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sábado, 20 de octubre de 2007

Magdalenas



Foto: Toni Riera. Yo, a los veintifú, desde un mal ángulo y con un colocón considerable, en la inauguración del Studio 54, con las botas de Francis Montesinos, la falda de gamuza y un chaleco que encontré no sé dónde. Ah, y unos posavasos de piel de vaca como pendientes. A mi lado estaba una de mis hermanas, escultural y mucho más fotogénica que yo, pero no he querido incluirla sin su autorización. En la revista del Studio 54, el pie de foto de Carlos Bosch nos calificaba de "sabrosas"con nuestros nombres y apellidos, lo que entonces me pareció indignante y ahora me da risa.


Yo procuro hablar de Proust lo menos posible porque mi pasión por todo lo que escribió es uno de los escasos territorios que suscitan mi posesividad (con Baudelaire o con Maeve Brennan), y nunca querría compartirlo. Me costó mucho soportar que otros lo leyeran y me hablasen de él, para mí era algo secretamente mío y casi me consolaba que la gente dijera: "Oh, nunca pude con la Recherche..." Conozco a alguien que siempre quiere que todos lean lo que le ha gustado. Aunque últimamente nunca cumple sus amenazas de regalarme sus libros favoritos, ¿será que también se ha vuelto posesivo en ese terreno que le faltaba?


La cuestión es que hay desencadenantes de la memoria que producen una emoción incompartible y es inevitable pensar en la madeleine, pero la que se mojaba en la infusión de tila, y no la de Merimée.


Por ejemplo, un olor levemente dulce y ferruginoso que alguien me ayudó a identificar como la grasa de ascensores antiguos se encuentra en cada vez menos portales y a mí me aceleraba las pulsaciones y me trasladaba inmediatamente a la casa de mi abuela paterna (la materna nunca simpatizó conmigo, sino que más bien apoyó mi maltrato a manos de la Bruja de mi infancia), Maria Luisa, especie de princesa andaluza (cordobesa) siempre vestida de seda (todo lo demás le picaba), en invierno y verano, y preferiblemente de lunares, ella contándonos con su acento maravilloso el cuento de "Las tres monas" y enseñándonos sus aguamarinas, hasta que se retiraba a ordenar su mítico armario. Mi padre me dijo una vez que su madre parecía guardar algo muy interesante y misterioso con su armario, objeto de ocupaciones ocultas. "Bueno, os tengo que dejar, porque no podéis imaginar cómo tengo el armario..." Y su tono anticipaba un placer indescriptible, un entretenimiento lleno de contenidos interesantes, todos guardados en los estantes de aquel armario suyo.

También me recordaba a mi abuela el acento de Ocaña y su manera de contarme cosas del sur, y las yemas de Santa Teresa, que a mi abuela le perdían. De hecho, con su estilo dulce y aniñado, se murió después de un atracón. Dijo: "Ay, he comido demasiados dulces", se fue a echarse la siesta y ya no se levantó. Durante años, cada vez que iba a Madrid notaba el vacío al no poder ir a verla. También al pasar por la calle de Ayala, donde estaba su antigua casa, que ya no existe, la del portal con ascensor de hierro que olía dulce y fresco.

Ayer surgió otra de esas madeleines trempées dans le tilleul. Fui a ver a una amiga joven y embarazada que llevaba un vestido con botas marrones y sin medias. "Qué buena idea", le dije, porque en este tiempo tan inestable, donde el calor sucede al fresco o la tormenta, las medias molestan, y prefiero pasar del jersey a la seda de mi abuela, pero sin esas fibras intermedias que se pegan al cuerpo. Y los zapatos que acompañarían a mis vestidos corren peligro si de pronto arranca a llover. Ella me dijo que había descubierto esa posibilidad en una foto de Jennifer Aniston(!) Camino de casa, de pronto me di cuenta por qué me gustaba tanto la idea: no tenía que ver con un aspecto práctico, sino con mi obsesión por la memoria. De pronto surgieron, como aquella lluvia seca de ositos que caían del armario de G, o los secretos del armario de mi abuela Maria Luisa, muchas combinaciones de indumentarias de mi historia: a los 16 o 17, un vestido estampado en negro muy fino y algo hippioso, sin medias y con botas camperas; uno de seda amarilla con pájaros y flores chinas, con las mismas botas, o bien otro muy muy corto, negro, con pliegues casi monacales y manga corta abullonada que yo llevaba con unas Pielsa de caña baja (gentileza de mi tío Perico), y mucho más tarde, a los veintifú, unas botas planas de lona verde con minifalda en un avión, volviendo de Menorca con un artista conceptual con quien no recordaba haber ido nunca a Menorca, a un hotel ajardinado y solitario donde sólo había ingleses (ese recuerdo surgió también de mi amiga I. y su vestuario siempre estiloso). Y más tarde aún, en una época más punkie, las botas hasta medio muslo de imitación piel de vaca que me regaló Francis Montesinos con un trozo de gamuza atado a modo de falda, en la inauguración de la famosa discoteca neoyorquina en BCN. Y con esos atuendos, caían a la memoria las sensaciones de esas épocas donde la desesperada melancolía y la urgencia de evasión no podían separarse de los sueños atropellados y el hedonismo adolescente, y una pequeña pero honda convicción de que debía escribir, avasallada por mis sentimientos de culpa y mi baja autoestima...

