viernes, 30 de octubre de 2009

Secretos y ficción

Ilustración: Arthur Rakham, Alice
El problema de la autoficción (si el género existe, pero es cómodo pensar que sí) es la tentación constante de integrar muchas de las cosas que ocurren, de ficcionalizar cosas que desde los parámetros de la conveniencia social, la propia trayectoria o el pragmatismo vital nunca deberían aparecer, sino que deberían mantenerse siempre secretas. Y esto se agrava en mi caso por mi impaciencia congénita (lo de congénita es broma, naturalmente, tal vez debería decir intrínseca o inherente) y por la peligrosa inmediatez del blog. Dijo Faulkner que el escritor no debe flaquear en vender a su madre si hace falta -metafórica, literaria, no literalmente-, si el resultado es realmente un buen libro, y así lo creemos muchos de los que escribimos. Tal vez todo sea cuestión de tempo. Muchos fragmentos vitales esperan en la memoria y prueban a aparecer en cuentos y novelas hasta que de pronto les encontramos un sitio, su sitio. A veces son fragmentos externos, una conversación oída en la calle, una frase ajena, alguien a quien hemos visto, como aquel portero de La Pedrera que leía El Quijote cuando yo iba a ver allí a un amigo fotógrafo, hace años, y al que le acabé por dar un papel en mi cuento Crucigrama, trasladándolo a la casa de mi padre con el libro que leía. Otros nunca encuentran su sitio... Y la pregunta es: ¿por qué nos acosan? ¿Qué representan? ¿Por qué quieren salir? ¿Entienden ustedes por qué recordar los sueños consuela a esta escritora mientras no escribe?
En la vida real yo no suelo mentir por pura pereza, porque me aburre la necesidad de estar alerta para mantener una mentira, pero una vez hice caso del punto de vista de una antigua amiga (ahora personaje estelar de uno de mis mejores cuentos) y omití la verdad ante un amigo, y aunque el tema era banal y sólo me afectaba a mí, me creó una incomodidad absurda y un día tendré que aclarárselo y él me dirá que siempre lo supo y que nunca entendió por qué yo mantenía aquella ficción. Estoy acostumbrada a hablar con gente que miente en cosas igual de banales y en otras menos banales y siempre me asombra que no se den cuenta o no recuerden sus contradicciones, y aunque esas personas no pueden ser del todo mis interlocutores -porque la mentira aburre o impacienta a los que son como yo-, sí que puedo convertirlos en personajes, puesto que llevan inherente una interrogación (¿por qué mienten? ¿por qué siguen mintiendo cuando es obvio? ¿creerán de verdad su propia ficción? ¿tal vez porque no tienen la suerte de poder abordar la fabulación de todo escritor, que es un embaucador?).
A veces, cuando al fin puedo revelar cosas o ficcionalizarlas en distintos grados, me siento como aquel personaje de cuento de hadas de Grimm que no podía hablar mientras hilaba (brutalmente, hiriéndose sus blancas manos) unas camisas para desencantar a sus hermanos, convertidos en cisnes por un embrujo, y tenía que soportar las atrocidades de los celos de una reina amarga, que le robaba a sus hijos y hacía que los devorasen los osos y la acusaba de brujería, y sólo cuando iban a encender la pira para quemarla, los siete (¿o eran seis?) cisnes venían volando, se ponían las camisas y revelaban entre todos la verdad que iba a liberarla (creo que el más joven se quedaba con un ala blanca porque la camisa no tenía aún su manga).
Pues bien. Dos de mis cuentos de Algunos hombres... y otras mujeres, ese libro que saldrá humeante de la imprenta o la encuadernación el lunes (y yo estaré en Madrid, y no podré verlo hasta el martes, por esa crueldad de los hados, especial para impacientes, y no llegaré a tiempo de consolarme), homenajean y se inspiran en personajes a los que conocí hace años, como un director de cine entonces protagonista de la movida madrileña y ahora muy famoso, y una cantante y una actriz que salían en su película primera, o como el dibujante y diseñador que más se identificó con la Barcelona de los ochenta y que me convirtió en personaje -con nariz de ratón- de sus cómics y dibujos; yo no le he puesto nariz de ratón, pero creo que ha quedado también favorecido y ya lo sabe. Y también salen otros amigos, que han aceptado graciosamente colaborar en mi ficción (aunque sea por fuerza après-coup), porque ése es el riesgo que contraemos todos los que nos relacionamos con escritores, que son vampíricos y nos roban las escenas, y sólo nos queda aceptarlo leyéndolas o sin leerlas, depende cómo se presenten. "Le he puesto tu nombre a un personaje de mi novela", me dijo una vez una escritora a la que he perdido la pista, "está inspirada en ti, sólo que en mi libro es más bien fea, fracasa con los hombres y al final se suicida", y un dramaturgo me dijo que se había inspirado en mí y en G., sólo que en su obra se llevaban muy mal madre e hijo y acababan prácticamente a tiros. En esos casos es mejor no leer y tener en cuenta que al margen de las necesidades personales de quien escriba (tales necesidades pueden estropear la calidad de la ficción, pues los resentimientos y todo lo que implique falta de distancia enturbian siempre el resultado; uno de verdad debe simpatizar o empatizar con sus personajes, y acogerlos, incluso aunque huya de sus inspiradores en la vida real), lo que manda es la estructura del cuento. Estructura implacable, que pide recortar aquí y pegar allí, transformar y recombinar. Mostrar sólo lo que encaja en ese cuento y nada más. Y nunca justificar ni victimizar. Y escribir siempre con esa distancia chejoviana, mostrando la propia estupefacción. Al menos, eso es lo que yo he concluido leyendo a mis favoritos. Y por eso me resulta tan difícil escribir la novela de mi infancia, que necesita vías extrañas y mucho pasar el plumero (de momento, como no puedo continuarla hasta que no exista físicamente este libro mío que llegará el lunes y yo veré el martes, le he dado esas páginas a mi amigo serbio, para que me diga algo que arroje luz, aunque duela).
Volviendo a la supuesta verdad y la ficción, yo siempre creo haber homenajeado a mis personajes, y aunque algunos así lo entienden y reciben sus cuentos como un regalo y me los agradecen, al principio me costó comprender las reacciones otras que desataban, o los extraños silencios. Javier Marías hablaba en Negra espalda del tiempo y Woody Allen en Deconstructing Harry de las reacciones de tantos que creían haber salido en el libro y se ofendían o enorgullecían, de aquellos que preferían salir, aunque fuera de modo terrible, con nombres y apellidos, o de aquellos que perseguían al autor para matarle, o de los que se creían retratados y le retiraban el saludo al autor, que nunca había pensado en ellos al escribirlo, y yo podría añadir algunos otros: aquel (mi favorito) que creía salir desfavorecido, pero se moría de risa con sus escenas, compró muchos ejemplares para regalar a todo el mundo y acabó diciéndome que le había hecho darse cuenta de cosas importantes de sí mismo y aquellas ficciones habían sido mucho más claras que ninguna discusión nuestra sobre el supuesto pasado. Aún ahora me pregunta si no escribo sobre él, preferiblemente una novela. O aquellos que modificaban y corregían sus recuerdos creyendo locamente que la letra impresa siempre es más fidedigna que su propia memoria. O alguien que aprobó el cuento donde salía -y que era todo un homenaje, así lo veía yo y así lo vieron muchos otros- con entusiasmo, pero cuando lo vio impreso y alguien le sugirió no sé qué, se enfureció (por una sola frase, una frase que yo habría modificado si me lo hubiera pedido cuando se lo di a leer, una frase que esa misma persona adaptó y usó para sí posteriormente) y me dijo que lo que yo hacía no era arte sino basura. Y otra persona que salía como personaje de mis cuentos nunca me dijo nada, pero le dijo a alguien -que me lo repetía en cada ocasión, con esa perversión de los que no se atreven a decir y utilizan a los otros para matar dos pájaros de un tiro- que mi libro Crucigrama sólo tenía un interés familiar, no era literatura. Y también hubo otros que me confesaron que se habían sentido mal por no salir, como si salir o no salir midiera algo más, o los que se sentían orgullosos, como si tener un papel en la ficción correspondiera a un valor histórico en mi vida, o el amante ocasional que se asustó cuando por cortesía le dije que se había filtrado al final de un cuento y creyó que me había enamorado de él, como si la razón no fuese el propio azar, un personaje o un fragmento que encaja en el hueco del puzzle, la necesidad de la estructura de los cuentos, ese patrón del que hablaba Natalia Ginzburg (y que yo cité en mi conferencia de ayer), que nos obliga a servirle y sólo entonces nos ayuda a mantenernos en pie.
Ayer me decepcionó pensar que mis alumnos no habían entendido esa paradoja vital, esa clave de la literatura de Natalia Ginzburg, ese humor e ironía fuertemente vitalistas que predominan en medio de la melancolía. No comprendían, pensé, que la sensualidad y el humor y la belleza existen casi sólo mezcladas a todo lo demás, al horror, a la tristeza y al dolor de la pérdida, al miedo y a la fantasía. Necesitaría un par de sesiones más para hablar con ellos. Pero tal vez me equivoque (en cambio, todos entendieron muy bien su ética).
Agotada, me fui a la exposición de Manel Armengol en la galería Tagomago. Estaba abarrotada de amigos y admiradores. Las fotos estaban preciosas allí colgadas. Aunque pedían silencio, sobre todo la gran serie en blanco y negro de sus imágenes de Islandia, necesitan un abordaje íntimo, porque recuerdan esa soledad de la Tierra, allí donde el mundo -volcánico, trémulo, burbujeante, abismal- está aún en formación, como dice el texto de Gisbourne (para el catálogo habrá que esperar un poco). En la última sala, sus fotos americanas, en blanco y negro y color, muestran otro mundo, un mundo urbano y poblado lleno de otra belleza, que también corresponde a su mirada. La galería está en un lugar céntrico. No se pierdan la exposición.
Y esta mañana he visto, mientras desayunaba, un fragmento de un maravilloso reportaje en Arte TV sobre los topos y esa brújula interior que les permite orientarse y reconocer inmediatamente la entrada de sus galerías en esos pasos angustiados y rápidos sobre la tierra (pues ellos se desplazan mucho mejor bajo tierra), ese gsm extraordinario que les orienta sin error. Yo recordaba cómo, cuando mi padre luchaba contra los topos de su césped (aquel jardín falsamente americano que inspira otro de mis cuentos, uno de los tres cuentos que yo titulaba burlonamente Vírgenes suicidas, ya que una de las protagonistas de Jeffrey Eugenides contestaría años después a la pregunta estúpida de un medicucho que mi narradora no pudo contestar), a mí me fascinaba que hubiera realmente vida -vida oscura, invisible y heroica, ardiente y fría, vida de la tierra- en aquel jardín ficticio, y la vida eran aquellos topos vigorosos, secretos, efectivamente heroicos e invisibles que se burlaban de mi padre con sus montículos, culminaciones de redes de galerías, como los propios demonios internos de aquella familia, como mi dolor y su cobardía, la falta de valor que le impidió protegerme a pesar de su afecto, a pesar de sus palabras. También he recordado al topo de Almendrita y su pelliza catalana, al que he dado un papel en mi novela, esa novela que aún existe sólo en las nubes.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Plus tard

