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lunes, 14 de julio de 2008

Del azar, el agradecimiento, la desesperación...


Foto: Alberto Seoane? Tigridia y yo en Bergondo, en mayo de 1983. Yo, que acababa de cortarme el pelo en uno de mis arrebatos, acariciaba las lanas de la oveja tal vez con nostalgia. Pasamos unos días rodeados de bosque y lluvia, y yo escribí un cuento infantil al que le faltaba el núcleo principal, puesto que sólo era atmósfera, paisaje y cásting, y que Inés ilustraba. El cuento se llamaba Los días verdes de Guillermo, y tal vez sirvió para dar nombre a G. años después.

Siempre me ha asombrado esa extraña concatenación de las cosas que llaman azar, una especie de tenacidad burlona, como cuando mi furiosa vecina albina, pariente de la mascota barcelonesa en todos los sentidos -la única de la casa que no me hablaba y que cerraba violentamente la puerta del ascensor para impedirme el paso-, salía o entraba siempre de la casa en los mismos momentos que yo, sin horario ni regularidad alguna, en una extraña repetición de coincidencias que se repetía todos los días, y cuando se lo conté a B., que también vive en el barrio, empezó a encontrársela también.
Ese mismo azar hizo que yo acudiese a una presentación de la novela La cabeza de mi padre de Kalman Barsy donde quien oficiaba de presentador (alguien que había rechazado un buen cuento mío sin leerlo) aludió a un escritor serbio allí presente y luego, otro escritor, que había sido redactor jefe de Lateral, me animó a escribir a mi futuro amigo serbio sobre mi proyecto balcánico, y de ese modo todo se fraguó en una dirección, y yo empecé mi libro entrevistándole a él, y enseguida llegaron los viajes y los demás contactos. Y hace poco (re)conocí a Kalman Barsy, que esta vez presentaba el libro de Alberto Hernando, y pude contarle esta historia.
Y ese mismo azar hizo que, cuando yo buscaba no sé qué canción para un cuento que nunca hice, mi amiga parisina se empeñara en mandarme unos discos de boleros a través de una conocida suya que se convertiría en amiga mía. Y cuando me iba a Nueva York en 2001, de nuevo mi amiga parisina me dio la dirección de una amiga suya neoyorquina a la que nunca llamé, pero de vuelta en Barcelona, le escribí para explicarle por qué no la había llamado y nos enzarzamos en una conversación que aún sigue, y en cambio, he perdido casi por completo la comunicación con mi amiga parisina.
Todos esos azares me inspiran agradecimiento en distintas direcciones, y esa emoción tan frecuente en mí es una de mis principales fuentes de felicidad. Y por otra parte, me lleva a buscar cómo corresponder a los favores recibidos, ya que tampoco quisiera acabar cortándome el dedo meñique, como los Yakuza, para evitar la carga de una deuda. Siempre vuelvo a aquella página de Oscar Wilde.
En el lado contrario, ha empezado a desesperarme la idea de que el "efecto Sagarra" no llegue más allá de Barcelona y ningún periódico de Madrid se haga eco de La tarde del azufaifo (un título otro que Vila-Matas sugirió y que me gusta: es como si ese libro tuviera cambios horarios o estacionales, y adquiriese color rojizo en otoño, por ejemplo, y mutase mágicamente el título como las Variaciones Gould porque, como también dijo VM una vez, "El azufaifo no se acaba nunca". ¿Y acaso no hay algo mágico en ese árbol? Yo creo que sí. Siempre parece saludarme sonriente cuando vuelvo a casa o me alejo (Quien se aleja de su casa ya ha vuelto), balanceando sus hojas en esas