Las cosas que me ocupan estos días y que tienen mi alma en vilo en lo personal y en lo colectivo. Sólo diré que mi libro balcánico ya existe en las librerías y muchos acontecimientos giran en torno a eso, o se mezclan. En La Central de la calle Mallorca lo han puesto en tres secciones distintas, convirtiendo lo que para otros libreros es un hándicap -ser multigénero- en una ventaja. Y considerando la dificultad, cuando no imposibilidad, que tenemos los escritores no-mediáticos en encontrar espacio en los medios, en los suplementos literarios, en las escasísimas y a veces olvidadas revistas y no digamos en los también escasos programas de libros de las televisiones que, a veces, para rematar la dificultad nos vetan, por haber nacido aquí o allí o por lo que imaginan que somos, es muy importante que las buenas librerías nos acojan, hospitalarias. Como también es importante para los libros la hospitalidad de algunos editores, que se entusiasman, apoyan, están ahí. Y que tienen diseñadores inteligentes, capaces de captar con sutileza el espíritu del libro, y de aceptar que legibilidad es importante. También a veces, alguien que admiramos, por su criterio, su trayectoria y su libertad de pensamiento se interesa por nuestros libros, nos felicita, incluso decide que intentará escribir sobre ellos.
Estaría bailando por la casa para celebrar esas acogidas para mí tan importantes de no ser porque alguien ha venido a instalar un equipo de música y que me ha permitido desembarazarme de mi viejo equipo obsoleto y rebelde (ya sólo podía escuchar los CDs que aceptaba ese equipo y el criterio del aparato no coincidía con el mío), y ahora mismo está aquí, moviendo libros en las estanterías, con remolinos de polvo y las protestas de la gata, expulsada afuera por la alergia del visitante.
Así que he dejado por un momento mi conferencia de MB y mis conversaciones telefónicas del día o incluso la invitación para asistir a una inauguración (la verdad es que no tenía ánimo para lo social, tan frío y villano en esta ciudad, y pensaba proponerle a E. que la esperaría en el café de La Central, rodeada de los hospitalarios libros) para escribir aquí, que tengo este blog muy abandonado.
Ayer vi un programa en Arte tv sobre los escritores y Nueva York: salían algunos escritores familiares; uno al que estuve a punto de llamar cuando estuve allí, por razones múltiples y porque encontré su teléfono (y sólo no le llamé por el mal humor de G, que se estaba independizando de mí sin saberlo). Entonces no sabía que trabajaba en el edificio más feo de la calle, ni que se definía como un frikie que sólo se interesa por la literatura y que hace cosas inútiles. Pero sí sabía que siempre cita a escritoras que le han influido o que ha leído (ayer Flannery O'Connor) y que él ayudó a rescatar del olvido a Paula Fox. Otro al que traduje y que respondió a una pregunta mía: me gustó su manera de clasificar y definir las distintas tradiciones de la literatura norteamericana y a cuál se adscribía él, y cómo juzgaba la política americana en el mundo y acabó su novela justo antes del 11/9 con una frase casi augurio, porque estaba conectada esa política con lo que ocurrió. Otro al que había leído en los ochenta. Otra joven escritora judía a la que reseñé en La Vanguardia y cuya primera novela y talento defendí y que ayer también me pareció seria. Y otro, su partner, también otro talentoso e inteligente escritor judío, al que he leído, regalado y seguido con interés; incluso me gustó la película inspirada en su novela y ese paisaje de la memoria.
Ayer también había quedado con un amigo director de documentales y profesor de cine en Ciutat Vella y hablamos de nuestros respectivos trabajos y de la memoria y posibles proyectos de cada uno. Él escribía sobre el factor imprevisto en el documental, algo que a mí me fascina y que conecta con todo lo imprevisto de mi libro balcánico, y me trajo dos películas de los Balcanes y otras que añadió, relacionadas con el tema de la memoria, con muy buen criterio.
A todo esto el aparato de música ya suena maravillosamente y si sigo así me arrancaré por bulerías, como dicen en el Sur. Mi instalador ha querido cambiar completamente de música para comprobar la versatilidad del equipo. Hemos pasado de la música sacra y luego casi contemporánea, a un dj versionando, piezas de los setenta, fusión y coros celestiales clásicos que no me había atrevido a poner tras la muerte de mi padre... ¡Cuánto tiempo escuchando un equipo viejuzo y telarañoso... Me han vuelto escenas antiguas de un robo y una reposición generosa, que enlazaba con la de ahora. ¿Cómo explicarlo? En esas escenas de generosidad o de apoyo dedicados a mí, resucita un viejo espíritu herido en la infancia, un encapuchado con una guadaña o el nombre de mi maltratadora, tengo que hacer momentáneamente el proceso de aceptar que yo pueda merecer tales impulsos, ya que viví mucho tiempo con la idea interiorizada de que sólo merecía punición y procuré incluso no alejarme de ese terreno. O tal vez sólo era la mejora técnica y ese extraño efecto de la música que, de pequeña, en una iglesia barroca y con un órgano magnífico, creí confundir con la fe (descubrí que no creía cuando nos cambiaron a la capilla pequeña y sin órgano ni coro). Y había más: G. acababa de levantarse de una siesta y estábamos de pronto los tres y yo recordaba otra escena con música los tres, muchos años ha, y era inevitable pensar en lo roto. El pasado en el presente en medio del polvo y el desorden de mi cueva. Por suerte, estoy rodeada también de seres irónicos y aun puedo reírme de mis disfunciones. Mi editor, para celebrar, me ha mandado una escena kitsch. Hilarante. Confieso que al escuchar el sonido transparente y cálido que ahora llena mi cueva de Alí Babá casi me echo a llorar, en tres ocasiones, pero me he contenido.