Foto: I.N., Los dibujos del suelo en St. Enimie, 2009
El otro día me escribió CHM y me dijo que en Ucrania, EC y él habían hablado del colchonero de Arimón. Y es que la infancia de CHM transcurrió por aquí cerca y ese colchonero era entonces tradicional y cardaba la lana, pero a diferencia del tapicero y del bonito local donde se enseñoreaba al sol la gata siamesa en un escaparate art déco vacío de productos (la misma señora gata siamesa que secuestró un día por el patio a mi entonces pequeño Jasper, cuando yo vivía en la calle Pujol) y de tantos otros locales de oficios, todos desaparecidos, el colchonero prosperó durante tres generaciones, dejó de cardar la lana y empezó a vender cochecitos de niño además de los colchones modernos y se extendió por Berlinès y el nieto fue un participante activo en la batalla de nuestro precioso azufaifo y me contó que su padre había entrado en casi todas las casas del barrio y se lo conocía por dentro, como los calcetines vueltos del revés que decía A. Cirici en La Barcelona tendra a propósito de los patios del Ensanche.
Unos días después, cuando salía de casa en una tarde casi deslumbrante quizás de domingo, alguien dijo mi nombre y era EC conduciendo una camioneta blanca que no era suya, y al contarle lo del colchonero, me dijo que lo habían pasado muy bien en Ucrania y que CHM había creído descubrir una nueva palabra, la ictopia, hasta que se dio cuenta de que sólo era historia escrito en cirílico, pero para entonces ya la habían llenado de posibles e interesantes contenidos.
Durante una época, CHM y yo nos escribíamos unos emails llenos de historias: él se había convertido en uno de esos personajes que con sus preguntas, su curiosidad o sus comentarios tiraba del hilo de millones de historias mías apretujadas en mi cabeza y que se desenrollaban inacabables y entonces yo estaba bloqueada, como ahora pero gravemente y sin esperanza ni motivo, sólo era una escritora que no escribía, y él me decía que los publicásemos tal cual eran.
Hoy he ido a comer con JC, que estas navidades se fugará a Argentina con unos amigotes (y él pasará calor mientras que yo estaré en pleno frío europeo) y le he pedido que me certifique si de verdad los taxistas de Buenos Aires siguen siendo tan buenos conversadores y lectores, y que vea por mí esas librerías favoritas de BA, y que me cuente de sus paseos. JC y yo hemos hablado de nuestra fidelidad inquebrantable al libro de papel y de la incertidumbre de esos nuevos lectores que no leen y de cuánto ayudaría a esos adolescentes despistados ver todas las películas de Rohmer y leer a la Ginzburg y a Stefan Zweig y tantas otras cosas, y hemos hablado de Pennac (yo había tenido que leer su Mal de escuela para los premios, donde contaba que cuando él era un zoquete, se refugiaba en los libros, porque en esa época no había más y la lectura de novelas era vista casi como enemiga de los estudios), hemos comido caballa, que es un pescado que me encanta, aunque en muchos puestos del mercado intentan sustituirlo por la perversa perca (pero los que vimos la pesadilla de Darwin no transigimos). Hemos hablado de sueños: creo que JC tomó una vez una medicina para dejar de fumar que le permitía recordar sueños elaborados y con gran riqueza de detalles... Yo no le he recordado que su cuento saldrá con los otros y JC se ha despedido pidiéndome que le avise cuando al fin salga mi libro, que esto es un sinvivir (lo es para ). Al salir, yo andaba por las calles imbuida de ese émerveillement que no sé bien en qué consiste, un burbujeo interior que me hace ver las copas de los árboles y los edificios antiguos por encima de todas las cosas, la Diagonal, esa calle hermosa que el ayuntamiento de Hereuville quiere arrebatarnos con falsas consultas al estilo de los referéndums franquistas (como ninguna ley protege a los árboles de esos políticos arboricidas y de esos súbditos comerciantes que se dejan engañar, todo puede destruirse), esa misma calaña de políticos que aparecen ahora sin máscara con todos sus latrocinios y su desvergüenza, ay... La Diagonal con sus plátanos delgados y desmañados en un baile de sombras y cortezas de tronco tricolor, las flacas y despeluchadas pero altas palmeras, los edificios que no han caído bajo la piqueta (aunque siguen cayendo)...
Al llegar a casa me ha tenido secuestrada el técnico de telefónica, que era un tipo listo, con aire de selva amazónica y antepasados quechuas, y yo no dejaba a G. que se marchara porque me desespera no poder conectarme ni leer en el sofá, ni escribir, con el técnico recorriendo la casa siguiendo sus pistas... Y G. aprovechaba para enseñarme vídeos y cosas suyas, y he leído su último comentario sobre Stefan Zweig, y cuando al fin el técnico se ha ido, dejándome con el dilema de su extraño diagnóstico, y hemos bajado a la calle, G. a sus cosas y yo a las mías, al pasar por el droguero (rodorediano, como todos los drogueros son, aunque éste es relativamente joven y toma el sol en la puerta a mediodía) no he podido resistir la tentación, le he comprado un sobre de tinte iberia (Azul añil, le he pedido, pero él me ha corregido: Querrá usted decir azul eléctrico, y eso me ha recordado una frase de Dubravka Ugresic que no citaré por bien del droguero) y he teñido una camisa de buena marca, que tenía un tono azul cielo demasiado bcbg para mí, y que no quedaba bien con mis colores, y ahora la camisa se ve preciosa secándose, azul añil o azul eléctrico, y me recordará un mono azul de mecánico que yo usaba para casa cuando tenía la edad de G, y toda aquella esperanza desenfrenada y vitalista y mi pasión de entonces impregnará sutilmente la camisa italiana teñida... a menos que fracase y quede alguna mancha, y entonces tendré que olvidarla.
Después me ha llamado un amigo del norte y me ha contado una visita literaria a una casa portuguesa maravillosa, envuelta en una cortesía frondosa como el jardín y el mejor oporto y su descripción me ha recordado a la película donde Tonino Guerra habla con Tarkovski en su vieja casa de Roma y le recita un poema para desayunar, y de la excursión a esa casa del sur donde no les dejan entrar a ver el suelo hecho con flores esparcidas. Y ese amigo, que ha visto la película varias veces, va a presentar pronto su libro magnífico (que yo tuve la suerte de reseñar) en Barcelona, y allí estaré yo para escuchar y celebrarlo.
Y ah, ayer sucumbí a una tentación y hoy he estado leyendo un librito precioso de Yves Bonnefoy, ese primer sueño suyo donde navegaba y llegaba al atardecer a un puerto luminoso y él se interrogaba: ¿Será Tesalónica? ¿Será Esmirna? Pero cuando preguntaba a la gente, nadie sabía contestarle, pues aunque entendían sus palabras, era como si no comprendieran la idea de un nombre asociado a una ciudad, y él probaba de otras maneras: Si usted se fuese luego volvería a... Y ellos sonreían corteses y le esquivaban. Y al despertar se enteraba de que su madre había sufrido un ictus y la habían encontrado en el suelo con una inteligencia reducida, infantilizada, pero conservando toda su cortesía, intentando atender a quienes le hablaban, ofreciéndoles algo, y él se preguntaba si la cortesía de su madre no respondería a un antiguo sentimiento de extranjeridad que nunca había dejado de sentir en esa ciudad ajena, a pesar de los años.
Yo seguiré aquí, esperando (desesperando) que mis cuentos salgan de la imprenta, con esa impaciencia que lo arremolina todo como un viento la hojarasca. Mañana es mi conferencia sobre Natalia Ginzburg en el posgrado de traducción literaria del IDEC (UPF). Ojalá los oyentes oigan algo más que mis equivocaciones.
Y la inauguración de MANEL ARMENGOL en la galería Tagomago. Lean mientras esta magnífica entrevista a Herta Müller que me mandó Eph, donde su visión me recuerda mucho a la de Agota Kristoff. Voy a buscar sus libros.
Y el domingo iré a Madrid, para asistir el lunes 2 a la reunión del Jurado de los Premios Nacionales de Traducción. Mientras, lean aquí mi artículo de hoy en La Vanguardia Cultura/s. Y sobre todo, perdonen mis excesos de escritura de estos días, lectores silenciosos e invisibles, no se sientan obligados a seguirme, todo es producto de mi impaciencia.

