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lunes, 4 de julio de 2011

Vayan a POLIS

El asunto del azufaifo está que arde. Otra vez, mientras los trabajadores y sus máquinas avanzan en la destrucción, desembarcan los medios, llaman televisiones y radios, yo no puedo trabajar, no tengo tiempo de nada, no sé qué será de mí, ni del azufaifo. Espero que nos ayuden los dioses griegos y que se detenga esta fechoría arboricida. Nuestro azufaifo ha salido en El País (vean Polis), en La Vanguardia (mañana espero tener el link para colgarlo, secciónVIVIR, además de la Carta de Félix de Azúa y de un vídeo en LV digital ayer), en El Periódico (vean Polis), en ADN, en la revista Qué es, en BTV (colgaré el link cuando lo encuentre, salió ayer el segundo reportaje, para el primero vean Polis), en el ABC de ayer pronto saldrá en el Informatiu de TVE, hemos hablado en algunas radios, etc... NO NOS RENDIREMOS
¡Por la plaça del Ginjoler, la plaza del azufaifo!

jueves, 23 de junio de 2011

Morir matando

Foto: Rafa Zaragoza, El azufaifo de la calle Arimón, 2007
Parece incomprensible y delirante, pero así son las cosas. Cuatro días que les quedan en el ayuntamiento y los distritos son suficientes para destruir mucho más.
El azufaifo de la calle Arimón, a pesar de estar catalogado y de ser el mayor azufaifo documentado de Europa -sólo en Marruecos hay uno mayor-, con unos quinientos años de existencia, y ahora en plena expansión y floración veraniega, vuelve a estar gravemente amenazado. A pesar también de la batalla mediática y ciudadana que nos llevó a expulsar al constructor y a catalogar el árbol.
Ayer llegaron los obreros municipales para iniciar los trabajos de construcción en la parte baja del terreno.
Todos los expertos nos lo han dicho. Si se construye en ese terreno, aunque sea en el extremo más alejado, el azufaifo morirá. Tardará dos o cuatro o seis años y morirá. Mientras que, si lo dejaran en paz, podría vivir otros cien años más, por ejemplo.
Pero nuestros políticos detestan los árboles. No les importa que Barcelona haya superado los límites de contaminación, que la ciudad esté muy por debajo de los niveles de verde por habitante que reclama la OMS para la salud de los ciudadanos.
Con el pretexto de ampliar la línea 9 del metro, engañaron a los vecinos del barrio y destruyeron la plaça Joaquim Folguera, con sus 29 frondosos almeces octogenarios, gastaron dos millones de euros en trasplantar 5 de ellos a una placita donde a su vez habían talado magníficos pinos centenarios para dejar las herramientas (!) y cortaron el resto. Una plaza suave y maravillosa, donde jugaban los niños y un núcleo frondoso absorbía contaminación y ruido, daba frescura, quietud y pájaros, que celebraba al pobre poeta -hoy envilecido por el desierto pestilente, ruidoso y sucio que han dejado-, con sus farolas modernistas, la "plaça Magritte" que decía Maria Casassas, se ha convertido en una especie de cantera abandonada y fea.
En los desdichados jardines de "Vil·la Florida", la antigua, frondosa y fresca Torre Sivilla, donde ya habían talado alegremente gran parte de los maravillosos ejemplares arbóreos sin razón alguna; ahora han tirado el muro de piedra histórico y han talado toda la arboleda de detrás de la casa, donde han dejado una triste zanja, con el perverso pretexto de construir una biblioteca. Eso mientras recortan el 83% de recursos a las bibliotecas catalanas. ¡Sería cómico si no hiciera llorar! Todo lo destruyen y sin resistencia, porque no hay instituciones que arbitren ni recursos contra ellos.
Hereuville recuerda la descripción que Camus hizo de Argel: "comme un cancer malheureux, étalant ses ganglions de misère et de laideur...". Aunque los que vengan les seguirán los pasos, porque no queda en este país un solo político honrado, a quien le importe nada que no sea su enriquecimiento y el de su partido.
¡Movilicémonos! No permitamos que destruyan también nuestro azufaifo.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Posesión

Foto: La Tamarita, 2010
Yo sigo extrañamente poseída por ese virus que se niega a abandonar mi cuerpo. Prisionera del virus, sin poder salir, enclaustrada como Samantha Edgar en The Collector. Anoche, en el cine, viendo Film Socialisme de Godard, me invadió una oleada de frío y temblaba bajo mi abrigo. Al llegar a casa tenía décimas y a media noche volví a notar escalofríos mientras subía la fiebre. Pese a todo, fue una noche mágica y ni la fiebre ni el virus impidieron que así fuera. De no ser por la vulnerabilidad que me produce la falta de sueño, me sentiría feliz... Sarinagara, predomina la melancolía, tal vez por una conciencia de cierto dolor ajeno, o por la desolación de alguien que ha venido a hablarme esta mañana (después de que leyéranos Li Bai o una de mis escenas favoritas del Quijote), o quizás simplemente porque es diciembre, mes de la muerte de mi padre y mes de la dichosa navidad. Y porque en NY el mejor amigo de mis amigos ha muerto hoy. Hace semanas les pidió la Odisea y mi amiga se la llevó. Él sólo temía no llegar a tiempo para acabarla. Mis amigos pasarán el fin de año en Montauk y a mí me gustaría acompañarles. Charlie se ha ido en plena estela de luna llena, cerca de mañana, la noche más larga del año: dice mi amiga americana que así le dará tiempo de completar mejor su viaje intergaláctico a otro plano de la existencia. Pienso en la barca, enredada entre juncos y niebla quieta, como en un poema chino de Li Quingzao...
Estos días he escrito otro de esos extraños poemas míos. Sé que no pertenecen legítimamente al territorio poético y quizás sea una falacia llamarlos así. Se los envié a CHM y me ha contestado con su entusiasmo, aunque mis intentos no tengan que ver con lo que ellos hacen, aunque se acerquen más, de momento, a la clase de poesía que muchos detestan... Pero el tercer poema empieza a despegar y tal vez, si siguiera, empezaría a ocurrir lo que aún no me había ocurrido, ese momento en que las palabras llegan a través de un ritmo misterioso (el poeta sabe aunque no sepa que sabe, dice Gamoneda) con un significado que nunca estaremos seguros de descubrir.
Ayer por la mañana visité el barranco (de ahí surgió el poema) y la Tamarita. Al volver, las magníficas acacias del pasaje Maluquer tenían el siniestro cartel amarillo que anuncia una actuación del perverso Parcs i Jardins. ¿Las talarán también o será sólo una escabechina disfrazada de poda que les permita malograrlas y talarlas más adelante, por "enfermas"? Esa calle perdería su frondosidad, su frescura, su oxígeno...
Necesito dormir. Espero que mañana encuentre las fuerzas para vencer de nuevo al virus y dar mi clase en el Ateneo. Hoy la luna parece delicadamente fantasmagórica y gamonediana.

