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domingo, 15 de agosto de 2010

Las heridas del retorno

Foto: I.N., Desde la terraza, 2010
Pasé unos días refugiada en la hospitalidad de mis amigos en los Quers de Cadaqués. Su casa encaramada en la colina rocosa, llena de frescura de pinos, propicia para los paseos al campo y el tránsito de los gatos, silenciosa y con vistas que hacían soñar. Al pueblo apenas bajábamos. El baño matinal a primera hora en un mar que parecía recién nacido, como si lo estrenáramos, era maravilloso, las ensaladas de tomate, los quesos y el vino, el té, las conversaciones y los paseos, todo sabía mejor allí, en la hamaca del porche o en la terraza de arriba, y yo alternaba a Chéjov con Jordi Esteva y Massimo Cacciari hablando de la soledad acogedora, de Leopardi a Célan.
Pero el peso de la memoria es excesivo para mí en ese pueblo y yo lo sabía. Primero me ericé levemente en un pie: fue sólo un aviso. Luego vino la debacle. Volvía de las rocas de Sa Conca atravesando el jardín de los Pitxot, una de esas propiedades que se extienden por la costa y vallan el acceso al mar, y mirando un bosquecillo de pinos, me distraje y me equivoqué de camino. Un indeseable de la casa se levantó y me conminó con violencia a salir por otra puerta, la que da a unas rocas resbaladizas, fuera de mi camino. En lugar de enfrentarme a él, de decirle que tenía que salir por el otro lado, que su obligación legal es dejar pasar, o que tenemos muchos amigos comunes, obedecí extrañamente (y no me lo perdono). La puerta indicada era alta y estaba encallada, unos niños la estaban saltando. Yo fui a saltar también y en ese momento se abrió o alguien la empujó y yo me caí, la frente contra el suelo rocoso y la rodilla... No pude poner las manos y el impacto contra la roca fue brutal. Me salió inmediatamente un bulto en forma ovoide, la rodilla me sangraba. Un francés colonial a quien había visto en las rocas se ofreció a llevarme, me dio la mano y me condujo lentamente por las rocas (yo sola nunca habría podido salir de allí), me acompañó hasta la placita donde asoma la terraza de la antigua casa de mi padre. Una mujer me llevó hasta la puerta del hospital, despotricando contra la familia Pitxot y esa "mentalidad franquista" que se resiste a aceptar los límites marinos de su propiedad. Luego supe que antes echaban un perro furioso contra los paseantes y unos amigos jóvenes se hirieron saltando como yo por la puerta aviesa. Ahora el "perro entrenado" tiene apariencia humana. Sólo sentía una gran desolación. Cuando mis amigos lo supieron vinieron a buscarme, me llevaron al hospital de Figueres, allí me exploraron, descartaron la conmoción en principio. Esta mañana me han devuelto a casa, mis amigos de la casa de la colina, que ayer me cuidaron y ganaron un premio a la hospitalidad. Creo que el peso de la tristeza, la carga de la historia que allí encuentro, la muerte de mi padre y la destrucción de la belleza, todo eso me deja inerme, sin reflejos, me impide reaccionar y se convierte en un peligro.
Así que héme aquí dolorida en esta ciudad desierta, tomando mis remedios homeopáticos y andando a la pata coja. Mañana me harán una radio de la pobre rodilla. He dejado la fea herida al aire. Mi aspecto es espectacular, me recuerda a un combate de boxeo o a aquellos comics de Will Eisner donde le ponían un bistec al pobre Spirit en su ojo morado. Duele todo el cuerpo como después de una paliza y no puedo sentarme a mi mesa más que unos minutos, pero no es nada grave y sé que de nuevo he tenido mucha suerte (es fácil imaginar a mis ángeles corriendo a salvarme del peor golpe), así que intentaré aceptar mi suerte como hacía mi gata, y aprovechar el silencio para seguir leyendo... Después de la áspera desolación de "Mi vida", volví a retomar "La estepa", con esos momentos epifánicos de contemplación: "Entonces, en el zumbido de los insectos, en los carros o las figuras sospechosas, en el cielo azul, en la luz de la luna, en el vuelo de un pájaro nocturno, en todo lo que ves y oyes, empiezas a percibir el triunfo de la belleza, la juventud, la fuerza floreciente y una apasionada sed de vida; tu espíritu responde a la hermosa y severa tierra y deseas sobrevolar la estepa con el pájaro." O tal vez vea unas películas prestadas por dos amigos... o quizás me duerma y siga soñando que estoy allí, que el lugar es como fue, lleno de belleza solitaria y que nada debería traicionarme.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Desayuno con árboles y libros

