viernes, 28 de octubre de 2011

Llueve


Hace años, Rafael Sánchez Ferlosio escribió en una columna de El País que una novela que empezase diciendo: "Llovía. Tras los cristales..." había que tirarla a la basura. La lluvia me recuerda a eso, como también a "Isabel viendo llover en Macondo", o al cuento maravilloso de Somerset Maugham, "Rain", y ahora, gracias a I.M., me recordará a un poeta que quiero buscar y que está a punto de publicarse traducido en Linneo.
Anoche estuve en la inauguración de Manel Armengol en Tagomago y me gustaron sus azules. Como yo acababa de recibir, hipnotizada, el catálogo de la exposición de Joan Miró (que tuve la suerte de traducir en una pequeña parte) L'escala de l'evasió, se me ocurrió que Manel participaba de un mismo espíritu, tal vez esa tradición catalana del seny i la rauxa, una mezcla de terrestridad telúrica, espiritualidad a veces mística y un humor y una ironía payeses, con ese silencio metafísico y a la vez ligero de la gente del campo que también encontró Jean Giono en la Provence.
Es maravillosa esa exposición de Miró y también su catálogo. Tiene mucha razón Mercè Ibarz en su artículo de ayer. Es verdad que muestra al Miró más comprometido, republicano, antifranquista, izquierdista, mal que le pese a aquel "artista" anti 15M que me encontré en la inauguración.
Yo esquivo los acontecimientos sociales en Barcelona, sólo voy cuando me siento vinculada realmente a su protagonista o cuando no tengo más remedio por alguna otra razón y esta semana tuve que ir a tres, y esa dispersión melancólica se añade a la desconexión que ha supuesto dejar mi novela en reposo. Ahora temo abandonarla, temo no poder volver a verla como antes la veía, temo rechazarla como las madres pájaro rechazan un polluelo caído del nido. Por eso me ha consolado ver un Apostrophes de Pivot con Julien Green donde el escritor contaba cómo Jouvet le pidió durante años que escribiera una pieza de teatro y él le decía "Es que no sé ni cómo empezar", y Jouvet le insistía y después de la guerra volvió a la carga y le dijo "Écrivez n'importe quoi", cualquier cosa, y Green escribió justamente "n'importe quoi", y se convirtió en Sud, según él compuesta de unas escenas muy oscuras y que sólo cuando la vio representada comprendió de pronto cuál era le sujet de la pièce, y que la gente le decía Mais écoutez, c'est pas mal construit du tout! Pero Jouvet nunca pudo leerla ni verla porque se murió de repente. Y es que esa sensación de escribir sin saber lo que se ha escrito es la mía, y a mí me emociona, si no fuese así no creo que me gustara escribir, pero tiene su contrapartida, ese vértigo de después, y ahora no sé cómo lograr averiguarlo. Antes siempre me servía discutir con otros, lectores de confianza, pero esta vez no me ha servido, esta vez me he sumido en una gran confusión, y ahora de pronto siento que me había engañado el criterio de quien hasta ahora iba escuchando mis anteriores capítulos, que tal vez no decía lo que pensaba con sinceridad o no se daba cuenta del problema, y tampoco acaba de servirme la propuesta de mi amigo escritor östeuropeo, salvo para desalentarme sobre lo escrito, ni la opinión de nadie. Tal vez haya llegado el momento de recurrir a otra clase de lector, o abandonar.
Estas últimas noches he tenido sueños de muerte, sueños sangrientos pero también sueños libres y múltiples que me producen una rara felicidad, aunque sean pesadillescos. El hombre que escucha me ayudó a empezar a descifrar algunos. Fue gracioso cómo el nombre de un poeta que aparecía significaba también muerte, a pesar del humor y la burla que parecía envolverlo todo. Un asesinato que a veces era de dibujos animados. Unas cuchilladas que yo sabía que serían cosidas después. Yo me encontré diciéndole al hombre que escucha que ahora me siento menos vieja que hace unos meses, más cerca de la vida y más lejos de la muerte a pesar de las amenazas.
Ayer estuve en el Ateneo. Creo que voy a intentar dar un curso en l'Escola d'Escriptura en enero, aunque los horarios que quedan libres no son fáciles. Espero que se apunten alumnos suficientes. Por cierto que anteayer, cuando iba corriendo por la calle a una de mis citas tentativas de estos días (intentos de resolver mis dificultades de trabajo), un hombre que estuvo a punto de chocar conmigo me siguió para decirme, de una forma entre tímida, educada y osada, un elogio que me desconcertó. Le di las gracias y seguí corriendo, alegre de que me hubieran visto así y preguntándome si no sería el vestido rojo (la capa de Supermán, dijo luego V.). 
Leo aún a ratos un libro magnífico, Atopia, petit observatoire de littérature décalée de Eric Bonnargent. Podría parecer crítica literaria, pero no es exactamente eso, o va efectivamente más allá. Construye una narrativa con esos escritores atópivos o décalés, que no encajaban en el mundo, casi a la manera de Roberto Bolaño en el fascinante La literatura nazi en América; sólo que éstos son reales, aunque a veces el lector llegue a dudarlo, igual que con Bolaño parecían reales. Bonnargent cuenta ese desencaje vilamatiano o bartlebiano en el mundo con un tono fluido y sutil, una narrativa llena de momentos memorables, una visión inteligente e irónicamente comprensiva de sus desarraigados personajes. Los ejemplos podrían aclarar mucho, pero no tengo tiempo, vuelve el espíritu del conejo blanco carrolliano con sus prisas y me arrastra a otro mundo. Tengo que traducir, escribir mi curso, acoger al peregrino que me ha llegado de pronto y después iré al gimnasio alemán y más tarde tendré que salir a la lluvia.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Reseña de SINRAZONES DEL OLVIDO


Reseña de Álvaro de la Rica en la publicación electrónica Te interesa

Escritoras y fotógrafas de primera fila, en Sinrazones del olvido

Isabel Núñez y Lydia Oliva reivindican en Sinrazones del olvido (Icaria, 2011), a una docena de escritoras y fotógrafas de primera fila.

La audacia del planteamiento de un libro como 'Sinrazones del olvido' se justifica también por la riqueza de su contenido. Me explico. Las escritoras catalanas Isabel Núñez y Lydia Oliva llevan lustros difundiendo su pasión por un grupo de artistas modernas, escritoras y fotógrafas, a las que han dedicado cursos, artículos, reseñas, ensayos y hasta pequeñas exposiciones. Siempre, por cierto, con bastante éxito de público, debido al mismo tiempo a la calidad de las personas estudiadas como a la altura de miras de las estudiosas. Parten de la base más que justificada de que si su condición de mujeres supuso para ellas, mientras vivían y realizaban su obra, un muro de dificultades añadidas, tras su muerte, esa misma condición ha lastrado miserablemente el reconocimiento que merecían.
Articulado en forma de vidas paralelas (el recurso a la comparación abre insospechados vericuetos en el texto), la sustancia del libro (a mi juicio es el mayor de sus aciertos) es narrativo. De ese modo, nunca resulta tedioso y la carga de reflexión, así como los abundantes datos sobre la vida y la obra de cada artista, fluyen con toda naturalidad por las páginas del libro.
Isabelle Eberhardt y Anna Atkins, Jean Rhys y Frances Benjamin, Dorothy Parker y Berenice Abbott, Maeve Brennan y Lee Miller, Natalia Ginzburg y Gisèle Freund: nómadas, pioneras, comprometidas, excéntricas, resistentes, todas fueron admirablemente todas esas cosas. No me puedo olvidar, al repasar sus vidas intensas, sus dificultades, las injusticias a las que se vieron sometidas en su afán de ser libres, aún después de muertas, de la frase de Stravinsky: “Quien te opone una resistencia, te da una fuerza”.

