viernes, 12 de noviembre de 2010

Oía

Foto: I.N. Autorretrato entre armarios, 2010
Una música de guitarra latina algo anticuada que llegaba extrañamente de la casa vecina, donde sólo suele oírse música clásica o en todo caso francesa. Esto ocurrió anoche: yo leía en el sofá, con Rufus sumido en su sueño profundo e irradiante, pegado a mis tobillos, e intentaba sustituir una lastimosa sensación autocompasiva con la lectura, pero era en vano, me admiraba de la escritura ajena pensando en mis libros otros, en lo que antes sabía escribir, y en mi novela extraña creciendo y deshaciéndose sin encontrar el arrastre de siempre. Una estúpida pero hábil voz negativa, familiar, es decir, secuestrada de mi infancia, me decía: tú has perdido el rastro de tu escritura y ahora vas a adentrarte en ese terreno ajeno porque sí... Me quedé dormida y tuve un sueño demasiado evidente, aunque con la belleza de ese lenguaje y su abarrocamiento.
Había visto a alguien que antes era hospitalario y amigo y ahora parece condicionado por la opinión ajena, vuelto contra mí sin poder decirlo, fingiendo una naturalidad o una simpatía que ya no siente, manteniendo un hilo que ya no está. Aunque yo necesito comprobar antes de decidir, me puso de malhumor, justo antes de salir a la calle Autopista, con su bosque de feas farolas exageradas y coches rugiendo como tigres (but tiggers are better-looking, aren't they?), intentar una vez más en vano entrar a una tienda de móviles -pero la cola era larga y lenta y asfixiante), comprar otra plancha para sustituir a la rota, buscar rábano negro para desintoxicar, y empezar a curarme de mis pequeños malestares insidiosos.
No te preocupes, me dijo alguien hablando de la precariedad material, esto es transitorio y yo puedo ayudarte mientras dure, como tú me ayudaste a mí. Pero ahí estaba mi sueño, con su conclusión esperanzadora, sin repetir ya el motivo de siempre. Otra vez necesito valor para seguir, para entrar con el machete apartando maleza, hierbajos y espinos, si pudiera... Y antes me queda rescatar y ordenar las fotos de mi libro de la ciudad, otra vez me ataca el síndrome antillano de Jean Rhys, y si no me arrancan el manuscrito...
Cuando escribimos nos entienden felizmente algunos, pero también surgen esos hocicamientos envidiosos de gente que no puede vivir sin nosotros, sin venir a insultarnos, que quisiera dejar sus excrementos y su estupidez en nuestro espacio, sin darse cuenta de que su propia insistencia demuestra sólo su torpe admiración y su deseo... ¡Ja! (esa carcajada triunfante la tomo prestada de mi amiga americana, que diría Ha!). Ellos no pueden entender ni imaginar mis oleadas de felicidad ni saber que incluso ellos son digeridos y transformados en algo alegre, casi un triunfo y que, como dijo la Esfinge la última vez que la vi, me han servido de entrenamiento y ahora me río victoriosa mientras escupo sus huesitos.
Mientras desayunaba, he visto Toni Takitani, de Jun Ichikawa. Habla del duelo y la pérdida y también de la belleza y el vacío y acude a un derrotado y prisionero japonés de la Segunda Guerra para explicar la tristeza y la incapacidad paterna de un personaje. Pero había algo, quizás en esa obsesión fetichista por la moda, las marcas y el vacío (eso sí, el buen gusto hace que todo parezca bonito y nada impostado ni tenga ese exceso abarrocado y a veces peripatético del lujo visto a la occidental, y en esa protagonista no me molestaban siquiera los tacones) que me ha hecho pensar en Murakami, un escritor que no es my cup of tea, aunque siempre tenga algo, pero que me da la sensación de que escoja sus ingredientes para hacer un plato muy bien presentado y le falte algo de verdad, y que en el fondo, a pesar de las apariencias, resulte tranquilizador incluso al contar una historia triste, como si le dijera al espectador: "Es comprensible, su historia es muy particular, no te afecta a ti". Y al ver los títulos de crédito del final (no vi los del principio!) resultó que estaba basada en una novela de Murakami. Y pese a todo me ha gustado verla, me ha sorprendido cómo con esas imágenes de vídeo podía lograr una reducción casi beckettiana a veces, contando todo con voz en off, ilustrada por esas escenas frías y grises.
Qué felicidad el silencio de los sábados, incluso la idea de escoger las fotos de mi libro me hace ilusión. O entrar en esa jungla de mi novela. Voy a poner música mientras tanto...
Last minute news. Acabo de saber que ha muerto Luis G. Berlanga, con quien tuve la suerte de trabajar en el Jurado de La Sonrisa Vertical y del que guardo recuerdos alegres e hilarantes. De ese Jurado primero murió Gil de Biedma, luego Ricardo Muñoz Suay, pero también Juan García Hortelano, Fernando Fernán Gómez y luego murió Toni López: qué ráfaga melancólica porque era un grupo encantador y lleno de humor y genialidad. Otro día contaré mi historia del director de El verdugo, Plácido y de tantas películas memorables durante décadas. O quizás la cuente en algún libro. Pero quería decirle adiós desde aquí.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Comprendo que no comprendan

Foto: I.N., Rufus hoy, 2010
Yo nunca he escrito aquí para que nadie me consuele, ni para que me animen en ningún sentido. Yo sólo escribo porque siento urgencia de escribir, pero lo que escribo no debería ser interpretado literalmente, ni siquiera como un estado de ánimo. A veces alguien me deja comentarios, aquí o en Facebook, diciéndome "¡Ánimo! ¡Tú puedes!" etc., y yo lo comprendo, y acepto su buena voluntad, pero me desconciertan muchísimo porque yo no necesariamente siento como lo que escribo, y menos aún unos minutos después de escribirlo. Y cada vez que recibo esos mensajes, pienso ¿qué habré escrito? y vuelvo a leerme buscando esa supuesta melancolía.
La escritura tiene su propia vida, que empieza en cuanto las letras se posan juntas como moscas pequeñas que murieran o se disecaran en el papel. Así que les agradezco mucho la buena intención, pero no se preocupen por animarme. Claro que peor son aquellos comentarios que intentan claramente lo contrario, ¡pero esos no pasan los filtros!
He estado bailando con Rufus o para Rufus, que se ha retirado al interior en cuanto el sol ha desaparecido de su terracita. Luego he escrito un poquísimo y he vuelto a traducir. Me he encontrado mal todo el día. He estado conferenciando con mi amigo serbio, a una hora de cierta desolación, yo le he aclarado dudas de castellano y él me ha aclarado dudas de muy distinto cariz. Al acabar me ha llamado mi amiga M, que hacía siglos y me ha dado alguno de sus sabios consejos. Después he ido con C. a una especie de club de socios que compran verdura y fruta ecológica (y pronto pan, huevos, etc.) directamente a los agricultores y productores, de máxima calidad. Detrás tienen un proyecto mucho más grande de empresas con nuevos modos, digamos, empáticos, o sea, sin mentalidad psicopática, y alrededor hay de esos nuevos bancos éticos, ongs de mujeres maltratadas, de recuperación de incapacitados y no sé cuántas cosas. Sonaba interesante y me he apuntado. Me han regalado una lechuga maravillosa, parecía francesa, y alguna fruta.
Se me olvidaba, ayer vi un hombre que paseaba a su perra, una terrier airedale preciosa y negra y tiraba de ella mascullando sobre la estupidez de querer olerlo todo. Estuve a punto de decirle: "Pero oiga, ¿no sabe que los perros reconstruyen la historia de los que han pasado antes? Un poco de respeto!" Pero no lo hice. Al llegar a casa abrí distraídamente y al azar el volumen II de los Essais de Montaigne y qué maravilla, dos páginas o tres dedicadas a nuestra ignorancia de los animales y nuestro desdén ignorante, y hablaba de peces y hormigas y elefantes, un párrafo maravilloso, demasiado largo para citarlo aquí, pero que me recordó a dos bloggers amigos.
Yo, que tengo una obsesión con el tiempo, nunca encontraba el momento para escuchar un programa de radio que me gusta, sobre psicoanálisis, "Hablamos", donde entrevistan a un psicoanalista sobre un tema (el último, los sueños, con Laura Frucella) y el Librero de la calle Berlinès recomienda libros. Justamente recomendaba El mundo bajo los párpados de Jacobo Siruela (Atalanta) e Historia del sueño de Mauro Mancia (Biblioteca Nueva), ya que se hablaba de sueños. Ayer lo encontré. Mientras escaneo los textos para mi curso... Aquí se pueden escuchar todos los podcasts y aquí el programa de los sueños.
Y ahora me retiro a leer, pero quería dejar aquí este post rápido, con un retrato que le he hecho a Rufus hoy.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Se escaparon unos días

