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lunes, 14 de septiembre de 2009

Sigue el concierto de niños llorando

Foto: Creo que la foto era mía, pero debió de retocarla Inés Batlló porque la hice con su teléfono y ella pinta; Parc del Laberint d'Horta, 2009
Ese concierto melancólico de sollozos del parvulario que cada septiembre recorre el mes de cabo a rabo. Para acompañarles, he vuelto a Philip Glass. Me gustaba imaginar la idea de coger un taxi neoyorkino conducido por él en sus tiempos de penurias o haber coincidido en una barra con Bolaño oficiando de camarero; algún admirador futuro debió de encontrarles sin saberlo (tal vez algún fan de Pedrito fuera atendido por él cuando trabajaba en la telefónica); yo sólo cogí ese taxi que ofrece en múltiples carteles, con letra y expresión dudosas, sus manuscritos literarios inéditos a quien quiera leerlos; también cogí dos veces otro taxi que en la era pre-prohibición, llevaba el coche literalmente forrado de carteles de "no fumar" y la primera vez no pude resistir preguntarle irónicamente si se podía; claro que también cogí otro que había sido domador de leones y proponía tratar a los etarras como a sus antiguas bestias cautivas; y a otro le sugerí que se uniera a los talibanes afganos porque tenía el mismo espíritu y la misma simpatía por las mujeres. Otro me insistió hasta la puerta de mi casa en que mi calle no existía, pero se negó a mirar la placa al pasar, para comprobarlo. En general, procuro evitar los taxis; te obligan a escuchar su radio a todo volumen y te someten a sus caprichos con o sin aire acondicionado, por un elevado precio, pero me he fijado que ahora empiezan a ser pakistaníes, lo cual tal vez cambie las costumbres. A uno le pregunté cómo había llegado y me contó que en la parte baja de un camión. Dijo que era asmático y que creyó que se moriría; de hecho algunos de los que se apretujaban con él no llegaron vivos. Le pregunté si era tan horrible allí como para sufrir ese horror y me dijo: "Usted no puede imaginar", la voz dibujaba lo indecible, y añadió que ahora que tenía papeles y su familia había venido, nunca volvería... Anteayer bajé a la tienda de los pakistaníes y el jefe estaba escuchando una música celestial. Le pregunté si era música o rezos y me dijo que eran plegarias del Ramadán, volvió la pantalla hacia mí y vi mujeres que cantaban en un templo; llevaban velos de colores claros, que no les ocultaban la cara ni parte del pelo. "¿Y usted sigue el Ramadán rodeado de comida?", le pregunté, y asintió sonriendo. Una vez, ese hombre guardó una rebeca mía favorita que creía perdida, durante meses, y cuando volví a entrar me dijo que esperase y la sacó de la trastienda. Yo, que sólo iba a por arroz basmati y té (y sin duda la rebeca se me había caído del brazo un día), ya no he dejado de ir. Él me dijo que lo que contaba Winterbottom en In this World sobre el paso ilegal de afganos y pakistaníes a Occidente, era verdad, sólo que además, si les pescaban y devolvían a su país, se suicidaban, porque no podían pagar la deuda inmensa del viaje.
Pero volviendo al medio de transporte (sin abandonar del todo la tristeza de este mundo), un antiguo amigo me decía que yo no escribía novelas como las que a él le gustaban, "novelas donde la gente coge taxis", dijo. Y ahora, mientras acabo la autobiografía de Bernhard, pienso que allí tampoco hay nadie que coja taxis, aunque su estilo es inimitable. Sé que hay una especie de Bernhard latinoamericano, pero no sé qué sentido tendría. Me parece que Cees Noteboom, en su espléndido libro de las tumbas, parece conocer sólo al Bernhard dramaturgo, que para mí (y para los expertos bernhardianos) no puede compararse con el novelista y memorialista, muchísimo más brillante y réussi. Leyendo esos horrores médicos y hospitalarios y los sufrimientos físicos y psicológicos de su infancia y adolescencia, queda sobre todo esa voluntad rebelde y férrea de sobrevivir, resistir y darse a conocer, como él decía, primero por la música y luego en la escritura, y ésa es la gran consolación. Y ese abuelo. Mi amigo serbio quería leer (y que se tradujera) la novela del abuelo de Bernhard; esa novela por lo visto es difícil, aunque obtuvo un premio nacional que nunca le dieron a Thomas Bernhard.
Ayer fuimos al Parc del Laberint; había una marabunta de gente y por suerte la lluvia acabó por expulsarlos. Vi una tortuga pequeña en el arroyo y la fotografiamos entre los peces naranjas. Yo recordaba una visita a ese parque cuando estaba cerrado al público, en una fiesta de preadolescentes, con un niño de Sarrià que tenía algo que ver con los propietarios. Recuerdo la excitación del laberinto verde (que ayer estaba algo desmochado y hippioso), no encontrar la salida e ir topando con un niño que me seguía y que me producía cierta tensión ambivalente. Recuerdo la impresión que ese jardín dejó en mí para siempre.
Ayer, huyendo del aguacero del parque, comimos en el jardín protegido de un restaurante y antigua masía cercana, oyendo llover a ratos deliciosamente, y acabamos en casa de la madre de I., viendo recuerdos de las casas maravillosas donde habían jugado y vivido. Fue extraño entrar en el salón antiguamente festivo y ceremonioso de esa casa y no ver la escalera de madera que me gustaba y que llevaba a mi terraza preferida y al rincón de la terraza donde las plantas se curaban de sus males y que ellas llamaban "el hospital". No era un hospital bernhardiano, sino verde y tal vez MenchuGutiérrez-like). Pero la parte de arriba se convirtió en dos apartamentos y alguien se llevó la preciosa escalera y la habrá puesto en otra casa. Recuerdo que la primera vez que entré, dije: "Qué casa tan bonita", y la madre de I., que tiene sus mismos ojos verdes misteriosos y algo rapaces, dijo: "¿Tú crees? Mucha madera..." Y es que ella de pequeña vivía en una especie de castillo de Moulinsart e iba al colegio en coche de caballos.
Tengo la garganta como si me la hubiese arañado un gato y temo caer con un gripazo en estos días tormentosos.
Los niños siguen llorando. La gata durmiendo. Las obras rugiendo (hasta que ha llegado la tormenta). Me cuesta salir a la calle y ver más fealdad. Me gustaría salir a una calle de París, como la que Eph pone en su blog. Una amiga de allí me pregunta cuándo iré. Yo no quiero vivir sin belleza ni árboles, no quiero seguir viendo cómo destruyen mi ciudad con obras y talas y derribos. ¿Pero cómo sobrevivir en otro lugar, si ni aquí está claro que lo consiga?

