viernes, 8 de mayo de 2009

No sé si me dará tiempo a escribir un post

Foto: I.N., Un cielo insustancial como mi post, en Vigo, 2009
Dentro de media horita vendrá un amigo a que le lea un cuento y un poco más tarde he quedado en ir al baff a ver una extraña película japo-brasileña, Plastic City.
Me he pasado el día adaptando mis textos de conferencias, felizmente. He tenido noticias buenas y otras malas. El pasado sigue aleteando perversamente en el presente, con sórdidos ecos familiares, con retazos dañinos en una llamada matinal, con la visión sesgada de la destrucción de alguien. Acabo de leer un post maravilloso de Frikosal y sus lagartijas (recuerden su A lizard a day keeps the doctor away), que me ha recordado la faceta genial de ese mismo alguien, lo que puse en mi cuento.
En cambio, mi propio post será insustancial, acelerado, insulso, ¿pero qué puedo hacer? Echarle la culpa a Mercurio tal vez. Un poeta canario me dice en Facebook que los cinamomos de su calle tienen tímidas florecillas azules. Tendré que ir a verlos. Hoy es además el cumpleaños de un amigo virtual.
Hoy Mercurio se ponía retrógrado hasta el 1 de junio, y yo, olvidadiza, he enviado mensajes y preguntas que no recibirán respuesta, excepto mucho más tarde. No he encontrado al portero del perro encerrado en la terraza, aunque hasta ahora estaba siempre allí cuando yo pasaba. Un adolescente vecino ha estado poniendo una música espantosa y al acabar, ha empezado a tocar el cello otro vecino, un músico de verdad y que toca piezas magníficas, pero que a veces es demasiado obsesivo para mí. La música de otros.
No he avanzado en mi libro... mañana.

jueves, 7 de mayo de 2009

Creo que el calor repentino

Foto: I.N. Autorretrato en mi desorden de este mismo momento, 2009
ha disparado algo en el aire, una especie de flecha de locura o de delirio, "una energía inusitada" (como decía un librero en estos días), un abanico de impulsos y nostalgia (JRJ. Era mayo y el campo estaba lleno de vida y de pasión./ Yo iba con mis pensamientos negros hacia un mundo sin ojos...), de encuentros y conversaciones, de asaltos del pasado y agitaciones de futuro, de sueños y desesperación. La gente va por la calle a cuerpo, con camisetas de tirantes y pantalones cortos y yo me he pasado dos días resistiendo, haciendo como si no: me parecía que no estaba programada aún para este calor. Un poeta bibliotecario que procura mantenerse fuera de la estupidez del mundillo (a)cultural barcelonés me ha invitado a desayunar. Y al volver a casa, he sacado la ropa de verano, un estallido de color sobre mi cama, recuerdos...
Hay fuegos familiares que apagar y atisbos de lo que viene: la desmemoria que crece en quien nunca quiso saber, quien quiso esconder la cabeza bajo el ala y engañarse, y acabó logrando un efecto fisiológico dramáticamente radical. Y el sentido de su vida, su actitud de Pilatos ante el maltrato en mi infancia, su extraño desapego, su violencia interna incluso, todo está ahí, expuesto... Es un espectáculo triste de contemplar.
Me habría gustado escaparme a la película indonesia del Baff hoy, pero no llegaré. Había decidido quedarme traduciendo, decidiendo si podía seguir adelante con la traducción o si debería... chissà. Anoche me fui a dormir tarde y cuando ya estaba profundamente dormida, llamó alguien que había perdido sus llaves, alguien que estaba leyendo un cuento mío y yo le atendí como un autómata (dar posada al peregrino, o en su defecto unas llaves) y luego ya no podía dormirme.
Había estado escribiendo un nuevo capítulo adscrito a una casa que aún existe, dentro y fuera de mis cuentos, y su existencia física es un pequeño triunfo sobre la degradación del cemento de este pobre país. Y tengo que irme lejos a fotografiar dos escenarios más de mi memoria. Si lograse que G. me llevara en su vehículo rápido, pero es tan difícil entrar en la agenda de un veinteañero, su vida de vacaciones perennes y nocturnidad... espero que algún día se decida a aprovechar sus talentos!
Así que esta noche, intentaré volver a mi libro. Me sentía prisionera de una traducción que me exigía demasiado tiempo y la editora, comprensiva e inteligente, me ha liberado. Qué alivio... Yo quisiera escribir, tener sólo conferencias, lecturas y escritura. Pero los dioses griegos ni arbóreos me han concedido ese don... todavía. Tal vez mi escritura no lo merezca. Tal vez... Dirigirnos al fracaso nos hace libres, sí, ¿pero quién paga entonces las facturas? Ahora podré dedicarme también a convertir en libro los textos que escribí para unas conferencias; es un proyecto que también me ilusiona. Muchas veces, el público que asistía nos lo proponía, y L. siempre me había dicho que yo tenía que escribir sobre mis escritores favoritos. Ahora hay una ocasión de publicarlo...
Siempre leo en los periódicos que los precios bajan y los consumidores están de suerte. Como no como carne ni consumo leche, ni pan blanco, todo lo que yo compro -no sólo la comida- sigue no sólo caro, sino aumentando (tampoco creo que el jabugo haya bajado, ni los quesos). El otro día se lo dije al encargado de unos supermercados "biológicos": "Es curioso, el petróleo baja para todos, menos para ustedes, que siguen subiendo los precios". El hombre me miró en silencio.
Pero no me hagan caso. La orografía de mis états d'âme es compleja y en este momento la luz me atraviesa, el mirlo está cantando para mí. Lástima que unos vecinos se han comprado un perrito y lo han encerrado en la terraza y nos tiene a todos torturados con sus ladridos (iré a quejarme) porque cree que todo su campo visual es de su propiedad (en eso prefiero a los gatos, no tienen esa vocación posesiva y policial, "¡los perros son derechistas!" decía mi amigo serbio, que pasó de aborrecerlos como Bernhard a abrazarlos en la calle. Otro amigo, filósofo, al preguntarle como estaban los suyos (que ya murieron), decía: "Muy bien! Son los últimos humanistas!")

miércoles, 6 de mayo de 2009

He vuelto felizmente a la escritura

Foto: I.N., una escalera para mí histórica, Barcelona, 2009
Confieso que hace dos días estaba encallada y algo decepcionada de ese libro de mis meandros por la historia de la ciudad. Es decir, los últimos capítulos no me convencían y sobre todo, me faltaba el coraje para enfrentarme a ellos y extirpar y decidir. Me gustaba mucho el principio, esos dos primeros capítulos que L. leyó y definió como lo que hizo Atget con el París que ya no existía y su comparación me llenó de esperanza. Me gustan también otros trozos, y hoy he logrado un capítulo feliz (groseramente, aún sin pulir) y la fuerza para enfrentarme mañana y pasado a todos esos fragmentos dudosos con las tijeras chinas de podar y los ojos internos abiertos para los hallazgos mejores.
En este momento me invade una felicidad universal (aunque sea algo burlona) y con ella pienso retirarme esta noche. Es verdad que no tengo tiempo y que el retorno a la traducción, tras meses de libertad y sólo conferencias, me está matando en cierta manera. Pero todo se andará, aunque tenga que escribir de noche y en fines de semana. Mi informático palestino ha resuelto los problemas del ordenador nuevo y así ha caído una de las barreras que dificultaban ese libro, por el peso de las imágenes. Es una escritura distinta porque cada capítulo parte de una imagen y hasta que no la encuentro no puedo continuar.
Y esta noche ha sido sólo un momento, una pequeña pieza, un atisbo o tentativa, pero qué felicidad y qué agradecimiento a los dioses griegos... Aquí llega G.
Lean mi post político y furioso en Polis

martes, 5 de mayo de 2009

Urgencia de la poesía

Foto: I.N. This morning self-portrait, 2009
La mañana ha empezado con una llamada de la compañía del gas, parece que desde julio de 2007 tenían un problema con mis lecturas pero por alguna razón misteriosa no se molestaron en decírmelo y aunque parece que se han equivocado a su favor y vendrán a revisar el contador, me dicen que de momento les debo 800 euros, y para negociar y que me lo fraccionen sin intereses y vengan a comprobar, he tenido que hablar con diez personas y repetirle a cada una todos mis datos. En diez minutos vendrá un informático, lo cual para mí es inquietante, nunca me gustó que me removieran la (segunda) cabeza (en este caso, el informático es palestino y de confianza). En este estado de cosas, aparte de algunas noticias que tampoco parecen del todo buenas, paso por el cuarto de baño y abro el libro de Edna St Vincent Millay y reencuentro este poema, escrito con nocturnidad, escrito para mí, podríamos decir, admitiendo que el mirlo me esté cantando a mí todos los días y los sauces estiren las ramas para acariciarme el pelo. Y me doy cuenta de hasta qué punto es urgente para mí la poesía y cómo necesito tenerla bien repartida por los rincones de la casa donde paso, a falta de cine. Aquí les dejo con ella, mientras escucho un disco que my American friend me ha mandado por mi cumpleaños (por cierto, he felicitado a mi amigo castizo con un mensaje cantado, todo está en orden... me vuelvo con Zygmunt Baumann hasta que llegue el informático en pocos minutos... ya les contaré, perdonen mi acelerada banalidad de hoy)
What lips my lips have kissed, and where, and why, I have forgotten, and what arms have lain Under my head till morning; but the rain Is full of ghosts tonight, that tap and sigh Upon the glass and listen for reply, And in my heart there stirs a quiet pain For unremembered lads that not again Will turn to me at midnight with a cry. Thus in winter stands the lonely tree, Nor knows what birds have vanished one by one, Yet knows its boughs more silent than before: I cannot say what loves have come and gone, I only know that summer sang in me A little while, that in me sings no more.

