domingo, 23 de diciembre de 2007

Lux...emburg




Foto: I.N. Montée du Gründ, Luxemburgo, 2007



Esta mañana pensaba irme al bosque, al Bambësch.

Como nuestros políticos municipales insisten en afirmar que Barcelona es la ciudad con más árboles de Europa, yo concluyo que no han venido por aquí (ni van a París, ni a Berlín, ni a Belgrado, ni a Zurich...), o que tal vez en cuanto salen de Barcelona, se colocan una tupida venda sobre los ojos. Más de una cuarta parte del territorio de la ciudad de Luxemburgo está cubierto de bosques y espacios verdes, con árboles altísimos y una frondosidad para nosotros desconocida. No es sólo el clima, es también la política ambiental. Los árboles que llenan las calles tienen alcorques gigantescos (y yo me fijo en ese detalle de los alcorques porque me lo dijo el ingeniero agrónomo que más nos asesoró para defender a nuestro pobre azufaifo en un desierto arboricida llamado BCN).

El Bambësch es el macizo boscoso más importante, 680 hectáreas de bosque sin amenazas de construcción, con algunos senderos para atravesar a pie y otros a caballo, rutas cerca de las liebres y los zorros, lugares de búhos y lechuzas, bosque de hayas y abedules. Se puede ir andando, pero se tarda una hora, y en autobús son unas pocas paradas. Es un bosque histórico. Pensaba bajar en la Faïencerie, la antigua fábrica de cerámica famosa que no citaré, y ver unos lavaderos públicos del siglo XVII que hay por allí antes de adentrarme en el bosque.

Pero siempre surge algo inesperado, así que he acabado cambiando de planes y para consolarme, me he metido en el Musée National d'histoire et d'art de Luxembourg, uno de esos museos donde las piezas valiosas e interesantes alternan con otras absurdas o excesivas, en una combinación que recuerda el origen de los museos, los extravagantes gabinetes de curiosidades (en San Petersburgo queda uno de esos gabinetes en estado puro, incluyendo el horror de fetos de dos cabezas conservados en recipientes de cristal, pero lleno de fragmentos de belleza, humor y sorpresas). Desde los orígenes arqueológicos, la ocupación prehistórica, el periodo galo-romano, la era merovingia, la abadía y el monasterio de Echternach, donde ya se inauguró una tradición de iluminadores y copistas, he visto esas salas llenas de asombrosa pintura sobre cristal (Hinterglassmalerei, qué bonita palabra en alemán, "pintura por detrás del cristal"), o habitaciones llenas de mobiliario, paredes forradas de madera con molduras, camas-alcobas cerradas de madera con cortinas, secreteres llenos de compartimentos, chimeneas de faïence, una farmacia entera de madera con sus archivadores de fórmulas magistrales, sus frascos con inscripciones, sus dibujos, joyas, retratos, relicarios, qué asombrosas piezas de miniatura y filigranas de tela y brocados pegados en cuadros minúsculos y estampas, unos maravillosos y otros inquietantes (o incluso escalofriantes, que diría L.), o las piezas funerarias romanas con inscripciones siempre dedicadas a todos los dioses penates (siempre me gustaron lares y penates), o el mosaico coloreado y sutil de esa misma era galo-romana, alguna pieza española (Luxemburgo estuvo bajo todos los poderes, incluyendo la entonces poderosa corona española, que no supo retener nada de su imperio donde no se ponía el sol, a diferencia de ingleses y alemanes y franceses), un mueble muy delicado y abarrocado de madera y hueso, luego los primeros talleres artesanos y primeras fábricas, con fotos de obreras textiles posando muy formales en los años treinta, y todo eso mientras por las ventanas el paisaje helado era igualmente antiguo, de manera que la trasposición que siempre busco -vivir otras vidas, imaginarlas- era fácil de hacer. Me he divertido contemplando los trajes del archiduque Guillermo II (algunos interesantes, otros ridículamente pomposos y militares), he pasado de largo de interminables vitrinas de monedas. También había pintura, ese pintor expresionista sombrío de la ciudad, Joseph Kutter, que murió bruscamente, y algunos otros. Aunque las dos plantas superiores, dedicadas a la pintura y beaux arts, estaban cerradas por reformas. Y aún así, me he perdido por el interior de esas habitaciones y no encontraba la salida, y he tenido que recorrer a uno de los fornidos vigilantes, que leía en silencio y con gesto ceñudo, obviamente molesto por ser interrumpido.

Al salir, por desgracia, la calle estaba tomada por los consumidores navideños, algunos de muy mal gusto, muchos visones y martas cibelinas, y una combinación terrible: anoraks lustrosos (en los escaparates los venden por 700 y 800 eurillos) con botas de tacón de aguja, un revulsivo. Daban ganas de hacerse punk. Seguramente se trataba de esa fauna racista de la que me habló un traductor y editor que vive aquí. Incluso en el bar Urban, donde va gente normal, el público era espantosamente burgués. Sobre todo, daban ganas de salir corriendo a refugiarse para leer a Montaigne, o mejor aún, a Babel. Porque hoy domingo no estaba abierta la magnífica Bibliotheque Nationale.

Dicen que aquí, de cada dos edificios, uno es un Banco, y tal vez sea cierto. Lo asombroso es que a veces, son mansiones decimonónicas bien conservadas, pero sin esas restauraciones salvajes que se hacen en la península ibérica, disneyficadoras, sino elegantemente desaliñadas, con jardines enmarañados de árboles invernales, un tanto asilvestrados, a la manera inglesa, y si uno se molesta en acercarse, en la placa diminuta y borrosa por la nieve, en vez de "Madame Lavallier, avocat", dice "Banque de Luxembourg" (el mismo que tiene esa sede tan indiscreta más allá). Supongo que en parte es por seguridad y discreción, pero no puedo evitar reconocerles el buen gusto, pese a mi disgusto por esa versión actualizada y legalizada de los malignos usureros (si hubiera infierno, estaría lleno de ellos). En mi país, cuando una entidad bancaria o empresarial compra una mansión decimonónica, o la restaura a lo bestia y pela el jardín (Plaza Bonanova o Via Augusta Vallmajor son sólo dos ejemplos entre cientos) talando todo árbol que haga sombra y cubriéndola de agresiva pintura como poco, o bien la tiran para construir algo bien feo. Aquí, no. Son detestable e injustamente ricos, pero viven en un lugar lleno de belleza y donde el patrimonio se conserva. Al lado de Luxemburgo, Barcelona parece Pristina, Kosovo.

Aquí, los árboles y parques lo llenan todo.

Mientras andaba, ya fuera de la vieille ville, me he parado ante un escaparate inmobiliario, por curiosidad. He visto que por 1,5 millones de euros, el mismo precio de los feos pisos triplex del bloque gris sin ventanas que Supportis pretendía construir sobre el cadáver del azufaifo, se podía comprar un caserón de 1920 restaurado con discreción y con todas las garantías de étancheité et isolation necesarias.

He leído que al fin, gracias a la publicación de Minúscula, se empieza a descubrir al escritor Varlam Shalamov. Media paginita donde apenas se esboza su escritura valiosa. En cambio, me parece desproporcionado dedicarle ese espacio a Soljenitsin, que para rematar, defiende a Putin. Yo comprendo que su gulag marcó un descubrimiento, pero literariamente no hay color. Shalamov es lo contrario, él nunca se quejó ni moralizó como Soljenitsin, él hizo literatura, y sus relatos de Kolima convencerán a cualquier ex comunista recalcitrante de lo que fue el terror de Stalin (y hablo por mí), porque lo hace a la manera chejoviana, sin lágrimas, sin juicios de valor, con una sobriedad económica y una intensidad en el despojamiento total, sólo mostrando a sus personajes con una contención que lo hace todo emocionante y le da una intensidad poética que nunca tuvo Soljenitsin y que cualquier buen escritor desea para sí. Él hace que incluso Kolyma aparezca luminoso, con la luz de su inteligencia poética, de su humor. Pero no sobrevivió. Al cabo poco de salir del infierno helado, escribió sus relatos, pero no se rehizo, y no mucho después le internarían en un manicomio. Einaudi (si mal no recuerdo) hizo una selección maravillosa de esos relatos, eligió los mejores y los tradujo magníficamente al italiano. Cuando yo los buscaba en vano en castellano y aún no los había encontrado en inglés, me compré esa maravillosa edición italiana (no quería arriesgarme a una edición francesa; los franceses traducen con tal libertad que los libros originales se transforman en otra cosa, o esa es mi visión, sin duda parcial) y de paso aprendí algo de vocabulario.


También he leído del traslado de Manolo Borja Villel (para quien trabajé en la Fundació Tàpies y luego le vi transformar el MACBA), al Reina Sofía. Seguro que lo hará muy bien, el problema es quién le relevará en el MACBA y qué será del museo.

Por cierto, me dicen que los pájaros que yo tomé por cuervos y que se posan en los tejados de pizarra, son cornejas. Y otro detalle que me gusta de esta ciudad casi tanto como los pájaros son los arándanos, a un precio accesible (supongo que estos bosques están llenos). Quedan buenísimos solos, pero también acompañados de una copa de vino del lugar.