martes, 27 de octubre de 2009

Más cerca

La espera

Foto: I.N. Saint Enimie, 2009
Yo siempre he sido impaciente y tal vez por eso procuro ser puntual. Hago las cosas al momento, porque sospecho de mi falta de tenacidad, también asociada a mi impaciencia. También es cierto que, si no las hago al momento, las olvido, a veces para siempre.
En un libro que yo leí en francés porque lo compré en un viaje (y era una de esas ediciones irresistibles de Rivages poche), decía Kafka que había en el hombre dos pecados capitales, de los que se derivan todos los demás: la pereza y la impaciencia. Según él, la impaciencia provocó la expulsión del Paraíso y la pereza impide que volvamos a él. Y concluye que en realidad, sólo hay un pecado capital y es la impaciencia, que provocó esa expulsión del Paraíso e impide su retorno. Esa lectura me condenó, sin salida, no como aquella condena de Dante que me hizo reaccionar. De todas formas Kafka se extraña de que nos quejemos de la expulsión del Paraíso, ya que eso implicaba no comer del Árbol de la Vida...
Esperar se me hace difícil. No sé si he aprendido gran cosa en ese terreno con los años. Voy alternando la desesperanza más pura con una falsa paciencia, que sólo enmascara distintos estados de parálisis evasiva, ensoñación, suspensión de la incredulidad, paréntesis tramposos que se llenan con otros descubrimientos tangenciales, ocupaciones autoimpuestas y consolaciones diversas, que no excluyen nuevos accesos de desesperación. Pero entre medio estuve leyendo a Turguenev (Diarios de un cazador) y luego a Nabokov sobre Turguenev (maravilloso e implacable, profesor Nabokov). Dice cosas que me hicieron pensar en el Naipaul de Sir Vidia's Shadow. Dice que el peor Turguenev se expresa en palabras de Gorki y el mejor Turgenev (en el paisaje ruso) fue hermosamente desarrollado por Chéjov. O que su punto flaco es una falta de fuerza de voluntad (y cómo lo argumenta). O que fue el primer escritor ruso en advertir el efecto de la luz y la sombra en el aspecto de la gente... Y tras mostrar algunas de las mejores perlas descriptivas de Turguenev en la presentación de sus personajes y momentos, le critica sus fallos en la ficción y dice que cuando va tras sus personajes empieza a cojear, como ese personaje suyo, V. Illarionovich, tan amante de las mujeres, que al perseguir a sus admiradas ¡cojeaba! Y elogia su prosa bien engrasada y sus aleteos de mariposa que la hacen irregular. Es una maravilla asistir a esas clases de Nabokov. ¿Es que ningún editor va a reeditar sus Cursos de literatura europea y rusa? Yo tuve la edición de Bruguera del Curso de literatura europea; no sé si se llegó a traducir el de literatura rusa; si algún editor quisiera, yo misma lo traduciría ahora mismo, y lo prologaría si me dejasen... Por culpa de Nabokov me he encaramado por mis librerías en pos de unas Almas muertas de Gogol que no he encontrado... Su forma de describir la escena de Pavel Chichikov comiéndose el higo del fondo de su vaso de leche o bailando en camisón mientras los objetos de sus estanterías siguen el ritmo me ha producido unas ganas inmensas de releerlo.
Ahora espero, entre otras cosas innombrables, que mi libro salga de la imprenta (hoy he sabido que está en encuadernación: ¡ya casi existe!) para iniciar una gestión y averiguar si quien me gustaría que me lo presentara podrá y querrá, si habrá fechas posibles, si no se retrasará todo terriblemente... Y no logro volver a escribir mientras no se despeje esa incógnita. No me pregunten por qué. Como saben los que me leen y me entienden, yo creo en el inconsciente y en sus modos misteriosos más que en ninguna otra cosa, y en ese terreno estaría la explicación de casi todo. Yo no creo en esos factores externos, ni genéticos, como decía al dorso de mi entrada anterior. No creo que nadie se suicide por un "efecto llamada", ni que algunos bebés se tirasen por la ventana por culpa de Supermán, ni que los bancos de inseminación de genios ayuden a crear nuevos genios. No creo que todo esté fuera, sino que para mí, casi todo está dentro. Creemos que decimos una cosa, pero a quien escucha le llega otra. Creemos que somos iguales tratando a éste y aquel, pero no lo somos y aunque lo fuéramos, ellos nos verían distinto, y no por sus genes, sino por su historial y por su relación con nosotros. Todo es complejo. Yo no culpo a quien busca explicaciones fáciles para las cosas, ni siquiera cuando esas explicaciones coinciden con las que pretenden imponernos los medios de comunicación, pero me impaciento, me exaspero y soy vehemente. Por eso me entienden y disculpan los impacientes y vehementes y los que se paran a pensar y los que aceptan la subjetividad y también los que buscan respuestas en los libros.
Ayer recuperé una fotografía que buscaba para mi novela. El momento en que me llegó coincidió con mi intento apresurado e impaciente de anotar aquella escena de música barroca asociada a mi infancia, de la que hablaba aquí, y todo junto se agitó y desató algo mucho más hondo y mientras miraba la foto sentí el viejo dolor, ese tan difícil de escribir, y recordaba por qué lloré tanto en la adolescencia viendo una película con ese mismo concierto y donde ocurría justo lo contrario a mi experiencia. Fue un momento oscuro de los que pueden extraerse las mejores estalagmitas, pero en este momento de espera no podía aprovecharlo... aún. Me fui a un establecimiento nuevo a hacer un recado y me quedé encerrada en una dependencia minúscula mientras los empleados buscaban la manera de liberarme. Yo apenas dije nada. Pensé que era mala suerte, pero me quedé extrañamente silenciosa, contenta de que hubiera un ventanuco (aunque con rejas) y preguntándome cuánto tardaría el cerrajero. Hasta que un cliente tuvo la genial idea de meter una tarjeta visa por el pestillo y la puerta se abrió. Luego todos me felicitaban por mi paciencia y por no haberme puesto nerviosa. No era paciencia. Simplemente, todo parecía tan irreal...
Mi tiempo se ha terminado y ha llegado el momento de volver a traducir, y a unos precios bastante inferiores de los últimos años. Ese hecho también me resulta espinoso e indigesto porque supone despedirme de mis libros, al menos, de poder dedicarles tiempo. Yo esperaba... tal vez fuese wishful thinking. (Une foi comme une guillotine, aussi lourde, aussi légère, dice mi Kafka afrancesado en ese mismo librito. Es curioso que la fe y el hígado se parezcan tanto en esa lengua. Y sigue: Quoi de plus gai que la foi en un dieu domestique!). Para alimentar mi fe (fortalecer mi hígado) o mis esperanzas, pienso en Marina Tsvietáieva (y en su traductora recién premiada con toda justicia, que me la mandó anteayer): "Yo no creo en milagros. Mas que dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"

