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jueves, 2 de abril de 2009

Misteriosa reaparición de Sant Jordi

No sé quién me hizo la foto. Soy yo, en mi papel de Sant Jordi en la Universidad, fiesta de la I primavera democrática, 1976
Ayer G. me pidió que le ayudara bibliográficamente para un trabajo de lingüística y estructuralismo, temas que yo tengo bastante oxidados. Cuando me enseñó las citas que podía escoger como punto de partida vi una de Helena Calsamiglia y Amparo Tusón. Éstas eran profesoras mías, le dije a G, y por un azar de las cosas le conté que Helena me había escrito hacía poco preguntándome si no tendría una foto mía disfrazada de Sant Jordi en una fiesta de la primavera de hace al menos treinta años, luchando contra un dragón que formaba la mitad de la clase y con un esforzado caballo de seis personas. Le dije a G. lo que le había respondido a ella, que nunca había tenido esa foto y que sólo tenía un cuento, aún inédito, y ella me pidió que le mandara esa escena (para un libro que estaba escribiendo, tal vez unas memorias) pero me escribía desde Buenos Aires y como nunca me contestó, no supe si la había recibido.
El caso es que ayer rescaté de la estantería unos cuantos Saussure, Eco, Barthes y un librito de Manfred Bierwisch, editado por Gabriel Ferrater, titulado El estructuralismo: Historia, problemas, métodos. Y al abrirlo para buscar el índice apareció mágicamente... esta foto.
No es una buena foto. Apenas se ve. Pero parece como si el santo guerrero y ariano hubiera tenido un momento de meditación melancólica mientras pisaba triunfalmente al pobre dragón... Ahora lo comprendo. Yo nunca quise matar al dragón. Yo también me sentía monstruo... Y tal vez no me había recobrado por completo de la gripe.
Nunca le había hablado a G. de esa foto ni de Helena Calsamiglia, que años después, al encontrarme por la calle, aún me llamaba Sant Jordi. Fue la primera fiesta de la primavera tras la muerte de Franco, en la Facultad de Ciències de l'Educació, que entonces estaba en Sant Cugat, y a mí me eligieron misteriosamente para representar al patrono de los libros y del país.
Estaba enferma cuando lo decidieron y no supe nunca la razón. Había posibles Sant Jordis más viriles y con dos apellidos catalanes, pero me tocó a mí improvisar un disfraz para el día siguiente... En el cuento, el resto de la historia: si todo va bien, se publicará después del verano junto con el resto de cuentos.
Lo curioso es que justamente ayer por la tarde hablé por email con mis editores del libro balcánico (por consejo de mi editor del azufaifo) de si debería ir a firmar en SJ a alguna librería amiga que me quisiera incluir entre los suyos. Aunque eso siempre supone ver cómo los realmente famosos se hartan de firmar libros mientras una aprovecha para mirar el desfile de personajes.
No sé si tomarlo como un signo o ¿cómo le llaman mis amigos esotéricos? Sincronías... O pensar en Jung y los libros que cayeron cuando Freud y él discutían, o mejor, en aquello que decía Françoise Davoine de que si uno no expresa ciertas cosas, las expresa otro, o los muebles...
Plus tard...
Como ya dije, el 17 de abril presentaremos mi audiolibro Crucigrama con Carles Hac Mor en la galeria h2o de la calle Verdi.
Y (last minute news) el día de Sant Jordi firmaré libros balcánicos (y Azufaifos y Crucigramas quien los elija) de 13h a 14h en la mesa de La Central, Rambla Catalunya/Mallorca, ¡espero que venga un tropel de apoyo!
En su blog, Alejandro Gándara habla de Hemon y alude a mi libro en otro post.
Esta noche de 21h a 22h horas me entrevistarán en RADIO EUSKADI sobre Si un árbol cae.