lunes, 4 de mayo de 2009

Hay algo melancólico en los lunes

Foto: I.N., Balcones y galerías de Vigo, 2009
Tengo un amigo funcionario que excluye los lunes, día lunar-lunático por definición, de sus citas porque, dice, siempre está de mal humor ese día (por cierto que mañana es su cumpleaños y si no le felicito no deja de recordármelo durante todo el año, aiuto!); tengo otro, del mundo del teatro que, por una cuestión de horarios, los lunes no come (una idea que encantó a otro amigo poeta), precisamente ha llamado hace un momento y podría haberle preguntado si sigue sin comer los lunes, ahora que su vida ha cambiado tanto.
Yo he empezado mi lunes con buen pie, firmando contratos y mandándolos. El más importante es el contrato con el editor de mis cuentos, que pronto se convertirán en libro, ese contrato merece toda una celebración; el segundo era de traducción, para el texto de Zygmunt Baumann que me ayuda a entender la crisis; el tercero era un contrato ya firmado hace tiempo con una cláusula que he consultado con el abogado y él ha definido esas prácticas maliciosas como el perro del hortelano. Yo siempre quise que la asociación de traductores imitara a los ingleses y publicase cada año en su revista el análisis de una editorial, interrogando a sus colaboradores. En aquel país, las condiciones de los traductores han mejorado mucho gracias a esa simple costumbre. Si se publicara cómo trabajan en realidad las editoriales y cómo tratan a sus colaboradores, si pagan o no derechos, cuáles son tarifas, si envían las liquidaciones, cuál es su forma de contar las páginas, los plazos, etc., muchas de esas declaraciones públicas de excelencia y cuidado quedarían en entredicho y más de uno se vería obligado a mejorar. Pero en este país, pocos están dispuestos a batallar...
El funcionario de correos se ha sorprendido al verme rellenar un impreso con pluma (no es muy práctico y para esos usos suelo llevar un rotulador, pero hoy no aparecía). Mi pluma tiene su historia y se le ve. Le he dicho que tenía que apuntar las ideas para que no se me escaparan y enseguida me ha preguntado si mi oficio era escribir. Creo que desde que les han cambiado a ese local más amplio, los mismos funcionarios antes irritantes y antipáticos ahora están serenos y plácidos. Cuando me iba me ha deseado mucha inspiración.
Al llegar, he rescatado mis rosas viejas, regalo de cumpleaños, que alguien iba a tirar. Me encantan las rosas marchitas, dice DB que soy más benevolente con ellas que con los humanos, la cuestión es que ese marchitarse suyo no me parece triste como el de los espejos, tal vez porque no va acompañado de ese peso creciente de la memoria o porque hoy he tenido una de esas mareas melancólicas sin saber por qué, y el Réquiem de Berlioz, que estoy escuchando, es una celebración de la tristeza y trae consigo su propia marea de recuerdos. Sigo pensando que hay que ser hospitalario con la tristeza y darle un lugar, y para eso sirve a veces la música... Aunque algunos la teman atrozmente y se escandalicen cuando hablo de ella. Ya sé que debería estar celebrando la publicación de mis cuentos, y lo haré, lo haré, cuando reciba la otra copia del contrato, cuando me haya quitado de encima estas telarañas melancólicas y estos pensamientos negros... Al acabar el Réquiem ha empezado a cantar un mirlo, especie de guiño celeste que me recuerda a mi infancia, como los saludos de los sauces.

sábado, 2 de mayo de 2009

Otra película japonesa en el Baff

Foto: I.N., Árbol en el puerto de Vigo, 2009
Still Walking (Aruitemo, aruitemo), una historia de familia, con todos los demonios familiares mostrados en diálogos bien construidos, con sutileza y humor, sin ahorrar las muestras de insidiosa y pequeña crueldad y la injusticia, pero con personajes complejos, que enseñan siempre también sus lados comprensibles o simpáticos, su condición multifacética, sus desesperaciones, las razones de su violencia, de forma que todo tiene la ambivalencia del mundo real (esa misma ambivalencia familiar que me costó tanto comprender de pequeña, porque era distinta de los cuentos donde los malos eran sólo malos y, como decía Kierkegaard del Viejo Testamento: "ahí se odia y se ama de veras, se mata al enemigo y se maldice a su descendencia por todas las generaciones; ahí se peca") sin que nada se resuelva, para acabar mostrando que la influencia paterna es más fuerte cuanto más se niegan las cosas. Y otra vez la presencia de la naturaleza como textura de las cosas vivas (inotchi!), las mariposas representando el fantasma del hermano muerto, que sigue ahí actuando como un molesto convidado de piedra y doliendo a todos. O las mariposas representando la influencia familiar (tal vez propiciada por la negación) sin crítica, sin transición, tras haberse opuesto. Sólo me molestaba una música de guitarra que se oía en cuanto salían afuera, y que parecía impostada, al menos a mis oídos occidentales. Y qué gusto estar un rato en esas casas japonesas, viéndoles comer y preparar comidas y ritualizar las cosas cotidianas mientras negaban o bromeaban sobre lo que ocurre. Y el personaje del niño que miente libremente cuando no le interesa mostrar algo suyo. Una de las actrices (You, la protagonista de Nobody Knows! o Dare mo Shiranai) me interesa siempre y su personaje -la hermana mayor- era aquí muy sugerente: crítica y afectuosamente burlona, podía afirmar sus deseos sin quejarse, a diferencia del hermano, que estaba preso del fantasma y de la actitud de los padres. Y el sonido de la lengua japonesa, esa entonación y esas pocas palabras reconocibles por la pura repetición y los subtítulos. Era inevitable pensar en el cine de Ozu y su belleza, en aquellas películas suyas de familias y separaciones y padres que reciben arrodillados y que sirven el té y que envuelven las cosas en sus rituales.
Mientras, me había puesto yo a leer dos libros que tenía a mitad, desde hace tiempo, otro Zweig, La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche), del que había leído sólo la parte de Hölderlin, y ahora ha sido la introducción de Kleist (El perseguido). Naturalmente, siendo Zweig tan psicoanalítico, se trata de los demonios interiores, y empieza diciendo que apenas hubo una dirección europea hacia la que no hubiera viajado Kleist, proyectándose como una flecha o como una piedra, detenido por espía (tanta peregrinación despertaba sospechas), herido en una batalla y siempre en movimiento, huyendo de su demonio interior, huyendo o acercándose al abismo, y en esa lucha con su daimon interno lo único que sabía hacer era correr por la tierra hasta destruirse. Habla luego de su aspecto físico y su problema de comunicación hablada, que impedía a la mayoría darse cuenta de quién era, asomarse algo a su espíritu y a su ardiente genio.
Y el otro es Lectura y locura, de Chesterton, que de momento no me ha atrapado como Zweig.
A mediodía he ido a comer a un restaurante gallego con L., atravesando la ciudad vacía y luminosa después de la lluvia, y hacía calor. Después del cine he ido a tomar algo con V., A. y T. y era una ciudad ensordecida por los gritos del fútbol, que concentraba a la gente en los bares como una especie de festival veraniego y nos seguíamos asombrando de esa emoción colectiva. Luego he subido andando un rato y hablando con T., y Diagonal arriba parecía haberse calmado el panorama (aunque ahora se oyen aún bocinas de coches que pasan). Como la memoria es extraña me he acordado a media mañana de dos fragmentos de mi sueño de anoche, sobre todo uno que me hizo despertarme en plena desolación por mi futuro material, tras la escena tan indiscutible del sueño. Seguramente el aire luminoso ha barrido la melancolía mientras andaba. Las conversaciones son distintas al andar, pero también hay algo en ese gesto de avanzar a pie en solitario que ayuda a los pensamientos. Cuántas veces me he encontrado encallada en un cuento y he salido a dar un paseo y he encontrado la solución. Recuerdo una vez que tuve que pararme en un banco de la Rambla Catalunya porque al fin había entendido lo que le faltaba a un cuento. Tenía escrito el principio y el final, teóricamente estaba escrito todo, pero le faltaba el nervio central, la médula ósea, qué sé yo, y andando me di cuenta y en ese momento parecía imposible no haberlo visto antes. Parecía tan lógico y claro. Así que anoté la clave en un cuadernillo y después me fui para arriba a toda prisa a escribirlo de verdad. Era un cuento sobre la paternidad, aunque entonces yo no lo sabía; un cuento que no entendió mi interlocutor despiadado del momento, pero al discutirlo me di cuenta de lo que para mí significaba y así pude rematarlo. Por cierto que la palabra andar no se usa en Barcelona, todo el mundo dice caminar por influencia del catalán, y a mí me gusta mucho más esa sonoridad despojada y humilde del andar.
Sigo sin escribir, sin traducir, y no sé si mañana me quedará tiempo de concentrarme o si todo se disolverá en la visita al azufaifo y otra película del BAFF. O en un largo paseo (aruitemo, aruitemo)