Ah, y qué sugerentes y brillantes los dos capítulos que Sloterdijk dedica a "Derrida y Freud" y "Thomas Mann y Derrida", del libro que cité en mi entrada Frío de este blog. A lo mejor mañana me da tiempo a comentarlos. O el día de Navidad que, si nieva, dedicaré a la lectura.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Pizarra nevada, cuervos y humo de chimenea


Willy Ronis, París, 1945
El humo constante de las chimeneas me recuerda a Nueva York, sólo que allí la ciudad no para, ni duerme, siempre hay lugares abiertos y vigilantes y excéntricos en la calle a cualquier hora. Pensarlo me produce nostalgia, me prometí que no volvería hasta que no se fuese Bush, aunque Linda me dice que eso es injusto para ellos y que lo mismo nos pasaba a nosotros cuando Franco, y tiene razón, pero el forcejeo de la frontera sigue siendo más exagerado allí que en ninguna parte.
Tras comprar El País en una plaza navideña que huele horriblemente a salchichas hervidas, he cometido la heroicidad de ir al MUDAM, el Musée d'Art Moderne Grand-Duc Jean. Nadie sabía decirme dónde estaba y los conductores de autobús no parecían conocerlo, aunque todos concluían que cogiera el 18. Yo quería saber si podía ir andando. Mi cicerone del primer día me dijo: Sobre todo, si llueve, no vayas a pie. Tendrías que cruzar aquel puente y con lluvia, nieve o viento, te sentirías... no acabó la frase. Hoy ya no nevaba y había salido el sol, pero el frío me mordía la cara, las rodillas y los dedos que salían de los mitones. He esperado casi media hora al 18, he subido, pero el conductor era un hombretón profundamente antipático, que tal vez desaprobaba la idea del museo (realmente, ese museo habrá costado una fortuna y no va nadie; claro que aquí, con ese PIB, se lo pueden permitir). Le he preguntado Quel arrêt? Me ha respondido, perezoso, que había tantas... Hemos salido del centre ville, hemos dejado atrás todo lo conocido y al cabo de un rato, temerosa de llegar hasta el aeropuerto, me he acercado y le he vuelto a preguntar: Ici, me ha dicho bruscamente, abriendo las puertas como para deshacerse de mí. O yo era vidente o me estaba tomando el pelo. Le he repreguntado si estaba seguro, ha asentido. He bajado a la nada, un desierto de edificios inmensos y descomunales, empresas vacías en sábado, autopista y ni un alma. Me habría echado a llorar. El frío arreciaba. He buscado signos de vida, señales, nada. He echado a andar en dirección contraria hasta que al fina han aparecido dos siluetas humanas, dos jóvenes abrigados, también con mitones y mapas. Hablaban sólo alemán. Tenían un mapa con nombres que no coincidían con los míos. Tras un estudio detenido, muy germánico, han concluido que debía cruzar la autovía y buscar otra más allá.
Tenían razón. Al fin he encontrado, en la siguiente autovía, un edificio habitado, sin placa, con controles de seguridad y rayos X, donde me han dicho que enfrente, cruzando la carretera, estaba la Philarmonique, y detrás, là où il y a les drapeaux, estaba el museo. Andar, andar hasta llegar al peral.
Lo he encontrado. Había tres exposiciones, para mí, nada memorables, una colectiva portuguesa, otra de un artista de Houston, otra de un francés, que no mencionaré. Nada del fondo, por desgracia. Me lo he recorrido. Era un edificio impresionante, pero pequeño. Me he quedado en el restaurante semidesierto a comer unas verduritas y el vino de Burdeos, 5 eurillos la copa, me ha consolado. El camarero era pecoso y tatuado y me guiñaba el ojo enigmáticamente.
J. me ha llamado dos veces, con dos preguntas sobre regalos para G. Sé que V. también andaba comprando regalos, que serán inspiradísimos. Creo que en Barcelona todo el mundo está abrumado comprando regalos. Yo me preguntaba por el aburrimiento de los vigilantes del museo, todos muy fornidos. Con esas obras. Espero que de vez en cuando, expongan lo que dicen tener en el fondo del museo. Si no, acabarán haciéndose el sepukku en los alrededores del edificio, un bosque de árboles enmarañados y olor a humedad fría.
La vuelta ha sido muy fácil, un autobús rápido (con un conductor amable y burlón, más civilizado) en esa autopista solitaria, me ha devuelto al Boulevard Royal. He llegado a tiempo a Alinea, a mirar la pequeña sección filosófica (arriba, como en la casa parisina de Derrida, que tenía una buhardilla con escalera de caracol y mansardas donde guardaba lo más elevado, Heidegger, Hegel... Pero Lévinas matizaría, le encantaba y dolía Heidegger porque sabía... y él era superviviente de un campo de concentración, no podía perdonarle) de comprarme el III volumen de los Essais de Montaigne, que aquí son sensiblemente más baratos que en Barcelona. Tuve que preguntarle a mi vecino, porque yo sólo he leído el II y él me dijo que uno de los tres era mucho más aburrido; espero que tenga razón, porque el I parecía más interesante. Espero que le seigneur de Montaigne me ilumine también con alguno de sus pensamientos. Por cierto, dice Isaac Babel (o Babely, como dicen los serbios y tal vez por tanto los rusos) al empezar estos Récits traducidos al francés: "Vivre à Tiflis au printemps, avoir vingt ans et ne pas être aimé, c'est un grand malheur." Ese principio me recuerda curiosamente a Roberto Arlt, cuyo Juguete rabioso me salvó un diciembre de la desolación en Belgrado, con el tono de aquel joven ladrón soñador que siempre echo de menos.
Se está poniendo el sol. Hoy es la noche más corta del año. He leído un estupendo artículo de Manuel Delgado en El País sobre la Navidad, donde estaban mis consideraciones de ayer en el blog de Cachodepan, pero más elaboradas, aunque acababa salvando la fiesta, tal como me imaginaba, porque seguro que él lo pasa bien. Dice Amélie Nothomb, que nunca me gustó demasiado, pero me parece inteligente y esta vez me atrapó por el título: Les catilinaires: "On ne sait rien de soi. On croit s'habituer à être soi, c'est le contraire..." Y finalmente, para que me excusen, dice Montaigne: "Personne n'est exempt de dire des fadaises. Le malheur est de les dire curieusement (avec soin, aclara la nota)."
Intento en vano fotografiar a los pájaros que se me acercan o me llaman, pero mi cámara no tiene teleobjetivo y ellos se me escapan, burlones, tras su visita. Los cuervos se ríen de mí y vuelan a lo loco, descansan en los tejados de pizarra nevados y humeantes y de pronto me sobrevuelan alegremente.
Le he dicho a N. que agradezco su hospitalidad sobre todo porque estar aquí, en su casa, me permite imaginar otra vida, que es lo que a mí más me gusta. A veces tengo que limitarme a imaginar esas otras vidas mirando por las ventanas desde las calles de ciudades otras.
Ah, en cuanto a la foto, es un recuerdo de la exposición que vi hace un año o dos en Madrid, del gran Willy Ronis y su París popular y revolucionario.
Y ahora vuelvo a mi libro balcánico y pienso tirarme al sofá de N. a leer, ya que cuento con su permiso.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Vieja Europa


Foto: I.N. Universidad de Luxemburgo, 2007

Era impresionante atravesar el Montblanc volando, las montañas durísimas refulgiendo de nieve con sus clapas muy negras, montañas arquitectónicas y capricornianas, con un avión tan peligrosamente pequeño, y sus turbulencias. Alguien me llamó antes de despegar y me dijo que me quería, y yo, que conozco su ligereza declarativa, generosa y casi desparramadora, le di tímidamente las gracias (la mujer sentada al otro lado del estrecho pasillo no me perdía de vista; ¡ella no era europea! sino de la España profunda), y me quedé pensando que tal vez él quería despedirse por si el avión caía. Y mientras miraba de cerca aquellas montañas, pensé que no importaba morir en esa belleza y de una forma tan rápida (aunque también recordé a Tchang y al yeti y a Tintín buscándole), pero enseguida pensé: "No, aún no puedo dejar solo a G.", y luego enseguida me di cuenta de que quería escribir un poco más, aunque mi amigo serbio habría convenido conmigo en que si muriese, este blog se haría famoso y los editores que lo ignoran se pelearían por publicarlo en papel.

Al iniciar el descenso, Luxemburgo se veía precioso desde el aire, solo bosques bien peinados y rodeados de prados, ciudades ordenadas y las casas antiguas y las torres de las iglesias bordeando ríos y lagos y bosque, un tren... Era como un scalextric antiguo y vivo. Llegar al aeropuerto diminuto (están construyendo otro más grande al lado) bien diseñado, gris e impecable, salir del avión y recoger la maleta en cuestión de minutos, sans souci.
En el aeropuerto estaba por sorpresa el hermano de N., que me haría de cicerone, con su luminosa mujer traductora y el niño de las pestañas largas; los dos últimos se iban ya hacia Iberia. Ella me dijo que siempre quería escribirme porque mi libro Crucigrama le gustó mucho y prometió hacerlo en 2008 para explicarme lo que vio. Camino de la city, pasamos en coche junto a las instituciones europeas, enormes edificios contemporáneos, aparcamos civilizadamente en un parking del centro y fuimos a la biblioteca de una universidad a devolver unos libros: un edificio de enmarañado y elegante descuido, con un magnífico árbol invernal en la entrada. Cruzamos la Place Guillaume II, la Place des Armes, Hamilius, él a paso ligero y yo corriendo tras él con mi bolso que pesaba toneladas, con los árboles altísimos, edificios vetustos y regios de gran ducado junto a otros modernos. Él hablaba despotricando de aquí y de allí, muy bernhardiano, con su amabilidad huraña y radical, demasiado savateriano para mí, al estilo de mi amiga madrileña, y explicándome lo que veíamos. Con su humor serieux, me contó que había vivido en la Place des Armes y que le molestaba el bullicio de terrazas y fanfarrias, y cuando empezaron a gustarle las marchas militares, pensó: Tengo que marcharme. (Aunque como iría L., ¿a quién no le gustaría la Marcha turca de Mozart, por ejemplo?). En cierto momento, señaló alrededor y dijo: "Todo esto, aunque no se anuncie ostentosamente, son bancos, y estamos andando por encima de cámaras acorazadas inmensas, de las más grandes fortunas y tesoros del mundo..." Parecía material para una película de atracos. Y es que aquí tienen el PIB más alto del mundo...
Luego, mi improvisado cicerone me dejó en la casa de N., cálida y llena de libros, discos, mapas, papeles y fotos en las estanterías, su padre editor, su madre literaria... Salí a buscar mi futuro desayuno al colmado de los portugueses y nadie andaba por la calle, sólo algunos coches, pero las ventanas mostraban pantallas de lámparas bien diseñadas, luces cálidas anaranjadas, cortinas sugerentes, atmósferas decontractés de gente culta, nada que ver con la zafia fealdad española, pero eso sí, todo recogido y lejano y un frío que helaba los huesos...¡Por eso hay que andar deprisa!
Entonces me llamó Cachodepan, que estaba leyendo a Tsvietáieva y se había acordado de mí, y mientras me lo decía vi en la estantería, el primer libro, Tsvetaeva, L'eternelle insurgée... Su espiritu nos visita, dijo Cacho. Y llamé un momento a G., que cuida de la gata en mi ausencia...