ramas curvadas como brazos enormes y múltiples contra el cielo). Yo esperaba dos cosas: una, que alguien en un suplemento o revista o medio hispánico leyera mi libro con atención (sin confundirlo con el folleto de una asociación de vecinos, sin inventarse que yo era líder de un movimiento vecinal que nunca existió, sino leyendo lo que dice, como hizo Maria José Gil con mi Crucigrama en El caballo verde, o como podría hacerlo Alfonso Armada), que lo entendiera (no parece tan difícil). Y dos: yo soñaba con que ese libro trajese un salvoconducto para mí, un pase, algo que me permitiera no traducir tanto, no machacarme mi brazo rebelde, escribir en una revista donde pagaran, que las instituciones con presupuesto aceptaran las propuestas de conferencias, alguna manera que mágicamente me curase del mal de este año.
Mi impaciencia sólo se justifica por el hecho de que, por mucho que el libro se está vendiendo y circulando en Barcelona y los libreros lo conocen y algunos lectores lo piden, si no sale nada en la prensa castiza o norteña o etc antes de que acabe el verano, cuando llegue la avalancha de novedades editoriales de septiembre, los libreros de esos lugares devolverán mi azufaifo para hacerles sitio.
Cuando mi homeópata me visitó por primera vez, entre esas preguntas desconcertantes que hace para buscar un medicamento, me pidió que me describiera, y yo, borrada de pronto o incapaz de asociar mi abstracta sensación de mismidad a unas características que pudieran estar en su software homeopático, le dije que era impaciente. Lo curioso es que no se me ocurrió nada más.
Anoche, cuando volvíamos de tomar algo en la terraza de un hotel que hasta ahora era muy agradable y que también frecuentaba Gimferrer con Cuca Cominges (el camarero nos dijo que iban a renovarlo porque, según dijo, "a la gente le gusta lo nuevo", esa idea tan barcelonesa que comparten los analfabetos con nuestras flamantes autoridades municipales: por eso unos destruyen los cafés de siempre y las tiendas de siempre para sustituirlas por la nada actual -a diferencia de madrileños, lisboetas, londinenses y parisinos-, y los otros no dudan en sustituir los árboles centenarios por palitroques nuevos que nunca crecerán), nos disponíamos a cruzar la Rambla Catalunya cuando Tigridia preguntó, señalando una forma oscura que corría: "¿Eso es una rata?" Lo era. Así que decidimos dar la vuelta, pero a los pocos pasos apareció otra. Acabamos dando un rodeo hasta el coche de Tigridia, e incluso la andarina L. se dejó acompañar a casa en coche y yo me sorprendí imaginando que paseaba con mi gata y lamentando no llevar pantalones en vez de falda.
G ha aparecido tras un fin de semana por ahí. Su cauta y sobria felicidad me ha contagiado. Yo sabía que algo bueno le ocurriría, pero a veces hasta yo misma me impaciento de que no se cumplan mis predicciones. "No diguis això! -me pidió el propio G. un día cuando le advertí negativamente- Tot el que tu dius acaba passant!". Pero también se cumplió lo bueno. "Tuviste razón", solía decirme mi amigo serbio, con su uso particular de los tiempos verbales. "Como siempre". Y es que, para algunos hombres, yo soy casi como la Pitonisa de Muntaner es para mí. Yo me fijo en ese terreno escabroso que son las coreografías de las relaciones y sé algunas cosas básicas que G y mi amigo serbio ignoran. La Pitonisa de Muntaner sabe mucho mejor que yo cómo funciona el mundo, sus resortes, todo lo que deduce de su concienzuda y despierta lectura de la prensa.