Es como si de pronto

Foto: I.N., Paseo marítimo de Vigo, 2009
todas mis lecturas (incluso Hebel, incluso el recuerdo de una lectura juanramoniana) y las películas que veo se hubieran contaminado de esa parte que parece haberse adormecido en mí desde hace un año, y que a veces temo que muera y otras que reviva y mientras me decido, el tiempo pasa, para horror de la otra parte... Ya sé que podría pensar que busco esas lecturas o que pongo la lupa en ese aspecto... Pero sólo pienso en eso cuando no escribo, como ahora.
En Vigo releí Isabelle, de Gide, arrastrada por su frase, la que cité en mis cuentos, dándome cuenta de que mi lectura de ahora sería muy distinta que aquella adolescente (yo en pleno élan vital), y me dejó ese poso que acabo de señalar, que me remite a ese aspecto que yo misma he adormecido para poder crecer por otro lado, sin interferencias, y que a veces me duele. Leí ayer Mendel el de los libros, qué personaje maravilloso, en ese contexto judío clásico de adoración bibliófila y cultural que me recordó a Soma Morgernstern y a Joseph Roth, y esa melancolía ya entonces en Zweig de un mundo que se pierde "porque todo lo único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme." Me encantó su desprecio de esos que cobijan su ignorancia y mediocridad bajo un título pompier, algo tan frecuente en algunas universidades de estos lares: "Le conozco, para mi desgracia, desde hace veinte años largos, pero sigue sin haber aprendido nada. Embolsarse el sueldo... es lo único que saben hacer esos doctores. Deberían acarrear piedras en lugar de andar metidos entre libros." Y también, en su desdicha: "Mendel ya no era Mendel, como el mundo no era ya el mundo." O al acabar, tras autoamonestarse por haberle olvidado: "Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido."
Un blogger del norte me ha hecho descubrir que debería leer a Etty Hillesum y a un posible poeta afín, Pierre Jean Jouve, con una infancia ensombrecida por la enfermedad y avivada sólo por la música, a quien sólo Mallarmé llevó a la literatura, y a quien el psicoanálisis llevó a leer a los místicos y aunque heredero de Baudelaire, se acerca a Hölderlin y Novalis! Eso dice una web francesa y eso me ha convencido de buscarle.
Por cierto que ayer me encontré a un excéntrico gallego en el Baff, poeta misterioso que a nadie deja leer lo que escribe, anticuario y que procura repartir su tiempo entre India y esta ciudad, y estudia sánscrito, y que iba a ver una película filipina, y me dijo que de haberle avisado de lo mío en Vigo, habría llamado a sus amigos, que tal vez no habrían acudido a la conferencia, pero sí me habrían llevado de vinos por esa ciudad.
Pero de nuevo llega el personaje carrolliano con su reloj de bolsillo. Tengo recados que hacer, tengo una comida y más cine asiático. Vamos a ver si logro salir de casa.

viernes, 1 de mayo de 2009

En el Baff, festival de cine asiático

Nanayo, la película de Naomi Kawase. Me ha gustado verla, aunque no era una narración redonda y tremenda como la maravillosa El bosque del luto (Mogari no mori), cuyo impacto en mí perdura un año después, pero tenía cosas en común, quizás esas imágenes que, como ha dicho la directora del festival de cinema de les dones, pueden saturar pero dejan un poso, y luego (diría yo) vuelven una y otra vez a nuestra memoria, interpelándonos. La pérdida, la violencia, el abandono y la entrega casi como rite de passe en un país oriental y en el trópico, Thailandia, de una protagonista perdida y acogida, la relación con una naturaleza salvaje donde cada lluvia es como el cuento de W.Somerset Maugham, Rain (Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity), donde las imágenes se acercan poderosamente hasta convertirlo todo en físico y táctil, el sudor, los patos, los lagartos que corren o se asoman, los árboles, la maleza, el agua que cae, el niño afeitado para convertirse en monje, la sensualidad sin sexo, casi dolorosa en la prolongación, el deseo intenso en la memoria, el silencio, la gente que habla lenguas distintas -japonés, francés, thailandés- y no se entiende, el masaje como rito espiritual, el dolor que apenas se puede compartir, que se va adivinando en cada uno con sus propias pérdidas, la madre que no puede con su carga sin el padre y quiere que el niño se haga monje, el gay francés que intenta hacer algo por los otros y aceptar su sexualidad en ese lugar donde nadie le entiende -y a veces se violenta-, el taxista brutal que no logra gestionar la pérdida de su hija y su culpa -y se vuelve contra otras mujeres-, y la protagonista extraviada que necesita urgentemente esa hospitalidad de todos los demás, el contorno de cada separación, el aire que se oye todo el tiempo, y esa naturaleza primigenia y húmeda y calurosa, de aire vibrante, donde flotan las palabras incomprensibles. Y recordaba mi viaje hindú, hace tantos años y el mismo abandono y la misma sensualidad exuberante, allí sin obstáculos (Allá, allá lejos; / Donde habite el olvido. L. Cernuda).
El cine estaba llenísimo, el festival es un éxito y se debe al esfuerzo de sus directores, que se empeñan en hacer las cosas bien y profesionalmente, aun sin presupuesto, pues las instituciones y el ayuntamiento apenas les ayudan, como si no fuese importante para la vida cultural de la ciudad esa casi única ventana al cine asiático.
Por el camino leía Mendel el de los libros, de Stephan Zweig (volviendo a la Galitzia del Este, donde, dijo el motero gallego, también comen filhoas), ese relato delicioso, e intentaba ordenar mis pensamientos después de que algo los haya barrido casi por completo y yo ya no recuerde nada, no sepa cómo era todo antes, dónde estaba, ni cómo recobrar mi rutina perdida ni aun menos cómo volver a mi escritura. Sólo me consuela que ayer entregué el manuscrito corregido al editor de mis cuentos (por una vía libresca).