Foto: I.N., Jardín Botánico, Madrid, 2009
Ayer estuve en la presentación de Kafka y el Holocausto, de Álvaro de la Rica, en La Central. Xavier Pla y Nora Catelli hicieron brillantes aproximaciones distintas al libro, desde el punto de vista de lo que es el ensayo, de la subjetividad que implica la escritura, de la libertad del género y de su vocación compositiva (Pla) y desde la perspectiva de los cruces entre la literatura, el pensamiento y la teología, o el abordaje cristológico de lo judaico en Kafka (Catelli), todo bien articulado con precisión crítica y humor afectuoso por Sergio Vila-San Juan, y finalmente, esa posición autoburlona, eliottianamente humilde pero cultísima que es la de Álvaro de la Rica, que aconsejó que no se tomara demasiado en serio su libro, citando la frase (Boris Groys?) de que la cultura son sólo rumores y tratando de explicar de dónde había surgido ese ensayo. "Hablar de Kafka es hablar de todos nosotros", escribía Blanchot. Y De la Rica contó una conversación suya con Vila-Matas donde los dos coincidieron en la misma sensación de que leyendo a Kafka, sentían que el libro les leía a ellos.
A ese encuentro tan sugerente siguió una cena magnífica y plagada de buenas conversaciones en un comedor subterráneo de uno de mis sitios preferidos de Ciutat Vella (un delicioso bacalao con tomate confitado), y de esa cena surgió inesperadamente el desayuno de hoy, en la casa de un escritor al que admiro y que fue amigo de mi padre, pero también amigo de Josep Pla, con su biblioteca proustiana para mí mítica y tantas veces descrita por otros, su ironía crítica que no deja títere con cabeza (cómo nos hizo reír anoche y cómo me gustó escuchar sus anécdotas de Josep Pla y el diálogo con XP) y su calidez, y esa casa maravillosa. Hablando del espíritu arboricida de este país y el extraño desdén por los viejos árboles que se veneran en toda Europa, su mujer, que fue coleccionista y marchante de arte africano, me ha contado que cuando el abuelo del escritor (que era un herrero y tenía una preciosa biblioteca: ¡eran otros tiempos!, y la han conservado intacta) compró la casa, le dijeron: "Esta higuera deberían cortarla, porque ya es muy vieja". Entonces, en 1904, ya era centenaria. El herrero no les hizo caso. Cuando el padre del escritor transformó lo que era el antiguo fregadero en la actual biblioteca proustiana, hicieron un pequeño patio para no cargarse la higuera, y ahí sigue, con sus gruesos troncos retorcidos y sus cosechas de higos buenísimos. Así que además del té, de una tienda de Ginebra cerca del musée Barbier-Mueller, y los croissants y la mermelada de moras hecha en casa y las conversaciones, he gozado de la visión de esos árboles, la compañía de los libros de Proust, su correspondencia, la bibliografía crítica, los recuerdos, y he admirado los dibujos originales y grabados de Luis Marsans sobre La Recherche, que penetraron su sensibilidad (hay un retrato del narrador niño enfermo en la cama, encogido y aprensivo, que recuerda al retrato fúnebre del escritor; pero también está Françoise, y Des Esseintes en pleno paseo, y la abuela con su mirada sutil, y alguien que parecía Madame Verdurin...), en ese entorno donde el arte africano, las piezas funerarias chinas de la dinastía han (un perfil de madera precioso y de una delicadeza expresiva que conmueve) y los tapices peruanos acompañan a algunos bien escogidos Tàpies y a los libros omnipresentes (confieso que en el cuarto de baño he leído una carta de Joseph Roth a Stefan Zweig, decidida a comprarme la correspondencia de Roth), con maravillosas ediciones originales y los escultóricos árboles del jardín, un palosanto cargado de frutos, además de la higuera que trepa por el tejado de la biblioteca, o el pino nonagenario que plantó el tío del escritor, enterrando un piñón. Yo les he llevado mi Crucigrama (por si sintieran curiosidad por el retrato de mi padre, al que querían) y La plaza del azufaifo, que ya tenían. "Ven cuando quieras", me han dicho al salir, "llamas y vienes a comer..." Y aunque yo jamás me he presentado en casa de nadie por sorpresa, y menos a comer, esa cortesía hospitalaria me ha alegrado el espíritu. Al volver, una llamada de la señora octogenaria que lidera la defensa de los almeces de la plaça Joaquim Folguera me ha anunciado que están cortando de cuajo todos los jóvenes almeces de la calle Vinarós, muy cerca de los nuestros, árboles