sábado, 8 de diciembre de 2007

Can Tunis

He llegado justo al Casablanca Gràcia para ver el documental Can Tunis de José González Morandi y Paco Toledo. El cine estaba lleno y he tenido que sentarme en la tercera fila. Durante toda la película sentía que necesitaba más distancia, pero ya no sabía si era sólo la proximidad física, que me obligaba a levantar la mirada echando la cabeza hacia atrás, o si era el agobio de lo que veía y lo que significaba para mí.
Los niños juegan a atracos, rompen con palos los cristales de los coches robados, conducen desde pequeños, organizan como pueden su ociosidad, en esa especie de enjambre familiar que recuerda a los clanes sicilianos. La madre que no está, la que añoraban, vuelve de la cárcel; ha cumplido una condena larguísima por unos pocos gramos de droga, sorprende la dureza, que no guarda proporción con las condenas de los ricos, los corruptos, los políticos (de Javier de la Rosa a Rafael Vera pasando por Mario Conde). Los yonquis muestran sus pústulas, sus picos entre la basura. Una canción dice: "Semos escoria..." Un niño pequeñajo habla mientras conduce del barrio y de su futuro, le oímos comentar lo mala que es la droga y la inutilidad de advertir a los que se enganchan. Luego, cuando le preguntan por su vida, dice: "Yo sé lo que hago y sé lo que digo, pero de mi vida no sé nada. No sé si seré drogadicto, alcohólico... o abogado" y se ríe con los ojos brillantes. Una ex presa yonqui, mientras fuma heroína en una especie de cueva, con su amigo africano, dice que quería quedarse en la cárcel: "Primero gimnasia, luego informática, me hice vegetariana, me desenganché..." en la dirección de la cárcel le dijeron que era la primera mujer presa que no se alegraba de su libertad; ahora sueña con irse a África. Hablan de la religión evangélica, que consuela a algunos. Les vemos celebrar el Año Nuevo, y una boda gitana, a pesar de la cámara. Luego, la madre que ha vuelto de la cárcel dice: "Cuando pienso en mi casa, mis hijos tirados en la calle, que eran niños y se han perdido, creo que es la Justicia la culpable, la que ha destrozado mi familia..." y también: "El amor está bien, al principio, pero luego... necesita más cosas para que funcione" y sonríe: en ese momento tiene una expresión sorprendente, está muy guapa pese a su formato y parece llena de sensualidad y de sagèsse.
Los directores están allí y la cámara filma lo que hay, sin juzgar, sin apenas elegir, sin prejuicios, aceptados entre los habitantes de Can Tunis, integrados en el grupo. Son los últimos meses antes de la demolición del barrio, entre los yonquis y los compradores de droga, los niños del barrio, las familias. En las familias, y aún más espectacularmente en los niños, la obesidad es un elemento visible y obvio. Antes, ser pobre significaba ser delgado, ahora, la miseria crea obesos. Inventaron la comida basura, que nadie piensa en restringir ni en prohibir, como el tabaco, pero que causa más estragos, dificulta la concentración, produce irritación e incluso violencia, como demostraba Super Size Me.
Los habitantes de Can Tunis cortan alegremente el tráfico de la autopista para pedir viviendas a cambio de sus barracas destruidas. Negocian con la policía, con humor y mucho sentido común, sin dejarse engañar. Piden que alguna autoridad se persone allí, hable con ellos. Advierten a la policía que pueden impedírselo ese día, pero que volverán mañana y pasado y el otro...
Hacia el final, vemos a algunos contemplando con sorna la destrucción de ese mundo suyo, o ayudando a romper, como quien baila sobre sus tumbas. Otros examinan con reservas el piso que les han dado. Dicen que siempre han vivido en barracas, a pie de calle, y les cuesta mucho encerrarse en un piso, no hacer mucho ruido por las escaleras. Can Tunis estaba a 15 minutos de la otra Barcelona, junto a la autopista. No sé dónde se habrán refugiado ahora algunos de sus habitantes.
En esas historias de Can Tunis está toda la carga de errores, dureza y complejidad de nuestro mundo, la vitalidad y el empuje de algunos, en medio de la gran injusticia de todo, la tristeza, lo que parece casi imposible de corregir. Es el reverso de esa Barcelona de los hoteles, la millor botiga del món, que se extiende con sus precios imposibles, ahuyentando y marginando a todos los que no pueden pagar.
Los directores estuvieron tres o cuatro años yendo todos los días al barrio, vieron morirse a unos cuantos, hasta que les aceptaron y les dejaron filmar sin ocultaciones. Les han dado el primer premio del jurado en el festival Documenta. Bien merecido, por esa mirada antropológica, abierta, interrogativa, que nos interpela desde Can Tunis.

4 comentarios:

nomesploraria dijo...

"Semos escoria..."
la millor botiga del món...


Tenia pensat anar a veure-la aquesta setmana, amb la teva crònica encara en tinc més ganes.

zbelnu dijo...

Gràcies, Nmp. És impressionant, però no seguis a la fila tres...

el objeto a dijo...

entiendo lo de esa distancia de la que hablas que no sabes si es física o que incumbe más a esa mirada. Yo siempre he tenido el prejuicio de la mirada antropológica, pero aquí parece por lo que cuentas que sí consigue ser una mirada viva y respetuosa, abierta como dices y capaz de plantear cuestiones.

zbelnu dijo...

Sí, creo que el prejuicio es mutuo y mi antropólogo preferido, en mi libro balcánico, me dijo: ¡Y no seas psicoanalítica! Yo nunca entendí por qué. Pero con esa mirada tampoco sé lo que quiero decir, tal vez que a ratos no hay siquiera distancia, la cámara parece estar allí sola (y ahí yo me ahogaba). Sólo a momentos sí que mira o escoge (al niño ese que dice "Sé lo que digo y lo que hago, pero de mi vida no sé nada"; o a la mujer ex-presa que sonríe al decir que al amor le faltan otras cosas para que sirva...)y entonces es cuando más me gusta, cuando noto la (¿transferencia?) relación entre el que mira y el mirado, que a su vez le mira, nos mira...