jueves, 30 de abril de 2009

Vuelvo de Vigo

Foto: I. N., Balcones en Vigo, 2009
Mi conferencia balcánica fue un éxito, a pesar de los obstáculos: en una planta superior del mismo edificio donde se celebraba, estaban negociando los representantes sindicales de los basureros y varios centenares de ellos se habían concentrado a las puertas, con sus chalecos fosforescentes y la vigilancia de dos camionetas policiales, de modo que acceder a la sala donde yo iba a hablar exigía cierto coraje, para atravesar la multitud desafiante y con el aire siempre inquietante y desagradable de la policía. Pese a todo, unas cien personas se sentaban en el recinto, según calculó la eficaz organizadora. Un joven periodista me presentó y me hizo algunas preguntas. No llevé imágenes. No hizo falta. Con ese tema no hace falta darme cuerda, me es fácil transmitir mi pasión investigadora balcánica. El público me encantó. Los gallegos siguen pareciéndome excéntricos, viajeros, librepensadores, imprevisibles. Un hombre mayor con gorra y ojos fogosos que había frecuentado Serbia y simpatizaba vagamente con el nacionalismo de Milosevic, un motero de Harley Davidson que hablaba con entusiasmo de Ucrania y la Galitzia del Este (son gallegos como nosotros y también comen filhoas... A mí me encantó que me hablara de ese lugar tan históricamente literario, que ha formado parte de varios países distintos, de escritores judíos y gentiles...) y me preguntó si le recomendaba viajar por los Balcanes y acabó interpelándome sobre los propósitos de los rusos; un hombre que me exigió precisiones y objetó a su manera para luego acercarse y decirme que le había encantado mi libro balcánico y el de Slavenka y que me había visto en el programa de Sánchez Dragó; una mujer quería comprarme mi ejemplar, otra preguntó si yo no los vendía porque quería que se lo dedicara. Aplaudieron mucho, pero yo les habría aplaudido a ellos, por su nervio, su participación, su cálida asistencia, acostumbrada a públicos silenciosos y comedidos donde sólo hablan algunos locos, me hizo ilusión poder hablar en un lugar de gente interesada de verdad y con interrogantes que hacerse y todos gallegamente imprevisibles. Ciertamente yo no podía responder a algunas de sus preguntas sino con más preguntas o interrogaciones, pero fue un acto vibrante y me gustó mucho estar allí con ellos.
Alguien me pregunta al dorso cuándo iré a dar una conferencia balcánica en Madrid. Me encantaría. Yo nunca me canso de hablar de este tema, pero no sé a qué institución podría proponerlo...
Vigo es una ciudad industrial y como dijo el director del Faro de Vigo, una ciudad compleja, de conflicto... En este momento hay huelga de basuras (empezaba a ser ostensible), huelga del naval y metal, los astilleros... El 1 de mayo será agitado. Toda la ciudad parece en obras. Y en efecto, la corrupción del cemento también ha llegado allí, han estropeado el puerto y han construido pedazos feos en medio de la belleza septentrional y antigua que sigue perviviendo a pesar de todo. Pero los árboles son gigantes, el verde llega al mar y aún quedan rótulos art-déco, arquitectura modernista y racionalista, con ese estilo señorial del norte, que me hace soñar. Por la noche tuvimos una cena celebrativa. Mi habitación tenía un rótulo que decía: "Aristóteles. Razonamiento lógico encadenado". Al despertarme tenía El Faro de Vigo en la puerta, ¡con una página dedicada a mi conferencia! El titular me ha hecho gracia, ponían mi apellido sin nombre y eso me recordó a las noticias del periódico portuario donde siempre salía mi padre, y a veces con citas típicamente suyas, por ejemplo: "'Es imposible', dijo Núñez...". Pueden verla aquí. Es verdad que los periodistas cosen las cosas a su manera y nunca nada es exacto. Por ejemplo, un titular sugiere que yo hubiera querido ir a los Balcanes para entender los nacionalismos de aquí. ¡No es así! Yo sí quise saber de allí para pensar de aquí, pero me refería a la guerra civil y su legado, no a los conflictos nacionalistas de ahora, que no son centro de mi interés, sino más bien al contrario. O su interpretación de mi currículum. Siempre me gustaría precisar. Saldrá una entrevista un día de éstos.
Esta mañana he vuelto a pasear por la ciudad, pescando imágenes. Hacía frío, un aire húmedo y vigorizante que estimulaba al paseo. Luego me ha recogido un taxista portugués, casado con una gallega y que añoraba París pero también Lisboa. Me ha hablado de la cortesía portuguesa y del cuidado con que conservan la arquitectura de siempre. Me han dado muchas ganas de irme para allá. Luego ha dicho que en Galicia todo crecía solo, el verde y la economía y los movimientos migratorios. Decía que a pesar de los políticos, a pesar de la corrupción, había algo en el espíritu gallego...
En el camino de vuelta me he leído los periódicos, un Time sobre los desafíos de Obama y luego me he sumergido en Cofrecillo de joyas, que hace honor a su nombre y me ha salvado del horror circundante: un avión abarrotado de niños maleducados que gritaban sin cesar sin que sus progenitores se decidieran a pararlos. Detrás de mí, una adolescente pateaba y empujaba mi asiento constantemente a pesar de mis miradas torvas, y una madre muy desagradable parecía pensar que todo el avión tenía que pagar las consecuencias de que ella no usara anticonceptivos. La niña-monstruo de dos filas más allá ha llegado a ganarse un abucheo general y un hombre ha espetado: "¡Que no estamos en el parque!", sólo así el padre, que la adoraba con aire de cordero degollado, se ha atrevido a frenarla, mientras la madre proyectaba hacia el techo su expresión de depresión profunda. Así que una y otra vez yo me sumía en ese almanaque de J.P. Hebel que deleitó a Wittgenstein, Kafka, Hesse, Benjamin, Tolstoi y Goethe, lleno de humor, de observaciones de estrellas y animales, reflexiones, consejos y fantasmas, publicado en 1811.
Al llegar me he encontrado la casa okupada, pero ha sido sólo un momento y siempre alegra la visión de la belleza adolescente, su vibración. Y mientras escribo esto disfruto de una música rejuvenecedora que me grabó un amigo librero y que me arrancará a bailar en cualquier momento (aclaración para un psicoanalista melómano y lector: es una mezcla ecléctica titulada For you to dance! Sigur Ros, Eels, The Cure, The Unfinished Sympathy, The Breeders, The Smiths, The Decembrists, Lemon Heads, Blur, Aimée Mann, Arcade Fire, Elvis Presley!, Johnny Cash!).

martes, 28 de abril de 2009

A punto de partir, una nota

Foto: I.N. San Petersburgo, 2006
No sé si ha sido el medicamento homeopático pero hoy andaba todo el día por la ciudad sucia, ruidosa y fuertemente contaminada y fea de mi barrio sintiéndome energética y mirando sólo el verde brillante de los árboles, que parecen haberse vestido en unos días para esa danza clorofílica y alegre.
Mañana me voy a Vigo, a mi conferencia balcánica. He recibido anuncios que han salido en El Faro de Vigo y algún otro medio. Creo que mi hotel está cerca del puerto y me preguntó si reconoceré aquella Rambla hecha por conserveros catalanes, si quedará alguna de aquellas tiendas antiguas con rótulos art-déco o si todo eso habrá sido engullido por el cemento, como ocurre aquí. Qué pasará con mis más viejos recuerdos, con todas las distintas capas, cómo se superpondrán a lo que vea ahora, y si habrá algo feliz en esa reconstrucción de Mnemosyne.
Tengo un plan trazado y eficaz por los organizadores del evento, incluso está prevista la eventualidad de que el avión se desviara a Santiago. Habrá lluvia y frío, y tendré que retroceder a las botas, aunque psicológicamente no me siento capaz de volver al abrigo, así que recupero mi vieja London Fog (Nmp sabe de lo que hablo; y también, J, en homenaje a un libro que tradujimos) y un chal abrigado, y que los dioses del tiempo sean clementes...
Me llevo sólo (reprimiéndome) Isabelle de André Gide y Cofrecillo de joyas de Johan Peter Hebel (si le gustaba a Kafka y a Mann...), y mi libro balcánico, por si acaso me olvido de algo, la cronología, los nombres, la bibliografía... Y mi cuadernillo manual y poca cosa más. Me he pasado la tarde escuchando la Pasión según San Mateo de Bach, aún celebrando la transparencia de mis oídos y con la gata siguiéndome por la casa, porque sabe que me voy. G. se ocupará de ella en mi ausencia. He llamado a mi amigo serbio, que está lesionado, siguiendo esta extraña racha que rodea mi mundo, y que él dice que yo debería convertir en otro cuento. Me ha reconfortado comprobar que conserva todo su humor negro y su espíritu. Hablar con él me alegra y me da la sensación de que nos recargamos mutuamente las pilas. Me ha revelado que él, que no creía nunca en mi método de escribir a ciegas, y que siempre planificaba todo de antemano, ha escrito su última novela exactamente como yo, ¡a ciegas!. Nos veremos a finales de mayo. Dejo a Zygmun Baumann hasta el jueves por la noche. No me llevo ordenador, aunque tal vez haya algún cibercafé...
Y dejo al azufaifo esplendoroso en su jardín silvestre, con algunos centinelas, además de los pájaros...