domingo, 25 de octubre de 2009

Ayer fue un día perdido

Foto: I.N., Este verano, cerca de Palamós, 2009
Me encontré mal durante todo el día. Fui a ver a M., que no supo contestar ni a las preguntas más básicas de J. y se excusó diciendo: "Tú no sabes lo que es tener la cabeza así, sin memoria..." La veía tan pequeña y perdida, con esa media vida prolongada. Le pido a J. que me acompañe porque para mí es un escudo, y porque a ella le alegra particularmente la presencia masculina. No recuerda quién es ni de qué lo conocía, ni recuerda seguramente lo mal que se llevaba con él, sólo le importa su belleza (tal vez cuanto más viejo sea uno más importante sea la contemplación de la belleza en los otros, que se ve magnificada, como la vida que se fue) y su actitud alegre y bromista. Yo busqué unas fotos desaparecidas (busco en las fotos su memoria perdida) y vi el desorden asombroso de sus armarios, donde los objetos más dispares e inútiles se mezclan con papeles, carpetas, fotos, trapos... La visión me produjo un vértigo (mi propio desorden multiplicado por mil) y la visita tuvo para mí su peaje, que se ha extendido por la noche como una inundación triste. Para colmo, había olvidado la cámara y no pude fotografiar los lugares que vi para mi libro semiabandonado. Fragmentos de la historia y la belleza de casas que siguen destruyendo en Hereuville, escondidas tras barreras de feos edificios inmensos y de fealdad sin sentido, mala arquitectura mediocre. Tendré que volver sola. No pude trabajar ni avanzar en mis lecturas urgentes porque la cabeza me burbujeaba con la tensión descompensada.
Al llegar me encontré a G., que estaba dormitando en el sofá, agotado de su surf matinal, tras su nuit blanche del viernes. Por la noche descubrí su mensaje de la pizarra en la cocina. Waves! decía.
Vi dos películas de Chantal Akerman, contagiada por el blogger perdido en Marienbad y su definición de la belgitud como actitud cultural de unos cuantos creadores, buscaba un documental (Là-bas) que aún no existe en dvd, y me consolé con Nuit et Jour (por la mañana, tan lejos, pero se veía bien, era un cuento parisino) y La Captive y no caí: de haber sabido que estaba basada en la proustiana prisionera Albertine me habría abstenido, aunque la película estaba muy bien contada y me gustaban las imágenes, la expresión de los actores, la sucesión de imágenes con que narraba era esplendorosa -eso no se aprecia en youtube-, pero esa obsesión que tanto me gustó leída me irritaba ahora vista, con el burbujeo sanguíneo en mi cabeza, tras la visita a esa otra prisionera que es M., y el recuerdo obsesivo de una frase y un gesto...)
He soñado que estaba con G. en Comarruga (donde nunca estuvimos juntos y que ya no existe como yo lo conocí) y unas avionetas con megáfono avisaban desde muy cerca que había que vacunarse obligatoriamente, la casa de Comarruga estaba llena de hileras de lavabos, yo intentaba cambiarme del bañador a la ropa en uno de aquellos compartimentos, pero no tenía luz, no encontraba sitio y los de la avioneta habían llegado a la casa vestidos como blancos astronautas de laboratorio, dispuestos a pincharnos. Y nosotros nos íbamos, cogíamos un avión a Nueva York (¡venir precisamente aquí!, pensaba yo demasiado tarde) y allí nos perseguían con la misma obsesión. Yo le decía a G: "Tenemos que encontrar a un médico razonable que nos ayude" (con un certificado de vacunación falso), pero agotada pensaba que me acabaría vacunando para no ser detenida y renunciando a todo lo que había protestado y que tendría que decir a la gente que no había tenido más remedio, y en ese momento notaba el peso del cuerpo dormido y me asaltaba la pregunta: "¿Y si te da parálisis? ¿Y si no puedes volver a andar por la maldita vacuna?" Y entonces G. me decía: "He encontrado un médico", y nos daba el certificado, pero tenía yo que hacer unos disimulos con unas neveras llenas de vacunas y no sé qué, y cogíamos el avión de vuelta y al salir teníamos que atravesar unas cámaras blancas selladas que parecían las de los submarinos, pero G. encontraba siempre muy deprisa la salida y yo le decía: "Se nota que de pequeño jugaste a tantos videojuegos de lara croft y esos personajes, porque encuentras todas las salidas; es una suerte haber venido contigo", y él se reía. Y luego he soñado que le contaba el sueño.
Está saliendo el sol, han cambiado la hora, me tomo gloriosamente mi té. Hoy tengo visitantes madrileños, pero espero que tendré unas horas en las que podré leer, podar mi conferencia, avanzar.
Cada hora aparece alguien que solicita ser "amigo" en facebook, con 50 o 100 "amigos comunes", que son sólo nombres, desconocidos, algunas editoriales o librerías y nada más. Lo mismo me da aceptar que rechazar y ellos sin duda sólo quieren aumentar ese número de "amigos" desconocidos con otro nombre y ser vistos en sus actividades. Siempre me pregunto si debería borrarme, si se encontrará algún lector de mis libros por ese medio...
Espero que esta semana salgan mis cuentos, aunque será una semana complicada. On verra bien...

viernes, 23 de octubre de 2009

Over the rainbow

Foto: I.N., Desde la terraza, 2009
Ayer, justo antes de irme hacia Laie vi un arcoiris entero, que mi humilde cámara no pudo captar sino a trozos, y en algunas fotos es tan patética la acumulación de grúas y la construcción sobre el Putxet que no quiero ponerlas aquí para no entristecerme, pero fue un espectáculo digno de verse, y cuando le enseñé las fotos a Dolors Udina me dijo algo que yo ya había dicho aquí a propósito de la luz de Cadaqués: al menos esto no pueden cortarlo para construir. Sí, nos queda el cielo diurno porque la belleza del cielo nocturno ha desaparecido con la contaminación lumínica de las ciudades, y en Barcelona lleva camino de empeorar, ahora que la horrible empresa proeixample, contratada por el ayuntamiento de Hereuville, empieza a sustituir las bonitas farolas decimonónicas por unas de autopista (vayan si no a la Gran Via de Muntaner hacia Villarroell y verán el horror que están haciendo sin que nadie proteste, salvo cartas en los periódicos; y yo miro el paisaje nocturno de la plaça Joaquim Folguera, con sus farolas y almeces y me conjuro a resistir contra esos mamelucos).
El arco iris fue un buen presagio para la presentación del libro de Antoni Clapés, donde sobre todo lo que dijo Ramón Andrés, lo bien que situó la escucha de Toni Clapés, su posición en el mundo, de chejoviano no-saber, y esa descripción suya entre analítica, poética y filosófica me encantó, sobre todo ahora, mientras me pregunto quién podría presentar mis cuentos... Pensé que era una suerte alguien que leyera con tal atención y supiera decir(le) así... Aunque fuese secuestrándole entre dos viajes bálticos.
Antes de irme, alguien me habló de un viaje a Crimea que me hizo soñar. Iba yo releyendo unos cuentos de Chéjov, maravillada igual que la primera vez que los leí, aquella vida triste y gris de un joven tímido y algo encorvado al que besan por error en la oscuridad de una biblioteca y cómo brilla momentáneamente su vida para luego caer de nuevo en su monotonía desesperada, o Agafia, casada con el guardagujas y amante del perezoso y guapo Savka, y hoy me ha tocado Turguénev, sus Memorias de un cazador (por culpa de Maeve Brennan y William Maxwell). Venía pensando en esa atmósfera de isbas y mújiks y batíuskas que me transporta. Dice Turguénev: "era un cazador empedernido y por tanto, excelente persona" (qué extraña idea, hoy imposible), pero también: "Aquel bosque contaba con doscientos o trescientos robles enormes, y gigantescos fresnos. Sus cimbreantes y vigorosos troncos negreaban majestuosamente en el verdor dorado y transparente de los avellanos y serbales, elevándose más y más hacia el azul del cielo, desplegando en forma de bóveda sus anchas y nudosas ramas. Azores, esmerezones, cernícalos volaban silbando bajo las inmóviles copas de los árboles, abigarrados picapinos golpeaban con fuerza las rugosas cortezas; junto al trino de la oropéndola, el sonoro canto del mirlo se escuchaba en la densa espesura; abajo, en los matorrales resonaban petirrojos, pardillos y currucas, los pinzones correteaban raudos por los senderos, la liebre blanca corría por las veredas, zigzagueando cautelosamente; la ágil ardilla saltaba de un árbol a otro, para sentarse de pronto elevando la cola sobre su cabeza. En la hierba, junto a inmensos hormigueros, a la sombra de las hojas recortadas de los helechos, florecían violetas y muguetes, crecía toda clase de hongos: rúsulas, amanitas, agáricos, setas de roble, falsas oronjas; en los claros, entre amplias matas rojeaban las fresas... ¡Y qué sombra había en el bosque! Cuando mayor era el bochorno, en pleno mediodía, parecía ser de noche: qué silencio, qué perfume, qué frescura."
Y como estaba yo aún añorando el luminoso Viva voz de vida de Marina Tsvietáieva, de quien me envían hoy una cita optimista ("Yo no creo en milagros. Mas qué dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"), me repongo con estos otros rusos favoritos (me dice Valeria Bergalli que en 2010 saldrá el tercer tomo de los espléndidos Relatos de Kólyma de Shalámov, que cambiaron mi forma de entender los cuentos, y que Ricardo San Vicente ya está traduciendo el cuarto...).
G. ha pasado un momento y me ha contado su odisea ayer en la moto renqueante bajo una lluvia furiosa (como aquella de Somerset Maugham que ya cité: "Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity that was all too human."), una lluvia en tres direcciones, que atravesó su chubasquero, mochila, tejanos y convirtió agenda y apuntes en pergaminos ondulantes y enloqueció su teléfono. Luego me ha enseñado un vídeo de surf que borraré de mi memoria, para no sufrir, mientras él se dirigía a alguna playa con su personaje de neopreno.
Y ahora me queda decidir si cumplo mi promesa y voy a la fiesta lejana en Palo Alto o me quedo leyendo y podando textos en el sofá...
Al final sí fui a ese gran jardín nocturno, incluso entré con T. en un cine para dos, que era un coche decorado con cortinillas. Vi a algunos conocidos de siempre y a la vuelta nos perdimos por zonas de la ciudad antigua que no reconocíamos, y fue un paseo que recordaba a mis postales viejas de Barcelona, antes de que se convirtiera en hereuville... Y al llegar a casa, ¡qué bonito estaba el azufaifo! Reinaba con su majestuosa humildad en su jardín, tal vez aprovechando los últimos días antes de desnudarse para resistir el invierno.

