? ¿a los destinos turísticos rivales? Desde luego, no al País Vasco. Y toda esa escatología dolorosa de lo manchado de sangre. Me hace pensar en la desesperación delirante de los terroristas suicidas, en los jóvenes de las banlieues quemando coches de sus vecinos o en la horrible pesadilla de esa gentuza que ataca, apalea y quema a indigentes y niños de la calle y lo graba en vídeos y en todos esos hombres que maltratan y matan a sus ex parejas, y en los que niegan esos hechos como si no existieran.
En la librería me encontré con el hombre cuya voluntad, cuando acabe mi contrato, me llevará quizás a vivir en un sotanillo hermético y húmedo de Nou Barris o me permitirá seguir refugiada aquí: el propietario de mi casa. "No nos adelantemos a los acontecimientos", dijo cuando le pregunté por la espinosa cuestión. Su hija, diseñadora gráfica de ojazos azul gris, contribuyó a la batalla para salvar a nuestro azufaifo. Su madre tradujo el primer libro de VW, aunque algunos se olviden de citarla. Ayer le pedí que protegiera el altísimo ciprés de su jardín; al parecer, los vecinos se quejan de que con las finas hojas que caen se les atranca un canalón y eso les parece motivo para cortarlo (!). En este país donde ni siquiera los árboles históricos y gigantes, que albergan urracas y mirlos, oxigenan el aire y se cimbrean poéticamente con el viento, tienen protección, ni derecho a vivir: los arboricidas son mayoría.
Ayer, cuando escuchaba a M. forcejear con las palabras, decidí que intentaría dejarla vivir siempre en su casa, aunque su casa ya no sea su casa, la que me acosa en sueños, la de los pájaros y las lagartijas. Aunque ya no tenga aquellas terrazas visitadas por sus amigos voladores. Con lo que le queda de sus cosas. Pensé en llevarla de paseo por un parque. Yo dije en mi conferencia de la Collobert que había naufragado en un mar de palabras y ahora veo en M. su escenificación dolorosa, el significado literal de ese naufragio. Yo, que siempre fui acogida hospitalariamente por las palabras, veo ese hundimiento con aguda estupefacción. Las palabras se le escapan como pájaros. A ella, a quien siempre acudían los pájaros perdidos y enfermos. Se le escapan como peces entre los dedos, como mariposas. No puede decir.
Mi amiga MA me invitó ayer a su casa de las islas, concluyó que cuando acabase mi misión de vigilancia de M., necesitaría un descanso. Por un momento me imaginé recorriendo en bicicleta la distancia hasta mi embarcadero preferido.
Ayer me desvié de mi camino para ir a comprarme un helado indio con gengibre y cardamomo (¿Estarás embarazada? se burló J. al teléfono cuando se lo dije) y cuando me lo tomaba comprendí de qué se trataba. Vi una escena mía a los dos años, en la cocina de Figueres, cuando me metían la comida en la boca a la fuerza, tapándome la nariz y abofeteándome, me obligaban a tragar lo que escupía, me sacudían boca abajo, por los pies, y me quedaban las huellas rojas calientes de las manos de mi tía en la cara y el cuerpo. Y luego, en la calle, C me compraba helados y bombones para consolarme. Al comprenderlo, el helado sabía a lágrimas. He pensado en Manu Chao y en su vas por la calle llorando, lágrimas de oro... "Es una imagen típica de serie de la tv, me dijo después G., "la chica abandonada por su novio que se compra un bote grande de helado..." Así que lo tiré por el sumidero y en vez de eso comí cerezas con más lágrimas. No era mala combinación. Llamé a G. para que me consolara (Pensé en Coetzee sobre la maternidad: We embrace to be embraced). Intenté explicarle a G. que no era la pérdida real, sino la pérdida de mi último vínculo con el pasado, mi niñez, el dolor de lo que pasó, todo aquello de lo que M. no pudo, no supo, no quiso protegerme, su complicidad con aquellas escenas de brutalidad, su debilidad, su mirar hacia otra parte, y también los pájaros y las lagartijas, su relación con la naturaleza, lo que me dio como llave de salida. Dijo G: "Para mí es impensable, no puedo ni imaginarlo porque ... Lo importante es que tú le has dado la vuelta, lo has equilibrado porque lo has hecho muy bien conmigo y yo te estoy tan agradecido...No te aflijas", añadió en catalán, con ese uso suyo suavemente irónico del lenguaje, "Piensa mejor en los pájaros y las lagartijas..." Luego me contó de sus noches en el Apolo y de sus últimos pasos. Más tarde hablé con V. y ella me dijo: "Tienes que hacer ese duelo..." Yo imagino el duelo como un tiempo largo de llorar, como en la figura del cuento en que alguien tenía que recorrer el mundo hasta que gastara siete zapatos de hierro, llorar hasta llenar la habitación, como la carrolliana y agigantada Alicia, que ya no podía abrir la puertecita y que nadaba en sus lágrimas, llorar hasta formar ríos y lagos, como los gigantes que generaban legendariamente el paisaje en la época de Rabelais, donde los lagos eran escupitajos de gigantes, llorar un poco todos los días y regar las plantas con esas lágrimas, como esos biberones guardados para los bebés de la incubadora, llorar comprando como en mi cuento de Crucigrama (Vinçon), dedicar un rincón del día a esas lágrimas metafóricas o literales, y el resto del tiempo seguir con todo lo demás, la escritura, la lectura, lo que llaman la vida.
Luego fui a dar un paseo nocturno con A por el parquecillo de Mandri. Yo, que no fumo durante el día y menos si estoy sola, pensaba sólo en fumar en el parque, porque fumar parece un buen remedio contra la resaca de las lágrimas. A. había dejado de fumar y estaba siguiendo un plan saludable. Vimos una chica que a duras penas podía andar por el terreno pedregoso con tacones de aguja (extraña regresión de la moda). Hablamos y temo que sembré su panorama saludable con mi duelo, pero él dijo algo de que nuestras conversaciones le producían cierta serenidad.
No estoy muy segura de este post, pero qué importa. No creo que quede nadie que me lea en estos días desiertos de verano. Lo colgaré en Facebook, donde algunos ponen amablemente que les gusta sin llegar nunca a leerlo (tal vez se refieren a la foto). Tampoco voy a escribir mucho más; tengo unos treinta libros para leer, como jurado que soy de unos premios. Y sigo bailando por la casa.

