martes, 6 de noviembre de 2007

Almendrita en la madriguera del topo



Ilustración: No sé de dónde la he sacado, si alguien puede ayudar...!?

Ayer fui al festejo del Premio Herralde de novela, uno de los pocos eventos de esa clase al que procuro ir casi todos los años, tal vez porque, para contrarrestar, allí suelo encontrar a unos cuantos amigos (que ayer no estaban), et pour le reste, me parece que cumplo heroicamente con la misión de que recuerden que aún existo. También porque siempre he tenido simpatía a Herralde y Anagrama, editorial para la que he traducido, escrito textos de dorso de portada, reseñado y defendido libros (criticado muy pocos) e incluso presentado alguno, y hasta diría que casi les he perdonado que rechazaran dos veces mis escritos.

Nada más llegar, me recibió Jorge Herralde diciéndome que había leído mi texto paródico sobre los editores, la plaquette publicada por Cafè Central, Del cec de l'Odissea, el bloqueig i un somni d'editors, y se divirtió aventurando la identidad de cada uno de los que salía, aunque sus errores me hicieron pensar que había otros editores barceloneses que podían responder a mis perfiles. Yo le revelé la identidad real de los que habían aparecido en mi sueño e inspirado mi microtexto y al final añadí: "Y tú...", y él me dijo, riéndose: "Nooo, yo no me he reconocido", lo cual tuvo gracia.

Luego vi a Enrique Vila-Matas, y su proximidad accidental, unida al Jujube Affair, me llevó a romper una estricta costumbre muy barcelonesa de no saludarnos nunca en mil años. Tuve el placer de hablar un momento con él de su palmera, mi azufaifo, mi blog y sus cada vez más sembrados artículos del País. Él me animó a publicar este blog en papel, y separadamente, La historia del azufaifo, y creo que debo hacerle caso. Aparte de eso, no sé si serán mis propias proyecciones sobre el éxito literario, pero veo a EVM rodeado de un aire decididamente feliz.

Después me encontré al traductor Jaime Zulaika, y a su lado había un personaje para mí desconocido que resultó ser el también traductor y poeta Daniel Najmías, quien me preguntó por qué me había retirado de una de las listas de traductores que él frecuenta, y añadió que mis aportaciones "no pasaban desapercibidas". Lo cual demuestra que tenía razón mi amigo Oriol con su one never knows, ¿de qué materia están hechos los silencios? Tal vez lo que yo tomaba como desdeñosa indiferencia fuese un silencio lleno de interés y atención... no verbalizados. O quizás quiso ser benévolo. Me gusta ser intrusa, pero para mí, la hospitalidad es sagrada y el bullicio de la lista, con sus pasiones y cruces de cuchillos virtuales (eso sí, seamos justos, uno sugería una duda e inmediatamente le contestaban veinte, ofreciendo soluciones generosas) me fascinó (entomológica y literariamente: ¡material de cuento!) la primera semana, luego me desconcertó y al final no se me ocurría ninguna razón para seguir recibiendo trescientos mensajes al día.
Volviendo al premio Herralde, hubo algunos problemas de sonido, multiplicados por el hecho de que nos habíamos refugiado en el piso de arriba, y en un momento dado, me volví al que estaba a mi derecha y le pregunté quién era el que hablaba al micro, pero la gente se había movido y me respondió el propio Luis Racionero, con una ironía sobre el Tripartit, ya que el orador era claramente extraliterario, con toda la grisaille de los funcionarios políticos antibartlebianos.

Lo cierto es que me reí bastante con el ingenio vasco del traductor que tenía a la izquierda, muy inspirado observando desde lo alto a otro escritor supuestamente plagiario, que se había puesto su jersey del altiplano, había caído en aparente desgracia, y apenas encontraba interlocutores. Por otra parte, el traductor resultó muy hábil para atrapar canapés al vuelo y reponer el vino. Y es que, fuera de las listas, los traductores pueden ser no sólo ingeniosos, sino también encantadores. O tal vez la proverbial y tímida antipatía de los barceloneses hace destacar enseguida a los que nunca se han contagiado del aire de aquí.

Ganó un argentino y quedó finalista un escritor de Guadalajara, México. Los periódicos lo cuentan mejor, y también seguramente Martín, que también estaba por allí, en su blog. En cualquier caso, yo acabé volviendo a casa en esa estupenda compañía traductora. Incluso tuve el privilegio de enseñarle a uno de ellos nuestro hermoso azufaifo, y al pie del árbol estuvimos departiendo sobre los nombres del árbol (giuggiolo, jujube tree, jujubier, ginjoler, azufaifo... ¿y cómo era en chino y en árabe? tengo que preguntar a V y a A.)

Por alguna razón misteriosa, el encuentro con el mundillo editorial casi al completo me produce una resaca importante, de la que apenas me repongo para llegar al año siguiente. Una resaca no alcohólica, sino espiritual. Ayer me convertí en libélula para revolotear por un invernadero entomológico... pero no impunemente.

Y una vez fuera de la madriguera del topo, quería decir que ya se ha hecho pública la edición de un libro de la editorial Funambulista, titulado La España que te cuento y editado por José Ovejero, una antología de narradores españoles que incluye unos fragmentos de este blog. Se trata de un audiolibro, y hemos leído y grabado los textos en 3 CDs, lo cual me gusta mucho. Lo pensé mientras grababa y tal vez ya lo dije aquí: que en los textos leídos, la voz del autor carga cada palabra de su máximo sentido. Sé que el título no va a gustar por estos lares y aquí cada cual tiene sus razones para la reserva. Ya lo expliqué en mi otro blog.
En el CD1, Enrique Vila-Matas (Los de abajo/Señas de identidad), el propio Ovejero (Julia, Pablo y el cubo de Rubik), Cristina Grande (Temperaturas), y José María Merino (El apagón). En el CD2, Rosa Montero (Tarde en la noche), Luisgé Martín (El álbum de fotografías) y Fernando Aramburu (La colcha quemada). Y en el CD3, Antón Castro (Cartas de domingo del más allá), Colectivo Todoazen (El año que tampoco hicimos la revolución [fragmentos]), José Machado (Dos chinos en una piscina hinchable y otras historias reales), Isabel Núñez (Verano. Fragmentos de un blog) y
Mercedes Cebrián (Mercado Común [poemas]). Como señala Eva Urúe en Divertinajes, citando el prólogo de Ovejero, se trata de ofrecer una panorámica del país posterior a la Transición, con los temas dominantes en la sociedad, sobre todo los que nos diferencian de los setenta. Con la idea de que la literatura no es una actividad aislada y desconectada de su contexto. Contar el país a través de una recopilación de cuentos.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Del psicoanálisis, la felicidad y el dolor

Ilustración: Sempé (robada con autorización del librero de la calle Berlinés).

Estos días he visto otra vez cómo, cerca de mí, una adolescente que necesitaba, que pedía a gritos una escucha, un espacio donde preguntar(se), era conducida a la consulta de un psiquiatra de mi barrio (todos parecen estar por aquí, los buenos y los malos), que la tranquilizó diciéndole que lo suyo era un problema fisiológico, que se curaba con química, y acto seguido le recetó (sin duda ese profesional, además de los 300 euros que les cobró por la consulta, será premiado por los laboratorios) un símil del prozac y diazepam para las "crisis".

No he podido evitar que ese hecho me recordase viejas historias más tristes (y también otras que acabaron bien), ni que me preocupase cómo ese hecho afectaba a otros cercanos. Yo sé que soy radical y no puedo evitarlo. He visto demasiado encarnizamiento, he visto destruir o destruirse a alguien a base de intentar apagar, aparcar, negar, desviar el dolor con química, sin preguntar/se. Y en cambio, he visto rehacerse, reconstruirse a otros creando un espacio donde interrogarse, escucharse, repensarse.