jueves, 28 de octubre de 2010

Fui a ver a Viggo

Fotos: I.N. Los tres lectores, Barcelona, 2010 Mortensen, lo reconozco. Me hizo gracia descubrirle en esa otra faceta y me alegró que la Antología de nueva poesía argentina estuviera llena de poemas poderosos e interesantes, que los tres participantes (Laura Lobov, Gustavo López y Viggo Mortensen) leyeron muy bien (mi favorita: Laura Lobov leyendo a Fernanda Laguna). Bel M. y yo estábamos en primera fila y debo decir que me desconcertaba su mirada, la sensación de "Hollywood te mira" o la mirada de Promesas del Este (Cronenberg casi siempre tiene algo para mí) como si un trozo de película se hubiera mezclado con la realidad, como en aquella película de Richard Lester sobre la guerra que alternaba documental de archivo con película en color y al pasar al color, siempre quedaba un personaje en sepia o azul, como un vestigio de los fragmentos documentales. Aunque Viggo Mortensen. contó una escena en la que un argentino ingenioso le gritó en un partido de fútbol "«Andáte, puto actor, ponete el anillo y desaparesé». Fue educado, saludó en catalán y pidió a los locos fotógrafos que no molestaran a la gente. La librería estaba abarrotada. El micrófono no funcionaba. Un bebé lloraba a gritos. ¿Por qué siempre hay gente que lleva bebés a conferencias, lecturas y presentaciones, para inquietarlos y que no dejen escuchar a los demás? Leyeron poemas de Fabián Casas, Martín Prieto, y Fernanda Laguna, a la que ya habíamos descubierto hojeando el libro antes de empezar. Le mandaron un saludo de despedida a Kirchner, situándolo con tino en el contexto. Respecto a esas miradas de alguien que la pantalla nos ha hecho reconocibles, a veces he estado a punto de saludar maquinalmente a un político que detesto en la calle o a alguien mediático, antes de darme cuenta de que no lo conocía realmente. La cuestión es que Viggo nos tenía enfrente y nos hablaba y era extraño, así que yo procuraba mirar a los otros.
La antología valía la pena. Aunque ellos se situaron en la escurridiza franja de la experiencia, había algo muy contemporáneo y vital en esas poéticas, que poco tenían que ver con lo que se entiende por esa definición en estos lares. Yo les felicité, ya que nadie lo había hecho (Luego intenté comprar la antología en la otra Central, pero se había acabado). No me sentí con fuerzas para abalanzarme a la mesa a que me firmaran. Las multitudes siempre me retraen; salimos huyendo en cuanto se levantaron de nuevo fotógrafos y gentío. Fuimos andando hacia arriba: a veces esa cuesta me parece inexistente, como si fuera bajada, pero tal vez fuese la conversación y la nocturnidad.
Mientras, tengo oleadas de melancolía y fragmentos de sueños que se me adhieren como telarañas y momentos de vértigo por las malas perspectivas materiales, por la incertidumbre. Y otros momentos de joie paradoxale, malgré le monde (si pudiéramos acceder a la fuente de esa felicidad casi o del todo física, si pudiéramos encontrarla cuando nos hace falta). Y también cierta extraña reconciliación física, aunque sólo dura momentos. Esta madrugada anoté un sueño porque el de ayer lo retuve sin anotarlo y desapareció de mi memoria vertiginosamente. En mi sueño de hoy volvía a estar en la casa de la Diagonal, la que fue nuestra casa tantos años, ahora perdida y rescatada en mi novela y en mis sueños. Yo estaba en la cocina y veía subir el agua como si hirviera en los fogones y seguía subiendo y cubría un tostador inclinado y una freidora (nunca hubo tal objeto en esa casa) y yo temía un cortocircuito y el agua seguía y seguía, en una misteriosa inundación. Iba a avisar a mis amigos americanos, él estaba grabando en el que fue nuestro cuarto de pequeñas, pero ella estaba recostada en la cama de un dormitorio que nunca fue mío, ni me gustaba, hablando con un niño diminuto, y me pedía que no la interrumpiera. Así que yo volvía a la cocina e intentaba achicar agua, y mi batín larguísimo se mojaba en el agua y una fatiga tremenda (yo dormida) me impedía resolver nada con la energía necesaria, hasta que, de pronto, hacía un gran esfuerzo y empezaba a poner orden muy deprisa...
Leo ya Jin Ping Mei el clásico chino publicado por Atalanta, a ratos. He recibido tres pequeñas joyas de Navona: Wharton, James, Wassermann, la primera para reseñar. Me encantan los libros pequeños, que puedo leer en el metro, en el autobús, incluso andando. Aunque ayer me llevé al gran Jin Ping Mei y me alegró tanto el trayecto de metro que pude salir en la estación del Putxet, donde esa gentuza arrancó los árboles frondosos y nos arrebató la belleza de nuestra plaza, con su quietud de pájaros en medio de la locura del tráfico, y seguí leyendo mientras andaba, sin apenas darme cuenta del fragor y la fealdad. Antes de sentarme a escribir o traducir, algunas fotos de los estantes me miran: mi padre cantando un aria en su época más feliz, en Cadaqués, en una camiseta azul (le pido mentalmente que haga lo que no osó hacer en su vida terrestre, que me ayude), mi pobre amigo persa encerrado en la siniestra cárcel de Evin, Concha llevándome en brazos, cuando era joven y no había perdido la cabeza, y también G., muchas fotos alegres de G... O yo misma muy pequeña en color con melancolía y un balón de reglamento. He descubierto que durante muchos años tuvimos una foto de Rufus antes de conocerle. Es una linterna que le compré a G. en Milán, de pequeño, con la foto de un gato idéntico a él. Se lo dije a G.: "Por eso le reconocimos y nos lo trajimos. Hacía tiempo que o teníamos en la estantería". Pobre pequeño Rufus.
Ah, ayer me alegraron los artículos de la vida animal (Xavier Antich, Marta Sagarra), donde se hablaba de Derrida y Cixous en el Cultura/s, con las preciosas fotos de gatos y perros de Jordi Esteva, mirándonos también. Yo ya le animé, desde Fb, a publicar sus fotos de animales (le sugerí que hiciera un libro y aún espero que lo haga). Y también cité a Derrida en su "¿Y mañana qué?" con Roudinesco, diciendo que había que cambiar la relación con los animales, comer distinto, acabar con ese sufrimiento que les inflingimos. Así que los dos artículos de ayer sólo me confirmaron mis pensamientos.
Escribo menos de lo que querría. De ahí los accesos melancólicos. La sensación de seguir en un hoyo de arena forever and ever. Sí soy feliz como lectora, y traduciendo a M.B. Preparando cursos. Pero hoy no hace sol y Rufus ha vuelto de la visita a su amiga Daisy quejumbroso y se ha dormido en el sofá.