Hoy he atravesado el río para ver el Gründ, ese barrio tan húmedo y frondoso donde según me dicen vive gente con menos recursos, ya que la humedad es insoportable, pero las casas son regias y está lleno de pájaros y árboles gigantes (yo sigo recordando la falacia de nuestros políticos de que Barcelona tiene más árboles, ¡si son ramitas raquíticas! Aquí los árboles no sólo son gigantes, sino que están protegidos, los parques son bosques hippiosos, desmelenados, y los troncos tienen una altura de vértigo), allí estaba amazon.eu, luego he cogido el ascensor que te devuelve a la parte de arriba, con o sin bicicleta, he visto la oficina del Ombudsman (al que escribí protestando por los controles policiales nazis en los aeropuertos, y me ha hecho ilusión verlo, pese a su decepcionante respuesta, tal vez porque en el fondo, sigo siendo de Figueres, y me hace gracia ver incluso las oficinas inmensas de la agencia Reuters, aunque no les crea inocentes), y al salir de ver fotografías de ciudades de Gabriele Basilico y Giacomo Costa, he escuchado en la Place Claire Fontaine ¡un concierto de campanas! Estaba acordándome de mi padre, que decía que en España habían fundido las campanas en la guerra y nunca las habían repuesto como antes y que en Alemania sonaban mucho mejor, y estaba pensando que aquí tañen claras y enérgicas, y sentía como siempre no poder decírselo cuando ha empezado esa composición de música antigua, y la gente se paraba y sonreía o fumaba allí delante... Luego he pescado Le Monde y me he ido a un café chocolatier a ver mis librillos encontrados en Alinea, y al salir, en la iglesia de enfrente una orquesta tocaba una misa mozartiana. En la rue des Capucins, un coro cantaba más música religiosa. Si esto es la Navidad, he pensado yo, no me molesta...

Y vuelvo a casa de N., y pienso que para mí las leyes de la hospitalidad son sagradas y he contraído una deuda de gratitud con ella, espero tener ocasión de devolverla sin cortarme el meñique como los Yakuza o como la buena hermanilla de los Siete Cuervos de Grimm, y vuelvo a mi libro balcánico. Ayer estuve corrigiéndolo y podándolo, y lo que en Barcelona era bloqueo y postergación, aquí se convirtió en felicidad. ¿Habré tenido que venir aquí para terminarlo?

martes, 18 de diciembre de 2007

Frío

Frederic Edwin Church, Floating Iceberg, 1859
Hace un frío horrible en toda Europa y me temo que allí donde voy será el crujir y rechinar de dientes, al menos para una pobre mediterránea en baja forma. He mirado las previsiones meteorológicas de esa ciudad del norte y todas coinciden, temperaturas bajo cero, cielos grises, lluvia y nieve, tal vez tormenta de nieve. No puedo recordar mi entusiasmo de irme para allá, dos meses antes, cuando compré el billete, aunque sí sé que pensaba en mi síndrome de abstinencia europeo, envilecida por la burramia española, las calles llenas de polvo, grúas y ruido de obras, contaminación y sirenas (temas de los que hablo en mi otro blog hoy, bajo un cuadro misteriosamente contemporáneo de Caspar David Friedrich). Espero que, como me dice L., se me pasen todos estos pensamientos negros al bajar del avión, y entrar en una ciudad civilizada, con bonitos museos, cafés y librerías...
Naturalmente, vuelvo a concentrarme en mi maleta. Los libros que me llevaría son casi todos pesados, con tapas duras, así que he pescado entre ellos Derrida, un egipcio, de Peter Sloterdijk, que encontré ayer en el Librero de la calle Berlinès, cuando iba a buscar ese increíble y gigantesco Barthes, La préparation du roman, que tanto me atrae. Compré ese Sloterdijk por pura identificación, porque leí hace tiempo esa frase que aparece al dorso: "Jamás olvidaré el momento en que mi editor alemán me preguntó, a mi paso por la feria de Frankfurt, en octubre de 2004: '¿Sabes que Derrida ha muerto?'. No lo sabía. Tuve la impresión de ver caer un telón frente a mí. El ruido del pabellón donde se realiza la feria quedó de improviso relegado a otro mundo. Yo estaba solo con el nombre del difunto, solo con un llamado a la fidelidad, solo con la sensación de que el mundo se había vuelto súbitamente más pesado y más injusto, solo con el sentimiento de gratitud por lo que ese hombre había demostrado...". Esa sensación podía parecerse a la mía, en mi caso dividida hasta una milésima parte, pues yo me sentí desamparada con la muerte de Derrida. Y es cierto que el mundo parece más injusto sin él. Tengo la sensación de que mueren los que han sido mis maestros, de cerca y de lejos, todos aquellos que había admirado, esos cuyas opiniones me confortaban porque consideraba afines. Van desapareciendo y mi orfandad intelectual es una sensación dura, como de quien anda bajo un sol agresivo y por el asfalto sin sombras de árboles amigos ni soportales donde refugiarse. Por otra parte, Sloterdijk hace en ese librito (de nombre freudiano, pues alude al artículo de Freud "Moisés y la religión monoteísta") interesantes parejas de pensadores y escritores: Derrida y Freud, Derrida y Mann, y Regis Debray, y Hegel, y Boris Groys...
Otro libro manejable, de bolsillo, que puedo llevarme son las Cartas de la guerra de António Lobo Antunes, y el tercero es La amistad de Maurice Blanchot, que ya cité aquí. No puedo llevarme (no sin sentirme culpable por el peso) Escritoras al frente de Aránzazu Usandizaga, ni mucho menos Sobre la guerra de Rafael Sánchez Ferlosio, ni el Autorretrato de Man Ray. Si me contengo con la maleta, podré regalarme algún librito que encuentre en aquellas librerías.
Y hablando de Sánchez Ferlosios, debo decir que me bajé la película documental de Trueba sobre Chicho SF y empecé a verla y me quedé vivamente impresionada. Cuando la vea entera, a mi vuelta, la comentaré. Sí quería decir aquí que el otro día fui a ver la última de Ang Lee. Creo que el núcleo de la historia me interesó: la protagonista, que se mete en una misión revolucionaria y peligrosa como quien sube a un escenario, intentando ser la mejor actriz, espoleada por la mirada de un camarada que nunca osa abordarla y que claramente no está a su altura; ella sigue jugando hasta el fin, y arrastrada por el deber, se enzarza en la relación física con un jefe de policía perverso, un torturador, y sigue intentando ser la mejor espía, la mejor amante, y se conmueve un momento, tal vez sólo para desempeñar el papel de víctima y morir con los demás presos tiroteada en una cantera, sin aprovechar su pastilla de cianuro. Ese núcleo de la historia me gustó, pero yo hubiera hecho un corto y la película duraba muchísimo más. Me parecía estar en los años setenta, viendo Portero de noche o Il mistero de Oberwald. Tal vez lo que valiera la pena era el cuento que la inspiró.
En cuanto a mis pensamientos negros, se deben al estado en que me ha dejado el accidente de G., una especie de temblor interno, como las ramas de los árboles cuando los pájaros echan bruscamente a volar. Lo cual se añade a otras cosas más innombrables. Y a la propia fecha, que nunca es buena para mí. Echaré de menos no sólo a los amables bloggers que dejan por aquí sus comentarios, sino también a todos esos lectores silenciosos, lectores misteriosos, que sólo el contador registra (y que sólo advierto cuando me molesto en anotar el número), y siempre me sorprende que sean tantos, y la gratitud, que es una de mis fuentes más sólidas de felicidad, me invade con esas cifras.
En cuanto a G., ha cambiado por completo. Vio al traumatólogo, que le arrancó el apósito y le quitó las muletas y recomendó aire y esfuerzo. Anda sin ayuda, ya no se ve obligado a hacer cabriolas para dar un paso evitando el dolor, y precisamente la mueca de dolor ha desaparecido de su cara. La herida va mejorando y le ha cambiado la expresión. P. ya no lleva vendas en las manos. Son los pájaros que remontan el vuelo (y yo el árbol estremecido). Nada como su edad para recobrarse (y pese a todo, me da la sensación de que, cuando se van sus amigos, se abandona un poco, renquea y vuelven a oírse esos gemidos que le consuelan).
En otro orden de cosas, me confirman que en febrero saldrá el libro de la escritora croata (amiga) Slavenka Drakulic, No matarían ni una mosca, que he traducido al castellano y prologado, y sobre todo, que se publica gracias a mi argumentación a favor, aunque fuese indirecta (o precisamente por eso). Ese libro está también en el mío, y para mí, es una buena forma de comprender la guerra de los Balcanes. Se trata de los artículos que ella escribió sobre algunos juicios a criminales de guerra en La Haya. Su análisis es brillante y su elección de personajes muy inteligente. Aunque naturalmente, es un libro terrible y hay que estar en forma para resistirlo, por supuesto, como ocurre con Primo Levi, Victor Klemperer, Imre Kertesz...
Para consolarme, además de ese cuadro maravilloso que he puesto más arriba, cada noche leo al menos un poema de Li Bai (traducido por Anne-Hélène Suárez, naturalmente) y tendré que meterlo en la maleta porque lo necesito. "Las hierbas enjutas invaden el patio yermo, / los musgos oscuros cubren el pozo ruinoso. / Sólo se recrea un airecillo refrescante / que de vez en cuando se alza en la fuente y las rocas.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Humor y convalescencia

Meretriz de Babilonia. Ilustración del códice del Beato de Girona, s. X. (Comentarios del Beato de Liébana al Apocalipsis de S. Juan, s.VIII. Iluminado por la monja Eude con Emeterio, s. X.