jueves, 21 de febrero de 2008

Vibraciones

Ilustración: Kunstformen der Natur (cedido por Nmp)
Intento concentrarme en mis tareas pendientes (y urgentes), pero hay una agitación en mi aire, una vibración interna que me dispersa y confunde o bien me sumerge en una especie de vaga ensoñación.
Ayer presentamos el libro de Slavenka Drakulić en un aula del IDEC (debería haber sido en el cómodo y amplio auditorio, pero los editores tienen ese horror vacui; a mí me parece que no queda mal ese lugar semivacío, todo el mundo sabe que es enorme, mientras que de esta manera algunos no pudieron entrar o no se quedaron porque se agobiaron o no aguantaban de pie y el calor que hace siempre en ese lugar tampoco ayuda; lo cierto es que no se cabía); creo que estuvo bien, aunque yo me aceleré en la lectura y por suerte, allí estaba la editora para avisarme (tal vez sea la misma vibración interna). Slavenka hizo una síntesis didáctica e inteligente de lo que fue la guerra en la antigua Yugoslavia, pensando en la desinformación de la mayoría estudiantil y en la complejidad del asunto. Luego nos fuimos a cenar y Slavenka tenía enseguida una cita para su entrevista en "La nit al dia", que pude escuchar al llegar a casa. Yo disiento sólo en una pequeña nuance, creo en la banalidad del mal, en que todos tenemos las dos opciones y el potencial para ser monstruos o portarnos éticamente (la prueba está en la vida cotidiana: vemos gente que se porta suciamente a la menor ocasión, gente de cualquier ideología, o gente que se declara muy religiosa, espiritual, pues la ética personal puede no coincidir con la máscara social, -una persona sin más ética más que su propio beneficio, que he sufrido de cerca, se considera budista y "terapeuta" de una de esas supercherías de moda con nombre alemán pervertido, un conjunto de recetas superficiales sin fundamento-, y he comprobado que la religión sirve a muchos como coartada interna para cometer todo tipo de bajezas), pero volviendo a la violencia en las guerras, creo que algo tiene que estar roto por dentro para portarse así. Yo pondría siempre el matiz de Claude Lanzmann que citaba la psicoanalista Elisabeth Roudinesco: "No cualquiera es capaz de ese mal". Es decir, el joven que se apunta a un batallón del ejército yugoslavo por necesidad económica (esas penurias que sirven como justificación sociológica de tantos soldados americanos en Irak, por ejemplo) y de pronto se encuentra en Srebrenica obligado a disparar contra centenares de musulmanes, jóvenes y viejos, que llegan en autobuses con los ojos cerrados y le dice a su superior: "No quiero hacerlo" y su superior le responde: "Entonces, dame tu arma y ponte con ellos en el pelotón" y por su vida bebe y dispara y mata a unos ochenta (No pudo soportar la culpa y la repulsión y lo contó todo a un periodista francés, le detuvieron y juzgaron en La Haya y ha cumplido ya su pena), tampoco era completamente ajeno, es decir, tenía sus razones de violencia interna: Uno que se apunta a un ejército o a la policía (o como el verdugo de Berlanga) sabe (por mucho que intente engañarse o que le digan) que tendrá que enfrentarse a la violencia y tal vez matar. Y si no, pues podría haber intentado huir (el bosque estaba a dos o tres minutos, declaró).
En mi texto de presentación quise aludir a lo de aquí, aunque tal vez debería haber precisado que también el nacionalismo (Slavenka, citando a alguien que no recuerdo, definió el nacionalismo como un virus) balcánico sirve como espejo negativo de lo que podría pasar aquí, y con esto englobaría a ambas partes que se retroalimentan, escabulléndose de los verdaderos problemas y utilizando simplemente visceralidades irracionales o heridas de la historia, como allí. Naturalmente, surgió la cuestión de Kosovo y Slavenka explicó su ambivalencia por la razón moral que tiene ese país, que ha sufrido tanto, de reclamar su independencia, y que no coincide con la razón legal, o la imposibilidad de convencer a tantos otros pequeños países que reclaman la suya. Ahí yo tampoco estoy segura. Pienso, como Natalia Ginzburg, que el lema de aquel juez americano "No estamos aquí para que se haga justicia sino para que se cumpla la ley" no es cierto. Que la ley debe servir precisamente para que se haga justicia, que no hay nada más importante que la justicia y los derechos humanos. Y por eso (y porque Serbia no puede mantener económicamente a Kosovo y todo el mundo lo sabe, y por la historia del apartheid y las matanzas en Kosovo y por la responsabilidad europea occidental en no haber intervenido antes en el conflicto balcánico), había que buscar una vía para poder llegar a su independencia, aunque hubiera sido mejor evitar la declaración unilateral.

