Foto: I.N. (desde mi obsoleto móvil), Esta mañana, saliendo de la clínica, 2011.
Hace años, un artista conceptual me llamaba princesa del guisante, y aún ahora pese al tiempo (j'ai plus de souvenirs que si j'avais mil ans) alguien vuelve a llamarme así. Yo siempre comprendí como algo lógico y cercano el dolor y las moraduras que podía hacer aquel guisante bajo veinte colchones y veinte edredones en la piel y el cuerpo de aquella doncella que Arthur Rakham dibujaba empapada llamando a la puerta frente al viejo rey en pantuflas.
No puedo explicar con argumentos racionales por qué para mí es tan duro estar allí, por qué me producía casi terror pasar una noche junto al cuerpo abandonado de M., por qué esa tristeza densa en la que me parece contemplar sólo la consecuencia de una actitud vital, por qué no puedo evitar sentir que todo en su trayectoria la ha llevado a esta dependencia total, que ahora le resulta tan espinosa.
A las cuatro de la madrugada y a las seis de la mañana, cuando venían las enfermeras a cambiarle el pañal y la postura (para que no se llagase), ella no sólo gemía y protestaba, porque todo le duele, sino que encontraba las palabras para llamarlas brutas y ¡la fuerza para intentar pegarles! El resto del tiempo tiene la mirada perdida, aunque sí parecía escuchar la música y dejarse envolver por ese único pequeño placer, mitigado por el rugido del oxígeno. Ahora parece haber perdido el terror al abandono escatológico, el retorno a una infancia vieja en que el cuerpo ya no puede valerse más.
Debo de haber dormido media hora o tal vez cuarenta minutos. M. se arrancaba la mascarilla de oxígeno con su mano atada a la baranda y a veces volvía a ahogarse. Murmuraba palabras incomprensibles. Sólo verla así, como un dibujo de William Kentridge, bajo la despiadada máscara azul, con gomas que se le clavaban en las mejillas resecas, ver sus manos descarnadas, su cuerpo delgadísimo ya casi sólo latiente, su actitud derrotada, vencida, su mirada perdida, vacua, yo volvía otra vez a las olas de tristeza. La noche ha sido larga pero resistible gracias a que alguien ha venido a salvarme, al abrazo tímbrico, a esa música que sigue envolviéndome estos días, hablándome del deseo y de cosas que me permiten alejarme del olor escatológico de esa muerte en vida.
También me rodeaban los ecos de la novela aún inédita de A.G., novela brutal que habla precisamente de ese horror, de una relación transformada por el alzheimer y la incapacitación y la intimidad escatológica, aunque en su caso hubiera un afecto y una gratitud y una paciencia que yo nunca he sentido de ese modo. Sus reflexiones, el humor, el sentido de lo tragicómico, los titulos de sus capítulos, el ritmo que va ahondando hasta su desembocadura, todo eso estaba ahí flotando en el aire.
Al volver, Rufus, que sabe lo que nosotros no sabemos, me pide unos abrazos intensos (We embrace to be embraced, we bear children to be cared by them, Coetzee dixit, cito de memoria) y yo me refugio en su belleza y su pelaje felino y su nariz de león, y él me pone la pata en la cara o me atrapa el pelo para que no me aleje. Ha sido una extraña noche de reyes, sé que G. lo entiende, aunque me siento en falta.
G. me mandó algún mensaje en medio de la noche. Yo le echaba de menos porque su presencia energética y joven es lo opuesto a lo mortecino, estos días añoro también a mis amigos, siento que necesito ver gente que me cuente otras cosas, que me hable de algo que me recuerde a la vida. No sé qué será de mí si estos turnos continúan, si no puedo volver a mi mundo de antes, si tengo que seguir ante esa vida-sin-vida, ese dolor mudo, ese sinsentido triste y cargado, si tengo que seguir dando mi tiempo, tiempo que no puedo recobrar. Se lo he contado a J. y lo ha entendido; tal vez sólo se necesita una costumbre analítica para comprender.
En vez de dormir, escucho un disco que me grabó un librero-bloguero-escritor con su burning thought y su mirada llena de entusiasmo. Canta primero Sixto Rodríguez, que para mí fue un descubrimiento, y hay una canción que me obliga alegremente a bailar como las zapatillas rojas de Andersen a Moira Shearer, y luego hay una ecléctica y fogosa combinación de buenas canciones que me reconcilian conmigo.
Pregunto a los oráculos, pero no estoy muy segura de las respuestas. Los médicos nos dirán algo mañana, si M. podría volver a la residencia donde vivió esa pequeña franja feliz, aunque sea de una forma mucho más reducida, y una fecha posible. Necesito escribir, leer, dormir, volver también a mí misma. Y al mismo tiempo sé cómo dolerá el vacío si se produce, más allá de la razón.
Al salir estaba amaneciendo y el espectáculo en el jardín era maravilloso. Tiene razón Virginia Woolf: la naturaleza despliega su espectáculo aunque nosotros hayamos cerrado los ojos.. o lo despliega sólo para los enfermos o los que velan por ellos en un hospital. De vez en cuando hay que volver a ver amanecer para saber de la Tierra y del mundo, para no convertirnos del todo en mutantes urbanitas, para recordar que seguimos girando en el sistema solar (he visto a un pobre fumador, lejos de las puertas de la clínica, pero aún en el extremo del jardín; sé que pronto nos prohibirán fumar en nuestras casas, como ya ocurre en algunos lugares. Yo sigo pensando como Derrida, que no se debe intentar regular así la vida cotidiana, que esto sólo conduce a muchas más represiones, pero cada uno es libre de pensar lo que quiera). No llevaba la cámara y he hecho algunas torpes fotos con mi viejo y obsoleto móvil, que aún no he logrado cambiar.