"Todo lo que se cae no puedo recogerlo", dice G., que se siente ahora culpable de no poder cumplir ninguna tarea doméstica, incluso las que incumpliría aunque no llevara muletas. Ayer le dejé la cena en la cocina, sin pensar que no podría llevar la bandeja, y se le rompió una de mis tazas favoritas para el té, una taza bajita de porcelana fina, esas que no encuentro en ninguna parte, porque todas son altas y más cerradas, incluso las hermosas de Mariage Frères. Todo lo que él no hace me toca hacerlo a mí, aunque G. se excusa y me da las gracias todo el tiempo. A ratos viene P., pero ella tiene las manos enfermas y vendadas, así que se complementan poco.

Esta mañana me despertó el teléfono. G. me llamaba desde su móvil, desde la habitación contigua (no puede acceder a su cama alta estos días), para decirme que la gata Gilda le miraba, maullaba y pedía su comida. Yo estaba profundamente dormida y en mi sueño tenía que hervir un mueble grande, diría que una cama ¿hervirlo cómo?, pensaba yo, si no cabe en una olla, ni en una bañera... pero ya veía lo bonita que quedaba la madera al hervirse, caía un feo barniz y se convertía en una superficie maravillosa...

El sonido de las muletas de G. por el pasillo me recuerda a Moby Dick, pienso, y de la risa paso al escalofrío. Dice G. que esta casa no está habilitada para discapacitados. "Píllate un tacataca de esos de viejo", le dice al teléfono su primo madrileño, que tuvo una convalescencia importante. "Da vergüenza, pero es lo mejor."

"Haz visualizaciones", me dice E., "imagínalo sobre cuatro soportes, bañado en luz azul, sonriente, imagínalo andando como antes y repite el mantra de la curación: Om taré tu taré turé sohá." Todos mis amigos, muchos conocidos, mi ex familia política llaman y escriben para preguntar por él. Su padre llama constantemente. Ese bullicio solícito y reparador hace más estridente el silencio de mi propia familia, que bailaría sobre mi tumba (y ahora pienso en Stevenson, claro, cómo me gusta esa escena tan alegre de los 15 hombres bailando sobre el ataúd de un muerto y esa rima... Una vez la revisitaron en Popeye. Y cuando mi amigo serbio se rompió una pierna, me mandó un mensaje contándome que un amigo se lo había llevado de fiesta y yo le contesté alguna broma sobre él bailando con la pierna rota y nos reímos un tiempo con eso). También me gustaba el viejo título de Boris Vian. Otra vez, cuando mi amigo serbio estaba deprimido y bromeaba sobre su suicidio, empezamos a hablar de nuestros propios funerales; yo había decidido dejar un testamento prohibiendo la asistencia a mi familia, pero me entró la risa cuando pensé que no haría falta porque seguro que se les olvidaría ir, y cuando alguien les preguntara: ¿Cómo no fuiste?, dirían: "¿Qué me dices? "Se me olvidó por completo!"

Anoche volví a casa con a brisky walk, como diría mi amiga americana, desde la colina del Putxet, tras una cena junto al parque, con un gato atigrado precioso. Su dueña editora me dijo que, si alguien lo llama gordo, ella se ofende. A mí me pasa lo mismo con Gilda, que no tiene la esbeltez de su gato, tal vez porque ella no puede huir al parque, con esa excelente combinación de libertad y riesgos. Una noche, la editora dueña del gato elegante olvidó dejar abierta la ventana por la que entra y el gato se coló dentro de un coche a dormir y desapareció durante tres días. Desesperada, ella colgó carteles por los alrededores, y junto a los suyos encontró carteles del hombre que lo había encontrado. Le preguntamos si el hombre era guapo, porque parecía una historia de comedia americana; pero no.

No lo he contado aquí. Cuando esperaba que su padre trajese al pobre G. dolorido a mi casa, el jueves al oscurecer, e iba renunciando a mi clase de yoga, a las lámparas mágicas de la colina y a todo lo demás, me llegó un sms de JC. Me decía que había comprado una edición inglesa de la Anatomía de la melancolía, ¿te la compro?. Qué detalle, le dije, pero ya me compré la que prologa Alberto Manguel. Entonces llegó G., pálido de dolor y agobio, contando fragmentos del accidente y el hospital. Y otro sms. "Estoy en Laie", decía JC. "Tengo dinero y es casi navidad. ¡Dime qué libro quieres que te compre!" Ese mensaje me llenó de felicidad. Yo estaba sumida en la sombra del peligro pasado y el dolor de G., intentando cuidarle, y de pronto me pareció que alguien me cuidaba a mí desde lejos. Le di varias opciones y una era L'amitié de Blanchot, amigo de Lévinas (y de Bataille; de hecho escribió ese libro a raíz de la muerte-pérdida de Bataille), que a su vez fue amigo de Derrida, y lo encontró, traducido pero bien editado, y me lo compró. ¿Como habría adivinado yo que contendría esos capítulos escritos para mí? "Traducir... Guerra y literatura... Soñar, escribir..." Además, el título era tan adecuado... No quiero acabarlo para podérmelo llevar a Luxemburgo.

Al volver de la cena de ayer, pretendía empezarlo, pero no resistí abrir el celofán del Autorretrato de Man Ray que la editora anfitriona me había regalado y me quedé prendida leyendo sus historias del principio, con Duchamp y Berenice Abbot y etcétera (y pensando inevitablemente en las lecturas y conferencias de Lydia Oliva), sin dinero, pintando y empezando a probar con la foto, en el Nueva York de esa época efervescente... hasta que vi que eran más de las 3.

Por cierto, no se pierdan el post maravilloso de V. sobre el silencio y tantas otras cosas, tan sugerente como sólo ella puede ser, ni tampoco el microcuento que Només Ploraria ha puesto en su sitio.

jueves, 13 de diciembre de 2007

G



A los ocho años o así, G. tuvo una época en que dormía muy mal. Se despertaba sonámbulo, con unas pesadillas terribles, parecía aterrado en su lenguaje rápido y onírico, nunca descodificado, y costaba calmarle, había que hablarle con firmeza, abrazarle. Por la mañana no recordaba nada, pero le costaba mucho irse a dormir, nos decía "Bona nit" incansablemente y preguntaba otras tantas veces: "Dormiré bé?" Y sólo quería que yo le contestara como un mantra: "Sí, dormiràs bé..."

Así que le propusimos ir al psicoanalista. Recuerdo que, cuando se lo dijimos, íbamos andando por la calle Muntaner. Preguntó si alguien conocido había ido, pero alguien "de la meva època". Le dimos el ejemplo de un niño que conocía. Preguntó si era obligatorio. Le dijimos que no. "Bueno", dijo, "entonces, iré".

Su psicoanalista parecía hecho a su medida: nada invasivo, hablaba en un tono suave, discreto e inteligente. G estuvo yendo durante un curso. Unos minutos antes de salir, se ponía a buscar frenéticamente dos muñecos recién escogidos entre los cientos de personajes diminutos de plástico que llenaban sus cajones. "Llegaremos tarde", le decía yo... "¿No puedes coger otros?" Pero él insistía: "No, han de ser aquests!" Él, que hablaba sin tasa, no decía nada de aquellas sesiones, pero salía saltando por las escaleras como si volara. Sólo un día me dijo: "És interessant perquè l'Alberto (el psicoanalista) posa en relació el que somio i el que jugo amb el que em passa per dins." Me impresionó que dijera "poner en relación" e "interesante", porque era muy pequeño. Tenía muy claro lo que era aquel análisis.

Al principio yo no podía evitar sentirme mal, culpable, como si fuera un fracaso mío, o como si alguien fuese a juzgarme y condenarme. Y aquel silencio de G., que podía entender en los análisis adultos, me parecía un muro. Tuve la suerte de corregir en aquella época un buen libro de psicoanálisis infantil (que alguien había traducido y destrozado literalmente y yo tuve que arreglar, incluso buscar las citas de Freud, porque la osada traductora, que no sabía nada de psicoanálisis, ¡¡las había traducido del francés!! y pude hablar con la autora) que me ayudó a desculpabilizarme y entender. En el libro se decía que el espacio de la consulta era como la habitación del niño, donde se desanudaban sus sueños y sus deseos y su parte no razonable, y esa idea era justo lo que yo necesitaba.