que debieron plantar hace veinticinco o treinta años. Y es que el ayuntamiento ha decidido acabar con la desigualdad que otorgaba un poco más de verde a este barrio que al peor de Barcelona, y del mismo modo que convirtió la zona más silenciosa en el distrito más ruidoso, está logrando que el barrio más fresco y de mejor aire pase a ser el más contaminado de la ciudad, enterrando la memoria de lo que fue, haciendo desaparecer toda belleza, arquitectónica, urbana y natural e invadiéndolo todo de su fealdad de cemento. Todos aquellos que lo asumen y aceptan pasivamente ¿qué son? ¿Gente primitiva y salvaje o gente vencida y triste? Me he acordado de que al llegar a casa una noche, tarde, del tren de Madrid, en el contestador encontré un mensaje de M completamente delirante: repetía series numéricas sin sentido, me hablaba en plural, decía que ella no tenía dinero y que teníamos que colocar el dinero 9-3-0-2 en el 330 de una calle, "repito", decía, y enumeraba otra serie distinta: 0473, y seguía dictando números que yo copié absurdamente en un papel, y es que a veces no puedo evitar la sensación de que me habla con mensajes cifrados. Me pareció angustioso, pero era tarde para llamarla y cuando hablé con ella al día siguiente no recordaba los detalles, me dijo: "Es que creí que estabas en esta época". Yo bromeé que tal vez había viajado en el tiempo y pensé que es verdad, en cierto modo no me siento de este tiempo o de este lugar, y le conté que venía de Madrid y que en un momento dado, un amigo me llamó al móvil y me preguntó "dónde estás", le dije: "En la Castellana" y cuando fui a mirar a qué altura, estaba en Hermosilla, la calle de la infancia de M.
En el catálogo de Caspar David Friedrich leí que su hermano se ahogó intentando salvarle, de pequeños, y de cómo ese hecho terrible le marcó para siempre. Me hizo pensar en aquella frase de Goethe que citaba Wilde, añadiendo que "donde hay un dolor hay un suelo sagrado", y en la capacidad o el talento para exorcizarlo que algunos buscamos, o de cómo ese dolor se convierte a veces en (iluminación) materia de escritura o de creación. Hace unos días, un ejercicio escrito por una alumna de la conferencia de Maeve Brennan había captado esa idea mía obsesiva.
Lean en Polis un artículo de Francesc Arroyo de hace unos días donde se demuestra que la situación de Barcelona respecto a espacios verdes es de las peores del país y está muy por debajo de las recomendaciones de la OMS y es mucho peor a la situación de Madrid, contrariamente a lo que pretendía un autodenominado experto que ha venido a visitar este blog. Esta situación de nuestra pobre ciudad se verá agravada con el plan de talar todos los plátanos de la ciudad que anunciaban pocos días atrás. Ayer un profesor de la Universitat de Girona me dijo: "Yo creo que los socialistas detestan los plátanos". Dice que en Girona los están arrancando todos. Según él, a los socialistas sólo les gustan las palmeras. Yo creo que estos políticos detestan los árboles, la espesura, la frondosidad, la belleza y la historia. Sólo les gusta la fealdad grasienta que tan persuasivamente representa la estación de Sants. Y siguen destruyendo todo lo que no encaja en ese espíritu. Y destruyendo el verde de todo el país. ¿Es que nadie va a rebelarse?
Lean si quieren aquí mi reseña de ayer en La Vanguardia Cultura/s.
Yo me consolaré recordando mi segundo desayuno de hoy, y leyendo a Natsume Soseki para reseñar. He recibido El proyecto Lázaro de mi admirado Aleksandar Hemon, publicado por Duomo, junto con un libro de ensayos de William Boyd, que me inspira curiosidad -por sus cuentos Fascination- y gran reserva (vi una entrevista suya en Arte TV donde hablaba con furia misógina irracional contra Virginia Woolf -eso me pareció- y con gran admiración de Evelyn Waugh). Los pongo a la cola de mi atasco de lecturas erráticas. "Yo sólo he leído caprichosamente", le dije a Claudio Magris. "Es la mejor forma de leer", me dijo él, con esa elegante generosidad suya. Aún tengo para leer la novela de Jordi Bonells, la de Slavenka Drakulic, la de Cinta Arasa. Estos días llevo secretamente conmigo un ejemplar de mis cuentos. No puedo evitarlo. El peso de su presencia invisible en el bolso me alivia de forma misteriosa. La impaciencia de que lleguen a todas partes me agita constantemente, con un temblor interno. A veces siento como si me estuviera convirtiendo en árbol.