miércoles, 7 de abril de 2010

Días extraños

Foto: I.N. Nîmes, 2009
Los ecos de mi activismo impetuoso y errático vuelven a brotar como los árboles que el alcalde se ha empeñado en talar y arrebatarnos, junto con toda la belleza, la historia y la memoria que nos rodeaba. Hoy he salido en BTV, bajo los árboles de la Diagonal, frente a La Vanguardia... y por suerte el cámara filmaba más a los árboles que a mí: según G. muy bien, según J. demasiado hosca e indignada; yo prefiero no verme, al margen de que J. debe de tener razón, oírme no me importa, pero aún me acosa algunas veces aquella terrible visión de mí misma metamorfoseada en Java, el monstruo de Star Wars, en el programa de Sánchez Dragó (el minuto 1:38 terrible!) Cuesta olvidar esas visiones de pesadilla; los espejos son mucho más compasivos; nos dejan ver también lo que fuimos mezclado con el paso del tiempo, fijarnos en "los restos de un antiguo esplendor", como dijo aquella mexicana entusiasta en Madrid, aludiendo a su descapotable rojo. Yo voy buscando siempre la verdad y la belleza (como diría A.R.V., con quien tengo un paseo pendiente; ayer me lo encontré en la calle y llevaba una cortina de ducha de pingüinos y un juego de plastilina para un niño) sin darme cuenta, y por eso, cuando hago fotos descubro la parte fea de las cosas, que aparece ahí mezclada y encallada... He estado escuchando la banda sonora de Dublinesca, que parece hecha para mí, al menos la mitad: The Ronettes! Y esa canción... Seguro que mi amigo poeta y novelista entre Praga, Valencia y la Barceloneta, que mientras yo pierdo el tiempo está acabando su novela, aceptaría bailarla conmigo, aunque yo mejor sin beber porque si no yo acabaría cantándola a gritos, encima de un pódium, como en las borracheras adolescentes, riéndonos o cantando salvajemente, con esa nocturnidad alcohólica en que todo parecía posible y que dejaba un poso tan mortecino al día siguiente. O I Shall be Released que yo siempre escuchaba en la versión de Chryssie Hynde del homenaje a Bob Dylan y aquí la canta alguna otra maravillosa... Yo canturreaba también una vez en un coche, por la carretera, eso de I see my life so shining... From the west unto the east... Any day now, any day now...I shall be released. Yo que he sido prisionera en muchos sentidos y también prisionera de mí misma, siempre adoré esa canción. Y recuerdo que cuando la canté iba sentada delante en un coche americano y tenía los pies descalzos en el salpicadero. Y también ese Downtown Train deTom Waits. Y claro ese paseo por la parte oscura de la vida, que tengo que escuchar con autodisciplina férrea para que los recuerdos no se atropellen alocadamente ni se pongan de pie exigiendo atención, interpelándome. A hustle here and a hustle there... New York city is the place where they said: Hey babe, take a walk on the wild side.. O la historia de Candy came from out on the island,...In the backroom she was everybody's darling... But she never lost her head... Recuerdo que C. y yo parábamos el disco para anotar las letras que no estaban y aprendérnoslas. Pero nosotros sí habíamos perdido la cabeza. En fin, yo pude recuperarla, sólo que perdí mucho tiempo en esos paseos, esas inmersiones. Y tiene gracia que incluya The Best is Yet To Come, ese título es el reverso del mal augurio que me lanzó Jacques le Fataliste, cuando volvió a llamarme para decirme: Y no te hagas ilusiones. Lo peor está por llegar...(Frank Sinatra serviría para neutralizar esa encarnación de Jacques, pero ya encontré un experto cubano que quebró el maleficio luminosamente. It's All Right, Mamma). Me encanta esa página y lo que cuenta EVM en el apartado Para hablar de Dublinesca, y lo de la gravitas melancólica, y que cite lo de que "en el bar del gran hotel Shelbourne se draculizó con cuatro whiskies", así que estoy contenta de que mi reseña bloguera esté ahí incluida... Por cierto que cuando EVM me anunció que había puesto mi nota en su web, me dijo una frase genial sobre otra mía, el excurso que incluí hablando de Dublinesca, y quiero transcribirla aquí:
Te quiero hablar un momento de este fragmento tuyo: "la convencional Barcelona (ex-curso: me desespera ver la ciudad llena de palmones, ¿por qué todo es siempre tan uniforme y romo, tan familiar, con gente ocupada ya sólo de la comida, lo material y entregada a la repetición de unas costumbres sin preguntarse nada?)". ¿Esa metáfora de los palmones no es uno de los centros de nuestras obras? Odiábamos la Barcelona convencional de los años setenta y nos encontramos ahora que todo sigue perfectamente estúpido. Casi me parece increíble. La idea de esos palmones multitudinarios y uniformes como el centro de nuestras obras me produjo una gran hilaridad. Puro antiHeimat irónico, como lo que le gusta a mi amigo serbio. Estuve considerando la idea de escribir algo sobre eso y leerlo en ese festival poético(feroz) sobre la ciudad que tendremos en mayo.
Por cierto, qué dibujo genial (Pancho) del supuesto funeral de la era Gutenberg en Le Canard Enchainé, con EVM inclinándose ante la tumba y Becket y Joyce de pie con sus florecillas, y donde Igor Capel acaba hablando de la jouissance de leer esa novela y de cómo EVM lo incorpora todo.
Mañana visitaré mi oráculo preferido y le llevaré mis últimos sueños apretujados. Será otro día extraño y callejero, en el que añoraré mi rutina de escritura y traducción. Para rematar, como hoy, el rato que me quede por aquí he prometido seguir ayudando a G. en un trabajo. Y luego, si tengo fuerzas, iré a una presentación de un amigo artista en la lejana plaça Prim. Mientras, procuro no perder la placidez de mi amigo seráfico.
Por cierto que mi amigo me ha escrito furioso porque el ayuntamiento ha repartido una hoja en sus buzones anunciándoles que pensaban talar los árboles de la plaça Salvador Allende para hacer un aparcamiento subterráneo. Dice: La paraula que fan servir per arboricidi és "retirada". La pobra plaça de Salvador Allende (feta per l'equip del Bohigas a principis dels 90) tot just ara que els arbres havien crescut prou i començava a semblar un lloc amable i aixoplugador de temperatures estivals i de jocs per a la canalla (a la part inferior, on hi ha els arbres, és tota tova i no té gota de ciment) esdevindrà l'avantcambra asfaltada i inhòspita d'un pàrquing (un altre!) que farà el nostre estimat ajuntament d'hereuville. Ara, això sí, una lectura positiva del cartell, en trec. Tu has aconseguit que abans de perpetrar el delicte hagin de fer una campanya de rentat d'imatge. Abans no s'haguessin ni molestat a omplir les porteries del veïnat amb els cartells. Però que no es pensin que ens renten el cervell. Mañana subiré la foto y los links.
Hay una efervescencia nocturna en Facebook. Mi amigo serbio, con quien tenemos un intercambio de metáforas negativas sobre nuestras respectivas ciudades, en plena batalla antiHeimat, me dice que un comentario mío (él habla de nuestras ciudades como enfermedades, pero a mí me parece que la metáfora de BCN es demasiado intensa y dramática y que debería ser algo más banal, como una barriga que crece) le parece digno de uno de sus escritores favoritos, "hay que relajarse y escribir", me aconseja. Hablo al mismo tiempo con un francés profe de filosofía que toca la guitarra flamenca y vive al oeste de Francia; pongo la foto de Nîmes en su honor. Y Friks pregunta qué tal fue en BTV mientras mi amiga americana me propone paseos neoyorquinos para mayo. Pero habrá que dormir.
Anoche salí a la terraza a ver el cielo con una vieja manta peluda y americana sobre el camisón, para romper esas oleadas de asfixia urbana que me asaltan a veces. Una pareja fumaba y discutía en la terraza de enfrente. No sé si fue esa observación del cielo en movimiento: masas densísimas de nubes grisáceas y refulgentes avanzaban intentando deliberadamente cubrirlo todo, pero asomaban fragmentos de cielo desnudo y escarchado, como en los poemas de Wallace Stevens. Tuve una conversación telefónica tardía y acabé mirando ese cielo. Y por alguna razón misteriosa me he despertado varias veces en la noche, sin saber cómo, como por una agitación desconocida.
Se ha creado el OBSERVATORIO de la Destrucción del paisaje Urbano de Barcelona. Lleven allí todos los casos documentados de talas y desastres, por favor. Y lean también sobre la destrucción de Vallcarca, en el blog de J.A. Millán.