20 comentarios:

JML dijo...

Un post torrencial, como tus lágrimas (metafóricas o no). No te arrepientas nunca de tus desahogos, y menos si son en prosa...

zbelnu dijo...

Gracias, JML, me gusta esa definición... Tal vez tengas razón...

emma dijo...

Yo siempre leo tus posts Isabel, me dan ganas de hacer cosas, como ordenar armarios, llamar a mi madre o leer cuentos de hadas.

zbelnu dijo...

Gracias, Emma, me alegro de que alguien más me lea. Y de esos impulsos misteriosos que propicia esta lectura...

fernando dijo...

En tus frases siempre veo una lucha entre el consuelo y el desconsuelo entre las sonrisas y lo que hay debajo de ellas. Pura emoción.

zbelnu dijo...

Gracias, Fernando, supongo que no hay nada blanco o negro, que lo tragicómico y la autoironía son inevitables y que casi todo es ambivalente...

Bel dijo...

El otro día, buscando frases sobre la perseverancia, me encontré de pronto con esta de Confucio, tan certera y al mismo tiempo, aunque no fuera su doctrina, tan zen:
"El hombre superior es persistente en el camino cierto y no sólo persistente", con esa pregunta que deja suspendida y que sólo una misma puede responder. Y ahora, leyendo tu entrada, he pensado que ese algo más ha de ser, entre otras muchas respuestas, el valor, el que tú muestras.

el objeto a dijo...

esa sensación de que las palabras de Confucio le hablan a uno tal vez tenga que ver con eso que he aprendido leyendo poesía china y Lacan al mismo tiempo, que en la tradición china el sujeto no se sostiene sobre una identificación como la nuestra a una "yo" o a una personalidad única, Lacan habla de una "identificación pulverizada", constelada, quien escribe no lo hace desde la coherencia absoluta de una personalidad salvaguardada, que deja fuera al que lo lee. Es entonces, también, una palabra más hospitalaria...

Leyéndote también pensaba en que, seguramente, pasando este duelo consigas liberarte de cosas que te acompañan desde hace demasiado tiempo y que hasta ahora no habían podido tampoco elaborarse, re-construirse en la memoria, como decía en mi post Damasio. Tienes suerte de poderlo situar en una persona y en un tiempo, hay quienes arrastran esos duelos fuera de todo tiempo, y cuyas lágrimas están siempre, siempre, siempre, y no logran salirse de ese no-tiempo.

qué bien! te vuelves a Ibiza! yo no sé si con mi furia de ayer olvidé decirte que la semana que viene tendré las llaves de nuestra nueva casa!

voy a por un helado!

frikosal dijo...