En estos días todo se concentra y precipita. Las llamadas telefónicas se producen al mismo tiempo y muchos mensajeros llaman a la puerta a la vez. Tengo cenas todos los días de la semana, visitantes del centro, de las islas, de las antípodas o compromisos locales. ¿Qué ocurre? Algo bulle efervescente alrededor. Yo no entiendo cómo hay gente que vive siempre así. Echo de menos mi calma y silencio y concentración, pese a la felicidad de que mis libros salgan. Necesito silencio y comidas frugales y un poco de aburrimiento... Ha venido el ingeniero técnico agrícola a traerme documentos interesantes para el azufaifo y hemos quedado al pie del azufaifo. Mientras hablábamos, hemos visto las ratas, una enorme embarazada y otra con su embonpoint. De Sanitat nos habían notificado una comunicación del Distrito de que habían tapado los agujeros por donde salían, pero hemos visto el agujero abierto y las ratas entrando y saliendo. También en el Distrito le dicen al Cap de Sanitat que ellos no han recibido ninguna denuncia escrita y claro, por eso no han tomado medidas. Es curioso que cuando les llamé, me dijeran que tomarían medidas, pero no me advirtieran que tenía que hacer una denuncia por escrito. Son las perversiones de ese equipo de Sarrià Sant Gervasi, tan contrario a preservar el azufaifo, y tan ansioso por castigarnos.
Yo sigo con la felicidad de haber acabado mi libro de los Balcanes y de estar en fase de edición del azufaifo. Ayer, el editor me llevó al IDEC sus propuestas de poda y hoy me ha propuesto una leve modificación del título que tendría sentido, y a la que voy dando vueltas mentalmente. Un amigo sabio y pensante al que me alegró mucho ver en la presentación (donde estaba mi núcleo duro de amigos, que acuden a mis bolos siempre que pueden y yo me siento muy agradecida porque, como dice Cacho, hacemos demasiadas cosas), me escribe: "Només dir-te que em va agradar molt la presentació del llibre ahir. I vaig pensar que ara cristal·litzen en tu els anys d’esforç i de treball i que en resulta el creixement en caràcter que diria Mill." Me ha hecho ilusión su mensaje porque yo tengo un poco esas sensación de que las piezas empiezan a encajar y lo sembrado a germinar, en esta primavera anticipada (hay una danza de moscas pequeñas en la terraza y ayer mi aletargada gata corría y saltaba en pos de un moscardón nocturno). Aunque por supuesto, en toda celebración hay un hada mala y un resbalón, para que no olvidemos a Némesis ni a los dioses griegos o hindúes que nos observan e interpelan. Me gustaría copiar aquí los jeroglíficos egipcios que encabezan unas efemérides planetarias de la NASA, cuya traducción inglesa dice "The imperturbable stars are under the throne of His face").
Por cierto, que Nmp me ha mandado un link con las fotos de su exposición -él hace las de tierra y su colega las del cielo- y aunque en este caso, mis favoritas son las suyas, retratos de pájaros, de hojas, de ramas, de texturas vivas, las nubes de su colega me han hecho recordar en ese poema en prosa de Baudelaire que siempre me gustó tanto, de ese personaje desconocido que sólo vive por las nubes.