Y ahora vuelvo a mis quehaceres, que he renunciado al concierto de piano de Rachmaninov matinal de mañana para preparar mi curso de posgrado de traducción en la UPF de la semana que viene, además de escribir y comprimir el texto de mi eterna conferencia madrileña y podar y espigar mi libro balcánico. Ayer leí una biografía maravillosa de la Ginzburg y se la he recomendado vivamente a una editora. On verra bien.


Por cierto, no se pierdan el vídeo freudiano-chino-sex-in-the-city que la sorprendente V ha colgado en su blog...

domingo, 15 de julio de 2007

Historia del vestuario

Foto: Gerda Weber. Yo a finales de los setenta, haciendo de La hermana pequeña de Chandler, para la presentación de la Serie Negra de Bruguera, en las desaparecidas Galerías Condal, donde Santi Roqueta, el arquitecto que tuvo estudio en la Casa Sert de Muntaner, hacía de Robert Mitchum, es decir, de Philip Marlow.

He ido a ver un momento a una ilustre vecina, que se ha ofrecido a ayudar como pudiera a salvar el azufaifo, ya que lo divisa desde su casa. Por teléfono no la reconocía, con su nombre entero, y al llegar a su casa era la propia Chelo Sastre, figura precoz de la moda en Barcelona en los años setenta, junto con Toni Miró.

Tras despotricar de todo lo que a algunos nos hace sentir que no somos "d'eixe món" y repasar inevitablemente aquella otra época (¡sin hacer laudatio temporis actii!), he vuelto a pensar en mi idea de representar la historia de alguien reuniendo en un armario gigante toda la ropa más emblemática de su vida. Ojalá pudiera hacerlo con la mía, pero durante un tiempo viví con alguien ordenado y no acumulador como yo, que frenó mi inclinación a guardarlo todo y me presionaba cíclicamente para deshacerme de las cosas. Y así descubrí que mi inclinación tiene una razón secreta: yo no sé qué debería tirar, por eso no tiro nada. Cuando tiro, lo más probable es que me equivoque y acabe lamentando la pérdida o necesitando algo que ya no existe.
El día que me decidí a desprenderme de la colección de muñecos de mi hijo, los Action Men, que eran la versión masculina de las Barbies, unos guapos musculados de aire bastante derechista, con amplio guardarropa especializado, llegó mi amiga Esther y exclamó con horror: "¿Dónde?" Ella los quería para una instalación, pero cuando volvimos al contenedor, aquel regimiento de elegantes luchadores y exploradores había desaparecido.
Yo siempre lamenté la pérdida de mi gabardina reversible negra y roja, o de unos pantalones acampanados de terciopelo granate y raya diplomática, cintura bajísima y osados botones que había sisado en Portobello a los quince años y que aún me entraban cuando accedí a desprenderme de ellos.

