Parece incomprensible y delirante, pero así son las cosas. Cuatro días que les quedan en el ayuntamiento y los distritos son suficientes para destruir mucho más.
El azufaifo de la calle Arimón, a pesar de estar catalogado y de ser el mayor azufaifo documentado de Europa -sólo en Marruecos hay uno mayor-, con unos quinientos años de existencia, y ahora en plena expansión y floración veraniega, vuelve a estar gravemente amenazado. A pesar también de la batalla mediática y ciudadana que nos llevó a expulsar al constructor y a catalogar el árbol. Ayer llegaron los obreros municipales para iniciar los trabajos de construcción en la parte baja del terreno.
Todos los expertos nos lo han dicho. Si se construye en ese terreno, aunque sea en el extremo más alejado, el azufaifo morirá. Tardará dos o cuatro o seis años y morirá. Mientras que, si lo dejaran en paz, podría vivir otros cien años más, por ejemplo.
Pero nuestros políticos detestan los árboles. No les importa que Barcelona haya superado los límites de contaminación, que la ciudad esté muy por debajo de los niveles de verde por habitante que reclama la OMS para la salud de los ciudadanos.
Con el pretexto de ampliar la línea 9 del metro, engañaron a los vecinos del barrio y destruyeron la plaça Joaquim Folguera, con sus 29 frondosos almeces octogenarios, gastaron dos millones de euros en trasplantar 5 de ellos a una placita donde a su vez habían talado magníficos pinos centenarios para dejar las herramientas (!) y cortaron el resto. Una plaza suave y maravillosa, donde jugaban los niños y un núcleo frondoso absorbía contaminación y ruido, daba frescura, quietud y pájaros, que celebraba al pobre poeta -hoy envilecido por el desierto pestilente, ruidoso y sucio que han dejado-, con sus farolas modernistas, la "plaça Magritte" que decía Maria Casassas, se ha convertido en una especie de cantera abandonada y fea.
En los desdichados jardines de "Vil·la Florida", la antigua, frondosa y fresca Torre Sivilla, donde ya habían talado alegremente gran parte de los maravillosos ejemplares arbóreos sin razón alguna; ahora han tirado el muro de piedra histórico y han talado toda la arboleda de detrás de la casa, donde han dejado una triste zanja, con el perverso pretexto de construir una biblioteca. Eso mientras recortan el 83% de recursos a las bibliotecas catalanas. ¡Sería cómico si no hiciera llorar! Todo lo destruyen y sin resistencia, porque no hay instituciones que arbitren ni recursos contra ellos.
Hereuville recuerda la descripción que Camus hizo de Argel: "comme un cancer malheureux, étalant ses ganglions de misère et de laideur...". Aunque los que vengan les seguirán los pasos, porque no queda en este país un solo político honrado, a quien le importe nada que no sea su enriquecimiento y el de su partido.
¡Movilicémonos! No permitamos que destruyan también nuestro azufaifo.