L'Étranger
Qui aimes-tu le mieux, homme enigmatique, dis? ton père, ta mère, ta soeur ou ton frère?
- Je n'ai ni père, ni mère, ni soeur, ni frère.
- Tes amis?
-Vous vous servez là d'une parole dont le sens m'est resté jusqu'à ce jour inconnu.
- Ta patrie?
- J'ignore sous quelle latitude elle est située.
- La beauté?
- Je l'aimerais volontiers, déesse et immortelle.
- L'or?
- Je le hais comme vous haïssez Dieu.
- Eh! qu'aimes-tu donc, extraordinaire étranger?
- J'aime les nuages... les nuages qui passent... là-bas... là-bas... les merveilleux nuages!

jueves, 14 de febrero de 2008

Sono stanca


Foto: ? el castaño de Anna Frank

Días agitados, de preparación, de escritura, de obstáculos y absurdo, y en medio de ese ritmo acelerado y agotador, un altercado telefónico con alguien desequilibrado (una de las brujas de Macbeth) se mezcló en mis sueños de anoche a las ratas y a los señores del alcantarillado y a uno de los más oscuros escenarios del maltrato de mi infancia. Al despertar, como en las pesadillas de Nmp, tenía que ir al notario, y aunque el resultado era positivo, me ha sumido en una extraña melancolía, indistinguible del agotamiento y de un conocido burbujeo sanguíneo en la cabeza. Intentaba averiguar las fuentes de mi súbito desaliento: ¿era sólo la aproximación a la violencia de ese personaje familiar antiético? ¿Era una melancolía bancaria y financiera? No congenio con los notarios, ni los Bancos, ni los tipos de interés, que me resultan siempre sospechosos e ininteligibles. Por la tarde me he sentado en un despacho, he mirado a mi alrededor y he pensado: si yo trabajase aquí, me daría una depresión profunda. No eran simplemente la luz, o los cuadros de las paredes, los muebles, sino sobre todo, cientos de carpetas llenas justamente de números, pero no de números pitagóricos, especulativos, brillantes cifras de poética matemática, sino de intereses, ahorros, euríbors, ingresos y abonos y cuentas y libretas. ¿O tal vez se trataba del adiós a la casa de mi infancia, ahora vendida? No por la pérdida en sí, sino por la memoria triste que encerraba. Como si, mientras la casa existía, pudiera corregirse el pasado o descubrirse en él un secreto que le diera la vuelta al horror. Y de pronto esa puerta se cierra y yo compruebo una vez más, en ese altercado, que todos los fantasmas de mi niñez eran ciertos y que en ese lugar no existía la ética, sino sólo la locura, el maltrato, la hostilidad. Que la debilidad y la cobardía dominó definitivamente a los que habrían podido evitarlo y que todo eso acabó llevándoles a una especie de pequeño, silencioso purgatorio cotidiano. Y así se agitaban las ratas de mi sueño, como en el terreno del azufaifo, y de pronto recordé que había un sobrenombre capaz de explicar el jeroglífico...
Y al mismo tiempo, corrijo el final de mi libro balcánico, empiezo a pensar en cómo presentaré el libro de Slavenka Drakulic (el miércoles 20 a las 19:30 en el IDEC Balmes-Rosselló), leo sólo picoteando, apenas, anárquicamente (algo de Barthes, de Baldiz, de Casassas, de Zweig), planeo más conferencias junto con Lydia Oliva... He entrado en la clase de yoga hecha un trapo y he salido resucitada, entre las respiraciones y un dinamismo sostenido hasta el final... Luego ha llegado G., también animado por su clase de foto. Y es hora del retiro...

