lunes, 2 de junio de 2008

Del pasado, la infancia, la memoria y la escritura


Foto: I.N., Menorca, foto involuntaria bajo la lluvia, 2008

Hoy he ido a comer un lenguado a la plancha con la psicoanalista que conversará conmigo en julio en esos Diálogos en el Jardín, del Espai Freud y del siempre interesante librero de la calle Berlinès, al que debo una visita urgente. Ella me comunicaba las ideas que le han aparecido como primeras hebras de su texto, con una lógica simbólica muy persuasiva, y yo no he podido evitar recomendarle dos espléndidos artículos de Vila-Matas en El País, el de ayer domingo, donde conectaba la película Spider de Cronenberg con Robert Walser (para mí tan afín, con esa letra suya que desaparecía de tan pequeña al final, ya cercano a su ensimismamiento psicótico, como el de Hölderlin, o el de Maeve Brennan) y de pronto comprendí el porqué de mi fascinación por Cronemberg, que en mi precipitación irreflexiva había clasificado como una de mis frívolas contradicciones, pero Vila-Matas aclaraba que "la presencia abrumadora del pasado en el presente" es una de las obsesiones de Cronenberg, y hablaba del peso de esa infancia a la que siempre hay que volver, o que llevamos siempre encima (dont il n'avait jamais guéri), citando a Patrick McGrath y atando hábilmente la tristeza y el espíritu Jacob Von Gunten con Spider y aquella Monica Vitti a quien dolía el pelo en Deserto rosso. El otro artículo, titulado "Café Perec", me acompañó el sábado de mi viaje a Menorca y aunque quise guardarlo también en papel, se quedó en el porche de la casa y se mojó y transformó, adquirió la densidad que le correspondía y lo dejé allí como una escultura del tiempo.
Hablaba de la escritura y ponía una cita muy graciosa de Kurt Vonnegut diciendo que había cinco o seis tramas básicas (que enumeraba con genio) y que había que coger cualquiera de ellas y ponerla en la novela sin más para dedicarse a lo realmente interesante: el estilo. Y Vila-Matas aprovechaba para hablar de esa escritura sin centro, que lo bordea, y leyéndole, yo pensaba en ese bloqueo mío que me ha hecho escribir en el blog, en los emails, en los artículos de encargo, dando un rodeo a ese centro que era la ficción, hasta que inevitablemente también ese centro se ha hinchado (de cuentos), como ese periódico del sábado creciendo en el porche menorquín donde VM hablaba de Perec y Roussel y Kafka y sacaba otra cita muy atinada de Wittgenstein sobre las diferencias entre el sentido del humor de cada uno, que a mí tanto me desconciertan, porque unos se ríen con mis cuentos y me dicen que son vitalistas y robinsonianos mientras que otros -hasta ahora, tres- me dicen que les han disgustado al removerles las entrañas y les han parecido demasiado tristes. Aunque seguramente son esos lectores a quienes asusta la melancolía y no conciben que para algunos de nosotros, no puede existir ninguna fruición o ninguna felicidad que no tenga un envés melancólico y la contemplación de la tristeza ya ha dejado de asustarnos, si no, ¿cómo escribirán ellos? ¿cómo vivirán? ¿qué buscarán en la lectura?
En El País de ayer también hablaban del libro de Eric G. Wilson Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, donde se defiende que haya melancolía en la felicidad y no se renuncie a ese aspecto inherente a lo humano, el que tanto temen esos lectores, desterrado de la cultura oficial, de la obligación de la navidad feliz que mata a tanta gente en esas fechas, o en vacaciones. Es como aquella frase que V. usó para su montaje teatral y que decía "La felicidad no hace feliz a nadie".
Yo pensaba, mientras escuchaba a la guapa psicoanalista argentina y me terminaba el lenguado, o la piña del postre (mi madre tiene la curiosa teoría de que, si uno come piña de postre, quemará todas las calorías ingeridas en la comida; hay que tener fe para creerlo, pero a mí me gusta la piña, y me recuerda a un corpulento y risueño gay ruso que conocí en San Petersburgo que tomaba pastillas de piña para estar en forma y me enseñó algunas palabras en su lengua, como jarashó, y que murió inesperadamente por otras razones), que en mi texto yo partiría como siempre de mi mismidad y de mi enmarañada infancia, también llena de las arañas de Ralph Fiennes -aunque yo las haya reconvertido un poco para poder vivir con ellas y les haya encontrado una habitación interior donde pasean a su aire y extienden sus telas y atrapan sus moscas en las molduras del techo-, y que empezaría con la pregunta que me hizo esa misma psicoanalista, cuando la conocí en el Any Freud y me invitó a colaborar en el proyecto de la memoria histórica y el trauma: "¿Tú por qué estás en esto?" No era una pregunta nueva para mí, me la había hecho tantas veces cuando volvía de escuchar historias de guerra y muerte por esas ciudades llenas de escrituras otras que yo intentaba descifrar... Cada uno tiene un motivo personal para meterse en estos asuntos de la memoria.