sábado, 6 de marzo de 2010

Cómo olvidar el mundo

Foto: I.N., Diagonal, 2010
Llevo una semana presa de la traducción, sin poder pestañear, ni escribir aquí ni allí, dejando que mis sueños y los pensamientos que tenía al andar volaran y se desvanecieran sin poder anotarlos. Aún no he acabado, pero estoy algo más cerca.
Ayer fui a una reunión que resultó celebrarse exactamente en la que fue la casa de un amigo desaparecido hace años, al principio de la enfermedad del siglo XX (todavía guardo las postales de flores orientales que me mandaba, a veces dibujadas al dorso con autorretratos extravagantes, y el cuento que hicimos juntos), y al entrar, el pasado me envolvió, primero feliz, hasta que entré en una habitación donde reviví una escena terrible, que había enterrado en la memoria, y me quedé un momento allí inmóvil, sin aliento, viendo lo que nadie podía ver. Pese a todo salí del lugar llena de esperanzas, que han durado hasta hoy, leyendo el horror de los periódicos, no sólo las imágenes de las protestas en Grecia: No se dice que lo que está ocurriendo en Grecia tiene mucho que ver con nosotros. El empobrecimiento general del país, mientras que nadie se plantea bajar ni congelar los sueldos o los bonos millonarios de los forajidos que crearon esta crisis; no, ellos siguen ganando más y más y cobrando comisiones mafiosas e intereses usurarios, ellos son quienes mandan, quienes financian los partidos, y cada vez habrá menos gente que pueda comprar lo que necesita para vivir, y son ellos los que nos dicen que tenemos que apretarnos más y más el cinturón. o la campaña antihomeopática, la gran tala que quieren hacer en la Diagonal y que tiene a todo el mundo convencido... Los periódicos sólo cuentan medias verdades, aunque es fácil leer entre líneas -¡les molesta la sombra!-, que quieren convertir las ciudades en autopistas, destruirlo todo para seguir haciendo sus párkings y sus negocios mafiosos del cemento. Se lee también entre líneas cuál es la objeción real que ponen a los plátanos: exigen poda, cuidados, y el ayuntamiento no quiere gastar en árboles. Dicen "desplazar la masa arbórea", no dicen que se trata de eliminar todos esos árboles centenarios y sustituirlos por esos palitroques que nunca crecerán, y si crecen, sólo los muy jóvenes los verán, dentro de setenta años, llegar a un tamaño comparable, irradiar el oxígeno y limpiar la atmósfera como ahora hacen los plátanos, acacias y palmeras de la Diagonal. No dicen que en verano el cemento arderá sin el oxígeno ni la sombra de esos árboles, ni nadie habla de su belleza desmañada, de esas esculturas maravillosas que dibujaban la mejor avenida de esta pobre ciudad.
Pasan las horas. Tengo que seguir la poda de mi artículo de Soseki antes de ir al cine. ¿De dónde sacaré tiempo para el libro de la ciudad o para seguir reintentando escribir ficción? No se sabe. Anoche vi Flores de equinoccio de Ozu, mientras aún leo Meian, su última novela inacabada. Me refugio en su mundo e intento recordar las ideas que aprendí ayer y que quizás me ayuden a sobrevolar lo más duro, a no asustarme, a reunir fuerzas e ingenio para enfrentar lo que venga y sortear lo peor.
Al día siguiente
Casi acabé de podar mi artículo, hoy remataré el trabajo. Vi A Single Man, un poco por frivolidad, pero no me gustó. No le encontré nada, absolutamente nada literario, ni rastro del buen Isherwood, sólo fue como leer un Vogue gay durante mucho rato. Visión cómicamente hiperesteticista -a veces rozando lo ridículo, otras más eficaz- coreográfica del mundo, donde las mujeres son seres patéticos y pegajosos que persiguen a quienes no las desean (?¿) y las niñas seres perversos que espachurran a los insectos, el deseo masculino es ubicuo, los jóvenes se parecen a james dean y las jóvenes a BB y todo es bonito y vacuo como un desfile de moda... Lo mejor, belleza de Julianne Moore aparte (pese a su estúpido personaje): la gestualidad del actor Colin Firth. It was a Tom Ford film, for God's sake! me dice un amigo anglosajón en un email. Tiene razón, ¿qué otra cosa era posible?. Pero lo pasamos bien tomando algo y paseando colina arriba.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Desayuno con árboles y libros