El otro día me mandaron un artículo de La Vanguardia que decía:

La Secretaria de Estado para la Salud británica ha aprobado un plan masivo para que puedan acceder a la terapia psicológica más de 900.000 personas afectadas por problemas de ansiedad y depresión. Se ha comprobado científicamente que son tan eficaces como los fármacos y que los deben complementar. El plan ahorra 17 billones de euros en costos por bajas médicas, desempleo, y costo asistencial, y su costo va a llegar a los 245 millones, por lo que la propuesta no es sólo viable, sino un ahorro presupuestario, a la vez inteligente y sensible a las necesidades de la población. La decisión no es fruto de presiones realizadas por el colegio de psicólogos sino que se ha tomado después de que el prestigioso economista Lord Layard, profesor de la London School of Economics, elaborara un informe en el que se afirma que la salud mental es "el factor más importante con respecto a la miseria humana en este país... y debería ser una prioridad del gobierno". Según este informe, redactado hace más de dos años, los problemas de salud mental afectan al menos a 1 de cada 6 personas en algún momento, y si 900.000 personas recibieran atención psicoterapéutica se daría una reducción estimada en 25.000 personas en situación de desempleo, baja laboral o por discapacidad. Cada una de estas personas cuesta a las arcas del tesoro británico más de mil euros. Los beneficios de esta medida van a financiar con creces su costo, dice Layard, hasta hace poco asesor económico de Gordon Brown y del gobierno ruso. Y añade, el problema tiene solución porque las terapias psicológicas han mostrado empíricamente su eficacia para estos problemas, tal comoreconoce el Instituto Nacional británico de Salud para la Excelencia clínica, de acuerdo con sus rigurosos criterios. La situación no es nada diferente en nuestro país, y aun sin contar con un estudio macroeconómico, sabemos que cerca del 15% de la población adulta (y cerca de un 3% de la infantil) sufre problemas de salud mental (Encuesta Nacional de Salud, Ministerio de Sanidad,2006). Los costos en bienestar personal, familiar y social son enormes. Pero quizás lo único que puedan escuchar los responsables de los presupuestos gubernamentales sean los argumentos economicistas. Que tomen buena nota de los ingleses y harán un gran favor a la economía del país, y lo que es más importante, a la salud de los ciudadanos. Y por una vez, una cosa puede no ir en detrimento de la otra, sólo falta inteligencia, visión política y valentía para llevarlo a cabo. ¿Dispondrán nuestros dirigentes de tan preciadas cualidades?

Que cada cual piense lo que quiera. Lo mismo serviría para otras obsesiones mías. También en política, también contra el terrorismo, también para la memoria histórica: Hablar en vez de callar, pensar en vez de adormecerse, dialogar en vez de limitarse a mandar a la policía. Intentar entender y observar, analizar con pinzas: aunque duela un poco la herida, se airea, se limpia, se cura, cicatriza... aunque siga doliendo en los cambios de estación, ya no supura, ni hiede, ni pudre y gangrena el resto. Se la puede mirar, no es peligrosa como antes. La química, como la policía contra el terrorismo, puede servir en momentos de emergencia, pero no sustituir la escucha y el diálogo. Yo he visto personas convertidas en zombis gracias a la química, y he visto otras que funcionan, pero sin poder dejar sus fármacos, sometidas a sus efectos secundarios, deformados sus cuerpos y medio muerta su líbido, debilitados -convencidos de que no tienen recursos para soportar el dolor y superarlo- y con el problema a cuestas, cada vez más viejo e insidioso, con su estela de tristeza, sin resolverse ni airearse ni entenderse, condenados a repetir patrones dolorosos sin poder siquiera darse cuenta.

El otro día leí una reseña absurda contra el número 30 de la revista La Règle du jeu, revista dirigida por el sorprendente BHL, un número dedicado a defender el psicoanálisis frente a la última y siempre furiosa oleada de adversarios, y donde recogía testimonios de escritores, actores, intelectuales franceses reconocidos y agradecidos a la práctica freudiana y lacaniana, que les ayudó a (re)construirse y a escribir y a vivir en el mundo. El reseñista decía que, a pesar de su admiración por esos intelectuales, actores, políticos, escritores, ¿cómo podía prestigiar al psicoanálisis saber que había ayudado a gente inteligente y valiosa? Oh no, ¡sólo valdrían las estadísticas! Pero claro, pensé yo, la posición de alguien que valora los métodos estadísticos para registrar el sufrimiento mental o la mejora en la calidad de vida es bastante alejada del psicoanálisis. Medir el dolor, el sufrimiento, la curación en números generales, y no comparando a cada uno consigo mismo. Y ahora veo en ese artículo que las estadísticas y los números de los economistas también están de acuerdo en que la salud mental mejora con las terapias y el psicoanálisis.
A los que estamos cerca del análisis, me dijo alguien el otro día, nos cuesta entender que alguien prefiera tomar pastillas o darlas a sus hijos antes que hablar de las cosas en una consulta. Ese dolor generalizado, obstinado en perpetuarse e intentar enterrarse antes que enfrentarse con valor a cualquier verdad, nos rodea sobre todo en un país como éste, donde el silencio, la evasión, la negación han sustituido históricamente a la reflexión, la historia, la filosofía, como señalaba María Zambrano. Nada es casualidad. Nuestros vecinos franceses debaten, discuten, reflexionan, teorizan y nosotros tratamos de olvidar(nos)...

Yo misma sólo puedo asociar y agradecer al espacio psicoanalítico mi extraña felicidad inquieta y sembrada de puntos dolorosos, donde lo esperanzado macera con el asombro, esa vida de andariego pensante y/o rumiante, los interrogantes, la placidez, la desesperación y los arranques aventureros, el miedo y las tristezas viejas, todo arrollado en un torbellino vital y energético y las visiones burlonas de mi mismidad, en constante transformación, perplejidad y pensamiento, todo mijote, todo cuece en la misma cazuela analítica de mi lenta escritura a trompicones, salvada de mi pasado a base de integrarlo, de acogerlo, casi de acunarlo, invitando a mis demonios a comer.

Y hablando de comer, ayer olvidé contar una cosa. Tengo una amiga que detesta las patatas en cualquiera de sus formas, así como la sopa. Tampoco le interesa lo dulce. Yo, que observo con admirada envidia su sobriedad, identifico su rechazo de esos azúcares e hidratos de carbono con su independencia y su distancia de las emociones. Seguramente es una de mis fantasías, pero no puedo evitarlo.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Comida y melancolía


Foto: Mejillones encontrados en la red

Siempre he pensado que, en mí, la comida está fuertemente asociada a lo simbólico y a lo emocional, a la memoria y al momento anímico, pero tengo alrededor tres apóstoles de la dieta de los grupos sanguíneos, que intentan convencerme de las maravillas para la salud y la forma física que implica. Aunque estoy segura de la importancia de lo que uno come, me resisto a aceptar que por mi grupo sanguíneo siempre deba comer carne (que dejé hace tiempo y me cae como una piedra), abandonar los lácteos (prescindir de todos los quesos y del kéfir) y olvidar toda harina y cereales, renunciar al té y a la felicidad de mi desayuno, despedirme de fresas y tomates y buscar en los mercados unos pescados más americanos que mediterráneos. Además, esas tres apóstoles que intentan persuadirme se caracterizan por una gran fe en lo suyo, capaz de mover montañas o de hacerles creer que las han movido.

Yo no tengo fe y además soy caprichosa. Siempre adelgazo en mis periodos de máxima actividad amorosa y engordo cuando decae, y cuando me sorprendo varios días haciéndome patata cocida con judías verdes, o peor, purés y cremas de verduras y patata, sé que simbólicamente me estoy intentando "materner". Si el Ishmael de Melville detectaba su melancolía cuando seguía los cortejos fúnebres o se detenía en las tiendas de ataúdes, mi tristeza se revela en la cocina.
Sin excluir las vergonzantes y a veces festivas regresiones (colectivas) a lo dulce (como la interesante merienda blogger del miércoles pasado), que me retrotraen a todos los bollos, chocolates, helados y caramelos de mi niñez, los que Concha, mi protectora me compraba a escondidas, en la calle, para consolarme de los palos y los largos encierros de mi perversa tía Rottenmayer.

Mucho más tarde me gustaron los percebes gallegos porque me recordaban secretamente a los mejillones pequeños que cogíamos en las rocas de Cadaqués, con un destornillador y sacudidos por pequeñas olas, y que luego cocíamos al vapor en la misma playa, y ni el color ni la textura ni el sabor se parecían a los mejillones del resto del país. También tenía in mente las historias que me había contado Antxón G., de un pescador de percebes de San Sebastián, que sólo se enfrentaba a las rocas completamente borracho. Los percebes están en los rompientes, me decía, y en cuevas, y a veces mete la mano, se hincha y no puede sacarla... Me gustaban los bueyes de mar, hasta que presencié la larga agonía de uno en el mármol de la cocina y luego no podía olvidar aquellas pobres pinzas.
En cuanto se acercan las Navidades, la gente empieza a movilizarse para comer: ayer fui a tomar un aperitivo pantagruélico y también me llamaron otros amigos para que fuese a comer en un restaurante de la Playa, hoy hemos quedado a tomar café y hemos acabado comiendo pizza en una animada conversación múltiple. Pero esto es sólo el principio. El año pasado, una señora que había encargado diez capones en Casa Pepe gritó de pronto al camarero que anulase el encargo porque "¿Sabes que te digo? "Que les den por el culo a todos!" Cuando salió, la gente sonreía comprensiva y el mismo camarero que corta el jamón, que es letraherido y lee las Memorias de Chateaubriand, me contó que en estas fiestas siempre aumentaba el número de infartos. "Claro", decía, sin dejar de cortar tal vez el mejor jamón de la ciudad, "no pueden verse unos a otros, y se ponen a comer y a beber a lo bestia, y entre el colesterol y la furia...
Las Navidades son la celebración de la familia, y todos aquellos que la sufrimos como una institución maldita, procuramos salir huyendo. Una vez me quedé y asistí a una comida laica y profana de no-Navidad, que compramos en un restaurante japonés. Otra vez pasé el día de Navidad con mi amigo serbio en un tren completamente vacío. ¡Pero no se puede huir tres meses! Y es que, en cuanto acaba octubre, aparecen los dulces, hidratos de carbono y azúcar que sustituyen a la madre invisible, ideal e inexistente.