Hace unos días me compré en un outlet una camisa de algodón y algo deportiva que quizás nunca me pondré, pero que se parecía a una que tuve a los 12 años, en la época en que mi visión de mí misma dio un cambio radical, gracias a la mirada de otros. La camisa me produjo una sensación inexplicablemente alegre y tuve que llevármela a casa. Recuerdo que la otra, la original, no era de algodón, sino de una fibra brillante, muy entallada y con muy parecido estampado psicodélico, pero en un día sin tiempo, quise plancharla y le hice un gran agujero. No he olvidado aquella desolación. Esa compra me recordó a aquel ensayo de Natalia Ginzburg en Mai devi domandarmi, donde ella, su marido y los hijos no se ponen de acuerdo sobre la casa que quieren comprar porque cada uno necesita condiciones distintas e innegociables. Y al final, mágicamente, encuentran una casa que no cumple las condiciones de ninguno pero que gusta a todos, porque a cada uno le recuerda algo del pasado o a alguna fantasía feliz.
En ese armario-instalación de historia personal habría incluido también un fantasioso vestido de otoño de Eston, un vestido verde de crêpe, precioso, especie de falso traje de chaqueta años 20 en revisión 70s, y un vestido americano de gasa evasée, con estampado aún más fantasioso y psicodélico, que compré en una tienda desaparecida de Balmes esquina La Granada, ideal para colarme la soirée snob chez la princesse, y otro de una especie de gruesa seda cruda también evasée y hippie con adornos de pasamanería cruda, con el que me hicieron miss simpathy en una improvisación veraniega de Calafell, donde el jurado eran Carlos Barral, Ricardo Muñoz Suay e tutti quanti, y la auténtica estrella fue Ana Muñoz. Y una blusa de gasa transparente con unas flores violáceas que llevé peligrosamente años más tarde bajo una cazadora auténtica de aviador completamente vintage, y una especie de túnica color rojo sangre, romana o más bien prerrafaelita que me desgarró un novio celoso y que me servía para recibir, y tantas otras cosas, como los pantalones de pana marrones que resultaron malheridos por un cóctel molotov cercano en una mani junto a la plaza Eivissa, o las botitas de ante con que corría huyendo de la policía, o un fragmento de gamuza atado que me sirvió de falda en la inauguración del Studio 54 y las botas de falsa piel de vaca hasta el muslo que me regaló Francis Montesinos casi sin querer, o unos posavasos peludos de auténtica piel de vaca que yo usaba de pendientes.
Tal vez por eso yo siempre tuve problemas para hacer la maleta. Al contrario que el personaje de Grace Kelly en La ventana indiscreta, que se definía como experta en llevar la ropa adecuada para cada momento y en una maletita diminuta, a mí siempre me sobraban y faltaban cosas, pasaba horas dudando y pensando en los porteadores de las novelas antiguas y en el último momento añadía unas cuantas cosas más por si acaso. Sólo en la segunda parte de mi historia he logrado aprender: ahora ya no me sobra nada, aunque a veces me olvido algo esencial. Por cierto que la película se inspiraba en un cuento de Cornel Woolrich, o William Irish, que es lo mismo, un favorito de mi época de novela negra.
Y todas esas prendas que se fueron ajando, horadando y destruyendo pero que yo nunca quería abandonar. Me pregunto si podría al menos dibujarlas aceptablemente, o si estaré condenada a buscar otras que me las recuerden... Como los libros que leímos en la infancia y la adolescencia o incluso más tarde, en la época en que se mezclaban aún a fuertes sueños y deseos imposibles, y que quedaron inevitablemente mezclados en la memoria con un momento y un lugar preciso. Por ejemplo, yo leí La montaña mágica durante la gripe que siguió a un enamoramiento muy fantasioso y felizmente imposible, en una casa de la calle Herzegovina y la sensación de aquel sanatorio y las conversaciones se mezclaron para siempre a aquella sensación vital. Y cuando probé a consultar Robinson Crusoe a la manera de Betteredge en La piedra lunar , es decir, como un oráculo, me acababan de notificar que no me renovarían el contrato en Ariel-Seix Barral y volvía a casa en los ferrocarriles, que entonces llamábamos "el tren de Sarrià". Abrí el libro al azar y encontré un pasaje donde Robinson decía que no había que lamentarse de lo perdido, sino valorar lo que aún se tenía. Era perfecto.