domingo, 23 de octubre de 2011

Al otro lado del espejo

Foto: I.N. Paseando por Balmes, 2011
Este fin de semana lo he pasado al otro lado y ya no recuerdo apenas nada del mundo, aunque esta mañana se me escapó el sueño que había tenido, con su atmósfera algo opresiva y eléctrica, se desvaneció sin más. Pero ya había estado todo el tiempo al otro lado, o bien dentro de mi novela, que ahora lo ocupa todo con correcciones, dudas y probaturas, aun en la cena chez la Belle Elaine seguía en el interior de la novela, o bien en el sofá viendo esas correspondencias fílmicas que le encargué al librero de la calle Berlinès y que recomiendo vivamente. Es un género que parece muy propicio a algunos cineastas, les permite expresar libremente su mirada sobre el mundo y el resultado es una gozada para el espectador. Sólo he visto completas las cartas de José Luis Guerín y Jonas Mekas y las de Isaki Lacuesta y Naomi Kawase, y las dos series espistolares valen la pena. Vayan al CCCB o compren el pack en el librero, no les decepcionará. Los dos primeros homenajean el cine, las marcas de la historia, celebran a sus maestros e inspiraciones, un paseo por el bosque de Thoreau, un retrato fugaz de sus anfitriones, lo que se ve por la ventana en Barcelona, el homenaje vibrante a una joven cinéfila eslovena que murió injustamente, la idea de reaccionar a la vida con cine, una celebración de imágenes japonesas en un momento dramático de Japón y el itinerario de unas hormigas intercambiado con imágenes muy libres de la vida cotidiana en NY, de conversaciones y bailes, de los restos de las películas de toda una trayectoria, que Mekas piensa unir para hacer su última película, un viaje al pasado del genocidio judío en Polonia, la comida como celebración, el paseo de unos amigos con la lavanda y las vicisitudes de una paloma en la calle neoyorquina. Y en cuanto a Isaki Lacuesta, con su poética particular algo surrealista es Banyoles, el lago, los árboles, la idea del desierto, la escritura silenciosa, la intimidad del sueño de su bella durmiente, lo que se ve desde el tren, la infancia del museu Darder, la voz de Casasses con Pascal Comelade y el fragmento irónico de fantasía japonesa de cine primitivo. Y Kawase, desde Nara, arranca con imágenes sutiles de ritos de duelo en el Japón del tsunami y el desastre nuclear, sigue con lo que su hijo vio en Banyoles, retrata a sus colegas de equipo...
También he estado en las redes. Es extraño lo que ocurre allí, ese bullicio alegre y a veces tan receptivo, por qué la recepción allí no se traduce aún en lo real.
Y luego vuelta a la novela: es extraño pensar conscientemente en algo que escribo tan a oscuras; estoy acostumbrada a corregir, pero no a reflexionar sobre lo que escribo, salvo a posteriori, y siempre he escrito ficción corta, lo cual cambia mucho las cosas. Es muy distinto decidir sobre algo que tiene una estructura tan general, no pensar la novela a trozos sino en conjunto, y ocurren cosas misteriosas, como que algo desechado pugna por volver y de pronto recobra el sentido que parecía perdido o en cuestión. Quién sabe lo que ocurrirá después. Quién sabe si volveré a verla como la veía. Mi estado de ánimo cambia con las horas. A veces la veo muy distinta... Tal vez necesitaré leerla en voz alta para comprender lo que he hecho. No me gusta sentirme expuesta antes de hora y esta vez mis interlocutores me han desconcertado un tanto. Tal vez sea ahora el momento de dejarla reposar. De tapar el cuadro y no volver a él hasta que pasen días. Siempre lo pienso, pero luego me despierto con la idea de cambiar una frase, un fragmento, de incorporar o abandonar algo... No estoy segura de lo que estoy haciendo, pero eso tampoco me preocupa. Sé que sabré en cierta manera, que sólo tengo que dejarme llevar por ese estado de semivigilia, por esa escucha al otro lado del espejo. Rufus ha visto las Correspondencias abrazado a mi chal de lana. Mañana volveré a traducir como una hormiga. Tengo que encontrar otra vía material antes de que todo se acabe. Alguien me ha escrito para anunciarme la muerte de un antiguo amigo al que perdí de vista hace muchos años. He preguntado por su hermano, que fue más amigo mío y me han dicho que es fotógrafo en un periódico. Mañana será el funeral en un lugar fronterizo, que sale en mi novela. No sé qué significa el silencio que nos hemos concedido dos iniciales idénticas y yo. O sí lo sé, pero puede haber sorpresas. Espero que Rufus, auténtico djin, interceda por mí antes de volver a este lado del espejo.

jueves, 20 de octubre de 2011

En El País de hoy, Maeve Brennan, por Elsa Fernández-Santos

REPORTAJE

Postales desde el abismo

Los escritos sobre Nueva York de Maeve Brennan rescatan a una de sus cronistas más trágicas y agudas

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS - Madrid - 20/10/2011

Aunque las teorías son infinitas, Maeve Brennan figura en la lista de mujeres que podrían haber inspirado a la Holly Golightly de Desayuno con diamantes. Las coincidencias entre la escritora -una irlandesa que en 1934 aterrizaba en Nueva York con 17 años para convertirse en una de sus más singulares cronistas- y la joven desarraigada, melancólica, individualista y ligeramente ciclotímica que retrató Capote son más que suficientes para sembrar la duda.

Lo cierto es que el escritor jamás reveló la identidad de Golightly, en gran medida porque -él mismo lo dijo- no era una mujer sino miles. "Ella", explicó el autor de A sangre fría, "era un símbolo de todas esas chicas que llegan a Nueva York para revolotear al sol como moscas de mayo para luego desaparecer". Y Maeve Brennan (cuyas crónicas neoyorquinas se reúnen ahora en español a cargo de Ediciones Alfabia) brilló especialmente al sol de la Gran Manzana para luego desaparecer de una manera dramática entre las mismas calles que la vieron florecer. Loca y sin techo, con la tristeza que se intuyen en sus escritos, la mujer que había vivido la época dorada de The New Yorker como redactora y crítica literaria, se metió un día en el lavabo de señoras de la revista y decidió que aquella era su casa, enterrando entre los relámpagos de sus brotes psicóticos el talento que le había permitido retratar la ciudad de una manera tan sutil como popular, fijándose de igual manera en las mujeres que viven solas en hoteles baratos como en los escaparates de zapatos. "Últimamente he dado paseos ovalados", escribe Brennan en una de las 47 postales del libro, "...he estado buscando algo nuevo que decir de la Sexta Avenida, pero he fracasado en mi búsqueda".

Isabel Núñez, traductora y prologuista del volumen de Alfabia, recuerda cómo cuando descubrió las crónicas de Brennan en la popular librería Strand descubrió una mirada "chejoviana" sobre la ciudad. "Era una escritora seria, rigurosa y perfeccionista. Pero me llamó la atención cómo mezclaba su conciencia ética con su toque frívolo. Me impresionó el personaje: tan guapa, tan lista y, también, tan triste. En sus crónicas ya se intuye algo de esa tristeza, pero ahora que estoy traduciendo sus cuentos [también los editará Alfabia] esa tristeza no para de crecer".

Según Núñez, Brennan (una escritora obsesiva y puntillosa) no se zafó nunca de la sombra de una infancia difícil, marcada por una estricta educación con monjas y la implacable persecución a su padre, un nacionalista irlandés.Cuando Brenna murió, en 1993, ya llevaba dos décadas sin techo y sin escribir, "algo que consolidó su olvido", apunta Núñez.