lunes, 27 de abril de 2009

He vuelto al ruido del mundo

Foto: I.N., Escola Industrial, 2009
El otorrino se ha acercado con una jeringa gigantesca, de dimensiones casi oníricas, me ha pedido que sujetara una bacinilla metálica junto a mi cara y nada más liberarme el oído izquierdo he oído el estruendo fragoroso de una máquina. "¿Y ese ruido?", le he preguntado. Él se ha echado a reír: "Ese ruido ya estaba antes, cuando usted no podía oírlo..." Al liberarme el oído derecho, todo me parecía estridente, como si hubieran subido en exceso el volumen del mundo. "Con la quietud que tenía...", he musitado. "No diga eso. Piense que algunos sordos lo son porque no quieren oír", me ha dicho, con una sabiduría inesperada.
La calle me ha parecido un lugar terrible. En el camino de ida yo andaba maravillada con la luz, aún con el efecto de los mensajes apocalípticos sobre la crisis, la fiebre porcina y nuestro precario futuro, o el realismo inteligente del texto de Zygmun Baumann que traduzco y que muestra no sólo la profundidad de la crisis, sino la realidad de que no se está haciendo nada de nada para corregirla de verdad, sino que sigue el latrocinio de banqueros y grandes fortunas con la complicidad de los gobiernos (por ejemplo, es ya sabido que las ayudas a los Bancos han servido sólo para repartir bonos millonarios a los altos cargos, pagados con nuestros impuestos), y pensaba: "Con esta luz, no puede ocurrir nada realmente malo". Pero el camino de vuelta, ay, como los bebés que llegan al mundo llorando y sacudidos, arrancados de ese universo cerrado y oscuro donde no tienen que estrenar siquiera el aparato digestivo, ha sido irritante. Al llegar a casa he descubierto que todo suena, incluso este teclado me parece ahora estrepitoso; he logrado que G. bajase el volumen de los teléfonos, y para celebrarlo he puesto música, eso sí, música que me envolviera como un chal de seda filtrando los horrores auditivos de esta pobre ciudad abandonada por políticos desaprensivos y corruptos. Música de toda clase, empezando por Ben Harper y acabando con las Sonatas de Beethoven (que ahora me suenan distintas porque pienso en su enclaustramiento auditivo, en cómo debía imaginar la música, casi soñarla), en una celebración privada de mi doloroso retorno al ruido del mundo.
Ayer anduve por la ciudad peligrosamente, recorriendo la calle como si fuera un paisaje fotografiado. En un paseo con un amigo bajo los pinos arrogantes y generosos de Ca N'Altimira (él no me oía, porque yo hablaba bajito y es que mi voz me resonaba con fuerza en mi interior, y apenas le oía a él con mis oídos tapados) señalé la escena y le dije: "Parece un paisaje pintado". Y era verdad, dos perros y un anciano inmóviles nos contemplaban y en mi mundo silencioso nada era real. Por la tarde me fui a la cárcel Modelo, al Hospital Clínico, a l'Escola Industrial; necesitaba hacer unas fotos para mi libro. La Modelo me impresionó, como en otros tiempos, sentí de nuevo que todas las casas de los alrededores están contaminadas de su tristeza, las feas construidas desde los setenta en la más pura mediocridad, y las bonitas, humildes edificios de l'Eixample que viven a la espera, como si estuvieran ocupadas por familiares de presos, por la sombra de ese mundo vuelto al revés (otro calcetín, como mi sonido hacia dentro) y las fotografías mostraban esa construcción decimonónica y foucaultiana donde luego han acumulado alambradas y paneles metálicos con una humildad cutre, tercermundista. "Debería ser un museo del franquismo", pensé yo, recordando mis visitas a un hombre en 1974-75. Dos veces estuvieron a punto de arrollarme, un coche y una moto. El motorista, joven y con un habla precaria, gritó algo como "¡Oye! ¡Que yo estoy aquí!" mientras él y su colega me miraban asombrados. Yo les miré fijamente, estupefacta. Al conductor del coche le pedí disculpas con un gesto. Se lo conté a G. y se enfadó conmigo y me descubrí pensando: "Qué importa, yo he vivido mi vida", como si hubiera cumplido 80 años. Andaba feliz y desconectada del mundo, tanto que empezaba a preocuparme mi desapego vital, aunque tengo alguna pista y se la llevaré a La Esfinge si me decido a llamarla. Me dicen que los sordos viven en esa distancia. Pero qué quietud y qué paz la de estos días pasados. Era casi como si no estuviera del todo en el mundo, como si... (Allá, allá lejos; / Donde habite el olvido... Luis Cernuda) De pronto se puso a llover con fuerza y cogí un taxi al vuelo. El conductor no me oía. Era como si nada tuviese volumen, ni siquiera yo misma.
Luego estuve leyendo El solterón, de Adalbert Stifter, que tiene ese estilo Mann-Zweig, esa época y ese espíritu de La montaña mágica o de Veinticuatro horas de la vida de una mujer, incluso un leve matiz walseriano en el tratamiento del paisaje y el estado de ánimo, aunque tal vez sea más ingenuo. También leí el ártículo sobre la voz de un psicoanalista que sigue leyéndome y me asombró la cantidad de afinidades, coincidencias temáticas y sincronías y de la multiplicidad de voces poéticas y analíticas de su texto (!). Y hoy llegó a la lista del librero de la calle Berlinès la noticia triste de la muerte de otro psicoanalista que también me leyó y animó a seguir.
No puedo evitar preguntarme si este retorno mío significa algo más, si es una prefiguración de otro retorno necesario que sigo postergando misteriosamente, si mi alejamiento de estos días se refería también a ese otro territorio vital extrañamente abandonado en estos últimos tiempos y que temo recuperar, aun sabiendo que sin él estoy entre paréntesis, viviendo a medias, refugiándome, protegiéndome artificialmente... Chissà.
Mientras escribía de la cárcel me acordaba de aquella visita a la cárcel de Quatre Camins en que Carles Hac Mor logró hacerme cantar una canción, canté un poema del Romancero anónimo al que siempre vuelvo y temí que a aquellos presos no les gustara la metáfora, pero les gustó. En realidad, eran un público excepcional, escuchaban cada palabra con todo su peso y una atención intensa y vibrante, era difícil sostener la mirada oscura de algunos (yo no sabía qué miraban en realidad), y recogían cada mensaje. El poema habla de las prisiones interiores, pero Chicho Sánchez Ferlosio le puso música y yo entonces sólo recordaba vagamente (ahora ya tengo el disco), pero logré un efecto gracias a la intensidad que allí flotaba. El otro día se la canté a mi hermana italiana, que está por aquí para dar uno de sus talleres del autorretrato y vino un momento a dejar sus cámaras, y al oírme se echó a llorar, como cuando era pequeña, mientras alguien revoloteaba por aquí, poniendo orden en mi caos (Daniel Baremboin sigue ahí).

