lunes, 14 de febrero de 2011

Si la fiesta se acaba

Foto: I.N., Donde sí cuidan los árboles, 2011
Vuelve el duelo. Es bien extraño. Parecía casi como si ya no existiera, sarinagara... O quizás no sea un duelo, sino una estela de duelos de todo lo perdido, como aquellas figuritas que recortábamos doblando un papel en cien partes para hacer corros de bailarinas. Alguien lo decía hoy en un mensaje: la música duele.
Hace muchos años, unos treinta, alguien rompió la puerta de mi casa de entonces y me robó el tocadiscos. Llegué de Cadaqués de madrugada y me senté en el bordillo a esperar a la guardia urbana y los corpulentos bomberos porque mi puerta no podía cerrarse. Fue una sensación de agresión desoladora porque yo sabía bien quién había sido. Dentro del aparato había un vinilo de John Cale y la funda vacía se quedó conmigo, como un recuerdo melancólico de aquella agresión. Nunca más volví a escuchar ese disco, pero recordaba una canción primera en la que se oían las olas del mar y otra con título de ciudad europea. Y de pronto, el otro día compré el cd, con la misma portada pintada, en la inmensa Ameba Records. Al ponerlo, he descubierto que la canción de las olas no estaba en ese disco. Y la de la ciudad europea era Amsterdam y escucharla ha sido una sorpresa espinosa y feliz, sobre todo ahora que parecía significar otras cosas, un mensaje para mí. Digo feliz porque, por suerte, puedo cantarla. Un amigo, que confía más que yo en mi voz, insiste en que debería probar con un arpa.
Es verdad que hoy todo me duele. "Vas por la calle llorando... lágrimas de oro", cantaba Manu Chao. "Celebrating the end of the affair at St. Valentine's Day", he escrito en facebook, perpleja de la poética del azar o la ironía de las cosas. "Best way to", me ha respondido un francés amante del flamenco. Del fin de esa fiesta otra que había conseguido minimizar mi duelo hasta extremos casi invisibles. Yo sabía que estaba, pero no lo notaba. Como cuando, tras la anestesia del dentista, te tocas el labio y sabes que está ahí, lo tocas, pero no puedes llegar a él.
He pasado junto a la puerta regia de la casa de un artista a quien veía en otro tiempo y he echado intensamente de menos su voz y su ironía; incluso he pensado extrañamente en llamarle y decírselo, pero no lo he hecho. Habría sido un error. Es un estado de ánimo peligroso donde los haya. Podría llevarme a cualquier lugar, me convierte en una hoja empujada por el viento, lo cual tiene su gracia. Hasta que otra música me salva, arrastrándome a bailar.
Leo El rey Cophetua de Julien Gracq para reseñar (una suerte). Leo un fragmento de ese libro de Mauricio Wiesenthal sobre Tolstói. Leo aún a Cynthia Ozick y sus secretarias jamesiana y conradiana. Esquivo la fealdad de la plaça Joaquim Folguera, destruida sin su bosquecillo y bajo del metro lejos. En mi portal un cartel municipal anuncia con palabras mentirosas el sacrificio de los árboles históricos que quedaban en la pobre Vil·la Florida, con el pretexto perverso de hacer una biblioteca. El suelo de las calles y el jardín del azufaifo están llenos de basura. ¿De dónde sacan la arrogancia y la autocomplacencia los catalanes y españoles? Yo vengo de lugares donde no hay un solo papel en el suelo y donde los árboles llevan siglos creciendo a sus anchas, enseñoreándose de la tierra, como esculturas gigantes y libres.
Sigo bailando, ahora con Ben Harper. Traduzco para el museo. Se me cierran los ojos de mi síndrome transoceánico. He vuelto al gimnasio alemán: qué placer, a pesar de mi fragilidad. Echo de menos, pero no tengo derecho a decirlo; digamos que mi añoranza es ilícita, clandestina, bien ganada. Rufus intenta llenarlo todo con su presencia atigrada. Entierra la cara en mi codo, en mi hombro, se echa entre mis pies y la estufa, mira la oscurecida ventana. En la farmacia había un fox terrier muy joven y alegre que ha venido a saludarme; su dueña estaba convencida de que yo tenía perros, le he dicho que no, que tengo gato, pero les tengo simpatía. "Ellos enseguida lo notan", ha insistido ella.
Hoy una escritora me citaba en La Vanguardia, por mi ayuda con su novela balcánica, que le ha exigido mucha investigación. Alguien me ha llamado para avisarme. El artículo era bien bonito, retratos de creadoras firmados por Josep Massot, pero no logro poner aquí el vínculo. He estado hablando con ella de la felicidad de escribir, del vicio y la enfermedad y la obsesión que nos devoran alegremente y que lo orientan todo hacia eso: le damos la vuelta a las sillas, montamos un escenario, y ahí lo ponemos todo. Hemos hablado de esas frases oídas en la calle y que nos daban ganas de seguir a los que hablaban y preguntarles detalles, de esas frases ajenas que queremos colocar en un libro y a veces tardamos siglos en encontrarles sitio... de esas frases que en sí mismas son un cuento. De los cuentos que se repiten con variaciones en la calle. De cómo intentamos utilizarlo todo, lo que nos duele, lo que nos irrita, lo que no comprendemos.
No sé qué es lo que causa mi desolación, ni qué se la lleva de pronto, con una ráfaga de otredad. Me he equivocado de día y he hecho ya los 5 minutos de apagón contra la subida de tarifas eléctricas, que mañana repetiré. A Rufus le ha gustado nuestro ambiente de velas y al apagarlas las olisqueaba interesado. Vivo en el aire. No sé si tendré que dejar la que ha sido mi casa todos estos años. Por si acaso, he hecho un duelo por ella con un libro. Y heus ací el que m'espera: algunos amigos se han ofrecido a acompañarme en el día de autos, entre ellos la mujer más guapa del mundo. G también. Anoche alguien me llamó y me contó una historia horrible, de alguien a quien, en mi situación, los médicos habían medio matado. Tuve algunas pesadillas y en mis despertares transoceánicos sólo pensaba en el día D y en cómo evitar cosas así. Otros más considerados me han contado muchos casos felices. Al final, la misma persona que me había contado el horror, conectando con mis peores fantasías, me habló de mi fuerza, de un valor que ella ve en mis peregrinaciones por las malas calles de ciudades lejanas, y dijo que eso me tenía que servir.
Pero luego de un barrido o una fuerte ráfaga todo eso se desvanece, aunque el huequecillo siga ahí. Tengo muchirrísimo sueño. Voy a dejarles, por Julien Gracq.