Yo suelo emprender la búsqueda de castañas. Hace muchos años, cuando G era pequeño, una canguro de Oviedo nos trajo varios kilos de castañas que olían a bosque. Yo nunca había probado unas iguales, crudas o asadas, eran maravillosas. Y desde entonces las busco en vano, comprando esas castañas malísimas que venden las castañeras en Barcelona, sudando por el calor de esta época.
El otro día compré un cucurucho en la plaça Joaquim Folguera y fui a coger los ferrocarriles. Un señor mayor se acercó a mí en el andén. "Menges castanyes?" me preguntó, como si me conociera. "Sí, però no són bones", le dije yo. Le conté que en Galicia, escogen una y tiran diez para hacer marrons glacés, "y éstas deben de ser las diez que tiran". "Que ets gallega, tu?" me preguntó. Le dije que era de Figueres y resultó que él era de L'Escala y conocía a los Casassas. Vivía cerca de mi calle y sabía la historia del azufaifo. Bajó en Gràcia, y subió una pareja con una niña que no me quitaba ojo. Su padre me dijo que le encantaban las castañas y le ofrecí, pero la niña no quiso, sólo me miraba con los ojos muy abiertos. También bajaron, y un joven pálido se sentó en el lugar de la niña y me preguntó por las castañas. Le dije que eran muy malas y le ofrecí, pero tampoco quiso. Él me dijo su nombre e intentó entablar una conversación, pero hablaba tan bajo que parecía limitarse a mover los labios, y al fin, exasperada por el ruido del tren y aquel movimiento de labios mudos, le propuse que lo dejara, sin dejar de preguntarme a mí misma: ¿Por qué me hablaba todo el mundo? ¿Tal vez las castañas producen ese efecto en la gente? Por si acaso, tiré el cartucho en una de esas papeleras metálicas de los trenes, que algunos desaprensivos utilizan ruidosamente para molestar a los que sólo desean un poco de silencio.
Por cierto que al volver de la interesante comida conversada de hoy, cuando iba a La Central a buscar el ensayo de Xavier Antich sobre Levinas, El rostre de l'altre, no he podido evitar hacerle caso a V. y comprarme un librito de Virginia Woolf (traducido, sí, pero en esa bonita edición diminuta y mexicana) titulado Estar enfermo, donde (tras un prólogo esclarecedor que revela esos detalles importantes y terribles de su infancia, determinantes en su vida) se queja de que la enfermedad y el cuerpo parezcan excluidos de lo literario, y justifica este post, con un texto magnífico que T.S. Eliot le criticó, y sus palabras desanimaron profundamente a Virginia W.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Paréntesis



Foto: La mítica Spiral Jetty, pieza terrestre monumental del también mítico Robert Smithson.


El lunes por la tarde pasé por el kiosco de flores más cercano, que estaba a punto de cerrar. Tenía dalias amarillas y me ofreció dos ramos bajando el precio. Uno para Oriol y otro para mí, pensé. Y me los llevé. Ese hombre es andaluz, de una familia de floristas que ocupan varias esquinas y plazas del barrio. Una vez, en la campaña electoral, le habían puesto un garito de CIU al lado de su kiosco. "No te dejes convencer", le dije mientras le compraba flores. "¿Yo?", se rió. "Soy pobre pero no soy tonto. Debo de ser el único de izquierdas en este barrio...", añadió. "Hay algunos más", le dije yo, "pero están escondidos, derrotados". A su lado, el kiosco de periódicos ha sido durante años de un hombre de extrema derecha que, por suerte, ya se ha jubilado.


Cogí el autobús y luego eché a andar por la desventrada calle Rosselló hasta la Casa del Tíbet. Allí, le pregunté a la recepcionista por las cenizas de Oriol. "Aquí hay cenizas, pero no sé si están las suyas", me dijo. Y añadió que alguien como Chang no sé qué, el monje que se ocupaba, estaba de viaje. Llamó a otro que tampoco sabía. Al fin me dijo que entrase en la sala y hablase con el monje que había dentro. "Ya se entenderán", dijo, con intención. Dejé los zapatos en la puerta y entré al templo, lleno de figuritas, ofrendas y velas. Había un monje tibetano joven, en camiseta, que limpiaba y colocaba unas vasijas. Le pregunté y me señaló la urna de Oriol, con unas rosas ya envejecidas que le había llevado tal vez Guiomar. Puso mis dos ramos en un cubo, al pie. "Sé que ustedes piensan que el espíritu no está con las cenizas", le dije. Y entonces él, en un castellano bastante ininteligible, sembrado de palabras tibetanas de la jerga de los monasterios, me contó (por lo que pude descifrar) que Oriol había estado allí, que habían hecho varias ceremonias, no por él, sino por todos, con trescientas personas, que había estado muy bien, tan acompañado, y que luego, a los 19 días (insistió varias veces en ese número) se había ido, e hizo un gesto con el brazo como si un pájaro saliera volando.


Yo saludé silenciosamente a lo que allí quedara de Oriol, le regalé los dos ramos de preciosas dalias amarillas y me fui. "Habrá visto que tiene problemas con el castellano", me dijo la recepcionista al salir, refiriéndose al monje. Nohiko me dijo más tarde, por email, que Oriol me estaba agradeciendo la visita. Dijo: "La distancia que hay entre este mundo y el otro no cuenta. No es lo que parece. Así que cuando pienses en Oriol, es cuando te conectas con él."


Yo seguí pensando en el a-dieu de Derrida a Levinas, cuando dice que la muerte no significa la nada, sino que el que se queda asume la responsabilidad y lleva al otro consigo. Sé lo que tengo que escribir, en cuanto pueda. Eso me recuerda a Katherine Mansfield en sus diarios, cuando decía que tenía tantos cuentos en la cabeza, pugnando por salir... "Mañana". Así me siento yo siempre, desde hace un tiempo.


Mi amiga la escritora Slavenka Drakulić me invitó ayer a asistir a la Feria del libro de Pula, en Istria, que este año trata de los Balcanes fuera del mito, y en la que participarán el triestino Claudio Magris, Matvejevic, la propia Slavenka, algunos autores turcos (el año que viene Turquía es el país invitado en Frankfurt). Istria está cerca de la joyceana Trieste y tiene que ser un lugar propicio adonde ir, como diría el I Ching. Pero me temo que mi periódico no esté interesado. La feria es a principios de diciembre. Veremos... Y de noche, tarde, escuché la entrevista bloggeriana que una radio inquieta le hizo a Només Ploraria, y él contestaba a las preguntas con esa plácida ironía suya, que no puede ocultar una radical visceralidad, tan reconfortante en tiempos tan tibios (y eso me lleva al magnífico "Que nadie se lamente de que los tiempos son malos..." de Kierkegaard en su Diapsálmata, citado por Eugenio Trías en su Tratado de la pasión, si mal no recuerdo, donde sigue: "yo me quejo de su mediocridad, puesto que ya no se tienen pasiones. Las ideas de los hombres son sutiles y frágiles como encajes... Por eso mi alma vuelve siempre al Viejo Testamento y a Shakespeare... Ahí se odia y se ama de veras, se mata al enemigo y se maldice a su descendencia por todas las generacíones; ahí se peca.").


Ayer, en medio de agitadas conversaciones de compra-venta, negociaciones y cambios de planes telefónicos que culminarán este mediodía, tuve que estar rehaciendo, como involuntaria Penélope , mi corrección de tres o cuatro entrevistas balcánicas transcritas. Al pasarlo de noche, tarde, de un ordenador a otro, me equivoqué y guardé el fichero antiguo sobre el nuevo. Y aún no he acabado. El trabajo penelopiano cuesta muchísimo más que el otro. Casi se apagó mi emoción de descubrir que dos entrevistas que hasta entonces había desdeñado eran casi las mejores, las más personales y sorprendentes, y una de ellas, para mí, escenifica o encierra sin saberlo lo que ha sido la guerra de los Balcanes. Al descubrirlo me siento tan feliz que no comprendo por qué me cuesta tanto y doy tantas vueltas antes de ponerme. Es mi Enigma, que diría V. "Parece que estás señalando algo..."


sábado, 27 de octubre de 2007

Los agujeros del camino

Foto: IN., yo, con mi mal aspecto de anoche y las botas de siete leguas, o de urbano motorista, según se mire.