martes, 12 de febrero de 2008

Yo venía andando

Ilustración: Ingres, Edipo y la esfinge
Por la Diagonal, después de un cogote de merluza (¿imito a Cacho?) en una marisquería gallega (donde incluso dejaban fumar) con mi amigo JC, y de disfrutar de su conversación, sus pensamientos y su ironía, porque su manera de leer y ver el mundo siempre me parece muy particular, dejando aparte su humor. En la calle hacía un frío vigorizante y muy agradable, que unido a mis pensamientos y al movimiento de las piernas me parecía walseriano, y notaba la compañía amistosa de los árboles de invierno, hermosas marañas de ramas secas como cabelleras seniles alocadas, y pensaba que es una suerte que haya árboles caducos, capaces de sufrir tales transformaciones y de llenarse de hojas verdes en primavera.
Hace días le pregunté a JC por qué no escribía, porque tiene una fruición con las palabras polisémicas o las palabras cualesquiera, y una manera de contar que evoca inmediatamente la escritura. Él dice que es perezoso, que no siente esa necesidad, y añade de pronto que su vida, incluso su vida interior, es vulgar. Pero ese es su punto de vista, que naturalmente no comparto. Me contó que un amigo suyo y él se iban pasando en un cuaderno frases que les llamaran la atención o que escribiesen ellos, los dos ávidos lectores, pero hasta eso acabó cansándole, mientras el otro le pasaba frases múltiples reclamando respuesta, él se inhibía. También dice que no tiene mucho que decir, lo cual obviamente es falso, pero el argumento de la necesidad -o del no-deseo- sí me parece definitivo. Yo diría que sobre todo, en el fondo, es intensamente bartlebiano. Lo cual nos obliga a los que le escuchamos, a los que sí nos vemos impelidos por ese viento de escritura -esa maraña seca de los árboles de invierno, viejos pero vivos como yo me siento a veces, aunque la vitalidad siga ahí, con un nervio cambiante-, a registrar algunas de esas historias suyas, a buscarles sitio, aunque sea también perezosamente. Yo le he llevado el Montaigne de Zweig y él me ha traído un sugerente libro de John Donne, traducido pero bien editado del que ya me habló, Paradojas y devociones, aunque JC me advierte que las devociones son mucho mejores que las paradojas.
Al llegar a mi calle me he encontrado con el tema existencialista de Las Ratas. Ninca y yo y la vecina dueña de una tienda frente al azufaifo hemos movilizado al Séptimo de Caballería... para nada. O eso parece. Han venido los Caballeros del Alcantarillado, con sus trajes naranjas, me ha dicho la tendera, y por lo visto, no venían a resolver el problema: no pensaban entrar en la parcela sembrada de ratas, sino que su misión consistía en comprobar que "esas ratas" no eran "suyas", es decir, que no procedían de las cloacas, sino que probablemente, y parecían acusarla, como si ella pudiera fabricarlas con sus abrigos, las generábamos los vecinos. Muy pomposos, los Senyors del Clavegueram se han retirado, sin entrar en la parcela a cerrar la alcantarilla y dejando allí a las ratas. Un momento después he visto una que, al vernos, ha echado a correr y ha trepado rauda por la hiedra y se ha colado en la casa del jardín rodorediano que habita un señor de la calle Berlinès, al que habrá que avisar.
He entrado en casa tras ese encontronazo con la estupidez humana y pese a todo me he puesto a escribir este post, pero he tenido que interrumpirme con otro aterrizaje brusco. Las interrupciones han sido constantes y prolongadas, y en un momento dado, mientras hablaba por teléfono sobre las ratas y el azufaifo y el falso pimentero que quieren talar con viles excusas en el pasaje Méndez Vigo, me he dado cuenta de que una prenda favorita y muy necesaria se me había desgarrado. Al fin, maldiciendo mi tarde y mi falta de tiempo, agravada por la larga interrupción de esta tarde, he salido huyendo a mi clase de yoga, que hoy era especialmente dinámica y he vuelto flotando entre llamaradas azules, a tiempo para hacerle a G. unas supremas de merluza y para comprobar que la gata sigue guiñando los ojos de placer cada vez que la miro y le hablo.
Anoche vino a cenar una amiga inteligente y excéntrica, a la que conozco desde el ochenta y uno, cuando yo vivía en la calle Herzegovina y ella en el Putxet. "¡Qué buena atmósfera, qué cálido y agradable!", dijo al entrar en mi caótica casa. Le había hecho una coca mallorquina de verduras y comentó: "En ninguna parte se puede comer una tan buena". Intercambiamos historias y escuchas y pensamientos en voz alta para iluminarnos en nuestras interrogaciones y me fui a dormir animada por su espíritu. A G. también le gustó verla y luego me dijo: "Yo la creería en lo que me dijera". Luego me puse a leer unas paginillas del libro de Manuel Baldiz, que hablaba del lugar del que escucha y que sigue admirándome por su capacidad de ser preciso y matizado y de afinar así con un formato de supuesta divulgación, con meandros interesantes para pensar. Diría V que tiene una poética lacaniana.
En mi blog de artículos, mi reseña sobre la biografía de Melville, que aparece hoy en el Cultura/s (La Vanguardia)

