jueves, 11 de marzo de 2010

Cómo comprendo a los camareros

Foto: I.N., La terraza nevada de anteayer, 2010
... del turno de noche, que al salir de trabajar no pueden irse a dormir y necesitan seguir despiertos en algún otro lugar, aunque esa necesidad acabe con su sueño. Hoy he trabajado sin tasa, redactando textos para una fundación de arte en la que el briefing iba modificándose y matizándose por minutos y me llegaban montones de mensajes y llamadas telefónicas. A mediodía he bajado al gimnasio germánico, mi salvación, y al salir, de pronto, se arremolinaban copos de nieve tan finos que parecían polen, a pesar de que el sol salía entre masas de nubes. Pero ha sido sólo un momento.
Han venido unos técnicos con sierras a podar el ciprés partido del jardín de enfrente y llevarse las ramas, y no he podido evitar preguntar a la hija de los propietarios, que es diseñadora y tiene grandes ojos azules: me ha dicho que naturalmente era una poda, pues ellos adoran sus cipreses y ha añadido que el dueño del garaje con tejado ilegal de uralita detesta sus cipreses porque sus hojas le atascan no sé qué conducciones y querría cortarlos. Pero aunque la uralita sea ilegal y cancerígena, seguro que dado el caso, las autoridades se pondrían de su parte, porque el espíritu arboricida impera en este país y ninguna ley protege a nuestros maravillosos y heroicos árboles. (Lean el post de Millán sobre la muerte de Vallcarca)
Por cierto que anoche fui a cenar con tres amigos y al bajar descubrí muchos árboles quebrados tristemente por el temporal de nieve. Una vez allí, en un restaurante clásico, con zócalo de cerámica y fotos de antiguos visitantes ilustres, un restaurante que se degradó y que hubo que olvidar, y ahora ha sido felizmente recuperado, nos estuvimos riendo los cuatro mientras cenábamos, y tras la conversación, T. y yo subimos en un autobús nocturno donde dos chicas se besaban apasionadamente y yo me di cuenta de que ésa es aún una escena insólita, al menos en esta ciudad. Muchas veces veo hombres besándose o dándose la mano en la calle, pero las mujeres sáficas nunca parecen expresar sus deseos en público. Y no digo que nadie tenga por qué besarse en la calle, pero comparativamente me parece curioso que ellas sean las únicas en inhibirse y que esa invisibilidad sea tan sistemática y única. En cualquier caso, eran extranjeras y tenían largas melenas y ojos brillantes.
Tras el paréntesis del gimnasio, el trabajo ha continuado llegando incansablemente y yo, saturada, he acabado de introducir cambios con nocturnidad y al fin, en lugar de tirarme al sofá a leer, me he puesto a escribir mi libro de la ciudad.
Y es que esta mañana me las prometía yo tan felices, pensando que había acabado mis textos del museo, el artículo de Soseki, la reseña de La vanguardia y que mientras no llegaban los siguientes textos podía dedicarme al festival de poetas y a mi libro de la ciudad, cuando ha llegado la avalancha.
Hace un frío inhumano y mañana me espera el dentista. Oh, ya sé que esta entrada es inconsistente y casi me recuerda un pasaje de Soseki donde dice que el personaje se sintió invadido de un sentimiento de prosaísmo (como le ocurriría al leer este pasaje). Pero todos los que pasan por aquí lo saben, que hay veces en que, por el puro azar de las cosas, la escritura rápida se vuelve poderosa o produce el encantamiento sonoro de lo momentáneo y lo intenso, o bien un pensamiento luminoso aparece flotando y lo domina todo y se disparan los comentarios, pero otras veces se trata de un mero desahogo, un espacio donde yo me deshojo como el ciprés y atasco las cañerías del garaje enemigo y su tejado de uralita.
Y todo esto para decir que, al escribir un trozo de mi libro de la ciudad, a pesar del cansancio y de las dudas, me ha invadido esa rara felicidad que a veces produce la escritura, en los momentos en que ese patrón interno exigente y absoluto que nos domina, doblega y fustiga no parece oponerse y abre todas las ventanas. Aunque no pueda compararse a la felicidad de la ficción y aunque esté todavía lejos la vía de acceso a mi novela, este libro me hace ilusión y no puedo evitarlo.

