viernes, 2 de noviembre de 2007

Comida y melancolía


Foto: Mejillones encontrados en la red

Siempre he pensado que, en mí, la comida está fuertemente asociada a lo simbólico y a lo emocional, a la memoria y al momento anímico, pero tengo alrededor tres apóstoles de la dieta de los grupos sanguíneos, que intentan convencerme de las maravillas para la salud y la forma física que implica. Aunque estoy segura de la importancia de lo que uno come, me resisto a aceptar que por mi grupo sanguíneo siempre deba comer carne (que dejé hace tiempo y me cae como una piedra), abandonar los lácteos (prescindir de todos los quesos y del kéfir) y olvidar toda harina y cereales, renunciar al té y a la felicidad de mi desayuno, despedirme de fresas y tomates y buscar en los mercados unos pescados más americanos que mediterráneos. Además, esas tres apóstoles que intentan persuadirme se caracterizan por una gran fe en lo suyo, capaz de mover montañas o de hacerles creer que las han movido.

Yo no tengo fe y además soy caprichosa. Siempre adelgazo en mis periodos de máxima actividad amorosa y engordo cuando decae, y cuando me sorprendo varios días haciéndome patata cocida con judías verdes, o peor, purés y cremas de verduras y patata, sé que simbólicamente me estoy intentando "materner". Si el Ishmael de Melville detectaba su melancolía cuando seguía los cortejos fúnebres o se detenía en las tiendas de ataúdes, mi tristeza se revela en la cocina.
Sin excluir las vergonzantes y a veces festivas regresiones (colectivas) a lo dulce (como la interesante merienda blogger del miércoles pasado), que me retrotraen a todos los bollos, chocolates, helados y caramelos de mi niñez, los que Concha, mi protectora me compraba a escondidas, en la calle, para consolarme de los palos y los largos encierros de mi perversa tía Rottenmayer.

Mucho más tarde me gustaron los percebes gallegos porque me recordaban secretamente a los mejillones pequeños que cogíamos en las rocas de Cadaqués, con un destornillador y sacudidos por pequeñas olas, y que luego cocíamos al vapor en la misma playa, y ni el color ni la textura ni el sabor se parecían a los mejillones del resto del país. También tenía in mente las historias que me había contado Antxón G., de un pescador de percebes de San Sebastián, que sólo se enfrentaba a las rocas completamente borracho. Los percebes están en los rompientes, me decía, y en cuevas, y a veces mete la mano, se hincha y no puede sacarla... Me gustaban los bueyes de mar, hasta que presencié la larga agonía de uno en el mármol de la cocina y luego no podía olvidar aquellas pobres pinzas.
En cuanto se acercan las Navidades, la gente empieza a movilizarse para comer: ayer fui a tomar un aperitivo pantagruélico y también me llamaron otros amigos para que fuese a comer en un restaurante de la Playa, hoy hemos quedado a tomar café y hemos acabado comiendo pizza en una animada conversación múltiple. Pero esto es sólo el principio. El año pasado, una señora que había encargado diez capones en Casa Pepe gritó de pronto al camarero que anulase el encargo porque "¿Sabes que te digo? "Que les den por el culo a todos!" Cuando salió, la gente sonreía comprensiva y el mismo camarero que corta el jamón, que es letraherido y lee las Memorias de Chateaubriand, me contó que en estas fiestas siempre aumentaba el número de infartos. "Claro", decía, sin dejar de cortar tal vez el mejor jamón de la ciudad, "no pueden verse unos a otros, y se ponen a comer y a beber a lo bestia, y entre el colesterol y la furia...
Las Navidades son la celebración de la familia, y todos aquellos que la sufrimos como una institución maldita, procuramos salir huyendo. Una vez me quedé y asistí a una comida laica y profana de no-Navidad, que compramos en un restaurante japonés. Otra vez pasé el día de Navidad con mi amigo serbio en un tren completamente vacío. ¡Pero no se puede huir tres meses! Y es que, en cuanto acaba octubre, aparecen los dulces, hidratos de carbono y azúcar que sustituyen a la madre invisible, ideal e inexistente.