He ido a devolver un libro de Natalia Ginzburg que había comprado repetido (!), tal vez porque ya he empezado a entrar en el agujero negro que precede a la creación por un encargo, la crisis antes de encontrar el hilo de mi conferencia, la sensación de que non ce la farò. O de que cualquier cosa que he escrito antes era más interesante, y ahora... Oh, el vértigo. He intentado encontrar Ossi di sepia de Montale, pero sólo estaba traducido (o las Completas), y sólo por ella, por la Ginzburg, me he comprado Lavorare stanca, de Pavese, y me gusta esa forma tan narrativa de sus poemas, pero no sé si soportaré su rabia misógina, que también stanca, de tanta tenacidad, y me hace preguntarme cómo pudieron ser tan amigos e intento verlo como ella lo veía en su Ritratto di un amico. No quería tentarme con libros que no me ayudaran a pensar esa conferencia (por cierto, coincide con la inauguración de La Central del Museu d'Història) del Ateneu, o con mi Diálogo en el Jardín con Teresa Morandi en julio.
Y es que tengo junto a la cama un interesante atasco de libros que esperan a ser leídos, algunos incluso prestados, y si los miro... Hoy he tenido que buscar en esa montaña Els contes d'un carrer estret de Amedeu Cuito para supervisar la traducción de un alumno italiano y he recordado las maravillas -muchas empezadas o picoteadas o atacadas a mordiscos y casi acabadas, algunas recibidas y otras compradas- que me esperan en esa otra vida ociosa que siempre imagino: Pierre Rey y su Temporada con Lacan, The View from Castle Rock de Alice Munro, los Diarios de Mihail Sebastian, las Collected Stories de Carson McCullers, Su DongPo, Billy Budd de Melville, más Prosas apátridas de J.R. Ribeyro, Lacan et la littérature, El viento ligero en Parma de VM, la biografía de Mercè Rodoreda de la Ibarz, las Dernières séances de Marilyn, El lecho de Procusto de Camil Petrescu, Ferragus de Balzac, Lei duncque capirà de Magris, Verde agua de Marisa Madieri, This is Serbia Calling de Matthew Collin e incluso una ojeada a L'inceste de Christine Angot (aunque ya he visto que no me gustará), y acabar la novela de Nuria Amat, y leer Grub Street de George Gissing y las Escenas de vida bohemia de Henry Murger... no he querido seguir por otros montículos...
De los dos gemelos de la Belle Elaine, uno quiere ser paleta y trabajar en un andamio, construyendo. Y el otro dice, con voz somnolienta: "Mamá, yo no quiero trabajar, yo no quiero hacer nada, ¡sólo soñar!" Y vuelve a cerrar los ojos para tener otro sueño... El gemelo constructor levanta sus construcciones y el soñador, que todos los días encuentra pretextos para desviarles camino del colegio y detenerse a mirar cosas maravillosas, destruye esos castillos en el aire de su hermano, pero a los dos les entra la risa...
La gata Gilda también se ríe de mi idea de la vida ociosa. Ella sí sabe lo que eso significa. En este momento duerme con las patas delanteras formando una elegante equis delante de la cabeza, en su redonda cama de dacha blanca. Anteayer G le cortó las uñas y ahora puede volver a ser sigilosa y a imaginar que no la veo cuando se aventura a lugares prohibidos de la casa. Para un felino, hacer ruido al desplazarse es una humillación. Gilda sólo ha despertado de su ensueño para vigilar a G. y lo ha mirado meneando la cabeza, y es que G. que nos preocupa estos días, a ella y a mí, junto con una cuestión material espinosa. Pero, a diferencia de mí, la gata tiene toda la paciencia del mundo y nada la altera realmente. Ayer, un ciempiés de tamaño considerable osó atravesar el suelo de la sala frente a Gilda, que lo observó inmóvil, con cierta arrogante expectación. En ese momento llamaron a la puerta y no pude ver el fin de la historia. Me pareció que Gilda se relamía cuando volví a la sala.
Yo pensaba que no traducir significaría tirarme al sofá a leer, pero me equivocaba. Por otra parte, el portal de mi casa ya se ha convertido en una cueva. El suelo de tierra ha aparecido bajo el mármol roto. Los vecinos están al borde del motín y hablan de abogados. El ruido y el polvo siguen. Para atravesar ese espacio hay que hacer equilibrios de funambulista.

