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domingo, 22 de febrero de 2009

Pequeñas correcciones a una tendencia perversa

Foto pescada en Internet, sin firma, tranvía en las cocheras de la ciudad, tal vez en plena guerra
Anoche tenía un encuentro misterioso en las alturas. Un antiguo amigo a quien no había visto en veinticinco años me había citado en lo alto de la torre San Sebastián, allí donde antes se cogía el teleférico, quizás con la idea de que en aquella época, cuando la ciudad histórica estaba aún olvidada del mercado, Ciutat Vella era accesible y vacío de turistas, en el Born había almacenes de plátanos, café, grano y arroces, y nosotros nos sentábamos a leer o escribir en el silencio del Cafè de la Ópera o del Zurich, a los pies de esa torre estaban los modernistas Baños de San Sebastián y en lo alto había un barucho cutre pero subíamos al teleférico y contemplábamos las vistas solos, yo le dije: "Si ésta fuera otra ciudad de Europa, aquí habría un restaurante de moda". Ahora lo hay y un vigilante en la puerta impide que nadie sin reserva para cenar suba a ver las vistas espectaculares ni atraviese ese tránsito vertiginoso del ascensor con las olas del mar llegando a la orilla. Ahora lo hay, pero nada es como imaginábamos entonces.
Abajo, esa zona se ve completamente inhóspita, con ese estilo tercermundista que utiliza el ayuntamiento de Hereuville para dar paso al cemento y al dinero, obras con unas verjas hipercutres recubiertas de plásticos anaranjados y que sólo dificultan el acceso a los pobres transeúntes de la ciudad, sin ninguna consideración para ellos. Donde antes había arena y se divisaba ya el paisaje poético de la playa, han puesto además cemento y desde arriba parece una fea maqueta irreal. Pero el mar no han podido eliminarlo.
Nuestro encuentro fue como tenía que ser, resurgió enseguida la vieja afinidad, y todo, incluso las revelaciones inesperadas, me pareció encajar inteligentemente en la historia, de modo que lo más natural era reanudar nuestra conversación tras un largo paréntesis. Habíamos estudiado juntos, habíamos sido comunistas juntos, y juntos estábamos la mañana siguiente de la muerte del dictador que asfixió este país.
Y hablamos de la ciudad y de cómo las Ramblas habían sido nuestras, no imaginábamos entonces que lo perderíamos todo en esa pesadilla municipal de "la botiga més gran del món", enterradas deliberadamente las heridas sin curar y las marcas de lo ocurrido con gran desvergüenza histórica. Entonces imaginábamos que un día habría un memorial donde poner flores por los fusilados del Camp de la Bota y no que una construcción bochornosa se encargaría de asfixiar esa memoria. Pensábamos que el patrimonio arquitectónico y verde sería preservado, no podíamos sospechar que habría que luchar para que no cortasen los árboles ni los matasen con podas equivocadas y salvajes, ni que la institución que debía defenderlos se convertiría en un plantel de verdugos arboricidas.
Y hablamos de las pequeñas cosas que cada uno de nosotros hace para corregir simbólicamente esa tendencia perversa a la destrucción, a la burramia y el olvido. Aunque sólo sean microcorrecciones, aunque sólo sirvan para no enfermar, para encontrar sentido o para transmitir a otros que se puede reaccionar.
En cuanto al restaurante, nos pareció que la cena no estaba a la altura del precio o de las pretensiones, aunque eso no disminuye la generosidad ni la inspiración de mi amigo. Ponían la música tan alta como en una discoteca. Mi amigo pidió dos veces que bajasen el volumen. Han habilitado una checa helada y cutre para los fumadores, sin duda para avergonzarles y disuadirles de ese feo vicio (allí nadie resiste siquiera un cigarrillo entero), aunque estén obligados -gracias al gobierno de ZP- a consumir transgénicos y no limitar ni siquiera los pesticidas más peligrosos en la agricultura, y -gracias a nuestro ayuntamiento de hereuville-, a respirar en un aire altamente contaminado, soportar el ruido diurno de una ciudad desventrada por las obras y el tráfico.
Pero allí arriba (y en el vertiginoso ascensor) el espectáculo es maravilloso y emocionante: la ciudad iluminada, vibrante, extendiéndose por todas las paredes acristaladas, parecía recobrar sus raíces, su historia, y las luces nos hacían guiños de esperanza. Era como si la belleza de aquellas olas suaves y negras, con finas ondulaciones de espuma fosforescente, desmintiera y corrigiera todo lo equivocado. ¿O tal vez era nuestra conversación reanudada, que nos ofrecía una visión del tiempo llena de nuevos puzzles, de nuevos juegos de respuestas e interrogantes y claves para matizar lo vivido? Mi amigo sale en uno de mis cuentos, esos que, si todo va bien, aparecerán en este mismo año editorial. Ayer le dediqué un ejemplar de mi Crucigrama, y uno de La plaza del azufaifo, que había comprado para una lectora secreta de mi blog, y también El cec de l'Odissea, el bloqueig i un somni d'editors... Sólo le faltó traer Si un árbol cae para que le garabatease una dedicatoria, pero todo se andará...

