
Foto: Mejillones encontrados en la red
Siempre he pensado que, en mí, la comida está fuertemente asociada a lo simbólico y a lo emocional, a la memoria y al momento anímico, pero tengo alrededor tres apóstoles de la dieta de los grupos sanguíneos, que intentan convencerme de las maravillas para la salud y la forma física que implica. Aunque estoy segura de la importancia de lo que uno come, me resisto a aceptar que por mi grupo sanguíneo siempre deba comer carne (que dejé hace tiempo y me cae como una piedra), abandonar los lácteos (prescindir de todos los quesos y del kéfir) y olvidar toda harina y cereales, renunciar al té y a la felicidad de mi desayuno, despedirme de fresas y tomates y buscar en los mercados unos pescados más americanos que mediterráneos. Además, esas tres apóstoles que intentan persuadirme se caracterizan por una gran fe en lo suyo, capaz de mover montañas o de hacerles creer que las han movido.
Yo no tengo fe y además soy caprichosa. Siempre adelgazo en mis periodos de máxima actividad amorosa y engordo cuando decae, y cuando me sorprendo varios días haciéndome patata cocida con judías verdes, o peor, purés y cremas de verduras y patata, sé que simbólicamente me estoy intentando "materner". Si el Ishmael de Melville detectaba su melancolía cuando seguía los cortejos fúnebres o se detenía en las tiendas de ataúdes, mi tristeza se revela en la cocina.
Sin excluir las vergonzantes y a veces festivas regresiones (colectivas) a lo dulce (como la interesante merienda blogger del miércoles pasado), que me retrotraen a todos los bollos, chocolates, helados y caramelos de mi niñez, los que Concha, mi protectora me compraba a escondidas, en la calle, para consolarme de los palos y los largos encierros de mi perversa tía Rottenmayer.
Mucho más tarde me gustaron los percebes gallegos porque me recordaban secretamente a los mejillones pequeños que cogíamos en las rocas de Cadaqués, con un destornillador y sacudidos por pequeñas olas, y que luego cocíamos al vapor en la misma playa, y ni el color ni la textura ni el sabor se parecían a los mejillones del resto del país. También tenía in mente las historias que me había contado Antxón G., de un pescador de percebes de San Sebastián, que sólo se enfrentaba a las rocas completamente borracho. Los percebes están en los rompientes, me decía, y en cuevas, y a veces mete la mano, se hincha y no puede sacarla... Me gustaban los bueyes de mar, hasta que presencié la larga agonía de uno en el mármol de la cocina y luego no podía olvidar aquellas pobres pinzas.
En cuanto se acercan las Navidades, la gente empieza a movilizarse para comer: ayer fui a tomar un aperitivo pantagruélico y también me llamaron otros amigos para que fuese a comer en un restaurante de la Playa, hoy hemos quedado a tomar café y hemos acabado comiendo pizza en una animada conversación múltiple. Pero esto es sólo el principio. El año pasado, una señora que había encargado diez capones en Casa Pepe gritó de pronto al camarero que anulase el encargo porque "¿Sabes que te digo? "Que les den por el culo a todos!" Cuando salió, la gente sonreía comprensiva y el mismo camarero que corta el jamón, que es letraherido y lee las Memorias de Chateaubriand, me contó que en estas fiestas siempre aumentaba el número de infartos. "Claro", decía, sin dejar de cortar tal vez el mejor jamón de la ciudad, "no pueden verse unos a otros, y se ponen a comer y a beber a lo bestia, y entre el colesterol y la furia...
Las Navidades son la celebración de la familia, y todos aquellos que la sufrimos como una institución maldita, procuramos salir huyendo. Una vez me quedé y asistí a una comida laica y profana de no-Navidad, que compramos en un restaurante japonés. Otra vez pasé el día de Navidad con mi amigo serbio en un tren completamente vacío. ¡Pero no se puede huir tres meses! Y es que, en cuanto acaba octubre, aparecen los dulces, hidratos de carbono y azúcar que sustituyen a la madre invisible, ideal e inexistente.
Yo suelo emprender la búsqueda de castañas. Hace muchos años, cuando G era pequeño, una canguro de Oviedo nos trajo varios kilos de castañas que olían a bosque. Yo nunca había probado unas iguales, crudas o asadas, eran maravillosas. Y desde entonces las busco en vano, comprando esas castañas malísimas que venden las castañeras en Barcelona, sudando por el calor de esta época.
El otro día compré un cucurucho en la plaça Joaquim Folguera y fui a coger los ferrocarriles. Un señor mayor se acercó a mí en el andén. "Menges castanyes?" me preguntó, como si me conociera. "Sí, però no són bones", le dije yo. Le conté que en Galicia, escogen una y tiran diez para hacer marrons glacés, "y éstas deben de ser las diez que tiran". "Que ets gallega, tu?" me preguntó. Le dije que era de Figueres y resultó que él era de L'Escala y conocía a los Casassas. Vivía cerca de mi calle y sabía la historia del azufaifo. Bajó en Gràcia, y subió una pareja con una niña que no me quitaba ojo. Su padre me dijo que le encantaban las castañas y le ofrecí, pero la niña no quiso, sólo me miraba con los ojos muy abiertos. También bajaron, y un joven pálido se sentó en el lugar de la niña y me preguntó por las castañas. Le dije que eran muy malas y le ofrecí, pero tampoco quiso. Él me dijo su nombre e intentó entablar una conversación, pero hablaba tan bajo que parecía limitarse a mover los labios, y al fin, exasperada por el ruido del tren y aquel movimiento de labios mudos, le propuse que lo dejara, sin dejar de preguntarme a mí misma: ¿Por qué me hablaba todo el mundo? ¿Tal vez las castañas producen ese efecto en la gente? Por si acaso, tiré el cartucho en una de esas papeleras metálicas de los trenes, que algunos desaprensivos utilizan ruidosamente para molestar a los que sólo desean un poco de silencio.
Por cierto que al volver de la interesante comida conversada de hoy, cuando iba a La Central a buscar el ensayo de Xavier Antich sobre Levinas, El rostre de l'altre, no he podido evitar hacerle caso a V. y comprarme un librito de Virginia Woolf (traducido, sí, pero en esa bonita edición diminuta y mexicana) titulado Estar enfermo, donde (tras un prólogo esclarecedor que revela esos detalles importantes y terribles de su infancia, determinantes en su vida) se queja de que la enfermedad y el cuerpo parezcan excluidos de lo literario, y justifica este post, con un texto magnífico que T.S. Eliot le criticó, y sus palabras desanimaron profundamente a Virginia W.
