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martes, 20 de octubre de 2009

Cielo de plomo

Foto: I. N., Árboles de invierno en Bruselas, 2008
Me levanto con pensamientos sombríos, teñidos de estos cielos de plomo y estos días desapacibles, a veces fríos como ayer. Y luego me reconcilio mágicamente con el mundo, sin que haya cambiado nada. Anoche estuve en el Palau de la Música. No sé si era la crisis o los escándalos pero la platea se veía más vacía que nunca, aunque las musas seguían en el escenario y los magníficos techos recargados como joyas y sueños modernistas, y aunque los músicos, London Handel Players, eran maravillosos y la música -Haendel, algo de Purcell y algo de Vivaldi y más arias de Haendel-, absolutamente celestial. El contratenor, el canadiense Daniel Taylor, se dirigió al público con su encanto autoburlón, dijo que llevaba tres días sin comer nada, a régimen de agua, por una intoxicación en Inglaterra, pidió varias veces perdón por no hablar español, habló de las arias que cantaría, las tradujo, íronizó sobre sus personajes, dijo de su Ptolomeo que, como era loco, le había parecido interesante sacar también su voz de barítono, y así lo hacía. Al hablar su voz era viril, pero al cantar era una maravillosa voz de castrato (como requieren esas arias, que cantaron Farinelli o Senesino), de soprano, espléndida, que se desplegaba como una bandada de pájaros, rompiendo el aire con una energía llena de sutilezas, a veces sin el apoyo instrumental. El público, aunque fuera vergonzosamente más escaso de lo debido, aplaudió enfervorizado. Era divertido ver entrar al contratenor en escena, despacito y muy sigiloso para no interrumpir la música de los London Handel Players. Antes habían tocado una pieza que yo creía haber olvidado porque ya nunca escucho Vivaldi, pero que tenía un componente biográfico importante para mí y me devolvió inmediatamente a la infancia, me vi sentada en la escalera y noté el frío aquel. Me sacudió y pensé que tenía que incluir la escena en mi congelada novela, aunque luego surgió la voz oscura que dice who cares? Olvídate de esa historia de la infancia. Yo acababa de entregar una reseña de un escritor (hablaré de él cuando salga) del nouveau roman, con un discurso algo kafkiano, algo beckettiano y con una locura medida. Le vi hablando en una entrevista antigua y con un entrevistador casi tan despiadado como el de su novela, donde él decía que en la novela jamás pensaba en el lector, mientras que en el teatro tenía que pensar en el público, como decía Beckett, "In theater I am a whore". Me había llegado otro libro completamente distinto, contemporáneo, de esos autores que escriben sin haber leído, y que conectan con algo que está en el aire y venden libros a montones. Y otro inspirado en les faits divers. Y yo que había soñado que mi libro balcánico se vendería en Frankfurt, pero no ocurrió. Aunque alguien con más criterio me diga que le interesa. ¿Tal vez la época es tan dura que sólo se vende por primera vez lo extraliterario y escandaloso? O quizás sea mejor confiar en los lentos procesos silenciosos y no en las ruidosas ferias, donde se anuncia que todo será digital y los que leemos libros en papel en el sofá desapareceremos, seremos arrancados y transportados por los aires entre nubes y brujas del este (¿por qué del Este? ¿Por la guerra fría? Al dorso me corrigen: yo me equivocaba, por lo visto la bruja mala era del Oeste, ¿se les coló un guionista progre?) hasta desaparecer como Dorita en El mago de Oz. Y mañana, miércoles 21, mi conferencia Maeve Brennan, al otro lado de Nueva York, del posgrado de traducción literaria de la UPF, a las 18.30 en el IDEC, Balmes, 132-134 (Rosselló). Espero que compartan mi fascinación y no me tiren tomates (y eso me recuerda que me he apuntado a un huerto ecológico para que me traigan verduras y frutas a casa sin pesticidas ni experimentos transgénicos ni antibióticos).
Last Minute News. Vuelve la idea de aquella canción de Raimon. Cuando creí que había acabado prácticamente las lecturas para los premios de traducción, llegan tres nuevas propuestas. Sálvese quien pueda...

