sábado, 16 de enero de 2010

Sábado silencioso

Foto: I.N., En Barcelona, las mejores puestas de sol son las de las calles más feas, Mitre, como Aragó y Travessera de Dalt, tal vez como compensación nemesiana a la falta de belleza, 2009
He tardado en escribir este post, sin duda reacia a abandonar la foto de M.A., su hora azul de cabellera arbórea y ventosa que me servía como atuendo. Ya sé que no podré sustituir su efecto.
Anoche vi Sauve qui peut (la vie) y no sólo no me gustó, sino que me irritó tanto que tuve que dejarla. Vi a Godard exactamente como la expresión que tiene en la portada de ese paquete de DVDs, me recordó un poco a una foto de Bauçà en Carrer Marsala, una expresión de ferocidad misógina unida al deseo, un deseo rabioso y resentido que no está en Vivre sa vie ni en Une femme mariée. Harta de su obsesión por las putas, por la humillación, o de la mirada cargante del padre que quiere tocar los pechos de su hija adolescente, abandoné la película añorando a mi Rohmer o por lo menos, otros Godards. Sin dejar de admirar la gestualidad implacable de Isabelle Huppert en la película, inundada de luz a pesar de todo. Había tenido una discusión telefónica con una amiga artista, fan de Godard, que había leído hacía poco Portrait of a Lady de Henry James y le parecía misógino (a mí me parece uno de los escritores menos misóginos que he leído) porque ella esperaba "modelos femeninos positivos". Yo le dije que para mí, la literatura no tiene que ver con modelos, sino todo lo contrario, y que la propia Margaret Atwood decía en una conferencia que ser feminista y novelista no obliga a describir a las mujeres como si fueran perfectas ni a renunciar a describir mujeres ambivalentes, que pueden ser mezquinas, o misóginas, celosas, contradictorias, débiles, aunque sean inteligentes y tengan otras virtudes y convivan junto a otras mejores, pues los personajes contradictorios son parte de la realidad, nos ponen en conflicto y nos interesa leer de ellos. Creo que las flaquezas humanas tienen que estar y son lo mejor de la literatura, que si no sería sólo folletín o autoayuda o pura fábula esquemática. Otra cosa son esas novelas misóginas donde todos los personajes femeninos se caracterizan por su estupidez o acaban siempre mal, a diferencia de los hombres. Lo curioso es que pocos lectores suelen darse cuenta de ese rasgo tan común, por pura costumbre. Como esas escritoras e intelectuales reconocidas que siempre son compadecidas por una supuesta infelicidad afectiva o porque, como dijo un periodista de El País de una escritora y ensayista balcánica, "llevan un exceso de carmín". Ahí sí se reconocen los gestos misóginos... La cuestión es que yo acabé la película añorando a Rohmer, que a mi amiga le aburre soberanamente.
Pero me queda buscar Le Mépris (que mi amiga me recomienda y yo no recuerdo) y ver dos Godards más, para seguir pensando.
Hoy he ido a esa misteriosa tertulia, Jacarandá, coordinada por José Luis Espina, que cuenta con un brillante historial de escritores invitados: Juan Marsé, Nora Catelli, Rodrigo Fresán, Clara Usón, Cristina Fernández Cubas, Fernando Valls, Ignacio Martínez de Pisón, J.A. Masoliver Ródenas, Joan de Sagarra, Carlos Pujol, Javier Tomeo, Robert Juan Cantavella... y yo he sido la invitada treinta y ocho, para hablar de mis cuentos. Ha sido agradable (para mí), me han preguntado por mi proceso de escritura, por el género y el acercamiento a la novela, por la topografía y la crónica de una época, por el título y la portada, hemos hablado también de mi libro balcánico, que siempre sigue ahí, y una asistente a la tertulia, refinada lectora, ha trazado una reseña entusiasta y generosa de ese libro, además de sus buenas palabras para mis cuentos. Algunos asistentes han seguido la charla en silencio y yo me preguntaba: "¿Qué piensan los que no hablan?" Es una pregunta que me he hecho desde mis tiempos de estudiante, cuando tanta gente se quedaba siempre callada. Lo pienso en las presentaciones de libros, y también lo pensé en aquella lectura poética de la cárcel de Quatre Camins, con mucha más intensidad y miradas más oscuras, más fijas. Yo he hablado de Shalámov y sus Relatos de Kólyma, que algunos han apuntado para buscar, de Carver y Lish, de Vila-Matas (a quien en la tertulia Jacarandá siguen deseosos de recibir, sin perder del todo la esperanza), del espíritu de Julien Sorel en Marsé y en Luisa Castro, de Flannery O'Connor y su editor, de Jean Rhys, de Chéjov y Maupassant, de tantas lecturas.
Hoy Félix de Azúa hablaba en El País de los temas de mi libro balcánico, me ha avisado C. y me ha dado no sé qué no poderle convencer de que lo leyera, aunque viva aquí cerca y me lo cruce a veces por la calle, naturalmente sin saludarnos, aunque yo sepa bien quién es él y él sin duda se haya acostumbrado hace años a verme como parte del paisaje humano, en algunos premios literarios o comprando verdura en el mercado. Y Manuel Rodríguez Rivero contaba en su crónica del libro y la terrible enfermedad de Tony Judt, a quien yo leí y cité en Si un árbol cae, y no sabía de su drama ni de ese libro insomne dictado por un hombre que vive sólo con la mente y sin vida en el cuerpo, convertido según sus palabras en la cucaracha de Kafka, especie de Gregor Samsa inmovilizado y pensante. Y eso tras las páginas haitianas de horror contemporáneo y la dosis de mentiras oficiales que tanto me irritan y que todos parecen compartir hasta que caen las máscaras (como esas vacunas dudosas para una gripe inexistente que hemos pagado todos y que ahora venden a países pobres, y la ridiculización que los medios hicieron de los argumentos de "la monja", y ahora se demuestra que ella tenía razón sin que nadie diga: Rectificamos.)
En el camino leía La Parure de Maupassant, una delicia. Hemos vuelto C. y yo bajo la lluvia, en autobús, hablando. Y al llegar a casa, junto a la gata ovillada en su plácida hibernación felina (aunque hoy nos ha despertado a las 4 am), durante un espacio breve de tiempo, me he atrevido a entrar en el archivo de mi proyecto de novela, que es como mi habitación de Barba Azul, con la llave manchada de sangre y todos los cadáveres colgados de la cabellera, pero también todos los tesoros de la cueva de Alí Babá, y he hecho algo, muy poco, pero algo, a última hora, cuando el cansancio impide adentrarse más...