jueves, 22 de octubre de 2009

Notas y desalientos

Foto: I.N., La que fue casa de Nabokov, en San Petersburgo, 2002
A mí siempre me gustó dejar notas y encontrarlas. En mi adolescencia, P. y yo nos escribíamos con letras griegas, y yo le dejaba a mi padre notas con ortografía inventada e imposible y muchos años más tarde, cuando ya no podía enseñárselas, me reí al encontrar dos de sus respuestas muy graciosas olvidadas entre las páginas de un libro. Hace poco cambié un pequeño y feo pizarrín blanco colgado en la cocina para apuntar las compras por uno inglés de pizarra de verdad y escribo ahí con tiza. A G. le ha gustado y cada vez que pasa me escribe algo. Hoy ha venido a imprimir un trabajo de sociología y al ir a buscar agua a la cocina he visto que había dejado su rastro en la pizarra: "The West against the rest", había escrito. A mí me alegran esos mensajes no útiles, aunque sean pesimistas y en este caso una sombría frase de ese horrible SH y su teoría del choque cultural...
Ayer pedí a los estudiantes del posgrado que asistían a mi conferencia sobre Maeve Brennan que escribieran una nota (personal, no un resumen), sobre lo que más les había impresionado de la conferencia o del personaje. Y todos lo hicieron, con más o menos inspiración, precisión o gracia. Excepto una persona, que quiso darme una lección. Sólo señaló que dos veces, yo había cometido un error con el apellido de ese famoso personaje de Truman Capote que fue Holly Golithly, a la que a veces (no en la conferencia, pero sí al comentar de memoria, contestando a preguntas sobre si MB inspiró el personaje de Capote) llamo Dolittle (casi como Eliza Doolittle). Es verdad y no es la primera vez que me pasa. La persona que escribía esa nota me aclaraba que se trataba de un lapsus y añadía entre paréntesis "con todas las salvedades". ¿Qué salvedades?, me pregunté yo. Y concluí que esa persona no conoce el significado de lapsus ni de salvedades. Mi error es una asociación entre dos personajes. Estaría bien que me lo hubiera recordado en clase o que al final de su nota dijera: "Por cierto, ¿se ha dado cuenta de que a veces dice Dolittle a la pobre Golithly?". Pero tras una hora de conferencia con imágenes sobre Maeve Brennan, lo único que le impresionó y le quedó a esa persona fue que yo confundiera ese nombre. Ah, y añadió también un estereotipo sobre la literatura irlandesa que no tenía nada que ver con la conferencia. Leer esa nota me desalentó: cuando damos una clase querríamos que les sirviera a todos, pero eso no siempre es posible. Debió de ser horrible para esa persona soportar una hora y media de clase. Otros alumnos supieron dar vueltas a una idea, una cita, un hilo de la conferencia, la mirada literaria de MB, pareció que les había despertado deseos de leerla, y hubo algunos que me agradecieron el formato de la conferencia leída, los textos de MB incluidos en ella, las imágenes que la acompañaron. Yo tengo un recuerdo vivo de algunos profesores que despertaron algo en mí, no se me ha borrado su presencia con los años, pero es posible que algunos de los que iban a esas clases conmigo nunca conectaran con ellos. Dos veces he asistido, por razones varias, a conferencias o presentaciones de una profesora que habla al público como si fuesen niños, utiliza un power point donde sólo se repiten sus mismas frases, como si el público fuera sordo, y sonríe todo el tiempo absurdamente, aun con los temas serios. Y pese a la irritación que me producen esos gestos, ya que estaba allí, escuchándola siempre he descubierto algo o me ha dado qué pensar. Un poco como le ocurría a Maeve Brennan con Nueva York, siempre le daba qué pensar. En cambio esa pobre persona de ayer no encontró nada, sino que mi error le obsesionó y llenó su mente impidiendo que le entrara nada más. Hace años, en una época en que yo estaba muy estresada, alguien me dejó una cinta de relajación (entonces se usaban cassettes y magnetófonos). Lo más difícil para mí fue superar mis prejuicios lingüístico-culturales con aquella voz que intentaba relajarme. Decía: "Si quieres moverte o cambiar de postura, puedes realizarlo sin problemas". Y a mí, aquel uso estúpido de "realizar" me recordaba a la forma en que habla a veces la policía o gente así, empeñada en conquistar palabras que no domina y en ponerlas donde no toca. Y me enervaba en vez de calmarme. Pero al final, pese a todo, lograba relajarme y dormirme. En cambio, la persona que me escribió esa nota no pudo. ¿O tal vez se durmió y por eso no pudo recordar nada más?
Por cierto, he usado la palabra persona (no para imitar a Coleridge y su Person from Porlock) casi como homenaje a un amigo que siempre hablaba así. Decía: "he quedado con una persona", y todo parecía mucho más secreto y misterioso. Como venía del mundo del teatro, su persona adquiría otro sentido. Y a veces también me decía: "Eres una persona extraordinaria". Pero ese amigo está ya homenajeado en uno de mis cuentos, los que un día de éstos llegarán a las librerías...
Esta mañana me han llegado dos malas noticias editoriales du pays gabache y el cielo es aún más opaco y plomizo que el de ayer. Pero no cejaré en mis empeños. Habrá también buenas noticias, digo yo. Como en la frase de Lenin, Un paso adelante, dos pasos atrás... Y ahora tengo que dejarles. Me queda leer y reseñar otro libro urgente, podar y podar mi próxima conferencia del posgrado, leer un poco más para los premios de traducción... Pero mi panorama se va despejando y en algún momento se interrumpirá esta lluvia furiosa (ojalá esté lloviendo también en Daimiel y sean castigados los responsables) y tal vez incluso podamos detener a esos ignorantes políticos corruptos taladores de árboles. En el trabajo de G. había una cita de Sartre sobre la realidad y la utopía. No sé cómo era la cita, pero me recordaba a Habiter l'utopie? de Jacques Ehrmann, algo muy vinculado a esos mis viejos sueños de la izquierda que aún conservo. La idea es: aunque algo suene utópico, hay que habitar la utopía para lograr acercarla a la realidad.

martes, 20 de octubre de 2009

Cielo de plomo

Foto: I. N., Árboles de invierno en Bruselas, 2008
Me levanto con pensamientos sombríos, teñidos de estos cielos de plomo y estos días desapacibles, a veces fríos como ayer. Y luego me reconcilio mágicamente con el mundo, sin que haya cambiado nada. Anoche estuve en el Palau de la Música. No sé si era la crisis o los escándalos pero la platea se veía más vacía que nunca, aunque las musas seguían en el escenario y los magníficos techos recargados como joyas y sueños modernistas, y aunque los músicos, London Handel Players, eran maravillosos y la música -Haendel, algo de Purcell y algo de Vivaldi y más arias de Haendel-, absolutamente celestial. El contratenor, el canadiense Daniel Taylor, se dirigió al público con su encanto autoburlón, dijo que llevaba tres días sin comer nada, a régimen de agua, por una intoxicación en Inglaterra, pidió varias veces perdón por no hablar español, habló de las arias que cantaría, las tradujo, íronizó sobre sus personajes, dijo de su Ptolomeo que, como era loco, le había parecido interesante sacar también su voz de barítono, y así lo hacía. Al hablar su voz era viril, pero al cantar era una maravillosa voz de castrato (como requieren esas arias, que cantaron Farinelli o Senesino), de soprano, espléndida, que se desplegaba como una bandada de pájaros, rompiendo el aire con una energía llena de sutilezas, a veces sin el apoyo instrumental. El público, aunque fuera vergonzosamente más escaso de lo debido, aplaudió enfervorizado. Era divertido ver entrar al contratenor en escena, despacito y muy sigiloso para no interrumpir la música de los London Handel Players. Antes habían tocado una pieza que yo creía haber olvidado porque ya nunca escucho Vivaldi, pero que tenía un componente biográfico importante para mí y me devolvió inmediatamente a la infancia, me vi sentada en la escalera y noté el frío aquel. Me sacudió y pensé que tenía que incluir la escena en mi congelada novela, aunque luego surgió la voz oscura que dice who cares? Olvídate de esa historia de la infancia. Yo acababa de entregar una reseña de un escritor (hablaré de él cuando salga) del nouveau roman, con un discurso algo kafkiano, algo beckettiano y con una locura medida. Le vi hablando en una entrevista antigua y con un entrevistador casi tan despiadado como el de su novela, donde él decía que en la novela jamás pensaba en el lector, mientras que en el teatro tenía que pensar en el público, como decía Beckett, "In theater I am a whore". Me había llegado otro libro completamente distinto, contemporáneo, de esos autores que escriben sin haber leído, y que conectan con algo que está en el aire y venden libros a montones. Y otro inspirado en les faits divers. Y yo que había soñado que mi libro balcánico se vendería en Frankfurt, pero no ocurrió. Aunque alguien con más criterio me diga que le interesa. ¿Tal vez la época es tan dura que sólo se vende por primera vez lo extraliterario y escandaloso? O quizás sea mejor confiar en los lentos procesos silenciosos y no en las ruidosas ferias, donde se anuncia que todo será digital y los que leemos libros en papel en el sofá desapareceremos, seremos arrancados y transportados por los aires entre nubes y brujas del este (¿por qué del Este? ¿Por la guerra fría? Al dorso me corrigen: yo me equivocaba, por lo visto la bruja mala era del Oeste, ¿se les coló un guionista progre?) hasta desaparecer como Dorita en El mago de Oz. Y mañana, miércoles 21, mi conferencia Maeve Brennan, al otro lado de Nueva York, del posgrado de traducción literaria de la UPF, a las 18.30 en el IDEC, Balmes, 132-134 (Rosselló). Espero que compartan mi fascinación y no me tiren tomates (y eso me recuerda que me he apuntado a un huerto ecológico para que me traigan verduras y frutas a casa sin pesticidas ni experimentos transgénicos ni antibióticos).
Last Minute News. Vuelve la idea de aquella canción de Raimon. Cuando creí que había acabado prácticamente las lecturas para los premios de traducción, llegan tres nuevas propuestas. Sálvese quien pueda...