Foto: I.N. Romanyà de la Selva, 2010
No sé cómo, traduciendo y preparando clases, intentando no preocuparme por el futuro inmediato y frenar mis fantasías de acabar acampada al pie del azufaifo, haciendo compañía a las ratas (no sé si Rufus aceptaría el cambio) y a las basuras que los mutantes de este barrio siguen tirando a ese bonito jardín. En algunos momentos me vuelve la vieja alegría y me acuerdo de la frase de un amigo anglosajón que dejó de venir por estos lares: Something good will happen. Por fuerza tiene que ser.
De vez en cuando pierdo tiempo intentando canjear unos puntos por un teléfono, ya que el mío agoniza, pero sigo sin aclararme con los extraños interlocutores de la compañía y con los desabridos empleados de las tiendas que los suministran. Todo ese entorno parece una gran burla.
He logrado entregar el manuscrito de mi libro de rincones de la ciudad (ya tenía el síndrome de Jean Rhys, aunque sin su escritura, no lograba arrancármelo ni desprenderme de él). Me falta ordenar las fotos y encontrar las citas. He aceptado que mi libro Algunos hombres...y otras mujeres se convierta en ebook y se venda en amazon y otros portales. Les avisaré cuando esa posibilidad exista. También he sabido que ese libro estará pronto en México, Colombia y otros países latinoamericanos, además de en la próxima feria de Guadalajara.
Leía al brillante Al Alvarez y me sorprendió comprobar dolorosamente (yo, que estaba a punto de cofundar un club de fans de Al Alvarez junto con un librero-poeta-cinéfilo que siempre me habló de él) que su defensa de Jean Rhys (en 1974 la calificó como "el mejor escritor en inglés vivo") tenía una dura contrapartida misógina. Pero esa comprobación se ha repetido tantas veces en mi vida, con Schopenhauer, con Nietszche, con Valle Inclán, con tantos escritores y pensadores que me gustaban, ¡incluyendo a Maupassant! O a Bolaño o a Gorz. Por eso cuando encuentro a alguno que no se deja llevar en algún momento de su escritura por esos accesos de rabia y resentimiento contra su madre y como reflejo, contra todas las mujeres del mundo, me siento agradecida y aliviada (es un fenómeno que raras veces ocurre).
Tantas cosas al mismo tiempo me dan la sensación de no avanzar en ninguna. Tal vez sería mejor avanzar sólo en una y acabar, como aquel chiringuito de una playa gallega donde daban una comida maravillosa, pero tenían un extraño sistema: servían a una mesa y no empezaban con otra hasta que los comensales de aquella mesa terminaban los cafés y pagaban su cuenta. Pero me siento incapaz. De modo que todo está a medias, excepto la traducción de uno de los libros de Maeve Brennan, que empieza a acercarse prometedoramente a su fin.
Los sueños pasan un momento por mi conciencia y se desvanecen, irónicamente, cuando ya había incluso pensado en ellos.
Vi la película sobre facebook, y me dieron ganas de abandonar todas las redes, incluyendo este blog. De pronto me angustió tanta visibilidad. No es una gran película, pero tiene su interés porque muestra cómo empezó la cosa. Volví a pensar que pese a todos sus defectos, un país donde se premia tanto el talento, aunque sea producto de alguien anónimo, tiene siempre muchas más maneras de avanzar que un país donde sólo se consideran los nombres y apellidos (o el éxito y el poder adquiridos en otro lugar) y donde la excelencia en ningún ámbito parece tener repercusiones.
Fui a la fiesta del premio Herralde de novela, uno de los dos únicos acontecimientos del mundo literario del curso a los que voy, preferentemente sola y poco rato, sabiendo que recibiré la misma lluvia de desplantes y condescendencia de la gente más mediocre y el saludo más normal de los que no necesitan esforzarse en expresar desdén para sentirse mejor. Los más despectivos son a veces traductores o empleados editoriales y también algunos grandes editores; el desdén no coincide necesariamente con el poder real. De hecho, en una de esas grandes fiestas, la persona más amable y encantadora conmigo fue Claudio Magris, justo después de que una pareja de traductor y empleada editorial me esnobearan ostensiblemente. Pero esta vez fui con un amigo y me encontré con tres más y empezamos a hablar y a reírnos de tal modo que casi olvidé hacer la ronda y veía cómo algunos de los más highnosed me miraban de soslayo como diciendo: "Mira qué bien lo está pasando. Ni siquiera nos da la oportunidad de mostrarle desprecio" (Debe ser extraño ser así, poner tanta energía en esa expresión de desdén. Siento tentaciones de encajar ese personal en mi novela). Y otros incluso se acercaron a saludarme, desconcertados de verme tan abstraída en una charla amistosa. Acabamos cenando en el Giardinetto, en cuya parte de abajo había más refugiados del premio. Con todo, al día siguiente me levanté con unos cuantos males físicos, quién sabe si el contacto con ese mundillo tan mezquino y autocomplaciente produce resaca a pesar del escudo de los amigos. (Me gustó el título de la novela ganadora, Tres ataúdes blancos. No entendí por qué no hubo finalista).
Leo la prensa con precaución y aprensión. Estoy considerando la posibilidad de leer sólo prensa extranjera, por cuestiones de salud, naturelich. Y he entrado en otra fase de dudas novelísticas. Me pregunto por qué me metí en esto, in the first place, en lugar de seguir con otro libro de cuentos. Pero la respuesta llega enseguida: algo, un resorte interno me obligaba, a pesar de los pesares. Y yo que creí que sería más feliz como novelista... Por cierto, una cita de Jean Rhys que me consuela en momentos de duda: "All of writing is a huge lake. There are great rivers that feed the lake, like Tolstoy and Dostoyevsky. And there are mere trickles, like Jean Rhys. All that matters is feeding the lake." Jean Rhys
Mi reseña en La Vanguardia Cultura/s de hoy, sobre la biografía de John Cheever.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Hace días que no escribo aquí

Foto: I.N., Autorretrato borroso, 2010
Ni casi en ninguna parte. Es verdad que hubo unos días en que, sin saber por qué, quizás como ejercicio contra mi terror a la novela, pensando que tal vez tendría la suerte de Jean Rhys cuando escribió un poema con la voz de Rochester y al fin comprendió cómo seguir su Wide Sargasso Sea sin caer en la autocompasión, o quién sabe por qué, o sin ninguna razón, escribí unos poemas. Lo hice sin expectativas; sé que soy demasiado narrativa, que el misterio de la poesía y sus silencios se me escapan (aunque algunos silencios hay siempre en los cuentos, pero no tanto).
Uno de esos poemas, el primero, surgió de una frase que escribí aquí, pero que no podía seguir aquí. O mejor dicho, surgió de algo que me dijo Stalker sobre un libro. Algo que me sobresaltó por la pérdida que significaba para mí. Así que me fui a casa pensando en algo que acabó generando ese extraño poema inútil. Ya que es absurdo hablar de utilidad...
Enseñé dos de esos poemas a tres amigas poetas y a un buen lector (el hombre que llamaba...). Les dije que podían ser implacables, porque no espero nada en ese territorio, pero no lo fueron, quién sabe por qué, me animaron a seguir. En cuanto al lector, también él tuvo buenas palabras para mis tentativas. Y yo sigo sorprendida.
Como no sé qué hacer con ellos, tal vez siga el ejemplo de Soseki en Choses dont je me souviens (yo lo leí en francés/ por cierto, que mi artículo sobre Soseki saldrá a finales de este mes en Turia) y los meta en mi novela. O tal vez no lo haga.
Llevo unos días traduciendo a destajo. Ya sólo me quedan cincuenta y pico páginas de Maeve Brennan en Nueva York y cada vez me gusta más ese libro. Aún no sé qué título le pondremos. Tengo ganas de volver a Giono, aunque el ritmo será muy distinto, malheureusement...
Le compré a Rufus una mantita-almohadón de pelo de oveja, pero desconfía y no ha querido echarse en ella. Sólo cuando yo he apoyado la cabeza en la mantita para descontracturarme en el suelo, él ha venido corriendo a compartirla conmigo. En este momento me está mirando con esos ojos redondos, pero si le digo "¡Rufus de Bengala!" los cierra inmediatamente como un gato chino.
Sigo leyendo Jin Ping Mei, además de mis autoras de los cursos. Hoy he estado escuchando a Lauryn Hill, Karen Dalton, Billie Holyday, Barbara, sólo voces femeninas, un poco por accidente. Aún no he podido empezar a ver mis películas japonesas. Ayer tuve una extraña sorpresa. Una antigua profesora mía de la facultad vino a verme y me pidió que le presentara su libro de Memorias, posiblemente junto con un prestigioso filósofo. Yo leí el prólogo y algo más y le dije que sí. Luego leí un poco más y el libro empezó a interpelarme inesperadamente en otra dirección. Esta mañana, mientras veía en Arte Tv una pieza sobre templos, me preguntaba sobre esa reacción mía y he pensado que la mencionaría en la presentación. La fecha es extraña para mí, el aniversario de la muerte de mi padre, 2 de diciembre: esta vez serán doce años de su muerte. Tal vez presentar un libro de una familia tan distinta a la mía sirva para conjurar el significado del día. Quién sabe. Karen Dalton también me ha hecho pensar en una vieja pérdida radical.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Un paseo

