miércoles, 28 de septiembre de 2011

Abro los ojos

Foto: I.N., Rufus, hace unos meses, 2011.
Y veo a Rufus avanzando hacia mí. Cuando llega a unos milímetros de mi cara, abre la boca con sus impactantes colmillos y caninos y esboza un rugido silencioso. Y seguidamente, como si olvidara su exhibición de poderío felino, se echa sobre la colcha y apoya la barbilla en mi brazo. Rufus de Bengala.
Ayer, mientras aprovechaba el dolor -ya identificado, ya localizado en una vesícula repentinamente sensibilizada al cambio de estación y a otra clase de dolor interno- para arrojarme al sofá y releer a ese escritor ruso asombroso sobre el que escribiré, me llegó el libro del viajero, que ha quedado precioso. Es como si la escritura de J.E. hubiera encontrado sus perfectos editores, las fotos, la portada, la tipografía y la textura del papel parecen apoyarle.
He estado huyendo de la parte más aventurada de mi vida en estos días (a veces todo me asusta, incluso el deseo) y tal vez siga huyendo hasta mañana. Mañana... Me llamó una periodista de El Público para hablar de Maeve Brennan y temo haber respondido demasiadas preguntas. Vuelvo a escribir mi novela, he vuelto a encontrar una vía, saltándome el momento dudoso y avanzando un poco más hacia el final, y aunque nunca me atrevo a concluir nada, qué felicidad encuentro en el interior de ese capítulo... Ayer alguien en facebook (alguien que a veces aparece con un fulgor especial, alguien con quien a veces me ha parecido conectar extrañamente, en lo desconocido, pero que otras veces parece leerme casi al contrario, a contrapelo) me sugería que abandonara esa novela y me dedicara a otra cosa. Yo intentaba en vano explicárselo: ¿Cómo podría ni querría abandonar? No estoy en esa fase. Esta novela no es ya un proyecto que se tome o se deje, está mezclada con mis entrañas, forma parte de mi dolorida vesícula y los repliegues y asas de mis intestinos, está en esas burbujas misteriosas de la fermentación digestiva, fluye en barquitos de papel por mis venas, guarda información en células y neuronas, brilla como gotas de agua con la luz de La infancia de Iván, o las velas ardientes de Nostalghia, se anuda en mis articulaciones al andar y moverme, vuelve a mí una y otra vez mientras empujo las máquinas del gimnasio alemán, esa novela está demasiado imbricada en mí como para abandonarla. Todo me lleva de vuelta a la novela. Andar por la calle, hablar con alguien, dolerme, dormir, hasta mis sueños están cargados de mi novela y sus significaciones... Ese alguien, que es amigo y desconocido al mismo tiempo y que a veces sí parece reconocerme, creyó que yo estaba "pidiendo ayuda a gritos" y confesó que se había hartado de "tanta impotencia" con mi novela. Cada uno lee algo distinto y eso es legítimo, como también lo es dejar de leer mis obsesiones. Yo ni siquiera he sentido esa impotencia, sólo perplejidad, cierta impaciencia y mucha, muchísima fruición y alegría de estar ahí pese a todo, incluso cuando no escribo. Vivo en esa novela. Ahora es un momento especial, que recuerda a aquella máxima de Lenin "un paso para delante, dos pasos para atrás..." O ni siquiera, porque simplemente avanza y se detiene, avanza y se detiene, pero ¡qué extraña felicidad en esos avances, aunque las paradas me impacienten!
La escritura fue fluida y feliz durante veinte capítulos. Antes había escrito ásperamente, acumulando, sin encontrar la música que me arrastrara. Y cuando la encontré y empecé de nuevo, parecía escribirse sola... durante esos veinte capítulos. Como envuelta en un hilo que brillaba... Luego empezó un conflicto paralelo, en lo real, que desafiaba la novela. Empecé a interrogarme y ahí sigo. Escribo unos días. Me paro y me interrogo. Vuelvo a escribir. Como hoy...
La Belle Elaine y yo hablábamos esta mañana de espiritualidad en el cine y la pintura. Ella opina que Malik no ha leído poesía. J.L. Guerín decía en facebook que una sola tetera humeante de Ozu reúne más espiritualidad que ese exceso de imágenes National Geographic del Árbol de la vida. Tiene razón. La Belle Elaine y yo hablábamos de Tarkowski, de Ozu, pero también de lo que distingue esa terrestridad salvaje de Picasso del fuego metafísico de Miró. Estoy deseando ver la exposición en la Fundació Miró, desde que traduje parte del catálogo hace unos meses. A mí me gustaba Picasso, naturelich, pero en Miró hay una luz, como en Giacometti, como en Tarkowski, como en Ozu... que te habla de otra manera, que te transforma. También está en Shalámov. Estoy extasiada releyéndolo para escribir y para mi curso. Hay algo...
Ayer vi al librero de la calle Berlinès. Me llevé la Correspondencia de Juan Benet y Carmen Martín Gaite, que les recomiendo vivamente. Me presentó al hermano de Manuel Pombo, catedrático de filosofía que se acercó al saber psicoanalítico y lo estudió y defendió, autor de El legado de Sigmund Freud, humanista y entusiasta, que creó el foro psicoanalítico de los "amigos de Xoroi" y que desapareció bruscamente hace poco y a quien se homenajea hoy en Acec a las 20 horas. El librero me recordó que al releer sus mensajes, encontró uno en el que Pombo le decía: "Resérvame un azufaifo".
Ahora, en mi novela, he vuelto al bosque serbio, y allí estoy. Pero mientras, por suerte tengo que leer esos libros magníficos para reseñarlos, de modo que me vuelvo al sofá.
Ah, y el martes presentaré ese libro de correspondencias a las 19 h en la Central del Raval, ya lo recordaré...

2 comentarios:

Francis Black dijo...

En verano he visto casi todas las pelis de Guerin , largometrajes, me faltan la primera y la última, la que más me ha interesado es “una fotos en la ciudad de Sylvia”, la de Malick da un poco de pereza, hay gente que habla muy bien y otros bastante mal, tengo dudas.

Belnu dijo...

Sí, a mí también me falta Guest y esa correspondencia con Jonas Mekas que puede verse en el CCCB; yo he encargado el pack con todas las correspondencias, Isaki lacuesta con Naomí Kawase y otros...
http://www.elcultural.es/noticias/CINE/2156/Cartas_desde_el_cine
Yo no te recomiendo la de T. Malick