viernes, 8 de febrero de 2008

Anoche

Ilustración: Retrato de Erik Satie, de Santiago Rusiñol (info cedida por el blogger Impromptu)
Alguien me escribió para avisarme de que planean talar un venerable pimentero falso, un magnífico Schinus molle, un lentisco del Perú, un pobre árbol centenario que creció y sigue erguido, pero amenazado, en el Passatge Méndez-Vigo de Barcelona. Me preguntaba si podía ayudarle. Le di algunas recomendaciones y direcciones. Aquí no existe un partido verde (sólo un simulacro que contribuye a la tala antibernhardiana), ni activistas verdes (los de Greenpeace están demasiado ocupados con tanto vertido de petróleo, por ejemplo, y no dan a basto) ni apenas nadie a quien recurrir, sólo a la buena voluntad de algunos. No hay un movimiento ciudadano resistente como los que recuperan jardines en Nueva York o en otras ciudades del mundo. Sólo algunos periodistas y escritores. Eso sí, la gente sigue creyendo que (pese al ruido y el polvo y la destrucción progresiva e implacable) Barcelona es la mejor ciudad del mundo para vivir: esa frase escuché ayer en el centro de yoga. Lo curioso es que nadie sabe dar ninguna razón, aparte del clima. A mí me recuerdan siempre a aquel personaje proustiano que sigue comprando los pastelillos en el mismo lugar, sin darse cuenta de que hace años que dejaron de ser buenos.
Luego estuve leyendo a Zweig sobre Hölderlin, Kleist y Nietzsche, en ese libro dedicado a Freud. Decía: "Todo espíritu creador cae infaliblemente en lucha con su demonio, y esa lucha es siempre épica, ardorosa y magnífica. Muchos son los que sucumben a sus abrazos ardientes... Sólo al que crea algo le es dado trasladar esa lucha demoníaca desde los oscuros repliegues de su sentimiento a la luz del día, al idioma. Pero es en los que sucumben en esa lucha en quienes podemos ver más claramente los rasgos pasionales de la misma, sobre todo en el poeta arrebatado por el demonio... cuando el demonio reina como amo y señor en el alma de un poeta, surge, cual una llamarada, un arte característico: arte de embriaguez, de exaltación, de creación febril... el frenesí sagrado que los griegos llamaron mania y que se da sólo en lo profético o en lo pítico."
Pero que nadie crea que Zweig defiende el mito del escritor vencido necesariamente por sus demonios, de hecho contrapone a esas tres figuras a Goethe, como afirmación de la vida e imposición de su sueño al mundo (aún no he llegado a la parte de Nietzsche para saber sus términos; conozco mejor la figura de Hölderlin, leí el magnífico El autor y su editor, de Siegfried Unseld (correspondencia y paseos del editor con Walser, visitas a Hölderlin, cartas de Kafka), y también la terrible correspondencia de H. con su madre, y no coincido con Zweig cuando la llama "bondadosa", sino que me parece más culpable que la de Panero, candidata al concurso de madres malvadas del que hablaba mi amiga escultora. Y todo eso lo leí después del encantamiento precoz que había sido para mí Hiperión, que se ha transformado en un recuerdo de contornos imprecisos pero igualmente intenso, un recuerdo de mi propio émerveillement, leyéndolo en el autobús, el metro, el borde de la cama, hace muchos años, antes de G., justo antes de entrar en Seix Barral(?)). Zweig acoge y comprende todas las opciones, mucho sabe él de esa lucha interna, a la que no sobrevivirá. Su sensibilidad no le permite ser indiferente a esos jóvenes ardientes que se consumen pronto, como Shelley o el hermoso romántico Kleist, pero tampoco a esa otra forma de morir en vida de ese mensajero de los dioses que es Hölderlin. La dedicatoria a Freud es de sincera admiración, Zweig no cree en el pretexto de Rilke de que el psicoanálisis matará a sus demonios y con ellos morirán sus ángeles; sabe que el psicoanálisis no acaba con ellos, sólo da tal vez unos instrumentos para verlos con más claridad, prismáticos o lupas como las de Combray, aparejos para manejarse y negociar.