viernes, 24 de octubre de 2008

El azufaifo en su jardín y la historia

Foto: Eph, el azufaifo, hace meses... 2008
Ayer al fin, gracias al esfuerzo mediático, al Avui y a Localia, alguien vino a desbrozar y llevarse la basura del jardín del azufaifo. Yo ni siquiera lo vi, pasé dos veces corriendo por su lado y entre los coches y la gente no pude acercarme a la otra acera. De noche, Abel me avisó por email, así que me puse los zapatos, después de ver la serie En terapia (que Rodrigo García sólo ha adaptado de una serie original israelí), de madrugada y lo vi.
Como todas las brigadas de limpieza, arrasaron y cortaron seguramente de cuajo el bosquecillo de azufaifos que había crecido alrededor. También desataron, quizás con furia, los lazos verdes reivindicativos que había atados a la reja.
Pero se veia tan radiante el árbol sin basuras ni ratas, al fin en su jardín (casi como antes, aunque sin su bonita reja ni la casa que lo protegía de construcciones siniestras) y ya no en un vertedero, sin ese abandono espantoso que recuerda el vandalismo analfabeto y zafio de este pobre país, muerto su espíritu en esa guerra y sañuda posguerra, cadáveres amontonados en las zanjas, sin nombre, y gente culpable que se opone con fiereza a que se sepa la historia, a que se reconozca lo que ocurrió y la justicia señale a los culpables, ¿de qué son culpables los que se niegan? ¿En qué se identifican con los agresores? Ayer escribí sobre esto aquí.
Me gustó tanto el jardín del azufaifo que respiré de otra manera esa noche.
Escribo deprisa; otra vez ha vuelto el blanco orejudo carrolliano con su reloj. Ayer un osteópata de Barbados se dio cuenta de que nuestra infancia se parecía (en los golpes y el abandono) y me contó una historia que me recordó a la de Jean Rhys. Me dijo que dejase los remedios para mi brazo y me fuese al bosque y abrazase los árboles y respirase. Turn your senses inward. No era el primero. Tú no estás enferma, me dijo. Hay una fuerza... Parecía contento con sus descubrimientos. Es verdad que llevo demasiado tiempo en la ciudad y hoy me toca una sesión maratoniana de dentista, que tal vez acabe de rematarme. Pero el azufaifo, él, parece tranquilo y armonioso.
Por cierto, el programa de Sánchez Dragó donde participé se verá el 15 de diciembre en Telemadrid o en el 91 de Canal Satélite. Si hoy muero en la silla del dentista os habré dejado un recordatorio.