sábado, 2 de febrero de 2008

Aterrizar de bruces en la calle... y el flautista de Hamelín

Ilustración: Balthus
He pasado junto al azufaifo, pensando por enésima vez en la gente que tira basura y he ido a nuestro muro a ver hasta qué punto estaba al día la información. El dueño de la colchonería que hay enfrente se ha acercado con su niño encaramado y me ha dicho que en el terreno del azufaifo hay ratas, ratas gordas, y que han avisado a Civisme para que pongan remedio (o habrá que llamar al flautista de Hamelín). Me ha dicho que ahora llamar a la Guàrdia Urbana no sirve, según él contesta una operadora telefónica subcontratada que no les avisa de los mensajes. También dice que al derribar la casa dejaron las alcantarillas abiertas y los simpáticos roedores campan por sus respetos, seguramente alimentándose de la basura que les tiran los amigos constructores y vándalos afines.
Luego, he leído en el muro un artículo de "Monumenta" donde contaban la historia del azufaifo de una forma muy distinta a la que yo recuerdo. ¿Tendrá razón la revista filosófica Las Nubes, y no habrá que hacer caso a los periodistas? ¿O será sólo a algunos?
Como la letra impresa impresiona, empiezo a preguntarme si lo habré soñado todo. Por lo visto algunos escritores y personalidades del mundo de la cultura, que tal vez pasaban por aquí se adhirieron espontáneamente. Nadie les escribió ni les llamó. Tampoco existió ningún blog. La prensa naturalmente y la tv vinieron solas, sin que nadie les escribiera, llamara ni insistiera. Luego se organizó sola una fiesta de poetas y músicos, donde las intervenciones que destacaron fueron las de Ninca, el abogado y yo!!! convertidos tal vez en poetas y músicos o sustituyendo a los auténticos. ¡Qué suerte que Ninca y yo no tuvimos que hacer nada y se hizo todo mágicamente! Qué suerte que no tuve que dejar de trabajar tantas horas, días, meses, ni escribir a escritores o periodistas, organizar la fiesta de poetas y músicos, sin experiencia y con el distrito en contra. Tal vez no es importante que hayan catalogado el árbol, ni los informes expertos que se presentaron. Tal vez lo único importante sea ¿qué?
No importa, todo es ficción y cada uno se cuenta la historia que quiere. También una vez oí a la regidora del distrito contar un cuento de hadas del azufaifo en el que había sido el propio ayuntamiento quien había descubierto el árbol y había decidido protegerlo. Por suerte, estábamos allí Ninca Lacruz y yo para corregir su versión de Heidi. En fin, se supone que lo que cuenta es el resultado, y el tiempo que creía haber invertido en eso debí de pasarlo soñando. Pero a partir de este momento, lo que contaron en El País, La Vanguardia, El Periódico, Avui y Els Matins de Josep Cuní, entre otros, se ha convertido también en ficción, ya que coincide con mi sueño.
Ayer, por cierto, hablé con el luthier Pau Orriols, muy amigo de nuestro azufaifo y cuya peonza de esa madera dura y suave llevo siempre conmigo. Me dijo que quería hacerle otra pieza a Ninca, también de fusta de ginjoler. Me contó que en cuanto pudiera iría a Mallorca a ver el vetusto azufaifo que crece en el jardín de Moneo. Y también me dijo que a nuestro árbol, él no le echaría 200 sino 400 años, porque él ha visto muchos troncos y los anillos están apretadísimos, un Ziziphus adulto apenas crece, etc. Se alegró mucho de que se publicara el libro, y más con un prólogo tan lustroso, porque él ha estado desde el principio en esta historia, aunque los de "Monumenta" no podrían ni imaginarlo. O bien también soñó lo mismo que yo.
Mientras, yo volvía de una pesca tardía y a deshora de unos preciosos y poéticos librillos, de los que hablaré más adelante, porque algunos son para un cumpleaños. Hablaré de uno de Enric Casassas, El poble del costat, que aparece en una colección de Narrativa, y en realidad son escritos publicados en distintos medios, de género impreciso o múltiple, recorridos por ese fuego doloroso y alegre, irónico y cerebral que le caracteriza, un nervio poético-musical iconoclasta y vitalista, qué sé yo, un verbo agitado que corre como caballo desbocado y que se oye, al menos yo le oigo leyéndole, como si le hubiera escuchado decir todo el libro y lo recordase, como en la caverna platónica, como en la festa del ginjoler, donde según Monumenta no actuó o no fue destacable.
De haber leído antes el poema con que empieza, le habría incluido en aquella conferencia mía de las Coreografías del deseo en torno a los sorprendentes ensayos de la degradación amorosa de Freud, junto con Gimferrer, Dorothy Parker, Luisa Castro, Carver, Cervantes, Proust, Charlotte Perkins, Edith Wharton, Marguerite Duras y Roland Barthes... Copio un fragmento, no resisto:
"Però jo estimo el meu dolor
i així traeixo i faig trair
i així tinc por i així faig por
i em poso així gelós de mi,
que no hi hagi res fàcil,
i així l'orgull cau del cavall
i així vaig perdut i robat
per un fantasma quasi
i així l'amor el duc forçat
perquè l'amor no em deixi en paus.