Sigue Zweig: "Lo primero que salta a la vista en Hölderlin, Kleist y Nietzsche es su alejamiento de las cosas del mundo... Son nómadas por naturaleza, eternos vagabundos, externos a todo, extraños, menospreciados, y su existencia es completamente anónima. No poseen nada en el mundo: ni Kleist ni Hölderlin ni Nietzsche han tenido jamás una cama que les fuera propia; nada es suyo; alquilada es la silla en la que se sientan, alquilada es la mesa en la que escriben... No echan raíces en ninguna parte, ni aun el amor logra atarlos de modo duradero... Sus amistades son frágiles; sus posiciones, poco fijas; su trabajo no es remunerador; están como en el vacío, y el vacío les rodea por todas partes. Su vida tiene algo de meteoro, de estrella errante en eterna caída; no así la vida de Goethe, que forma una línea clara y definida. Goethe sabe arraigar y cada vez más hondas se hunden sus raíces. tiene mujer y tiene hijos, y lo femenino florece siempre a su alrededor."
Y en cambio los que conocieron al Hölderlin joven hablan de "aquella distinción de todo su ser...", todo lo que abandonó en su locura (en esa evolución de la elegancia al abandono, no puedo evitar asociarle a Maeve Brenann).
También, huyendo de la melancolía que me produce el imposible rescate (Hölderlin, pero también Zweig), que me parece hablar de mí (aunque fuera de una yo anterior), leí unas páginas del libro de Manuel Baldiz, El psicoanálisis y las psicoterapias y me gustó comprobar cómo se puede aclarar las cosas desde el principio y hacer difusión sin dejar de ser inteligente y lleno de matices, con referencias que muestran su cultura, su humor irónico y su criterio.
Escribo esto rodeada del ruido de las obras en la escalera, que no se acaban. Leo en el suplemento del New York Times de ayer de unas estruendosas bicicletas caribeñas que proliferan en Queen's con formidables equipos de sonido de montones de decibelios. Acabo preguntándome qué es peor, como aquel juego al que jugaba una antigua amiga, siempre preguntando: ¿qué prefieres? entre dos supuestos siempre indeseables (trabajar en una obra del metro o en una fábrica tóxica, por ejemplo), y yo siempre elegía una tercera opción (ser jardinera), que para ella no valía. ¿Qué será de los que no soportamos el ruido, en esta ensordecedora Barcelona, si además nos talan los árboles, nos quitan la sombra y procuran que no vuelva a llover? Si hasta las bicicletas, que eran silenciosas como gatos, se arman de estrépito...
Confieso que mi rebelión contra mis tareas alimenticias (de traducción) crece. Me parece que pierdo el tiempo traduciendo cuando sólo debería escribir. Y por otra parte, huyo de mis obsesivas inspiraciones y soplos al oído al cerrar los ojos, como una escena que surge en la ducha matinal y que tengo que escribir. Y los remates de mi libro balcánico. No sé qué será de mí, entre el ruido y la carestía y las luchas con mis demonios y una extraña alegría burlona que me posee a ratos (¿será porque mi mirlo favorito ha empezado a cantar todas las tardes desde el ciprés de enfrente, justo cuando se callan las grúas?)
Tengo que ir a ver a ese pobre árbol amenazado, falso pimentero de sombra generosa, del pasaje Méndez Vigo.