Foto: I.N. Árbol contra el cielo en Ganduxer, 2010
Por la mañana me había despertado melancólica. Anoche quedé a cenar en el Born y el panorama que me rodeaba me llenó de desolación. Ese barrio tan bonito, ahora tan degradado, lleno de basuras en el suelo, sin contenedores, de tiendas-basura, de turismo cutre, ayer era además un circo con la fiesta de Halloween, con tantos grupos vestidos de demonietes ridículos y un griterío enorme. Llegué a la cena con un mood tan bajo que hoy he procurado disculparme. Tal vez había algo estúpidamente hormonal en mi malestar que se añadía a las circunstancias, la situación desesperanzada del país, mis incertidumbres, y esa destrucción de la ciudad, que hace difícil andar como a mí me gusta, como necesito para pensar y para no anquilosarme. Me invadía un miedo al futuro y un agotamiento considerable. Y tal vez la fecha, que se acerca a mi propio aniversario fúnebre. Pensaba en mi libro de BCN y me entraba terror de pensar en lo que había escrito. Me puse a leer Jin Ping Mei y al fin me quedé dormida. Y sin embargo, esta mañana, cuando he salido a dar un paseo, mi ánimo ya había empezado a cambiar bruscamente.
Iba a repetir una foto que me faltaba en el libro, así que he echado a andar por un trayecto caprichosamente elegido, resiguiendo los árboles (pero no para talarlos, como nuestros políticos, sino para contemplar sus sombras, las hojas moviéndose, la curvatura del tronco, su respiración con la brisa) que quedan, hasta llegar a la casa donde viví tantos años.
Me cruzaba sólo con gente cargada de panellets, que entraban o salían del coche, subían o bajaban de la moto cargados de comida. Yo pensaba: Es un país tan uniforme y tradicional que apenas hay nadie que no siga las costumbres. Además, nuestros políticos, que tanto han fomentado el uso del coche y la moto, han contribuido a crear esas enormes barrigas. En este país la gente no anda, o sólo anda unos pocos metros para sacar al perro, a última hora, hablando por teléfono. Los de la moto aún acaban engordando más, porque llegan con ella hasta la puerta. Claro que nuestro alcalde ya intenta que todos tengan parking en la puerta, que no tengan que dar dos pasos. Además, la ignorancia y la desmemoria histórica, que llevan a la burramia y la evasión, ayuda a que la gente sólo piense en comida. De modo que además de extender la fealdad del cemento, estos políticos extienden la fealdad personal. No me hagan caso, es sólo una idea. Pero lo cierto es que, como decía L.O., hasta en Perpinyà hay más gente solitaria cenando en un restaurante oriental o en un italiano en nochebuena o navidad que aquí, donde lo familiar y tradicional es absoluto. Los poquísimos que no seguimos la tendencia general -vivir solo, no tener coche ni parking, no ir los fines de semana al Empordà, desplazarse sobre todo a pie, no hacer algo especialmente social los sábados, no hacer planes para agosto, pasear o ir al cine en solitario- somos considerados muy raros, si no locos. Pero hoy era el día de los muertos. Y tal vez la gente coma todos esos dulces para olvidar lo amargo, como decía Bel M. O tal vez el mazapán, que es indigerible, como goma dos pero en dulce, sea una metáfora de todo lo que la gente tiene que tragar en este pobre país.
He vuelto recobrada del paseo, casi radiante. Mientras andaba se me han ocurrido tres cosas para los distintos libros, que he anotado en un cuadernillo: esos pensamientos que sólo surgen andando. Luego he estado corrigiendo ese libro y no me parecía terrible, a ratos incluso me gustaba, aunque a veces aún me invaden oleadas de duda. He visto a Rufus visitando a su amiga felina en la casa de al lado; Rufus me miraba atónito: ¿qué haces tú aquí?, parecía preguntar. A veces, cuando me acerco, intenta jugar con mi pelo como si fueran hilos...
Ayer escribí dos poemas. Lo hice como ejercicio, ya que desconozco ese lenguaje, el misterio de lo poético y ese sindecir se me escapa por completo. Pero me divirtió el ejercicio, sobre todo porque una poeta con paciencia me ayudó a podar un poco el primero (no me atreví a enseñarle el segundo). No tengo ningún futuro como poeta, ni expectativa alguna, tal vez por eso lo pasé bien, como dibujando, aunque no impidió la caída de mi état d'âme al llegar a Ciutat Vella.
Y en cuanto a los muertos, a mí me visitan los míos; no me hace falta un lugar donde ir a buscarlos, hay incluso lugares de la ciudad donde su memoria me asalta. Vienen volando a murmurarme, se acercan levemente, como mariposas.

domingo, 31 de octubre de 2010

Me he despertado temprano

Foto: I.N., Suelo reconocido, 2010
Confundida por la hora. Rufus estaba hambriento y el cielo desapacible. Puse a la intemperie un abanico perfumado con sándalo para que se desperfumara: es maravilloso abanicarse con aire, pero no con fuertes efluvios que intoxican. He visto que le ha llovido ligeramente: mejor así. Al despertar, he leído unos capítulos de Jin Ping Mei, editado por Atalanta, gozándolos, como diría P. He intentado en vano atrapar dos sueños que se desvanecían.
Ayer estuve corrigiendo mi libro de la ciudad, llena de dudas. Cambia tanto del principio al fin... No sé si debería ser así. Es como si se expandiera. Las imágenes se multiplican y el texto mengua. Vi un documental que me decepcionó. También escribí mi reseña de un librito magnífico de Edith Wharton y la mandé. Por cierto que, buscando un título suyo, me encontré una reseña donde repetía ese soniquete que siempre se dirige a las escritoras mujeres: "Pero no fue feliz." ¿Y por qué? ¿Y en qué se basan? ¿Y cuándo? ¿Y quién es feliz? Generalmente dicen eso de las mujeres que se divorcian, o de las que no tienen hijos. Como si estar casada siempre con el mismo hombre o tener hijos garantizase la felicidad. ¿Y por qué nunca se dice eso de los escritores hombres? No lo dicen ni siquiera de Burroughs. Es como si para las mujeres hubiera una obligación de una supuesta felicidad perenne, si tal cosa existiera. O más bien parece una advertencia para el resto de las mujeres: "No escribáis, no seáis intelectuales, os quedaréis solas, no seréis felices". Como si esa condición single que se considera envidiable en algunos hombres, porque se asocia a la libertad, fuese algo terrible para las mujeres. ¿Quién se lo cree? En otro espacio web, una joven poeta parecía compadecerse de una intelectual francesa casi mítica, con ese mismo estilo, presuponiéndole una ruptura que no explicaba. Qué manera de proyectar...
Había impreso lo que tengo escrito de mi novela para verla en papel y leí la primera parte mientras iba a buscar un libro a La Central (por cierto, sentí comprobar que mis libros ya no estaban expuestos como antes; aunque lo comprendo. Los demasiados libros...). Por primera vez me pareció que había encontrado una estructura, un camino, una contención, unas vallas... Aunque me doy cuenta de a medida que avanza, las cosas se irán tal vez difuminando o confundiendo y los dos lenguajes que hay ahora o las dos voces se entrelazarán hasta convertirse casi en una sola. Y qué felicidad cuando encuentro una vía, una manera de avanzar... Aunque luego, esos caminos se interrumpan de pronto y haya que buscar de nuevo.
Cuando volvía, me encontré a un personaje de mis cuentos, que había mejorado mucho de aspecto, pero me resultó imposible reconocerle en otro sentido. Me pareció como si su antiguo yo, con el que conectaba, se hubiera desvanecido, estuviera muerto. Pero tal vez lo que para mí era su yo vivo, su antiguo self, para él no tuviera ya interés y fuera sólo inmadurez, por poner un ejemplo. Y físicamente parecía consolidado y fuerte, mientras que antes se le veía más vacilante. Tal vez su consolidación pasara por matar aquella parte suya loca y libre, investigativa y poética, interrogante e incierta. En cualquier caso, nos aburrimos mutuamente en ese breve momento: ya no había curiosidad mutua, ni nada que intercambiar.
También leí un trocito de Matar a Platón, que precisamente tiene dos voces, y las dos me hablan desde el interior. Y un artículo de EVM sobre el fracaso y la escritura. Masas de nubes viajan en el cielo a gran velocidad. Voy a desayunar. ¡Tal vez siga más tarde!