domingo, 18 de octubre de 2009

Octubre

Foto: Elena Vilallonga, Yo en la playa, el invierno pasado, 2009
Ayer hice caso a la recomendación de Eph y fui a ver el espectáculo de Suzanne Linke al Mercat de les Flors. Me pareció que el público era de la profesión, me hizo gracia ver a tantas personas tan orgullosas de sí mismas y con expresión de insiders, intentando imitar el desprecio elegante de los felinos (sólo que en los felinos no es impostado, sino natural y afectuoso y además, ellos tienen sus razones, ¿pero cuál será la razón del orgullo de estos barceloneses?). El espectáculo me gustó. El principio me resultó muy duro, no por la paródica aparición de la Linke-Muerte con su guadaña y un vestido violeta impostado y una gestualidad terriblemente lenta y un largo hueso que prolongaba su brazo, sino por esa escena de una bailarina vestida con bata de hospital, descorporeizada y a la vez luchando salvajemente con su cuerpo contra la mesa camilla, la sábana inmensa que la recubre y la uniformización falseadora de la bata blanca, bajo un ruido de trenes o de máquinas. La atmósfera de hospital o de manicomio dolía (sobre todo a mí, que venía de dejar un comentario algo oscuro en una discusión difícil, y tuve que mandar un sms para pedir que lo borrasen). Y a la vez la bailarina vencía a todo con su movimiento, con la forma de transformar su cabellera, con el aleteo de su corporalidad en el aire, las piernas, con la forma de arrollarse la tela como una vestal griega en un gesto asombroso y rápido, con la fuerza que emprendía contra ese pie siempre atado, esa atadura bíblica y misógina, esa esclavitud. Como la que luego arrastraba otra bailarina, en forma de lámpara de araña, brillando como la obligación de la belleza impuesta a las mujeres. O la casi niña y ese juego de desnudez revestimiento, liberación y ataduras. Y la lluvia de plumas blancas. Y la claridad de todo en ese espectáculo donde lo femenino se despliega, con un abanico de luminosidad dolorosa y de honestidad. O la propia Suzanne Linke, que luego en pleno Mahler nos regalaba un solo largo y maravilloso vestida con un traje sólo aparentemente masculino, en una elegancia asombrosa. Antes, Linke había mostrado su edad -yo pensaba en un comentario que me hizo Cesc Gelabert, de cómo dolía bailar con los años y cómo el tiempo se acortaba, bailando con el mismo atuendo mínimo y blanco de las demás -tiene un cuerpo donde la belleza es el dibujo de su historia y de lo vivido-, o con la bata manicomial que intentaba amordazar a todas las bailarinas, sin lograrlo. Pensé en la sirena de Andersen y los mil cuchillos que se clavan en el pie. Todo tenía la densidad bergmaniana de la tradición alemana. Y su vitalidad energética. Y también su belleza compleja, perfecta para octubre.
Fue bastante breve: una hora justa. Salimos muy contentas Tigridia y yo (gracias, Eph). Hacía frío en Montjuïc y olí la frescura de los árboles entre -cómo no- unas obras; la destrucción de la ciudad, las obras y las talas son la etiqueta de Hereuville. Alguien me ha dicho que le encargaron a Carlos Pazos la etiqueta del vino de Barcelona (!) y que al alcalde no le gustó la ironía iconográfica del artista y rechazó el encargo.
Se me olvidaba. Vi las demás piezas de Rohmer contenidas en ese breve pack de sus obras primeras, en blanco y negro. ¡Visión gozosa! Me habría gustado que durasen más. Una pequeña maravilla.
Qué lástima que tenga que acabarse esta tarde de domingo... Me gustaría estirarla y triplicar las horas... Sigo dándole vueltas a mi conferencia; ahora podándola porque he decidido leer menos e improvisar algo más. Llena de dudas. Y deseando que ya sea noviembre.
Vayan a Polis!

viernes, 16 de octubre de 2009

Silencios sombríos

Foto: I.N. Par la fênetre, Florac, 2009
Ayer tuve que recorrer la ciudad por distintos motivos y en cierto momento, agotada y cargada, cogí un taxi. En la radio interna de la compañía de taxis un conductor estaba diciendo que no podía recoger al cliente en el Paral·lel porque había habido un suicidio muy aparatoso y la zona estaba acordonada y llena de gente. Hace unos años supe que muy cerca de mi casa un adolescente se había tirado por la ventana y había muerto. También me llegó la noticia directa del nieto de un poeta que había intentado en vano quitarse la vida arrojándose al patio del centro de estudios donde iba también G., con la consternación general de los que le conocían. Otra vez, cuando me dirigía al Espai Brossa, tuve que dar un rodeo andando porque una mujer de unos cuarenta años se había arrojado por una ventana, o bien alguien la había empujado, y había cordón policial y mucha gente hablando y especulando. Años atrás vi, casi a cámara lenta desde la ventanilla del coche, a una mujer mayor saltando al vacío desde un edificio recién comprado (por una emprendedora propietaria de muchos restaurantes en la ciudad), y a la que iban a desahuciar, y escribí una carta a un periódico. Esa visión me sobrecogió porque pude verla de cerca, la falda gris de franela, el jersey, su pelo también gris, la tristeza de su gesto, el ruido seco y sordo de su cuerpo al caer, y tuve una visión de los múltiples dramas que podían desarrollarse ocultos desde los patios o la calle, y la integré en mi cuento Vinçon. Otra vez vi la espalda oscura de un hombre, un cuerpo en camisa a cuadros que se arrojaba al metro, e inmediatamente se organizó un infierno de griterío, multitud precipitándose y camilla que se lo llevó... Y tantas otras veces, más cerca o más lejos... De pequeña, en Vilassar, al cruzar la vía para ir a la playa, mi abuelo me gritó muy enfadado porque había mirado hacia el lugar donde otro hombre se había arrojado al paso del tren, y yo me sentí extrañamente acusada de mi mirada hacia lo que sólo era una sombra entre la gente, sin saber de qué era culpable, como siempre fue la culpa en mi infancia. Para mi sorpresa, nunca ninguno de esos suicidas apareció en los periódicos. Me imagino que en este país, si se produjera un caso como el de France Télécom donde los trabajadores se están suicidando en cadena, desesperados por la atmósfera cruel de despidos y traslados forzosos y esclavitud contemporánea que están sufriendo, nunca lo sabríamos. Tal vez sea verdad que aquí nadie se suicide, igual que nadie dimite, por el peso de la religión o por otras razones que desconozco. Quién sabe. En Francia se habla del tremendo índice de suicidios en las cárceles. En Suiza hablan ahora del suicidio de adolescentes (uno cada 72 horas). Aquí, se ocultan los números, yo nunca lo he leído (aunque los profesionales saben que esos números existen y crecen). Si ocurre, se silencia, se entierra, como se entierra la historia, la represión en la posguerra, la tortura, y los culpables de las atrocidades de todos aquellos años viven impunemente y mueren sin juicio ni vergüenza.
Siento esta meditación rápida y oscura de esta mañana radiante. No piensen que estoy melancólica; no lo estoy. Ha cambiado el tiempo. G. volvió de coger olas con su plancha gigante y el traje de neopreno en una playa cercana, agotado y moreno. El traje colgado en la terraza me resulta familiar, tiene la actitud corporal de un amigo al que vi ayer en una librería, pensando en su novela. Los niños siguen llorando a gritos en el colegio de al lado. En la pequeña terraza, la gata se baña en sol y el pelaje y los ojos le brillan con una sensación de pureza y juventud fulgurante.
Anteayer di mi primera sesión del posgrado en la UPF y me sorprendió agradablemente que algunos alumnos hubieran leído y conocieran algunos títulos, autores, personajes literarios, pasajes bíblicos. No todo está perdido, pensé. Aunque incluso cuando no saben su curiosidad energética suele parecerme esperanzadora. El 12 de noviembre hablaremos de mi libro balcánico en una charla en la librería Antígona, en Zaragoza, con Félix Romeo (Por cierto que allí mismo presentan el 23 de octubre No hay adverbio que te venga bien, de Jesús Marchamalo y Mario Merlino, publicado por Editorial Eclipsados, con Antón Castro). De mis cuentos ya les diré, pero será pronto. Ayer tuve un reencuentro feliz con dos amigos del pasado y la afinidad sigue ahí, efervescente, con el paso del tiempo a nuestro favor pese a todo. Sigo leyendo y maravillándome de lo que leo (hay un cuento sobrecogedor que aún ahora late intacto en mi mente, como si no hubiera pasado una noche -con su sueño- después de leerlo) para mi conferencia del miércoles en el posgrado. Me falta tiempo y añoro escribir.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Ayer, en la sala de prensa del Lliure