9 comentarios:

gonzalo dijo...

el espíritu arboricida me asustó, pero la nieve me tiene contento.

allí donde nieva, no tiembla.

suerte entre yanto trabajo.

Icíar dijo...

Y da riqueza ese deshagogo. La descripción de la vecindad sin nombres como la diseñadora de grandes ojos azules o el del tejado ilegal, sobre todo este último. Me gusta eso, mejor que un adjetivo directo y contundente, ese rodeo, 'el del tejado ilegal'.

¡Cuántos deberes, trabajo¡ Por cierto, lo del libro de la ciudad, ¿es la novela o es otro proyecto que yo no me he enterado?

Isabel Núñez dijo...

Gracias, alegre Icíar! El libro de la ciudad es un proyecto distinto, ya avanzado (no como la pobre novela), que recuerda un poco al blog porque tiene fotos y habla de rincones de la ciudad que para mí significan o que salen en mis cuentos o que tienen una historia que me interpela. Habla de mis temas urbanos, ya sabes, la belleza, la memoria y la degradación.

Bel M. dijo...

He pasado por aquí. Si algo es horrible, verdaderamente horrible, es un tejado de uralita pero seguro que sí, que, a pesar de su ilegalidad, esa lógica loca hará que sea más respetado que un árbol.
Y hablando de lógica loca, ya lo dijo Jiddu Krishnamurti: "Adaptarse bien a una sociedad enferma no es precisamente signo de buena salud" (o algo así, cito de memoria)

Isabel Núñez dijo...

Qué buena cita, Bel M., aunque sea de memoria! Es completamente verdad y ahora me preparo para una tarde rebelde, enfrentándome probablemente a esos funcionarios tan bien adaptados a la sociedad enferma y necesitados de vengarse en cualquiera de sus frustraciones, sin ninguna capacidad de empatía con una mujer anciana y afásica; tengo que acompañar a M. a la seguridad social, a la consulta de un desalmado...

Francis Black dijo...

Hola hoy en el el Millenium hacen un programa que quiza te interesa :

http://www.tv3.cat/pprogrames/millennium/milSeccio.jsp

Belnu dijo...

Sí, gracias, Francis, me encantaría verlo, pero tendré que buscar un podcast o algo porque salgo a cenar. También hoy está el programa de radio Hablamos de psicoanálisis que está muy bien
adn
todos los jueves de 22.00 a 24.00 en RKB (106.9 FM, www.radiokanalbarcelona.com),

DanteBertini dijo...

la uralita vencerá al árbol de la misma manera en que los tortutaurinos ganarán su batalla y la ley del tabaco se ha congelado con el frío: absurda decisión en el momento en que los sufridos fumadores pasivos no podemos "refugiarnos" ni siquiera en las terrazas.
Al menos por ahora el árbol sigue en pie. Me alegra.

Belnu dijo...

Todo se congela! Y en Girona les dicen que igual siguen 15 días más sin luz, sin calefacción, sin agua caliente! El gobierno no obliga a las compañías a reinvertir en infraestructuras, se reparten el botín y un soplo de viento lo destruye todo...
Y con el frío todo se bloquea, hasta adelgazar es más difícil, según oí el otro día. Ya sabes que yo disiento de la ley antihumo, me gustaría que se hiciera todo de otra manera, pero en fin... Ayer escribía Mosterín en El País sobre la salvajada de los toros. A mí me gusta recordar aquella conversación de Derrida y Roudinesco en Y mañana qué sobre la crueldad con los animales...