Desde mis tres últimas casas (y hablo de muchos años, porque hasta ahora me he movido poco), el camino a la casa de mi madre, la casa de mi infancia, no había variado, aunque pronto ese trayecto se desvanecerá también. Hacia la mitad de ese camino, estaba la que fue casa de mi padre, y cuando paso, las veces que decido no esquivar esa esquina espinosa, siento esa mezcla de recuerdos doloridos y nostalgia y pensamientos alegres y tristes, amargos y burlones que cada vez más llena la memoria de los que envejecen, como calidoscopios imposibles de reproducir y en los que a veces sobresalen esos cuentos apretujados que debería escribir y que aplazo, hasta que uno de ellos sale con tal fuerza que me obliga a abordarlo y a forcejear hasta darle una forma posible (todo eso, con gran lentitud).


También en ese camino, un poco más abajo de la casa de mi padre, estaba la casa de Oriol, el amigo que acaba de morir. En realidad, estaba ya muerto mientras yo le llamaba y le enviaba emails en vano. Hablamos por última vez en agosto, se murió el 11 de septiembre, pero yo sólo lo he sabido ayer, en el mismo momento en que estaba pensando en llamarle porque sabía que su silencio podía significar exactamente eso, y entonces entró un mensaje con firma japonesa y su nombre, y lo supe, y supe dónde están sus cenizas, aunque mi interlocutora japonesa me dice que para los budistas, las cenizas son sólo cenizas y el espíritu está en otra parte.


Y apretujé como pude esa tristeza sin querer pensarla, me puse un vestido abrigado y las botas de siete leguas mientras hablaba con la siempre inspirada V, que decía estar como si le hubieran pasado por encima ocho camiones, y salí con mi mal aspecto por el sueño retrasado y las noticias, olvidé el paraguas, cogí los ya peligrosos ferrocarriles y en el andén llamé a nuestra amiga común para poder hablar aunque fuera un poco de Oriol, mientras me dirigía a una fiesta de cumpleaños, con el espíritu encogido y casi aprensivo, opuesto a todo lo festivo.


En la fiesta, en ese trozo de palacio Maldà, contemplados por los antepasados Vilallonga desde las paredes, había un montón de amigos de mis amigos, y entre ellos la profesora de filosofía y estudiosa de poetas Julia Manzano, orgullosa y feliz de que todo el mundo escuchara a su hija cantaora, Alba Guerrero, que se arrancó por bulerías rompiendo el aire y abandonando el micrófono, apoyada por un fino guitarrista lleno de sentido. Y mientras escuchaba su voz lorquiana y energética y veía las ondulaciones flamencas de sus manos y sonreía con las letras tan bien dichas, a veces poniendo el drama en lo más cotidiano y convirtiéndolo todo en poético e irónico, donde hasta la pregunta al platero cuánto vale inscribir sus letras está llena de un misterio sencillo (hablaré de ellos aquí en cuanto me pasen unas fotos), notaba mi agujero dolorido, ese nuevo agujero del camino a la casa de mi infancia.


No sé mucho más. Creo que sometí a un pobre interlocutor dibujante, a escuchar la historia completa de nuestro azufaifo y le conté a otro un poco los entresijos del blog, hablé con mi amigo Joan y escuché algunas historias, y vi a la amiga del cumpleaños con los ojos brillando de negro y transfigurada por la fiesta y multiplicada por su hija, tan parecida a ella y en esa edad que las chicas parecen flores recién aparecidas, con sus mariposas y abejorros y todas las texturas que enseñan Nomesploraria y Frikosal y Treehugger. Y Julia Manzano me invitó a su seminario de Lévinas y acepté, y mi amigo Joan se quejó de que él llevaba años intentando invitarme a esos seminarios y en un sólo intento (pero andaluz, y la conexión de mis ancestros aún funciona), ella lo había conseguido. Veremos si resisto, por la falta de tiempo, la lectura, etc. Pero es que él me había invitado al de Agamben, que a mí, pobre ignorante, me daba pereza, y en cambio Lévinas me recuerda a lo que Derrida decía de él (y también a su a-dieu, donde habla precisamente de esa perplejidad o ese escándalo ante la muerte del Otro: ¿Pero realmente es posible que esté muerto? y de la ética, en un tono que me resulta tan afín), y a lo que me alejaba de entender a Heiddegger, y me gusta esa idea de que el infinito es (el encuentro con) el otro, siempre he querido leerlo.


Así que cuando la elegante y científica Carlota, con su abrigo nuevo, que en su cintura de avispa recordaba a los talleres de costura parisinos de los años cincuenta y a Balenciaga, me dijo: "Bel, nos acompañan a casa en coche", yo pensé en la lluvia, que me había sorprendido sin paraguas al salir del metro y atravesar el circo de las Rambles, y me arranqué de allí con ellos. Y sólo cuando entré en casa empezó a llover con rabia, como diría G., y mientras le abría la puerta a la gata (que en esos casos siempre refunfuña un poco), me sentí acompañada, como si el cielo se hubiera enterado también tarde de la muerte de Oriol y le estuviera llorando conmigo, y no sólo a él, sino también todos esos pedazos de mi vida que se van, convertidos sólo en agujeros y esquinas dolorosas de mis trayectos.


Conocí a Oriol en otra fiesta de cumpleaños de una amiga astróloga y metafísica, hace mucho tiempo. Oriol, que había sido hippie en los sesenta y empresario de moda en Japón tiñendo pieles sintéticas y había aprendido astrología a fuerza de consultar, y escribía en una especie de divertido esperanto, me preguntó si no me importaría darle mi fecha y hora de nacimiento porque creía que teníamos algunos puntos en común (y era verdad) y yo le dije: Ah, yo soy completamente impúdica y no me importa nada decírtelo, y los que nos escuchaban se reían. Y al cabo de unos días me llamó y me dijo: "Oye, tienes un horóscopo increíble, es como una pagoda, todo está conectado, se parece al horóscopo de Marilyn Monroe, ¿pero cuántos amantes has tenido? ¿Y qué me dices de esos peligros que te han rozado? Y esa suerte de salvarte de todo... ¡Pero también te lo has pasado pipa!" Naturalmente eso era sólo su exótica visión de las cosas.
Luego nos hicimos amigos y él me enseñó su astrología matemática y me dio un programa y me contó historias de maestros hindúes que calculaban todo hasta tu muerte con papel y lápiz y me mandaba extractos de una lista muy loca de astrólogos americanos que supuestamente predijeron todo, el 11S, la cruzada antiterrorista y muchas cosas más, y de uno que quería patentar una máquina en la que le metías tus datos y calculaba la fecha de tu muerte, e historias similares, y a veces acertaba en todo y otras veces se equivocaba por completo, como una vez que me vaticinó un día muy especial de suerte y "compra lotería" y me lo pasé entero con mi madre en ambulancias y hospitales tras pelearme con un amigo ruso, pero eso sí, me permitió escribir un cuento. Sus predicciones eran muy curiosas (lo que él llamaba su "quickie" era lo mejor, intuiciones rápidas y certeras), comparaba por ejemplo con asuntos financieros o empresariales, que dominaba. "Vas a estar como el dólar en los ochenta..." O "tu situación es como la de Japón en los Juegos de Sapporo: no puedes ir a por el oro, pero sí quedarte con el bronce y ofrecer una organización impecable"... Yo le mandaba amigos que buscaban predicciones, más que nada para que se pagase el teléfono. Porque Oriol llevaba años arruinado, vendiendo su patrimonio y le iban embargando su lujosa casa. Mientras hablábamos por teléfono un día me dijo: "Perdona un momento, ahora te llamo", y al rellamarme, me dijo, sólo de paso, en su tono tranquilo y matter of fact: "Perdona que te haya cortado, es que venían esos que quieren quedarse con la tele y el ordenador... pero les pagado algo y se ha arreglado de momento... Bueno, sigamos con Saturno..."
No tengo ninguna foto de Oriol, pero serviría una de Gombrowitz (que no encuentro), al que se parecía muchísimo. Cuando se lo enseñé, quiso saber más de él, leerle incluso, seguramente el asombroso parecido no le parecía producto del azar. Pero es difícil explicar aquí la curiosa mezcla de espíritu de los sesenta -él contaba que había estado al borde de la muerte una vez y le habían curado unos lamas tibetanos y de paso le habían despertado el saber matemático- y su obsesión con los negocios, en los últimos años con China, y su incapacidad de renunciar a lo grande o de trabajar en algo normal, y su extraña mezcla de reserva, ingenuidad y grandeur con un humor templado, o frío, muy del país. Y recuerdo algunas descripciones suyas exactas de las cosas, como cuando le dijo a alguien cercano que tenía una roughness terrible, que cuando le interesaba algo era capaz de pasar por encima de todo y de todos como una apisonadora para conseguirlo, y ella se reconoció y lloró.