Su fracaso matrimonial con un compañero de la revista (un británico bebedor y maniaco depresivo) la puso en el disparadero de la locura. Sus amigos la adoraban pero la desastrosa gestión de su vida les hizo imposible ayudarla: malgastaba su dinero en absurdas obras en su casa, vivía en el campo sin saber conducir o iba a la compra en taxi. Dilapidó las joyas de la biblioteca familiar hasta que no le quedó nada. The New Yorker salió al rescate de una de sus mimadas escritoras, pero entonces llegó el episodio del lavabo y el principio del fin de una mujer que pensó que su único lugar seguro en la tierra era un retrete con tocador de señoras.

Y después


Foto: I.N., Venice Beach, L.A., 2011
He intentado dejar reposar mi novela, aunque me cuesta, porque vivo en ella, hay unas raíces carnosas que nos entrelazan y no puedo separarme y la oigo latir en mis sienes. Y anoche G. se empeñó en que quería leerla y hacer anotaciones, de modo que se llevó el manuscrito a su habitación y cuando vuelve a casa me habla de lo que lee. Así que no desconecto del todo. Y es que, antes, gracias al coro de tres, empecé a descubrir qué ocurría en esos capítulos dudosos, qué era lo que me faltaba y me sobraba, qué era lo que había abandonado y por qué. Lo cual no significa que sea fácil reformarlo, pero ahí está y es emocionante. Me cuesta dormir, porque en mi interior se agitan ideas y tonos como burbujas hacia la superficie. Veremos si lo consigo. Lo he contado en facebook y algunos se confunden y creen que estoy sufriendo o que debo abandonar. ¿Pero cómo iban a saber?
Me he pasado el día intentando traducir los textos de Dalí. Creo que no he contado aquí que la noche de la manifestación fui a la inauguración de la Fundació Joan Miró. Hacía meses que la esperaba, desde que traduje algunos artículos de ese catálogo. Aunque sólo hubiera sido por ver a esos paysans catalans con sus estilizadas barretinas voladoras, o las esculturas, o esos cielos suyos o los collages, o las tres mujeres rodeadas del vuelo de un pájaro o la canción con fondo blanco. Miró siempre me maravilla y los marcos de algunos de esos cuadros también ayudan a la teletransportación. Me gustó también ver La masia y el âne y sus paisajes alucinados y todas sus épocas excepto los recortes. Me dicen que la Fundació de Palma está publicando sus cartas (me gustaría leerlas) y me pregunto si publicarán también sus maravillosos cuadernos de notas. En la inauguración había demasiada gente; tendré que volver un día laborable a una hora rara. Además, yo estaba tan agotada de la larga manifestación que echaba de menos un lugar donde sentarme. Un artista amigo de otros artistas amigos hizo allí un comentario anti-15 M, dijo que vendrían los manifestantes a destruir las pinturas de Miró. Yo le dije que al contrario, Miró era de los nuestros, como lo demostraba su pieza apoyando a Puig Antich o su Aidez l'Espagne. El que hablaba era uno de esos personajes derechizados, tan cómodos materialmente y con la panza tan llena que han perdido sensibilidad para comprender lo que está ocurriendo. ¿Y eso es un artista? Pero Miró no era así y le dejé sin argumentos...
¿Qué ocurrirá? También llevo días batallando para conseguir salir de este extraño hoyo material. Tengo algunas visiones de mí a modo de Li Qingzhao, huyendo con quince carros de libros (¿pero quién arrastraría mis carros?) al otro lado de la frontera, intentando sobrevivir en Perpinyà, poniendo un café librería de viejo en una choza o quién sabe qué. Por una parte es el desierto económico, el trabajo esclavo, lo que no llega, aparte de las amenazas bancarias de las que todo el mundo habla, que me obligarían a dejar mi casa, y por otra la atmósfera fascistoide que estalla por todas partes, en las medidas y recortes que aplican, en las declaraciones de los políticos, en las propuestas de la ceoe, etc. Me gusta esta casa y me dolería mucho perder mis libros y tener que irme ¿y qué sería de Rufus? Y al mismo tiempo se me ocurren ideas, quién sabe si en un momento así, en que todo tiembla...
No sé si encontraré ese camino para reformar mis últimos capítulos fácil o difícilmente, si tardaré días o semanas, pero no voy a alejarme mucho de mi novela. Hoy me ha llamado una conocida periodista de El País para hablar de Maeve Brennan. Espero que salga pronto... Sueño con vivir en otro lugar. Hoy me he encontrado a B., que se marcha a probar suerte en Berlín, a ver qué tal soporta el frío y la falta de luz, según me ha dicho, porque aquí no ve esperanza. También me ha llamado A.M., que es aún más pesimista que yo y está horrorizada. Pero me ha dicho, como también me lo dijo anteayer A.G., que al buscar "iglesia de Cadaqués" les sale una imagen mía de los 18 años. A mí me alegran los libros, por eso no puedo alejarme de la escritura... He vuelto a mis ejercicios matinales y al gimnasio alemán. He leído un artículo de EVM en El País. Hoy ha salido mi reseña de Clemens Meyer en La Vanguardia. Me cuesta imaginar lo que viene después...

viernes, 14 de octubre de 2011

Creo

Foto: I.N., Camino del bosque, Tršić, Serbia, agosto 2011
Creo que he acabado mi novela. No sé bien lo que eso significa, porque he entrado en ese estado de extravío del que hablaba Roland Barthes en que uno no sabe lo que ha escrito. Necesitaré discutir con un lector frío para saber quizás qué es lo que yo quería hacer y lo que he hecho. Tal vez eso suponga cambios, tal vez pocos o tal vez grandes cambios estructurales, es difícil saber cuando como yo, se escribe a ciegas, sabiendo sin saber, en esa escritura inconsciente. Y siempre me acuerdo de Melville y Moby Dick (lo que contaba A. Delbanco), que cuando iba a corregirla se dio cuenta de que podía meter tantas otras cosas, lo que había vivido y sufrido durante sus últimos tiempos y la cambió radicalmente y se convirtió en esa gran novela americana. Naturalmente no me comparo, sólo pienso en el proceso. He pasado de una sensación eufórica a las dudas y cierto pánico. Ahora me queda dejarla reposar mientras tres lectores la leen, mientras...
Hoy ha sido un día extraño. He ido a comer donde Jacqueline, la Farfalina, trasladada a la luminosa librería Bernat. Allí le he explicado a AS lo que había ocurrido según mi perspectiva, y ha sido triste decírselo y que lo comprendiera. Me he comprado un librito ruso de Minúscula que he elegido desde mi mesa, para hacerle honor a la librería (y sorpresa, estaba traducido por Selma Ancira). Jacqueline es muy buena cocinera y me ha gustado verla allí en su salsa.
Luego tenía un encuentro en otra librería con un coreógrafo con quien tal vez colabore, ojalá que sí, porque a los dos nos gustaría y mi ánimo se ha iluminado. Mientras hablábamos, yo me daba cuenta de que hablaba también, sin decirlo, de lo que acababa de ocurrirme, de mi descubrimiento sobre lo que no quiero que pase.
Pero esa conversación tenía algo efectivamente luminoso.
Después he bajado a la Gran Vía para un encargo y al pasar he visto que en el Coliseum anunciaban algo digno de épocas bien tristes y mediocres. Es un país extraño.
Llevo dos días cenando con amigos que parecían aún más pesimistas que yo sobre el estado del país y del mundo. La primera noche cené con tres hombres que se manejan mejor que yo en los engranajes del mundo, que optaron por la seguridad mientras que yo creí optar por lo más libre, ¿pero cómo se puede ser libre sin esas condiciones de las que hablaba Virginia Woolf? Tengo habitación, pero no las guineas. Y sin embargo... Y ayer cené con dos amigos de hace mucho tiempo y les vi llenos de desesperanza y aprensión... Aunque hubo momentos alegres, como cuando subimos a la azotea y vimos una perspectiva inmensa de la ciudad y hablamos... Y también les conté mis dudas con la novela. Por la noche he tenido un sueño triste y aprensivo, difícil de contar aquí.
Por la mañana ha venido la Belle Elaine a llevarse mi novela, ella es una de los tres lectores. Iba radiante, aunque abstraída, se ha dejado su chaqueta con el móvil, pero ha vuelto a tiempo. No quiero dejarme invadir por el miedo. Tal vez me venga bien traducir a fondo estos días y dejar reposar mi novela. Mientras, mi libro de rincones de la ciudad sigue adelante. Parece que el lunes empezará a planearse la posible maquetación. Me hace ilusión que salga. Una librera me ha ofrecido ya que hagamos una presentación cuando salga. Otra librera me ha escuchado con interés. Sigo leyendo Atopia, Petit observatoire de littérature décalée, de Eric Bonnargent, a trozos, alternada con los demás libros.
Es tarde. Necesitaba retirarme esta noche. Rufus espera ovillado aquí cerca. Mañana naturalmente iré a la manifestación; ojalá seamos realmente muchos, ojalá estemos a la altura de las expectativas internacionales, para expresar nuestra indignación y la voluntad de poner límites a los abusos, de corregir la inclinación perversa de todo.