viernes, 27 de julio de 2007

El año que llegué a Barcelona


Foto: Manel Bosch, nevada de 1962.
No es extraño que me atraigan esas historias que me cuentan los octogenarios del barrio, que se acercan y dibujan con sus brazos y palabras otra ciudad distinta, la que está debajo del cemento y el asfalto de ahora, los raíles del tranvía, los adoquines, la tierra, todo lo que descubrí, como un arqueólogo, cuando excavaron la calle Muntaner: raíles y adoquines seguían allí, como estratos de la historia superpuesta, y al quitar el asfalto, ¡volvía a ser puro campo! Como si la ciudad moderna fuese sólo un simulacro. Casi podía oír los carruajes, ver las cabras, los viñedos, las huertas y jardines que llenaban Sant Gervasi.
Me gusta esa foto del año que llegué a Barcelona, en que la gran nevada me salvó un poco del horror de aquel colegio tan inmenso que salió en una novela, donde sólo el paisaje maravilloso era soportable.
Yo siempre he estado obsesionada con el pasado y de ahí mi atracción por la historia cuando estudiaba, que me llevó a desviarme durante un tiempo de la literatura. Por eso Proust me sacudió de esa manera y las teorías bergsonianas aplicadas a su historia fueron tan importantes para alimentar mi obsesión, para hacer más nítida aquella percepción de que había algo en el pasado como fuente de conocimiento, más allá de las trampas de la experiencia que señalaba T.S.Eliot en sus Four Quartets. Si mi pasado remoto, es decir la infancia, fue tan duro, me he preguntado muchas veces, ¿por qué esa fruición dulce de la nostalgia, sobre todo en la adolescencia? Mi conclusión momentánea es que se trata de una nostalgia de la esperanza que sentía entonces, una esperanza intensa, furiosa y ensoñada, sueños que latían con fuerza aún en medio de las sombras. No es que yo quisiera volver allí, a aquella inconsciencia salvaje, a aquella incapacidad de gestionar mi energía, a aquel dejarme arrastrar por un torbellino vital, pero aún ahora me asombra esa vitalidad desnuda y confusa de la adolescencia, donde el hedonismo gozoso no podía distinguirse de la autodestrucción y el peligro, o los extraños aprendizajes crueles de mi infancia, tan entrelazados al conocimiento, a la adquisición de una abstracta sagèsse o de un insight particular ya desde entonces, de un afinamiento de la propia manera de ver, a pesar del dolor o precisamente por el dolor.
Pero también porque pienso que la única identidad que puede racionalizarse y analizarse es la historia: individual y colectiva.
Con esta batalla por salvar un árbol (o por frenar el proceso de degradación de un barrio que fue bonito y humano y ya no lo es, excepto en muy pequeños rincones), los mayores me cuentan la historia y rescatan otra fisonomía, otro paisaje. Yo leo a ratos el libro de Elvira Farreras e intento imaginar lo que fue esta parte de la ciudad a través del tiempo. En un momento dado, la autora dice que se puso de moda hacer de ermitaño y que había cuevas famosas, donde aquellos anacoretas intentaban expiar sus pecados y buscar la santificación, incluso cita una cueva en Sant Cugat que aún se conserva, muy deteriorada (no quiero imaginar cómo ha cambiado su entorno, entonces tan solitario y boscoso; ya es increíble cómo ha cambiado Sant Cugat desde que yo estudiaba allí y era un pueblecito humano y agradable...). Pero la moda de los ermitaños en sus cuevas me encanta, una especie de hippies menos hedonistas; tengo un amigo fotógrafo que tal vez se apuntaría a esa costumbre saturnina, aunque no fuese para expiar nada, sino en una especie de retiro de sobriedad y silencio.
Y ahora, tras una larga conversación con una hermana lejana, ya no puedo repescar el hilo, así que lo dejo aquí.

