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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Desayuno con árboles y libros

Foto: I.N., Jardín Botánico, Madrid, 2009
Ayer estuve en la presentación de Kafka y el Holocausto, de Álvaro de la Rica, en La Central. Xavier Pla y Nora Catelli hicieron brillantes aproximaciones distintas al libro, desde el punto de vista de lo que es el ensayo, de la subjetividad que implica la escritura, de la libertad del género y de su vocación compositiva (Pla) y desde la perspectiva de los cruces entre la literatura, el pensamiento y la teología, o el abordaje cristológico de lo judaico en Kafka (Catelli), todo bien articulado con precisión crítica y humor afectuoso por Sergio Vila-San Juan, y finalmente, esa posición autoburlona, eliottianamente humilde pero cultísima que es la de Álvaro de la Rica, que aconsejó que no se tomara demasiado en serio su libro, citando la frase (Boris Groys?) de que la cultura son sólo rumores y tratando de explicar de dónde había surgido ese ensayo. "Hablar de Kafka es hablar de todos nosotros", escribía Blanchot. Y De la Rica contó una conversación suya con Vila-Matas donde los dos coincidieron en la misma sensación de que leyendo a Kafka, sentían que el libro les leía a ellos.
A ese encuentro tan sugerente siguió una cena magnífica y plagada de buenas conversaciones en un comedor subterráneo de uno de mis sitios preferidos de Ciutat Vella (un delicioso bacalao con tomate confitado), y de esa cena surgió inesperadamente el desayuno de hoy, en la casa de un escritor al que admiro y que fue amigo de mi padre, pero también amigo de Josep Pla, con su biblioteca proustiana para mí mítica y tantas veces descrita por otros, su ironía crítica que no deja títere con cabeza (cómo nos hizo reír anoche y cómo me gustó escuchar sus anécdotas de Josep Pla y el diálogo con XP) y su calidez, y esa casa maravillosa. Hablando del espíritu arboricida de este país y el extraño desdén por los viejos árboles que se veneran en toda Europa, su mujer, que fue coleccionista y marchante de arte africano, me ha contado que cuando el abuelo del escritor (que era un herrero y tenía una preciosa biblioteca: ¡eran otros tiempos!, y la han conservado intacta) compró la casa, le dijeron: "Esta higuera deberían cortarla, porque ya es muy vieja". Entonces, en 1904, ya era centenaria. El herrero no les hizo caso. Cuando el padre del escritor transformó lo que era el antiguo fregadero en la actual biblioteca proustiana, hicieron un pequeño patio para no cargarse la higuera, y ahí sigue, con sus gruesos troncos retorcidos y sus cosechas de higos buenísimos. Así que además del té, de una tienda de Ginebra cerca del musée Barbier-Mueller, y los croissants y la mermelada de moras hecha en casa y las conversaciones, he gozado de la visión de esos árboles, la compañía de los libros de Proust, su correspondencia, la bibliografía crítica, los recuerdos, y he admirado los dibujos originales y grabados de Luis Marsans sobre La Recherche, que penetraron su sensibilidad (hay un retrato del narrador niño enfermo en la cama, encogido y aprensivo, que recuerda al retrato fúnebre del escritor; pero también está Françoise, y Des Esseintes en pleno paseo, y la abuela con su mirada sutil, y alguien que parecía Madame Verdurin...), en ese entorno donde el arte africano, las piezas funerarias chinas de la dinastía han (un perfil de madera precioso y de una delicadeza expresiva que conmueve) y los tapices peruanos acompañan a algunos bien escogidos Tàpies y a los libros omnipresentes (confieso que en el cuarto de baño he leído una carta de Joseph Roth a Stefan Zweig, decidida a comprarme la correspondencia de Roth), con maravillosas ediciones originales y los escultóricos árboles del jardín, un palosanto cargado de frutos, además de la higuera que trepa por el tejado de la biblioteca, o el pino nonagenario que plantó el tío del escritor, enterrando un piñón. Yo les he llevado mi Crucigrama (por si sintieran curiosidad por el retrato de mi padre, al que querían) y La plaza del azufaifo, que ya tenían. "Ven cuando quieras", me han dicho al salir, "llamas y vienes a comer..." Y aunque yo jamás me he presentado en casa de nadie por sorpresa, y menos a comer, esa cortesía hospitalaria me ha alegrado el espíritu. Al volver, una llamada de la señora octogenaria que lidera la defensa de los almeces de la plaça Joaquim Folguera me ha anunciado que están cortando de cuajo todos los