Al cabo de poco tiempo, G. dijo: "Si queréis, sigo yendo a dibujar y jugar allí, pero yo el problema ya lo he resuelto." El psicoanalista nos explicó que G. era demasiado razonable durante el día, se portaba demasiado bien, y temía las noches, porque se enfrentaba a sus demonios. Pronto empezó a ser un poco más "malo" y revoltoso, en el colegio, etc. Al principio, dijo el psicoanalista, todos sus muñecos estaban enfermos, vendados o encerrados dentro de una cerca. Al final todos estaban curados y libres, fuera de la valla... Así que acabó su análisis, aunque siempre conservó ese espacio y en momentos claves de su evolución, ha vuelto a ver a A.

De ese espacio le quedaron muchas cosas. Su capacidad para mirar dentro de sí, sin grandes alharacas. Su conciencia de tener múltiples yos en su interior. Su facilidad para ver y admitir espontáneamente sus errores. Su reflexividad. Un espacio donde poder ir a consultar o a verbalizar sus momentos de confusión. Y el afecto por esa experiencia, que le ha permitido incluso ayudar a otros.

Pienso en todas estas cosas ahora que G está recuperándose de una caída en moto, magullado y dolorido, aunque por suerte parece que sin nada roto ni seriamente lesionado y con su partner también salvada. Las pienso además, porque hace poco, G. me confesó que se estaba haciendo una pregunta sobre su futuro, un cambio de rumbo. G. tiene un tiempo para pensar, para que su pregunta pregunte su propia interrogación.

Y eso me lleva a Chicho Sánchez Ferlosio, hermano de Rafael, diría que tan preclaro, pensante y especial como él, aunque con otro registro. Este Chicho grabó, hace muchos años, A contratiempo para sus amigos, alguno de los cuales era amigo de mi ex., de manera que teníamos una cassette en la era de las viejas tecnologías y siempre la escuchábamos. Y un día, cuando ya no usaba cassettes, quise ponerla y se me borró una de mis canciones preferidas, la que canté para los presos en el recital poético-múltiple de la cárcel de 4 Camins, basada en un poema del Romancero Anónimo. Y yo buscaba el disco de vez en cuando en Internet, siempre en vano. Hasta que un día, en la cola de un cine Renoir, oí a un hombre que cantaba una de sus canciones y no pude resistir. "Perdona", le dije, "pero eso que estás cantando ¿es Chicho Sánchez Ferlosio?" Él y su partner eran adeptos y eso me salvó. Hablamos un momento y me prometieron mandarme por email una dirección donde bajarme el disco. Al poco recibí un email "Soy el que tararea canciones de Chicho SF en las colas de los cines..." Incluso acabó firmando mi reivindicación para salvar al azufaifo. Y hace unos días me avisó de que se puede encontrar en emule la película que Fernando Trueba hizo sobre él, dice que no es hagiográfica y que vale la pena. Le he encargado a G. que me la baje...

(a la mañana siguiente...)
"Lo peor de ser actor..." decía un titular de La Nación esta mañana, y yo he pensado enseguida: Lo peor de tener hijos... es esa sombra que cae cuando algo les pasa, y que no se acaba nunca. Ese sufrimiento desproporcionado, ese terror a que les pase algo. Yo siempre he sobrevivido bien a cualquier ruptura amorosa, a cualquier abandono, pero éste es un terreno mucho más difícil, ya lo dijo Marguerite Duras.
G. no me dijo nada (ni a su padre), estuvo tres o cuatro horas en urgencias sin llamar, no me avisó por la tarde, ni después, cuando yo salía del seminario de Lévinas pensando abstractamente en el Otro y en realidad me esperaban aquí los dos, accidentados y aún en el temblor post-clínico, los dos flacuchos y doloridos, la guapa chica dibujante que se miraba las manos heridas, con un cansado desvalimiento.
Mientras G. me contaba el desarrollo del accidente y ese despertar tras la caída, el protocolo de los enfermeros de la ambulancia para comprobar que las vértebras estuviesen bien, imitaba sus tonos de conversación, como él suele hacer al contar, escenificaba el panorama de urgencias incluyéndose a ellos dos accidentados, yo me sentía morir un poco. No fui a yoga, no fui a ver las lámparas mágicas a la colina, no fui a nada. Le compré aperitivos y meriendas, le observé de soslayo mientras la cena se enfriaba, me quedé aquí escuchando esos gemidos que a él le consuelan y a mí a veces me inquietan y otras me hacen burlarme, mientras intenta arrastrarse por el pasillo sin poner el pie en el suelo, en un enredo donde es difícil distinguir entre el dolor físico profundo, el superficial, su miedo aprensivo y su propia capacidad de reírse de sí mismo.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Tarde


Anselm Kiefer: Ohne Titel (Heroische Sinnbilder; Sin título, símbolos heroicos, ca. 1969)

A veces leo a Li Bai como el mayordomo de Willkie Collins, Betteredge, leía Robinson Crusoe, tal vez no tanto para resolver una cuestión concreta como para cambiar de ánimo vital, d'état d'âme. La otra noche tuve una mezcla de agotamiento y acceso melancólico y abrí el libro A punto de partir al azar. Decía: "¡Crisantemos! ¿A qué tanta tristeza?" Ese simple verso fue suficiente.

Ayer me llegó un libro de la Librería Leibniz de Cacadelos, León (vía iberlibro, claro está, ¿pero cómo resistir a un librero tan bien nombrado?) Me acordé sin querer de la abuela analfabeta y leibniciana de Víctor Gómez Pin. Cuando se marchó el mensajero (a mi gata le encanta que vengan mensajeros, es una ocasión para correr a frotarse con el felpudo de mis vecinos y olisquear a sus dos gatas, objeto de toda su ambivalencia felina), fui a buscar otro ejemplar que le había encargado a otro librero interesante, el de la calle Berlinès, y hablamos un momento del "damp, drizzly November" que se ha prolongado inexplicablemente, con insidiosos incidentes de fontanería que verbalizados, parecen adquirir un significado psicoanalítico claro, aunque sólo sea por los títulos y temas que le rodean.
Los dos libros eran para apoyar a G. en una idea que ha tenido respecto a su futuro, o más bien para lograr, como canta Chicho Sánchez Ferlosio en ese disco maravilloso (al fin editado en cd y recuperado, gracias a J.), "que la pregunta pregunte su propia interrogación". De ese disco es la canción que yo tuve la osadía de cantar a los presos de 4 Camins en aquella intensa visita poética con Ester Xargay, Carles Hac Mor, Dolors Udina, Josep Pedrals y Antoni Clapès. Y mañana contaré otra historia de ese disco.
He ido al seminario de Lévinas pensando que era la última vez, que mi cabeza no daba para tanta altura filosófica, pero una vez allí todo vuelve a brillar y esa lectura de grupo va allanando caminos y abriendo otros. Hoy estaba Joan, que se escandalizaba de esa ruptura con los mitos de Lévinas... pero luego hemos visto cómo esa negación de los mitos se refería a las religiones monoteístas, contrapuestas a la ética que propone Lévinas, a ese audaz experimento suyo de metafísica ética. Dice: "Cuando sostengo una relación ética, me niego a reconocer el papel que desempeñaría en un drama, del cual yo sería el autor, o del cual otro conocería antes que yo el desenlace, a participar en un drama de salvación o condenación, que se desarrolla a pesar mío y acerca de mí."
Yo reconozco que la fuerza poética de algunos pasajes o su propio enigma me detienen o me distraen, y las resonancias psicoanalíticas y las resonancias con mis otras indagaciones. "Sólo lo absolutamente extraño nos puede instruir" (otra cita para mi libro balcánico). "El Discurso es, así, experiencia de algo absolutamente extraño, 'conocimiento' o 'experiencia' pura, traumatismo del asombro (!). O también, hablando del Otro: "La trascendencia del rostro es, a la vez, su ausencia de este mundo en el que entra, el destierro de un ser, su condición de extranjero, de despojado o de proletario. El extrañamiento que es libertad, es también extrañamiento, miseria."... "Reconocer a otro es reconocer un hambre. Reconocer a Otro es dar." O esa tríada de desposeídos que representan la miseria del Otro: el extranjero, la viuda, el huérfano.
Al llegar a casa me esperaba una mala y a la vez buena noticia, incidente de G. que ha rozado lo que tanto me asusta, pero sin consecuencias. En mi angustia y mi alivio de pensar en el peligro corrido, y la calma porque todo está bien, he leído un mensaje de mi ilustre vecino recomendándome un libro que seguro que buscaré. Decía: "¿Coneixes un llibre de Roland Barthes que es diu La préparation du roman? De fet és la transcripció i edició d’uns seminaris que va donar els cursos 1978-70 i 79-80, és a dir, immediatament abans de morir. I parla, naturalment, del “desig d’escriure”, del “phantasme” de la novel·la, etc. etc. Em sembla que t’agradaria o t’interessaria molt." Y con la idea de ese Barthes que aún no he leído me consuelo y reconecto con ese rato de placentera y desentrañadora lectura lévinasiana. Ah, y V. me habla del interesante libro de un amigo (de nombre bovariano) de un amigo, Lacan y Kierkegaard.

