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miércoles, 15 de agosto de 2007

Eivissa

Volví de madrugada, tarde, en esa pesadilla de los aeropuertos en agosto, compañías de falso-bajo coste que tratan a los pasajeros como ganado y se sorprenden de las reclamaciones. Soñé que escribía mucho en el blog, soñé las fotos, los comentarios, y me desperté en un barrio desierto, sin ni un solo coche ni vecino, sólo pájaros, pero faltaba un componente muy claro para darme cuenta de que ya no estaba en Ibiza: los grillos.
La banda sonora que me ha acompañado estos días, esa sensación tan inmediata del verano, que todos los días se apaga a un hora precisa, repentinamente, como si hubieran ensayado el fin del concierto. Y envuelta en la tierra roja, campos de algarrobos e higueras, bosques de pinos retorcidos que llegan a las playas, olivos de troncos expandidos, duplicados en anchura, majestuosas sabinas, y según el taxista que me llevó al aeropuerto, algunos azufaifos (uno pequeño en su jardín). Pensé en el comentario de un músico sobre nuestro azufaifo, que coincidía con una vieja impresión mía, y es que la belleza de aquellos campos rojos y de sus árboles tiene siempre esa mezla: humilde y majestuoso.
El viejo payés que me había alquilado la casa hace dos o tres veranos me reconoció en el camino y enseguida me regaló un montón de higos. A sus ochenta y dos sigue en plena forma, levantándose a las cinco para cuidar sus campos ("a mi m'agrada treballar"), con su cultura preecológica, y su lenguaje maravilloso (su hijo cuarentón es ignorante y fofo, no habla como él, ni está en forma, ni trabaja en el campo sino alquilando las casas a los precios desorbitados de allí, un reflejo de la transformación del país, ignorancia adinerada en lugar de oficios bien hechos e ilustración; ese abuelo campesino, de ojos azules, recuerda los tiempos de la República, su hijo nunca debe de haberlo escuchado), un eivissenc lleno de palabras insospechadas, que en aquel verano venía a traernos fruta y mi hijo y yo le preguntábamos para escuchar su lenguaje, lleno de su pasión por la naturaleza. Los higos eran deliciosos, aún calientes del sol.

También iba a comprar verduras y frutas a una mujer de mirada estrábica que tiene una cabaña de chamizo frente a sus huertos, en un camino asfaltado entre pueblos, y todo lo que vende es incomparablemente mejor que lo que se encuentra en Barcelona ("perquè sa terra és bona", dice ella). Una vez le pedí acelgas para hacer una coca de verduras a los de la casa: "Bledes?" me dijo, "no les porto perquè ningú no les vol..." Al día siguiente me trajo tantas acelgas que yo no sabía dónde ponerlas, tuve que llenar la cocina de hojas verdes y tronchos blancos. Y en la tienda de chamizo, de pronto todo el mundo quería comprarlas, y ella se reía, mirando a ese punto misterioso de los estrábicos. "Ara tots volen bledes..." Pero este verano no tenía... "Enguany sa coca la pot fer de pebreres", me sugirió. Y seguí su consejo.

No hacía tiempo. El primer día me fui en bicicleta a un embarcadero lejanísimo, que yo recordaba más cerca, pero cuando salía del agua en mi primer baño, el cielo se oscureció y empezó a gotear. Emprendí el camino de vuelta, y a mitad de la cuesta, la lluvia era ya tormenta y el vestido se me pegaba al cuerpo como un bañador mojado. Me detuve en un margen, al pie de otra higuera, y comí los primeros higos. El agua caía a raudales pero yo miraba a mi alrededor, tanta belleza y la tierra roja y el campo tan oloroso (como en JRJ: "Era mayo y el campo estaba lleno de vida y de pasión...") y sólo podía sonreír interiormente.

He trabajado sin conexión, he andado kilómetros, he recobrado mi antigua afición ciclista, pero la casa estaba llena de gente que impedía mi vida soñada de anacoreta. Y aún así, qué paseos y qué sensación maravillosa de lectura y vacaciones. En otro embarcadero solitario, leí un librito maravilloso de Natalia Ginzburg, el ensayo Serena Cruz o la vera giustizia que me emocionó por afinidad ideológica, por su forma clara y apasionada y por su discurso filosófico que comparto, por su percepción en los años ochenta y su denuncia de lo que predominaría en nuestros tiempos, mucho más que entonces, la ley (el cumplimiento absurdo, irracional, extremista de ciertas leyes) sobre la justicia. Y como ella dice al final del libro, frente al dura lex, sed lex, "ma piú importante della giustizia non esiste niente." Sobreviví a la brutal y al mismo tiempo luminosa colección de relatos de Adam Haslett, You Are Not a Stranger Here, donde la locura, la depresión y los inútiles tratamientos químicos de esos rincones de dolor (frase que robo a mi madre) están en casi todos los personajes, no escapan a ningún cuento, y a veces los arrastran a los peores hoyos, otras producen extraños encuentros y otras sólo una insoportable y melancólica renuncia vital. Dice Jonathan Franzen que nos sentimos más fuertes tras la lectura de esos relatos de Haslett; no sé si me siento más fuerte, pero sí que he sobrevivido.
Y entre la hamaca y un extremo solitario de playa, sobre montañas de algas secas, leí un libro de Mario Rigoni Stern, El sargento en la nieve, bien publicado por Pre-Textos, porque así lo encontré (aunque procuraré buscar más libros de Rigoni en italiano), y me sorprendió. Rigoni se había apuntado a una escuela militar de alpinismo sin sospechar que vendría una guerra y se encontró en el frente ruso y más tarde en un campo de concentración alemán. No hay en este libro ideología partidista. Sólo son chicos de pueblos italianos que luchan contra la osadía y el coraje de los rusos, y la naturaleza, la locura y el delirio de la guerra, y la amistad y la memoria y el dolor están en cada gesto, en las municiones, la nieve, en los sueños de todos y también en su retirada, y en tantas muertes. La escritura es precisa y llena de fulguraciones, de pensamientos acerados, de puro descubrimiento de lo humano, incluso de nostalgia por aquel paisaje ruso y su naturaleza despiadada. Además, me llevé los Cuartetos de Wang Wei, de quien ya he hablado aquí, y una relectura pendiente de Bruno Schulz, Las tiendas de color canela, con esa rara exuberancia del autor, entre la fascinación y la crítica dolorida del padre y la función de la imaginación y los sueños en el mundo de la niñez.