Foto: I.N., Lugar durandiano, agosto 2009
El Espai Freud (y su espíritu animador, el librero de la calle Berlinès!), con ese ánimo de lograr el diálogo del psicoanálisis con otras instancias de la cultura que existe en otros países europeos y latinoamericanos, organizó un acto muy interesante. El deseo en el espectador, una conversación entre el director teatral Roger Bernat y el psicoanalista Iván Ruiz, que además es pianista y compositor. La coordinación y la presentación del acto iban a cargo de Vanessa Núñez, que está en los dos mundos, teatro y psicoanálisis, además de su saber sinológico, y de ahí su mirada particular y pétillante. Bernat hizo una síntesis ingeniosa e ilustrada de la aparición del público en la historia y sus relaciones con la escena, su cambio de rol, y aludió a sus últimos trabajos, donde el espectador, si acepta el juego, es actor. Ruiz intentó darle un sentido traduciéndolo a su lenguaje. Otros psicoanalistas y gente del teatro reflexionaron o se interrogaron también sobre ese deseo (me gustó la intervención de un psicoanalista preguntándose si tal vez en el psicoanálisis se idealizaba el deseo, de tal modo que se olvidaría al otro, convirtiéndolo en mero objeto de ese deseo) y esos roles y su significación en nuestro mundo. Durante la exposée, en la que por supuesto salió Slavoj Žižek, surgió también un torrente de pensamientos que revolotearon como mariposas en el aire y en mi mente. Me hizo pensar en un simulacro de lectura pública en el que participé una vez, y en mi intento fallido de dar entidad a aquella lectura sin que hubiera público, como si el público pasivo fuese la garantía de su existencia, como si no pudiéramos nosotros, los incrédulos escritores-lectores que participábamos, convertirnos en espectadores suficientes. También pensé en aquellos espectáculos antiguos de hipnosis o magia donde actuaban personas del público siempre sospechosas de ser actores pagados. O en los gabinetes de curiosidades que precedieron a los museos, con sus galerías de freaks convertidos en actores a su pesar y objetos de la mirada morbosa que está en el origen del museo. O en la mirada nunca inocente de las imágenes de violencia y destrucción. O en la catharsis griega. Escucharles fue sugerente y quedaron muchos hilos abiertos para seguir pensando. No había tiempo suficiente para intervenir (dijo Vanessa que el miedo al espectador -expectante- les había hecho reducir ese espacio), aunque yo pude encajar mis dos sugerencias. Una se refería a ese último espectáculo de Bernat, donde yo acepté las reglas del juego (porque me parecieron aceptables) y creo que la pasividad del espectador que criticaba el propio Bernat "siempre implica un movimiento" (como dijo una psicoanalista) puede parecerse a la entrega condicionada en el terreno sexual, donde uno decide averiguar cuál es el deseo del otro y hasta dónde puede llevarle en su placer. Y mi otra interrogación se refería a mi idea de que el escritor, si bien movido por un fuerte deseo de contar o de interrogarse, para escribir tiene que actuar como espectador, desde su no-saber (como el analista) desde su perplejidad ante el mundo, y es doblemente espectador porque antes que escritor es lector. Sin embargo, como señalaba el escritor mexicano Gabriel Zaid en Los demasiados libros, parece que el número de escritores hubiera sobrepasado al de lectores, o que hubiera surgido un género de escritores sin tiempo de leer(se), como ocurría en la Dangerous Writing, que escribían aparentemente sin leer o leyéndose sólo entre ellos, como si nadie hubiera escrito antes (parece que luego se pusieron a leer, más allá de los suyos), y ése sería un mundo tristemente sin lectores. De la exposición histórica de Bernat me quedó la anécdota del caballo que sabía contar y que daba la respuesta a las operaciones matemáticas simples con coces en el suelo. La hipótesis de que el caballo captaba, por la emoción del público, el momento en que debía parar, le servía a Bernat para su hilo. Todo estaba lleno de ese humor interrogativo de sus espectáculos y todo podía traducirse desde la escucha de los psicoanalistas.
Mientras, me da la sensación de que G. (que anoche debió de dibujarme un saludo en la pizarra de la cocina: Buon giorno principessa, decía un personaje de cómic abriéndose paso en mi lista de compras pendiente, y me ha hecho reír al levantarme) ha entrado en el territorio de la cultura humanista al fin (tras abandonar Humanitats), por la mejor puerta, gracias a una lectura trabajada de no sé qué asignatura de Antropología, El Món d'ahir. memòries d'un europeu de Stefan Zweig. Ver sus comentarios entusiastas (contagiado de la pasión por la cultura de Zweig y conectando con su visión (psico)analítica) en la red de la Universidad me alegra el día y pienso secretamente que después de todo no me equivoqué. Estresada como andos estos días, me he pasado un buen rato hablando con un viejo amigo, que tiene su propio gabinete de curiosidades y lo llama como J. a mi casa, "cueva de Alí Babá". Antes de irme he hablado con M., que hoy encontraba las palabras. Dice que estaba viendo una película de tiros, y cuando le digo que estoy algo estresada de tanta actividad pendiente me dice: "No te preocupes, tú eres una chica inteligente y estás muy al día" y se echa a reír. Entre tanto, parece que ya tenemos oficiante de lujo para la charla balcánica en la librería Antígona de Zaragoza, ya avisaré de la fecha exacta, pero será en noviembre. Hoy doy mi curso de posgrado en la UPF, así que no me queda tiempo de más. Pero seguiré a la vuelta...

domingo, 11 de octubre de 2009

De madrugada

Foto: Josep Liz, Yo contemplando un paisaje stendhaliano, 2009
Me desperté en esa penumbra grisácea y silenciosa y pensé que dejaría este blog. Luego recordé que alguien me ha ofrecido la posibilidad de colaborar a su mantenimiento, aunque es una idea en el aire... No sé si llegará a tiempo. Se me ocurrió un principio para un libro de sueños, que ha surgido sin proponérmelo en esas horas de semipenumbra, ha ido empujando y creciendo a base de garabatos en la mesita de noche, como he dicho al dorso. Soñé con ese libro y con la llamada de alguien que soñaba sin tasa y recordaba sus sueños con detalle minucioso y regio, y al despertarme no me pareció mala idea. Si arrancase tiempo a lo demás... Nefelibata.
También pensaba en un nuevo capítulo para mi libro de la ciudad, retratando rincones antes de que desaparezcan en esta veloz y desaforada campaña destructiva que ha emprendido el ayuntamiento de Hereuville, contra el patrimonio arquitectónico, contra los árboles. A la carta del Periódico que se quejaba de que en la Gran Via talan los hermosos plátanos y sustituyen las clásicas y hermosas farolas del XIX por otras espantosas, de autopista y que implican mucho mayor gasto de luz, le responden de la empresa "Pro-Eixample" que: "El modelo de farola de la calzada central es similar al de antes, pero con una imagen más estilizada". Hay que ser ciego para creerlo. También aducen que según Parcs i Jardins (qué lástima el servilismo talador que ha impregnado esa institución, que en otro tiempo protegía lo verde), como siempre, los árboles están enfermos, hay peligro de que caigan. Es curioso, ¿por qué será que en este país todos los árboles grandes y hermosos corren peligro de caerse y son obstáculos "para garantizar la visibilidad de peatones y vehículos"? En cambio en Francia, Inglaterra y Alemania, los árboles siguen en pie, están protegidos por las leyes y más que distraer, se considera que oxigenan, protegen con su sombra, contribuyen al paisaje y al medio ambiente. Aquí son obstáculos, como lo somos los ciudadanos para el ayuntamiento. En una esquina de Gràcia me encontré a Maria C., hermana de un poeta y una traductora, e intercambiamos experiencias resistentes contra esta gran tala que está destruyendo el país, pero tuve que irme corriendo y no pude pedirle su dirección.
Vi la película de Woody Allen, Whatever works y me hizo reír, me gustó esa mezcla de personajes de mundos culturales tan distintos que acaban chocando y relacionándose extrañamente y cambiándose a pesar de sus respectivos prejuicios, manías y saberes, es una película sencilla, sin grandes pretensiones, pero me recordó a sus mejores tiempos. Vi también una extraña película de HongKong con una parte torpe de gangsters y una parte fascinante de tambores zen, muy extraña. Cuando empezó con atmósfera violenta y urbana, dije que me iba pero L. me detuvo: "Espérate, que a lo mejor van a mandarle a la montaña", y tenía razón. Así empezaron las escenas de ritos de tambores y de iniciación en un paisaje de gran belleza y me quedé.
Sigo leyendo y escribiendo y se me echa encima una semana difícil. Ayer un artículo de VM me alegró el Babelia, aunque ¿qué me ocurrió a mí con el libro de Sergio Cheifec? Empecé a leerlo y sé que hubo algo que me atrajo hablando del cumpleaños, un paseo, unos jardines, dos tiempos, pero algo se me mezcló con otra ensoñación y con otro libro y nunca llegué a leerlo del todo: del artículo de VM me gustó la diferenciación sobre la no-narratividad, el hilo de Simenon y el no-hilo finneganswakiano, la reflexión sobre esos dos mundos en la que precisamente pensaba yo mientras releía para mi conferencia esa prodigiosa novela memorialística de yo elíptico que es Lessico famigliare y la agitación estructural en torno a unas frases, a un vocabulario común, que convierte esos intercambios en una crónica del antifascismo italiano, arrancándole de cuajo su yo emocional, su parte proustiana, ella, la Ginzburg, que tradujo La Recherche, y su llamado "genio moral". En el blog de Fernando Valls hacen falta más aportaciones para la palabra acercanza. ¿No se animan? En fin, les dejo ya, aunque tal vez añada algo entre hoy y mañana. Mientras, he escrito mi furia aquí.
Mi libro de cuentos va a salir ya muy pronto, creo que el 22 de octubre ya existirá como objeto y hacia el 30 estará distribuido por todas partes...