viernes, 16 de enero de 2009

No puedo explicar aquí

Las cosas que me ocupan estos días y que tienen mi alma en vilo en lo personal y en lo colectivo. Sólo diré que mi libro balcánico ya existe en las librerías y muchos acontecimientos giran en torno a eso, o se mezclan. En La Central de la calle Mallorca lo han puesto en tres secciones distintas, convirtiendo lo que para otros libreros es un hándicap -ser multigénero- en una ventaja. Y considerando la dificultad, cuando no imposibilidad, que tenemos los escritores no-mediáticos en encontrar espacio en los medios, en los suplementos literarios, en las escasísimas y a veces olvidadas revistas y no digamos en los también escasos programas de libros de las televisiones que, a veces, para rematar la dificultad nos vetan, por haber nacido aquí o allí o por lo que imaginan que somos, es muy importante que las buenas librerías nos acojan, hospitalarias. Como también es importante para los libros la hospitalidad de algunos editores, que se entusiasman, apoyan, están ahí. Y que tienen diseñadores inteligentes, capaces de captar con sutileza el espíritu del libro, y de aceptar que legibilidad es importante. También a veces, alguien que admiramos, por su criterio, su trayectoria y su libertad de pensamiento se interesa por nuestros libros, nos felicita, incluso decide que intentará escribir sobre ellos.
Estaría bailando por la casa para celebrar esas acogidas para mí tan importantes de no ser porque alguien ha venido a instalar un equipo de música y que me ha permitido desembarazarme de mi viejo equipo obsoleto y rebelde (ya sólo podía escuchar los CDs que aceptaba ese equipo y el criterio del aparato no coincidía con el mío), y ahora mismo está aquí, moviendo libros en las estanterías, con remolinos de polvo y las protestas de la gata, expulsada afuera por la alergia del visitante.
Así que he dejado por un momento mi conferencia de MB y mis conversaciones telefónicas del día o incluso la invitación para asistir a una inauguración (la verdad es que no tenía ánimo para lo social, tan frío y villano en esta ciudad, y pensaba proponerle a E. que la esperaría en el café de La Central, rodeada de los hospitalarios libros) para escribir aquí, que tengo este blog muy abandonado.
Ayer vi un programa en Arte tv sobre los escritores y Nueva York: salían algunos escritores familiares; uno al que estuve a punto de llamar cuando estuve allí, por razones múltiples y porque encontré su teléfono (y sólo no le llamé por el mal humor de G, que se estaba independizando de mí sin saberlo). Entonces no sabía que trabajaba en el edificio más feo de la calle, ni que se definía como un frikie que sólo se interesa por la literatura y que hace cosas inútiles. Pero sí sabía que siempre cita a escritoras que le han influido o que ha leído (ayer Flannery O'Connor) y que él ayudó a rescatar del olvido a Paula Fox. Otro al que traduje y que respondió a una pregunta mía: me gustó su manera de clasificar y definir las distintas tradiciones de la literatura norteamericana y a cuál se adscribía él, y cómo juzgaba la política americana en el mundo y acabó su novela justo antes del 11/9 con una frase casi augurio, porque estaba conectada esa política con lo que ocurrió. Otro al que había leído en los ochenta. Otra joven escritora judía a la que reseñé en La Vanguardia y cuya primera novela y talento defendí y que ayer también me pareció seria. Y otro, su partner, también otro talentoso e inteligente escritor judío, al que he leído, regalado y seguido con interés; incluso me gustó la película inspirada en su novela y ese paisaje de la memoria.
Ayer también había quedado con un amigo director de documentales y profesor de cine en Ciutat Vella y hablamos de nuestros respectivos trabajos y de la memoria y posibles proyectos de cada uno. Él escribía sobre el factor imprevisto en el documental, algo que a mí me fascina y que conecta con todo lo imprevisto de mi libro balcánico, y me trajo dos películas de los Balcanes y otras que añadió, relacionadas con el tema de la memoria, con muy buen criterio.
A todo esto el aparato de música ya suena maravillosamente y si sigo así me arrancaré por bulerías, como dicen en el Sur. Mi instalador ha querido cambiar completamente de música para comprobar la versatilidad del equipo. Hemos pasado de la música sacra y luego casi contemporánea, a un dj versionando, piezas de los setenta, fusión y coros celestiales clásicos que no me había atrevido a poner tras la muerte de mi padre... ¡Cuánto tiempo escuchando un equipo viejuzo y telarañoso... Me han vuelto escenas antiguas de un robo y una reposición generosa, que enlazaba con la de ahora. ¿Cómo explicarlo? En esas escenas de generosidad o de apoyo dedicados a mí, resucita un viejo espíritu herido en la infancia, un encapuchado con una guadaña o el nombre de mi maltratadora, tengo que hacer momentáneamente el proceso de aceptar que yo pueda merecer tales impulsos, ya que viví mucho tiempo con la idea interiorizada de que sólo merecía punición y procuré incluso no alejarme de ese terreno. O tal vez sólo era la mejora técnica y ese extraño efecto de la música que, de pequeña, en una iglesia barroca y con un órgano magnífico, creí confundir con la fe (descubrí que no creía cuando nos cambiaron a la capilla pequeña y sin órgano ni coro). Y había más: G. acababa de levantarse de una siesta y estábamos de pronto los tres y yo recordaba otra escena con música los tres, muchos años ha, y era inevitable pensar en lo roto. El pasado en el presente en medio del polvo y el desorden de mi cueva. Por suerte, estoy rodeada también de seres irónicos y aun puedo reírme de mis disfunciones. Mi editor, para celebrar, me ha mandado una escena kitsch. Hilarante. Confieso que al escuchar el sonido transparente y cálido que ahora llena mi cueva de Alí Babá casi me echo a llorar, en tres ocasiones, pero me he contenido.

