viernes, 27 de julio de 2007

El año que llegué a Barcelona


Foto: Manel Bosch, nevada de 1962.
No es extraño que me atraigan esas historias que me cuentan los octogenarios del barrio, que se acercan y dibujan con sus brazos y palabras otra ciudad distinta, la que está debajo del cemento y el asfalto de ahora, los raíles del tranvía, los adoquines, la tierra, todo lo que descubrí, como un arqueólogo, cuando excavaron la calle Muntaner: raíles y adoquines seguían allí, como estratos de la historia superpuesta, y al quitar el asfalto, ¡volvía a ser puro campo! Como si la ciudad moderna fuese sólo un simulacro. Casi podía oír los carruajes, ver las cabras, los viñedos, las huertas y jardines que llenaban Sant Gervasi.
Me gusta esa foto del año que llegué a Barcelona, en que la gran nevada me salvó un poco del horror de aquel colegio tan inmenso que salió en una novela, donde sólo el paisaje maravilloso era soportable.
Yo siempre he estado obsesionada con el pasado y de ahí mi atracción por la historia cuando estudiaba, que me llevó a desviarme durante un tiempo de la literatura. Por eso Proust me sacudió de esa manera y las teorías bergsonianas aplicadas a su historia fueron tan importantes para alimentar mi obsesión, para hacer más nítida aquella percepción de que había algo en el pasado como fuente de conocimiento, más allá de las trampas de la experiencia que señalaba T.S.Eliot en sus Four Quartets. Si mi pasado remoto, es decir la infancia, fue tan duro, me he preguntado muchas veces, ¿por qué esa fruición dulce de la nostalgia, sobre todo en la adolescencia? Mi conclusión momentánea es que se trata de una nostalgia de la esperanza que sentía entonces, una esperanza intensa, furiosa y ensoñada, sueños que latían con fuerza aún en medio de las sombras. No es que yo quisiera volver allí, a aquella inconsciencia salvaje, a aquella incapacidad de gestionar mi energía, a aquel dejarme arrastrar por un torbellino vital, pero aún ahora me asombra esa vitalidad desnuda y confusa de la adolescencia, donde el hedonismo gozoso no podía distinguirse de la autodestrucción y el peligro, o los extraños aprendizajes crueles de mi infancia, tan entrelazados al conocimiento, a la adquisición de una abstracta sagèsse o de un insight particular ya desde entonces, de un afinamiento de la propia manera de ver, a pesar del dolor o precisamente por el dolor.
Pero también porque pienso que la única identidad que puede racionalizarse y analizarse es la historia: individual y colectiva.
Con esta batalla por salvar un árbol (o por frenar el proceso de degradación de un barrio que fue bonito y humano y ya no lo es, excepto en muy pequeños rincones), los mayores me cuentan la historia y rescatan otra fisonomía, otro paisaje. Yo leo a ratos el libro de Elvira Farreras e intento imaginar lo que fue esta parte de la ciudad a través del tiempo. En un momento dado, la autora dice que se puso de moda hacer de ermitaño y que había cuevas famosas, donde aquellos anacoretas intentaban expiar sus pecados y buscar la santificación, incluso cita una cueva en Sant Cugat que aún se conserva, muy deteriorada (no quiero imaginar cómo ha cambiado su entorno, entonces tan solitario y boscoso; ya es increíble cómo ha cambiado Sant Cugat desde que yo estudiaba allí y era un pueblecito humano y agradable...). Pero la moda de los ermitaños en sus cuevas me encanta, una especie de hippies menos hedonistas; tengo un amigo fotógrafo que tal vez se apuntaría a esa costumbre saturnina, aunque no fuese para expiar nada, sino en una especie de retiro de sobriedad y silencio.
Y ahora, tras una larga conversación con una hermana lejana, ya no puedo repescar el hilo, así que lo dejo aquí.

8 comentarios:

el objeto a dijo...

yo retomaba este año con cierta intensidad la nostalgia de mis dieciocho a los veinte, precisamente por eso, no por los sucesos de esos años sino por la esperanza, como tú bien dices, intensa y ensoñada,... todo era posible, el mundo estaba ahí esperando a que lo recorriese, lo descubriese... y aún me pregunto qué significa esa nostalgia, qué papel juega ahora, si he de dejar ir algo, o al contrario retomarlo, reinventarlo, como la historia con ese árbol que, aunque suene exagerado, creo nos permite reinventar la ciudad y la vida en ella

zbelnu dijo...

Creo que sí, que tú misma te has contestado, diría que se trata de retomar, reinventar, reconvertir, como las piezas de construcción con las que juegan los niños, cambiar las formas, hacer y deshacer, o como las sobras de comida reelaboradas y mejoradas en otro plato, el rape frío con mayonesa...

cacho de pan dijo...

me repito:
ay, que difícil es contener la melancolía para que no se desboque...
y agrego: arrastrándonos al precipicio de la desesperación.

zbelnu dijo...

Pero si yo estoy feliz con mis nostalgias, Cachodepan... No sé por qué estoy feliz, este calor, de pronto me gusta y ahora, la idea de irme a tu isla (he cambiado planes, me voy pallá, casa prestada y bici) me alegra aún más, aunque aún no sé qué haré con mi pobre gata...

g. dijo...

oh! oh! ohhhhh !!! Pero si eso es lo que estoy viendo ahora mismo desde la terraza de mi casaaaa! (hermoso como siempre....;-)

g. (bis) dijo...

que viva Barcelonaaa! que viva y visca per sempre ! amo y amo este lugar esta ciudad este sol esta rabia, esta lluvia que no hay y sin embargo no para. y suena pulp en mi mac y......me enamora esa imagen, y todo en ella barcelona, y vos mi ciudad amada inmaculada, mácula que no importa, que no duele y no cesa....gracias....;-)

zbelnu dijo...

muy maculada... yo siempre con mi antiheimat, ese amor-odio, amourhaine por mi ciudad, inspiración de mi escritura, pero ciudad destruida, rota, siempre falseada, enterrada bajo el espíritu del cemento

g (tris) dijo...

sí, yo es que....hasta próximo aviso paso por un ataque de amor desmesurado por ella...(dije "hasra próximo aviso" y espero que nunca llegue ese aviso...;-)