Pati Núñez, Premio Nacional de Diseño

Ilustración: tarjeta de Pati, de hace años.
Mi hermana Pati, diseñadora gráfica bien conocida en el mundo del diseño y lo visual, con una trayectoria larga de difundir sutileza, humor, profesionalidad y buen gusto en su trabajo y de corregir en lo posible la fealdad existente, ya fue premiada por la Generalitat el año pasado, y obtuvo ayer el Premio Nacional de Diseño. Mucha gente me transmite felicitaciones para ella, y he decidido ponerla aquí, porque creo que efectivamente es un premio merecido.
"Pati Núñez ha sido distinguida por el jurado por su "impecable trayectoria" por la "elegancia formal" de sus proyectos, "audacia y generosidad", que provocan "lecturas visuales cargadas de sensualidad y poesía".

lunes, 10 de diciembre de 2007

Ponedeljak



Foto: Harry Callahan, Trees, Chicago, 1950 (prestada de V)


Ponedeljak significa lunes en serbio, o al menos, eso pone en un viejo diccionario granate y algo despeluchado que mi amigo se dejó y acabó por regalarme.

Es un lunes extraño. Me comprometí a hacer dos traducciones urgentes y echo tanto de menos mis auténticos deberes literarios que tal vez acabe haciendo algo para escapar. Sueño que escribo. Siento accesos de extraña felicidad mientras ando por la calle. Imagino mi serie de retratos, junto a las piezas de la ciudad. Uno de mis textos a traducir era sobre el legado del comunismo; artistas lituanos, de arte activista...; lo malo era que el inglés también parecía lituano y costaba tanto desentrañarlo que empezó a dolerme la espalda. Me acordé de mi antiguo profesor Cuartero con su pasión frente a la clase aparentemente adormecida: "¿No han oído hablar lituano? ¡No se lo pierdan, es delicioso!" Por fortuna, la discusión sobre el texto con mi inspirada colega poeta (y traductora al catalán) me tranquilizó: al menos la responsabilidad es compartida y hablar en voz alta siempre me ayuda a ver claro. Durante una época, siempre unificábamos los textos que traducíamos y nos ocurría algo curioso: a mí me gustaban más sus soluciones y a ella las mías, entonces las dos las cambiábamos y poníamos, con permiso, lo que había puesto la otra. Todo quedaba igual, pero invertido. Después dejamos de pasarnos las versiones enteras, y ya sólo discutimos las frases y palabras conflictivas, para no influirnos tanto. Pero siempre nos quedamos con la sensación de que la otra ha sido mucho más elegante en su versión. "Ah, claro", dice ella, "tácito es la palabra exacta" (y su tono reviste la palabra de una magia que antes no tenía...) "¿Te importa que te la copie?" (y de pronto es como si yo hubiera inventado todo lo tácito del mundo)... Estaba a punto de devolver el siguiente texto, pero al lado del lituano, parecía de una lisura increíble, y además, mi interlocutora del museo me había prometido que trataba de feminismo y psicoanálisis, así que me lo he quedado.

Me siento casi invulnerable a la maldita navidad, sólo porque tengo un billete, una especie de discutible stairway to heaven, o al menos, la vía para desintoxicarme de esta España peluda y áspera que me asfixia, un pied-à-terre europeo prestado, un salvoconducto. A ratos picoteo Lévinas (con lápiz) Luego Montaigne. Y A vueltas con la pintura, un catálogo-libro delicioso de César González Ruano ("Dedicatoria: A los objetos inanimados de mi cuarto..."), y trozos sueltos de Psychanalyse: Contre-attaque (La règle du jeu; la revista dirigida por BHL que me había reservado el librero de la calle Berlinès...). Y no tengo tiempo y se me escapan los días, y pienso en eso que decía Zizec de sus no-lecturas, no-películas y no-escritura, en una vieja entrevista que me pasó la luminosa e inteligente V, a quien vi ayer en la casa (casa hermosa, llena de dibujos y fotos y con un cuarto de baño que nos hizo soñar, y un gato elegantemente huraño, Federico) de unos amigos que nos agasajaban porque sí (como no son fumadores, Lola sacó su cenicero portátil y fumamos en la escalera, despotricando alegremente de esa ley que nos convierte en proscritos). No sé qué será de mí. Si alguna vez lograré utilizar el tiempo en mi favor. Si acabaré mi libro balcánico. Espero que los dioses arbóreos me protejan e iluminen, si es que realmente me han nombrado dríade.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Can Tunis

He llegado justo al Casablanca Gràcia para ver el documental Can Tunis de José González Morandi y Paco Toledo. El cine estaba lleno y he tenido que sentarme en la tercera fila. Durante toda la película sentía que necesitaba más distancia, pero ya no sabía si era sólo la proximidad física, que me obligaba a levantar la mirada echando la cabeza hacia atrás, o si era el agobio de lo que veía y lo que significaba para mí.
Los niños juegan a atracos, rompen con palos los cristales de los coches robados, conducen desde pequeños, organizan como pueden su ociosidad, en esa especie de enjambre familiar que recuerda a los clanes sicilianos. La madre que no está, la que añoraban, vuelve de la cárcel; ha cumplido una condena larguísima por unos pocos gramos de droga, sorprende la dureza, que no guarda proporción con las condenas de los ricos, los corruptos, los políticos (de Javier de la Rosa a Rafael Vera pasando por Mario Conde). Los yonquis muestran sus pústulas, sus picos entre la basura. Una canción dice: "Semos escoria..." Un niño pequeñajo habla mientras conduce del barrio y de su futuro, le oímos comentar lo mala que es la droga y la inutilidad de advertir a los que se enganchan. Luego, cuando le preguntan por su vida, dice: "Yo sé lo que hago y sé lo que digo, pero de mi vida no sé nada. No sé si seré drogadicto, alcohólico... o abogado" y se ríe con los ojos brillantes. Una ex presa yonqui, mientras fuma heroína en una especie de cueva, con su amigo africano, dice que quería quedarse en la cárcel: "Primero gimnasia, luego informática, me hice vegetariana, me desenganché..." en la dirección de la cárcel le dijeron que era la primera mujer presa que no se alegraba de su libertad; ahora sueña con irse a África. Hablan de la religión evangélica, que consuela a algunos. Les vemos celebrar el Año Nuevo, y una boda gitana, a pesar de la cámara. Luego, la madre que ha vuelto de la cárcel dice: "Cuando pienso en mi casa, mis hijos tirados en la calle, que eran niños y se han perdido, creo que es la Justicia la culpable, la que ha destrozado mi familia..." y también: "El amor está bien, al principio, pero luego... necesita más cosas para que funcione" y sonríe: en ese momento tiene una expresión sorprendente, está muy guapa pese a su formato y parece llena de sensualidad y de sagèsse.
Los directores están allí y la cámara filma lo que hay, sin juzgar, sin apenas elegir, sin prejuicios, aceptados entre los habitantes de Can Tunis, integrados en el grupo. Son los últimos meses antes de la demolición del barrio, entre los yonquis y los compradores de droga, los niños del barrio, las familias. En las familias, y aún más espectacularmente en los niños, la obesidad es un elemento visible y obvio. Antes, ser pobre significaba ser delgado, ahora, la miseria crea obesos. Inventaron la comida basura, que nadie piensa en restringir ni en prohibir, como el tabaco, pero que causa más estragos, dificulta la concentración, produce irritación e incluso violencia, como demostraba Super Size Me.
Los habitantes de Can Tunis cortan alegremente el tráfico de la autopista para pedir viviendas a cambio de sus barracas destruidas. Negocian con la policía, con humor y mucho sentido común, sin dejarse engañar. Piden que alguna autoridad se persone allí, hable con ellos. Advierten a la policía que pueden impedírselo ese día, pero que volverán mañana y pasado y el otro...
Hacia el final, vemos a algunos contemplando con sorna la destrucción de ese mundo suyo, o ayudando a romper, como quien baila sobre sus tumbas. Otros examinan con reservas el piso que les han dado. Dicen que siempre han vivido en barracas, a pie de calle, y les cuesta mucho encerrarse en un piso, no hacer mucho ruido por las escaleras. Can Tunis estaba a 15 minutos de la otra Barcelona, junto a la autopista. No sé dónde se habrán refugiado ahora algunos de sus habitantes.
En esas historias de Can Tunis está toda la carga de errores, dureza y complejidad de nuestro mundo, la vitalidad y el empuje de algunos, en medio de la gran injusticia de todo, la tristeza, lo que parece casi imposible de corregir. Es el reverso de esa Barcelona de los hoteles, la millor botiga del món, que se extiende con sus precios imposibles, ahuyentando y marginando a todos los que no pueden pagar.
Los directores estuvieron tres o cuatro años yendo todos los días al barrio, vieron morirse a unos cuantos, hasta que les aceptaron y les dejaron filmar sin ocultaciones. Les han dado el primer premio del jurado en el festival Documenta. Bien merecido, por esa mirada antropológica, abierta, interrogativa, que nos interpela desde Can Tunis.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Gaspar

Johan Christian Clausen Dahl, Blitzstudie. Am Golf von Neapel (Estudio de un relámpago en el golfo de Nápoles, 1820).

El 2 de diciembre fue el IX aniversario de la muerte de mi padre. Como otros años, hemos ido a Cadaqués, al Perefet, muy cerca de donde echamos sus cenizas al mar un día de sol y tramontana, y hemos sembrado el mar de pétalos de flores frescas y yo he leído lo que había escrito, que ahora copio aquí. La presencia familiar es un parapeto para mí y allí no sentía nada; sólo ahora, al volver, me doy cuenta de que el dolor de mis palabras está también en mi cuerpo.