jóvenes almeces de la calle Vinarós, muy cerca de los nuestros, árboles que debieron plantar hace veinticinco o treinta años. Y es que el ayuntamiento ha decidido acabar con la desigualdad que otorgaba un poco más de verde a este barrio que al peor de Barcelona, y del mismo modo que convirtió la zona más silenciosa en el distrito más ruidoso, está logrando que el barrio más fresco y de mejor aire pase a ser el más contaminado de la ciudad, enterrando la memoria de lo que fue, haciendo desaparecer toda belleza, arquitectónica, urbana y natural e invadiéndolo todo de su fealdad de cemento. Todos aquellos que lo asumen y aceptan pasivamente ¿qué son? ¿Gente primitiva y salvaje o gente vencida y triste? Me he acordado de que al llegar a casa una noche, tarde, del tren de Madrid, en el contestador encontré un mensaje de M completamente delirante: repetía series numéricas sin sentido, me hablaba en plural, decía que ella no tenía dinero y que teníamos que colocar el dinero 9-3-0-2 en el 330 de una calle, "repito", decía, y enumeraba otra serie distinta: 0473, y seguía dictando números que yo copié absurdamente en un papel, y es que a veces no puedo evitar la sensación de que me habla con mensajes cifrados. Me pareció angustioso, pero era tarde para llamarla y cuando hablé con ella al día siguiente no recordaba los detalles, me dijo: "Es que creí que estabas en esta época". Yo bromeé que tal vez había viajado en el tiempo y pensé que es verdad, en cierto modo no me siento de este tiempo o de este lugar, y le conté que venía de Madrid y que en un momento dado, un amigo me llamó al móvil y me preguntó "dónde estás", le dije: "En la Castellana" y cuando fui a mirar a qué altura, estaba en Hermosilla, la calle de la infancia de M.
En el catálogo de Caspar David Friedrich leí que su hermano se ahogó intentando salvarle, de pequeños, y de cómo ese hecho terrible le marcó para siempre. Me hizo pensar en aquella frase de Goethe que citaba Wilde, añadiendo que "donde hay un dolor hay un suelo sagrado", y en la capacidad o el talento para exorcizarlo que algunos buscamos, o de cómo ese dolor se convierte a veces en (iluminación) materia de escritura o de creación. Hace unos días, un ejercicio escrito por una alumna de la conferencia de Maeve Brennan había captado esa idea mía obsesiva.
Lean en Polis un artículo de Francesc Arroyo de hace unos días donde se demuestra que la situación de Barcelona respecto a espacios verdes es de las peores del país y está muy por debajo de las recomendaciones de la OMS y es mucho peor a la situación de Madrid, contrariamente a lo que pretendía un autodenominado experto que ha venido a visitar este blog. Esta situación de nuestra pobre ciudad se verá agravada con el plan de talar todos los plátanos de la ciudad que anunciaban pocos días atrás. Ayer un profesor de la Universitat de Girona me dijo: "Yo creo que los socialistas detestan los plátanos". Dice que en Girona los están arrancando todos. Según él, a los socialistas sólo les gustan las palmeras. Yo creo que estos políticos detestan los árboles, la espesura, la frondosidad, la belleza y la historia. Sólo les gusta la fealdad grasienta que tan persuasivamente representa la estación de Sants. Y siguen destruyendo todo lo que no encaja en ese espíritu. Y destruyendo el verde de todo el país. ¿Es que nadie va a rebelarse?
Lean si quieren aquí mi reseña de ayer en La Vanguardia Cultura/s.
Yo me consolaré recordando mi segundo desayuno de hoy, y leyendo a Natsume Soseki para reseñar. He recibido El proyecto Lázaro de mi admirado Aleksandar Hemon, publicado por Duomo, junto con un libro de ensayos de William Boyd, que me inspira curiosidad -por sus cuentos Fascination- y gran reserva (vi una entrevista suya en Arte TV donde hablaba con furia misógina irracional contra Virginia Woolf -eso me pareció- y con gran admiración de Evelyn Waugh). Los pongo a la cola de mi atasco de lecturas erráticas. "Yo sólo he leído caprichosamente", le dije a Claudio Magris. "Es la mejor forma de leer", me dijo él, con esa elegante generosidad suya. Aún tengo para leer la novela de Jordi Bonells, la de Slavenka Drakulic, la de Cinta Arasa. Estos días llevo secretamente conmigo un ejemplar de mis cuentos. No puedo evitarlo. El peso de su presencia invisible en el bolso me alivia de forma misteriosa. La impaciencia de que lleguen a todas partes me agita constantemente, con un temblor interno. A veces siento como si me estuviera convirtiendo en árbol.