jueves, 26 de julio de 2007

Agit-prop


Foto: Linda Danz, Beach chairs, 2006
No logro trabajar, interrumpida por los teléfonos del azufaifo. Tendría que pedir una subvención a alguna asociación arbórea, o una ong. Otra vez me veo homeless durmiendo al pie del azufaifo... En fin. Pero para el árbol, las noticias -todas de agitación, ninguna oficial, por el momento- son buenas.
Organizamos un festival para conseguir la Placeta del Ginjoler. Tenemos ya poetas: Enric Casassas, Carles Hac Mor, casi que también Josep Pedrals, también Dante Bertini, músicos -Feliu Gasull-, y la última noticia es que Aurora Altisent va a dibujarnos a nuestro ginjoler, porque la idea de la Placeta le gusta. Ella vive muy cerca del azufaifo y su libro de La Barcelona tendra, con aquellos textos magníficos de Alexandre Cirici (Cirici! una figura importante para mi adolescencia; el dibujante secreto del diccionario de latín, padre de mi ex cuñado y abuelo de mis sobrinos, sus historias de El temps barrat y Nen, no t'enfilis, cuando anotaba en su cuaderno las combinaciones de colores que llevaban las gitanas en la calle; o dibujaba un edificio convertido en cuartel, y le tomaron por espía y le encerraron en un calabozo; o su manera de consolar a Carlos Pazos tras un varapalo crítico, diciéndole que si esos críticos le ponían verde sólo era la confirmación de que iba por buen camino; o su manera de dar un contexto a cualquier cosa que le enseñáramos asociándolo a la China antigua o a Grecia y a la vez siempre a lo contemporáneo... O su mirada fija y penetrante, al otro lado de la mesa... Entonces me parecía una especie de enciclopedia animada y con un espíritu distinto, más vivo), ese libro sigue siendo un favorito.
Han venido a filmarnos al pie del árbol los de La Sexta, y con invitados de excepción, Joan Bordas, que siempre comunica bien su sabiduría empírica de los árboles, el librero de la calle Berlinès, la sabia y resplandeciente V, nuestro amigo y memoria del barrio Josep Maria Bosch, la también radiante Lola, Marieta con su humor generoso y unos cuantos más, y la propia Aurora Altisent, que ha contado también cosas del barrio, todos gente interesante, excepto una señora fea y vociferante que ha venido chillando a decirnos que el propietario tiene razón y que sobra verde y hay que dejar que la gente construya lo que quiera. "Usted váyase a Mitre, allí se sentirá bien, en ese festival de cemento", le decía V, pero la pobre mujer quería salir en la tv gritando a favor de la propiedad y contra los árboles. Ella no tenía dinero, pero soñaba que lo tenía y se lo quitaban unos ecologistas radicales. Debía de ser una de esas personas que Cachodepan escuchó en la Ser, pidiendo que talaran los árboles de la calle. ¿Se habrán comprado unas escafandras con oxígeno, último modelo, para que sus hijos respiren cuando ya no quede ninguno? ¿Serán mutantes, los nuevos habitantes de un mundo feliz ruidoso, dopado y polvoriento?
Mañana los de Localia.
En la discusión sobre si podemos considerar que el Ziziphus jujuba una especie autóctona, difieren los teóricos y los que tienen un conocimiento empírico. Dice Joan Bordas que Sicilia, que es uno de los lugares donde hay más especies autóctonas, lo es porque hay mucho paso de pájaros, que abonan el suelo y dejan así las semillas de esas especies. Dice él que si en vez de los pájaros lo trajeron los hombres, pero lo trajeron de lugares donde hay clima mediterráneo, ciertas regiones de la China (como también ocurre en Australia), y el árbol se adaptó rápidamente porque está en su ambiente, ¿por qué no considerarlo autóctono? También dice que las azufaifas, que ahora no se comen tanto por aquí porque no están de moda, sí que sirven de alimento a muchos pájaros y mamíferos pequeños, animales que necesitamos conservar. Según él, los teóricos, hasta que no está todo escrito y recogido en la literatura especializada, no lo aceptan. ¿Tal vez la experiencia dé un saber más abierto...?
Y también mañana nos recibirá la nueva regidora del distrito. Tal vez entonces tendremos más noticias.

miércoles, 18 de julio de 2007

Otra imagen del azufaifo

Foto: Manel Torres, retrato de Joaquima, delante del azufaifo de Arimón, hace 50 años


Yo disiento de los que dicen que hay que preservar sólo algunos edificios catalogados, sólo algunos árboles singulares y monumentales. Para mí las ciudades son lugares donde la historia se deposita en estratos y no comprendo esa arrogancia de los arquitectos y urbanistas, convencidos de que sus intervenciones y obras, incluso los bloques de pisos mediocres, construidos con materiales forzosamente más baratos que la piedra, el mármol, el hierro y la madera de antes, tienen más sentido que todo lo anterior y se sienten con derecho a derruirlo todo. Me gusta esa otra imagen del azufaifo.