Foto: I.N., Jardín Botánico, Madrid, 2009
Ayer estuve en la presentación de Kafka y el Holocausto, de Álvaro de la Rica, en La Central. Xavier Pla y Nora Catelli hicieron brillantes aproximaciones distintas al libro, desde el punto de vista de lo que es el ensayo, de la subjetividad que implica la escritura, de la libertad del género y de su vocación compositiva (Pla) y desde la perspectiva de los cruces entre la literatura, el pensamiento y la teología, o el abordaje cristológico de lo judaico en Kafka (Catelli), todo bien articulado con precisión crítica y humor afectuoso por Sergio Vila-San Juan, y finalmente, esa posición autoburlona, eliottianamente humilde pero cultísima que es la de Álvaro de la Rica, que aconsejó que no se tomara demasiado en serio su libro, citando la frase (Boris Groys?) de que la cultura son sólo rumores y tratando de explicar de dónde había surgido ese ensayo. "Hablar de Kafka es hablar de todos nosotros", escribía Blanchot. Y De la Rica contó una conversación suya con Vila-Matas donde los dos coincidieron en la misma sensación de que leyendo a Kafka, sentían que el libro les leía a ellos.
A ese encuentro tan sugerente siguió una cena magnífica y plagada de buenas conversaciones en un comedor subterráneo de uno de mis sitios preferidos de Ciutat Vella (un delicioso bacalao con tomate confitado), y de esa cena surgió inesperadamente el desayuno de hoy, en la casa de un escritor al que admiro y que fue amigo de mi padre, pero también amigo de Josep Pla, con su biblioteca proustiana para mí mítica y tantas veces descrita por otros, su ironía crítica que no deja títere con cabeza (cómo nos hizo reír anoche y cómo me gustó escuchar sus anécdotas de Josep Pla y el diálogo con XP) y su calidez, y esa casa maravillosa. Hablando del espíritu arboricida de este país y el extraño desdén por los viejos árboles que se veneran en toda Europa, su mujer, que fue coleccionista y marchante de arte africano, me ha contado que cuando el abuelo del escritor (que era un herrero y tenía una preciosa biblioteca: ¡eran otros tiempos!, y la han conservado intacta) compró la casa, le dijeron: "Esta higuera deberían cortarla, porque ya es muy vieja". Entonces, en 1904, ya era centenaria. El herrero no les hizo caso. Cuando el padre del escritor transformó lo que era el antiguo fregadero en la actual biblioteca proustiana, hicieron un pequeño patio para no cargarse la higuera, y ahí sigue, con sus gruesos troncos retorcidos y sus cosechas de higos buenísimos. Así que además del té, de una tienda de Ginebra cerca del musée Barbier-Mueller, y los croissants y la mermelada de moras hecha en casa y las conversaciones, he gozado de la visión de esos árboles, la compañía de los libros de Proust, su correspondencia, la bibliografía crítica, los recuerdos, y he admirado los dibujos originales y grabados de Luis Marsans sobre La Recherche, que penetraron su sensibilidad (hay un retrato del narrador niño enfermo en la cama, encogido y aprensivo, que recuerda al retrato fúnebre del escritor; pero también está Françoise, y Des Esseintes en pleno paseo, y la abuela con su mirada sutil, y alguien que parecía Madame Verdurin...), en ese entorno donde el arte africano, las piezas funerarias chinas de la dinastía han (un perfil de madera precioso y de una delicadeza expresiva que conmueve) y los tapices peruanos acompañan a algunos bien escogidos Tàpies y a los libros omnipresentes (confieso que en el cuarto de baño he leído una carta de Joseph Roth a Stefan Zweig, decidida a comprarme la correspondencia de Roth), con maravillosas ediciones originales y los escultóricos árboles del jardín, un palosanto cargado de frutos, además de la higuera que trepa por el tejado de la biblioteca, o el pino nonagenario que plantó el tío del escritor, enterrando un piñón. Yo les he llevado mi Crucigrama (por si sintieran curiosidad por el retrato de mi padre, al que querían) y La plaza del azufaifo, que ya tenían. "Ven cuando quieras", me han dicho al salir, "llamas y vienes a comer..." Y aunque yo jamás me he presentado en casa de nadie por sorpresa, y menos a comer, esa cortesía hospitalaria me ha alegrado el espíritu. Al volver, una llamada de la señora octogenaria que lidera la defensa de los almeces de la plaça Joaquim Folguera me ha anunciado que están cortando de cuajo todos los jóvenes almeces de la calle Vinarós, muy cerca de los nuestros, árboles que debieron plantar hace veinticinco o treinta años. Y es que el ayuntamiento ha decidido acabar con la desigualdad que otorgaba un poco más de verde a este barrio que al peor de Barcelona, y del mismo modo que convirtió la zona más silenciosa en el distrito más ruidoso, está logrando que el barrio más fresco y de mejor aire pase a ser el más contaminado de la ciudad, enterrando la memoria de lo que fue, haciendo desaparecer toda belleza, arquitectónica, urbana y natural e invadiéndolo todo de su fealdad de cemento. Todos aquellos que lo asumen y aceptan pasivamente ¿qué son? ¿Gente primitiva y salvaje o gente vencida y triste? Me he acordado de que al llegar a casa una noche, tarde, del tren de Madrid, en el contestador encontré un mensaje de M completamente delirante: repetía series numéricas sin sentido, me hablaba en plural, decía que ella no tenía dinero y que teníamos que colocar el dinero 9-3-0-2 en el 330 de una calle, "repito", decía, y enumeraba otra serie distinta: 0473, y seguía dictando números que yo copié absurdamente en un papel, y es que a veces no puedo evitar la sensación de que me habla con mensajes cifrados. Me pareció angustioso, pero era tarde para llamarla y cuando hablé con ella al día siguiente no recordaba los detalles, me dijo: "Es que creí que estabas en esta época". Yo bromeé que tal vez había viajado en el tiempo y pensé que es verdad, en cierto modo no me siento de este tiempo o de este lugar, y le conté que venía de Madrid y que en un momento dado, un amigo me llamó al móvil y me preguntó "dónde estás", le dije: "En la Castellana" y cuando fui a mirar a qué altura, estaba en Hermosilla, la calle de la infancia de M.
En el catálogo de Caspar David Friedrich leí que su hermano se ahogó intentando salvarle, de pequeños, y de cómo ese hecho terrible le marcó para siempre. Me hizo pensar en aquella frase de Goethe que citaba Wilde, añadiendo que "donde hay un dolor hay un suelo sagrado", y en la capacidad o el talento para exorcizarlo que algunos buscamos, o de cómo ese dolor se convierte a veces en (iluminación) materia de escritura o de creación. Hace unos días, un ejercicio escrito por una alumna de la conferencia de Maeve Brennan había captado esa idea mía obsesiva.
Lean en Polis un artículo de Francesc Arroyo de hace unos días donde se demuestra que la situación de Barcelona respecto a espacios verdes es de las peores del país y está muy por debajo de las recomendaciones de la OMS y es mucho peor a la situación de Madrid, contrariamente a lo que pretendía un autodenominado experto que ha venido a visitar este blog. Esta situación de nuestra pobre ciudad se verá agravada con el plan de talar todos los plátanos de la ciudad que anunciaban pocos días atrás. Ayer un profesor de la Universitat de Girona me dijo: "Yo creo que los socialistas detestan los plátanos". Dice que en Girona los están arrancando todos. Según él, a los socialistas sólo les gustan las palmeras. Yo creo que estos políticos detestan los árboles, la espesura, la frondosidad, la belleza y la historia. Sólo les gusta la fealdad grasienta que tan persuasivamente representa la estación de Sants. Y siguen destruyendo todo lo que no encaja en ese espíritu. Y destruyendo el verde de todo el país. ¿Es que nadie va a rebelarse?
Lean si quieren aquí mi reseña de ayer en La Vanguardia Cultura/s.
Yo me consolaré recordando mi segundo desayuno de hoy, y leyendo a Natsume Soseki para reseñar. He recibido El proyecto Lázaro de mi admirado Aleksandar Hemon, publicado por Duomo, junto con un libro de ensayos de William Boyd, que me inspira curiosidad -por sus cuentos Fascination- y gran reserva (vi una entrevista suya en Arte TV donde hablaba con furia misógina irracional contra Virginia Woolf -eso me pareció- y con gran admiración de Evelyn Waugh). Los pongo a la cola de mi atasco de lecturas erráticas. "Yo sólo he leído caprichosamente", le dije a Claudio Magris. "Es la mejor forma de leer", me dijo él, con esa elegante generosidad suya. Aún tengo para leer la novela de Jordi Bonells, la de Slavenka Drakulic, la de Cinta Arasa. Estos días llevo secretamente conmigo un ejemplar de mis cuentos. No puedo evitarlo. El peso de su presencia invisible en el bolso me alivia de forma misteriosa. La impaciencia de que lleguen a todas partes me agita constantemente, con un temblor interno. A veces siento como si me estuviera convirtiendo en árbol.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Sigue el concierto de niños llorando