martes, 11 de marzo de 2008

La prisonnière


La prisionera de Proust vista por Van Dongen

No, no me estoy releyendo La prisonnière de Proust, ni tampoco estoy en el sofá leyendo para La Vanguardia. Me he pasado todo el día enclaustrada. He tenido que decir que no a la comida con Yelena Caterinova, me he excluido del plan del jueves expo y teatro con unos amigos, no he ido a yoga y aún tengo que anular más citas semanales. Tampoco tengo ocasión de intervenir en la interesante discusión de la lista de psicoanalistas. Es una semana infernal y tal vez lo sea hasta "passat festes". A veces tengo la impresión de que traduzco para gente que no puede valorar el trabajo que hago, las investigaciones, los hallazgos, el rigor. Siempre hay prisa para entregar, pero ninguna prisa para pagar. También tengo la impresión, como autora, de que los editores ansían los manuscritos y una vez los tienen se vuelven muy silenciosos (y ahí no incluyo a mi editor del azufaifo, que tiene buenas razones). Tal vez mi sentido del tiempo difiere mucho del de otros. Tal vez todo son pruebas para mi impaciencia, que me envían los dioses griegos, retándome como siempre.
Los obreros de arriba se han pasado la mañana dándole a una taladradora que me horadaba los oídos y la cabeza, y en cierto momento he puesto las magníficas Misas de Bruckner (regalo de Lydia O.) a todo trapo, en una especie de protesta bélica. Luego, silencio. Y mi brazo protestando también, dolorido.
Sólo deseo acabar con estas traducciones (Francesc Torres para el MACBA y Arata Isozaki para su estudio de Barcelona: su entrevista empieza con una fantasía loca muy sugerente) y correcciones telefónicas para poder tirarme a leer en el sofá, para La Vanguardia y para mí, y escribir mi germen de cuento de navidad perversa y dedicarme a mis escritos. Y que se vayan los habitantes de mi barrio, de vacaciones.
Lograda la gestión familiar, o eso parece. No sé qué harán los microorganismos en mi interior. Un comentarista de mi otro blog expone opiniones que no comparto en absoluto. Mi servidor ha estado haciendo de las suyas en el fin de semana y algunos de mis mensajes no llegaron nunca a su destino, así que he tenido que reenviar todos los de esos dos días, o casi, a riesgo de repetirme. Desde aquí pido disculpas a los damnificados.
A mediodía, una amiga escritora, novelista sólida, me ha contado su dilema, que vive con una mezcla de tristeza, rebeldía y agotamiento: si sigue escribiendo según su deseo, eso significará tal vez la incomprensión y el rechazo de algunos. Le he recordado a aquel Woody Allen donde huía de personajes reales que querían matarlo después de leer su novela. Un escritor escribe de cosas que le duelen y que pueden doler a otros. Transforma esas historias en otras, donde la estructura manda sobre la realidad, donde la propia verdad, la verdad literaria y simbólica, prevalece sobre los hechos reales. Algunos no lo comprenden ni lo aceptan. Pero un escritor tiene que seguir su necesidad y su deseo. Aunque eso suponga pelearse con quien sea. Claro que se puede posponer... sobre todo, hasta encontrar la distancia necesaria. Para mí, lo único importante es el resultado literario, si es bueno, todo está justificado. O casi todo. Lo dijo Faulkner en las entrevistas del Paris Review: un escritor debe ser implacable.
Me gustaría escapar, irme a las palmeras con playa desierta que dibuja Nmp en una ilustración preciosa y sutil, que me ha mandado para saber mi opinión. Pero me contentaré con pasar la semana santa por aquí, sin gestiones, sin llamadas de trabajo, ensimismada y viendo sólo a algunos amigos urbanitas.
Para consolarme pongo la portada de Van Dongen de una de mis ediciones de Proust. Sólo mirarla es recordar la impresión primera que tuve al leerlo. La atmósfera asfixiante del encierro al que se sometía Albertine. Su magnífica explicación de los celos (la suya y la de Colette en Le pur et l'impur! Y el libro de Deleuze Proust y los signos). Ya sé que hay gente insensible que nunca pudo entrar en Proust a quedarse y yo casi lo prefiero: lo he dicho alguna vez, ¡algunos libros preferidos casi prefiero no compartirlos!