Puedo comprender que haya que sacrificar algunas cosas, pero como excepción, no como regla. A mí me gustaba más la ciudad de mi infancia, aunque no fuera nuestra, sino de la policía (y eso no lo añoro). No es que no reconozca algunos logros de la Barcelona de Maragall, las fachadas y esgrafiados limpios, el mar azul en lugar de aquella negra balsa de petróleo, algunas mansiones privadas recuperadas y hechas públicas, las primeras restauraciones de Ciutat Vella, la recuperación del mar para La Mina y el Besòs...

Pero después, he visto caer edificios como muelas arrancadas, casitas con jardines, no sólo mansiones y palacios, edificios bonitos y dignos o casitas populares con aire casi rural, para ser sustituidos por mala arquitectura y densa fealdad que se extiende como les ganglions de misère de Camus. Y en esas sustituciones también se borraba la historia de la ciudad, convirtiéndola en una gran galería comercial, muda de signos inteligentes.

Contemplo una panorámica del Sant Gervasi de antes de la guerra, con el Putxet lleno de bosques de pinos frondosos, que nos han enseñado dos amables señores republicanos y progresistas de Sant Gervasi, Torres y Bosch. Me gustaba más que ahora el tren de Sarrià con su estación al aire libre en lugar de esa verde pesadilla de baldosas kitsch, o las aceras llenas de hojas del passeig de la Bonanova, o la frescura de los árboles al pasar frente a la antigua Escola de Puericultura abandonada (ahora convertida en bonsai Vil·la Florida, con su fea reforma), o la quietud de la plaza Lesseps, o la sensación de que se podía pasear por la ciudad y pensar (la figura ya imposible del flaneûr) o la visión manchesteriana del Poblenou y su patrimonio industrial del XIX y principios del XX, o aquellos márgenes pre-Rondas o el final de la ciudad donde viví.

Yo quería seguir viendo el país republicano que no conocí y sus restos. Recordar una Barcelona menos compradora y autocomplaciente, la Barcelona revolucionaria o la Barcelona social, crítica, resistente, que ya no existe. Desde casa de mi madre en la Diagonal veía el antiguo Hospital de san juan de dios y en el patio había un rótulo rojo y negro que curiosamente nadie se había molestado en quitar: "Hospital del proletariado, CNT/FAI", decía, y yo lo contemplaba con los prismáticos desde mi balcón, con una emoción adolescente y roja.

Cuando llegué a esta casa, el patio de manzana estaba lleno de jardines semiabandonados y casitas. Ahora no queda nada, sólo nuevos edificios feos con patios de cemento o baldosas (queda, sí, el jardín de suelo de pizarra, con un ciprés gigante: hoy he visto posarse un pájaro enorme y gris, con cola larga, como un buen augurio). Tan impersonales como la gente ignorante que los habita. Por eso prefiero a los octogenarios, que vivieron en ese otro mundo.
Necesito el paisaje del pasado para refugiarme, la historia me reconforta, ante los barrios nuevos siento un extrañamiento, me veo a la intemperie, oteando, como quien busca la protección y la sombra de los árboles o como los peces que boquean fuera del agua. Una amiga mía huía de las casas viejas porque según ella tenían fantasmas. A mí me tranquilizan esos fantasmas, imagino que estarán plácidos en su sitio en lugar de ver sus huesos y su dignidad falseados y borrados, como los fusilados en el Camp de la Bota bajo la mentira del Fòrum. Sigo creyendo que la historia, vista o rastreada en las calles, en la silueta de las casas y en los nombres, da significados necesarios para orientarse. La memoria está también en esa arquitectura y ese paisaje que nuestros urbanistas desdeñan y entregan a las constructoras.

Mañana pondré los links. Ahora me voy a acabar los Cuentos de Odessa de Isaak Babel, esas historias de judíos rusos, donde las crueldades y la dureza de todo se mezclan y atropellan con el asombro de su mirada y la excentricidad y locura de sus personajes, son cuentos al galope, en una especie de cabalgata histórica de pequeñas trayectorias y mi admiración hipnotizada me lleva a doblar páginas y marcar o anotar frases que son epifanías.


Mañana el azufaifo en tv3 a las 10am.