Y ya no puedo seguir más. De momento.

jueves, 25 de octubre de 2007

Escribir, recordar, editar, enseñar


Foto: Ade Maio, Manuela y yo junto a la iglesia, en Cadaqués, en 1975. Hace poco he escrito un cuento sobre ese tiempo, cuando yo cuidaba a dos niños italianos en ese pueblo. No me gusta mucho mi aspecto ahí, deslumbrada del sol y con el pelo mojado, si acaso las alpargatas y el aire nature del verano. Tampoco se ven los ojazos azules de Manuela.

Esta mañana silenciosa a pesar de las obras, de cielo opaco, con la gata hecha un ovillo y expandiendo sus ondas somnolientas, he robado tiempo a los demás quehaceres para ponerme a escribir lo que yo suponía que era una tentativa de cuento sobre un viejo amigo americano, pero la carga que ha empezado a aparecer en esa escritura, el desbordamiento largo, que no me ha permitido siquiera llegar a lo que yo consideraba el tema del cuento, o no, la anécdota del cuento porque como he dicho muchas veces aquí, escribo a ciegas (como Carver, como Flannery O'Connor, como Jeff Noon), y a veces sólo tengo un paisaje, una frase, una sensación, algo que me arrastra y no sé cuál es el tema del cuento hasta que está escrito, o peor, hasta que lo discuto con uno de mis críticos-interlocutores... Pues todo eso ha empezado a atropellarse y multiplicarse de forma que no parecía, difícilmente podía ser un cuento, sino que ese escrito tenía un aire inconfundible de novela. Y la novela de mi infancia, lo que siempre quiero evitar y abordar al mismo tiempo, ese crujir y rechinar de dientes no-bíblico, pero sí endemoniado, siempre pendiente y al acecho, "revenir à l'enfance dont il n'avait jamais guéri, à cet secret de lumière, de pauvreté chaleureuse qui l'avait aidé à vivre et à tout vaincre..."
Por cierto que dicen que la viuda de Carver, Tess Gallagher, quiere publicar ahora sus cuentos sin editar, sin pasar por la criba correctora o las tijeras implacables de su primer editor, Gordon Lish, que según cuentan lo convirtió en minimalista, aunque sólo se refiere a What We Talk About When We Talk About Love, porque en Cathedral ya se había librado de él. Y los lectores nunca sabemos si se trata de sacar más dinero de los cajones del escritor difunto o si realmente vale la pena el esfuerzo. Es cierto que en algunos cuentos de Call If You Need Me, publicados póstumamente por Gallagher, estaba ya el mejor Carver, aunque otros fueran fallidos. A mí, en cualquier caso, me gustó mucho la parte de ensayo de ese volumen, que desapareció en la edición española de Anagrama, donde Carver contaba cómo escribía, quiénes eran sus maestros, qué frases pegaba en post-its alrededor de su mesa de trabajo, por qué creía que no había escrito novelas, etc. Yo tengo un amigo serbio , escritor y editor, que ha llegado a cortar decenas y decenas de páginas de la novela de un autor para publicarle, y ha reordenado y reestructurado el material hasta conseguir una novela digna de lo que era un bodrio: él sabe hacer ese trabajo de recosido, tiene un talento especial para ello, siempre que el autor lo acepte, claro.

Y volviendo a mi disyuntiva inexistente cuento-novela, y a mi mania de quedarme siempre en ese género que detestan los editores de estos lares, tal vez precisamente por eso, porque me siento más libre haciendo lo que nadie quiere, debo confesar que tengo miedo de la novela, aunque algunos amigos novelistas me dicen que es un género más fácil y menos implacable que el cuento, que en la novela puedes mezclar géneros, puedes introducir fragmentos ensayísticos, todo cabe, y en cambio en el cuento hay que amputar todo eso dolorosamente cada vez (con esa felicidad fugaz del resultado) y la estructura es tan importante y el clavo de Chéjov... Pero el cuento sólo exige acompañarlo durante días, semanas, a veces meses... mientras que la novela... Hay que pasar años encerrado en un tema, ¿cómo no detestar ni cansarse de un tono, un tema, una estructura, un lugar simbólico? Y en cambio, en el cuento, la felicidad dura tan poco y hay que esperar a que surja el siguiente para recobrar ese placer. Y uno puede levantarse todos los días durante meses y años con la mente llena de posibles ideas para una novela, dormirse siempre anotando en ese cuadernillo obligado de la mesita de noche para las ocurrencias de último minuto (yo he llegado a escribir a oscuras para no molestar a otro durmiente y sin querer despertarme del todo trasladándome a otra habitación, atropellando unas frases con otras y por la mañana, qué galimatías indescifrable a veces...), con esa sensación incomparable en que se disparan las ideas para un solo objeto, una historia, en que salen a la superficie como burbujas del agua y sólo hay que pescarlas, anotarlas para que no se pierdan ni olviden y encontrarles su lugar...

Y eso que he escrito esta mañana entroncaría con un viejo intento, lo sé, y me pregunto si debería probar a juntarlo y si... Pero tal vez me falte valor y acabe dejándolo languidecer y morir. Chissà. Entre tanto, esta tarde me toca dar mi clase anual en el posgrado de traducción literaria del IDEC. Espero poder iluminar o dar más recursos a esos traductores futuros. Para el año que viene he propuesto otro curso, menos técnico que el de este año, más literario y por tanto, más gozoso para mí.

