domingo, 21 de junio de 2009

Ayer

Foto: IN, Gran de Gràcia, 2009.
Cuando G. llegó a casa por la mañana, yo estaba en un paisaje otro: de pie en unas rocas con oleaje, llevaba en la mano un gran machete que había encontrado en el mar y pensaba que era peligroso pero me servía como sujeción, y a mi derecha oía voces de niños diminutos en el agua que decían: "¡No es de mentira, es de verdad!" y entonces veía acercarse una gran ballena gigantesca, ocupaba todo mi campo de visión y verla me llenaba de una repentina felicidad, pero también pensaba, con cierto temblor: "Yo estoy en las rocas, no me afectará" y en ese momento la ballena se levantaba con su surtidor y volvía a caer pesadamente en el agua y... Me despertó la puerta. "Siento haberte interrumpido", dijo G. al saberlo. "No, no", repuse yo. "No sé cómo habría acabado..."
Sigo con esas colas de sueños, ese lenguaje me arrastra no sólo como material de interpretación sino también por la forma surrealista de esas metáforas y por la forma en que la mente se mueve libremente, asociativamente, sin los límites de lo real, como en el universo carrolliano, de donde no salgo nunca del todo.
Anteayer, en Babelia, VM hablaba de Lampedusa, en quien yo había estado pensando al preparar el viaje a Sicilia, y ayer se despedía de su dietario voluble, que convertirá en diario secreto. Echaré de menos esa parte impresa de mis domingos. También yo he pensado una vez más en abandonar este diario mío humildemente público, ahora que la acupuntora me recomienda reposo para mi brazo, y limitarme a la otra escritura.
El sábado vi un documental sobre tupamaros en la Muestra Internacional de Cine de Mujeres, en la Filmoteca. Era Siete instantes, de Diana Cardozo y me interesó vivamente. Hablaban antiguos tupamaros, muchas mujeres, contaban por qué entraron en la lucha armada, qué esperaban, cómo era su (buena) relación con algún secuestrado, cómo intentaban no usar la violencia, cómo vivían el alejamiento de sus familias, el dolor del aislamiento... Una mujer quiso contar cómo decidieron matar a un hombre inocente que tuvo la mala suerte de encontrarles. Contaron las detenciones, las torturas, el encuentro años después con su ex torturador impune, en una impunidad que nos resulta tan familiar -aquí todos quedaron impunes y siguen ahí, en la calle, con sus condecoraciones y pensiones hasta que mueren, y algunos son incluso elogiados en los periódicos a pesar de su implicación en el franquismo-, la microvida cotidiana en los espacios de reclusión, etc. Es un documental valiente y su escucha mueve a la reflexión, suscita preguntas difíciles y tiene momentos de gran intensidad. Reconozco que me chocó algo esa luz del vídeo que los retrata a veces con cierta crueldad formal, pero tal vez se deba a su propósito de sobriedad o a que perdió todo el metraje en los rayos equis de la frontera y ¡hubo que volver a rodar! Estuve hablando con la directora, Diana Cardozo, que quería intercambiar información balcánica conmigo. El cine estaba lleno de uruguayos y algún otro latinoamericano, muy participativos a la hora del debate, pero apenas había gente de por aquí. Como si nosotros no necesitáramos esa reflexión. Y es que por estos lares nadie se ha interesado por reflexionar desde un punto de vista personal lo que fue el antifranquismo, la tortura, la lucha armada (salvo el Puig Antich de Huerga y la valerosa y vilipendiada La pelota vasca, que fue tan atacada aunque ni siquiera había apenas ex etarras). Siempre recuerdo aquel artículo en The Observer que leí un domingo volviendo de Londres, en un avión, un estudio sobre los hábitos de lectura de los presos del IRA durante años, mirando archivos de bibliotecas carcelarias, cómo habían pasado del marxismo a la antiglobalización y finalmente a las novelas. Yo pensé: Aquí nadie se pregunta quiénes son y han sido, qué han pensado los etarras, qué leían si es que leían algo, por qué se metieron ahí... Apenas se han hecho documentales que incluyan la represión y la tortura y la traición (los que cedían y traicionaban a sus compañeros) y la vida dentro de las organizaciones clandestinas, la impunidad total de los ex torturadores, que han seguido en la calle sin juzgar, alegremente, el pacto de silencio...
Y ayer, tras volver de mi comida con L. andando en la brisa maravillosa de la tarde, mirando árboles y sombras en las fachadas (no queriendo pensar en arboricidios: me contaron que en Gran Vía Muntaner están destrozando árboles con una reforma larvada y corre el rumor espantoso de que quieren sustituir los árboles por jardineras!!!! ¿no habrá una ley que nos proteja de esta barbarie arboricida y este festival del cemento?), aunque ahora sin cámara, intentando decidir cómo sustituir la vieja y achacosa cámara que me ha servido fielmente desde mi primer viaje a Sarajevo, me llamó Diana C. y fui a tomar un café con ella y hablamos y hablamos y me contó de la situación en México y me dijo que el (perverso) modelo español de olvido en la transición se ha exportado a Latinoamérica, con graves consecuencias, y me contó historias muy interesantes y hablamos de hacer documental y escribir, de estar abierto al factor inesperado, de las historias que surgen y /arrastran a otros libros y otros documentales, de la escucha, ella me preguntó y yo le conté de mi experiencia en los Balcanes, y ella de cómo no ser invasiva con las cámaras -en mi caso de viajar sola, y en el suyo de rodearse de un equipo muy afín y conectado con la historia-, y hablamos también de la violencia, de por qué alguien se mete ahí, de Hannah Arendt y el matiz de Lanzmann y los psicoanalistas, de la culpa y de asumir responsabilidades y de la significación del valor para cada una, el valor de decir, hablamos tanto que se hizo tardísimo y oscureció del todo y yo no quería despegarme de la silla, y ella me invitó persuasivamente a ir a México y hacer algún proyecto allí, y me gustaría, aunque me molesta la idea de viajar a un lugar donde no puedo andar sola y tengo que depender de os demás para cualquier desplazamiento.
Estuve intentando leer Los veinticuatro días de Kalman Barsy y acabé abandonando porque la misoginia de su narrador me interrumpía una y otra vez el placer de la lectura. Me pareció que animalizaba de forma persistente a todas las mujeres que salían (las llamaba siempre potranca o yegua, o cosas peores; era muy insistente en ese punto), o reducía el todo a una parte (una mujer es para ese narrador un coño donde el hombre -también reducido a su pene- se refugia) y yo diría que antichejoviano en ese tema central (el narrador acusado por su ex mujer de malos tratos, el narrador víctima de sus esposas, el hombre que se portó excesivamente bien y fue castigado), en el sentido de no haber hecho el ejercicio de distanciamiento necesario para escribir esa historia. Son mis limitaciones como lectora: me molesta que no se limite a mostrar y que argumente tanto, que no me deje libre para juzgar. Ese problema mío me impide gozar de su capacidad de encantamiento y de esa interesante obsesión suya por el padre, la metáfora brillante y autoparódica de la máscara de yeso que arrastra el narrador, y la historia, sus orígenes balcánicos, ese background östeuropeo que me atrae, etc. O de su talento de escritor. Estoy segura de que la mayoría de lectores hombres (y tantas mujeres misóginas) podrán seguirle sin siquiera fijarse en esa visión de las mujeres, sin detectar esa rabia que a mí me resulta asfixiante. Sé de algún crítico cuyo criterio respeto al que le había gustado e interesado esa novela. Yo perdono más fácilmente a algunos misóginos, por ejemplo el poeta Fonollosa, cuya rabia puntual, abierta y clara, nunca justificativa, sin escudarse en una supuesta razonabilidad (odia a las mujeres cuando no le hacen caso y le fascinan cuando se enamora), no me pone obstáculos para seguir leyendo ni para acceder a su mundo literario. La cuestión es que, tras mi vana tentativa con KB, volví aliviada a Sebald y a su tono, para mí mucho más afín. Y es que en la lectura también hay momentos y afinidades.
Y otra vez viene el personaje de las prisas; tengo que irme corriendo: oh dear, oh dear, it is sooo late...