sábado, 4 de julio de 2009

Desastre en el Teatre Grec

Foto: I.N., Ocas agitadas, Ventalló, 2009
Por un error de apreciación hemos ido a ver un montaje nefasto, una especie de versión discotequera y digno de la peor fiesta mayor, que ofendía y destrozaba la maravillosa Flauta Mágica de Mozart, pero no para innovar o parodiar dignamente ni para aportar nada contemporáneo, ni para añadir reflexión o belleza alguna. Sólo para vulgarizar y rebajar el nivel de una ópera que precisamente no necesita nada de eso. Da igual que fuera mestizaje o reinterpretación, era sobre todo un asesinato sin sensibilidad, sin interés. No es una cuestión de montaje polémico o transgresor, sino que recordaba un concurso basura de la tv. Deprimente o irrisorio, según se mire. Preocupante, si eso es lo que subvencionamos.
Lo peor era estar allí sentados los tres atrapados, por educación, para no molestar a la gente de la fila, viendo además que muy pocos se marchaban y que la mayoría aplaudía encantada. ¿De dónde salía ese público? ¿Acaso nunca habían oído a Mozart? Al llegar al aria principal de la Reina de la Noche el efecto era ya espantoso, no sabíamos si reírnos o echarnos a llorar. Por suerte, al final hemos vencido las formas y hemos pedido que nos dejaran salir.
Acercarse al Grec había sido una odisea de atasco de coches, y al llegar había una especie de maratón ciclista y no nos dejaban cruzar, hemos tenido que cruzar furtivamente y a toda prisa, burlando a los guardias. Todo en una noche fantástica de luna y espesura de árboles para ver ese bodrio. ¿Acaso el responsable de programación no ve las obras que contrata? ¿Son problemas de presupuesto lo que mueve a alguien a aceptar algo tan malo y cutre, gente que ni siquiera sabía cantar, asesinando cada pieza?
Mejor reírse que ponerse de malhumor. He vuelto a casa y me he tomado un cuenco de cerezas, pensando que mañana escucharé Die Zauberflöte, sintiéndome bastante curada de los malos presagios, lejos de esa adversidad amenazante que horas antes me había encogido el espíritu, pensando otra vez en Li Bai y en su coraje para contemplar el mundo siendo libre, sin asustarse de la melancolía. Hay algo mágico en las noches de verano, que estaba en la belleza de la montaña, que subsiste a pesar del alcalde destructor y arboricida.