Foto: Ansel Adams (1902-1984), Orchard, Portola Valley, California, c. 1940.
Tengo amigos que viven en territorios mentales muy distintos. Siempre me acordaré cómo me gustaba, en mis matemáticas adolescentes, el concepto, por muy básico y simple que fuera, de las intersecciones. Yo veía que mi vida estaba hecha de esas intersecciones. Yo misma era una intersección de mis distintos amigos. Compartía unas ideas con éste, otras con aquélla, mientras que me oponía o no conectaba con partes de todos. Eso no ha cambiado con el tiempo, mientras cambiaba casi todo lo demás. Todos nuestros amigos tienen zonas oscuras o zonas que no podríamos sospechar ni mucho menos comprender ni compartir cuando las descubrimos. Ése es el sentido de aquella escena de Proust donde un personaje se escandaliza de que tal amigo se haya enamorado de tal persona y un tercero concluye: "Eso es como extrañarse de que un bichito tan pequeño pueda causar la malaria" (estoy citando sin memoria, groseramente, como en las recetas de cocina, hachez grossierement...). De pronto un amigo se empareja con alguien que los demás no pueden entender y sobre todo, a algunos les cuesta aceptar que su amigo es también eso, aunque hasta ahora lo haya ocultado o aunque con nosotros ese aspecto no salga, no pueda salir a relucir... Pero existe. Y otros sí que afloran y nos irritan, pero los perdonamos o aceptamos, o bien peleamos siempre, pero seguimos dándoles cancha porque conectamos con ellos en otras cosas, a veces más importantes. Hasta que un día ese aspecto en el que disentimos se vuelve tan decisivo que tenemos que dejar de verles, por un tiempo o para siempre. Tengo amigos nacionalistas catalanes y nacionalistas españoles y amigos que no están interesados o están hartos de que todo se reduzca a ese tema, amigos cientifistas dogmáticos (en realidad creyentes sin saberlo) y amigos que admiran la ciencia como algo abierto y sujeto a cambios, amigos fervientemente esotéricos y otros que detestan esos temas a muerte, amigos filósofos, ateos y casi místicos, amigos psicoanalistas o admiradores agradecidos de ese lenguaje y otros a los que la sola palabra les produce violentos sarpullidos, amigos activistas y amigos que sólo quieren olvidar y enterrarse en libros, música y viajes. (Por cierto que mi amiga más esotérica me habla de un arpista que con su música "te saca de Matrix". Y escuchándola pienso en la frase del póster de Mulder, I want to believe!) La lista podría seguir ininterrumpidamente... La clave es la intersección, lo que comparto con cada uno... Y una conexión casi magnética, empática, una afinidad personal, que se prolonga en el tiempo. Y es que necesitamos coincidir y sentirnos afines, pero también sentimos la básica atracción de los opuestos y esperamos que con su visión distinta nos interpelen, nos hagan interrogarnos...
Aunque hay límites, naturalmente y tendré que decirlos aunque sean muy obvios. No tengo amigos fascistas, ni completamente misóginos (hasta el punto de no poder ver), ni sádicos o traidores, ni completamente mentirosos (porque me aburren), ni corruptos y defensores de todo lo que yo intento -humildemente y sobre todo simbólicamente- corregir. No tengo amigos que no lean (pero sí alguno que habla como si yo no escribiera o guarda silencio cuando yo hablo de mi escritura y yo ni siquiera sé si nunca me ha leído). Ni tampoco puedo conservar a los falsos amigos, esos que se sienten atraídos por nosotros y se acercan y nos atraen con sus encantos, pero no pueden dejar de traicionarnos o agredirnos en momentos clave, porque sus propios demonios internos les arrastran a ello; han ido apareciendo cíclicamente en mi vida, como una representación o un eco de mi familia, sólo que cada vez tardan menos en quitarse la máscara y en ese sentido hacen cada vez menos daño.