domingo, 19 de abril de 2009

Conferencia balcánica

Foto: I.N., Biblioteca de Sarajevo, incendiada durante el asedio y reconstruida posteriormente, 2003
Mañana Lunes 20 de abril, a las 19.15 en Amics de la UNESCO, Mallorca 207, principal, yo conferenciaré sobre mi Viaje literario a la guerra de los Balcanes. Quien quiera venir será bienvenido. (Creo que cobran una entrada de 2 o 3 euros, pero no estoy segura).
Sólo unas notas apresuradas para decir que he gozado (gracias a L., que me animó a ir cuando estaba desfalleciendo por la falta de sueño) de un concierto maravilloso en el Palau de la Música, la Pasión según San Juan de Bach, con la Orquestra Nacional Clàssica d'Andorra y la Coral Càrmina. Qué maravilla. Me he olvidado la linterna, pero pese a todo iba siguiendo porque la Pasión siempre me gustó también como narración (al fin y al cabo, ése era uno de los textos evangélicos que yo tenía que leer en voz alta para el colegio en la iglesia abarrocada y espléndida, con un órgano que sonaba a música celestial). Ese juego del evangelista y el coro; el evangelista dice: "Cuando le vieron, los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron" y el coro contesta: "Kreuzige, kreuzige!" (Crucificadle, crucificadle). La orquesta sonaba magníficamente, el coro era espléndido. Yo me identificaba con el evangelista, que era como mi personaje narrador de las funciones del colegio. Qué bien contaba-cantaba (con qué pasión) el momento en que se rasgan las cortinas del templo, la tierra tiembla, las rocas se agrietan, los sepulcros se abren y resucitan los espíritus. Me gustaba muchísimo el barítono (Pedro negando tres veces, Ich bin's nicht!) y el contralto (esas voces misteriosas, seráficas de castrati), no tanto el tenor, que sustituía al que tocaba y a veces parecía no llegar, y era poderoso y matizado el bajo (Pilatos) y muy expresivo el otro barítono (Jesús) y allí estaba también Gerard Claret, fundador según creo de esa orquesta.
Música reparadora, celestial, maravillosa, que como dice L. te despierta los sentidos, te permite olvidar todo, o como dice Tigridia, te reconcilia con el mundo. Y es tan bonito ese lugar (hasta los nombres: Carrer del Bou de Sant Pere), por eso nuestros políticos municipales han decidido destruirlo construyendo un hotel, tirando dos edificios antiguos para que otro arquitecto arrogante y sin escrúpulos deje su huella pisando la historia de la ciudad.
No he podido contar aquí que el otro día fui a la presentación del sugerente Álbum del trasiego de Ramon Dachs, en la maravillosa biblioteca (especializada en anarquismo y francamasonería) Arús, de Passeig de Sant Joan. Qué entorno tan idóneo, con esas paredes llenas de libros acristalados y esas maderas artesonadas y una historia rebelde e independiente... Dachs habló de ese trasiego suyo y del libro que está escribiendo, sobre su viaje a la Antártida en el barco científico Hespérides. Y mostró algunas imágenes, que me hicieron soñar con los mitos de Caspar David Friedrich, Edwin Church ,Edgar Allan Poe y Moby Dick, pero también con Herzog, de hielos, ballenas y pingüinos y esa sensación luminosa de desierto helado y de históricas expediciones y de historia (amenazada) de la Tierra.
Sé que escribo deprisa, pero me gustaría tomar unas notas para la conferencia de mañana, que no será un texto leído, sino una charla con algunas imágenes mías. Espero que vengáis a escucharme, lectores silenciosos.

sábado, 6 de octubre de 2007

El jueves, en la Filmoteca


Foto: I.N., Cortanovci frente al Danuvio, Vojvodina, Serbia, 2007


Vi otras tres piezas cortas de Heddy Honigmann, Food For Love. Mientras su madre cocina una receta judía familiar (A Shtetl that's no longer here), recuerda la tragedia de su pueblo en Polonia durante la persecución nazi, mezclando ingredientes e idiomas de su éxodo. En Saudade es una receta portuguesa, con recuerdos de una infancia pobre en Lisboa, de la que huyeron madre e hija a Holanda, durante la dictadura de Salazar, y la hija canta fados mientras componen la figura del abuelo y su forma de cocinar el conejo, y por fin, en A Recipe For Reconciliation, un iraní exiliado en Holanda, recuerda a su moderna e interesante abuela, que jamás cocinó y sí se dedicó a la vida intelectual y no prestó nunca atención a su hija, madre del cocinero, y una sola vez, ya mayor, decidió ser por un día una buena madre y buena abuela y les hizo esas berenjenas deliciosas que él intenta reproducir en su restaurante y escuela de cocina, y cuenta como esos platos le consuelan de su nostalgia de Irán y su familia. Sentí un impulso intenso de irme a Irán, incluso pensé si preguntarle a mi amigo persa-canadiense si no le importaría que le acompañase en uno de sus viajes a Teherán. Sobre todo porque en la película, con aquella receta y la historia de aquellas mujeres, se hablaba de una Persia mediterránea y de vida más libre, muy lejos de Ahmadineyad y de los estereotipos que nos cuentan aquí, y el paisaje que entreví en un documental durísimo ya me despertó una vez el deseo de ir, pero por desgracia, no creo que sea un sitio para viajar sola, sin conocer la lengua, y sobre todo, con ese gobierno de ahora.