15 de octubre

domingo, 9 de octubre de 2011

Vibraciones

Foto: I.N., Una gaviota al atardecer, 2011
Escribir significa también que algunos no nos entiendan, que otros nos detesten incluso sin conocernos, y que los locos y resentidos nos confundan con sus proyecciones y vengan a insultarnos (en ese terreno yo he tenido ya mi largo entrenamiento y ahora esos anónimos furiosos me dan risa, aunque recuerdo que en Inglaterra esa figura del troll está tipificada como delictiva y se les multa de inmediato; vivimos en un país algo zafio donde muchos abusos son acogidos con simpatía).
No me malentiendan también ustedes, lectores silenciosos. Yo soy extrañamente feliz, sigo siéndolo a pesar de la melancolía y de los duelos, que llevo atados como aquellas ristras de latas que los niños primitivos ataban a los pobres gatos, o una vieja costumbre a los coches de los novios. Lo soy aunque se haya muerto M. en febrero y haya dejado detrás un rastro de desolación de su vida equivocada, aunque yo misma me haya visto en peligro y me cueste aún desafiarlo, aunque mi situación económica haya empeorado, aunque A. haya sido condenada por un diagnóstico mucho más implacable, aunque todo lo que está ocurriendo en este mismo año me haya sacudido en todos los sentidos, aunque el dolor de lo que ocurre a veces se transforme en algo físico. A mí, el simple hecho físico de andar por la calle me produce una extraña y alegre fruición. Me siento agradecida de estar viva. Pienso en lo que escribiré. Siguen mis encuentros inesperados, capaces de llenarlo repentinamente todo de luz, como se ilumina el cielo de noche con algunos relámpagos. Pese a mis dificultades materiales, me considero privilegiada, porque sigo eligiendo (al menos para desechar lo que no quiero hacer), porque encuentro un placer ritual, automático, de alivio (lo expliqué en Los meandros de la traducción, pueden leerlo aquí) en descifrar esos jeroglíficos de la traducción, porque la escritura me ha poseído de tal manera que ya vivo casi sólo para escribir, o vivo dentro de la escritura. Sé que soy privilegiada porque mi casa me gusta, aunque no me guste el edificio ni en lo que se ha convertido el barrio, y mientras resista y no pueda aspirar a algo más histórico y a un barrio con más árboles y menos contaminación y menos ruido, aquí me quedaré refugiada. Sé que soy privilegiada porque algunos amigos amigos han perdido su casa, y otros, que están mejor, me han ofrecido ayuda en algún momento y sé que si las cosas fueran a peor, no me abandonarían, aunque yo, con mi mentalidad yakuza, tendría que cortarme un dedo meñique para soportar esa deuda. Soy feliz porque he querido ser libre y lo he sido bastante, he podido elegir con quién quería estar y no tengo que aguantar a nadie que me pise a diario, aunque sí, como a todos, me está cayendo un chaparrón, me siguen bajando más y más las tarifas y los ingresos y cada vez me ofrecen más trabajos directamente esclavos. Pero yo elegí la libertad frente a la seguridad y eso es lo que tengo. Que nadie se engañe. Si me quejo es porque me parece tremendamente vergonzoso e injusto que en este país se pague tan mal la traducción y en general todo lo cultural, que algunos se gasten tanto dinero en marketing y no quieran pagar a quien traduce o escribe, que no haya control de las ventas de los libros como en el resto de Europa, y que domine tanto la falta de criterio y la libertad de pensamiento.
También me quejo de los arboricidios y la destrucción del paisaje, de que con el pretexto de la crisis todos recorten por abajo y no por arriba, que arriesguen a la gente a morir en las listas de espera y asfixien a médicos y enfermeras mientras mantienen intactos los sueldos de los gerentes de los hospitales, y no tocan los impuestos de las grandes fortunas, ni las dietas y prebendas de los políticos ni muchos otros gastos que sí nos salvarían de la crisis. Que se haya dejado la educación pública y la Universidad sin recursos, que se haya vendido todo a unos mercados salvajes. Que día a día se desaten cada vez más y se destapen las maneras fascistoides, que manden a la policía como a perros entrenados contra la gente legítimamente indignada. Y me alegra que en todas partes empiece a movilizarse la gente y creo que esa indignación y esas ocupaciones del espacio público son la única garantía que tenemos de que no acabarán con nosotros, la esperanza que nos queda está ahí, en eso que alguien ha llamado "tam tam internacional", ahora para el próximo 15 de octubre y luego en las siguientes convocatorias.
Ayer fui a ver la extraña película de Isaki Lacuesta, Los pasos dobles y la verdad es que me gustó mucho verla. Al principio pensé que sería demasiado violento, una especie de western africano algo loco, que no me gustaría. Pero enseguida me arrastró, sobre todo, la voz que lo contaba en ese francés con acento africano que tanto me subyuga, la poética de los baobabs y el humor surrealista y las imágenes y la atmósfera general (tal vez demasiado exclusivamente masculina para mi gusto) de storytelling que resucita el espíritu de Isak Dinesen, la historia del pintor francés, las peregrinaciones y más que todo esa adivinanza, ese acertijo que le da el contrapunto final. Genial. Y no entiendo que la estén eliminando de la programación de las salas, ahora que IL acaba de recibr premios y reconocimiento.
Last minute news. Rufus estaba haciendo ruidos extraños en la terracita Sur y hemos descubierto que tenía acorralada a una pobre paloma en baja forma. He conseguido coger a la paloma con un paño y llevarla a la terracita norte, donde estará a salvo de gatos cazadores. Rufus aún se relame pensando en el festín perdido. Yo me sentía casi como J.E. salvando serpientes de campo de sus gatos silvestres. Rufus ha vuelto a la terraza, como dice G., a rematar un asunto pendiente. No puede creer que la paloma ya no esté ahí para él. Y es que todo gato lleva un tigre dentro... (Al día siguiente: La paloma se ha recobrado de su malestar y su fatiga, refugiada en la otra terraza, con su arroz y su agua, y esta mañana al verme ha salido volando ya con fuerzas...)