domingo, 26 de abril de 2009

Hace mucho tiempo

Foto: I.N., Un lugar de mi memoria, Barcelona, 2009
Estuve con alguien que intentaba convencerme de que yo no existía. Según él yo era los otros y todas mis ideas eran ajenas. Según él, yo no sabía nada antes de conocerle. No digo que no fuéramos felices, aun en medio de aquel malentendido, pero fue un alivio reencontrarme con mis viejos libros al separarnos.
Yo no comprendía sus palabras. Sabía que si tenía algo era precisamente mi mundo, mi particular percepción de las cosas, que había construido en mi infancia y por tanto, se basaba en la memoria. Imaginaba que me convertiría en uno de esos escritores que VM describía -temo que con aburrimiento-, excluyéndose del grupo, los obsesionados por su infancia.
De pequeña, mi vida cotidiana tuvo el ritmo de la administración del castigo que recibía, perpetrado con el perfeccionismo maniático de mi tía Rottenmeyer y con la gozosa y lógica complicidad de mis hermanas: era bueno tener a alguien con quien desahogarse impunemente y ese alguien era yo. Me habían declarado culpable de un accidente ocurrido cuando yo era un germen que crecía en la barriga de mi madre; había llegado en mal momento, mi madre se había despistado por culpa del embarazo y la desgracia le había ocurrido a mi hermana. Yo debía asumir la culpa -insoportable para mis padres- y pagar por todos.
Ya lo he contado aquí.
En ese mundo claustrofóbico y violento, yo vivía de la belleza del paisaje. Tenía la sensación casi mística de que el universo me mandaba señales, de que los pájaros cantaban para mí, ya que nadie más parecía oírlos.
Luego, en esa ambivalencia que ha sido siempre un interesante desafío a mi comprensión, mi carcelera, mi Némesis, me enseñó a leer y sólo quise vivir en ese mundo, donde había una justicia implacable para los malvados, y seres afines capaces de describir mi realidad en forma de madrastras y hermanastras, y los que sufrían como yo huían volando a lomos de una golondrina o aterrizaban en un palacio de cristal o se convertían en cisne, todo con una crueldad bíblica y lleno de la misma belleza de los símbolos que a mí me había salvado.
Al llegar a Barcelona, en el colegio había una iglesia abarrocada donde el coro y el órgano, e incluso mi propia voz en los intervalos leyendo en voz alta para todos: "En un principio era el Verbo, y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" me producía una emoción inexplicable. Sólo cuando nos cambiaron a la capilla de abajo, fea, nueva y sin historia ni órgano ni coro, me di cuenta de que mi emoción estaba conectada sobre todo a la música. Que la música podía ser una conexión a cierta espiritualidad o una forma de acceder a la belleza que me conmovía como las visitas de los pájaros.
Pero había algo misterioso en aquel espacio de la iglesia de arriba, incluso sin música.
Volví a encontrar la misma sensación a los 14 años, en un viaje a Menorca con el colegio, cuando visitamos alguna taula o un talaiot, en medio del campo verdísimo de primavera, cuando la isla era un lugar solitario y silencioso. "Donde hay dolor hay un suelo sagrado", escribió Wilde. Hay lugares, ya sean monumentos megalíticos o templos de cualquier religión, donde la gente ha llorado y ha rezado y creído y todo eso deja un poso, una vibración que recoge la piedra. Yo he percibido esa vibración misteriosa en algunos templos, pero no en todos, ni mucho menos. También la he percibido en la voz.
Esto resurgió el otro día, a raíz de un intercambio al dorso de este blog, con un profesor vasco de literatura que citó a mi querido T.S.Eliot y me hizo rescatarlo una vez más de la estantería: "You are here to kneel / Where prayer has been valid..."
Al comentarlo con el hombre que llamaba, me dijo: "No, estás confundida. Era mi padre quien decía eso de los templos y tú, que tienes mala memoria, has adaptado su idea y crees que es tuya."
Extrañamente, en el mismo momento me estaba contando que para él, que no recordaba nada de su infancia, había sido chocante vivir con alguien como yo, obsesionada por la memoria (aunque esa memoria fuese selectiva y recortada, forzosamente). Ciertamente su padre es un personaje -vasco, religioso, librepensador, crítico y apasionado en sus ideas, con su propia vivencia de memoria histórica- a quien yo considero, y le he citado a veces en este blog, puesto que mi escritura se construye a base de citas y para mí -aunque el hombre que llamaba no pueda entenderlo- es una experiencia gozosa recordar de dónde viene cada cosa. Pero mi experiencia con los templos no es una frase copiada de su padre, sino una cadena de recuerdos.
Según parece creer el hombre que llamaba, mis recuerdos son falsos como aquellos que les injertaban con chips a los replicantes de Philip K. Dick. Sin duda su vértigo de vacuidad, su bloqueo mnémico le hace creer que es un replicante y para consolarse, quiere convencerme de que yo también lo soy, y de que sólo él sabe y puede decir quiénes son los terráqueos auténticos.
Escribo todo esto sumida en mi extraño silencio, con los dos oídos tapados ya por completo. En Facebook, dos escritores me han recomendado que deje de escribir ("No escribas con los sentidos tapados!", bromea uno. "Mejor no escribas más", dice el otro, con peor intención). Hay gente que no tiene bastante con no leernos, necesita que dejemos de escribir. El segundo consejo sólo tiene un sentido irracional, que es el de su deseo. Según su lógica, los sordos no podrían escribir ni los ciegos tocar un instrumento o componer, ni habrían existido Beethoven o Goya. Me han recordado a aquel famoso psiquiatra que trató a Edith Wharton, a Virginia Woolf y a Charlote Perkins y les prohibía que escribieran porque, según decía, era malo para sus nervios (¿para los nervios de quién?).
Lo mío no es exactamente silencio: es como si el sentido del oído se hubiera dado la vuelta, como un calcetín, una inmensa oreja vuelta hacia dentro, con sus laberintos apoyados en la piel, como aquel personaje de cuento que ponía la oreja en la tierra para escuchar el crecimiento de la hierba o el deambular de las hormigas. Mi vecino dijo un día que le gustaba dormir con tapones en los oídos porque sentía como si estuviera de vuelta en el vientre materno. Yo me siento vuelta a mi propia interioridad. Me dicen que hablo demasiado bajo, y es porque todos mis sonidos se oyen mucho más intensos. Respiración, latidos, voz. Mientras, todo lo demás parece alejarse y yo imagino el universo de los sordos. Mal que le pese al (segundo) comentarista del Facebook, escribo bien en este silencio ruidoso, silencio con oleaje, campana de cristal que me aleja del mundo, sólo un poco. Oigo los truenos muy lejos, no oigo a ningún vecino ni el ascensor, el teléfono ya no es imperioso ni hace falta cogerlo; todos los timbres parecen sonar en otro mundo.

viernes, 24 de abril de 2009

Hacia el silencio

Foto: I.N., Torre Castañer, 2009
Por la mañana me dirigí a una clínica donde me habían dicho que me atenderían a las 10 am. Sólo al llegar descubrí que se trataba de un lugar cargado de recuerdos turbulentos para mí. Respiré con aprensión y subí a la sexta planta en un ascensor encharcado de tristeza. Llegué a la zona precisa, pero nadie me atendía y al fin me dijeron que si me esperaba allí, tal vez a las 12.30 o las 13h habría alguna posibilidad. ¡Pero eran las 10! ¿Por qué tenía que esperar allí tanto tiempo y sin apenas gente delante? Y esperar allí, con aquel dolor ajeno y resignado y aquel olor desagradable que me asaltaba por el torbellino de recuerdos, con dos escenas de una teatralidad dura...
Salí a la calle, fotografié algunas cúpulas y balcones, la destrucción de la belleza. Llamé a mi madre para pedirle el teléfono de la mutua, pero en su confusión, sólo acertó a darme el mío. Llamé a información de telefónica, me pusieron música, me hicieron esperar, escuchando ofertas engañosas, y al fin me dieron el número. Llamé, volvieron a ponerme música y al poco me contestó alguien, situado en el espacio sideral, o en una autopista de la información. Le expliqué, con gran esfuerzo didáctico porque me daba la sensación de que no me entendía, que era una urgencia de otorrinolaringología, añadí que tenía el oído tapado y le pregunté dónde podían atenderme. Me pidió mis datos, deletreados. Me preguntó en qué localidad estaba. Me hizo esperar con más música. Después me dio la dirección y el teléfono de tres centros. Llamé a los tres, subiendo el volumen del teléfono. Ninguno tenía servicio de otorrinolaringología. ¿Qué habría entendido la propietaria de aquella voz, desde su lugar virtual? ¿Estaría también ensordecida? Como las nuevas empleadas de la farmacia de abajo, que apenas entienden lo que les pido. Ya nadie sabe nada y hay días que resulta agotador hacerse entender, tras esas batallas con las compañías, la música grabada, la repetición de los datos propios y las respuestas robotizadas. A veces me parece que el paquistaní del colmado de abajo comprende mejor.
Volví a casa. Arrastro el mar en uno de los oídos, como cuando de pequeñas nos acercábamos las caracolas grandes a la oreja para escuchar las olas. Hice algunas fotos y al llegar las copié en el nuevo ordenador, lentísimo pese a su potencia, por las maravillas del Vista. Pero cuando ya estaban grabadas y borradas de la cámara, comprobé que habían desaparecido. Hablé con un informático, preguntándole si podrían ponerme el xp, me dijo que tal vez, pero que me costaría un dineral, seis horas de trabajo, el programa, y sin garantías de lograrlo... le dije que lo pensaría.
Me puse a traducir a Zygmun Baumann en el ordenador viejo, y sentí que me tranquilizaba ese trabajo mecánico de girar los vocablos como dice el Tirant: como ya dije en Los meandros de la traducción, resolver jeroglíficos consuela, es como imaginar que todos los problemas podrían tener una solución, una respuesta. Además, Baumann explica cómo nos han engañado con la crisis, cómo no se trata de un fracaso sino de un éxito de los Bancos, apoyados por los gobiernos. Y su análisis, pese a todo, también consuela, porque analizar el horror, intentar entender los mecanismos incluso de lo más injusto produce alivio.
Y por la tarde acudí a ese otro otorrino, consulta clásica y médico de la vieja escuela. Me llevé Isabelle de André Gide, que quiero releer, arrastrada por aquella frase que cité en mis cuentos y que no pondré aquí, pero en su lugar diré otra: "Nous suivions Gérard sans parler, oppressés par la beauté du lieu, de la saison, de l'heure, et parce que nous sentions aussi tout ce que cette excessive opulence pouvait cacher d'abandon et de deuil.". El otorrino me dijo que tengo un tapón de cera pétreo en cada oído y que me conviene pasar unos días echándome agua oxigenada. "No oirá nada", dijo, "¿Tiene cenas? Anúlelas. Le parecerá que por dentro todo hierve, pero no se preocupe. Se hará una pasta y no podrá oír nada, pero así, con suerte, el lunes por la tarde podré quitárselo." Me acordé de mi padre, que odiaba los cohetes y la pirotecnia, y en la noche de San Juan, anunciaba: "Si queréis decirme algo, que sea ahora, porque voy a ponerme los tapones", y después de un picnic nocturno (¡con noctilucas!) en la Savoia, de Cadaqués, se tapaba los oídos hasta el día siguiente. He avisado a unos cuantos de que a partir de ahora no oiré, y uno de ellos me ha lanzado un mensaje declarativo entre risas. Si quieren decirme algo, que sea por escrito.
He renunciado a asistir a la sesión lacaniana de mañana sobre la traducción de L'Étourdi, he apartado la vida social y me preparo para un fin de semana silencioso, como una extraña experiencia algo vertiginosa, con estas mareas que empiezan a resonar en mis oídos, leyendo y escribiendo y saliendo poco porque en la calle me siento aturdida, hablo demasiado bajo y nadie me oye (me ha pasado en la panadería y en el librero de la calle Berlinès), y además, me mareo al moverme, al agacharme, y al echar la cabeza hacia atrás para ponerme las gotas en los ojos, algo menos tristes y menos insidiosos, pero aún feúchos.
Yo querría irme a Vigo a conferenciar curada de todos estos pequeños malestares. Imagino la ciudad que conocí hace años, con su rambla catalana y sus múltiples rótulos art déco, las cesterías, cosas que ya no existirán. He leído que está toda abierta por obras. ¿Hasta dónde llega la locura del cemento? ¿Recorre toda la península? Me dicen que Portugal conserva la belleza, esa Portugal que nuestros programas metereológicos ignoran como si no existiera y como si a nadie de aquí le importase el tiempo que hará allí: siempre me lo decía una escandalizada Angela Reynolds y el otro día lo repitió Gibson: tienen que ser los extranjeros los que se den cuenta de la tremenda descortesía que tenemos hacia nuestros vecinos ibéricos.
Es extraño cómo el silencio o la distancia del sonido, que llega poco, disminuido y parece venir de otras direcciones, altera la percepción de las cosas. He recordado cuando tuve que estar toda una tarde sin usar los ojos y me senté en la sala y los cerré, llena de sensaciones extrañas e intensas y danzantes. Me parece como si pudiera comprender otros alejamientos y casi temo que mi inconsciente quiera aferrarse a este estado, alejarme, no oír, protegerme de todo lo que duele, de todo lo que sacude con su fealdad y su estruendo insensible. Pienso en John Cage y en algunas danzas de Cunningham en las que parecía volar. Pienso en un texto de la voz que me ha mandado un psicoanalista que a veces viene por aquí a leer. Pienso en la campana de cristal de Plath. En releer a T.S. Eliot, gracias a alguien que me manda un fragmento al dorso, la revelación aún es posible (ahora que yo, nacida en abril y siempre partidaria de ese mes energético en que todo renace, por primera vez en la vida pensaba en darle la razón a su April is the cruellest month!). Pienso en las películas nórdicas y en las orientales. Y escucho las oleadas marinas como cuando dormía en la habitación de arriba, en Cadaqués, con la puerta de la terraza abierta sobre Portdugué. Le silence est un prélude d'ouverture à la création, à la révélation"... dice mi diccionario de símbolos, "le silence, disent les règles monastiques, est une grande cérémonie."