sábado, 20 de octubre de 2007

Magdalenas



Foto: Toni Riera. Yo, a los veintifú, desde un mal ángulo y con un colocón considerable, en la inauguración del Studio 54, con las botas de Francis Montesinos, la falda de gamuza y un chaleco que encontré no sé dónde. Ah, y unos posavasos de piel de vaca como pendientes. A mi lado estaba una de mis hermanas, escultural y mucho más fotogénica que yo, pero no he querido incluirla sin su autorización. En la revista del Studio 54, el pie de foto de Carlos Bosch nos calificaba de "sabrosas"con nuestros nombres y apellidos, lo que entonces me pareció indignante y ahora me da risa.


Yo procuro hablar de Proust lo menos posible porque mi pasión por todo lo que escribió es uno de los escasos territorios que suscitan mi posesividad (con Baudelaire o con Maeve Brennan), y nunca querría compartirlo. Me costó mucho soportar que otros lo leyeran y me hablasen de él, para mí era algo secretamente mío y casi me consolaba que la gente dijera: "Oh, nunca pude con la Recherche..." Conozco a alguien que siempre quiere que todos lean lo que le ha gustado. Aunque últimamente nunca cumple sus amenazas de regalarme sus libros favoritos, ¿será que también se ha vuelto posesivo en ese terreno que le faltaba?


La cuestión es que hay desencadenantes de la memoria que producen una emoción incompartible y es inevitable pensar en la madeleine, pero la que se mojaba en la infusión de tila, y no la de Merimée.