sábado, 8 de octubre de 2011

El lugar donde cada uno pone la lupa

Foto: I.N. Trees of New York, help me! Central Park, 2010
Es siempre distinto. Por eso nos gustan las películas que exasperan a otros. De mi libro Crucigrama una lectora-editora me dijo que le había encantado mi sentido del humor y un escritor-vecino me dijo que el pesimismo tan atroz de esos cuentos se le había hecho insoportable. Yo ya he dejado de discutir sobre esa película de Malick que me irritó, y en cambio, me ha gustado mucho En la ciudad de Sylvia, de Guerín, que no había visto hasta ahora por hacer caso de otra opinión. Es una película sutil sobre el deseo y el fracaso y la mirada, la pura mirada puesta en la ciudad solitaria, en la belleza reflexiva y los gestos de todas esas mujeres entrevistas y casi soñadas pero reales, que se parecen a Sylvia o no se parecen a ella, y en las miradas de ellas hay espejos momentáneos de cotidianidad dolorida y esperanzada, en una de esas viejas ciudades europeas (donde lo histórico no es engullido por el cemento) que tanto necesito, porque yo siempre me siento más de allí que de aquí, lo dice la traductora francesa de La plaza del azufaifo y es verdad que yo debí de nacer aquí por error. Me han dado ganas de irme a Estrasburgo y de oír el tintineo de los tranvías, aunque quizás, si reuniese unos eurillos mágicamente, aceptaría una de otras dos invitaciones para huir unos días al norte o al sur. Veremos. Si no, acabaré sentada como esos homeless de las aceras de la ciudad de Sylvia, frente a la pintada declarativa de un apasionado. Y eso que en la protagonista a veces se adivina (levemente) alguno de esos gestos analfabetos, tan españoles, capaces para mí de ensombrecer su belleza. Pero pese a todo hay una poética poderosa en esa película donde no ocurre nada y a la vez contiene todo. La sensación de extranjeridad en las ciudades, lo cotidiano, lo fugaz, la luz mágica de lo urbano histórico, de la piedra donde revolotea el deseo, la música que pasa...
Ayer, cuando empezaba la mesa redonda sobre literatura en las redes me sentí enferma. En primer lugar fue un olor, que mi abanico no podía ahuyentar y que se unió a mi nerviosismo pre-escénico. En segundo lugar y mucho más importante fue que alguien inesperado, A.S., entró y se sentó con el público y su llegada me produjo una angustia inexplicable y me invadió cierto pánico. No quise mirarle y no dejé que se cruzaran nuestros ojos hasta que empecé a hablar y el maleficio se desvaneció, me concentré en mi texto y pude incluso disfrutar del acto, la lectura y el feedback. En cierto momento me di cuenta de que A.S. había desaparecido. Alguien que tiene unas antenas con sensores de alta frecuencia para fotografiar insectos, reptiles y estrellas, y que estaba también entre el público, se dio cuenta de mi malestar primero y más tarde me dijo que se había preocupado por mi salud, hasta que me oyó hablar y me vio radiante (o no sé qué adjetivo utilizó). Y sin embargo, mucho más tarde, ya en mi casa, me di cuenta de lo que irradiaba A.S. allí en medio, con su elegancia francogermánica entre la fealdad y el abandono local, tan mundano e inteligente con ese estrato medio zen añadido a su pasado de periodista internacional. Me consolé pensando en esa vaga idea de hacerle sitio en mi novela.
Dediqué mi texto de ayer a Félix Romeo, que se ha muerto injustamente, dejando a todos sus amigos en la pura desolación. Puse el texto aquí y en facebook y vinieron algunos a felicitarme. También vino alguien a decirme que lo había escrito como si lo contara a un extraterrestre, es decir, que mi texto es excesivamente didáctico, no hay en él nada original, nada nuevo, todo lo que dije es ya sabido y compartido o que por lo menos, él lo sabía ya todo. Y yo que creí que hablaba también de mis cosas... En cambio había un hombre alto y corpulento, con un leve acento, no sé si británico o germánico, que asentía sonriente cuando yo hablaba y luego vino a felicitarme. Iba acompañado de una mujer morena que conozco. Me dijo que había sido valiente porque cuando nos preguntaron si lo que se lee en las redes es de peor nivel porque no tiene el filtro de los editores, yo respondí que en las redes hay basura, por supuesto, pero el filtro de los editores no es necesariamente el de la calidad, y señalando a la librería dije que ahí había literatura y también mucha basura. Y eso le hizo gracia a aquel espectador. Pero como digo, nunca llueve a gusto de todos. Juzguen ustedes mismos, lectores silenciosos.
Hoy iba andando hacia Farfallina, porque tengo una deuda afectiva con ese restaurante. Yo iba imbuida de esa misma sensación alegremente triste que me invadió ayer y de pronto me llegó un sms inesperado, en un momento capaz de producir un giro de 360 grados en mis decisiones. He estado a punto de dejarme llevar por un impulso, pero Farfallina estaba cerrado y eso me ha parecido un signo. Así que he aprovechado para dejar un paquete a una librera a quien le divierte o no le importa asumir el papel de Go-Between (¿se acuerdan de aquella película y de Julie Christie? Yo me acuerdo de cómo me impresionó a mí, tan joven que era, por el puro poder de las imágenes y mi vaga intuición de la melancolía de la novela de Hartley traducida al lenguaje de Losey), siempre que sea contenido. Como en aquellas películas de espías donde se dejaban un pequeño papel doblado en un ejemplar de un libro convenido, en un librero de viejo. Luego he ido a dos recados más, andando y andando en la luminosidad de la ciudad sabatina, a la que yo prestaba el mismo espíritu contagiado de la ciudad de Sylvia. Me ha irritado ver que han quitado definitivamente el monumento y la placa que recordaba a mi único antepasado digno, el único en el que podía reconocerme un poco, don Nicolás Salmerón. Pero tal como van las cosas, un presidente que dimitió por no firmar una pena de muerte no puede gustar a nuestros políticos, los de ahora ni los de antes, que cada vez muestran más gestos dictatoriales y franquistas. Hay que prepararse para una firme resistencia.
El otro día estuve mirando libros y todos me dolían un poco. Un poeta amigo porque no quiso leerme, otro por su propio dolor (ah no resistí y me compré otro César Vallejo, con el retrato que le hizo Picasso en la portada, por su dolor y por el hambre parisina y esa luminosidad en la pobreza que me recuerda a Palau i Fabre), otro porque iba a dar una clase sobre él y no pudo ser, otro porque ya no existe revista donde escribir... pero detuve esa sensación con pura disciplina, con la resistencia tozuda de los escritores, a la que aludió ayer mi compañero de mesa.
Hace unos días vi a una mujer que tiene una historia importante que contar. En un momento en que su vida profesional dio un bache que le hizo tocar fondo, se puso a investigar una herida familiar histórica que había sacudido y transformado su vida, aunque nunca hasta entonces hubiera medido el peso que había tenido y tenía sobre ella. Cruzó una frontera y logró acceder a los archivos de su propia historia. Sentadas en la terracita del café de La Central me contó de su sobresalto al topar con documentos manuscritos tan propios en aquel archivo. Ahora va a escribirla, aunque la convertirá en imágenes. Su historia me conmueve a mí también, porque en su ferocidad y en su dolor privado tiembla el siglo XX nuestro, con su ritmo convulso, su silencio y sus traiciones. Y en su historia late la mía, que no es tan universal y sin embargo lo es. Porque en las heridas individuales y pequeñas están las colectivas. Ella lo detecta, como yo. Ya no recuerdo cómo apareció, pero tiene una intensidad luminosa. Un cineasta con talento y sensibilidad afín a ella quiere colaborar para plasmar todo eso en imágenes. Me impresionó algo que me dijo de su escucha de pequeña, las historias tremendas que le contaban, cómo ella veía los lugares que nadie había descrito. Ella quería consultarme algo técnico, tal vez pensar en voz alta, porque sabe más de lo que cree y lo hará muy bien sola, aunque yo la ayudaría en cualquier caso si lo necesitara. Por lo menos, en su ámbito audiovisual puede recibir ayudas, que en el mío no existen para los escritores en castellano. Sé que hay gente que se presenta y gana los premios literarios, ya que aquí no existen becas para escritores en castellano, pero para eso habría que tener padrinos o saber venderse o qué sé yo qué que a mí me desborda. Y sin embargo, sarinagara...
Iré a ver la película de Isaki Lacuesta. Ojalá el cine me dé la fuerza para hacer lo que tengo que hacer. Si no, me encomendaré a mis espíritus afines: ¡¡¡Dickens, James, Proust, Rhys, Munro, Brennan, ayudadme!!! O se lo pediré a aquellos árboles de otra ciudad, que una vez se pusieron de mi parte...

