lunes, 15 de diciembre de 2008

Creí que nevaría

Foto: J. Aguirre, G y yo en la calle Muntaner nevada, 1993
Esta mañana he salido temprano, sin desayunar, lo que para mí es casi dramático, ya que el desayuno es una celebración y la razón principal para levantarme por las mañanas. Pero tenía que hacerme unos análisis -el traumatólogo tiene una tesis, y de paso se comprobarán, ay, los estragos de la medicación en mi pobre higadillo, tan melancólico como el misterioso bazo (que en inglés se llama spleen, es decir, que el bazo encierra también su propia e inexplicada melancolía). ¿Serán más melancólicos o más alegres aquellos a quienes se les ha extirpado el bazo? Al llegar a los laboratorios, me han dicho que ya no trabajan con mi mutua. Yo me sentía incapaz de salir otra mañana de mi casa sin desayunar y me han recomendado otra dirección. He tenido que andar un buen trecho y me sentía doblemente vulnerable en la calle helada, llena de rugientes leones y humos tóxicos, sin el confort interno y los placeres de mi desayuno. Al fin he llegado a esos otros laboratorios, que eran feos, estaban llenos de gente y tenían una iluminación que convertía la escena en una pesadilla. ¡Y la zona! Me había acercado peligrosamente a la parte baja o trasera del barrio de mi adolescencia y concretamente a la calle donde vivía un amigo flaco y moreno y burlón, que compuso para mí una canción (en la que yo no me reconocía). Al salir he visto su puerta, he recordado una escena en un bar de por allí y otra en el portal de mi casa y un sabor a fresas y cómo nos reíamos, o cómo era la habitación donde tocaba la guitarra. Todo sin duda distorsionado por ese ayuno insalubre, pensaba yo. Y me acordaba de Sherlock Holmes, que siempre dejaba de comer cuando tenía que pensar en serio y llegar a una conclusión o valorar los indicios. Me preguntaba si ese hambre matinal tan malsana me estaría produciendo más insight sin que yo lo advirtiera... o si sucedía lo contrario. He recordado un pasaje de mi libro balcánico donde un entrevistado serbo-bosnio habla del hambre que pasó durante el asedio de Sarajevo y cómo influía en sus lecturas. También sentía que había pasado una barrera y que tal vez no volvería a sentir hambre y eso me producía una sensación de ligereza y cierta euforia... hasta que he concluido que no desayunar era triste y que la vida sin desayuno no valía tanto la pena. Y entonces he llegado a mi casa y me he tomado mis litros de té.
He pasado la tarde envuelta en la melancolía ingeniosa y brillante de JR, mi segunda escritora de las conferencias. Uno de sus cuentos me recordaba tanto a mi amiga londinense, no sólo por la ciudad, sino por su espíritu. me he dado cuenta de pronto de que E. es un personaje de los libros de JR., o su reencarnación. Justamente E. me escribió ayer contándome unas escenas que podían haber estado en estos cuentos, con esa misma mezcla de romanticismo iluminado y condición desheredada por puro fatalismo y saludable autoironía y una inteligente risa argentina además del talento.
Más tarde he ido con J. a comprarme una maleta, su regalo navideño, y la maleta parecía idónea, pero el sistema de cierre era complicado y habrá que volver mañana. Mañana a mediodía he quedado para estrenar un café literario recién inaugurado. Hace tanto frío y al empezar la lluvia parecía que fuese a nevar. La gata Gilda sólo sale a la terraza de vez en cuando y enseguida pide que le vuelva a abrir. J. me ha pedido que le mandara unas fotos del año noventa y tres, cuando nevó en Barcelona. Me he quedado mirando el jardín enmarañado de palmeras que había en nuestro patio de manzana, ahora ya invadido por el cemento y las casas feas, pues han derruido con saña todas las casitas y han talado todos los árboles. Por eso ya no se puede respirar. Y por eso tal vez, a pesar de mi baja forma física de este año, es buena cosa que me vaya a Bruselas estos días, para andar por una ciudad racional, donde conserven el patrimonio arquitectónico y no borren la historia, ni se hayan empeñado en sacrificar todo el verde para cubrirlo de cemento.
Por cierto, ¿no quieren firmar para evitar las talas indiscriminadas? (Recuerden que la petición de dinero de la web nada tiene que ver con nuestro manifiesto).
En Polis, lean la carta de protesta indignada por esa maratón de tv3, que reduce el sufrimiento psíquico y la tristeza a la pura química para apoyar al poderoso lobby de los laboratorios farmacéuticos. Pueden manifiestar su repulsa aquí.

5 comentarios:

emma dijo...

Isabel, yo ahora vivo en Bruselas. Si necesitas cualquier cosa aqui estoy.

zbelnu dijo...

Sí, lo sé, lo vi en tu blog. Gracias por el ofrecimiento, Emma. A lo mejor te pido, ¿qué? un teléfono o ¿tengo yo tu email?

frikosal dijo...

Y yo no desayuno casi nunca, solamente un café, me suelo levantar con el tiempo justo para salir.

Diría que sin el bazo el sistema inmunitario se deprime, luego se debe tender más a la melancolía.

zbelnu dijo...

Sé que existe gente así, como G., que sale sin tomar nada (salvo un zumo, a veces) porque a esas horas no podría, pero yo no podría soportarlo. En cuanto al bazo y la melancolía, lo digo más por lo poético metafórico, igual que los chinos creían que el alma estaba en el hígado y yo de pequeña la imaginaba muy distinta a un órgano, una mancha blanca traslúcida, inconsistente, como los fantasmas

emma dijo...

Tienes mi email Isabel. Me diste consejos para salvar un arbol en Madrid. En concreto, un pino.