viernes, 30 de mayo de 2008

Vuelta



Foto: I. N. Ses coves, 2008

No voy a decir que no haya echado de menos la conexión con el mundo, ni este espacio donde asomarme, ni la sensación de poderme tomar mi té chino con el agua indicada para desayunar, ni mi movilidad urbana. Pero en vez del ruido espantoso de estas obras interminables (ahora están rompiendo el suelo del portal, lleno de sacos de cemento; mi nombre ha desaparecido de los semidestruidos buzones, el cartero echa las cartas por encima como si sembrara y nosotros tenemos que saltar una zanja para acceder a esos montones), y del polvo y el campo de grúas y fealdad que es ahora esta zona de Sant Gervasi, he comprobado que en esa isla (la parte norte es Reserva de la Biosfera, y eso ha servido para preservarla, a pesar de los terribles polígonos que ahora rodean Maó, y de la contaminación lumínica) aún existe la naturaleza y la quietud, que se puede vivir rodeada de un aire vibrante de pájaros, con caminos luminosos cerrados con "tanques" (las puertas al campo de Octavio Paz) y muros de piedra seca, caballos que se acercaban casi a saludarme en el camino al borde de sus cercados, un dragón precioso gris oscuro, con su arrogancia prehistórica en las ramas de un oleastro, conejos que salían huyendo locamente en una representación del "Br'er Rabbit" de Uncle Remus (arráncame la piel, abrásame vivo, pero sobre todo nunca me arrojes a los espinos, decía el conejo preso, y sus incautos captores le creyeron y le liberaron para que él pudiera reírse del zorro: "Bred and bawn in de briar patch, Br'er Fox, bred and bawn"... Cómo me costó entender esa cita, entonces, sin Internet, en cambio ahora se tarda un momento en identificar el deje afroamericano y sureño que Chandler Harris puso a sus animales: "Nacido y criado en el campo de brezo, hermano Zorro, nacido y criado"), tortugas camufladas con los colores del terreno, árboles arqueados contra el viento, matorrales bajos que a la puesta de sol componían una especie de fisonomía de sabana africana, palmeras desmochadas y mar al fondo, siempre mar de la isla.
He andado bajo la lluvia asombrada de la intensidad de los verdes para llegar a un insólito cibercafé de nombre árabe donde un inglés calvo me propuso que cantara por las noches en su local, y yo imaginaba esa otra vida, desaparecida de la vida urbana, cantando allí para unos cuantos ingleses, en un patio con palmeras. Al volver, un joven payés de ojos verdes y camioneta blanca me ofreció llevarme a casa, y mientras declinaba, detecté esa mezcla de timidez y deseo contenido y pensé que tal vez mi antiguo éxito en el mundo rural se mantenía pese a los años, ¿o es que existe la pura bondad? ¿O tal vez se trataba de aquella versión cristiana de los créditos universitarios, y aquel joven quería ganar indulgencias plenarias para un cielo con música de pájaros? En Vojvodina, en la casa de escritores serbia, todos me pedían que intercediera ante el guardés, al que consideraban un hueso duro de roer, pero que tenía una debilidad conmigo y me preparaba verduras y me traía panes de cominos que la poeta rusa y el nacionalista de Boka Kotorska codiciaban. Y es que, de pequeña, según contaba mi madre, yo era la favorita del lechero de Roses, que decía: "Todas son guapas, pero la rubia se lleva la palma", y a mí me daba mucha rabia oír esa frase, que producía hilaridad general, y juzgaba aquel extraño éxito rústico como los milagros de aquel ángel de un cuento de García Márquez, que no concedía nunca lo que se le pedía, sino otra cosa. Es decir, uno que necesitaba dinero, no lo conseguía, pero le crecían un par de alas. Por ejemplo. Y yo crecí convencida de que lo mejor era oscurecerme el pelo para cambiar aquella condición distinta, que sólo me servía -a mi modo de ver de entonces- para granjearme la hostilidad y las burlas de Anastasias, Drizellas y Rottenmeyer. Alguien (alguien que enloqueció por completo) dijo de mí que era una ilusa y tenía razón.
En esa quietud menorquina, mientras mi anfitrión, que se ha construido con su habilidad y su esfuerzo una gran casa solariega con un terreno que llega casi hasta el mar, trabajaba por ahí, yo empecé a integrar las correcciones que el editor minucioso ha sugerido para mi libro balcánico, y al releerlo, me gustaba, sentía aletear mi deseo de que todas esas conversaciones y viajes y relatos de guerra y reflexiones balcánicas se publiquen por fin, y me sentía agradecida de su buen tino, con rarísimas excepciones (en realidad, sólo disentimos en dos tipos de comas, pero no se puede pedir todo). También leí y reseñé un libro para La Vanguardia que aún no he enviado. Y leí atentamente los periódicos y planeé escribir en Polis muchos artículos sobre cosas que me indignaron y que ya casi he olvidado.
Una tarde, mi amigo de la isla y yo fuimos a buscar a los tres asnos que viven en su tierra. Son preciosos, uno en especial, con el pelo largo y gris, el más simpático de los tres, muy elegante, se quedó conmigo para que le acariciara mientras los otros dos corrían hacia el barreño de hojas de alcachofa y pan seco. Luego les alcanzó con un trotecillo ligero y casi arrogante.
El paisaje y la quietud me han producido momentos de rara felicidad. Otra tarde, al pasar junto a la cerca donde pasta un grupo numeroso de caballos que pastaban distraídamente, uno avisó al otro de mi presencia, y de pronto, todos se volvieron a mirarme y se alinearon muy serios frente a mí. En aquel momento, con todos los caballos observándome en una hilera horizontal, me entró la risa.
Más allá, al otro lado del camino, una yegua solitaria en su cercado, enmarcada por palmeras de fondo, se acercaba cada día y se dejaba acariciar tímida y nonchalante. Un día aprovechó para mordisquear una mata de hinojo. ¡A mí me encanta el hinojo! (Y también el hinojo marino, que vi crecer bordeando Ses Coves). El último día llovía intensamente y la yegua castaña rojiza no quiso salir de su refugio bajo el árbol, pero fue volviéndose poco a poco para no perderme de vista ni un momento. Hay algo mágico en los caballos y su forma de mirar a los humanos, pensé yo (recordaba las historias de aquella "susurradora de caballos" del libro de Jane Smiley, y también esa otra de la que me hablaron por aquí, que no se ducha y duerme con ellos para que confíen en ella, pero eso implica la desconfianza de los humanos!), mientras me alejaba.
El inglés del cibercafé, que tenía horarios libres ("Como es inglés", me dijo la del kiosco, como una japonesa hablaría de un gaiyín, loco diablo extranjero, "tiene otros horarios"...) me preguntó si no tenía ningún libro traducido al inglés, para que él pudiera leerlo. Quería invitarme a algo "to warm you after so much rain", pero yo le dije que tenía calor, sólo le dejé invitarme a agua, pero se empeñó en enseñarme las habitaciones y en anotarme los precios, por si un día quería estar allí, "a 5 minutos del mar". Yo me asomé a esos espacios para imaginar, como siempre, otras vidas posibles.