miércoles, 5 de octubre de 2011

No sé si era el calor

Foto: I.N., Jardín de los Misić, Tršić, 2011
O los acontecimientos de los últimos días, pero ayer me dirigí a la presentación de No se lo cuentes a nadie con un espíritu encogido. No sabía bien por qué. Había soñado, y me hizo sonreír que el nombre de un pasaje en mi sueño aludiera a una amiga perdida, alguien que me ha recordado estos días a la pregunta de Jean Rhys, o a la de Elisabeth Roudinesco, con esa cortesía de los sueños que enmascara los conflictos para que podamos seguir soñando sin sobresaltos. ¿Qué es lo que une todo esto?, preguntó el hombre que escucha y mi respuesta, tras la vacilación primera que me caracteriza, fue "yo sé lo que me duele", todo aquello eran cosas que dolían, unas más que otras, y algunas de ellas han seguido doliendo. Y sin embargo... Encuentro otros hilos para seguir escribiendo la novela. Si los dioses me conceden al menos la suerte de que resista, como sea, en este panorama terrible, de que resista materialmente sin convertirme en homeless ya sin azufaifo, de que pueda seguir escribiendo e incluso de que logre mágicamente huir de aquí de vez en cuando, a airearme donde sí me reconozco y podrían entenderme, todo irá bien.
La presentación de ayer fue bien, en las catacumbas de La Central del Raval, estaba lleno y me gustó conocer al fin al editor, un homme charmant, y escuchar a Esmeralda B. y leer al fin lo que yo había escrito sobre ese libro y la correspondencia y mis libros de cartas favoritos y sentir el alivio de que nada malo sucedería. Tuve la sensación de una celebración del género correspondencia y el género escritoras.
Mientras, he empezado a leer Atopia, de Eric Bonnargent (que pinta muy bien y que recomendaba EVM), en los ratos libres, pues ahora preparo un artículo sobre Maeve Brennan para una revista literaria. Mi curso de lecturas otras ha quedado aplazado (también décalé), de momento, hasta enero, ya que nos costaba ponernos de acuerdo con los horarios y en general, la atmósfera está tan llena de presagios e inquietud, que es difícil no sentirse afectado y seguir adelante sin dejarse llevar por el miedo. El otro día me llamaron para preguntarme si estaba segura de querer cancelar mi suscripción a un periódico y preguntarme las razones. "Sé que usted no es responsable", le dije a quien me llamó, "pero ya que me pregunta..." y seguidamente le expresé mi indignación por su forma sesgada de informar, por el hecho de que mienten y cuando se descubre que han mentido (armas de destrucción masiva en Irak, grave pandemia de gripe A, por ejemplo), no piden siquiera disculpas, a pesar de haber ridiculizado a quienes objetaban al pensamiento único, porque informan mal y sesgadamente (en Catalunya siempre ha reinado la violencia antidemocrática, dijeron hace unos meses, ¿pero en qué se basan? En vez de los buenos periodistas de antes proliferan becarios sumisos, que muchas veces, por desgracia, sólo son la voz de su amo, y ni saben ni quieren saber) y además, porque parece que actualmente intenten deprimir al personal y ahondar la crisis. Comparen con los periódicos franceses o americanos, por poner un ejemplo. Los franceses intentan reflexionar sobre las cosas y eso siempre ayuda, transmite esperanza, lleva a interrogarse. Los americanos, como señalaba un amigo, llaman Business a las páginas de Economía, y muestran por ejemplo cómo se las apañan algunos que intentan abrirse camino con negocios alternativos o distintos. Eso anima (ya sé que los franceses tienen muchas centrales nucleares y que los americanos siguen con la pena de muerte y las políticas equivocadas, pero por suerte también allí la gente empieza a despertarse del sopor y reaccionar). En cambio en nuestros periódicos todo son lluvias de noticias tremendas, de supuestas pandemias, de crisis más honda, de corrupción más honda, de país sin futuro. Nadie parece reflexionar. Un día aparece un titular increíble pero en los días siguientes nadie recoge el hecho para pensar. Sólo se da vueltas sobre los mismos temas, nacionalismo -romántico, no real, porque no hay un solo político que de verdad se preocupe, por ejemplo, por mejorar la educación en Catalunya, o el medio ambiente, o lo social, por lo tanto, ¿quién se cree que les importa este país?- y poco más....
Pero volviendo a mi curso, un cineasta que quiere venir un día de visitante me dijo que en esta época, que haya gente que se reúna en un café para hablar de libros hace pensar en una sociedad secreta. Y eso me recuerda a que estaba leyendo de la sociedad secreta que fundó Maeve Brennan de pequeña para promover el gaélico, y que las monjas condenaron, porque no sabían su contenido e imaginaron la presencia del diablo en ellas. ¡Y es que las chicas no podían revelarlo! De haberlo sabido, las monjas irlandesas lo habrían aplaudido. El nacionalismo de M.B. se vería pronto decepcionado... No sé si fundaremos una sociedad secreta, pero voy a proponer un curso a algunas instituciones donde había enseñado, aunque sea tarde, por si acaso resisto hasta entonces y debo continuar... ayer se me ocurrió uno.
El ruido de las obras es como un rugido terrible. Voy a vengarme con una música atronadora, una misa sacra, por ejemplo... ¿Pero qué construyen? Ya sólo queda cemento... Al pasar junto al azufaifo siento el viejo dolor, aunque sigo pidiéndole que se aferre con sus raíces al jardín rodorediano que aún no han podido destruir. Rufus se refugia en el interior de la casa. Hace demasiado calor. A veces los ojos le relucen en la penumbra del pasillo como dos estrellas. Rufus sabe todos los secretos y todo lo invisible. Él pertenece a esa sociedad secreta de los gatos, que describió bien T.S.Eliot (¿conté aquí que al coger ese libro de la estantería en una pequeña y maravillosa librería de NY, cerca de casa de mi amiga americana -oh cómo añoro esa ciudad y nuestro encuentro-, un gato gris vino a frotarse contra mi pierna? Le enseñé el libro al librero que nos miraba, al gato y a mí, y asintió sin sorprenderse, comentando que el gato siempre apoyaba esa compra).
Por cierto que el otro día sorprendí a un alemán -yo le tomé por alemán, pero quién sabe-, con mochila pequeña y pelo gris con coleta, mirando la zanja espantosa que ha segado las raíces del azufaifo, luego me miró a mí -yo siempre me siento concernida por mi árbol- y nos reconocimos, y mientras me alejaba le veía mirándome aún, ya sonriendo abiertamente. Nos conocimos hace mucho tiempo, quizás en Palmira o en un sueño...
Como decía, incluso esos giros doloridos que toman las cosas pueden convertirse en un hilo para la novela. No sé si lo conseguiré, pero me gustaría acabar con la luz que tuvimos A.S. y yo en esos encuentros. Creo que esa novela es el mejor lugar, el único donde puedo poner lo que no encuentra un lugar en mi vida. Aunque A.S. no quiera aceptar ese cambio de lo real a lo escrito. Aunque yo ya no sepa cómo responder a sus mensajes...
Ah, acabo de entregar mi reseña del libro del viajero. Espero haber podido decir lo esencial: al fin y al cabo, adaptarse a un espacio acotado es un entrenamiento. Una vez, dos suplementos habían dedicado distintos espacios a una autora magnífica y lo reseñaban dos escritoras. Una disponía de una página casi entera y habló del valor testimonial de esa autora, pero no dijo lo esencial. La otra tenía una diminuta columnilla, que gastó en decir: Me quedan tan solo no sé cuántas palabras, ¿cómo decírselo? ¡es alta literatura, corran a comprarla! Yo procuro tener a la segunda in mente cuando escribo...