Yo suelo emprender la búsqueda de castañas. Hace muchos años, cuando G era pequeño, una canguro de Oviedo nos trajo varios kilos de castañas que olían a bosque. Yo nunca había probado unas iguales, crudas o asadas, eran maravillosas. Y desde entonces las busco en vano, comprando esas castañas malísimas que venden las castañeras en Barcelona, sudando por el calor de esta época.
El otro día compré un cucurucho en la plaça Joaquim Folguera y fui a coger los ferrocarriles. Un señor mayor se acercó a mí en el andén. "Menges castanyes?" me preguntó, como si me conociera. "Sí, però no són bones", le dije yo. Le conté que en Galicia, escogen una y tiran diez para hacer marrons glacés, "y éstas deben de ser las diez que tiran". "Que ets gallega, tu?" me preguntó. Le dije que era de Figueres y resultó que él era de L'Escala y conocía a los Casassas. Vivía cerca de mi calle y sabía la historia del azufaifo. Bajó en Gràcia, y subió una pareja con una niña que no me quitaba ojo. Su padre me dijo que le encantaban las castañas y le ofrecí, pero la niña no quiso, sólo me miraba con los ojos muy abiertos. También bajaron, y un joven pálido se sentó en el lugar de la niña y me preguntó por las castañas. Le dije que eran muy malas y le ofrecí, pero tampoco quiso. Él me dijo su nombre e intentó entablar una conversación, pero hablaba tan bajo que parecía limitarse a mover los labios, y al fin, exasperada por el ruido del tren y aquel movimiento de labios mudos, le propuse que lo dejara, sin dejar de preguntarme a mí misma: ¿Por qué me hablaba todo el mundo? ¿Tal vez las castañas producen ese efecto en la gente? Por si acaso, tiré el cartucho en una de esas papeleras metálicas de los trenes, que algunos desaprensivos utilizan ruidosamente para molestar a los que sólo desean un poco de silencio.
Por cierto que al volver de la interesante comida conversada de hoy, cuando iba a La Central a buscar el ensayo de Xavier Antich sobre Levinas, El rostre de l'altre, no he podido evitar hacerle caso a V. y comprarme un librito de Virginia Woolf (traducido, sí, pero en esa bonita edición diminuta y mexicana) titulado Estar enfermo, donde (tras un prólogo esclarecedor que revela esos detalles importantes y terribles de su infancia, determinantes en su vida) se queja de que la enfermedad y el cuerpo parezcan excluidos de lo literario, y justifica este post, con un texto magnífico que T.S. Eliot le criticó, y sus palabras desanimaron profundamente a Virginia W.

13 comentarios:

elperdedor dijo...

Esa castañera subida a un tren, iluminando la mirada de una niña, parece llamada a ilustrar un cuento de Navidad. Resulta hermoso y entrañable, tal como lo cuentas.
¡Ah, las comidas conversadas! En sí mismas son una regresión a lo dulce.
Hablando de Navidad… acabas de acordarme que se aproxima una, el tsunami de todos los años. Ya estoy temblando. Bueyes y nécoras me pellizcan el alma.

Un saludo.

miroslav panciutti dijo...

¿Qué es eso de la dieta de los grupos sanguíneos? Me ha extrañado que no hayas puesto el pertinente link, con lo que te gusta. Te confieso que leyéndote me ha entrado hambre; voy a hacerme algo. Buenas noches.

PS: Una pregunta: ¿letraherido es un catalanismo?

zbelnu dijo...

Ayy, Perdedor, siento haber tocado detalles del marisco en estas fechas, esas pinzas de la melancolía y la niebla... Tengo un conocido que viaja a San Sebastián para comer con su familia una vez al año, y durante el resto ni se ven ni se hablan si pueden evitarlo. Me pregunto cómo será esa comida. Supongo que se preparan temas: repasan periódicos, piensan en el clima, como aquella carta de Guillermo Brown a su tía: Hoy no llueve, ayer no ha llovido y seguramente mañana tampoco lloverá. Un abrazo, Guillermo. (Y llover lo pone con b)

Es verdad, pondré un link para ti, Miroslav. Yo le he copiado ese "letraherido" (por primera vez en este post) a mi amigo serbio, que siempre lo dice en castellano y a mí me divierte. Debería poderse decir, ¿no crees? Además, en castellano, la herida siempre es más dramática.

cacho de pan dijo...

cuán alimenticio este post!
lejos de disentir o consentir, sólo quería agradecer el que usted y su prima de los lacanianos intereses me hayan hecho el primer regalo de cumpleaños.
dos en realidad: floral presencia.
ellas, las flores, me las recuerdan en blanco y rosa desde un artesanal tibor chino de cerámica gris sin decoraciones ni alharacas.

zbelnu dijo...