5 comentarios:

fernando megias dijo...

Aquí, los políticos y gran parte de la sociedad civil, aunque por distintos motivos, llegado el momento eligieron tener mala memoria, con las consecuencias desastrosas que venimos arrastrando. A mi la misoginia, explícita o latente, en tantos intelectuales, sin excluir como bien dices a los de sexo femenino, me produce no solo tristeza si no también irritación, quizás sea porque durante bastantes años compartí mi vida con una destacada feminista, allá por los años 70, ya desaparecida y de la que guardo un recuerdo imborrable.

zbelnu dijo...

Bien por esa mujer feminista que te hizo sensible a esa cuestión tan salvaje y te dejó tan buen recuerdo. Y en cuanto a la memoria-desmemoria, ahora hablaba de eso mismo con un psicoanalista, y él me decía que franco logró romper el espíritu asociacionista y que la memoria "pasada por el otro" es lo que resulta más difícil. Atado y tristemente atado.

frikosal dijo...

¿Qué podría ser esa ballena en el sueño? Creo que reconozco esa sensación de felicidad al ver a un animal salvaje cerca, que parece que tenga que anunciar algo.

Esperemos que puedas seguir con este diario.

zbelnu dijo...

Seguro que tú lo entiendes: debes de vivirlo muchas más veces que yo con tus bonitas bailarinas libélulas, ranas, insectos y lagartijas.
La ballena era tan poderosa y de una belleza! Y estaba tan cerca...
He vuelto atrás con mi pobre brazo... ya me creía salvada y no. Pese a todo la acupuntora ha reparado lo peor...

zbelnu dijo...

Otro día te contaré´mis asociaciones de ese sueño