Por ejemplo, un olor levemente dulce y ferruginoso que alguien me ayudó a identificar como la grasa de ascensores antiguos se encuentra en cada vez menos portales y a mí me aceleraba las pulsaciones y me trasladaba inmediatamente a la casa de mi abuela paterna (la materna nunca simpatizó conmigo, sino que más bien apoyó mi maltrato a manos de la Bruja de mi infancia), Maria Luisa, especie de princesa andaluza (cordobesa) siempre vestida de seda (todo lo demás le picaba), en invierno y verano, y preferiblemente de lunares, ella contándonos con su acento maravilloso el cuento de "Las tres monas" y enseñándonos sus aguamarinas, hasta que se retiraba a ordenar su mítico armario. Mi padre me dijo una vez que su madre parecía guardar algo muy interesante y misterioso con su armario, objeto de ocupaciones ocultas. "Bueno, os tengo que dejar, porque no podéis imaginar cómo tengo el armario..." Y su tono anticipaba un placer indescriptible, un entretenimiento lleno de contenidos interesantes, todos guardados en los estantes de aquel armario suyo.

También me recordaba a mi abuela el acento de Ocaña y su manera de contarme cosas del sur, y las yemas de Santa Teresa, que a mi abuela le perdían. De hecho, con su estilo dulce y aniñado, se murió después de un atracón. Dijo: "Ay, he comido demasiados dulces", se fue a echarse la siesta y ya no se levantó. Durante años, cada vez que iba a Madrid notaba el vacío al no poder ir a verla. También al pasar por la calle de Ayala, donde estaba su antigua casa, que ya no existe, la del portal con ascensor de hierro que olía dulce y fresco.

Ayer surgió otra de esas madeleines trempées dans le tilleul. Fui a ver a una amiga joven y embarazada que llevaba un vestido con botas marrones y sin medias. "Qué buena idea", le dije, porque en este tiempo tan inestable, donde el calor sucede al fresco o la tormenta, las medias molestan, y prefiero pasar del jersey a la seda de mi abuela, pero sin esas fibras intermedias que se pegan al cuerpo. Y los zapatos que acompañarían a mis vestidos corren peligro si de pronto arranca a llover. Ella me dijo que había descubierto esa posibilidad en una foto de Jennifer Aniston(!) Camino de casa, de pronto me di cuenta por qué me gustaba tanto la idea: no tenía que ver con un aspecto práctico, sino con mi obsesión por la memoria. De pronto surgieron, como aquella lluvia seca de ositos que caían del armario de G, o los secretos del armario de mi abuela Maria Luisa, muchas combinaciones de indumentarias de mi historia: a los 16 o 17, un vestido estampado en negro muy fino y algo hippioso, sin medias y con botas camperas; uno de seda amarilla con pájaros y flores chinas, con las mismas botas, o bien otro muy muy corto, negro, con pliegues casi monacales y manga corta abullonada que yo llevaba con unas Pielsa de caña baja (gentileza de mi tío Perico), y mucho más tarde, a los veintifú, unas botas planas de lona verde con minifalda en un avión, volviendo de Menorca con un artista conceptual con quien no recordaba haber ido nunca a Menorca, a un hotel ajardinado y solitario donde sólo había ingleses (ese recuerdo surgió también de mi amiga I. y su vestuario siempre estiloso). Y más tarde aún, en una época más punkie, las botas hasta medio muslo de imitación piel de vaca que me regaló Francis Montesinos con un trozo de gamuza atado a modo de falda, en la inauguración de la famosa discoteca neoyorquina en BCN. Y con esos atuendos, caían a la memoria las sensaciones de esas épocas donde la desesperada melancolía y la urgencia de evasión no podían separarse de los sueños atropellados y el hedonismo adolescente, y una pequeña pero honda convicción de que debía escribir, avasallada por mis sentimientos de culpa y mi baja autoestima...

Y ahora vuelvo a mis quehaceres, que he renunciado al concierto de piano de Rachmaninov matinal de mañana para preparar mi curso de posgrado de traducción en la UPF de la semana que viene, además de escribir y comprimir el texto de mi eterna conferencia madrileña y podar y espigar mi libro balcánico. Ayer leí una biografía maravillosa de la Ginzburg y se la he recomendado vivamente a una editora. On verra bien.