Foto: Creo que la foto era mía, pero debió de retocarla Inés Batlló porque la hice con su teléfono y ella pinta; Parc del Laberint d'Horta, 2009
Ese concierto melancólico de sollozos del parvulario que cada septiembre recorre el mes de cabo a rabo. Para acompañarles, he vuelto a Philip Glass. Me gustaba imaginar la idea de coger un taxi neoyorkino conducido por él en sus tiempos de penurias o haber coincidido en una barra con Bolaño oficiando de camarero; algún admirador futuro debió de encontrarles sin saberlo (tal vez algún fan de Pedrito fuera atendido por él cuando trabajaba en la telefónica); yo sólo cogí ese taxi que ofrece en múltiples carteles, con letra y expresión dudosas, sus manuscritos literarios inéditos a quien quiera leerlos; también cogí dos veces otro taxi que en la era pre-prohibición, llevaba el coche literalmente forrado de carteles de "no fumar" y la primera vez no pude resistir preguntarle irónicamente si se podía; claro que también cogí otro que había sido domador de leones y proponía tratar a los etarras como a sus antiguas bestias cautivas; y a otro le sugerí que se uniera a los talibanes afganos porque tenía el mismo espíritu y la misma simpatía por las mujeres. Otro me insistió hasta la puerta de mi casa en que mi calle no existía, pero se negó a mirar la placa al pasar, para comprobarlo. En general, procuro evitar los taxis; te obligan a escuchar su radio a todo volumen y te someten a sus caprichos con o sin aire acondicionado, por un elevado precio, pero me he fijado que ahora empiezan a ser pakistaníes, lo cual tal vez cambie las costumbres. A uno le pregunté cómo había llegado y me contó que en la parte baja de un camión. Dijo que era asmático y que creyó que se moriría; de hecho algunos de los que se apretujaban con él no llegaron vivos. Le pregunté si era tan horrible allí como para sufrir ese horror y me dijo: "Usted no puede imaginar", la voz dibujaba lo indecible, y añadió que ahora que tenía papeles y su familia había venido, nunca volvería... Anteayer bajé a la tienda de los pakistaníes y el jefe estaba escuchando una música celestial. Le pregunté si era música o rezos y me dijo que eran plegarias del Ramadán, volvió la pantalla hacia mí y vi mujeres que cantaban en un templo; llevaban velos de colores claros, que no les ocultaban la cara ni parte del pelo. "¿Y usted sigue el Ramadán rodeado de comida?", le pregunté, y asintió sonriendo. Una vez, ese hombre guardó una rebeca mía favorita que creía perdida, durante meses, y cuando volví a entrar me dijo que esperase y la sacó de la trastienda. Yo, que sólo iba a por arroz basmati y té (y sin duda la rebeca se me había caído del brazo un día), ya no he dejado de ir. Él me dijo que lo que contaba Winterbottom en In this World sobre el paso ilegal de afganos y pakistaníes a Occidente, era verdad, sólo que además, si les pescaban y devolvían a su país, se suicidaban, porque no podían pagar la deuda inmensa del viaje.
Pero volviendo al medio de transporte (sin abandonar del todo la tristeza de este mundo), un antiguo amigo me decía que yo no escribía novelas como las que a él le gustaban, "novelas donde la gente coge taxis", dijo. Y ahora, mientras acabo la autobiografía de Bernhard, pienso que allí tampoco hay nadie que coja taxis, aunque su estilo es inimitable. Sé que hay una especie de Bernhard latinoamericano, pero no sé qué sentido tendría. Me parece que Cees Noteboom, en su espléndido libro de las tumbas, parece conocer sólo al Bernhard dramaturgo, que para mí (y para los expertos bernhardianos) no puede compararse con el novelista y memorialista, muchísimo más brillante y réussi. Leyendo esos horrores médicos y hospitalarios y los sufrimientos físicos y psicológicos de su infancia y adolescencia, queda sobre todo esa voluntad rebelde y férrea de sobrevivir, resistir y darse a conocer, como él decía, primero por la música y luego en la escritura, y ésa es la gran consolación. Y ese abuelo. Mi amigo serbio quería leer (y que se tradujera) la novela del abuelo de Bernhard; esa novela por lo visto es difícil, aunque obtuvo un premio nacional que nunca le dieron a Thomas Bernhard.
Ayer fuimos al Parc del Laberint; había una marabunta de gente y por suerte la lluvia acabó por expulsarlos. Vi una tortuga pequeña en el arroyo y la fotografiamos entre los peces naranjas. Yo recordaba una visita a ese parque cuando estaba cerrado al público, en una fiesta de preadolescentes, con un niño de Sarrià que tenía algo que ver con los propietarios. Recuerdo la excitación del laberinto verde (que ayer estaba algo desmochado y hippioso), no encontrar la salida e ir topando con un niño que me seguía y que me producía cierta tensión ambivalente. Recuerdo la impresión que ese jardín dejó en mí para siempre.
Ayer, huyendo del aguacero del parque, comimos en el jardín protegido de un restaurante y antigua masía cercana, oyendo llover a ratos deliciosamente, y acabamos en casa de la madre de I., viendo recuerdos de las casas maravillosas donde habían jugado y vivido. Fue extraño entrar en el salón antiguamente festivo y ceremonioso de esa casa y no ver la escalera de madera que me gustaba y que llevaba a mi terraza preferida y al rincón de la terraza donde las plantas se curaban de sus males y que ellas llamaban "el hospital". No era un hospital bernhardiano, sino verde y tal vez MenchuGutiérrez-like). Pero la parte de arriba se convirtió en dos apartamentos y alguien se llevó la preciosa escalera y la habrá puesto en otra casa. Recuerdo que la primera vez que entré, dije: "Qué casa tan bonita", y la madre de I., que tiene sus mismos ojos verdes misteriosos y algo rapaces, dijo: "¿Tú crees? Mucha madera..." Y es que ella de pequeña vivía en una especie de castillo de Moulinsart e iba al colegio en coche de caballos.
Tengo la garganta como si me la hubiese arañado un gato y temo caer con un gripazo en estos días tormentosos.
Los niños siguen llorando. La gata durmiendo. Las obras rugiendo (hasta que ha llegado la tormenta). Me cuesta salir a la calle y ver más fealdad. Me gustaría salir a una calle de París, como la que Eph pone en su blog. Una amiga de allí me pregunta cuándo iré. Yo no quiero vivir sin belleza ni árboles, no quiero seguir viendo cómo destruyen mi ciudad con obras y talas y derribos. ¿Pero cómo sobrevivir en otro lugar, si ni aquí está claro que lo consiga?

sábado, 5 de septiembre de 2009

A veces

Foto: I.N. Roble en Palermo, julio 2009 (Si no les detenemos, pronto en BCN no tendremos más árboles que en las fotos, vean lo que están haciendo en la Gran Vía, además de cortar árboles centenarios y cambiarlos por palitroques escuálidos que nunca crecerán, cambian las bonitas farolas del XIX por unas espantosamente feas. Por cierto que Millán sigue en su espacio de crítica ciudadana...)
La realidad resulta tan desconcertante y enigmática como los sueños. Tuve una reunión en un despacho que olía a uno de esos decolorantes agresivos de las peluquerías baratas. Al llegar descubrí que la cárcel estaba allí al lado: en ese barrio, el edificio de la Modelo es lo menos feo (pese a la tristeza que contiene y a esas alambradas tercermundistas que la recuerdan; represión, desigualdad social, pobreza) con sus palmeras y su construcción de tiempos mejores, ya que el resto es de una fealdad constructiva insoportable. Junto a la cárcel, un grupo de amigos hacía planes alegremente subversivos en un café, mirando el paredón rosáceo, que parecía de una película de Béla Tarr. En la reunión recordé la frase de Raimon, aunque cambiando el plural por un singular. Tal vez todo aquello formaba ya parte del sueño. Más tarde, en una pequeña mansión ajardinada y abandonada a su suerte, para acceder a una azotea invadida de luz, tuve que cruzar un hondo agujero del suelo por un tablón vacilante. "Cuidado", me dijo el anfitrión mientras cruzaba, "X se cayó al hoyo y ya va por la tercera operación". Por lo que sé, el propietario empezó a excavar el suelo no sé con qué objetivo, pero el dinero se acabó y la casa se quedó así, vacía, sin alquilar ni vender, abandonada con su jardín, a la espera de un gesto. Después estuve en un bar con mi amigo serbio (a quien siempre me gusta ver y creo que es mutuo) y sus amigos. Una escritora croata reconvertida en Londoner, con su cutis blanco y sus inteligentes ojos grises, me contó una historia oscura y la salida de un infierno, yo se la cambié por una mía y de ese intercambio surgió una intensidad no desprovista de suave autoburla y también surgieron felizmente temas pendientes de mi escritura, los noté mientras hablaba, como palabras peludas, aterciopeladas, trémulas, ardientes. Al salir me encontré con mensajes inquietantes sobre M., que ya no podía contestar. Estuve leyendo a Von Doderer, avanzando lentamente en su océano de páginas. Me dormí y me adentré en un universo onírico abarrocado. Una hermana me conducía a una zanja inmensa y yo intentaba cruzarla a mi pesar, saltando de pedrusco en tablón, hasta que me quedaba bloqueada en medio. "Mira dónde me has metido", le decía yo. Y ella, reconvertida en my wise cousin, me ofrecía con su voz alegre rescatarme por el otro lado. Luego yo estaba en la antigua casa familiar, invadida de colchones en el suelo, con sábanas mal puestas. Notaba el suelo pegajoso en la cocina y la puerta del baño y cogía la fregona sin escurrirla e intentaba pasarla entre los colchones, salpicando las sábanas. Imaginaba la respuesta que le daría a M., que en mi sueño no había perdido la cabeza. Luego buscaba mi cama entre pies de niños que se reían y también se reía X., a pesar de que estábamos enfadados.
Le he contado mi sueño despierta y dormida a G en cuatro frases, y él, que acababa de levantarse, me ha reconfortado siendo simplemente como es. A veces alguien más joven, sin experiencia pero con un background saludable puede también enseñarnos cosas.
Éstos han sido y son días duros y difíciles (sigo sintiéndome como ese árbol de la foto, casi un Atlante aunque sea un roble, emblemático de la fuerza) y los sueños, con su carga simbólica repetida, me interpelan, pero me alivian porque pienso que son claves para entender(me) y no puedo evitar cierta fascinación por ese lenguaje metafórico. Hoy me he puesto literalmente enferma mientras comía porque los nervios se habían trenzado en el menú o porque el pescado no estaba como debía, quién sabe. Me latían las sienes y no tenía fuerzas para levantarme e irme. En casa me he repuesto a lo Doris Day en Pillow Talk, y leyendo. Por fortuna, además de los que no me entienden y de aquellos de los que tengo que protegerme (cuidado con los escorpinianos en luna llena, decía un horóscopo americano, y yo no hice caso), están los amigos, con quienes reconecto, y son de todas las edades. Y también los nuevos encuentros con seres afines, aunque sean en otra lengua. Ayer y hoy, entre mis sueños agitados, la inquietante pesadilla diurna y algún malentendido, tuve y he tenido encuentros felices y dos personas significativas me han agradecido simplemente que fuera como soy. Con otras he mantenido largas y ociosas conversaciones telefónicas. No me puedo quejar. (Gracias, Bel M.) Aunque sí debo decir que echo de menos los artículos de VM los domingos; me doy cuenta de cómo me consolaban del resto del periódico.

