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miércoles, 30 de enero de 2008

La deriva de la enseñanza

Ilustración: De nuevo Kunstformen der Natur, cedido por Nmp.
Ayer G. me pidió ayuda con un trabajo de lengua castellana, donde tenía que redactar un texto sobre las relaciones del cine y la literatura. Lejos de proponer una estructura básica (o ninguna) para que desarrollase sus ideas, le obligaban a escribir su texto con una vertebración tan férrea y detalladamente burocrática como estúpida y sin sentido. Era como si el profesor hubiera deducido esa detalladísima estructura de un texto suyo y pretendiera aplicarla a todos los textos posibles (!). El problema era que, de seguirla, habría resultado un fracaso completo, un texto mortecino, ya que toda la viveza y el nervio de cualquier argumentación sincera habría desaparecido bajo esos mandatos puntillosos y la verdad del texto se habría esfumado, convirtiéndolo en pura y horrible burocracia. Eso sí, el profesor se permitía dar a sus múltiples apartados bellos nombres latinos, como exordio, o ponía sus títulos con la misma libertad osada que impedía en los pobres estudiantes: "Lluvia de ideas"...
Yo no iba a disimular ante G., nunca lo he hecho y ya es tarde para eso; no me creería. Sólo le animo a intentarlo pese a todo, frente a su tendencia a pasar y mandarlos al garete, le insisto en que siga, por él, no por esos profesores y programas, que muchas veces no lo merecen, sino por él.
Un amigo enseñante me aconsejó, cuando G. era pequeño: "No le digas lo que piensas, no desacredites la escuela", pero yo me acordaba del abuelo de Bernhard (aquel personaje anarquista que decía a su nieto que el mundo era un lugar horrible, que si no fuera por la escritura habría que suicidarse y que los peores de todos eran los maestros de escuela "ellos son estúpidos, tú eres mucho más inteligente y tienes que escribir") y le di a G. el libro donde lo contaba, porque pese a toda la negrura de la infancia bernhardiana, había algo maravilloso y era el hecho de que Bernhard se hubiera convertido en un escritor tan grande (contra todo). Y a G. le gustó.
Yo, que siempre había sido fan de la enseñanza y que guardo recuerdos intensos de los profesores que me abrieron puertas o me enseñaron algo sobre el mundo o la literatura o el pensamiento, pero también sobre mis recursos, no podía mentirle (como Natalia Ginzburg explica en Mai devi domandarmi), porque construí mi ética y mi relación con él de otra manera: naturalmente, no tenía por qué decirle "todo", pero sí darle respuestas verdaderas a sus preguntas, respuestas que él pudiera acoger. En aquella época tuve que ir a ver a su tutora del Instituto y comprobé su estupidez superlativa, su torpe ignorancia de oficinista y su desconocimiento indiferente de los chicos de la clase, su incapacidad para ordenar las palabras con sentido, y le dije a ella una frase que luego siempre repetía y que tal vez sirvió para que le reconociera algo a G. "No puede ser que a un chico inteligente, receptivo y con sentido del humor, que sabe y se interesa por lo que pasa en el mundo, que no hace faltas en ninguna lengua y sabe escribir con brillantez, que ha leído mucho más que la media, todo eso no le sirva de nada, que no se valore y que lo único importante sea si ha llenado una ficha según un protocolo... Y ya sé que tiene que trabajar más..."). Al volver a casa, G. me interrogó y vio mi expresión: "¿Qué te había dicho?", me dijo con tranquilo pesimismo. "Tú lo has visto. Es tonta..."
La mezcla de timidez, discreción (siempre oculto, mostrando sólo el lowest profile o asomando su insight sólo con filtros), inteligencia y cierto irónico desdén de G. le perjudicó mucho en la enseñanza. En cambio, en el Instituto Americano o en su estancia de un verano en Inglaterra, las notas y comentarios eran admirativos, todo "excellent", los profesores reconocían su ironía (algo que no se valora en la enseñanza aquí) y su humor, su receptividad, su imaginación (nunca aquí le habían hablado de esas cosas), su inteligencia, su curiosidad. Siempre le he dicho a G. que tal vez debiera irse a un país anglosajón, donde efectivamente valoran sus cualidades, pero de momento no me ha hecho ningún caso. Ni siquiera se ha decantado por la filología inglesa, pese a que es la única materia en la que siempre destacó.
Sólo dos veces tuvo un profesor local que valorase su mirada, sus talentos, que se fijara al leer sus entonces lacónicos pero inteligentes trabajos, pero por desgracia, esos dos se fueron pronto. Los demás eran indiferentes y sólo oían a los que gritaban. Y le colocaron en una clase sin esperanza, donde todo eran bandas de chicos violentos y desesperados, chicas con cruces gamadas en las mochilas, gente perdida que no se interesaba por nada que no fuera una supuesta vida exterior y las formas de adormecerse contra ella. Cuando al fin logré arrancarle de allí y llevarle a Súnion, era tarde en cierta manera, y aunque le sirvió, no tenía los hábitos de trabajo de los otros, y el centro tampoco era ya lo que había sido en sus orígenes. Pese a todo, vitalmente le funcionó y allí hizo sus mejores amigos. Pero al final, su tutor decidió suspenderle por vago. Cuando le dije al tutor que G. me había leído su treball de recerca y que mis alumnos de la Universidad no llegaban a ese nivel, él reconoció: "Es el mejor que me han entregado nunca" (cosa que asombró a G., porque el tutor no se lo había dicho antes, ni le había felicitado como merecía), y añadió que en filosofía era de los mejores, "pero el profesor puntúa muy bajo, un 4,75 suyo es un 7 para otros", y concluyó: "pero es un vago y hay gente en la clase mucho más limitada y sin recursos que logra pasar y a ellos hay que premiarles". Le obligaban a repetir el último curso por dos asignaturas -latín y literatura catalana (qué ironía para él)-, y G., decepcionado, no les perdonó ese castigo, y se fue a Unitec, donde le dejaron hacer las dos asignaturas sueltas y sí le valoraron.