jueves, 28 de octubre de 2010

Fui a ver a Viggo

Fotos: I.N. Los tres lectores, Barcelona, 2010 Mortensen, lo reconozco. Me hizo gracia descubrirle en esa otra faceta y me alegró que la Antología de nueva poesía argentina estuviera llena de poemas poderosos e interesantes, que los tres participantes (Laura Lobov, Gustavo López y Viggo Mortensen) leyeron muy bien (mi favorita: Laura Lobov leyendo a Fernanda Laguna). Bel M. y yo estábamos en primera fila y debo decir que me desconcertaba su mirada, la sensación de "Hollywood te mira" o la mirada de Promesas del Este (Cronenberg casi siempre tiene algo para mí) como si un trozo de película se hubiera mezclado con la realidad, como en aquella película de Richard Lester sobre la guerra que alternaba documental de archivo con película en color y al pasar al color, siempre quedaba un personaje en sepia o azul, como un vestigio de los fragmentos documentales. Aunque Viggo Mortensen. contó una escena en la que un argentino ingenioso le gritó en un partido de fútbol "«Andáte, puto actor, ponete el anillo y desaparesé». Fue educado, saludó en catalán y pidió a los locos fotógrafos que no molestaran a la gente. La librería estaba abarrotada. El micrófono no funcionaba. Un bebé lloraba a gritos. ¿Por qué siempre hay gente que lleva bebés a conferencias, lecturas y presentaciones, para inquietarlos y que no dejen escuchar a los demás? Leyeron poemas de Fabián Casas, Martín Prieto, y Fernanda Laguna, a la que ya habíamos descubierto hojeando el libro antes de empezar. Le mandaron un saludo de despedida a Kirchner, situándolo con tino en el contexto. Respecto a esas miradas de alguien que la pantalla nos ha hecho reconocibles, a veces he estado a punto de saludar maquinalmente a un político que detesto en la calle o a alguien mediático, antes de darme cuenta de que no lo conocía realmente. La cuestión es que Viggo nos tenía enfrente y nos hablaba y era extraño, así que yo procuraba mirar a los otros.
La antología valía la pena. Aunque ellos se situaron en la escurridiza franja de la experiencia, había algo muy contemporáneo y vital en esas poéticas, que poco tenían que ver con lo que se entiende por esa definición en estos lares. Yo les felicité, ya que nadie lo había hecho (Luego intenté comprar la antología en la otra Central, pero se había acabado). No me sentí con fuerzas para abalanzarme a la mesa a que me firmaran. Las multitudes siempre me retraen; salimos huyendo en cuanto se levantaron de nuevo fotógrafos y gentío. Fuimos andando hacia arriba: a veces esa cuesta me parece inexistente, como si fuera bajada, pero tal vez fuese la conversación y la nocturnidad.
Mientras, tengo oleadas de melancolía y fragmentos de sueños que se me adhieren como telarañas y momentos de vértigo por las malas perspectivas materiales, por la incertidumbre. Y otros momentos de joie paradoxale, malgré le monde (si pudiéramos acceder a la fuente de esa felicidad casi o del todo física, si pudiéramos encontrarla cuando nos hace falta). Y también cierta extraña reconciliación física, aunque sólo dura momentos. Esta madrugada anoté un sueño porque el de ayer lo retuve sin anotarlo y desapareció de mi memoria vertiginosamente. En mi sueño de hoy volvía a estar en la casa de la Diagonal, la que fue nuestra casa tantos años, ahora perdida y rescatada en mi novela y en mis sueños. Yo estaba en la cocina y veía subir el agua como si hirviera en los fogones y seguía subiendo y cubría un tostador inclinado y una freidora (nunca hubo tal objeto en esa casa) y yo temía un cortocircuito y el agua seguía y seguía, en una misteriosa inundación. Iba a avisar a mis amigos americanos, él estaba grabando en el que fue nuestro cuarto de pequeñas, pero ella estaba recostada en la cama de un dormitorio que nunca fue mío, ni me gustaba, hablando con un niño diminuto, y me pedía que no la interrumpiera. Así que yo volvía a la cocina e intentaba achicar agua, y mi batín larguísimo se mojaba en el agua y una fatiga tremenda (yo dormida) me impedía resolver nada con la energía necesaria, hasta que, de pronto, hacía un gran esfuerzo y empezaba a poner orden muy deprisa...
Leo ya Jin Ping Mei el clásico chino publicado por Atalanta, a ratos. He recibido tres pequeñas joyas de Navona: Wharton, James, Wassermann, la primera para reseñar. Me encantan los libros pequeños, que puedo leer en el metro, en el autobús, incluso andando. Aunque ayer me llevé al gran Jin Ping Mei y me alegró tanto el trayecto de metro que pude salir en la estación del Putxet, donde esa gentuza arrancó los árboles frondosos y nos arrebató la belleza de nuestra plaza, con su quietud de pájaros en medio de la locura del tráfico, y seguí leyendo mientras andaba, sin apenas darme cuenta del fragor y la fealdad. Antes de sentarme a escribir o traducir, algunas fotos de los estantes me miran: mi padre cantando un aria en su época más feliz, en Cadaqués, en una camiseta azul (le pido mentalmente que haga lo que no osó hacer en su vida terrestre, que me ayude), mi pobre amigo persa encerrado en la siniestra cárcel de Evin, Concha llevándome en brazos, cuando era joven y no había perdido la cabeza, y también G., muchas fotos alegres de G... O yo misma muy pequeña en color con melancolía y un balón de reglamento. He descubierto que durante muchos años tuvimos una foto de Rufus antes de conocerle. Es una linterna que le compré a G. en Milán, de pequeño, con la foto de un gato idéntico a él. Se lo dije a G.: "Por eso le reconocimos y nos lo trajimos. Hacía tiempo que o teníamos en la estantería". Pobre pequeño Rufus.
Ah, ayer me alegraron los artículos de la vida animal (Xavier Antich, Marta Sagarra), donde se hablaba de Derrida y Cixous en el Cultura/s, con las preciosas fotos de gatos y perros de Jordi Esteva, mirándonos también. Yo ya le animé, desde Fb, a publicar sus fotos de animales (le sugerí que hiciera un libro y aún espero que lo haga). Y también cité a Derrida en su "¿Y mañana qué?" con Roudinesco, diciendo que había que cambiar la relación con los animales, comer distinto, acabar con ese sufrimiento que les inflingimos. Así que los dos artículos de ayer sólo me confirmaron mis pensamientos.
Escribo menos de lo que querría. De ahí los accesos melancólicos. La sensación de seguir en un hoyo de arena forever and ever. Sí soy feliz como lectora, y traduciendo a M.B. Preparando cursos. Pero hoy no hace sol y Rufus ha vuelto de la visita a su amiga Daisy quejumbroso y se ha dormido en el sofá.