sábado, 29 de agosto de 2009

Lo que dice el cuerpo

Foto: Dolors Udina, Cucuron, Provenze, 2009
Sufro la estela del conflicto de anteayer con una lumbalgia que parece haberse arraigado con ferocidad, aliada a misteriosas hormonas. Esta mañana leía El origen en una posición yóguica que me aconsejó V. y alivia mucho, con las piernas subidas a la pared azul grisácea del pasillo (era un buen retrato para On Reading de Kertész) y la espalda sobre la estera en el suelo de madera, y es que Bernhard me gusta tanto que me anima releer su furia contra Austria y Salzburgo, y la educación como forma de destrucción, y la desmemoria (ignoración) y su interpretación de que los festivales de música sólo son una forma de enterrar y olvidar el pasado y la culpa por el nazismo y la complicidad colectiva. No recordaba su asociación del nacionalsocialismo y el catolicismo (me pregunto qué opinará A.; claro que la propia experiencia y la vivencia personal de la Historia llevan a una posición u otra, y yo no puedo evitar comprender a Bernhard porque mi torturadora era católica ferviente, casi mística, y aunque no tenía reparos ni escrúpulos para la atrocidad y la injusticia, no se perdía una misa; y sin embargo, en otros sentidos entiendo a mi amigo A.).
Ayer fui por última vez a regar las plantas de J. y G. in absentia y enseguida se personó un vecino a protestar. Tenía razón, pero sus modales me parecieron asombrosamente descarados, aunque acabó civilizándose, tal vez porque vio que ni yo compartía su estilo, ni tampoco me intimidaba. Lo malo fue que, para regar las plantas del fondo, choqué con un mueble y me hice un morado gigantesco, que se ha unido a la lumbalgia. "Toda buena acción recibe su castigo", solía decir una mujer pesimista y excéntrica a la que frecuenté en mi adolescencia, vivía con su familia en una casa muy inglesa con jardín frondoso y visitado por múltiples gatos salvajes, a los que atendía, alimentaba e incluso les había puesto nombres generosamente.
Más tarde estuve viendo Shadows, de John Casavettes, llena de su nervio fílmico, esa belleza áspera de imágenes vivas, rodadas casi a la documental, película improvisada, llena de reflexiones sobre el machismo, la violencia, el infantilismo de esa cultura masculina patriarcal urbana, contrapuesta a un mundo culturalista y snob pero más libre, me pareció melancólica y refrescante a la vez.
También ayer me llegó la noticia de la muerte, injusta y misteriosamente impaciente, de Mario Merlino y lo sentí, creo que todos los que le hayan conocido y leído lo sentirán. Yo había puesto una entrevista suya en este blog, hace tiempo.
Hace un rato leía la web de ese maravilloso jardín botánico de Londres, Kew Gardens, sobre la capacidad del Platanus hispanica (ellos le llaman London plane, ya que esta especie abarca más del 50% de los árboles plantados en Londres, y se preguntan si realmente este cruce entre los sicomoros americanos y otra especie de plátano se originó realmente en España en el 1600 o fue en Inglaterra) para limpiarse con la corteza y resistir a la contaminación de las ciudades:...el plátano apareció en Gran Bretaña hacia mediados del siglo XVII y se plantó como árbol ornamental. Pronto se convirtió en el árbol de rigueur para plantar en Londres, en cuanto se descubrió hasta qué punto es tolerante a la vida urbana. Todos los árboles 'respiran' por los poros de la corteza pero no todos la mudan como el London plane. Con el tiempo, le caen grandes láminas de corteza revelando un dibujo de camuflaje de pardos, grises y amarillos de la madera fresca de debajo. Este proceso asegura que los agentes contaminantes se despeguen y que el árbol se mantenga saludable. Además de este proceso de autolimpieza, el Platanus x hispanica demuestra su buena adaptación al mundo urbano con su resistencia a la sequía, su tolerancia a la poda regular y al suelo compactado, rasgos característicos de la vida en Londres." El texto continúa diciendo: "A pesar de condiciones que distan de ser idóneas, sobre todo en el centro de una densa y agitada metrópolis, el London plane muestra una impresionante longevidad -algunos especímenes de las plazas de Londres tienen más de 200 años de edad. Crecen regularmente a más de 30m de altura y sus hojas brillantes, parecidas a las del arce abundan en primavera y verano antes de volverse naranjas y pardas en otoño."
¿De dónde sacan nuestros políticos municipales y sus asesores que los plátanos sólo viven cien años y por tanto hay que talarlos antes de que mueran? ¿Por qué los barceloneses tendremos que acostumbrarnos a vivir sin ellos, como pretenden partes interesadas? Es inevitable pensar en Roberto Saviano.
Pero tras esta ráfaga de Polis vuelvo a mi mismidad. "Lo que no podemos escribir ni expresar lo dice el cuerpo", dijo mi antigua psicoanalista una vez y yo la cité en "El cec de l'Odissea, el bloqueig un somni d'editors", "pero el cuerpo es un jeroglífico". Una vez conocí a un hombre que en lugar de llorar, respiraba con dificultad. Esos jadeos eran sus lágrimas y yo le consolaba. Conocí a dos grandes hipocondríacos; uno corría a los hospitales a media noche y el otro huía de ellos como de la peste, pero los dos combinaban su miedo a la muerte con una espléndida salud. Yo sólo somatizo: hoy no escribo, ni recuerdo mis sueños de esta noche (al parecer por culpa de un bandido doblemente armado), y ahora es mi cuerpo el que habla, el que dibuja mi tristeza ágrafa con sus jeroglíficos dolorosos. Tanto es así que me he rendido en un contexto bloggero y casi he renunciado a mi nombre.
Pero más tarde me he puesto a escribir un rato, disciplinadamente, antes de ir a ver la loca parodia de Kitano: lo que sí me gustaba era su conclusión en la entrevista escrita: No importa el éxito ni el fracaso ni lo que piensen los otros, sólo importa la epifanía que se tiene al crear la pieza.