A mí me gustaba su nombre, me gustaba la idea de que fuese uno de los tres magos y celebrase su santo el día de reyes. No costaba mucho imaginarle como los personajes de los camellos, con oro, incienso y mirra. Era un nombre germánico o anglosajón, literario, insólito, o del Gaspar de la sopa, aquel cuento alemán de un niño que no comía e iba disminuyendo hasta desaparecer. Una vez le vi así, en el distribuidor de su casa, junto a las bombonas de oxígeno, tan delgado e inconsistente como el niño del cuento.
Dos noches después de su muerte, me despertó el sonido de mi móvil en la sala. Habituada a la urgencia de aquellos meses de su enfermedad, me levanté de la cama y me abalancé a cogerlo.
“¿Gaspar?” preguntó una voz dubitativa. Y repitió: “¡Gaspar!”
Tardé un tiempo en contestar. No comprendía. “Gaspar se ha muerto”, pensé en silencio, con ganas de decirlo a gritos. Pero no podía ser. Aquella voz no podía saber…
“No”, contesté al fin. “Se equivoca”.

Tiempo después, soñé que Gaspar me llamaba por teléfono.
Parecía contento, no sé qué me contaba, pero hablaba como si nunca se hubiera ido.
“¿Pero oye”, le dije, interrumpiéndole, “¿tú dónde estás?”
Él emitió una de aquellas risitas suyas de los momentos embarazosos.
“Je…bueno…, adiós”, y colgó.

Y más tarde, cuando Marisa (mi madre) estaba en el hospital, Gaspar volvió a llamarme por teléfono en sueños.
“Hola…”, dijo, agobiado, con el tono trémulo y titubeante que usaba cuando algo le incomodaba. “Oye, ¿cómo está tu madre…?”
Le dije que estaba mejor, recuperándose.
Al día siguiente se lo conté a ella, cuando fui a verla al hospital. No le sorprendió. Ella tiene su forma particular de ver esas cosas.
“Me alegro de que todavía se preocupe de mí, esté donde esté”, dijo, con toda naturalidad.

Hace ya nueve años que murió, pero como las cicatrices que duelen al cambiar el tiempo, algunas fechas dejan una marca invisible en el inconsciente, de manera que cuando se acercan, la memoria empieza a intensificar sus señales, como si el cuerpo se hubiera acostumbrado a identificar el frío y las luces prenavideñas asociándolos a algo que ocurrió a principios de diciembre, y que transformaría nuestras navidades para siempre. Y en cuanto se acerca, antes de que pueda acordarme de forma consciente, se me repite esa jugarreta de la memoria en la que por un momento, pienso en contarle o preguntarle algo a Gaspar, y durante esa milésima de segundo no me doy cuenta de que es imposible, y enseguida cae dolorosamente, como un pedrusco sobre la conciencia, el recuerdo de que no está, y ya no podré verle, contarle ni preguntarle más.
Y pienso entonces que tal vez más dura que la pérdida real sea la pérdida de lo que no pudo ser, la constatación de todo lo que no hubo tiempo de corregir, lo que él no supo o no pudo darme, todo lo que ahora sí podría decirle y entonces no era capaz, todo lo que con el tiempo he podido entender.
Pero al final, pienso en aquel a-dieu que Derrida escribió en la muerte de Lévinas, donde, para que la muerte no tenga la última palabra, explica que la muerte no es la nada, ni es la anulación del que se va, sino que implica un compromiso, incluso una obligación: a partir de su muerte, Gaspar ya no puede decir y somos nosotros los que tenemos la responsabilidad de expresarle.

Cadaqués, diciembre 2007

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Estela del paseo madrileño y del humo

Thomas Cole: The Devil Throwing the Monk from a Precipice, s.f.

Me faltó decir que en el primer y largo paseo por anchas aceras sin bicicletas y bajo árboles altos que dimos Lydia O. y yo por la Castellana hacia la Fundación March, en una esquina no sé si de Gregorio Marañón, vimos unos carteles del Museo Lázaro Galdiano, con cuadros espléndidos de El Bosco y de Goya que nos paramos a contemplar, completamente fascinadas. Las meditaciones de Juan Bautista, con un cuerpo enorme, echado con una nonchalance absolutamente pagana, tan agradablemente en la hierba, rodeado de esas extrañas cosntrucciones como ensoñaciones y muy contemporáneas (como dijo enseguida L), una planta fantástica y de gigantesca flor, meditando... Y el archiconocido Aquelarre de Goya, qué sensación gozosa poderlo mirar de cerca otra vez, aún en forma de carteles en el muro, que yo, por mi embrutecimiento (como diría ella), casi miraba como frescos... Al día siguiente intenté ir al Prado, esta vez me recorrí toda la Castellana, ya sin torcer, desde Cuzco hasta llegar a Recoletos, pasar la fuente de Neptuno (recordando cuando el Gernika estaba en el Casón del Buen Retiro y yo me hospedaba en Moreto y andábamos mucho por el Retiro y entrábamos en el Botánico y tres de mis amigas eran restauradoras del Prado: una de ellas restauró Las Meninas bajo la dirección de John Briley, años más tarde, y ahora ninguna de las tres restaura, una pinta y estudia, la otra viaja y traduce y la tercera viaja mucho a África por su trabajo en una ONG), pero entre la ampliación, la exposición de Velázquez y los tiempos que corren, había una cola larguísima. Me situé al final resignada, pero detrás de mí, dos chicas decían auténticas estupideces que habían oído sobre Warhol (tuve que contenerme para no corregirlas en plan rottenmayeriano), y delante, un trío de amigos hablaba sin vocalizar y sin vocabulario, prácticamente haciendo ruido y sin decir nada. Empecé a pensar en la falta de inversión en la educación, en el informe Pisa, en el empobrecimiento del lenguaje y pensé que no resistiría. Así que llamé a mi amiga María y me salí de la cola. Ella, que tiene muchas reservas con El Prado (no como yo, que recuerdo con felicidad una pequeña exposición de Caravaggio, paseos solitarios viendo sólo Velázquez o sólo las negras de Goya), me sugirió que fuéramos a la exposición del retrato moderno en la pintura española, en la Academia de Bellas Artes, así que enfilé Alcalá arriba. Fue entonces cuando me encontré fotografiando los árboles inmensos de unos jardines a través de una reja (semejante bosquecillo no existe en nuestra ciudad, digan lo que digan los políticos municipales, aunque si está allí se deba a razones perversas; de todas formas, aquí teníamos nuestras versiones mediterráneas, que nos han ido quitando y borrando con cemento; y ahora van a por el Tibidabo), ¡y resultaron ser del cuartel general del ejército! Pensé que me darían el alto, aunque no me encerraran en unas mazmorras como a Alexandre Cirici, que lo dibujaba todo, y anotaba las combinaciones de colores que llevaban las gitanas en su indumentaria, le pasó cuando se puso a copiar un edificio sin saber que era una sede militar, en años tumultuosos (y sólo le salvó ver pasar a un amigo por su ventana a ras de suelo, para que avisara), pero por suerte no me vieron los soldados, apostados en otra puerta. Lo malo fue que al llegar, descubrí que la exposición del retrato ya se había terminado.

En cuanto al humo, lo pensé cuando en el hotel, pedí habitación de fumadores, por si acaso sentía deseos de fumar, y al entrar me sorprendió que oliera como si alguien hubiera pasado la noche fumando sin tasa. Por un momento pensé con horror que no pudieran abrirse las ventanas. Pero sí que se podía, y eso hice pese al frío. El olor a humo había impregnado tal vez las cortinas o la alfombra. La cuestión es que no fumé, y es que a pesar de que la prohibición excite mi rebeldía y mi deseo de fumar, yo estoy situada en un lugar intermedio entre los fumadores y los no fumadores. La experiencia en la jaula de castigo del aeropuerto me pareció definitiva: era lo contrario a ese pequeño placer y fruición momentánea y abstraída que para mí es fumar. Sigo pensando que Derrida y Roudinesco tienen razón cuando hablan de esas leyes (en ese momento eran sólo americanas) y concluyen que no se debe reglamentar así la vida cotidiana y que habría que encontrar otras maneras más flexibles. Ya sé que el tabaco no es bueno, pero no creo que, como yo fumo, a mis dosis homeopáticas de tabaco, sea tan malo. Y en cambio, estoy segura de que talar árboles y rodearnos de cemento y obligarnos a ducharnos con ese agua cancerígena de Barcelona y usar detergentes y estar rodeados de materiales tóxicos en la construcción y de vibraciones y ruido es malísimo. Pero me di cuenta en la jaula de fumadores: allí, la gente entraba a aliviar su mono. Yo estoy en un lugar intermedio, ¿una twililight zone?, algo que no existe ni se puede clasificar.