lunes, 25 de octubre de 2010

Otra vez

Foto: I.N. El bosque mágico de alcornoques alrededor del dolmen (lugar durandiano), 2010
Mi ánimo cambia mágicamente sin saber cómo (sólo he venido un momento porque no hay tiempo para más). Me he despertado melancólica, pensando en lo que tengo que hacer y en la imposibilidad de cumplir mis deadlines, he estado preparando algunos textos para mi curso, he ido al gimnasio alemán, hoy menos vacío a pesar de mi hora favorita, y al salir, mientras iba a buscar dos cosas que me faltaban, el sol de otoño, ese sol de tramuntana me deslumbraba y envolvía por la calle en el aire fresquísimo. Tal vez haya sido eso, la sensación del barrido tramuntanesco y ese sol tan añorado... Y la verdad es que hace ilusión encontrar textos para un curso así. En Turia me han encargado que reseñe el Jin Ping Mei (humildemente me sitúo por debajo de los sabios sinólogos que lo han reseñado ya, yo sólo lo haré como lectora que no sabe, a tientas y a ciegas, ¿cómo decía Juan de la Cruz? "Entréme donde no supe/ y quedéme no sabiendo, / toda sciencia trascendiendo". ¡Son mil quinientas páginas! Al final quizás estaré aún menos des/orientada, entre Soseki y El erudito de las carcajadas. La edición de Atalanta es preciosa y la traducción, una garantía. En el prefacio del "Maestro del Regocijo" dice que "de los siete sentimientos de la humanidad, el más profundo es la melancolía." Pero antes me toca reseñar otros dos libros, uno policiaco y otro, deliciosamente clásico de Navona...
Rufus parece más apaciguado, aunque sigue despertándome temprano con su trabajo de esmerilado, pero diría que algo ha mejorado. He puesto a Madeleine Peyroux (que le copié a Bel M) y he bailado feliz por la casa unos segundos, ante la mirada atónita de mi gato.
Ayer estuve en el jardín rodorediano y me gustó volver a esos bosquecillos, visitar el bosque mágico de alcornoques que se extiende desde el dolmen, con las mismas piedras del jardín de Rodoreda, y andar y comer en compañía de mis dos amigos del pasado. Visitamos a la acupuntora (que compartimos) en su bonito jardín teatral. Pero tuvimos que atravesar ese infierno de autopistas que han destrozado todo el Empordà, totalmente superfluas y a diferencia de las carreteritas estrechas y razonables que comunican la campiña inglesa o la francesa o la Toscana italiana. Sólo el dinero de la mafia del cemento, en connvivencia con los políticos, explica la destrucción de este pobre país. Hoy justamente en La Vanguardia, Francesco Forgione nos recuerda que España es un paraíso de la mafia y que un capo declaró que la cárcel era aquí más parecida a un balneario de reposo, desde donde sigue dirigiendo sus actividades. ¿Hasta cuándo nos vamos a dejar torear así? Volví melancólica, sobre todo después de comparar mis ingresos con los de alguien que sí encaja en la llamada política cultural del país, alguien que se dedica al teatro y en catalán. ¿Por qué será que yo siempre me sitúo en la peor franja, siempre hago todo lo que no se debe? "Elegís esos caminos difíciles", me decía mi padre. Me sentí derrotada entre el infierno de autopistas y la ausencia de perspectivas económicas.
Y luego, toda la tristeza se evapora sin que nada haya cambiado. Aun preguntándome cómo lograré irme a vivir un día al otro lado de la frontera.
Ah, leí, por recomendación de un amigo nuevo, Carta a D. de André Gorz. Es un librito precioso y bien escrito, la carta de amor de un filósofo y periodista a su mujer ya enferma. Lo leí sabiendo que los dos se suicidaron poco después. Es interesante su descubrimiento de la traición de Pharma y del extraño tránsito de los dos a la medicina holística y la ecología desde el Nouvel Observateur. Pero a mí me fue afligiendo por algo que los lectores hombres tal vez no ven, al menos no los de este país, y es que es la historia de un sacrificio que sólo recibe un castigo: ella, que parece tan maravillosa en la descripción y que, según dice Gorz, podía haber tenido otra vida mejor, trabajó durante años sólo para él, renunció a todo lo demás por él, documentó todos sus trabajos, le animó, resistió todas las miserias para las que no estaba preparada, consiguió apoyos, contactos, él reconoce que sin ella no habría podido nada, pero ella siempre queda anónima. Incluso en este homenaje, él es incapaz siquiera de pronunciar su nombre. Gorz se pregunta en estas páginas por qué cuando escribió de ella en otro libro la retrató indignamente, hizo como si él no fuese quien más la necesitaba, la dibujó ignorante cuando era culta, sola cuando estaba rodeada de amigos, dependiente de él, cuando era la más independiente de los dos, sin saber idiomas cuando dominaba el francés, el inglés y el alemán. Y él sólo se lo pregunta. La diferencia entre él y otros (como Einstein) es que, por su sensibilidad, una parte de él se da cuenta y se duele por haber sido así, lo escribe en un libro -pero la otra parte sigue dominando y él sigue negándola, no escribe nunca el nombre de ella, no fuera el caso que pasara a la historia con él- y acaba suicidándose con ella. En lugar de haberla reconocido acaba devolviéndole el sacrificio. Me pareció terrible.
Gracias a Francis, he encargado un libro de Sergio Pitol y otro de Tabucchi que hablan de sueños. Yo sigo soñando, aunque no siempre pueda contarlo aquí.
No se pierdan el artículo de EVM en El País de hoy, donde compara las estatuas de las Ramblas con el mundo literario de estos tiempos y dice una clave eliotiana y chejoviana que para mí diferencia la literatura de lo demás...

lunes, 18 de octubre de 2010

Alguien

Foto: I.N. Rufus en la terraza, 2010
Alguien tosió detrás de mí, con mucha fuerza, una tos seca e inútil, que sólo hacía temblar y estremecerse un cuerpo. No pude verle la cara. Yo venía pensando en la sangre. Misteriosamente. Mi sueño de hoy me llevó a recordar el de ayer. Un poeta me mandó un sueño que no parecía un sueño sino un relato escrito en la vigilia. Y yo pensé entonces que había olvidado mi sueño de Comarruga (y la casaca de seda finísima que yo remendaba y entregaba a una gente de la clase de yoga, quedándome sin nada más que una vieja casaca israelí que me trajo un amigo de un kibbutz en los años setenta y fu y otra cosa, y le pedía a mi hermanas(tra) que me prestara algo para ir a la playa, y ella estaba curiosamente en la cama con A. -ah, la vieja confusión y usurpación de la que escribo- y él me respondía: "Ella no puede prestarte nada porque está embarazada" y mi hermanastra, que efectivamente estaba descomunal, me decía que volviese a barcelona, cogiera el tren y una vez en la ciudad fuese a casa de mi madre a buscar ropa... Pero yo ya no tengo llaves de esa casa, me decía yo, sorprendida... Y el otro sueño era en París, y en una casa de las afueras, y también ahí ocurría algo con la ropa y las maletas y la inmovilidad y la dependencia de otros para llegar adonde quería y adonde tal vez estaban mis cosas), pero el sueño volvió mágicamente a la mañana siguiente, cuando leí las notas apresuradas del otro.
Yo venía hoy del metro, donde había leído fragmentos de Filosofía en los días críticos (pude reconocer algunas cosas cercanas, que me estremecieron, y también otras asombrosamente collobertianas, ¿o sería mi pensamiento? Y también su epílogo, que se anticipa al final, ¡cómo me alivió y consoló de mi escritura! Sólo como podría alguien que filosofa y teoriza y al tiempo vive en lo puramente subjetivo de la poesía; y ahí habla de escribir desde el mí), que me trajo Stalker con una lluvia de películas japonesas y una conversación de poesía y cine que tuvo que interrumpirse. Por cierto que ayer también tuve otra conversación que tuvo que interrumpirse por un olvido de mi interlocutor, que le obligó a dar un largo rodeo. Y hoy al llegar no pude ponerme a ver las películas japonesas porque estaba vigilando a Rufus, un Rufus que se ha erosionado con esa lengua de lija, con esa ferocidad obsesiva para limpiarse de los restos de su pasado. Precisamente hoy, como si lo adivinara, reapareció la comunicadora de animales de nombre ruso y me preguntó: "¿Cómo está Rufus?" La veterinaria aventuró varias posibilidades, pero sus remedios me parecían salvajes y consulté a mi acupuntora-homeópata, que me dio otros remedios. Ojalá sepamos ayudarle. De madrugada me despierta con sus forcejeos abrasivos.
Llegó TRANS, la revista de Traductología de la Universidad de Málaga, con un dossier sobre la literatura estadounidense en España codirigido por Vicente Luis Mora que incluye un artículo mío "Traducir, narrar, traducirse", escrito a principios de este año. Mientras, hubo que preparar textos de portada y microbiografías para el libro que pronto publicará Icaria, escrito al alimón con Lydia Oliva. Mañana tendré que corregir en serio mi libro de la ciudad. Y en cuanto a la novela, parece ser que una fantasía poderosa e irracional es una de las razones de los obstáculos que sigo tendiéndome. Como si al escribirla fuese a agotarse la fuente. Como si al abordar esa mina no fuese a quedar más que ganga. Como si...
Tengo dos libros más que reseñar. Quería avanzar un buen trecho en mis traducciones. Debería preparar los trabajos de mi segunda sesión en el Ateneo. Volver a reunir el coraje para estar en mi novela. Ver películas japonesas. El domingo iré al bosque; voy con dos amigos a una especie de excursión literaria y gironina. No quiero pensar aquí en el horror de este país, en los horrores que todos los días se descubren, en las malas noticias, entre la corrupción y la estupidez de unos políticos que ahondan más y más el agujero en el que nos han metido. Al menos aquí déjenme seguir con sueños y lecturas y mi gato paseando con sus ojos misteriosos, con esa arandela, de un verde que apenas existe en la naturaleza, desvaneciéndose y reapareciendo alrededor de los iris. Y enseguida se le cierran con el poder hipnótico de su propio ronroneo. Ojalá consigamos curarle de esa ferocidad abrasiva.
Una psicoanalista me mandó una entrevista magnífica a Santiago Kovadlof sobre la imposibilidad de ser judío. Él ve lo judío como una tarea, una indagación, una exploración del pasado como metáfora del presente y del presente como símbolo de ese pasado. "En ese territorio exploratorio", dice, "yo celebro mi judaísmo". Y en otro momento añade: "Es como Moisés diciéndole a Dios: No destruyais al pueblo por haber caído en la idolatría, sostenedlo en su eterno salir, en la constante tentativa de ganar la libertad..." Dice que ser judío es imposible, que por eso la Biblia es un libro escandaloso, porque hace dudar de los profetas, da razones al cuestionamiento de lo judío; ser judío es una tarea, implica empezar de nuevo. Y para él la sinagoga no puede ser un lugar cómodo, porque es el lugar de la pregunta (de la tarea), es el espacio donde se produce la búsqueda... Para él, el dios judío no pretende ser reconocido en su existencia, sino en su significación. No le interesa tanto si existe o no, sino el problema que plantea. Dios es el problema del origen del mundo que asalta al hombre. El único porvenir judío consiste en luchar contra su propia idolatría de lo judío, contra ese becerro de oro... Vale la pena.
Ha vuelto el calor. Ayer, al llegar a casa, en la oscuridad de la plaza dura y fea que fue republicana, había dos rusos no muy jóvenes, envueltos de efluvios alcohólicos pero con una belleza que no se ve nunca por estos lares, sentados en un banco. Los dos se alegraron al verme y uno me dijo en inglés que me sentara con ellos. Stay with us, me dijo, y yo también les sonreí mientras me alejaba, aunque sólo fuese una forma de celebrar esa belleza histórica bañada en alcohol. Después vi el azufaifo, aún exuberante pese a la basura que le arrojan los horribles habitantes de este barrio, esos mismos que se dedicaban a la construcción y ahora lamentan su ruina.
Y de noche, a trozos, mientras no llegan los dos libros que me he comprometido a reseñar, entro en el mundo de A.G. y su flamante novela, aún inédita, que ha querido someter a mi lectura. Pero mi agotamiento no me permite más. Llevo demasiados días despertándome de madrugada, sin querer, interpelada por ese pasado de Rufus que me recuerda al mío y que le lleva, como me llevó a mí en otro tiempo metafóricamente, a la desolladura.