viernes, 27 de julio de 2007

El año que llegué a Barcelona


Foto: Manel Bosch, nevada de 1962.
No es extraño que me atraigan esas historias que me cuentan los octogenarios del barrio, que se acercan y dibujan con sus brazos y palabras otra ciudad distinta, la que está debajo del cemento y el asfalto de ahora, los raíles del tranvía, los adoquines, la tierra, todo lo que descubrí, como un arqueólogo, cuando excavaron la calle Muntaner: raíles y adoquines seguían allí, como estratos de la historia superpuesta, y al quitar el asfalto, ¡volvía a ser puro campo! Como si la ciudad moderna fuese sólo un simulacro. Casi podía oír los carruajes, ver las cabras, los viñedos, las huertas y jardines que llenaban Sant Gervasi.
Me gusta esa foto del año que llegué a Barcelona, en que la gran nevada me salvó un poco del horror de aquel colegio tan inmenso que salió en una novela, donde sólo el paisaje maravilloso era soportable.
Yo siempre he estado obsesionada con el pasado y de ahí mi atracción por la historia cuando estudiaba, que me llevó a desviarme durante un tiempo de la literatura. Por eso Proust me sacudió de esa manera y las teorías bergsonianas aplicadas a su historia fueron tan importantes para alimentar mi obsesión, para hacer más nítida aquella percepción de que había algo en el pasado como fuente de conocimiento, más allá de las trampas de la experiencia que señalaba T.S.Eliot en sus Four Quartets. Si mi pasado remoto, es decir la infancia, fue tan duro, me he preguntado muchas veces, ¿por qué esa fruición dulce de la nostalgia, sobre todo en la adolescencia? Mi conclusión momentánea es que se trata de una nostalgia de la esperanza que sentía entonces, una esperanza intensa, furiosa y ensoñada, sueños que latían con fuerza aún en medio de las sombras. No es que yo quisiera volver allí, a aquella inconsciencia salvaje, a aquella incapacidad de gestionar mi energía, a aquel dejarme arrastrar por un torbellino vital, pero aún ahora me asombra esa vitalidad desnuda y confusa de la adolescencia, donde el hedonismo gozoso no podía distinguirse de la autodestrucción y el peligro, o los extraños aprendizajes crueles de mi infancia, tan entrelazados al conocimiento, a la adquisición de una abstracta sagèsse o de un insight particular ya desde entonces, de un afinamiento de la propia manera de ver, a pesar del dolor o precisamente por el dolor.
Pero también porque pienso que la única identidad que puede racionalizarse y analizarse es la historia: individual y colectiva.
Con esta batalla por salvar un árbol (o por frenar el proceso de degradación de un barrio que fue bonito y humano y ya no lo es, excepto en muy pequeños rincones), los mayores me cuentan la historia y rescatan otra fisonomía, otro paisaje. Yo leo a ratos el libro de Elvira Farreras e intento imaginar lo que fue esta parte de la ciudad a través del tiempo. En un momento dado, la autora dice que se puso de moda hacer de ermitaño y que había cuevas famosas, donde aquellos anacoretas intentaban expiar sus pecados y buscar la santificación, incluso cita una cueva en Sant Cugat que aún se conserva, muy deteriorada (no quiero imaginar cómo ha cambiado su entorno, entonces tan solitario y boscoso; ya es increíble cómo ha cambiado Sant Cugat desde que yo estudiaba allí y era un pueblecito humano y agradable...). Pero la moda de los ermitaños en sus cuevas me encanta, una especie de hippies menos hedonistas; tengo un amigo fotógrafo que tal vez se apuntaría a esa costumbre saturnina, aunque no fuese para expiar nada, sino en una especie de retiro de sobriedad y silencio.
Y ahora, tras una larga conversación con una hermana lejana, ya no puedo repescar el hilo, así que lo dejo aquí.

jueves, 7 de junio de 2007

He ido

a ver a Judith Butler al Centre Francesca Bonnemaison, gracias a J. y a B., amigos que me recordaron que venía. Me ha gustado su nervio discursivo, su humor, su posicionamiento tan de izquierdas y tan crítico con la política antiterrorista y norteamericana en general y en la historia. Me interesa también su punto de vista en la discusión sobre la ausencia del padre o el modelo familiar tradicional, yo disentía de esa tendencia de ciertos psicoanalistas franceses que intentan apoyar el modelo patriarcal con la teoría o el mito edípico, etc. Ella es más sugerente. Lo único es que su discurso, respecto a sus textos, parecía algo trivializado allí, o quizá con menos matices, o dando prioridad sólo a lo político. Tal vez en el seminario del Macba se pueda llegar a más honduras, pero yo no tendré ocasión. Mi falta de tiempo es ya aguda...
Al pasar por Via Laietana rondaba el helicóptero y muchas luces azules. Me han dicho que había pasado una manifestación en apoyo a los "mossos", quel horreur. Ya estaba yo notando algo molesto de tener que pasar cerca de aquella comisaría del horror que para mí sigue irradiando viejos sufrimientos.
No me he olvidado del azufaifo, he puesto aquí las últimas noticias. Estoy esperando a que algún medio nos haga caso. Mientras, se siguen sumando apoyos.
Últimamente mis dos blogs se contaminan y confunden uno al otro. No sé si podré mantenerlos separados o si por el contrario, éste es un estado pasajero. O tal vez es demasiado tarde ya para seguir blogueando. Me retiro.