11 comentarios:

elperdedor dijo...

Me encanta esa involuntaria escultura del periódico mojado e hinchado. Por lo visto tú también tienes un ready-made infeliz. A mí también me ha gustado ese artículo de Vila-Matas. La literatura, como tantas veces la pintura, nace en el ojo, lugar de felices e infelices encuentros. El azar es el estilo, y el estilo tal vez es eso: la tentativa de agotar un lugar (¿un cálculo de todas las posibilidades del azar?).

Un abrazo

zbelnu dijo...

Me alegra verte por aquí, dear J. A mí siempre me gustó la fiesta-merienda de no-cumpleaños de la carrolliana Alicia, ya sabes, con el sombrerero loco y la sonrisa flotante (evanescente) del gato de Cheshire. Y la idea agridulce. Lo demás no existe en la literatura... salvo en lo de Coelho y similares. Me gustaron mucho más los esbozos y esculturas sin pulir de Camille Claudel que esos mármoles lisos...

cacho de pan dijo...

parece que el perdedor no está perdido...

qué podríamos tener sin memoria?
fotos?

zbelnu dijo...

En efecto. Sin memoria, ¿cómo escribir? ¿cómo pensar? ¿cómo ser? Sí, lo único bueno es que el Perdedor no se ha perdido...

zbelnu dijo...

Cacho, no leíste lo de Gilda

nomesploraria dijo...

Lavorare stanca, i tant que stanca. Ho estic moooolt. I plou, que bé.
Quan et llegeixo, m'agafen ganes de comprar tots aquests llibres meravellosos que parles.
La foto de Montale i la puput és una passada

nomesploraria dijo...

i el que més aquests ossos de sípia

zbelnu dijo...

Sabia que t'agradaria aquesta foto amb ocellot! Sí, lavorare stanca tantissimo...

zbelnu dijo...

Jo també espero els ossos de sèpia italians amb impaciència...

cacho de pan dijo...

SÍ LO HABÍA LEÍDO
ya nunca volveré a mirarla con los mismos ojos
ciempiesófaga!

zbelnu dijo...

Ajá, y ahora dirás que Federico no come insectos! Mmm... Igual por eso no engorda... ¿Creesque los ciempiés son la causa de su "embonpoint"?