domingo, 17 de octubre de 2010

Fui

Foto: I.N., Autorretrato nocturno y algo desvaído, 2010
Con un grupo de Cafè Central, el viernes por la tarde, a la gran exposición Paral·lel de Benet Rossell en el Macba. Era una visita privilegiada, con un Benet inspirado, sembrado, que nos explicaba algunas de las obras grosso modo, improvisando con esa gracia asociativa tan característica de su poética inclusiva y miniaturista, donde todo parece relacionado en una cadena metafórica y literal sin fin, siempre irónica y autoburlona, con un uso de esa condición libre y falsamente naïf del artista entretejida en la historia del arte y los latidos del mundo, su voz crítica y paródica y su posición entre artistas e intelectuales y cineastas europeos que le acogieron o colaboraron con él, sus músicas construidas, su imaginada banda sonora alternativa a los ruidos del mundo y sobre todo su universo inacabable, como el tapiz inacabable que puede seguirse por cualquier extremo. Todo eso estaba en sus palabras y en las piezas de toda su trayectoria, dibujos, collages, vídeos y obras multimedia, acabando con el desaparecido El Molino, sus maravillosos telones pintados en la calle Carretas encontrados en la basura (ese abandono del patrimonio y la historia de esta pobre ciudad abandonada a la especulación y el cemento), con un blog que crece y se diversifica y una muy particular interpretación suya del flamenco llena de su humor y de su gracia. Me encantó.
Y ayer tenía la mesa redonda de la Plataforma Psicoanálisis siglo XXI. Llegué tarde a la primera mesa, que me interesó mucho, sobre todo el lúcido y combativo psiquiatra y psicoanalista Josep Moya y el médico e investigador Gabriel Capellà (que se situó en una subespecie rara de la profesión). Me alivió y alegró escuchar esas voces críticas que resitúan las cosas y el legado de ciencia y humanismo en el que convergían y su condición resistente frente al poder absoluto de los lobbies de grandes laboratorios farmacéuticos.
Y luego se abrió la nuestra. Joaquín Oristrell nos hizo reír a todos con su sentido del humor, tanto que yo ya empezaba a dudar de mi intervención, sobre todo porque ese tono mío construido en la reescritura de lo autobiográfico, aunque no sea más que otro juego de máscaras y parapetos, siempre me hace dudar porque no todo el mundo lo entiende y a veces crea malentendidos. Eso no ocurre casi nunca con el público psicoanalítico, que entiende y escucha de otra manera. Hubo un momento, mientras leía, en que el silencio era tan sepulcral que no se oía nada más que mi voz; intenté no sobrecogerme. Era impresionante, nadie tosía ni se movía. Creo que desde que estuve en una lectura poética en la cárcel no había sentido una escucha tan intensa; aunque si pienso en algunas lecturas, me vuelven sensaciones de esa vibración. Yo sé que hay algo que se puede vehicular poderosamente a través de la voz, sobre todo en un texto escrito. Luego, en la comida, un escritor que siempre tiene muy buena respuesta en el ámbito psi comentaba mi éxito con ese tono afectuosamente irónico tan suyo. Assumpta Mateu contó su experiencia con un bosque quemado y cómo ese encuentro dio lugar a una obra. Tessie Morandi situó los parámetros y se hizo preguntas sobre psicoanálisis, arte y ciencia, y al final, Ruth Sonnabend comentó algunos logros de ese grupo resistente y atento al mundo, que intenta recuperar esa presencia de lo psi en nuestro árido desierto de pensamiento y reflexión. Por cierto, parece que mi intervención se publicará en la Revista del Colegio de Psicólogos. Lástima que ninguno de esos actos tenga nunca repercusión mediática (como ocurriría en Francia o Alemania) y que quede ahí, aislado en su burbuja.
Y anoche estuve, invitada por una amiga, en una extraña tertulia cinéfila que se celebra hace treinta años. Comentan, puntúan y votan las películas del año y de la década. Mi contacto ya me había advertido que allí el problema era hacerse oír, que a veces es bastante "olla de grills", y era verdad. Pero tanto entusiasmo por el cine y tanta subjetividad compitiendo y con tanto humor. Es verdad que la mayoría hablaba como si la subjetividad no existiera, como si sus posiciones respondieran sólo a la calidad o su ausencia. Y a la vez todo eran opiniones contundentes, de una visceralidad caprichosa y venal, llena de las resonancias que el cine provoca en cada uno. Yo no había visto muchas de las películas comentadas y los nuevos no tienen voto, pero a veces pude defender o atacar lo que quería, haciendo un esfuerzo de voz. Entre la discusión larguísima y el humo acabé agotada. Nos fuimos de allí a las tres y pico andando hasta casa. Apagué la luz a las cuatro. Por razones que no vienen al caso, no he podido hacer la grasse matinée como habría querido, así que mis planes para hoy se verán reducidos a certo recogimiento interior (búsqueda de textos para mi curso, lectura de ese primer Handke, tal vez un paseo al atardecer). Por la mañana me he despertado melancólica y en Arte había un concierto maravilloso, pero me disgustaba ver dirigiendo a un director austríaco ex nazi y a la vez no podía evitar que despertara recuerdos mezclados en mí; por suerte, el sol de octubre y dos frases más de mi novela me han ayudado a sacudir las telarañas.

viernes, 15 de octubre de 2010

Sábado 16: Encuentros de psicoanálisis, arte y ciencia

Psicoanàlisi, ciències i art “Psicoanàlisi, ciències i arts: confluències vers la complexitat del subjecte” Barcelona, dissabte 16 d’octubre de 2010 10 – 14 h. Auditori Casa del Mar c/Albareda 1-13 Programa 10:00 h. Recepció 10:30 h. Taula rodona “Psicoanàlisi i ciències: confluències vers la complexitat del subjecte” • Maria Teresa Anguera, catedràtica de metodologia de les ciències del comportament, Facultat de Psicologia, UB. Vicerectora de la UB. • Gabriel Capellà, metge, director del Laboratori d’Investigació Transnacional, director del Programa de Càncer Hereditari i director Científic de l’IDIBELL (Institut d’investigació biomèdica de Bellvitge) • Josep Moya, psiquiatre, psicoanalista, coordinador de l'OSAMCAT (Observatori de Salut Mental de Catalunya) Modera: Carme Grifoll. Psicòloga clínica i psicoanalista, Directora de Fundació Nou Barris S.M. 12:15 h. Taula rodona “Psicoanàlisi i arts: confluències vers la complexitat del subjecte”
• Assumpta Mateu, pintora. Ha exposat en prestigioses exposicions internacionals. Ha efectuat, entre moltes altres obres,“Arbre: interrelació cultural” per a la commemoració dels 50 anys dels Amics de la UNESCO. • Isabel Núñez, escriptora, traductora y crítica literària. Autora, entre d’altres, de: Crucigrama, La plaza del azufaifo, Algunos hombres... y otras mujeres, i Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes Joaquín Oristrell, director i guionista cinematogràfic. Autor, entre d’altres, de la pel•lícula “Inconscientes” • Teresa Morandi, Psicoanalista. Psicòloga Clínica. Supervisora i Docent Institucional. Membre del Patronat de la Fundació Congrés Català de Salut Mental. Modera: Lluís Farré, psicòleg clínic i psicoanalista. Ex-cap Servei Psicologia Fundació Puigvert. Responsable formació Servei Psicologia de la Fundació Puigvert 13:45 h. Cloenda Aforament limitat Reserva de plaça per e-mail: psicoanalisissigloXXI@gmail.com