Y el último día, ayer, expulsada de la casa por razones incuestionables y exiliada en la casa vecina, en las ensoñaciones soleadas de otra piscina, con el aire lleno de pájaros, intoxicada de tanto leer y de tan maravillosa lectura (È difficile parlare di se, Natalia Ginzburg, que leo para mi conferencia del día 12 en el Ateneo, donde Lydia Oliva hablará de Giselle Freund y yo de NG, y también emborrachada de beber con los ojos ese paisaje que parecía dibujado, los árboles bajos acariciando el suelo y los arbustos oscuros y el campo amarillo desmelenado y hasta la palmera desmochada, la que indica hospitalidad para los antiguos musulmanes, parecía cepillada por una mano invisible, empecé a dejar que salieran al fin gérmenes de nuevos cuentos a mi cabeza y los anoté en mi cuadernillo negro, sorprendida de mis temas y mi deseo de rescatarlos. Y mientras los pájaros cantaban con mil voces distintas, unos silbando, otros ululando, unos roncos y otros metálicos o agudos y chirriantes como columpios oxidados y los grillos y el vuelo sutil de los insectos, yo sólo añoraba escribir en una hoja grande, sobre una mesa, o mejor, volver a la ciudad y a mi ordenador conectado a los amigos, o también soñaba con una yo conductora que recorriese la isla y revisitara nuestra vieja casa de Ciutadella, a pesar de aquellas cucharachas voladoras (paneres) que nos asustaban de noche en la cocina. Y anhelaba ya haber pasado la pesadilla de los aeropuertos, soñaba con viajar como la Bella, que para dejar a la Bestia sólo tenía que cambiarse el anillo de dedo en la cama y despertar en la mía, y me veía los colores de mi ropa prendidos del sol poniente y bailando con la música loca de los pájaros. Y los árboles negros se reflejaban en la cocina y la higuera lanzaba ráfagas de ese olor de mi infancia y todo parecía tan calmado y elegante y yo me consolaba pensando que volvía a un lugar feo y ruidoso donde algunos entienden lo que escribo y me leen.
Y también soñé que revisitaba la casa que fue de mi padre, "La Argentina", donde murió su segunda mujer y que acabó malvendiéndose. La casa, que salía muy bien dibujada en los mapas de la isla, seguirá conservando tal vez su belleza, a pesar de que el terreno alrededor se ha degradado irremisiblemente.
Al llegar, en Vasos Comunicantes (la revista de ACETT) me dicen que publicarán en castellano el texto de mi conferencia en La Pedrera. Lo estoy traduciendo y me alegra que salga ya, me reconcilio con ese texto que en su día me pareció difícil de encajar, entre mis extrañas vidas de traductora intrusa y la apoyatura de las citas en las que me columpiaba y lo simbólico que me envolvía como un mantillo. O como un bosquecillo. O una gruta. Fue a raíz de aquella lectura cuando el poeta CHM, tras comentar, "T'han aplaudit molt!" me escribió que había leído demasiado deprisa y él lo interpretaba como una forma de despreciar al público, lo cual me causó desolación y desconcierto porque yo, en cambio, me sentía acunada por la tensión que me producía la presencia del público, y aunque sé que corría demasiado (temiendo ser excesiva), les notaba todo el tiempo allí y no les desdeñaba, aunque les temiera un poco porque no era mi terreno. CHM añadió, generoso, que, de todas formas, si hubiera leído mejor, los aplausos habrían sido tan atronadores que habría caído el techo (de dunas) de la sala, y eso habría sido catastrófico. Y Dolors Udina, a quien CHM llama "la reina de la traducció", me dijo, a propósito de esa misma lectura y de mi ritmo acelerado: "Em sembla que forma part de la teva manera i a mi, personalment, em fa estar molt més atenta per no perdre'm ni una paraula... Per cert que la Montserrat B, una col·lega de la facultat, molt estudiosa, em va dir que normalment pateix quan algú parla de pressa però que en el teu cas va trobar que no podia ser d'altra manera, que el ritme era l'ideal." También una blogger me comentó que ella siempre lee mis textos deprisa y le gustó que yo los leyera al mismo ritmo, como si ésa fuera la forma adecuada. Y es que casi todo es subjetivo.
He visto a mi editor, de Melusina. La publicación de La plaza del azufaifo es inminente. Queríamos presentarlo en la calle, pero el Districte Sarrià - Sant Gervasi nos pone algunos obstáculos. No se pierdan el próximo episodio.
He ido a buscar unos librillos y por el camino me iba leyendo Metis, de Mireia Mur (ella secreta, oculta con ese segundo nombre, sin foto). Al principio iba doblando las paginas donde encontraba algo que me tocaba, pero al cabo de poco he visto que las estaba doblando todas. Y al lado la traducción castellana, de lujo, casi siempre luminosa (Ramon Balasch y Andrés Sánchez Robayna!) Iba reconociéndola con fruición en sus imágenes poderosas, en ese fuego febril que parece recorrerla como un nervio y dibujar su forma delgada y flexible, en su humor negro, que está en esa mirada suya siempre burlona, en la mezcla de dolor, humor y melancolía, en esa energía oscura y llameante, específica suya, entre la desesperación y la carcajada y la construcción materno-cotidiana y la voz que canta maliciosa, en sus múltiples yos: aquella que escucha las palabras que hay detrás de tus palabras, o la que, con las manos en la falda y la cabeza ladeada, pide a ese tú que la deje arrodillarse y morir para volver con las cuencas de los ojos llenas de serpientes y devorar a todos los hombres, o la culpable en el campo de asfodelos, o la que se enroscará en la columna del tú y será su eje, la vertical de su vida, o ¡las larvas del sarcasmo! Su libro es la afirmación de una voz, una voz libre y potente, que se pregunta y asombra y exaspera y burla y apasiona, que interpela al lector, que me ha interpelado a mí y me ha hecho preguntarme, me ha sacudido y por eso sé que es bueno y que Mireia Mur tiene que seguir escribiendo, escribiendo lo que quiera, pero ahora ya no puede ni debe parar. Ha sido un descubrimiento, he vuelto sin querer, directamente, al primer día que hablé con ella por teléfono. Tuve que llamarla para una traducción conjunta y hablamos y hablamos hasta olvidar la traducción aquella, pero no todas las demás, las que fuimos traduciendo en el aire a partir de entonces, para los museos, cuando cada una convencía a la otra de su solución y las cambiábamos simétricamente, cada una admirada del brillo de la otra... Hasta que quien supervisaba aquel trabajo decidió acabar conmigo, descalificándome y retándome a abandonar.
Y ahora vuelvo al sofá a leer, que me queda una hora escasa antes de la tertulia con un amigo...