sábado, 30 de junio de 2007

Un vestido de seda muy viejo

Foto: autorretrato humilde de esta mañana
Sólo me sirve para estar en casa o para llegar como máximo al kiosco porque es tan viejo que, si me agacho o estornudo, se van descosiendo o rasgando las costuras gastadísimas. Me cuesta renunciar a él, le recoso un agujero y al moverme se hace otro. Si me alejara de casa con él, volvería toda rota y expuesta, como Barbarella en sus aventuras, y aunque esté metida en un thriller, ya no tengo edad para eso. El vestido era ya agradablemente viejo hace mucho tiempo, cuando tenía fondo blanco, entonces lo teñí de marrón y de pronto pasó a parecerse a uno antiguo que mi madre llevaba en los sesenta y pico, estampado de hojas de otoño que se ponía en verano, cuando a mí me parecía la mujer más guapa del mundo (aunque nunca me quiso, pero en mi infancia las imágenes eran siempre impecables y el fondo espantoso, nightmarish, siempre con el monstruo de las pesadillas abrazado a mi espalda).
Ayer pensé en mi vestido viejo. Fue bastante después de una llamada en la que me anunciaron buenas noticias, enigmáticamente y sin datos precisos: "Quiero decirte esto para que duermas tranquila", me dijo mi fuente. "Porque no debes de haber dormido muy bien últimamente. (¿cómo lo sabía? ¿acaso era otro de mis lectores silenciosos? Tal vez pensó en las propiedades calmantes de las azufaifas...). "Confía en mí", dijo. "Por los movimientos que observo en la otra parte, estamos en el buen camino."
Luego bajé y estuve viendo al azufaifo desde dentro, aprovechando la entrada de un programa de la TV1 que filmaban unos jóvenes cafres, totalmente analfabetos. Los pobres no sabían ni construir una frase, pero tampoco quisieron hablar con el jardinero experto ni con apenas nadie. Se refirieron a TV3 diciendo: "Bah, eso es una televisión regional... Nosotros somos toda España... Por eso sólo os damos un minuto, pero vosotros no hablaréis". Mientras esos jovencitos animaloides filmaban, ante la mirada desaprobadora de Ninca, yo contemplaba el árbol, allí de pie junto al jardinero y a un experto convocado por la parte contraria, la compañía. Yo miraba al árbol tan grande y armonioso desde allí abajo y oía hablar de las dos soluciones posibles.
"La solución española", la llamó el jardinero con su humanitaria ironía, sería modificar el proyecto arquitectónico, dejar un recuadro para el azufaifo, construir los cimientos con supervisión de un experto, cortando a mano para no dañar excesivas raíces, con cierto peligro para el árbol.
"La solución europea, la solución de cultura en el sentido de (culture) cultivo, de cuidar árboles, sería la solución ecológica, sostenible: expropiar todo el terreno, hacer una permuta con el propietario y crear un jardín para el azufaifo bicentenario, a su medida, su templo, la placeta del ginjoler..." (la que le he pedido al alcalde en una carta que publicaré en Polis más tarde). Eso sería lo que harían en Alemania o Francia.
Pero como el vestido, coses un lado y se descose otro. La máquina inmobiliaria no descansa. Al volver a casa tenía un mensaje de mi vecino escritor. "Sal a la terraza y mira", decía. "Están tirando la última casita del patio de manzana. El último jardín. Mira la baranda rota..." Y efectivamente. He intentado fotografiarla pero es ya tarde, creo que tengo una foto de ella entera, que podría buscar. El nuestro era un patio humildemente maravilloso, con esa belleza caótica de los patios de manzana de sant gervasi, que ya apenas existe, y ahora es tan feo, tan anodino... Y es que matan la belleza con saña, como pisando un hormiguero. "Me jubilaré y me iré a vivir al campo", concluyó mi vecino. Yo no podré jubilarme, y dentro de poco tendré que irme de aquí sin más opción, y no volveré a ver este patio.
¿Por qué el dinero tiene que ir asociado a esa fealdad "sans frontières d'arbres ni d'eaux, comme un cancer malheureux, étalant ses ganglions de misère et de laideur..." ? Antes dinero significaba castillos, pazos gallegos, mansiones, y ahora sólo multiplica la fealdad junto a una opulencia excesiva y también de mal gusto, de una desproporción asombrosa.
Pensaba ir al cine y no fui, me quedé trabajando en la frescura silenciosa de la casa, sin obras ni helicóptero. Y encontré, al reverso, un comentario de alguien que confiesa estar en el mismo thriller que yo y cuya identidad sólo puedo adivinar, Sniperarborist, un francotirador de árboles aunque dicho al revés, bebiéndose un raki (rajia yugoslava?) a la salud de todos los árboles ejecutados sin nombre ni medios... y los que aún caerán, en esta fiebre de corrupción que está destruyendo el país, sin que salga ningún político a evitarlo. Es una imagen con cierta gracia literaria (se non è vero, è ben trovato), pero que retrata amargamente a todos los que enferman de tanto trabajar para el enemigo, enriqueciéndose tal vez o refugiados en la seguridad del funcionario, como tantos a los que hemos oído y nos han llamado en estas semanas: "Yo no puedo firmar..." "Yo negaré esto si me citáis, pero sabed que..." y que aluden a Parcs i Jardins como si fuera la mafia napolitana. Tal vez ni siquiera sea culpa de las instituciones, ya hizo el trabajo Franco, que ha dejado una cultura del miedo y un desierto de la crítica.