Yo (modestamente) creo que son muy buenas estas últimas entradas. Parece como si alguna cosa grande estuviera terminando de cocerse, aunque en el proceso incluso los helados tengan que ser de lágrimas. Y las cerezas.

zbelnu dijo...

Gracias, Bel. Mi valor es pequeño y relativo, sólo tiene que ver con intentar decir y hacer lo que me parece justo y señalar lo que me parece injusto, aunque me cueste.

zbelnu dijo...

Tal vez sea como dices, Objeto a, algo debería avanzarse en esos procesos. No sé aun si iré a Ibiza, depende del billete barato, la energía, etc... En cuanto a esa identidad pulverizada y hospitalaria, podría ser!

zbelnu dijo...

Qué bonito tu comentario, Friks, ojalá sea como dices...

delarica@unav.es dijo...

tú no estás segura, pero esa es tu fuerza

zbelnu dijo...

Gracias, Álvaro, a veces parece tan empinado todo y entra un desasosiego... aunque luego siempre encuentre la sombra de una higuera metafórica para reponerme. Acabo de pasar junto al azufaifo y por primera vez en muchos días, no había nadie en la calle y he respirado un momento sola su quietud balanceante, su frescura nocturna.

Anónimo dijo...

la firmeza es un valor, aunque a veces haya que.. y hacer lo que hay que hacer, es liberador , como decía objet-a en un post suyo.
además es irremediable hacerlo , pienso, aunque en ocasiones no nos entiendan desde fuera. Moverse entre lo que dice la mente y lo que dice el cuerpo, que a veces no van a la par. También espero poder leer el texto sobre Collobert, y los cuentos en octubre por supuesto.
iluminaciones.

zbelnu dijo...

Así es, Iluminaciones, tiene razón Objeto a, as usual. Y en eso andamos. Ojalá salgan bien al aire mis cuentos y no os decepcionen

Anónimo dijo...

HUMANA VOZ

Duele la cicatriz de la luz,
duele en el suelo la misma sombra de los dientes,
duele todo,
hasta el zapato triste que se lo llevó el río.

Duelen las plumas del gallo,
de tantos colores
que la frente no sabe qué postura tomar
ante el rojo cruel del poniente.

Duele el alma amarilla o una avellana lenta,
la que rodó mejilla abajo cuando estábamos dentro del agua
y las lágrimas no se sentían más que al tacto.

Duele la avispa fraudulenta
que a veces bajo la tetilla izquierda
imita un corazón o un latido,
amarilla como el azufre no tocado
o las manos del muerto a quien queríamos.

Duele la habitación como la caja del pecho,
donde las palomas blancas como sangre
pasan bajo la piel sin pararse en los labios
a hundirse en las entrañas con sus alas cerradas.

Duele el día, la noche,
duele el viento gemido,
duele la ira o espada seca,
aquello que se besa cuando es de noche.
Tristeza. Duele el candor, la ciencia,
el hierro, la cintura,
los límites y esos brazos abiertos, horizonte
como corona contra las sienes.

Duele el dolor. Te amo.
Duele, duele. Te amo.
Duele la tierra o uña,
espejo en que estas letras se reflejan.

(Vicente Aleixandre)

A.G.

zbelnu dijo...

Gracias, A.G! Es un poema precioso. Es de La destrucción o el amor? Diría que lo leí alguna vez... Te contestaré con éste; me gusta por su ambivalencia (aunque me queda desordenado aquí en los márgenes:

A MI MADRE
(reivindicación de una hermosura)

Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)

"Poemas del manicomio de Mondragón" 1987
Leopoldo María Panero

megan dijo...

yo también te leo y ni te conozco! tendré que leer más a ver si se menciona el origen del lago de lágrimas. me pregunto cómo es leer esto después de haber llorado (no me fijé en cuándo escribiste este entry), quizás como mal recuerdo. pero que sea bueno, que te leamos por todo el mundo.

megan

zbelnu dijo...

Megan, sólo he entendido a medias tu mensaje.
El origen de las lágrimas es el proceso de desconexión mental de un personaje de mi infancia, M., que ya apenas puede hablar. Despedirse de ella es enfrentarse a un pasado que en mi caso es tenebroso y brutal, aunque sobreviví y el dolor vivido y el trauma me sirvieron para construirme y para escribir. Es un duelo anticipado.
Pero la escritura siempre es construcción.