Foto: Marilyn bailando con Truman Capote
Anteanoche fuimos a celebrar el año nuevo chino (de la rata) y un cumpleaños casi chino a un restaurante ídem donde éramos los únicos payos, o gaiyines, o no sé cómo llaman en China a los locos diablos extranjeros. Todo era bullicioso y la delgada maître, que era del Sur, nos repartía sus "No te preocupes" en un tono alegremente arrogante. Me hizo ilusión que en medio de aquella especie de fondue de año nuevo hubiera azufaifas, que junto con un delicioso tofu (¿por qué yo nunca consigo un tofu así?) y unas setas magníficas, casi negras y verdes, fueron mis manjares preferidos. La homenajeada cumplía 35 años, una criaturita, y estaba radiante. Nos dijo que no quería regalos, así que le llevamos unos cuantos. Por mi parte le llevé unas ediciones minúsculas de los Diálogos de Lorca (donde está esa maravillosa conversación con el Amargo), sus Sonetos, un librito de poemas de Gatos de Darío Jaramillo Agudelo, un Stefan Zweig cuyo texto de contraportada hablaba del dilema de una mujer mayor que V, un poco al estilo de su nouvelle de las Veinticuatro horas... y el rabioso y apasionado Fonollosa con su Ciudad del hombre Barcelona, el único que no tenía edición bonita, pero como dice la propaganda de los cosméticos de píldoras, la belleza está en el interior... (yo le perdono a Fonollosa su misoginia, porque se le pasa cuando se enamora, y es siempre un sentimiento abierto, desvelado y no solapado y a traición como en tantos otros...)
Los amigos de V son alegres y lo pasamos muy bien. Yo me senté entre D, que observaba y veía todo lo que ocurría alrededor, tanto en el casting de las otras mesas y sus indumentaria y gestos como en el caldero que miraba con sospecha, y Lola, que venía cansada, pero tan energética y efervescente como siempre.
Al volver, tarde, no pude evitar acabarme la biografía de Montaigne escrita por Stefan Zweig, y me gustó mucho, aunque comprendo que esa extraña trayectoria vital de Sieur M. (y su torre biblioteca y su algo exasperado aislamiento afectivo) no fuera suficiente para salvar a Zweig de la renuncia a la vida. Hay algo muy melancólico y oscuro en esa vida, un lado fallido que no está en sus Essais, aunque la lectura de ese libro, impregnado de la tristeza de Zweig pero también de su pasión, es deliciosa.
Luego he tenido la sensación de aceleración de la Tierra sobre su eje de la que hablan los esotéricos, ayer fue un día de locura, entre extrañas negociaciones disruptivas, contactos familiares (contrarios a mi naturaleza), una comida y cena muy agradables con seres afines, la rebelión del servidor de Internet, devolviéndome los mensajes a paladas, la paranoia del antivirus, el desayuno con un generoso amigo del pasado a quien tal vez he decepcionado con mi presencia ausente, y una marea de agotamiento considerable, que procuraré compensar no saliendo esta noche.
Han empezado a llegar los pájaros. Tendré que pedirle a Nomésploraria que me deje poner aquí a uno encontró junto a la cocina de su casa campestre y retrató por la ventana, ¡es el pájaro loco! Es decir, un pájaro carpintero, the woodpecker. Yo tengo sólo a los mirlos, que han empezado a cantar tímidamente, cuando cesa el estruendo de las grúas y baja un poco la estela de polvo en la que se ha convertido mi barrio. Los pobres amigos negros se refugian en los tres únicos árboles que nos quedan, y que tienen que compartir con las chillonas cacatúas y las contaminadas, mutantes palomas (las mismas que divertían a Maeve Brennan, unos grados más mutantes).
El Año Nuevo Chino me recuerda siempre a Oriol, que me mandaba las rojas ilustraciones y me recomendaba que las imprimiera y las pegara junto a la ventana. Es el primer año chino que empieza sin él. Oriol estaba fascinado por China ya cuando vivía en Japón e intentaba hacer negocios allí. A veces, su muerte me parece tan irreal como si alguien me hubiera engañado, como hace muchos años, cuando sospechaba que mi gato muerto era en realidad el mismo de la portería de la plaza Adriano, tanto se parecía a mi pobre Jasper. Me gusta mucho esa foto de Capote y Marilyn, sin saber por qué me he acordado de ella; ahora ya lo sé, pero no puedo contarlo.