Por cierto, no se pierdan el vídeo freudiano-chino-sex-in-the-city que la sorprendente V ha colgado en su blog...

viernes, 27 de julio de 2007

El año que llegué a Barcelona


Foto: Manel Bosch, nevada de 1962.
No es extraño que me atraigan esas historias que me cuentan los octogenarios del barrio, que se acercan y dibujan con sus brazos y palabras otra ciudad distinta, la que está debajo del cemento y el asfalto de ahora, los raíles del tranvía, los adoquines, la tierra, todo lo que descubrí, como un arqueólogo, cuando excavaron la calle Muntaner: raíles y adoquines seguían allí, como estratos de la historia superpuesta, y al quitar el asfalto, ¡volvía a ser puro campo! Como si la ciudad moderna fuese sólo un simulacro. Casi podía oír los carruajes, ver las cabras, los viñedos, las huertas y jardines que llenaban Sant Gervasi.
Me gusta esa foto del año que llegué a Barcelona, en que la gran nevada me salvó un poco del horror de aquel colegio tan inmenso que salió en una novela, donde sólo el paisaje maravilloso era soportable.
Yo siempre he estado obsesionada con el pasado y de ahí mi atracción por la historia cuando estudiaba, que me llevó a desviarme durante un tiempo de la literatura. Por eso Proust me sacudió de esa manera y las teorías bergsonianas aplicadas a su historia fueron tan importantes para alimentar mi obsesión, para hacer más nítida aquella percepción de que había algo en el pasado como fuente de conocimiento, más allá de las trampas de la experiencia que señalaba T.S.Eliot en sus Four Quartets. Si mi pasado remoto, es decir la infancia, fue tan duro, me he preguntado muchas veces, ¿por qué esa fruición dulce de la nostalgia, sobre todo en la adolescencia? Mi conclusión momentánea es que se trata de una nostalgia de la esperanza que sentía entonces, una esperanza intensa, furiosa y ensoñada, sueños que latían con fuerza aún en medio de las sombras. No es que yo quisiera volver allí, a aquella inconsciencia salvaje, a aquella incapacidad de gestionar mi energía, a aquel dejarme arrastrar por un torbellino vital, pero aún ahora me asombra esa vitalidad desnuda y confusa de la adolescencia, donde el hedonismo gozoso no podía distinguirse de la autodestrucción y el peligro, o los extraños aprendizajes crueles de mi infancia, tan entrelazados al conocimiento, a la adquisición de una abstracta sagèsse o de un insight particular ya desde entonces, de un afinamiento de la propia manera de ver, a pesar del dolor o precisamente por el dolor.
Pero también porque pienso que la única identidad que puede racionalizarse y analizarse es la historia: individual y colectiva.
Con esta batalla por salvar un árbol (o por frenar el proceso de degradación de un barrio que fue bonito y humano y ya no lo es, excepto en muy pequeños rincones), los mayores me cuentan la historia y rescatan otra fisonomía, otro paisaje. Yo leo a ratos el libro de Elvira Farreras e intento imaginar lo que fue esta parte de la ciudad a través del tiempo. En un momento dado, la autora dice que se puso de moda hacer de ermitaño y que había cuevas famosas, donde aquellos anacoretas intentaban expiar sus pecados y buscar la santificación, incluso cita una cueva en Sant Cugat que aún se conserva, muy deteriorada (no quiero imaginar cómo ha cambiado su entorno, entonces tan solitario y boscoso; ya es increíble cómo ha cambiado Sant Cugat desde que yo estudiaba allí y era un pueblecito humano y agradable...). Pero la moda de los ermitaños en sus cuevas me encanta, una especie de hippies menos hedonistas; tengo un amigo fotógrafo que tal vez se apuntaría a esa costumbre saturnina, aunque no fuese para expiar nada, sino en una especie de retiro de sobriedad y silencio.
Y ahora, tras una larga conversación con una hermana lejana, ya no puedo repescar el hilo, así que lo dejo aquí.