miércoles, 13 de octubre de 2010

Sentiría

Foto: I.N. Autorretrato oscuro y con brillos, 2010
Tener que dejar este pobre barrio -que fue bonito, frondoso y tranquilo y ahora es feo, contaminado y ruidoso- sólo por dos razones: el silencio de los fines de semana -la calle convertida en un desierto- y el pescadero de mi barrio, que ocupa un local diminuto y ofrece poca cantidad pero gran calidad, aparte de sus irónicos comentarios sobre la crisis. Yo siempre llego cuando están recogiendo y él me vende lo que se llevaba para él a precio mucho más humano -según él, porque soy yo, aunque sospecho que la hora ayuda decisivamente. Hoy me he comido una merluza que me ha hecho recordar mis buenos tiempos en San Sebastián (o Donosti, como decían ellos) o en las rías gallegas, quelle merveille; me he sentido obsequiada.
Anoche fui con Tigridia a ver Buried. Es un buen ejercicio de estilo, casi una obra de teatro, eficaz, clara, crítica, ideológicamente didáctica. Metafóricamente habla no sólo contra la guerra, sino del horror de este mundo nuestro globalizado en que las grandes corporaciones y sus lacayos políticos utilizan y esclavizan a una población cada vez más ignorante, más vulnerable, más desesperada. Es casi el Johnny cogió su fusil de estos tiempos, menos intensamente doloroso, con un humor negro realista más contemporáneo (las respuestas de sus interlocutores telefónicos son las mismas que nos desesperan a todos cada vez que tenemos que hablar a alguna compañía, cuando nos contestan robots o gente robotizada. Aquí tampoco hay nadie al otro lado, ¡sólo que él está encerrado en un ataúd y sin apenas batería!). Me alegra su éxito en Sundance y creo que tendrá muy buenos efectos en el público americano, pero no es una película para mí. Yo espero del cine que me haga pensar autrement, que me lleve a un lugar más alejado. Lo que pensé ya lo había pensado leyendo los periódicos, viviendo, intentando que me solucionen un problema cuando me falla el suministro de alguna compañía, sintiendo la desolación de ese poder cada vez más dictatorial que rige nuestro mundo. No me suscitó ningún pensamiento nuevo, no descubrí nada, salvo lo buen actor que es ese hombre y lo correcto que es todo, el ritmo, la luz, el guión. Técnicamente es una buena idea, una proeza inteligente, que se soporte toda una película dentro de un ataúd, como un monólogo teatral (aunque prefiero el monólogo de Copi como rata aislada en su nave espacial sin rumbo, hablando por teléfono con un uraniano). Cuando se despierta y descubre que está enterrado pensé que no lo soportaría porque en esos primeros segundos el terror es universal y metafísico, pero saber que le había ocurrido en Irak me tranquilizó infantilmente (yo no me iría a Irak a trabajar para una compañía americana, pensé, y así alejé la pesadilla). Y repito mi admiración por su habilidad, and so what? Prefiero ver Aristakisyan y su terrible y poético Ladoni. Me habla más del mundo y me hace pensar, preguntarme... Claro que quizás no fuese mi día para esa película; quizás otro día habría sido distinto; ayer habría necesitado una película japonesa...
Me han mandado noticia de esa maravilla china que acaban de publicar en Atalanta, Jin Ping Mei, traducido por Alicia Relinque, y por desgracia he llegado tarde para reseñarlo en el suplemento donde suelo colaborar; lo hará algún sinólogo (mejor que yo. Es sólo que tras escribir y leer tanto al japonés Natsume Soseki -mi artículo en Turia saldrá el mes que viene-, me parece que el viejo Oriente se haya acercado, que no esté ya tan "des-orientada"). Indagaré en alguna revista... De momento espero que me llegue un Handke. Por cierto que me compré un disco en Alibris y en lugar del disco me han mandado un libro sobre Afganistán. Les he escrito para protestar; ahora veremos si hay alguien al otro lado. En NY me pasó con Amazon: le había enviado a mi amiga americana un libro de Maeve Brennan sobre la ciudad y en vez de eso le mandaron Cooking with Aloha. Parecía una broma, como lo parece esto. En aquel caso me devolvieron el dinero. Si no me lo resuelven en éste, nunca más les compraré nada.
Llevo todo el día traduciendo a Maeve Brennan. He añadido una sola frase a mi novela, inspirada en el texto de mi conferencia del sábado, que escribí anoche y aún no he releído. Una idea de un viejo cuento balcánico que duerme en mi mente desde 2003 ha vuelto a aletear y estirarse, como después de un bostezo. Tal vez mañana... Pero la idea de haber escrito sólo una frase me ha recordado a aquel pasaje en el que Naipaul le dice a Paul Theroux: "Llevo toda la mañana intentándolo y sólo he logrado escribir una palabra" y cuando Theroux le pregunta qué palabra, Naipaul responde: "The" (me encantó ese libro y luego pude entrevistar a Paul Theroux y cuando le dije que me había encantado My Other Life (que compré en unas vacaciones atlánticas, en una librería de Santiago de Compostela) me dijo que era su favorito y que la crítica apenas le había hecho caso). Al menos, mi novela tiene ya un working title que casi me gusta. Alguna gente pide "amistad" en facebook y en cuanto se la concedes empiezan a presionarte con sus libros, a veces sin ningún tacto. Un tipo me dijo directamente: "Gracias por aceptarme y espero que cuando salga mi libro, te ocupes de él en tu columna de La Vanguardia", le retiré la amistad, que es ese gesto infantil característico de Facebook, como una vuelta al patio del colegio. Otro, aún más caradura y completamente desconocido, pretendía que le comprase su libro para luego reseñarlo (!), y también le eliminé de mi lista. Otros te avasallan con actos, libros y presentaciones invadiendo tu espacio, "etiquetándote" y sin acordarse nunca de que tú también escribes, sin acordarse nunca de leerte, de interesarse en lo tuyo. Da la impresión de aquel mundo de Los demasiados libros. Y sin embargo, es una suerte que haya tantos libros que leer... He recibido El ruletista, de Mircea Cărtărescu, que tiene el tamaño ideal para leerlo por la calle y promete...
Y por cierto, se me olvidaba. Un día me compré sin querer Figuraciones del yo en la narrativa de J.M. Pozuelo Vivancos (centrado en Javier Marías y Enrique Vila-Matas. Digo sin querer porque había quedado en el Café de La Central, lo abrí al pasar, por una página fascinante y me lo llevé a la mesa mientras esperaba. Luego, cuando mi amigo motorista me dejó en casa, seguí leyendo esa segunda mitad hasta el fin. La parte dedicada a EVM me gustó tanto que he encargado dos libros suyos que me faltaban y a pesar de mi atasco de libros los espero con impaciencia. Por cierto, que el mismo martes 19 en que yo empiezo mi curso en el Ateneo, EVM hablará con Marcos Giralt Torrente en Madrid: me habría gustado escucharles. Tampoco habría que perderse el post de Amapolas en octubre, donde la Otra Bel ha puesto los links de sus estupendos artículos sobre Clarice Lispector.
Me ha llegado mi té Long Jin Shi Feng de mi tienda francesa preferida y me han incluido en el paquete una muestra de Kuai, otro té chino Wu-Long, semifermentado y aromatizado con polen de flores de canela y pistilos de orquídea, además de otro saquito de Gemaicha y otro té del hammam. Me ha hecho mucha ilusión y ha compensado el envío equivocado de Alibris. Antes compraba los tés en Sans & Sans, pero además de que la oferta no se puede comparar, en BCN son mucho más caros, incluso contando el transporte francés, me sale más económico comprarlos fuera. Son cosas de este país. Unos amigos me contaron que les salía más barato que su hija estudiara foto en una prestigiosa escuela francesa de Arles, pagando vivienda y manutención, que matricularla en la Massana viviendo con ellos. Este país cada vez es más caro y cada vez paga menos a los que trabajamos en lo cultural y no somos famosos, pero sigue subiendo los honorarios de unos pocos. El otro día supe de una escritora catalana mediana con sueldo institucional enorme, a la que los contribuyentes pagamos las conferencias a 3.000 euros, mientras que a los demás nos piden que las hagamos gratis o por 200 euros brutos.. por la crisis.
Mientras, pensaba que últimamente me está ocurriendo algo parecido a lo que M. deseó que le ocurriese a ella durante muchos años, sólo que yo no lo deseaba, y por tanto, puede considerarse otra de las burlas de la Gran Ironía que rige nuestro mundo.
Rufus lleva todo el día durmiendo profundamente. Por la mañana ha ido a ver a la gata vecina y ha vuelto refunfuñando, como siempre, misteriosamente (no sé si quiere decir que no estaba, que no le ha hecho caso o qué). Mientras yo desayunaba, he puesto Arte Tv, as usual, y salían muchos perros: Rufus, sobresaltado, se ha subido a la mesita para verlos de cerca; por suerte, al desaparecer los perros de la pantalla, ha vuelto al sofá. Anteayer, de madrugada, abrí los ojos y le vi sentado mirándome sobre el edredón, volví a dormirme y soñé que la cama era un tablero de ajedrez y Rufus estaba allí, como una ficha... A veces, cuando ronronea, los ojos se le entrecierran en una especie de trance, como si hubiese tomado una droga poderosa, tal es el efecto que les produce esa vibración endorfínica y gatuna...