Doncs dic que així se'm mor l'amor
i així la dona faig patir
per adorar-la per favor
fins a ofegar-la de desig
per un pinyol de dàtil,
per un donar-se que es fa fals,
per un dependre fantasmal
fins que es torna automàtic,
llavors em deixa amb els meus mals,
llavors em diu: si et toco, caus."

Yo estoy tentada de copiar aquí por lo menos la mitad del libro. Por ejemplo, la Nota que sigue a ese poema introductorio, y que también puedo oír:
"Que em treguin de casa. Que pugin a l'escenari i em treguin de casa. Que m'aixafin amb una cirera gegantina i em deixin empastifat i regalimant de polpa madura, quasi càlida i quasi negra. Que just quan estigui a punt d'esclafar-me, el pinyol se m'obri i em mostri una cambra, més lluminosa que el teatre i més serpentejant que el foc, perquè hi entri amb tu i ho pugui entendre tot, des de la forma de navegar de la mort fins al nom de la carxofa: el cor dels camins, la rambla dels desconeguts, on tot em recorda alguna cosa. Que em treguin de casa, que m'inflamin, que em portin a l'altra casa.
Si no fos pel món teu de la fantasia no sabríem res de la realitat, no seríem ni un tros de suro, no hauríem sabut mai ni que algú va matar una mosca ni d'on venen els nens."
En la página 18 hay un escrito llamado Poema que también copiaría aquí, si no tuviera otras cosas imperiosas que hacer y si no fuera porque los de Empúries acabarían demandándome por copia ilegal. Y concluyo: si los funcionarios de Civisme no reaccionan, considerando que empieza el año chino de la rata, creo que habrá que llamar a Casassas y pedirle que venga a recitar al pie del azufaifo, para que se las lleve, roedoras hipnotizadas, hacia acullá, porque él es el mejor flautista de Hamelín que corre por estos lares. Y si no, pues que le acompañe Feliu Gasull.