La prisionera de Proust vista por Van Dongen
No, no me estoy releyendo La prisonnière de Proust, ni tampoco estoy en el sofá leyendo para La Vanguardia. Me he pasado todo el día enclaustrada. He tenido que decir que no a la comida con Yelena Caterinova, me he excluido del plan del jueves expo y teatro con unos amigos, no he ido a yoga y aún tengo que anular más citas semanales. Tampoco tengo ocasión de intervenir en la interesante discusión de la lista de psicoanalistas. Es una semana infernal y tal vez lo sea hasta "passat festes". A veces tengo la impresión de que traduzco para gente que no puede valorar el trabajo que hago, las investigaciones, los hallazgos, el rigor. Siempre hay prisa para entregar, pero ninguna prisa para pagar. También tengo la impresión, como autora, de que los editores ansían los manuscritos y una vez los tienen se vuelven muy silenciosos (y ahí no incluyo a mi editor del azufaifo, que tiene buenas razones). Tal vez mi sentido del tiempo difiere mucho del de otros. Tal vez todo son pruebas para mi impaciencia, que me envían los dioses griegos, retándome como siempre.
Los obreros de arriba se han pasado la mañana dándole a una taladradora que me horadaba los oídos y la cabeza, y en cierto momento he puesto las magníficas Misas de Bruckner (regalo de Lydia O.) a todo trapo, en una especie de protesta bélica. Luego, silencio. Y mi brazo protestando también, dolorido.
Sólo deseo acabar con estas traducciones (Francesc Torres para el MACBA y Arata Isozaki para su estudio de Barcelona: su entrevista empieza con una fantasía loca muy sugerente) y correcciones telefónicas para poder tirarme a leer en el sofá, para La Vanguardia y para mí, y escribir mi germen de cuento de navidad perversa y dedicarme a mis escritos. Y que se vayan los habitantes de mi barrio, de vacaciones.
Lograda la gestión familiar, o eso parece. No sé qué harán los microorganismos en mi interior. Un comentarista de mi otro blog expone opiniones que no comparto en absoluto. Mi servidor ha estado haciendo de las suyas en el fin de semana y algunos de mis mensajes no llegaron nunca a su destino, así que he tenido que reenviar todos los de esos dos días, o casi, a riesgo de repetirme. Desde aquí pido disculpas a los damnificados.
A mediodía, una amiga escritora, novelista sólida, me ha contado su dilema, que vive con una mezcla de tristeza, rebeldía y agotamiento: si sigue escribiendo según su deseo, eso significará tal vez la incomprensión y el rechazo de algunos. Le he recordado a aquel Woody Allen donde huía de personajes reales que querían matarlo después de leer su novela. Un escritor escribe de cosas que le duelen y que pueden doler a otros. Transforma esas historias en otras, donde la estructura manda sobre la realidad, donde la propia verdad, la verdad literaria y simbólica, prevalece sobre los hechos reales. Algunos no lo comprenden ni lo aceptan. Pero un escritor tiene que seguir su necesidad y su deseo. Aunque eso suponga pelearse con quien sea. Claro que se puede posponer... sobre todo, hasta encontrar la distancia necesaria. Para mí, lo único importante es el resultado literario, si es bueno, todo está justificado. O casi todo. Lo dijo Faulkner en las entrevistas del Paris Review: un escritor debe ser implacable.
Me gustaría escapar, irme a las palmeras con playa desierta que dibuja Nmp en una ilustración preciosa y sutil, que me ha mandado para saber mi opinión. Pero me contentaré con pasar la semana santa por aquí, sin gestiones, sin llamadas de trabajo, ensimismada y viendo sólo a algunos amigos urbanitas.
Para consolarme pongo la portada de Van Dongen de una de mis ediciones de Proust. Sólo mirarla es recordar la impresión primera que tuve al leerlo. La atmósfera asfixiante del encierro al que se sometía Albertine. Su magnífica explicación de los celos (la suya y la de Colette en Le pur et l'impur! Y el libro de Deleuze Proust y los signos). Ya sé que hay gente insensible que nunca pudo entrar en Proust a quedarse y yo casi lo prefiero: lo he dicho alguna vez, ¡algunos libros preferidos casi prefiero no compartirlos!