Espero que las flores te acompañen muchos días, es una especie resistente, pese a su delicadeza... y te sentaron bien... Ayer estabas sembrado y te brillaban los ojos.

miroslav panciutti dijo...

Mi pregunta sobre el letraherido era directa, sin segundas. Me llamó la atención verla en tu post porque nunca la había oído en castellano. Me acordé, sin embargo, de una entrevista (?) a algún catalán (?) que decía algo como que nosotros decimos "lletraferit" ... Busqué en un diccionario catalán en la red y bingo. Pero, resulta que también abunda su uso en castellano (véase Google) y entonces ya me quedé en 33. Lo que es la "falta de ignorancia" como dicen por estas tierras. Al final, no obstante, parece que efectivamente es un catalanismo (http://librodenotas.com/article/4844/elogio-del-letraherido). Y en cuanto a tu pregunta (¿retórica?), pues sí, claro que creo que se podría decir (jugosa aportación, sin duda). En cuanto al mayor dramatismo de la (las) herida (s) en castellano que en catalán, pues probablemente también. ¿Enlazaría esto, aunque remotamente, con mi reniego, que no es tal, del apasionamiento? Un beso.

zbelnu dijo...

Me has hecho reír, Miroslav. Es que el castellano siempre es más dramático y radical. Un escritor francés leía en Cortanovci unos poemas pornográficos y en francés sonaban tan dulce que no pasaba nada: lo mismo en castellano habría provocado rasgaduras de cortinas y ataques de la iglesia! En cuanto a las importaciones deliberadas de palabras, debería ponerla en cursiva, pero sí...

el objeto a dijo...

me ha encantado la historia de las castañas mágicas que hacen a la gente parlanchina en el tren, castañas psicoanalíticas? y como te deshaces de ella, como una buena newyorkina. Esta mañana recordaba tu cita de Brennan en Crucigrama, que tanto me gusta, Home is a place is the mind, y pensaba que ese lugar también está poblado de cocinas y platos , desayunos, brunches, meriendas y tés, como la de ayer

zbelnu dijo...

Sí, Objeto a! Ese hogar de la mente tiene platillos de comida y lágrimas y otros de comida feliz, como las azufaifas de mi huerto! Sabes qué? He encontrado buenas castañas al fin, al menos dos, eso sí, crudas y bio...

civisliberum dijo...

Hace unos 4 o 5 días recibi un e-mail con las indicadiones y contraindicaciones alimenticias en función del Grupo sanguineo, como me prohibían todo lo que me gusta lo borre de inmediato.
Hace unos 5 años deje de fumar y desde entonces he aumentado unos 10 kilos y con ellos el colesterol, el ácido urico y los trigliceridos, pero tomos las correspondientes pastillas y el milagroso Danacol de Danone y mantengo en limites a los tres fatidicos indicadores en los análisis de sangre.
Por otra parte, al igual que te pasa a ti en periodos de poca actividad amorosa engordo, el problema es que en mi estos periodos son los más habitual y el engorde no entra en recesión.
En cuanto a las castañas y contradiciendo al Sr. Rajoy, hace años cuando haciendo cola ante la castañera, pasaba un frio de espanto y el vapor de los alientos de los que haciamos cola, se mezclaba con el humo resultante de la cocción de las castañas, la ingestión de unas castañas calientes me sabían a gloria. Desde hace unos años, el tomarme unas castañas con manga corta y estando bajo el calor del sol, realmente no me apetece.
Ayer cumpli 49 años, y para celebrarlo salgo en unos minutos hacia El Botafumeiro a tomarme una bandeja cantabrico, todo marisco. Que se joda el Acido Urico.

zbelnu dijo...

Felicidades, Civisliberum! De todas formas, en el Botafumeiro hay pescados y mariscos que no suben esos índices, ¿no? Y si bebes vino y no te pasas con los licores, será un cumpleaños saludable... Yo creo que el régimen ese es para creyentes y estajanovistas. Yo prefiero algo más a medida...

Anónimo dijo...

Coincido contigo, la comida influye en nuestro ánimo y viceversa, como la comida, casi todo. Y hay que comer de todo, como decían nuestras madres.. incluso esas castañas con poderes verbales.
El rostro del otro, interesante título.
impromptu.

zbelnu dijo...

Sí, El rostro del otro es un título sugerente, pero claro, adquiere más sentido cuando lees el subtitulo Paseo filosófico por la obra de Lévinas, ya que en Levinas, el otro es la clave de esa filosofía tan ética. Y claro, Antich lo explica: Lévinas era superviviente de los campos de exterminio.