domingo, 2 de octubre de 2011

Fui

Foto: I. N., Desembocadura, 2011.
Fui al homenaje a Manuel Pombo, filósofo y profesor que se acercó al psicoanálisis por la vía del pensamiento y que creó la interesante lista psicoanalítica de amigos de xoroi. Era un acto afectuoso y los que participaron acabaron dibujándole y restituyendo su presencia en el aula de escritores de la Acec. Yo sólo conocí a MP a través del librero de la calle Berlinès (o livreiro, dijeron que lo llamaba MP), y supe de su entusiasmo generoso y de su carácter también por un intercambio de emails que por desgracia no puedo recuperar. Sé que él me leía y yo pensaba leerle también (y lo haré). El retrato que dibujaron ayer -entre su dolorido hermano (era imposible no comprenderle), su amigo el filósofo Manuel Cruz (trazó unas líneas esenciales que escenificaban bien la felicidad de haber conocido a alguien así, de tenerle como amigo e interlocutor), Mercè Collell (que remató el retrato muy bien), era el de un personaje interesante, entrañable y vital, de los que se echan tanto de menos. Un psicoanalista leyó un escrito personal y persuasivo sobre su encuentro y sus coincidencias con MP. El librero de la calle Berlinès, su amigo, que tras su propio relato puso unos vídeos con fotos y músicas envolviendo a MP, habló de "la deuda" y la generosidad de Pombo, y dijo, dolorido, que MP había inventado un personaje mítico sobre él, "o livreiro", una especie de librero ideal que él no creía ser y que, según él, había desaparecido con la muerte de Pombo. Y yo protesté, recordándole ese texto de Adieu de Derrida a Levinas, donde dice que al morirse alguien próximo contraemos una responsabilidad, una deuda feliz, que nunca podremos pagar, de hablar por él en el mundo, ya que el desaparecido no podrá hablar. Otra prueba de que o livreiro sigue existiendo es la lista de amigos de Xoroi y lo que la rodea...
Para llegar allí, como era tarde, cogí un taxi y estaba cortado porque había una manifestación contra los recortes sanitarios; el taxista adoptó la típica actitud de este país sometido y muerto: quejarse de que "fastidian a los demás". Le dije que más fastidiaba lo que nos están haciendo y que deberíamos estar todos en la calle. Cité a un médico del Pades, que me dijo hace días: "Lo peor es que va a morir mucha gente por culpa de estos recortes. Y que habría muchas otras maneras de ahorrar sin hacer daño." El conductor se acabó excusando y yo iba echando humo... Pero al llegar y ver a los manifestantes pensé: "Esto va a estallar. Vamos a acabar parándolo" y me alegré, pensando también en esos manifestantes de Wall Street, entre ellos mi amiga americana.
Luego, en un lugar insólito, tuve un encuentro feliz, que ahora me parece casi un sueño, como tantas cosas que han ido ocurriendo hasta ayer. Ayer fue un día extraño y turbulento y hoy me queda la estela, como un burbujeo de sangre en la cabeza. Aunque algo bueno debió de pasar porque mi vesícula se curó, liberando mis movimientos. Hoy me consuelo al sol de septiembre, con los gestos de Rufus y los libros. Anoche estuve escribiendo sobre Shalámov y eso me alegró el espíritu con nocturnidad. Luego me he puesto a releer al viajero y ese paisaje de cabras, zarzas, leyendas contadas alrededor de teteras humeantes o té perfumado con cardamomo me restaura, a pesar de la tristeza de las mujeres, excluidas y recluidas.
He pescado por ahí una frase de Julia Kristeva que me sirve para explicarme algo de ayer: L'amour ne nous habite jamais sans nous bruler. Continúa diciendo algo de que sólo se puede hablar a partir de esa quemadura. Y sin embargo, yo había olvidado todo eso. Ayer, en el momento más desconcertante, me llegó un mensaje de A., que cada vez habla más de la posibilidad de su desaparición y otra vez habría necesitado la alfombra mágica para huir (Tir ya bisat!) volando. El viajero me llevará con su libro.
Logré volver a entrar en una casa donde había vivido hace treinta años. Vi que alquilaban un piso y fui. Habían sustituido el suelo de mosaico maravilloso por un parquet vulgar pegado y las puertas ya no tenían aquellos cristales esmerilados art déco, sino unos vulgares, la cocina y el baño eran nuevos pero muy feos y el piso bajo, demasiado cerca de la calle, con balcones y sin terraza, no estaba a la altura. En la escalera habían cambiado el alto zócalo estucado por una pintura vulgar. Pero cómo me gustó volver en la vida diurna y no sólo en sueños... debería hacer lo mismo con todas las casas donde viví.
Empecé a ver En la ciudad de Sylvia, de JLG, y me gusta mucho. No la he acabado porque veo una copia americana, que no sabe leer mi dvd ni este flamante mac, así que recurro a un viejo pc portátil algo obtuso. Retrospectivamente me extraña la crítica que leí y las opiniones de dos amigos... De haberlo sabido, habría corrido a verla al cine. Pero todo es enormemente subjetivo. Aunque sólo fueran las imágenes, y esa mirada sobre París (que coincide con la mía, esos rincones de sol y sombra en callejones sin tiendas, donde todo sigue casi como en tiempos de Atget, ese tiempo distinto de la ciudad más quieta, con su hormigueo a pie), la forma nonchalant en que andan los transeúntes, la clochard y su gestualidad en el suelo, el deseo y el misterio que explica esa mirada y esa persecución silenciosa. Lo que he visto me gusta y espero ver lo que me falta muy pronto.
Otro día hablaré de la sensación alegre y esperanzada de la traducción de uno de mis libros al francés. On verra bien!
Tres últimas cosas en esta nota apresurada (me reservo el derecho de corregirla): la primera es que hay unos mosquitos terribles, que nos atacan de día, precisamente a esta hora, y vienen a acribillarme los tobillos, las rodillas, las piernas y los pies, sin ninguna piedad, así que tengo que dejarles. La segunda: creo que se ha desvanecido el peso y la estela de tristeza de ayer. No sé qué habrá sido, tal vez escribir esta simple nota. Según el hombre que escucha, el blog me serviría también de interlocutor, compensando alguna que otra imposibilidad y permitiéndome esa interrogación mía, necesaria para pensar. Creo que tiene razón. Ahora mismo traslado el ordenador a un lugar menos tropical y entro en la novela. Y por último, lectores silenciosos, recuerden que el martes presentamos un libro en La Central del Raval y el viernes participo en una mesa redonda sobre la literatura en red, organizada por José Luis Espina y ACEC.