miércoles, 8 de julio de 2009

De la voz, la lluvia, los árboles

Foto: I.N., En el Danubio, Vojvodina (Serbia), septiembre 2007
Anteayer, la luna llena y la montaña de Montjuïc (la misma montaña que aprovecharon los vecinos de Poble Sec en 1936 como muro del Refugio antiaéreo 307) contribuyeron mágicamente a mi lectura de textos literarios sobre la guerra. Yo notaba que mi voz transmitía más cosas en este momento intenso para mí y en varias ocasiones noté que si no me contenía podía incluso sollozar (con las palabras de Ginzburg sobre ese Cenzo Renna justo antes de ser fusilado por los fascistas; con el personaje que se arriesga a cuidar a un muerto vivo de Alberto Méndez; el paisaje delirante de cadáveres y locura integrados en la geografía de Rodoreda en Quanta, quanta guerra; con los suicidios de Dubravka Ugrešić; con la imagen simbólica de María Zambrano...). Y en todas las ocasiones me contuve, pero sentía una emoción en el aire y la vibración de la voz que se multiplicaba. Recordé la penumbra de la habitación de G. de muy pequeño, cuando yo cantaba para que se durmiera y me caían lágrimas. Luego, varios me dijeron que también habían contenido sus propios nudos. "Tienes unas tablas de cantante de ópera", me dijo generosamente V. Y mi acupuntora, que viene del mundo del teatro, me felicitó con entusiasmo. Y también hubo alguien que me felicitó con sorpresa, como si hubiera esperado algo mucho peor, o como si me hablase desde alguna cumbre; tal vez era sólo un momento maladroit. Después de la lectura visitamos el Refugio, esta vez de la mano de una guía experta como "lo duca" dantiano, una joven inglesa que hablaba catalán con un misterioso deje mallorquín, respetuosa e inteligente, con la sensibilidad necesaria para acompañarnos por los fríos túneles históricos, donde se nos encoge y ensancha el espíritu pensando en esos vecinos bravos y osados (mujeres, niños y ancianos, ya que la mayoría de hombres estaba en el frente) y resistentes y esos arcos de "volta catalana" y en la organización eficaz que consiguieron y los carteles donde se prohibía hablar de política o de fútbol o se declaraba completamente prohibida la expresión de todo pesimismo y todas las normas estrictas que había que cumplir para sobrevivir y resistir allí dentro. Y los tres días en que los bombardeos ya no duraron dos o tres horas sino que no se detuvieron, y todo el mundo tuvo que resistir dentro, sin salir a por comida... Y en que fueron vencidos, y los insurgentes destruyeron ese país que queríamos, la España republicana y luminosa, la que pudo existir durante tan poco tiempo, la que nos hubiera hecho europeos y democráticos de verdad.
Es extraño que nadie haya hecho una película sobre esto, me dijo luego Abel R.V., y tenía razón, un documental casi mejor que una ficción, con ese título Refugi 307.
La siempre interesante V. comentaba la suerte extraña que representaba una experiencia así en Barcelona (lectura de textos de guerra tan maravillosos y una visita tan bien guiada al refugio antiéreo), una ciudad donde la memoria se entierra y disimula bajo lo comercial y lo turístico, y de no ser por ese valeroso Museu d'Història, y por el trabajo invisible y valioso de grupos como el que acoge la Fundació Congrès Català de Salut Mental no sé qué sería de nosotros. Por cierto que esa lectura mía se repetirá el martes 28 de julio, el 4 y el 25 de agosto; los interesados pueden reservar.
Ayer fui feliz porque no me dolió el brazo y estuve escribiendo, forcejeando con mi extraño, posible, germen de novela. Por la noche tenía una cena con la que fue familia política alemana de mi padre, los W., pues una de los hijos ha logrado, por puro amor obstinado a esta ciudad imposible, instalarse en Barcelona, en una casa preciosa y compartida en Méndez Núñez, un barrio que aún no han destruido las mafias del cemento y los también tenaces políticos municipales. El padre, Hans, me estuvo explicando las normas de protección de los árboles en Alemania. Allí, además de plantarlos y mantenerlos siguiendo unas pautas muy distintas que las mezquinas y arboricidas de por aquí, los árboles no se pueden dañar, y los trazados urbanos y las infraestructuras tienen que adaptarse a ellos y protegerlos (todo lo contrario de Barcelona, donde todos los trazados y políticas municipales van a destruirlos y planean su tala generalizada con argumentos falaces engañosos, como el artículo que R.F. publicó en El Periódico, defendiendo intereses precisos y contra toda lógica europea y sostenible. Yo intenté buscar un espacio donde un profesor de Ecología independiente, sin intereses mercantiles en la cuestión, le contestara, pero no lo logré). Hans W. vive en un apartamento rodeado de árboles gigantes, a las afueras de Munich, con un roble inmenso, arces y otros árboles que tienen tres y cuatro siglos de edad. Me contó que el viento había derribado un alto ciprés: eso le obligó a informar -hay que certificar que de verdad ha sido el viento- y a plantar un ejemplar comparable en su lugar. Otro mundo.
También ayer recibí el mensaje de un psicoanalista, Manuel Baldiz, quien por fortuna para mí se cuenta entre los lectores de este blog, y que había acabado mi libro balcánico. Titulaba el mensaje "Un libro necesario"
... Conseguí acabar tu libro balcánico y esa es la principal razón de que te escriba. Me gustó muchísimo, Isabel, y me parece un libro muy importante. En un mensaje anterior, al poco de haberlo empezado a leer, ya te dije que me impresionaba mucho, y la verdad es que las cuestiones que planteas son fundamentales para entender el siglo XX y para poder prever catástrofes similares en el futuro. Quizás el interrogante principal es el que enuncias así: ¿La guerra nos transforma en monstruos o sólo descubre el monstruo que llevamos dentro?. Sospecho que hay que inclinarse por la segunda respuesta, y tratar de pensar, en todo caso, qué podemos hacer con esa parte monstruosa del ser humano. Cuando le preguntas a Ozren Kebo si cree que la cultura preserva contra la violencia, su respuesta dice: “La cultura puede ayudar, pero no siempre. A veces creo que hay algo en nuestro interior extraño y difícil de describir. Tal vez haya algo animal en nosotros” (p.52). Sin embargo, unas páginas más tarde, otro de tus entrevistados, Igor Stiks, afirma sin ambages: “Todos sabíamos que la violencia se produce a través del lenguaje” (p.76). La contradicción aparente entre ambas interpretaciones (¿lo animal? ¿lo discursivo?) es un problema básico y desgarrador de la cultura. El psicoanálisis estaría más de acuerdo con la segunda opinión. La extrema violencia a la que puede llegar el ser humano no es “bestial” como a veces se dice, ni tampoco exactamente “in-humana”. Depende de algunas terribles paradojas inherentes a la estructura del lenguaje que nos puede llevar a lo más sublime pero también a lo más horroroso. Podría destacar tantas cosas de tu libro.... La idea de que la guerra lo perturba todo, y que después de la misma ya nada puede volver a ser igual. Y tu intento incesante de poder determinar las causas de lo ocurrido. ¿De qué iba la guerra? ¿era el nacionalismo solamente un pretexto?. Está muy bien cuando no te conformas con una explicación única. Todo síntoma humano está sobredeterminado y, por tanto, no hay más remedio que desvelar diferentes niveles de causas, diversos ingredientes en juego: lo rural contra lo urbano, el conflicto de religiones, los intereses económicos, el narcisismo de las pequeñas diferencias, incluso la misoginia.... Un momento destacable es cuando Slavenka Drakulic te replica que no es nada difícil entender el paso de la izquierda comunista a la derecha nacionalista puesto que ambas posiciones son ideologías religiosas plagadas de mitos irracionales, o cuando Igor Marojevic sostiene que ambos son discursos colectivistas y “monocódigos”. Y “last but not least”, la cuestión de la “otredad”, y eso tan real de que las masas no piensan mucho (Marojevic). Hay que releer al Freud de “Psicología de las masas” y su lúcido análisis de cómo las masas entronizan a los líderes, incluso a los más tiránicos. Ojalá un libro como el tuyo tuviese mucha más repercusión. Tienes toda la razón cuando sostienes que recordar es subversivo. Una pregunta: ¿Ha tenido alguna repercusión en los propios países balcánicos? ¿Se ha traducido allí?. Sería tan interesante ver de qué modo lo leen y qué opinan las gentes de por allá... Y mientras escribo esto llueve y llueve, incesantemente, en una venganza contra todos esos días indecisos tan barceloneses, de forcejeo de nubes y sol siempre victorioso en cielos sucios, después de haber andado por la calle tapándome la cara por la contaminación, pensando vagamente en ponerme la máscara (a riesgo de ser considerada sospechosa de alguno de esos virus de película). Y sigue lloviendo a mares y Gilda duerme aún más profundamente, y yo tengo que salir...