martes, 29 de abril de 2008

En la Pedrera


Foto: Manel Armengol, Murs fantàstics, La Pedrera, 1983
Ayer había sido un día difícil, con el mismo estruendo implacable de las obras que ahora mismo me rodea y me produce desolación, y sembrado de inconvenientes, así que llegué a La Pedrera con un humor dudoso. Temía que cuando me tocara hablar, la gente ya estuviera cansada o con prisas y empezaran a levantarse. De hecho bromeé con que, si eso ocurría, yo diría: To be... or not to be, como aquel pobre Hamlet de Lubitsch. Pero no ocurrió. Al contrario, la sala estaba abarrotada y hasta al premiado le quitaron su sitio de primera fila mientras hablaba frente al atril. Era una sensación muy sugerente contemplar el techo ondulado, las dunas de yeso de Gaudí (eché de menos a un amigo que había vivido en La Pedrera, en una misteriosa simbiosis con el espíritu de ese edificio mágico-místico de Gaudí, y me ayudó a descubrirlo años atrás. Le nombré en la conferencia, seguramente no pudo venir. Yo no podía evitar recordar aquel otro techo gaudiniano de su casa, con una inscripción enigmática, y las excursiones nocturnas con él al tejado de guerreros medievales ni las fotos que hizo). Creo que esas dunas de yeso son perfectas para escuchar poemas. Leyeron cuatro de ese libro de Kavafis traducido por Eusebi Ayensa, ganador del premi de traducció poètica Jordi Domènech. Ayensa es un helenista de Figueres, que dirige el Cervantes de Atenas y es conseller de cultura de Riudemorts, y pasa la vida en los aviones. Él leyó los poemas en griego (se notaban poetas y traductores en el público, prestando oídos e inclinando la cabeza para captar esa fonética familiar y lejana de los griegos) y Montse Vellvehí, actriz, los leyó muy bien en catalán, de una forma pausada y vibrante al mismo tiempo. Había un poema sobre el remordimiento que me encantó.
Toni Clapès me elogió mucho al presentarme, fue generoso y entusiasta, y también crítico, dijo que la cultura catalana no se sabe, ni sabe valorar lo mejor que tiene y habló de Jordi Domènech y nos dio ganas a todos de que salga al fin el libro de sus poemas reunidos en Cafè Central-Jardins de Samarcanda. Sam Abrams presentó a Eusebi Ayensa como un helenista apasionado e incansable, que había perseguido siempre su pasión de saber.
Yo leí mi texto, y en esa lectura, pude ir mirando a algunos amigos (a pesar de mi miopía) en los momentos en que algo de lo escrito les concernía. Aunque debería haberme pausado (siempre tiendo a acelerarme y cuanto más me agobio, más me acelero en el ritmo), el público era afín y me aplaudió mucho, y al acabar muchos me felicitaron, entre ellos algunos traductores de poesía que se sentían identificados. Me felicitó el cantante Josep Tero, que había interpretado un poema de Kavafis traducido por Ayensa. Tero es de Empúries y bromeábamos sobre los tres del Empordà. De hecho, al llegar a la Pedrera, Eusebi Ayensa me preguntó "Tu ets de Figueres, oi?" Por lo visto, le habían llamado de un periódico ampurdanés que cuenta con un buscador de oriundos del Empordà y le habían advertido: "La conferenciant també és de Figueres", lo cual tenía su gracia. Como decía, Tero me felicitó con su sonrisa romana, o más bien etrusca, y me dijo varias veces "Has treballat molt"... Le dije que no. La verdad es que había gozado escribiendo esa conferencia, surgían muchas reflexiones de tantos años traduciendo (en eso sí que he trabajado mucho, aunque para alguna interlocutora institucional, ese trabajo no tenga valor) y él me dijo: "Aleshores ets molt sàbia", lo cual no es cierto, naturalmente, yo no sé nada, no soy erudita, ni estudiosa y admiro a los que lo son, y mis aprehensiones de las cosas son siempre fragmentadas, caprichosas, sesgadas. De hecho, mi texto de ayer empezaba explicando por qué me siento intrusa. En la traducción, en la escritura, en la lengua catalana, en la crítica literaria y en casi todo.
Luego tuvimos cena en el histórico sagarriano Bauma y tertulia en un bar cercano. Lo pasamos muy bien, con esa combinación de humor, curiosidad, intercambio de pensamientos y entusiasmo. Me tocó un matemático al lado, apasionado de su materia, y cerca estaba la poeta visceral e inteligente Esther Zarraluki y la reina de la traducció (Hac Mor dixit) con quien tengo pendiente un libro sobre el tema. Y resultó que el reflexivo patrocinador del evento, amigo del poeta y traductor desaparecido cuya memoria es la razón de todo eso, era hermano de un amigo mío de la preadolescencia, a quien me habría gustado ver también allí. También apareció un histórico, mi antiguo profesor de matemáticas y física, navegante: creo que no se aburrió.
En cuanto al texto, saldrá publicado por Cafè Central dentro de un año.
Por cierto, qué ilusión me hacía ayer, bajo las dunas del techo y los árboles del Passeig de Gràcia asomando por las generosas ventanas gaudinianas, ver entrar y sentarse silenciosamente a algunos amigos que vinieron a escucharme. Les veía buscar asiento, me daban ganas de hacerles gestos para indicarles que tal o cual estaba por allí cerca. Sus caras entre el público me hacían sentir acogida, en plena hospitalidad. Esa gratitud se queda ahí como un poso feliz de la amistad. Y también estaba G., con la guapa P., los espectadores más jóvenes. Mucho más tarde le mandé un sms a G. para decirle cómo me había gustado verles entre la multitud y me dijo: "M'ho imaginava. Per això intentava mirar-te entre els caps..."