4 comentarios:

Xavier dijo...

¿Cuantas músicas no nos acompañan en estados de ánimos, nos sumen o nos sacan en y de des-ánimos? Como las mareas y las olas, el animo y la música, van, vienen y se trenzan entre si como la mejor polifonia, o como la mejor improvisación free-jazz.
Mientras haya oleaje y las musicas lo acompañen, la vida late y habla.

Belnu dijo...

Dice Robert Pogue Harrison en "Gardens. An Essay on Human Condition": Aristóteles se preguntó una vez: '¿Cómo es que los ritmos y las melodías, aunque sólo son sonido, parecen estados del ánimo?'(Problemata, c. 19)En la misma dirección, podríamos preguntar: ¿cómo puede un jardín hecho de plantas, agua y piedra parecer a un estado del ánimo? Yo ni siquiera diría que 'parece'. Kingscote Garden no parece mi 'ataraxia', ni me llevo mi estado de ánimo conmigo al jardín, lo encuentro allí. Si Kingscote desapareciera un día, también desaparecería la tranquilidad interior a la que da acceso."

frikosal dijo...

"Me gusta" como se dice en el feis. Me gusta mucho. Ánimos con el dia D y el F y todos los demás !!! Además, la Nave Nodriza cualquier día se nos presenta :)
Un abrazo.

Belnu dijo...

Gracias, Friks! Y creo que viene cargada de soma esa nave...