domingo, 21 de octubre de 2007

Las manías del desayuno y una mañana perdida



Foto: I.N. Bandeja de desayuno, 2007

Me da la sensación de que muchos mostramos nuestras manías de una forma más intensa en el desayuno. Tengo un amigo que no se atrevía a desayunar con nadie porque había tenido una pareja que le regañaba muchísimo por lo que tomaba en el desayuno. La verdad es que a mí me sorprendió: "Por mí, tú puedes tomar lo que quieras, siempre que no pretendas que yo desayune lo mismo", le dije. Es cierto que su desayuno me resultaba curioso -leche con colacao y pan con foiegras de cerdo o con embutidos-, y su anterior pareja le calificaba de infantil, seguramente por el colacao, pero yo sé que también soy rara en mi desayuno, al menos por estos lares. No tomo café, sino aproximadamente un litro de té en dos teteras distintas, una con uno de esos tés de Ceilán que los ingleses llaman breakfast, últimamente de una marca muy popular en UK (con unas bolsitas en forma de pirámide), que suelo poner en una tetera de cristal , y la otra tetera, de hierro y china, llena de un té chino Lung Ching (si puede ser, de primavera), y además tengo una máquina para hacerme el pan al estilo alemán, siempre integral, de espelta o centeno, con semillas, y tomo tostadas con mantequilla (siempre ecológica, no de vacas locas) y miel.
Naturalmente, cuando viajo, hago concesiones. Me llevo mi té, por si acaso, y pido pan integral y me resigno más o menos. En Serbia, el té es bastante bueno (mucho mejor que esas horribles marcas españolas, o inglesas de desecho: creo que Lipton hace un té malísimo que sólo usa para exportar a países como éste, porque en Inglaterra venden tés mucho más dignos), pero en esos lugares rurales de la Vojvodina adonde fui, me traían una tacita pequeña o un vasito y tenía que pedir una y otra vez, hasta que al fin opté por dibujarles una tetera y una taza y me entendieron. Pero allí tienen unos panes integrales magníficos, con cominos, de tonos grisáceos, tiernos o compactos, estilo austrohúngaro, que aquí sólo existen si uno sabe hacérselos en casa.
En Barcelona nunca tomo té fuera de casa. Primero, hay que convencerles de que lo hagan con agua mineral, y pagarla aparte, pero aún así, todo resulta malísimo en casi todos los bares. Por otra parte, para mí, el desayuno es la comida más importante del día. Es el único momento en que siempre tengo hambre. De hecho sólo me levanto para desayunar: si no fuera por la expectativa del desayuno, no sé si saldría nunca de la cama. Y el olor a café de mis vecinos me gusta muchísimo (nunca me sentó bien el café, ni siquiera me gustaba, salvo en Italia (en cualquier barucho de autopista el café era increíble, y yo intenté comprar las mejores marcas: me faltaba la máquina y el procedimiento), pero ese olor me parece maravilloso, podría vivir en él).
Ayer me citó un empresario argentino, conocido de alguien que ha ayudado decisivamente en la campaña del azufaifo. Quería contarme un proyecto suyo asociado al azufaifo y quedamos a tomar café. Debo decir que mi atracción por todo lo lejano y extranjero y mi afición a escuchar el acento argentino me hizo aceptar demasiado pronto porque mi tiempo no crece, sino que mengua.
Naturalmente, yo pensaba llegar desayunada y tomarme un agua mineral, como suelo hacer a esas horas, pero las circunstancias me lo impidieron. El pan que había puesto en la máquina programado para la mañana fracasó (no estaba ajustada la hélice y no se hizo). Me había olvidado comprar mantequilla y él me llamó antes de poder tomarme un té. Para rematar, la gata del vecino se había quedado aprisionada en su terraza y saltó a la mía y ellos estaban fuera, así que tuve que llamarles al móvil y devolverla a su lugar. Debería haber retrasado la cita, era sábado, pero a veces no tengo reflejos. Así que bajé a la pastelería donde me había citado porque, dijo, "hacen un café muy bueno".
En la pastelería no comprendieron lo de hacer el té con agua mineral, y cuando al fin accedieron, no es que no la llevaran a ebullición, es que la pusieron tibia. Mientras el empresario, que era una persona amable, y conocedor de la misteriosa filosofía tibetana aplicada a los negocios, hablaba y me contaba con detalle el proceso de su negocio y pedía el segundo café, yo empezaba a ponerme nerviosa. Me moría de hambre -el croissant estaba hecho con manteca de cerdo y el agua tibia con la bolsita sin reaccionar era imbebible- y necesitaba mi dosis de teína matinal. Así que le dije: "Mira, yo tengo que irme a casa a desayunar..."
Pero él insistió, sin duda por su naturaleza comprensiva. Conocía un bar muy agradable en Balmes, más arriba, donde tienen toda clase de tés y saben poner el agua y etcétera. Y yo, debilitada por el hambre, accedí. Efectivamente en aquel bar había muchas cajas metálicas que anunciaban tés, pero no parecía haber ninguno de desayuno, y el único donde ponía Ceilán, que me sirvieron al cabo de un cuarto de hora, cuando yo ya estaba desesperada, era de frutas y sin teína. O bien llevaba tanto tiempo allí que la teína se había desprendido. A mí no me gusta el té de frutas, pero al menos era una bebida caliente y me resigné, aunque el empresario insistía en que me hicieran otro y yo me maldecía por no haberme callado.
Nos fuimos. El empresario, que gentilmente pagó las consumiciones de los dos bares, me sugirió que probase las bebidas energéticas como sustitución. ¿Pero por qué?, le dije yo. A mí me gusta desayunar en casa, tomar una bebida caliente, mi té preferido, yo disfruto así y mi trabajo me lo permite, ¿por qué iba a cambiar esa felicidad por una (horrible y fría) bebida energética? "Por si a veces te ocurre esto", me sugirió él, sin duda cada vez más convencido de mi incapacidad para vivir en el mundo. Seguramente él y los del bar concluyeron que yo era una neurótica.
Por otra parte, su propuesta me dio que pensar, porque es la tercera que me llega de este tipo. Tal vez me equivoque en mi percepción, pero creo que, al haberme dedicado a defender al azufaifo, algunas personas, sobre todo comerciantes, concluyen que deseo trabajar gratis. Me ofrecen que les ayude en sus proyectos de negocios, como si yo obtuviera algún beneficio de todo esto, como si el árbol me pagara una comisión o como si yo sacara dinero de mi blog o sus lectores. Naturalmente, se trata de negocios vinculados de un modo u otro al árbol, es decir, que ellos intentan contribuir a la causa mientras se ganan sus habichuelas. Lo cual es irreprochable. Pero tal vez piensan que este blog debería apoyar sus negocios, sin cobrar nada, ni siquiera un pequeño banner. Y a mí no me sirve de nada que una empresa ponga un link a mi blog en su página web, puesto que yo no gano una tasa por lector. Me gusta mucho tener lectores, pero esa es otra cuestión: prefiero que mis lectores vengan por la literatura y/o los árboles. Al parecer, yo debería agradecer la sensibilidad ambiental de esos industriales, pero sigo sin comprender por qué. Tal vez, en estos países tan arboricidas e indiferentes al medio ambiente, cuando un industrial emprende un negocio respetuoso con el medio ambiente o aprovechando una buena causa, cree que los activistas, gente incomprensible que no necesita dinero para vivir, tienen que apoyarles sin compartir beneficios ni recibir nada a cambio.
A mí me da pereza buscar un patrocinador para este blog. La sola idea de mandar unas tarifas a un editor o a un propietario de vivero me produce sarpullidos. Dice mi antigua psicoanalista que quizás haya interiorizado la idea de que si me pagan, perderé la libertad, como si todo comercio fuera prostitución. Algo de eso hay. Por eso en cierto momento incluso acepté publicar mis libros con editores no-comerciales. Pero al menos, sí tengo garantizado utilizar libremente mi blog y hablar sólo de lo que me dé la gana. Si alguien quiere poner un banner, que lo ofrezca y decidiré (sólo aceptaría temas que me gustaran). La publicidad no debería ser gratis, a menos que responda a un deseo espontáneo y libre. De hecho, he eliminado Ad-Sense porque no me llegaba el dinero y me resultó imposible comunicarme con ellos. Hubo un jardinero amante de los árboles y propietario de un gran vivero que ofreció ayudarme en el blog y por un momento tuve la esperanza de que hubiera alguien en el ámbito industrial de este país con una visión europea o con criterio propio, capaz de darse cuenta de que aquí también hay un mercado. Con un banner suyo, no me habría costado tanto ofrecérselo a otros, pensé. Me dijo que lo hablaría con su hijo y después, se hizo el silencio. Tal vez su hijo opinó que no les interesaba. Que preferían anunciarse en medios más convencionales. O que a él no le importaba como al padre que se protegiera a los árboles. Pero nunca me dijo nada y ese silencio me desanimó tanto que ya nunca llamé al siguiente, un vivero aún más grande y dirigido, según me dijeron, con mentalidad poco española. Y es que este país es tan rígido y estrecho y cuesta tanto encontrar alguien que entienda lo que se sale un poco de la norma... Yo me doy cuenta de que lo que es natural en Europa aquí siempre es raro. Como pedir un té con agua caliente, no tibia, y que no sepa a jabón. O tomar pan integral. O defender a los árboles aunque no se haga ningún negocio con ellos.
Por cierto, que en el ELLE francés, una página muestra la actitud tan distinta de nuestros vecinos gabachos. Explica cómo encontrar patrocinadores para blogs, del mundo de la cultura, la literatura, etc. Distintos canales y procedimientos que reflejan esa diferencia, un mundo cultural e industrial receptivo y alerta a lo nuevo. Todo lo contrario que aquí.

sábado, 20 de octubre de 2007

Magdalenas



Foto: Toni Riera. Yo, a los veintifú, desde un mal ángulo y con un colocón considerable, en la inauguración del Studio 54, con las botas de Francis Montesinos, la falda de gamuza y un chaleco que encontré no sé dónde. Ah, y unos posavasos de piel de vaca como pendientes. A mi lado estaba una de mis hermanas, escultural y mucho más fotogénica que yo, pero no he querido incluirla sin su autorización. En la revista del Studio 54, el pie de foto de Carlos Bosch nos calificaba de "sabrosas"con nuestros nombres y apellidos, lo que entonces me pareció indignante y ahora me da risa.


Yo procuro hablar de Proust lo menos posible porque mi pasión por todo lo que escribió es uno de los escasos territorios que suscitan mi posesividad (con Baudelaire o con Maeve Brennan), y nunca querría compartirlo. Me costó mucho soportar que otros lo leyeran y me hablasen de él, para mí era algo secretamente mío y casi me consolaba que la gente dijera: "Oh, nunca pude con la Recherche..." Conozco a alguien que siempre quiere que todos lean lo que le ha gustado. Aunque últimamente nunca cumple sus amenazas de regalarme sus libros favoritos, ¿será que también se ha vuelto posesivo en ese terreno que le faltaba?


La cuestión es que hay desencadenantes de la memoria que producen una emoción incompartible y es inevitable pensar en la madeleine, pero la que se mojaba en la infusión de tila, y no la de Merimée.


Por ejemplo, un olor levemente dulce y ferruginoso que alguien me ayudó a identificar como la grasa de ascensores antiguos se encuentra en cada vez menos portales y a mí me aceleraba las pulsaciones y me trasladaba inmediatamente a la casa de mi abuela paterna (la materna nunca simpatizó conmigo, sino que más bien apoyó mi maltrato a manos de la Bruja de mi infancia), Maria Luisa, especie de princesa andaluza (cordobesa) siempre vestida de seda (todo lo demás le picaba), en invierno y verano, y preferiblemente de lunares, ella contándonos con su acento maravilloso el cuento de "Las tres monas" y enseñándonos sus aguamarinas, hasta que se retiraba a ordenar su mítico armario. Mi padre me dijo una vez que su madre parecía guardar algo muy interesante y misterioso con su armario, objeto de ocupaciones ocultas. "Bueno, os tengo que dejar, porque no podéis imaginar cómo tengo el armario..." Y su tono anticipaba un placer indescriptible, un entretenimiento lleno de contenidos interesantes, todos guardados en los estantes de aquel armario suyo.