Yo sabía que, si G. hubiera tenido siquiera mi suerte, si hubiera tenido algunos profesores vocacionales y de más nivel, lo habría pasado muy bien estudiando. Tuve la suerte de conectar con una chica asturiana, Lucía, que adoraba el latín: ella le daba unas clases particulares tan espléndidas que yo sentía tentaciones de unirme al escucharles. Y además de aprobar con notable, G. descubrió que le gustaba el latín ("Tenías razón", me dijo entonces, tarde, tras mucho tiempo de descreímiento).
Y entró en la Universidad, pero aún no se ha enganchado, y los métodos burocratizados bologneses, enemigos de la creatividad y el talento, no ayudan a que se produzca el milagro. Le falta tenacidad o fe, o se distrae con otras cosas, o se ocupa con su vida social y afectiva, qué sé yo. Y con todo, cuando le oigo argumentar o veo cómo aprende a manejarse con las escasas asignaturas por las que se ha interesado un poco, o le escucho hablar de casi cualquier cosa, veo su capacidad de comprender, de reconocer sus errores y ver los de los demás con una ecuanimidad que siempre me asombra, y pienso que es inteligente y que está lleno de talentos et je me raisonne y pienso que ese vaguerío tal vez sea su forma de darse tiempo o de buscar interiormente, y que algún día encontrará su manera de pasarlo bien aprendiendo, recuperará su pasión lectora, hará algo por sí mismo. Y me pido una paciencia que nunca he tenido.
Volviendo a la estela de lo de ayer, la sabia V. me vio agotada y perpleja y me dijo: "Siento encontrarte algo abatida por esa gente que se aprovecha de que estás ahí para echarte sus fantasmas como quien echa los perros... la mayoría de las veces no hablan de ti, ni de nada de lo que hayas dicho o escrito, sino de sus propias fobias, complejos, mentiras y excesos del yo... Pero tu última pregunta... yo también me la pongo, una especie de '¿qué es lo que debo de hacer ahora?' y no sé, no encuentro la respuesta ahí preparada... tal vez nos equivoquemos al formularla..." Y de nuevo V. me presta su savoir lakhaniano y multifacético y me aclara telefónicamente que mi escritura no es narcisista: a diferencia de la escritura de la ego psychology, que construye un yo fuerte a través del cual irradia todo, me dice, "tú no repites, no insistes en ese yo, no pretendes dibujar ese personaje, sino que hablas siempre de lo otro, vas hacia atrás, a la memoria, y tu yo es un yo abierto, que se interroga y se pierde en el otro, que intenta encontrarse..." Aunque precisa que cierto narcisismo es necesario para poderse relacionar con el otro, como es lógico. Intento reproducir aquí lo que me ha dicho, pero que me perdonen las imprecisiones los lacanianos:
Diría que Lacan habla que lo que hace salir de la relación especular-imaginaria con el otro (verte como reflejo del otro, reconocerte en el otro, pero también ver en el otro un reflejo tuyo, etc); es la palabra en la que uno intenta expresar su deseo. Según mi lectura, él dice algo como que esa palabra plena deseante que apunta a lo que se desea, no a lo que se es, permite esa desinserción de la relación especular con el otro, permitiéndole así, variar, completar y luego des-completar, oscilar, la imagen de su yo. “Se trata de que el sujeto constituya mediante resposiciones e identificaciones sucesivas, la historia de su yo”...
"Creo que para Lacan no hay identidad, sino identificaciones, por eso yo creo que la autoficción es necesaria, ineludible, no puede ser de otra manera, uno se intenta escribir sin ficción y no le saldrá nada, "la verdad", otra de las frases de Lacan, está estructurada como ficción.
Esa idea de que uno puede ser muchos (identificaciones) y no creerse un único (identidad) de sus personajes, sino saber que su ser ocurre entre ellos, en el paso de uno a otro. No quiere decir no saber quién se es, sino saber que se es en ese suceder…
Y también lo que te decía de que tú puedes decir que la calle Pelayo es una mierda y pasar por ella sin problema, disfrutar del paseo y entrar en una tienda a comprar algo. Porque no te identificas con lo que dices como si eso fuera una verdad que te definiera y excluyera todo lo demás…"
Así que respiro aliviada, con esa alegría que produce saber que la teoría apoya una intuición propia, un saber no sabido, como cuando supe por los expertos que el azufaifo de mi calle era un árbol especial a proteger.
Y al dorso de mi post de ayer, el misterioso J. sintetiza también las cosas, con ese brillo y precisión de sus comentarios, que debería hilar y encuadernar.
Pero acabo con un comentario sobre la estulticia de nuestro mundo, algo que me ha hecho reír. En uno de esos anuncios que mandan de un periódico (peaje de suscribirse al diario impreso del día, no de pago), ofrecen la búsqueda de la pareja ideal con "test de personalidad" y "servicio de atención Single Coach"... ¿Habrá incautos que se traguen esas zarandajas?