jueves, 11 de junio de 2009

Que se vayan las máquinas

Foto: I.N. Ciutat Vella, 2009
En cuanto se callan las máquinas, vuelve el mirlo. He vuelto a ver a la sacerdotisa del oráculo, admirada de cómo hila mis imágenes y me las devuelve llenas de sentido, con metáforas cargadas de una belleza inteligente y honda, y riéndome con ella de cómo en ese espacio mental todo se reconvierte, y Jacques le Fataliste, ese hada maligna atrapada por su envidia de un supuesto saber literario o vital o de un referente cultural o ético (dijo alguien) o quién sabe de qué, acaba siendo muy útil e incluso benefactora sin saberlo para hablar de todos los aspectos que me amenazarían si los abandonase. Y es que, cuando podemos permitírnoslo, hasta los dardos envenenados pueden convertirse en flores, como los granos de arroz del cuento que se volvían perlas al caer en el vestido, aunque vale la pena evitar a esos personajes, porque no siempre podemos hacernos inmunes ni reconvertir la espuma de su rabia en orilla de mar. Esta vez he descubierto que entre los distintos duelos que estoy haciendo en este tiempo misterioso, he sublimado uno de ellos en el libro que ahora escribo, como esos espíritus que al morir visitan todas las casas en las que vivieron, y se dice que "penan" y la gente huye de esas casas donde las puertas se abren y cierran y los objetos caen, esos personajes que forman parte del inconsciente colectivo. Y de pronto, todos esos balcones y fachadas que parecen llamarme desde las calles y que fotografío, presa de una nostalgia dolorosa y alegre y paródica a la vez, que me hace sentirme cada vez más como la Varda en Les plages d'Agnès (que vi en París con V. y creo que ya la han puesto en la Mostra Internacional de Films de Dones), adquieren todo su sentido, y hoy, mientras retrataba esas casas me reía de mí misma maldiciendo a los coches, que pasaban como niños rugientes y sucios con su urgencia equivocada y ruidosa, y seguía buscando la belleza que ellos rompen, en árboles y lugares antiguos.
Ayer fui a una presentación donde escuché a Rodrigo Fresán (invitado por Laura Freixas junto con Mathias Enard) decir -brillantemente, con su erudición literaria, que maneja con naturalidad- cosas que me sorprendieron por afines, como esa posición de ser sobre todo lector gozoso antes que escritor, o el agradecimiento de lector a los que han escrito mejor y antes, o esas razones caprichosamente subjetivas para quedarse en esta ciudad (este páramo). La idea general me hizo recordar a la frase de Balthazar al llegar a Cadaqués y que tantas veces he citado aquí: "Il faudra tout dessiner!". Había problemas de sonido y unos allegados hablaban y soltaban risitas sin parar, se aburrían ruidosamente en cuanto subía el nivel y dificultaban seguir la charla. Freixas proseguía en su legítimo empeño de contextualizar y situar, planteando esos desafíos precisos que provocaban el diálogo.
Durante la cena volví a tener una vieja sensación familiar a la que por suerte ya no estoy acostumbrada, de estar entre gente que no siente curiosidad ni interés por lo que yo pueda decir, pensar o escribir, de manera que cómodamente puedo convertirme en espectadora y alejarme así hacia mis pensamientos de esa mezcla de desdén-indiferencia tan arraigada por estos lares. Curiosamente, las dos personas más dispuestas a escucharme en algún momento del encuentro eran dos hombres que nunca han simpatizado conmigo. Ya en mi casa, comparándola con la hospitalidad y el interés de la noche anterior en el Espai Mallorca y la cena que siguió, en ese territorio otro donde sí nos escuchamos y mis libros sí existen físicamente, son leídos y algunos me hablan de ellos, la escena antihospitalaria me pareció bastante cómica y me preguntaba si podía utilizarla en un cuento.
Hay un cielo azul radiante. Esta tarde, si no lo impidiera mi agotamiento y otras presiones, volvería al lugar donde mis libros perviven casi invisibles, a ver el documental de un amigo.

6 comentarios:

delarica@unav.es dijo...

que triste es en el fondo esa escena que cuentas, rodeada de ese peculiar y mediocre gotha literario de gentes que no son capaces de mirarse nada más que el ombligo; es cómico, pero es trágico… gentes que no tienen ni la mitad de tu talento y tu autenticidad

zbelnu dijo...

Gracias, Álvaro, por tus palabras generosas, yo no me siento por supuesto superior a nadie en talento ni en nada y allí había gente documentada y experta, pero no entiendo que sea más importante en una conversación el poder o el estatus que lo que alguien dice, escribe y piensa. Qué aburrido sería entonces conversar para alguien como yo, incapacitada para las luchas de poder y más interesada en la palabra y lo literario.

Anónimo dijo...

Puedes dar gracias de no saber moverte en el mundo, y entre gentes poderosas: no sólo es lo que hace de ti alguien que merece la pena sino que de verdad creo que es una parte importante de lo mejor del viaje a Itaca, aunque a veces resulte dura, por aislamiento (relativo) y que además eso se nota en lo que escribes, de una y mil formas (por eso te lee tantísima gente con los libros y el blog)
A.

zbelnu dijo...

Gracias, A., qué bonito lo que dices y que suerte leer eso. En cuanto al viaje a Itaca, decía precisamente el otro día esa sacerdotisa del oráculo -traduciendo mis palabras-, que el viaje tiene momentos luminosos, de alivio y felicidad pero también es doloroso... Ahora sueño con ese viajecillo fugaz a Sicilia, con muchas basílicas y tumbas y catacumbas

fernando megias dijo...

Comprendo ese sentimiento de desdén-indiferencia a que te refieres. Por esos motivos yo me he alejado de tantos lugares y tantas cosas. Tu talento, sensibilidad y actitud ante la vida, esta muy por encima de todo eso.

zbelnu dijo...

Sí, me imagino bien que tú puedas entenderlo, Fernando. Gracias por lo que dices también. Los engranajes del mundo funcionan con esos desdenes, que a algunos nos producen alergia y resaca.