jueves, 23 de abril de 2009

Me levanté con un silencio extraño

Foto: I.N., Balcones con cactus, Barcelona, 2009
Se me había tapado un oído. Bajé a la calle con una percepción amortiguada de las cosas. Primero vi al azufaifo, verde, verde, verde chino y brotado mágicamente en su jardín silvestre, a pesar de los forajidos primitivos y zafios que siguen arrojándole su basura, la misma que les llena, a falta de otro espíritu. El estruendo de la ciudad más ruidosa de Europa parecía distanciado, en otro plano. En el metro leí tranquilamente mi periódico, rodeada del parloteo de jóvenes damiselas, en mi campana de silencio. Fui al desayuno de escritores en el Regina. La gente se abalanzaba sobre canapés de salmón y jamón. Yo, desconcertada (y con mi desayuno demasiado reciente para comer), pedí zumo de naranja y me pregunté, apoyada a una columna, entre autores de best-séllers poco relacionados con lo literario, perseguidos por múltiples cámaras, cuánto resistiría. En esas entró un escritor no-amigo, una presencia no precisamente afín, ni amigable. Luego vi pasar a González Ledesma y a Racionero, pero la prensa prefería a una modelo. Y al fin, a mi lado, Ian Gibson. Le dije que su primer Lorca, traducido en Ruedo Ibérico, cambió mi visión de las cosas en mi adolescencia. También le dije que íbamos a firmar juntos: "Bueno, rectifiqué, usted firmará y yo miraré..." Él se rio y dijo que su libro no tendría éxito... Nos pusimos a hablar y a despotricar contra el país, la ignorancia que se extiende sin conciencia, los abusos de algunos miembros de la Iglesia, la guerra y la memoria no resuelta, la actitud light del gobierno frente a tantas cuestiones, su política de derechas, etcétera. Hablamos de la lentitud de investigar, le conté de mi libro balcánico, dijo que intercambiaríamos ejemplares, que le interesaba. Cuando llegó el momento de la foto todos se pusieron delante, cubriéndome, excepto él que se colocó detrás: "Yo soy un hombre modesto", dijo.
Luego fui a ver al Librero de la calle Berlinès, que estaba en Canaletes, muy bien acompañado, y le compré una edición de cuentos de Kipling, seleccionados por W.Somerset Maugham y con un comentario de Javier Marías (traducidos por Martínez Lage y editados por Sexto Piso). Y me fui para arriba a mis recados urgentes hasta la hora de firmar. Antes pasé por la abigarrada Central, donde un amigo librero mantenía el tipo, seguramente soñando con mañana. Vi a una ajetreada Marta, moviéndose deprisa y eficaz entre los libros y las multitudes.Y me fui para la mesa de las firmas, con sus rositas de pitiminí y su agua y buenos tratos. Ian Gibson llegó tarde y no paró de firmar ni un momento. Maruja Torres y Roncagliolo no vinieron. A Clara Usón no la vi. Pero estuve firmando bastante para lo esperado, sobre todo al principio. Algunos llegaron cuando ya me había ido, pero no me puedo quejar. El poeta que estaba a mi lado se sumergió en su lectura, me dijo que estaba acostumbrado y que lo tomaba filosóficamente. Nos regalaron la magnífica Oda a Barcelona de Mossen Cinto. Dice, por ejemplo, en esas iluminaciones suyas apasionadas:
Y al veure que treus sempre rocam de ses entranyes
per' tots casals, que creixen com arbres ab saó,
apar que diga a l'ona y al cel y a les montanyes:
-Mireu-la: ós de mos óssos, s'es feta gran com jo.
La edición se abre con esa cita de Cervantes que ya puse aquí antes y que evoca una Barcelona tristemente desaparecida y enterrada:
"Archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza única."
La comida fue lenta, al salir pasé por delante de La Central, que era un puro hervidero de gente, y me encontré amigos afuera, entre ellos el pequeño causante de mi malaise ocular y su guapa y energética madre en manga corta hablando del calor. Volví renqueante, entre mis pobres ojos y esa sensación extraña, entre el desequilibrio físico y el mareo y el aislamiento de mi oído izquierdo, a buscar un otorrino que me atendiera de urgencia, porque necesito resolver este malaise antes de irme a Vigo. Algunos me preguntaron si no firmaría por la tarde. Me llamó un amigo para una hipotética cena, que dejaremos para otro día. Renuncié al party de escritores de El Mundo: no se puede ir de fiesta enferma y con nocturnidad. G. echó de menos el viejo regalo tradicional y aludió a su reciente retorno a la lectura, así que le prometí remediarlo, ya fuera de muchedumbres compradoras y librerías enfebrecidas.
Y qué bien se está en casa leyendo a Kipling... No hace falta sonido para la lectura y si no me curase sólo querría seguir leyendo para consolarme... pero tengo que vivir, tengo que destaparme este oído, que caiga esa barrera acuática que resuena como una extraña marea... ¿Cómo si no, dar mi conferencia? Mañana veremos. Mañana pondré los links. Mañana pensaré en cómo sorteo las barreras del Vista. Mañana...

miércoles, 22 de abril de 2009

En La Vanguardia Culturas, pág. 24

Foto: I.N. Belgrado, 2003 Cuatro análisis de la actualidad destacan por su garra periodística: el de Juliana sobre la España de ZP, el de Poch sobre la emergente China, el de Carlin sobre la Sudáfrica de Mandela y el de Isabel Núñez sobre el puzzle balcánico. Isabel Núñez Si un árbol cae ALBA, 368 PÁGS., 18 EUROS La masacre de Sebrenica o el largo y cruento cerco sobre Sarajevo son estallidos que desentonan con una Europa que aspira a la normalidad y la concordia. Isabel Núñez se acercó a veinticinco escritores afectados por el conflicto balcánico, y en largas y profundas entrevistas, entresacó testimonios que ayudan a interpretar unas heridas que distan de estar cerradas.