sábado, 9 de octubre de 2010

De visita

Foto: I.N., El jardín de M, 2010
En mi sueño volvía a la casa de la Diagonal que ya no es nuestra, allí consolaba a un joven pálido a quien me parecía conocer de otro sueño y había una intensidad en el aire y el tacto, pero no lográbamos casi nunca estar solos, y luego, cuando andábamos por extraños desfiladeros, él se había convertido en un poeta que conozco de fuera del sueño, sólo que había rejuvenecido y tenía el pelo negro brillante como cuando éramos adolescentes, y no quería enseñarme lo que yo misma había escrito sobre mis preferencias y estaba ofendido como un niño, pero se sabía las canciones medievales que yo aprendí en mi época universitaria, él las empezaba y yo las cantaba distinto, como si hiciera otra voz, como si no pudiera dejar de improvisar. En el momento más peligroso del desfiladero pasábamos una parra cargada de uvas diminutas y él las cogía, aunque estaban cubiertas de una telaraña con una textura que no existe, y se las comía a pesar de mi advertencia. Y luego, mientras intentaba fijar ese sueño en mi memoria tuve otro, pero no podía con los dos, y soñé que el segundo se grababa o fotografiaba escrito como estaba en forma de texto... y lo olvidé. Por la mañana oí el afilador y recordé cómo me alegraba ese sonido cuando era pequeña en Figueres, qué extraña sensación de esperanza de huir me producía su silbido, como también extrañamente una cinta de música con cenefas donde decía eurovisión en la tv al llegar a BCN. Luego, Bel M. me habló de una canción de John Lennon de desolación de hijo abandonado, Mother, y yo le recomendé entonces la versión postpunk de Rammstein, ese Mutter que me regaló mi amigo serbio y que a mí me sigue fascinando, y escuchándola me di cuenta de que mi estancamiento en la novela estaba asociado al vacío de M y decidí ir a verla, pero para ayudarme a llegar hasta allí me llevé a J. Sabía que a ella le alegraría verlo, ahora más que nunca le importa sólo la belleza y la juventud, además de los dulces. Allí hablan de ella como si fuese otra persona. Dicen que es afectuosa y siempre sonriente, que le gusta tanto bailar y que come muchísimo. Su delgadez es extrema. De verdad parece contenta allí, aliviada de haber encontrado un lugar, de que se ocupen de ella y parece sentirse más libre en esa extraña celda mental, en la demencia que la ha convertido en prisionera. Allí parece haber encontrado una pequeña vida después de todo, una microvida, y nadie la amenaza, nadie se exaspera, nadie la vigila especialmente, sólo la cuidan. Pero a mí, que he vivido en la fosa de Rammstein, todo me parece la contemplación de un castigo o la conclusión de una vida de decisiones siempre dolorosamente equivocadas.
Estamos cerrando el libro de correspondencia entre escritoras que edita Esmeralda B. y la Belle Elaine, mi penpal para la ocasión, dice que ella seguirá escribiéndome mientras yo quiera contestarle, aunque el libro haya acabado. Ayer ella encontró mi carta perdida y fue un alivio frente a mi desorden. Pero como dice la Esfinge, no debo ser tan dura conmigo...
Dice el prólogo de la Vie d'Henry Brulard: "S'il était besoin de prouver que la psychanalyse existait avant Freud, il suffirait de lire la Vie d'Henry Brulard. Point d'oeuvres qui détruisent de façon aussi tonique et aussi salutaire une mythologie de l'enfance "pure", heureuse, sans désirs..." Y más adelante dice el propio Henry Brulard: "je vais avoir cinquante ans, il serait bien temps de me connaître".
Ayer me angustió la idea de estar perdiendo miserablemente el tiempo. Entre la agitación política de Fb, consolación en tiempos tan injustos y verdadera necesidad de encontrar una manera de vehicular ese malestar general y compartido de los que no quieren cerrar los ojos ante la gran estafa y el latrocinio (hoy sale el escándalo de corrupción del Raval, las tres mujeres que intentaron acusar han sido perseguidas y amenazadas de muerte; ése es nuestro ayuntamiento; también sale el Manifiesto de los pocos profesores universitarios críticos que quedan ante la derechización autoritaria del mismo ayuntamiento y con la distorsión a la que se ha prestado alguna prensa...), extasiada ante la pantalla mágica y asustada de las dificultades de mi novela, pensé, pierdo el tiempo. Traduzco y procuro ahuyentar los pensamientos negros y la expectativa de incertidumbre como recomendaba el demonio a Verdaguer. Me senté y estuve tomando notas a mano y Rufus perseguía la pluma como si fuese una lagartija. El hombre que corta el mejor jamón de la ciudad me dijo que estaba leyendo el Ramaiana de Atalanta. Él no pierde el tiempo como yo, pensé. Cuando acaba de cortar jamón se entrega libremente al vicio de la lectura...
Pero hoy Rammstein me despertó de mi sueño. Creo que he tocado una zona doliente y para escribir es mejor tocar lo que duele que notar sólo el algodón del torniquete. G. me esperaba para ver el segundo episodio de Bourne, que no nos ha decepcionado. El ritmo seguía siendo brutal y al final la música del descendiente de Melville. Han predicho tormentas y yo me voy al cine, sin decidirme a buscar unas viejas katiuskas. Rufus duerme profundamente. Antes he oído a G., que le hablaba imitando su voz gatuna de refunfuñe y le cantaba cancioncillas paródicas. He vuelto a empezar un diario: en alguna parte tenía que contar lo que no le estoy contando a nadie, un juego que por alguna razón me consuela de esta extraña fase de mi vida y también la otra parte de mis sueños y su reverso. También me he hecho algunos autorretratos, en una búsqueda que tiene que ver con los vestigios y el tiempo.
(à suivre après le cinéma...) Dicen que A Hard Rain Is Gonna Fall.
Yo me puse unos zapatos para la lluvia, pero no llovió. Vimos el documental sobre Banksy, Exit Through the Gift Shop, una especie de Rock'n roll' swindle del mundo del arte, bien hecho, sin pretensiones, llena de ironía anglosajona y de inteligencia matter-of-fact americana, de artistas callejeros, de crítica y parodia del mundo del arte, de interrogaciones sobre qué es el arte de una forma bastante despojada y sincera; me gustó mucho verlo y también el paseo y las conversaciones que lo precedieron y sucedieron.
Yo estaba pensando en la búsqueda de unos límites que me ayudaran en la novela. Estaba pensando en que hay una generación intermedia, de los treintañeros, en la que está de moda ser light, no comprometerse, no tener principios éticos, no pronunciarse en política, ser divertido y original, parecer rabiosamente moderno y no mostrar nunca las emociones. Leyendo a un escritor que tiene un legado difícil de compromiso ético y emocional fuerte y que pertenece a esa generación, me admiró cómo, en algunos de sus cuentos, logra que esas emociones estén sin estar. Ese límite le ayuda y logra parecer casi nocillero sin serlo realmente, es decir, teniendo una densidad humana bajo la ironía.
En la novela, yo añoro los límites de la estructura del cuento. Ahí no puedo usar otra clase de límites: la rima, otro idioma, ejercicios oulipianos, un sesgo distinto... No tengo un ángulo exagerado que pueda servirme. Me pierde esta libertad sin forma, este foso de los leones. Pero quién sabe, tal vez... Veremos si mañana ese dolor rammsteniano me sirve para continuar.
Al llegar he encontrado a G. viendo Match Point con Rufus y luego buscando en youtube a Caruso cantando "Una furtiva lagrima" de (L'elisir d'amore) Donizetti.