En cuanto al cuadro de Thomas Cole, a mí me transporta, veo en él el espíritu de la novela de Maturin, pero también Bulgákov y Tsvietáieva y todas las novelas donde el diablo era un personaje (excepto Doctor Fausto, que se me atragantó por alguna razón hace muchos años y nunca retomé).
Por cierto, en mi otro blog, artículo del Avui sobre el azufaifo, donde, por esas malas interpretaciones periodísticas, me llaman "líder del movimiento vecinal" (ni yo soy líder, ni existe tal movimiento... A veces me preguntan: ¿Usted dirige la plataforma para salvar al azufaifo? Y yo: no, no, no hay ninguna plataforma... Les cuesta creer que aquí reine el viejo individualismo, no ese individualismo de la sociedad de propietarios americana, sino el de los individuos que intentan pensar por su cuenta...!)

martes, 4 de diciembre de 2007

Crónica madrileña

Thomas Cole, The Voyage of Life. Youth, 1848
Vuelvo agotada del feo aeropuerto de Barajas y los retrasos sistemáticos de los aviones, con esa espera tan distinta, llena de un extrañamiento indescriptible, sin silencio, sin vacío, que se produce en esos no-lugares, obligados a compartir espacio con una multitud de viajeros en una opresiva intimidad. La fealdad de ese aeropuerto caótico lo hace todo más agotador (Ayer acabé pensando en aquella idea jodorowskiana de que la falta de belleza enferma... parece contagiosa). Por cierto, que por una vez entré en esas jaulas circenses que allí aún reservan a los fumadores, donde no hace falta encender el cigarrillo para fumar y de donde se sale con la ropa como antes tras muchas horas en una discoteca. Es toda una experiencia. Los fumadores, obligados a verse como los apestados en los que quieren convertirnos, lejos de las hermosas imágenes del cine y la fotografía, es decir, lejos de ese momento de abstracción silenciosa y pensante que es a veces fumar, se reparten como pueden en ese espacio inhóspito y desagradable, donde sólo el humo consuela. Una chica sonreía como yo, divertida ante la escena. Todos fuman, puede decirse que es obligatorio fumar, algunos afortunados nos apoyábamos en las paredes, otros tenían que quedarse ahí en medio, fumando ostensiblemente, señalados por el espacio, castigados como a los niños que les colgaban carteles en los colegios, para humillarles. Otros se divertían con la prohibición, la subversión, la hipocresía de considerarnos apestados en uno de los países más contaminados del mundo, donde no se hace nada contra la contaminación, donde se vitupera al político que osa reconocer que el agua de Barcelona es peligrosa incluso en la ducha). Si no se fuma en esa jaula, ¿qué haría uno allí?
En Madrid, he paseado, con el espíritu de los paseos montañosos y pensantes de Robert Walser (y aún con el poso del magnífico librito que Sebald le dedica, con toda la tristeza y el genio de Walser y la inteligente y admirada escritura de Sebald, y cómo me ha inspirado y dejado resonancias ese breve texto), con nostalgia de otra yo más joven, libre y llameante (a mis veintifú, refugiada largas temporadas en Madrid, gracias a la hospitalidad de mis amigos, que me acogían en sus casas siempre especiales y cuyas conversaciones siempre siempre añoro), y miraba esos árboles mucho más altos, poderosos y densos que hay por todas partes, incluyendo el jardín maravilloso de un cuartel general del ejército (!) Ahí recordé a un amigo que murió, con un espíritu completamente opuesto al militar, altísimo y con un encanto desgarbado y excéntrico que no imagino de uniforme, que hizo la mili en aquel lugar y se pasaba la noche de guardia oliendo rosas, cargado absurdamente con un cétme. Árboles y más árboles desde la Castellana a Recoletos y el Prado, que recorrí andando, los últimos salvados por la baronesa. Por cierto que nadie ha podido salvar los 200 árboles que ha talado Esperanza Aguirre en las afueras, en la llamada Carretera de los pantanos. Y llueve sobre mojado. Si no la paran, con el tiempo logrará casi igualar a nuestro desierto de palitroques, esos finos arbolillos pelados que según nuestros políticos municipales, convierten a Barcelona (sólo en sus sueños) en la ciudad con más árboles de Europa, gran ironía. De momento, el patrimonio arbóreo del urbanísticamente caótico Madrid es muy superior al nuestro. Y otra cosa les envidio y es su afición a conservar edificios antiguos. En Madrid (que tiene zonas terribles, construidas a lo bestia), hay barrios enteros donde apenas se han tirado edificios del mil novecientos y que se conservan muy bien. Hoy he estado en uno de esos lugares. Pese a todo, mis amigos madrileños se quejan de la cantidad de grúas, obras y desaguisados, y eso que pasó la peor parte de ciudad desventrada durante tres años por el horrible partido popular, que sigue enseñoreándose de la ciudad. En la Fundación March vi una exposición maravillosa, que aún resuena intensamente en mi mente. La abstracción del paisaje. Del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto. A veces, las imágenes melancólicas y ensoñadas de aquellos cuadritos nórdicos preciosamente enmarcados me sumergían en la atmósfera de Melmoth el Errabundo de Maturin, era como pasear por la religiosidad extraña y los sueños románticos y góticos revisitados, la luz, y al mismo tiempo pescar (ayudada por la visión rápida de Lydia Oliva) las pistas e inspiraciones modernas y contemporáneas en ellos, en la cantera cercana a Krippen de Caspar David Friedrich, o el Giacometti entrevisto en el bosque de Carl Blechen, o el misterio sutil de los cuadros de Johan Christian Clausen Dahl (mi revelación, no lo conocía, ni a Blechen!) O Cozens. Además, una serie completa de Turner, de Constable, las profecías y lo sublime en Cole y en Church (oh, hay un cuadrito sorprendente del americano Cole, a plumilla, titulado El diablo arrojando al monje desde el precipicio.... Un dibujo a tiza de Van Gogh de las raíces de un árbol, que yo nunca había visto, espléndido. Insólitos Munch. Prometo escanear algunos del catálogo (no pude resistir la tentación) e irlos poniendo aquí, si lo consigo. ¡Un crisantemo de Mondrian, a lápiz o a carboncillo! Fogosos Emil Nolde como estallidos de color anímico, espíritus cromáticos. La verdad es que los espléndidos Rothkos palidecían al lado de aquellas pinturas románticas ardientes de genialidad y capaces de transportarme a otro tiempo. O bien se hermanaban (la afinidad entre Rothko y Church es espectacular, pero la espiritualidad de la época de Church -o su nombre- frente a la desacralizada época contemporánea...) Salí de allí soñando en otras épocas, incluso le pregunté a mi acompañante en qué época le habría gustado vivir y me respondió que dudaba entre el XIX o la época de entreguerras del XX.
De allí nos fuimos corriendo al hotel, pues iban a recogernos para dar la conferencia. Antes de entrar pudimos ver la exposición de Camille Claudel, en la Fundación Mapfre y que luego irá al Musée Rodin. Impecablemente montada, llena de la melancolía de su rotura y de su evolución y de cómo creció su vulnerabilidad ante el horror de Rodin y fue presa de los espíritus. Y su extraña presciencia dibujando escenas de manicomio antes de entrar allí. Las piezas pequeñas de terracota, estudios de esculturas grandes, cabezas apegotadas, figuras entrelazadas, entre la locura, la tristeza sensual desgarrada, a veces reminiscente de Kathe Kollwitz, pero con una sutilidad particular e inteligente, con esa extraña agudeza mental de la psicosis, y su caída, su desesperación por vender, que la llevó a hacer intentos comerciales. Pero para mí, lo grande y la lisura de lo acabado en bronce o mármol o combinando varios materiales no puede competir con lo pequeño y rugoso y sutil, la terracota y los dibujos. Vista toda esa hermosura troublante, nos fuimos a conferenciar.
Teníamos poco tiempo. Íbamos a concentrar en una conferencia lo que iba a ser un ciclo. Y pese a todo, lo logramos. Si fueran hombres. Escritoras y fotógrafas en el olvido era nuestro título. Yo había podado tanto mi texto que no podía ser más breve (recordaba aquella conversación de Woody Allen y Scorsese, en que Scorsese decía que cada vez le salían películas más largas y Woody Allen que, en cuanto sacaba la tijera, se quedaba sin película! Un poco como el coup de canif de Giacometti que siempre cito...). Pero me gustó la combinación del relato fotográfico de Lydia Oliva junto con mis tres escritoras. Me gustó escuchar la historia bien contada y tan interesante de sus fotógrafas viendo las imágenes que tan atinadamente había elegido, la Nueva York que ilustraba a dos de mis escritoras y las extrañas y sutiles composiciones vegetales y acuáticas de su tercer personaje. Tal vez fui radical en mi texto, al menos para ese público. Pero al acabar, vinieron a felicitarnos algunos asistentes, gente culta y amable y agradecida. (También nos increpó una señora, aunque luego supimos que increpa a todo el mundo, esos personajes lunáticos que aparecen en casi todos los lugares públicos: parece que estaba furiosa porque con su nivel, no podía seguir y nos regañó mucho, levantando la voz, diciéndonos que la habíamos estresado). Cuando se publique el texto de mi conferencia, ampliado, lo incluiré en mi blog de artículos.
He podido ver a una amiga especial de siempre, que vino a la conferencia y a quien una vez, en Ibiza, una joven sibila parecida a Cher (pero al natural), le dijo acertadamente que siempre sería un jardín para sus amigos. Y así sigue siendo. Es difícil explicarlo de otra manera: su mezcla de humor inteligente, consejos de una sagesse muy particular, su luminosidad física y su apoyo mercuriano y crítico son siempre como entrar en la sombra fresca de un jardín inglés para un alma acalorada y sedienta. Hoy me ha ofrecido un té chino delicioso en su casa y hemos ido a comer a un lugar agradable mientras reanudábamos nuestra intensa conversación, prolongada a través de los años. Mi otra amiga madrileña desde tiempos antiguos cayó con fiebre alta y se sumió en ese estado tan bien descrito por Virginia Woolf en su Estar enfermo. Yo siempre me acuerdo de su vieja casa de la calle Moreto, y de la habitación que me dejaban a mí, frente a la chimenea aún con rescoldos, y de la bañera de las mañanas y aquel barrio tranquilo y antiguo cerca del Botánico donde tanto soñé, en la época en que escribía o proyectaba escribir para la cuidada revista Poesía. En cuanto al tercer amigo favorito de esa época, al que veo mucho menos de lo que quisiera, y que me acogió en las múltiples casas de su nomadismo de entonces (Morería en especial) ya no vive en Madrid, aunque sé que hasta hace poco tenía al menos un pied-à-terre allí, pero esta vez no pude (o no osé) encontrarle a tiempo.