También me recordaba a mi abuela el acento de Ocaña y su manera de contarme cosas del sur, y las yemas de Santa Teresa, que a mi abuela le perdían. De hecho, con su estilo dulce y aniñado, se murió después de un atracón. Dijo: "Ay, he comido demasiados dulces", se fue a echarse la siesta y ya no se levantó. Durante años, cada vez que iba a Madrid notaba el vacío al no poder ir a verla. También al pasar por la calle de Ayala, donde estaba su antigua casa, que ya no existe, la del portal con ascensor de hierro que olía dulce y fresco.

Ayer surgió otra de esas madeleines trempées dans le tilleul. Fui a ver a una amiga joven y embarazada que llevaba un vestido con botas marrones y sin medias. "Qué buena idea", le dije, porque en este tiempo tan inestable, donde el calor sucede al fresco o la tormenta, las medias molestan, y prefiero pasar del jersey a la seda de mi abuela, pero sin esas fibras intermedias que se pegan al cuerpo. Y los zapatos que acompañarían a mis vestidos corren peligro si de pronto arranca a llover. Ella me dijo que había descubierto esa posibilidad en una foto de Jennifer Aniston(!) Camino de casa, de pronto me di cuenta por qué me gustaba tanto la idea: no tenía que ver con un aspecto práctico, sino con mi obsesión por la memoria. De pronto surgieron, como aquella lluvia seca de ositos que caían del armario de G, o los secretos del armario de mi abuela Maria Luisa, muchas combinaciones de indumentarias de mi historia: a los 16 o 17, un vestido estampado en negro muy fino y algo hippioso, sin medias y con botas camperas; uno de seda amarilla con pájaros y flores chinas, con las mismas botas, o bien otro muy muy corto, negro, con pliegues casi monacales y manga corta abullonada que yo llevaba con unas Pielsa de caña baja (gentileza de mi tío Perico), y mucho más tarde, a los veintifú, unas botas planas de lona verde con minifalda en un avión, volviendo de Menorca con un artista conceptual con quien no recordaba haber ido nunca a Menorca, a un hotel ajardinado y solitario donde sólo había ingleses (ese recuerdo surgió también de mi amiga I. y su vestuario siempre estiloso). Y más tarde aún, en una época más punkie, las botas hasta medio muslo de imitación piel de vaca que me regaló Francis Montesinos con un trozo de gamuza atado a modo de falda, en la inauguración de la famosa discoteca neoyorquina en BCN. Y con esos atuendos, caían a la memoria las sensaciones de esas épocas donde la desesperada melancolía y la urgencia de evasión no podían separarse de los sueños atropellados y el hedonismo adolescente, y una pequeña pero honda convicción de que debía escribir, avasallada por mis sentimientos de culpa y mi baja autoestima...

Y ahora vuelvo a mis quehaceres, que he renunciado al concierto de piano de Rachmaninov matinal de mañana para preparar mi curso de posgrado de traducción en la UPF de la semana que viene, además de escribir y comprimir el texto de mi eterna conferencia madrileña y podar y espigar mi libro balcánico. Ayer leí una biografía maravillosa de la Ginzburg y se la he recomendado vivamente a una editora. On verra bien.


Por cierto, no se pierdan el vídeo freudiano-chino-sex-in-the-city que la sorprendente V ha colgado en su blog...

martes, 16 de octubre de 2007

Heddy Honigmann en la Filmoteca



Foto: I.N., Čortanovci, familia en el Danubio, 2007

He visto Forever, el documental que HH hizo en el cementerio de Pere Lachaise, en París, donde encuentra mujeres que riegan las flores de sus muertos, o bien hombres y mujeres que cuidan las tumbas de Proust, Apollinaire, Modigliani y tantos otros escritores y artistas, o el guía del cementerio que indaga en la obra de una cantante allí enterrada, o el iraní que canta versos de un poeta persa, o la mujer española que acaba contando las atrocidades del franquismo y cómo tuvieron que huir y lo agradecida que está a Francia y el mal recuerdo que guarda de España (su testimonio es el reverso de las palabras de Mayor Oreja, por cierto, que vivía plácidamente las ejecuciones en masa, las torturas y las cárceles, o esa escena que cuenta la mujer del Pere Lachaise, con un cura dando el tiro de gracia a los fusilados. "Por eso yo no creo", dice ella. La película es magnífica, otra vez su escucha especial, sutil, sin imponerse pero con una presencia natural, contradiciendo una vez a un dibujante para afirmar su vitalidad, esa vitalidad que se afirma en medio de testimonios de muerte.

Al acabar la película, ella ha contestado a nuestras preguntas y escucharla me ha dado claves para entender su trabajo. Me ha dicho que era verdad que la pérdida -el amor y la vida a través de la pérdida- es un tema que está en la mayoría de sus películas, y ha contado un poco cómo creó la atmósfera de confianza para escuchar esas revelaciones, sobre todo en su película bosnia, que sigue siendo mi favorita (y la suya, por lo visto). Como ha dicho Pere Alberó, aquí ya hay que hablar de don. Y sí, su escucha es un don. Para mí, la clave está en las historias que escuchó de pequeña, de su familia, supervivientes de la Shoah. Sus personajes detectan esa sensibilidad suya y van hacia ella, atraídos como las mariposas nocturnas por la luz, y le cuentan. Y ella, que aparece en las películas fuera de cámara, su mano, su voz, a veces su espalda, es siempre ella misma, natural, y favorece la confesión con su curiosidad sensible e inteligente.

Una suerte. Mañana por la tarde, si alguien quiere verlas, ponen las tres piezas sobre la comida y la memoria: Food For Love, una pequeña joya. Yo me he quedado sin ver Crazy y Metal y melancolía. Espero que pronto se comercialicen en DVD.

Y esta vez he tenido suerte. Ha empezado a llover de verdad cuando yo entraba en casa.

Conversaciones domésticas




Foto: I.N., el pasillo desde la habitación de G.

Dice G. que le reconforta ver mis libros en esa pequeña estantería desde su cama. Yo lo comprendo. A mí me pasa igual. Le conté de la maravillosa ilustración de Sempé que el librero de la calle Berlinès puso para anunciar sus vacaciones, donde se ve una pareja que duerme rodeada de libros (y con un diván, precisó el sagaz librero), confortada por los libros. Hacía días que G. y yo apenas nos veíamos y empezamos a hablar, primero a actualizar información, repasando las últimas cosas que nos habían pasado, incluyendo algunas películas y libros, él me contó una película muy graciosa, me hizo reír sólo contándomela (decía que yo no le haría caso y no iría a verla, así que la traería a casa, pero ese es un argumento que usamos los dos en ambos sentidos, ambos con razón y sin ella), yo le pedí que leyera un cuento corto de Dorothy Parker, que yo había releído para una conferencia que preparo y sabía que le gustaría, él lo leyó a regañadientes, a cambio de que yo viera uno de esos cortos geniales de animación de los Aardman. El cuento de Dorothy disparó la conversación (sobre parejas y autoconocimiento y recursos varios). Se llama The Sexes, Los sexos (he visto una película basada en ese cuento, pero no me gusta, es demasiado explícita y se elimina esa magia parkeriana en que las palabras dicen otra cosa de lo que pretenden y el lector es como un analista que desentraña su significado; en la película se ve demasiado). Muestra una pareja que discute y se pelea sin decirse nunca por qué, qué es lo que siente y le molesta a cada uno, aunque el lector puede verlo, y la discusión es más difícil y dolorosa precisamente porque no se dice. Por supuesto, el cuento es satírico, pero con ese realismo tan económico y afinado de Parker. Yo le hablé de otro cuento muy en ese estilo, más amargo, de una madre manipuladora y neurótica que lleva esa actitud al extremo, muy victimosa, lo que llaman pasivo-agresiva, y le dije que yo alguna vez había discutido así con él, aunque él, más benevolente, no lo recordaba. Pero en mi entorno original, esas actitudes eran el pan de cada día y yo tuve que desaprenderlas, me libré de ellas gracias al psicoanálisis. Lo cual fue un gran grandísimo alivio y me hace feliz sólo pensarlo, ese gran peso que me quité de encima...