Había escrito estas líneas cuando he leído casi conteniendo el aliento la entrevista a Kenzaburo Oé en el Babelia. Hacía tiempo que ese suplemento no se abría con algo tan emocionante para mí. He sentido casi dolor de no estar leyéndole, de no saber japonés para convencer a un editor de que tradujera inmediatamente las Notas de Okinawa (1970) o las dos segundas partes de esta trilogía suya. En la entrevista habla de T.S. Eliot, habla sobre todo del Quijote y lo que revela sobre su posible otra novela quijotesca y asociada a su hijo es maravilloso (ojalá la escriba), y su personaje ético y la relación con su álter-ego Kogito (cogito) y su uso de la escritura del watashi (del yo; la llamada autoficción) de forma en que lo real y lo ficcional son inextricables... Yo reconozco que dos o tres de los libros que leí suyos me cambiaron la percepción y dejaron en mí un eco y una sensación que sigue latiendo (hice que G. leyera La presa cuando era más pequeño y sé que le gustó mucho). Una cuestión personal, no tanto Un grito silencioso, y también Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura. Creo que voy a buscar enseguida esas Notas, aunque me había prometido no comprar libros hasta avanzar más en este atasco que tengo y salir de este momento de incertidumbre y vacas flacas (Más tarde descubro que no están traducidas ni al inglés ni al francés. Falta buscar el italiano, pero...). Oé habla generosamente de Murakami y dice riéndose que los libros de M. se venden más de cien veces que los suyos; pero yo me siento más afín a Oé, aunque me ha convencido de que debería leer justamente ese libro de Murakami que no se ha traducido aquí (y no es casual), Underground. Oé habla de ese entierro de la historia que también se produce aquí, dice "Los gobiernos de Japón están invitando a la gente a que olvide. Lo malo es que la izquierda, que puede luchar contra ello, ahora es demasiado débil en este país." Y yo pienso: nosotros ni siquiera tenemos izquierda. Nuestra mal llamada izquierda ha sido la propiciadora de ese olvido. Esa mal llamada izquierda que tala kilómetros de bosques y arruina el paisaje y destruye el verde de las ciudades para sembrarlo todo de cemento. La misma que apoya a los Bancos y las grandes fortunas. La misma que permitió que no se rompiera con el pasado de la dictadura y que siga actuando legalmente una fundación con el nombre del dictador (¿se imaginan una Fundación Hitler en Alemania, que siguiera existiendo legalmente y haciendo declaraciones en los periódicos y con la propiedad de archivos cerrados a los historiadores?) y que muchos de los que colaboraron en atrocidades, y tienen aún fotos con el brazo levantado y en compañía de nazis, estén disfrutando de sus puestos, pensiones y honores. Oé no tiene reparos en decir que su padre era un fascista (a la japonesa, se suicidó en un bosque al no soportar la derrota).
Me gusta cómo habla de esa amistad que se basa en una empatía intelectual y afectiva, de esas extrañas parejas (beckettianas; por cierto que gracias a Francis busqué unos poemas suyos hace poco, que estarán al llegar; pues mi relación con Beckett es complicada), de interlocutores que se inspiran y que siguen su conversación, diría yo de mis amigos, a través del tiempo. Aun que las disensiones justamente, de las que yo hablaba más arriba, antes de leer esta entrevista, propiciaran un distanciamiento largo. Hasta que uno de los dos desaparece bruscamente y ese dolor impulsa su escritura, para hacerle renacer. Buscaré las películas de Juzo Itami. Todas las entrevistas con Oé me trasladan a otro mundo aunque hablen de éste, me alivian por la afinidad, por el humanismo tremendo, por la humildad, esa humildad que ayer fue una vez más mi conclusión, cuando supe de un nuevo fracaso mío, un fracaso que parece absoluto y que tal vez debiera liberarme en cierto modo, si no supiera que puede no ser verdad y que podría llevar en él la semilla de uno de esos falsos amigos, de alguien que tal vez ha preferido mentir y traicionar, aunque sea por poco, y esa incertidumbre me sume en cierta melancolía (en medio de mis batallas para que ese escenario se transforme, para cambiar la opacidad actual y la vulnerabilidad de los escritores por la transparencia necesaria, para que podamos saber), y repito como un mantra eliottiano The only wisdom we can hope to adquire is the wisdom of humility. Humility is endless. Al menos, para mí, hormiga de Figueres (sólo puede esperar ese contacto de antenas benéfico y afín de otra hormiga, el que me mandaba hace unos días el sabio Dr. Frikosal).