Presentación el martes 4 de octubre a las 19h en La Central del Raval

Aunque mi participación en este libro es muy pequeña –yo sólo soy una corresponsal de las diez—, dado que la mitad de las escritoras son latinoamericanas que viven al otro lado del charco y otras dos de las que viven aquí saldrán de viaje en esas fechas, por esas cosas del azar seré yo quien acompañe a la escritora que tuvo la idea y lo organizó, Esmeralda Berbel, junto con el editor de Demipage el martes 4 de octubre en la librería La Central del Raval, a las 19h, les aviso por si quisieran venir, lectores silenciosos. Se trata de un libro de cartas, y en mi caso, me estuve escribiendo con la Elena Vilallonga (conocida en este blog como la Belle Elaine) durante ese mismo año en que se escribían Esmeralda Berbel, Lydia Zimmermann, Cristina Peri Rossi, Diana Patricia Decker, Liliana Heker, Elena Bossi, Alejandra Costamagna y Andrea Palet.

sábado, 1 de octubre de 2011

Maeve Brennan y Alfabia en El Público

Crónicas de una pluma olvidada

Un libro rescata los artículos de la escritora Maeve Brennan en 'The New Yorker'

ROCÍO PONCE, MADRID 01/10/2011

Holly Golightly, pero con cerebro. Así era Maeve Brennan (19171993). No hay certeza absoluta de que el personaje de Truman Capote en Desayuno con diamantes estuviera inspirado en la excéntrica periodista y escritora de la revista The New Yorker, pero hay muchos indicios que apuntan en esa dirección. De Maeve Brennan nadie se acuerda, pero muchos han podido conocerla o al menos una parte sin saberlo gracias a esta reconocida novela.

Brennan y Capote se conocían, trabajaron juntos en varias publicaciones como Harper's Bazaar y la propia The New Yorker. Holly Golightly comparte muchas de sus principales características las que precisamente la han hecho convertirse en un icono literario y cinematográfico con Maeve Brennan: amor por los gatos, por las grandes gafas, la moda, el alcohol y el tabaco. También las dos parecían reacias al amor y acabaron locamente enamoradas.

Ambas se distinguían por su buen gusto al vestir, vivían solas, se peinaban con recogidos altos y eran consideradas como mujeres adelantadas a su tiempo. Un par de modernas con pantalones en los cincuenta, ese tipo de chicas que conseguían captar la atención del resto, con o sin intención de obtenerla. Parecían dos neoyorquinas más, sabían dónde ponían los mejores martinis y las tiendas con los objetos más exclusivos. Y aunque ninguna de las dos había nacido en la ciudad de los rascacielos, ambas estaban locas por ella.

Según la escritora Isabel Núñez, Capote creó a Golightly "quitándole el cerebro de Maeve y dejándola con su parte más frívola". Angela Bourke, biógrafa de Brennan, apoya esta teoría: "El personaje le debe bastante (a la periodista)". Incluso hay planos de la película de Blake Edwards, por ejemplo, uno de Audrey Hepburn junto a una tienda, que tiene un parecido indiscutible con algunas instantáneas de Brennan.

Destino o casualidad. Isabel Núñez cree que fue una conjunción de ambas la que hizo que hace diez años se topara con el libro que recogía las crónicas de Nueva York de Maeve Brennan. Ella buceaba por las ocho millas de libros de la librería Strand en la Gran Manzana buscando un regalo para una amiga. La periodista irlandesa, "olvidada" por editoriales y medios, se convirtió en la inspiración de la escritora catalana para un ciclo de conferencias que rescataba a escritoras y fotógrafas. De esa admiración también nació un libro, Sinrazones del olvido (Icaria), escrito por Núñez junto a Lydia Oliva.

Una editorial para Brennan

Durante todo ese tiempo, Isabel Núñez paseó las crónicas de Brennan por editoriales españolas sin resultado. "Les gustaba, pero no se decidían. Incluso alguno me dijo que si los anglosajones no la reeditaban por algo sería", explicó a Público. "En España cuesta encontrar quien te escuche cuando vienes con algo que no es muy reconocido", dijo Núñez, que opina que a las editoriales les falta ser "más atrevidas y tener más criterio".

Núñez estaba convencida de que los artículos que Brennan publicó bajo el seudónimo de The Longwinded Lady (La mujer prolija o densa) en la sección The Talk of the Town del The New Yorker entre 1953 y 1968 volverían a ver la luz. Y así fue. Crónicas de Nueva York (Ediciones Alfabia) ya puede comprarse en las librerías, con traducción y prólogo de la propia Isabel Núñez.

Si algo llama la atención de las crónicas de Brennan es su acusado olfato para encontrar aquello que pasa por alto en Nueva York. Una ciudad que atrapa con sus grandes edificios, sus rincones cinematográficos, sus luces incansables, su actividad frenética y su insomnio constante. Para la periodista, Nueva York era la gente que la vive, la pasea, la trabaja. Sus crónicas acababan convirtiéndose en pequeños relatos sobre personas (una pareja de enamorados, un hombre de un bar...) y sobre las pequeñas historias que le podían ocurrir a ella o a cualquiera que se le cruzase. Los suyos eran siempre protagonistas inconscientes. Tres personas irritantes que ensucian la atmósfera de una librería, encontrarse un billete, qué ocurre cuando se te rompe un tacón en la calle o qué responder cuando te ceden el asiento en el metro.

Sus relatos, atemporales, demuestran una forma de mirar el mundo que tan pronto se muestra divertida como irónica o reflexiva. Imaginen a una joven Brennan pendiente de cada detalle de una pareja que pasea por la Sexta Avenida. Camina, ávida, con la siempre presente rosa en su solapa izquierda, los labios pintados de carmín rojo y un elegante abrigo negro. Cuando hubiera perdido de vista a la pareja entraría en un bar donde, sola y sin prejuicios, se sentaría a escribir frenéticamente. "Ella escribía en bares y restaurantes", recuerda Núñez. También se caracterizaba por pasarse horas en su casa perfeccionando sus relatos: "Era una maniática de la prosa".

Maeve Brennan nació en Dublín en 1917 en una familia católica marcada por la persecución política que vivía su padre. Situación que cambió drásticamente cuando en 1934 le nombraron primer embajador de Irlanda en Estados Unidos y la familia se trasladó a Washington. Maeve estudió Literatura y Biblioteconomía, y cuando su familia volvió a Irlanda ella aprovechó para mudarse a Nueva York. Estaba empezando su vida.

Sus primeros pasos como periodista los dio en la revista de moda Harper's Bazaar, y en 1949 consiguió un puesto fijo en The New Yorker. Ahí conoció a Clair McKelway, un redactor conocido por su afición a la bebida y su errático comportamiento, con el que se casó en 1954 y del que se divorció solo cuatro años después.

Los sesenta los vivió sola y escribiendo esporádicamente por culpa de los brotes psicóticos que comenzó a padecer. Brennan acabó viviendo en la calle y rechazando el techo y la comida que The New Yorker le ofrecía. "Solo aceptaba alojarse en el lavabo de señoras de la revista e increpaba a quienes entraban", recuerda Núñez. En su cuento El terror sagrado, una señora irlandesa se comportaba de igual manera. La periodista, inconscientemente, terminó convirtiéndose en un personaje de sí misma.

Tras rechazar ser hospitalizada, acabó viviendo como una mendiga más. Murió en 1993 en un asilo, sin recordar que una vez había sido una brillante periodista y escritora. Durante las dos últimas décadas de su vida no escribió ni una palabra. "Esa precoz desaparición de la escena literaria y social consolidó su olvido",