En cuanto a nuestra conversación, que siguió a trozos hasta entrada la madrugada, me interesó tanto que me desveló. G. cree mucho en mi capacidad de entender y explicar las cosas, pero a mí me parece que él tiene un insight sorprendente (que yo no tuve a su edad ni por asomo). Creo que él siempre tuvo una capacidad de observación muy aguda con las personas, las relaciones, es mucho más ecuánime que yo y desde muy pequeño veía cuándo algo le molestaba a otros, y podía reconocer sus propios errores él sólo, al cabo de un rato, y venía a decirlo.

Claro que a veces me exasperaba que le importase tanto la opinión de los otros. Siempre me hacía bajar la voz para que nadie nos oyera y siempre que me hacía comentarios sobre gente conocida, luego añadía (ya era una broma entre nosotros): No l'hi diguis. Y cuando íbamos a casa de alguien, antes de entrar, me decía, siempre medio en broma: "No expliquis res del que he dit i he fet des d'aquest matí..." Y por la calle o en lugares públicos siempre temía que yo llamase la atención o que me quejase de algo, etcétera. Al pobre le costó asumir mis excentricidades, pero ahora que su timidez mercuriana ha desaparecido, ya no le importa.

También hubo una época en que me decía, por la calle: "T'acompanyo, però només fins a la cantonada. Més enllà no, algú em podria veure!" Y es que en esa edad, era casi una humillación que alguien le viera con su madre. Durante un tiempo viajamos juntos, pero en los dos últimos viajes nos peleábamos todo el tiempo. Yo sólo quería aventurarme y buscar, él tenía miedo de que nos perdiéramos o me pasara algo (sobre todo en Estambul), y sólo quería ir a los lugares donde había turistas, cenar muy pronto y retirarnos al hotel a leer. Discutíamos, y yo le decía: "No sé perquè m'agrada tant viatjar amb tu", y él me decía: "A mi em passa igual..." Y es que cada vez que descubríamos algo, venciendo sus barreras continuas, él entendía exactamente lo que yo quería enseñarle y me enseñaba otras cosas... Pero era muy difícil. Y luego llegó la época en que él habría preferido estar en un sotanillo hermético y húmedo con sus amigos que dar la vuelta al mundo conmigo o con su padre... Y ahora es otra fase, en la que nos alegramos mucho de vernos, pero él tiene su vida absorbente y lejana...
Una amiga triestina, lectora siempre despierta y con cierta tendencia a la literatura del Este europeo, me habla de su fascinación por la Ostalgie, esa moda nostálgica (de Ost, Este), el llamado Soviet chic de la parafernalia comunista que se está extendiendo por la antigua Europa del Este (en los Balcanes es la Yugonostalgia), y aunque se supone que sólo es algo superficial, de objetos, vestuario, insignias, camisetas, etc., para mí forma parte de la nostalgia por lo perdido: todos idealizaban la "libertad" del mundo occidental, sin darse cuenta de que perderían los beneficios y la tranquilidad del Estado paterno: casa, escuela, Universidad, atención médica, tv, teléfono, todo gratuito o muy barato, y que aterrizarían en un "sálvese quien pueda" mercantil, justo en el momento del fin del Estado del bienestar (o de su destrucción sin razón, como demuestra Viçenç Navarro). En el fondo, piensan muchos, no se vivía tan mal en el comunismo... El autor de la Ostalgie por excelencia es Ingo Schulze, que pronto aparecerá publicado también aquí. Yo misma le traje a G. un bonito busto de Lenin de yeso, cuando fui a San Peterburgo; entonces aún eran muy baratos, y él se compró una camiseta con las letras cirílicas del PCUS. Yo sigo pensando que el marxismo era una buena idea mal aplicada y G. siente nostalgia de las esperanzas que generó en una época que él no ha vivido...

Y ahora vuelvo a mi conferencia y a mi libro balcánico, ya no sé en qué orden... Esta tarde, sesión de Heddy Honigmann en la Filmoteca...


domingo, 14 de octubre de 2007

Patchwork







Fotos: I.N., serie Las cosas de Ade, 2007


Mirando esas piezas de patchwork que Ade Maio hace casi sin darse cuenta, juntando fragmentos de texturas distintas como pedazos de la memoria y vendiéndolas a los amigos (en forma de bolsos, bufandas, colchas), pensaba que el patchwork es el collage doméstico y encaja asombrosamente con mi manera de ver el mundo (envidiaba algunos collages de Carlos Pazos, o la pieza de sobres y correspondencia de On Subjectivity de Muntadas) o de acumular y rodearme de sus piezas y vestigios, siempre reacia a deshacerme de los trozos de belleza encontrada en envoltorios, jirones de ropa envejecida y única, cintas de regalos, sobres de cartas extranjeras, dibujitos o servilletas antiguas de bares, cajas de cerillas, cartones de horquillas, postales viejas, dibujos de cuando Gui dibujaba, fotos y recuerdos de momentos estampados que lo cubren todo en un proyecto de colcha penelopiana nunca terminada o sólo esbozada a modo de paisaje. Objetos y fragmentos que me hablan e interpelan o que cuentan una parte de mí.
Como Ade no tiene página web, no puedo poner un link, pero le hago aquí un pequeño homenaje, porque su mundo me reconforta y contrasta con la dureza del libro que acabo de reseñar y con la fuerza que necesito para oponer mi opinión crítica, siempre tentativa, a la de quienes opinan todo lo contrario.
Y es que en mis reseñas, tal vez porque me considero intrusa en casi todos los ámbitos -y no me molesta, de hecho he llegado a disfrutar de esa posición, como quien se balancea en un columpio colgado de los árboles, soy crítica intrusa como también traductora intrusa, escritora intrusa y tantas otras intrusiones sólo justificadas por la curiosidad, la pasión y el tiempo-, trato de mostrar cómo es el libro y de explicar por qué a mí me parece que no logra su objetivo o por qué lo veo fallido, o por qué me interesa, conmueve y entusiasma, en qué cambia o amplía mi percepción, para que lectores distintos puedan decidir que ellos tendrían una opinión distinta y decidan leerlo aunque a mí no me guste o no leerlo aunque yo lo defienda, porque mis razones no son las suyas.
Lo cierto es que, como lectora, me asombra la posición de esos críticos que se sitúan en una especie de Olimpo donde lo bueno y lo malo están claros y son indiscutibles. Unas veces me admiran y otras me repelen. Nabokov demostró que en literatura también cuenta la subjetividad, en sus Strong Opinions o en su Curso de literatura europea: él detestaba a Thomas Mann (yo no olvidaré mi lectura, con gripe, de La montaña mágica ni a Hans Castorp, ni la impresión de Confesiones del estafador Felix Krull) no le gustaba Jane Austen (aunque sabía explicar muy bien sus telarañas finísimas de trama, que a mí me subyugaron y arrastraron a leerme las Complete Novels) y la música le parecía puro ruido, pese a los esfiuerzos de su madre llevándole a la ópera en coche de caballos, abrigados con manta de pieles en la fría San Petersburgo. Nosotros mismos leemos distinto en cada época. Entonces yo, que soy bastante autodidacta y he leído caprichosamente, no de una forma sistematizada y rigurosa, sino guiándome sobre todo por el deseo y el accidente, ¿cómo iba a sentirme autorizada a sentar cátedra? Prefiero contar un poco el libro, describirlo y en esa exposición, ir repensándolo y desgranando mis pensamientos para llegar a una conclusión de forma transparente, como en aquellos problemas matemáticos donde había que mostrar todos los cálculos previos.
Pero hay algo emocionante en lo arriesgado, tentativo e intruso, como en mis viajes balcánicos, donde siempre me alienta el espíritu libre del poeta chino autodesterrado del mundo académico y oficial, Li Bai. Sin darme cuenta, me he acabado instalando a vivir en mis particulares montañas rusas, donde la imposibilidad de las cosas muestra huecos insospechados y abre puertas mágicas diminutas como las de la carrolliana Alicia, aunque a veces me pueden el frío, la intemperie, la absoluta falta de seguridad y todas esas cosas. Y así, cuando en mi posición de equilibrista tengo que oponerme a la mayoría de críticos y arriesgarme a disgustar a quien sea, el vértigo crece, y sólo me consuela una sensación moral (la del buen persianero, reconciliado consigo mismo cada noche) y libre (el espíritu de Li Bai).
Me dice V que cuente también de mi forcejeo con la reducción del espacio que ha significado el cambio de formato de La Vanguardia. Y lo contaré sin duda, cuando ya haya salido mi reseña. Por cierto, vale la pena visitar la casa virtual de V con su delicado ikebana y sus consideraciones sobre el pensamiento en China.
Hoy me han ofrecido que proponga la invitación de algunos poetas balcánicos para la Semana de Poesía, se me ocurren unos cuantos y la verdad es que me hace ilusión proponerlos y presentarlos (si se aceptara mi proposición).