6 comentarios:

Ephemeralthing dijo...

Bué ..., H. Müller suele usar también un exceso de carmín, por otra parte algo muy berlinés, en esa ciudad Marlene es todo un icono. Yo encuentro tiene un aspecto estupendo.

Belnu dijo...

A mí lo que me molesta es que el criterio estético del periodista sobraba en un reportaje sobre la presentación de un libro importante y que de haber sido un hombre nunca habrían dicho si olía demasiado a colonia o llevaba una corbata demasiado grande o tenía barriga, pero con las mujeres es una costumbre extendida.

Emma dijo...

La gente que permanece en silencio despues de las lecturas, que te contempla en silencio y aplaude, tambien poco y despues, se levanta y se va, sin decir nada, yo creo que, si la lectura o la entrevista le ha interesado, le da la vuelta a aquello lentamente en su pensamiento y por eso le resulta imposible abrir la boca y hablar. Pensar lleva demasiado tiempo y, por otro lado, la reflexion no es una de las costumbres del pueblo iberico, ya que vivimos la mayoria muy superficialmente, por eso a veces sufrimos tanto, porque nunca nos hemos parado a pensar lo suficiente.
Eso es lo que pienso yo de los que callan : Que piensan.

Belnu dijo...

No sé, Emma, yo creo que en este país a la gente no le enseñan a hablar en público en el colegio y a muchos les cuesta muchísimo. En el país vecino todos los niños hacen exposées orales desde muy pronto y como consecuencia hablan mejor y con mayor soltura. Y en los países hispanos también...

Druidhead dijo...

Beautiful photo!

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Belnu dijo...

Thank you, Druidhead!
The ugliests streets in Bcn have the most beautiful sunsets, don't know why, this is the caption sense...