martes, 27 de febrero de 2007

Cixous encore

Ciudades Secretas, Seminario con Hélène Cixous. Casi cuatro horas de Hélène Cixous en ese frío subterráneo del auditori del Macba. ¿Cómo explicar? Una especie de fiesta de la inteligencia, el humor y la sensibilidad. Le di mi carta, donde intentaba explicarle mis razones por las que JACQUES DERRIDA ha sido vital para mí, y por las que sentí una soledad de huérfana cuando desapareció, aunque yo siempre le hubiera leído a mi manera sesgada, superficial, ilegítima y no tenga derecho a decirlo, y cómo ella y su escritura distinta, desde lo poético y los juegos de la homonimia (no quería ni pensar cómo su traductrice heroique debía traducir lo intraducible, cada palabra suya juega con una homónima, y de ahí va a otro sentido), me consolará ahora que Derrida ya no está ahí para seguir explicando lo que pase en el mundo. Bien presentada y acogida por Marta Segarra (Centre Dona i Literatura ) y Xavier Antich, Helene Cixous ha leído su texto de autoficción, llena siempre de un humor elegante que excluye cualquier autocompasión y la sustituye por una pasión de comprender, de poner palabras, de nombrar y así analizar y desbordar, su trayecto desde Orán (en la pizarra: je suis d'Oran, d'hors en, or, ore, ores, en dehors, Orange, Osnabrück), con la escena de exclusión en un jardín militar a los 3 años, que la llevó a la filosofía con un Double-Bind, o la escena burlona del aprendizaje de la homonimia con la mímica de su padre, las ciudades au secret, o el encuentro con Derrida en un París detestado -les deux exiliés, terrifiés, refugiés dans le ventre de la langue française (la serrure qui serre la clé)- y ha contestado a las preguntas a su manera lúdica y reflexiva, siempre abierta. Una fiesta también para los traductores... Para Cixous, todo es traducción. Sueña con una lengua que hablara todas las lenguas y que no tuviera que pedir excusas pour emprunter un mot d'une autre, que no cometiera ninguna faute d'hospitalité. Citando a Derrida: La traduction assure la survie du sens par délà de la mort, avec la mémoire fidele, est expérience endeuillée, et réleve le valeur du sens, le sens du sens. Y también: en la traducción, el texto o la palabra pierden el cuerpo para ir al sentido, mediante el proceso del duelo. O su definición atea de dios, cuando un oyente (judío y ateo como ella, ha declarado, y ha añadido que temblaba por hablar con ella) le ha dicho que encontraba a un dios de la escritura en sus libros, Cixous ha respondido que eran sólo "les prénoms de dieu" y que tout ce qu'est plus grand que moi, en bien ou en mal, des expériences, on l'appelle dieu. O su explicación de Moisés y su deconstrucción de ese pasaje bíblico en que Moisés es "castigado" por dios a no entrar en la tierra prometida (pero quizá ese castigo es algo feliz, como en la Felix Culpa de San Agustín). O si alguien dice: pero eso es un sueño, ella dice: "Ah, no es la realidad, ¿pero qué es la realidad? Viene de res, de cosa, ¿y qué es una cosa? Un sueño es también la realidad, nadie lo puede negar." Ojalá en Barcelona hubiera más ocasiones como esa. PS. Un artículo de Le Monde sobre ella, recomendado por X.A.: http://www.lemonde.fr/web/article/0,1-0@2-3230,36-860986,0.html