Foto: Linda Danz Willows in Central Park, 2008No puedo apenas escribir aquí, he caído enferma y paso las horas echada, leyendo a Isabelle Eberhardt sin acabar de hilar mi conferencia, entre los estragos que produjo en mi estómago la medicación para mi brazo, los excesos del día del aniversario de mi padre (alguien me invitó a comer en un restaurante maravilloso, pero mi aparato digestivo ya no podía resistir siquiera el maná), la lluvia de mensajes apocalípticos y agoreros que me predicen lo peor, las voces internas que celebran esas maldiciones chamánicas, y un trancazo con el que me he levantado hoy, con la garganta como si me la hubiera arañado un gato.
Todo se mezcla, en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia y la lectura de ese espíritu errante y loco. He logrado, eso sí, reunir fuerzas para imprimir y enviar mis cuentos a una editora, y ayer recibí un mensaje de otro editor que me conminaba a mandárselos inmediatamente (¡no todos los editores del país son alérgicos a los cuentos!), y me pidió que añadiera una nota con mis "intenciones". Esa idea me desconcertó un momento, como cuando un prestigioso crítico acabó su comentario sobriamente elogioso de mi escritura diciendo: "Falta ver si hay detrás un proyecto literario". "No tengo ningún proyecto literario", pensé yo, contrita. Y es que los que escribimos a ciegas no tenemos proyectos ni intenciones, no pensamos: "Ahora escribiré una tetralogía sobre... el legado del nazismo", por ejemplo, como los escritores que sí planifican. "Escribimos para saber lo que escribiríamos si escribiésemos", decía Marguerite Duras. El proyecto es del inconsciente y sólo se ve luego... "Se hace camino al andar", me dice V., citando a Machado (por cierto que ayer me escribió alguien que procede también del Alosno y desciende como supuestamente yo de Machado y me ofrecía un intercambio de copias de legajos y le he remitido a mi hermana que investigó).
Así que cogí una hoja de papel -metafórica- y escribí lo que yo creo que son esos cuentos, a posteriori, porque antes de escribirlos no sabía nada, excepto una frase, una imagen, una escena, como Flannery O'Connor, o como aquel hombre de Carver que "estaba pasando el aspirador cuando sonó el teléfono".
Y hablando de Carver, hoy ha habido algo que me ha parecido un cuento suyo. Los compañeros de juego del empresario asesinado por ETA continuaron jugando la partida, con un sustituto. Las caras de todos, tal como aparecían en la portada de un periódico, inmutables y sorprendidos del revuelo, me han recordado a aquellos hombres del cuento de Carver, que no interrumpen su excursión de pesca al encontrar el cadáver de una mujer desnuda. ¿Es ésa la naturaleza humana? Como aquellos personajes de Aleksandar Hemon que arrastraban camillas de heridos por los desfiladeros, sorteando a los francotiradores, entre aullidos y sangre de los heridos, pero que, si morían, sentían alivio de poder sentarse a fumar.
Y dicho esto vuelvo a mi retiro de enferma, no sin despotricar un momento contra los estúpidos trolls, que vienen muy de vez en cuando aquí a descargar su agresividad, su ignorancia y sus tonterías; hoy uno que no entiende la relación entre mi texto y la imagen y pasa al ataque. Yo no espero ni necesito que me entienda ni que le interese. Esos anónimos no pasarán. Aquí es mi casa virtual y está reservado el derecho de admisión.
Al día siguiente...
Escribo aquí, escondida y refugiada, para hacer sitio y dar visibilidad a mi manifiesto arbóreo. Ayer osé salir de casa (fui adonde P., que me hizo yuki, y pasé por La Central, pero no tuve fuerzas ni para subir al piso de arriba) y lo he pagado con una noche tormentosa. El arsenicum album me curó el estómago y ahora ya no estoy triplemente enferma (sólo doblemente). Mi gripe es sobre todo ósea (Ossi di sepia!) y de noche sentía dolor en todo el cuerpo, la tendinitis al rojo vivo y eso sí, la noche estuvo llena de ensoñaciones y aunque todo parecía dramático y cercano a la muerte, la belleza de ese material que produce mi inconsciente me subyuga y lo agradezco. Tenía tanta nostalgia de mis sueños que los he agradecido, pese a los precipicios y al vacío y a los sobresaltos. Los contaré aquí tal vez... Anoche me alegró un email. Hoy otro. Mi editor de la plaquette me preguntaba si quería corregir algo porque está preparando la plaquette de la conferencia que di en La Pedrera, Els meandres de la traducció. Iba a publicarse primero en castellano en la revista de ACETT, Vasos comunicantes, pero por alguna razón misteriosa, ese hecho no se produjo. Así que la proximidad de la plaquette me ha llenado de alegría. He impreso y releído el texto, he cambiado una coma, dos negritas y poco más. ¡Los textos necesitan salir y ser leídos! La escritura necesita ese aire de las publicaciones, salir al ruedo, exponerse al feedback de los lectores, escuchar sus interpelaciones... Por eso yo, impaciente aún en plena gripe y con los tendones machucados, sufro por mis cuentos que he entregado apenas hace semanas a unos pocos editores... Y necesito que mi libro balcánico aparezca ya y que salgan mi audiolibro Crucigrama y que todo el engranaje continúe...