Me ha hecho ilusión ver mi libro recomendado junto a los de Rafael Poch y John Carlin, y sabiendo lo que es una auténtica marabunta editorial de Sant Jordi. Un periodista asturiano, Lino Veiguela, me ha entrevistado por email para la publicación Les noticies. Yo sigo recibiendo notas de lectores desconocidos y conocidos que me felicitan por mi libro balcánico. Espero que alguno venga a la firma de Sant Jordi, jueves 23 de abril, de 13h a 14h en la mesa de La Central, Rambla Catalunya-Mallorca. Mientras, sigue la revolución informática con su estela de imposibilidades y problemas, y esa sensación delirante que producen los ordenadores, como cabezas de la hidra (¿cortadas por Hércules? ¿o es sant Jordi?) que hablan, nos interpelan y mueren. Es como si los contornos, que nos permiten compartimentalizar las cosas en la mente consciente y que el sueño difumina o borra directamente para que el inconsciente nos diga con su lenguaje jeroglífico y simbólico, nos bailaran en la vigilia. El ordenador desordenado. Programas incompatibles. Máquinas que dejan de funcionar. Excesos eléctricos. G se recupera rápidamente. Hace mucho calor, un calor repentino y extraño, que ha llegado bruscamente, como si también significase algo, y los restos de mis síntomas se resisten a desaparecer. Ahora tengo que peregrinar, en busca de un medicamento homeopático difícil de encontrar. Todo sea por mis ojos...

martes, 21 de abril de 2009

Hace un día de perros

Foto: I.N., Baskarsija, Sarajevo, 2003
Y ha empezado mal: un visitante del juzgado traía malas noticias pecuniarias (luego resultaron no ser malas, sino todo lo contrario) para alguien que ya no vive aquí desde hace una década y cuando le he dicho que ya había protestado al juzgado por esa misma razón, me ha dicho que Justicia vive en la Edad Media, los ordenadores no existen y lo que pasa en un juzgado lo ignora el juzgado contiguo y que yo tendría que ir haciendo comunicados a todos los juzgados del país para que sirviera de algo.
G. anda por aquí, enfermo del mismo virus que me atacó antes a mí, dormitando.
He ido a comprar mi nueva cabeza portátil, es decir, un ordenador. Reconozco que mi malhumor estaba ya arraigado a esas horas, quién sabe si actuaban también las hormonas o si se debía a pequeñas desesperaciones y esperas cronificadas, la cuestión es que sólo me faltaban las noticias aún peores de Bill Gates y su aparato abusivo policial, que impide elegir nada y obliga al mundo a pasar por el tubo. Oh ya sé que debería pasarme a Linux (pero soy demasiado ignorante e impaciente para resistir ese estrés) o a Mac (why not? soy perezosa y tampoco quiero pagar más), en fin, la cuestión es que la empleada de turno ha desplegado todos sus recursos y paciencia estoica y por esta vez he sucumbido de nuevo a ese horrible diseño e ideología y soportaré la estúpida fealdad del Vista y su nomenclatura analfabeta, que me recuerda a Bologna y ese feo renombrar las cosas (como a la pobre biblioteca de la UPF, ahora llamada tristemente CRAI). Para rematar, seguramente mi escáner-impresora es incompatible, tendré que donarlo graciosamente y comprar otro. Yo quería poner aquí una hermosa foto de Lewis Carroll... Pero nada funciona, ni el flamante office que he tenido que pagar aparte, ni el escáner, que es incompatible, nada de nada. Tendré que volver a la tienda y eso me desespera, me siento envilecida por la perversidad de ex hacker traidor de BG. Hoy, alguien me ha dicho que había decidido vivir sin ordenador porque le estresaba demasiado: cómo le comprendo aunque no pueda hacer lo mismo...
Y por otra parte teóricamente es una cabeza nueva y llena de memoria y de recursos, cómo me gustaría ampliar también la memoria de mi auténtica cabeza humana. Justamente antes me preguntaba por qué algunas palabras se me escapan y desaparecen en esos entresijos de las grutas de mi memoria y nunca sé si se debe a su contenido simbólico o a un puro código fonético conectado a algo más técnico. Por ejemplo, la palabra espejismo se me rebela, y durante un tiempo no me salía la palabra anatema. ¿Por qué? Tal vez temo vivir en un espejismo y haberme convertido en cierto modo en anatema? Quién sabe. También se me escapan algunos nombres insidiosos, como el de un editor ambicioso y corpulento que, según me confesó hace años en un jardín donde se celebraba un cumpleaños, había sido descargador de muelle y olía el dinero allí donde estuviese. Como decía, el ordenador parece flamante y poderoso y cuando acabe de copiar al fin mis archivos en una memoria externa, quién sabe si podré poner fotos como antes y continuar mi libro urbano... ya parece un sueño... Mi informático de siempre me dice que devuelva el ordenador y me compre otro con un sistema operativo mejor, Linux o Xp. Los de la tienda me dicen que todo se puede arreglar, pero pagando un precio exorbitante. No sé qué será de mí...
Ayer di mi conferencia balcánica a pesar de todos los obstáculos técnicos que tuve que superar y que implicaron un retraso considerable. El público parecía interesado y el intercambio fue interesante. El lugar es precioso, una casa modernista y bien conservada, a la que no le han arrancado la puerta de madera para ponerle una de aluminio, como suele hacerse en esta ciudad, gracias al nulo apoyo ni protección que las autoridades municipales han prestado al patrimonio.
He aceptado una traducción para Arcàdia, no es un texto fácil, y mi intención era traducir sólo lo que en este momento me sirviera para mis conferencias, pero no ha podido ser. La lentitud de la respuesta de los editores ha acabado por impedirlo. Veremos.
Todo son anuncios y propuestas de Sant Jordi. Un desayuno de escritores en un hotel. Una visita al librero de la calle Berlinès trasladado a la Rambla. Mi firma a mediodía (de 13 a 14h en la mesa de La Central en Rambla Catalunya - Mallorca). Y al atardecer, si resistiera y si tuviera hipotéticamente un espíritu social que he perdido en los últimos tiempos, invadida por una corriente casi monacal, asistiría a una fiesta de Sant Jordi organizada por un periódico. Me ha escrito un periodista asturiano para una entrevista por email. Me llega la noticia de los autores que firmarán a la misma hora que yo en la misma mesa y me entra un temblor: ¿vendrá alguien a comprarme un libro y firmar? ¿O sólo lloraré interiormente mientras ellos firman sin parar? Son: Maruja Torres, Rubén Abella, Ian Gibson, Clara Usón, Santiago Roncagliolo, Ricardo Menéndez Salmón, Jordi Julià et moi même.
¿Y qué decir de esta lluvia? No puedo evitar recordar las palabras de Salinger: "As a matter of fact, I’ve been known to take a perfectly normal rainy day as a personal insult" (For Esmé with Love and Squalor) o también las de W. Somerset Maugham en aquel cuento magnífico llamado precisamente Rain, Lluvia: "Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity that was all too human."
Yo he seguido contemplando las fotos maravillosas de Lewis Carroll, que un inspirado amigo librero ha tenido a bien regalarme, en edición preciosa de Phaidon, el mismo que ha escrito una reseña de Sant Jordi de mi libro balcánico aquí. Sin saberlo, ese libro viene a restituir mágicamente la vieja usurpación que A. hizo de mi antiguo libro de fotos de Lewis Carroll, regalándoselo a un amigo suyo fotógrafo, como solía hacer entonces con los objetos ajenos.
Y leyendo, leyendo el magnífico y atinado El espíritu de las obligaciones de Hazlitt (Alba) y a ratos Une rencontre de Kundera, que recomendaba Pierre Assouline, sobre la pasión de la lectura. Y asombrándome aún de ese extraño poder y esos modos del inconsciente, que me llevaron de la escritura de mi conferencia sobre el dolor (D. Collobert) a la realidad del dolor físico más intenso y desesperante, el mismo que arrasó mi cumpleaños. Espero que esa semana horribilis me haya inmunizado para pronunciarla. Antes, el 28-29 estaré en Vigo, para otra conferencia balcánica.