lunes, 30 de julio de 2007

Island île illa isla Insel ostrvo isola

Foto: yo en Ibiza, en julio de 2006

Me iba a quedar por aquí. Había decidido no volver a coger aviones en agosto. Pensaba aceptar sólo dos invitaciones de tres días, una a la Cerdanya francesa, con dos amigos que son buenos conversadores, otra al luminoso pero abarrotado Cadaqués de siempre, a una casa que me encanta, ocupantes incluidos. Y de pronto, anteanoche me llamaron para ofrecerme otra casa favorita, en el campo de Eivissa, donde no se oye ni se nota el espíritu de las discotecas perversas (Manumission!), y tal vez influida por los anacoretas del libro de E.F., decidí irme sola, casi de incógnito, desplazándome sólo en bicicleta por esos campos de tierra roja ferruginosa, con las sandías secándose al sol y la cabaña de chamizo de las verduras sin pesticidas y unos pájaros negros que silban a s'hora baixa y los grillos, que se encienden al unísono también a una hora precisa. Me hacía ilusión probar la soledad del campo, en esa incertidumbre del lugar. La última vez que estuve allí nos cayó un rayo en el jardín, justo cuando yo me estaba riendo del miedo a las tormentas de mi anfitriona. Nos quedamos sin luz ni agua ni coche ni ordenador, todo foudroyé. Y empezamos a andar.
Pero tampoco he podido comprobar mi resistencia. Hoy volvieron a llamarme para anunciarme que mi anacoretismo se verá interrumpido por unos (agradables) visitantes. One never knows, decía siempre un amigo que conocí en Kerala. Me llevo mi concha de tortuga de ordenador (quelle paresse) y el peso de mis obligaciones. Y en cualquier caso, tal vez mi fuga no sea incompatible con la cita de Moulinsart.

Hace tres noches, llegué a casa muy tarde y me sorprendió comprobar que, entre un montón de mensajes olvidados, alguien me dejaba uno misterioso, una canción algo jazzy, al principio muy melancólica, luego más clásica, donde una chica que no conozco canta Tonight... No sé quién pudo ser. ¿Alguien generoso y humilde que piensa que me gustará escucharla antes de dormir y no espera nada? ¿Alguien que cree que esa canción me hará recordar algo? ¿Alguien que se divierte pensando en estas preguntas? ¿Alguien que cree saber la música que me gusta o la que me conviene? ¿Alguien a quien he olvidado? O tal vez, por qué no, alguien que simplemente se equivocó de número... Cualquier coisa, como dice Caetano Veloso.

Voy a coger el billete para esos bosques de Serbia adonde me invitan en la segunda mitad de septiembre, tras la fiesta del azufaifo. El lugar es impronunciable para mí, pero espero que podré aprender esa fonética endemoniada. Una casa de escritores, no muy lejos de Belgrado, en un bosque de la Vojvodina.
Y las novedades del azufaifo, en mi otro blog, dentro de un rato...

lunes, 16 de abril de 2007

Calor, memoria y viajes

Creo que el repentino calor es el responsable del sopor que me ha invadido, justo en el momento de concentrarme y hacer una complicada maleta. La calle está sucia y llena de coches y esta temperatura me hace pensar en el verano.
Esta foto es del verano pasado, en Ibiza, y el pájaro chino que aparece era muy parlanchín y no hablaba como los loros, sino exactamente como los humanos, o más bien, como su dueño, provocando el desconcierto de toda la casa. Uno de sus comentarios preferidos era: Vaya, vaya... Lo decía con un tono tan convincente que producía el impulso irresistible de acercarse a averiguar qué estaba viendo.
Hoy no puedo escribir más, ni mejor. Tampoco puedo asegurar que lo haga desde Kosovo. Confieso que soy uno de esos "viaggiatori maledestri" de los que habla Natalia Ginzburg, esos viajeros que creen que se van a dejar algo, que van a perder la maleta en el camino, que difícilmente se toman las cosas con calma, aunque viajen continuamente.
Recuerdo uno de los últimos viajes que hice con mi hijo, cuando aún aceptaba viajar conmigo, a Estambul. Nos peleábamos todo el tiempo. Él estaba obsesionado con la mirada de los mostachudos hombres turcos, pensaba que iban a secuestrarme y sólo quería ir por rutas turísticas y pretendía cenar a las 7 y retirarnos pronto al hotel. Y yo sólo quería buscar sitios recónditos, sin turistas, y demorarnos en Nevizade, visitar los baños viejos o los anticuarios que toman té en banquetas bajas de Beyoglou, con mucha quincalla, extrañas cerámicas y zapatos imposibles, pero él no estaba dispuesto a dejarme escapar. Y por otra parte, lo pasábamos extrañamente bien juntos y a los dos nos gusta acordarnos de nuestros viajes. "No sé per què m'agrada viatjar amb tu", le dije un día, al llegar al Pera Palas y tirarnos a leer cada uno en su cama. Y él me contestó: "A mi em passa el mateix."