Hoy he visto un concierto mediano en el Auditori, el que llevarán a Frankfurt como representación catalana. En mi confusión característica, creí que el programa de hoy era el de mañana. Según mi humilde opinión, es una lástima que hayan seleccionado precisamente algunas de esas piezas, porque sin duda hay otras mejores. Otras sí merecían estar (Lamote Grignon me gustó, Gerhard era interesante, Vivancos a trozos también, Mompou no muy bien escogido, tiene piezas mucho mejores y la soprano no ayudó a mejorar las cosas, Toldrà y Guinjoan no me interesaron en absoluto). Nos reímos mucho después, comentando nuestras observaciones de los miembros de la orquesta y su gestualidad. Uno de ellos parecía disfrazado de león. Al fondo, uno de los vientos parecía hablar y hacer guiños. Como estaba todo semivacío, nos fuimos acercando hasta la cuarta fila de platea. De cerca, los que desde arriba parecían interesantes, dejaban de serlo. Curiosamente, desde arriba, el primer violín parecía delgado, alto y huesudo y muy germánico, pero al llegar abajo había engordado considerablemente. Después de todo un día luchando con la escritura, buscando un tono, intentando disciplinar lo demasiado sentido (trying to learn to use words, and every attempt/ Is a full new start, and a different kind of failure... And so, each venture/ Is a new beginning, a raid on the inarticulate), no estuvo mal ir. Incluso dormité un rato, lo cual, según mi acompañante, no era mal indicio, porque si la música es muy mala ni siquiera se puede dormir.
Por cierto que después hemos ido a tomar algo a un local de tapas de la Diagonal llamado Bar Mut, que no era mudo sino notoriamente ruidoso y donde no tenían ni un vino decente, ni un queso comestible, ni ninguna consideración en el trato a los clientes. Nos han traído sin pedirla una sardina requemada y hasta el pan era incomestible. El lugar estaba a tope y había cola. ¿Qué se puede esperar de una ciudad que no sólo tolera ese nivel tan bajo de trato sino que hace cola para recibirlo? Contra lo que opinan los comentaristas anónimos que me visitan, yo no idealizo Europa, pero sé que aquí, salvo quizás el clima, casi todo es peor. Y en cuanto al clima, si nuestros ayuntamientos siguen talando árboles con tanta alegría, pronto dejará de ser una razón para vivir aquí.

Nos hemos despedido frente al azufaifo. Hay que prepararse para la segunda fase -negociadora- de la batalla para protegerlo. Ayer, hablando con alguien que trabaja en un departamento municipal, se extrañaba mucho que en el distrito se nos hayan puesto en contra, que no hayan apoyado nuestra iniciativa. Generalmente suele ser al contrario...
El árbol está tan bonito de noche, con la calle quieta, sin coches... La gente se para a verlo y a leer los carteles de la esquina. Siempre oigo pasar a alguien que comenta sobre el ginjoler. Me gustaría poder atravesar la alambrada para quitarle esas basuras que le arrojaron los zafios y abrazar su viejísimo tronco bicentenario. Es una suerte que haya llovido.

lunes, 21 de mayo de 2007

En la Capella del MACBA

Esta tarde tenía una pequeña reunión en el MACBA y mi interlocutora nos ha recomendado que al salir, pasáramos por la Capella, donde hay una instalación de los artistas Janet Cardiff y Georges Bures Miller, The Forty Part Motet, una pieza coral del siglo XVI, Spem in Allium de Thomas Tallis (1575) cantada por 40 voces, cada una de las cuales tiene salida por un altavoz independiente. El efecto es maravilloso. Al menos para mí, sedienta de conciertos de música religiosa y celestial. Y en ese setting perfecto. Yo he sentido efectivamente cierta reparación, como si algunos fragmentos míos se consolidaran escuchando esas voces y mirando la bóveda de la capilla: cierta respiración feliz, unos minutos de auténtica epifanía. Sólo quedan unos días.