jueves, 8 de octubre de 2009

Me he despertado temprano

Foto: I.N., Fetiche en una puerta, Saint Enimie, 2009
Mucho antes de que sonara el despertador, con una sensación extrañamente energética y gozosa. En sueños tenía que numerar a modo de facturas todas las intervenciones de un diálogo interminable, mías y ajenas, y eso me agotaba. He escrito la reseña de una novela de Kadaré de atmósfera onírica y psicoanalítica, donde aparecía un episodio cervantino que siempre me sedujo, y la he mandado. Estaba releyendo para una de mis conferencias del posgrado unos ensayos de Natalia Ginzburg, concretamente su "Autobiografia in terza persona", que acaba así: Tuttavia ha fiducia nella providenza, ne'll affetto degli altri figli, negli angeli custodi. Benché in modo caotico, tormentato e discontinuo, crede in Dio. Eso quería decirle a un amigo creyente y pasqualiano cuando objetó a su poema Non possiamo saperlo: que ella creía, aunque fuese de un modo tormentoso o atormentado, un poco à la manière de Graham Greene justo antes de convertirse, cuando le escribe a dios en The End of the Affair, Please, God, let me alone! Yo, que sigo siendo laica y agnóstica, según se mire, siempre empatizo con esos forcejeos, esos puntos de duda... Por cierto, anteayer me enteré por mi amigo JCM de que en Barcelona hay una Plaza de la Duda (Plaça del Dubte). Pensé vagamente en ir allí a depositar mis múltiples dudas en tantas cuestiones. Quién sabe si la plaza, sombreada por altas acacias quizás, ayuda a repensar esas dudas, dudas literarias, vitales, filosóficas, espirituales, incluso físicas y domésticas... y a multiplicar los interrogantes como en una lluvia celeste de estrellas fugaces o a despejarlos como fuegos artificiales... Ayer, al caer la tarde, salí a la calle y había un cielo como el de It's a Beautiful Day y yo me sentía como la niña de la portada, al margen del tiempo.
¡Ha vuelto Arte tv! Había desaparecido de mi antena y estaba a punto de darme de baja de ese circuito, pero ha vuelto y la he dejado puesta un rato mientras desayunaba y hacía mis ejercicios, aliviada de volver a la francophonie durante unas horas, ya que no puedo irme a París. El otro día supe que la fealdad y estupidez mercantil de nuestro mundo ha llegado también a France Culture. Unos repentinos nuevos jefes jóvenes e inexpertos les dicen a los veteranos cómo deben hacer las cosas, acortan los programas temáticos y con esos gestos envían a muchos a la prejubilación. Sólo que aun en esa analfabetización hay mucho mejor nivel que aquí. Ayer la ministra Garmendia, siempre partidaria del mercado y las grandes corporaciones, y antihumanista, defendía los obscenos recortes presupuestarios para la investigación en España.
Sigo preocupada por el asunto de las vacunas peligrosas que quieren imponernos a la fuerza, según dicen. Los laboratorios han excluido la posibilidad de pedir daños y perjuicios, lo cual da qué pensar. En Estados Unidos han empezado a imponerla, con multas de mil euros diarios, cárcel o despidos en las empresas a quien se niegue. Es pavoroso. Escuchen el largo vídeo en Polis (si encuentran una hora libre; vale la pena, aunque dan escalofríos), o bien vean los documentos y declaraciones contra la vacuna en la página de recogida de firmas y firmen la petición internacional: se necesitan muchas firmas para evitarlo. Me parece parte de una pesadilla de PhilipK. Dick. Curiosamente los seguidores del cientifismo (que no de la ciencia) son los más dispuestos a aceptar sumisamente que les impongan esas vacunas. Aunque cada vez haya más médicos que argumentan persuasivamente contra esa vacunación. Es triste ver cómo algunos se entregan al sacrificio en tantas modalidades de la vida, pero no por una causa, salvo ayudar gratis a los laboratorios o las grandes corporaciones, por ejemplo, o impedir que personajes abusivos aprendan a respetar unos límites. Como si eso ayudara a alguien.
También es triste comparar las instituciones democráticas y el funcionamiento de las asociaciones de este país con las de los países con tradición democrática. ¿Para qué sirve aquí pagar y ser miembro de asociaciones profesionales? Para nada. Esas asociaciones rara vez asumen ninguna iniciativa para mejorar las condiciones de sus asociados y cuando alguien lo intenta, le miran mal. En cambio en otros países, las asociaciones son valerosas y ayudan a cambiar las cosas. Y las instituciones... aquí la función del defensor del pueblo es puramente decorativa, rara vez son independientes y se limitan a mandar una carta casi de condolencia para decir al ciudadano que protesta que no pueden hacer nada. Aquí pocos saben que hay que presionar y forzar esas instituciones para lograr que funcionen.
Se ha muerto el fotógrafo Irving Penn, a los 92 (hermano de Arthur!). Da la sensación de que no quede nadie de esa época brillante y efervescente en la que tantos buscaron la belleza. Y le han dado el Nobel de Literatura a Herta Müller, cosa que Assouline ya había anunciado ayer, gracias a Literary Salon.
Un amigo que ha leído esta entrada me ha llamado más tarde para contarme que tuvo una amante arquitecta que vivía en la plaça del Dubte. Él engañaba con ella a la que entonces era su mujer y cada vez que salía del piso de la arquitecta, en un ambiente de prostitutas y borrachos insomnes, veía la placa de la calle y sentía la amargura del apóstol Pedro tras el canto del gallo. La historia me ha gustado.
Me vuelvo a mi sofá, a seguir leyendo...

miércoles, 7 de octubre de 2009

Después

Foto: I.N., Montañas y bosques minados alrededor de Sarajevo, 2003
El calor sigue. La conversación sobre Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes salió bien. El público era interesante y el lugar, la biblioteca Francesca Bonnemaison, magnífico. Me presentó un periodista receptivo, que hizo preguntas inteligentes, Albert Lladó. Vinieron algunos amigos especiales (ver sus caras entre el público siempre me produce la sensación de que todo saldrá bien).
Todo eso parecía imposible tras un lunes maldito. La mañana empezó con una llamada de una mujer de mi infancia, que intentó convencerme de su actitud sacrificada y paciente (V. me lo explicaría luego muy bien, psicoanalíticamente) ante los abusos. Comprendí cuál era mi reserva hacia ella. Unas horas más tarde me quedé atrapada con M en un no-lugar del Hospital Clínic, entrada Villarroell. El fragor de las obras impedía que nos oyeran. No había salida, el ascensor que se había abierto para depositarnos en aquel pequeño infierno no quiso volver a abrirse para rescatarnos. Había una puerta de sala de máquinas, con prohibición de entrar, un pequeño hueco de escalera con puerta cerrada y acerrojada, sólo la barandilla que podía llevarme, trepando, a la escalera abierta, pero ¿cómo dejar allí a M, a sus 80 años y con su confusión mental? Por suerte había cobertura y llamé a J, que estaba allí cerca, y por suerte y por intuición, no comunicaba. Él nos encontró y pidió ayuda, pero el enfermero dijo que avisaría a seguridad y no volvió. Al fin decidimos usar nuestros propios medios. J. logró que otro enfermero (algo remolón) se decidiera a usar su fuerza para levantar a M. en volandas. Yo la empujaba desde abajo y ella mostró gran flexibilidad, como observó el enfermero: había que levantar la pierna como una bailarina clásica para pasar la barandilla; lo sé porque tuve que hacerlo yo misma al cabo de poco. De no haber sido por J., nos habríamos quedado allí per secula seculorum.
Ya en la sección de Còrsega, tuvimos que rogar que la dejaran hacerse su análisis a aquella hora y no a otra, contando la aventura. Después, una mujer mayor nos arrolló para entrar en el ascensor y me increpó por no haber pasado al fondo. Le dije que no iba a empujar a M. con sus 80 y me dijo que ella tenía 85. Yo me reí: ¿Y por eso hay que empujarla? El Clínic es un lugar de mis pesadillas y la escena parecía fuertemente onírica y simbólica, la pérdida de M., de esa M. que es una versión reducida (y mucho más amable) de lo que fue.
Al volver me esperaba una curiosa lluvia de desplantes, incidentes desagradables, un golpe, sobre todo el espíritu negativo que tan difícil me hizo la infancia y que ahora estoy obligada a revisitar, aunque sólo sea por email, por la situación de M.
Fui a un establecimiento donde también me sentí maltratada (tal vez les parece que no gasto suficiente), así que me quejé y me pidieron una nueva oportunidad. Estuve forcejeando contra aquel perrillo interno de la autocompasión, que lamía las heridas del personaje de Alison Lurie y que en mi caso conecta con mi infancia. Todo esto coincidía con una de las fechas fatídicas de Jacques le fataliste, y ayer me desperté aún en plena desolación: me vi monstruosa en el espejo, como cuando era pequeña y me detestaba. Pero todo fue pasando, según me había augurado A, no por poderes esotéricos sino por su buen sentido...
En medio de esa marea hostil, alguien agradecido y generoso me mandó una bonita taza para mis tés de la tarde, con filtro y tapa, para que no se enfríe junto al ordenador, decorada con azufaifas. Estuve trabajando, leyendo, hablé un momento con G., que lee las memorias de Stefan Zweig para un trabajo de su facultad. Ahora seguiré atada a mis trabajos de este octubre de Sísifo, que me impiden casi andar por ahí. Y esta mañana me he despertado de un sueño donde consideraba una opción que en la realidad no considero (y eso era troublant!), y G. era pequeño y su ánimo jocoso y lúdico de entonces. Por cierto que veo a G. estos días más conectado con su carrera, casi no me atrevo a decirlo, pero hace ilusión...
Vayan a Polis. Lo que se cuenta ahí es importante y nos afecta a todos. Es un vídeo largo, pero hay que tomarse ese tiempo, a alguna hora.