lunes, 23 de julio de 2007

En medio del frenesí y el apagón de hoy


Foto: Otra foto mía de la época de la hierba cortada de la Diagonal, es decir, de hace muchísimo tiempo.

Sueño con una vida ociosa. O me transporto sin querer a otro tiempo. Hoy, mientras esperaba en la esquina de un Banco, el olor a césped cortado me recordaba, no sé por qué, al Club Turó de hace mil años, ¿y por qué a aquel césped de piscina y no a tantos otros posteriores?, y el matiz misterioso de la nostalgia consiste en una extraña felicidad y deseo de ¿qué? Nunca encajé en aquel mundo, tan convencional y estúpidamente risueño. Me parecía como esa carretera hacia Lleida frecuentada por esquiadores ignorantes y alegres, que pasan sin saberlo, sin pensarlo, por todas esas curvas llenas de huesos de fusilados por las crueles tropas franquistas, y tal vez pasan riéndose tontamente. Como los ignorantes que acudieron al Fórum sin saber, sin pensar que pisaban la tierra donde yacían cientos de fusilados republicanos en el Camp de la Bota.
Yo llevaba conmigo mi propia guerra con sus muertos, mi fosa llena de huesos de la infancia, siempre en un paisaje esplendoroso, o bajo un cielo vibrante de pájaros.
No me gustaba aquella atmósfera del Turó, pero en mi memoria la nostalgia es intensa y me produce una casi felicidad. ¡Aquella hierba! O tal vez yo añoro el tiempo perdido en el sentido de todo lo que no pudo ser, de lo que no hice, de las otras vidas posibles, o de aquella energía que entonces no sabía cómo utilizar (si la jeunesse savait, si la vieillesse pouvait, dicen en le pays gabache), o de mi percepción de aquella hierba cortada y aquellas piscinas, llena de sueños atropellados y de esperanzas imposibles que se mezclaban caóticamente a las sombras.

Y al fin y al cabo, tras esa breve época de la hierba cortada en aquella piscina de la Diagonal, no tan lejos del Banco de hoy, tampoco encajé del todo en ninguno de mis otros mundos (militante comunista, con amigos hippies de comunas, o anarcos de cualquier pelaje), sino que en todos me reservaba un espacio de disensión, o los alternaba para protegerme, ante la furia o el desconcierto de unos y otros.

Pero hoy, la luz se había ido en gran parte de la ciudad y en la oficina bancaria contaban de una mujer que se ha quedado encerrada en una de esas cámaras acorazadas, una idea que me hace pensar en películas de robos, Afganistán Bananastán: era la frase que usaba un hipnotizador para que el encargado le abriera otras cajas llenas de dinero al ladrón Redford. O aquella trepidante película de puro entretenimiento pero con gracia, Inside Man, del sorprendente Spike Lee, que vi justamente en Ibiza, justo antes de que se desatara una tormenta espectacular y nos cayera un rayo a pocos metros, mientras descolgábamos las hamacas, y nos dejara sin luz ni agua. O Rufufú (I soliti ignoti, donde los ladrones se equivocan y en lugar de entrar en una joyería van a parar a la cocina de una casa y se comen el estofado de garbanzos mientras meditan sobre su negro futuro de parados, antes de ponerse en la cola de la fábrica... ¿Pero qué haces? le dice uno al otro. ¿Estás loco? ¿Vas a trabajar?).
Mientras, he vuelto a coger unos cuentos de Maeve Brennan, The Springs of Affection , del montón de los libros que esperan, aunque apenas me queda tiempo para la lectura, con el frenesí exagerado de este verano, en el que todo el mundo reclama su dosis de texto traducido o escrito, y también el azufaifo sigue requiriendo mi atención telefónica, escrita y tantas otras cosas... Sueño con esa vida ociosa, con unas vacaciones que no haré, con mi silencioso embarcadero preferido en Eivissa (ahora condenado al petróleo y al mar más sucio del mundo), y ni siquiera sé si iré allí donde dije que iría, si se me escaparán los días, si... Pero incluso la nostalgia de todo eso y la idea de renunciar me parece plácida.

6 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Sueño con una casa en un acantilado a salvo de los urbanicidas, con apenas lo imprescindible, encalada y la madera de puertas y ventanas pintadas con explosión de azul. Una mesa de trabajo junto a la ventana abierta. Y el mar al fondo.
La luz eléctrica, estimada Isabel, volverá y con ella el ruido de los artefactos de los vecinos.

zbelnu dijo...

A mí no se me fue la luz! Toco madera...
La casa de madera en el acantilado, qué suerte... para los que conducís...

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Lo mejor del asunto, Isabel, es que no conduzco...

zbelnu dijo...

Entonces... alguien te conducirá.

el objeto a dijo...

a mí me acompaña desde hace muuuuuuchos años esa nostalgia que tan bien has reconstruido con las palabras: la nostalgia de unos mundos medio compartidos en los que nunca encajé pero que me sirven aún para echarlos de menos y sentir cierta felicidad, También me reconozco en esa magnífica imagen (más que filosófica! ) de la carretera de lleida - no por esa carretera específica y esos muertos, sino por otros lugares, tantos, frecuentados por ignorantes y negadores de una realidad dolorosa y dolida que palpita ancora a su alrededor, y en mi interior,
A mi también me da la sensación que en este verano miracoloso sólo me va a quedar esa nostalgia de la vida ociosa y la felicidad de su recuerdo... no me quejo, puesto que ya es un montón...

zbelnu dijo...

Oh gracias, sabia V., por compartirlo conmigo. A veces tengo la sensación de estar tan al margen, de ser tan rara, tan aparte, que tal vez me he imaginado que encajaba en algo pero era sólo soñado, y en realidad, como esos mitones cortados con tijeras que añado a mi guardarropa de invierno para que mis vecinos no vayan a creer que -ya envejecida- me he vuelto uno de los suyos, qué importa, si siempre anduve -vacilante- por los bordillos de las aceras, no hay nada que hacer, aunque alegra encontrarse a otros funambulistas...