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miércoles, 13 de octubre de 2010

Sentiría

Foto: I.N. Autorretrato oscuro y con brillos, 2010
Tener que dejar este pobre barrio -que fue bonito, frondoso y tranquilo y ahora es feo, contaminado y ruidoso- sólo por dos razones: el silencio de los fines de semana -la calle convertida en un desierto- y el pescadero de mi barrio, que ocupa un local diminuto y ofrece poca cantidad pero gran calidad, aparte de sus irónicos comentarios sobre la crisis. Yo siempre llego cuando están recogiendo y él me vende lo que se llevaba para él a precio mucho más humano -según él, porque soy yo, aunque sospecho que la hora ayuda decisivamente. Hoy me he comido una merluza que me ha hecho recordar mis buenos tiempos en San Sebastián (o Donosti, como decían ellos) o en las rías gallegas, quelle merveille; me he sentido obsequiada.
Anoche fui con Tigridia a ver Buried. Es un buen ejercicio de estilo, casi una obra de teatro, eficaz, clara, crítica, ideológicamente didáctica. Metafóricamente habla no sólo contra la guerra, sino del horror de este mundo nuestro globalizado en que las grandes corporaciones y sus lacayos políticos utilizan y esclavizan a una población cada vez más ignorante, más vulnerable, más desesperada. Es casi el Johnny cogió su fusil de estos tiempos, menos intensamente doloroso, con un humor negro realista más contemporáneo (las respuestas de sus interlocutores telefónicos son las mismas que nos desesperan a todos cada vez que tenemos que hablar a alguna compañía, cuando nos contestan robots o gente robotizada. Aquí tampoco hay nadie al otro lado, ¡sólo que él está encerrado en un ataúd y sin apenas batería!). Me alegra su éxito en Sundance y creo que tendrá muy buenos efectos en el público americano, pero no es una película para mí. Yo espero del cine que me haga pensar autrement, que me lleve a un lugar más alejado. Lo que pensé ya lo había pensado leyendo los periódicos, viviendo, intentando que me solucionen un problema cuando me falla el suministro de alguna compañía, sintiendo la desolación de ese poder cada vez más dictatorial que rige nuestro mundo. No me suscitó ningún pensamiento nuevo, no descubrí nada, salvo lo buen actor que es ese hombre y lo correcto que es todo, el ritmo, la luz, el guión. Técnicamente es una buena idea, una proeza inteligente, que se soporte toda una película dentro de un ataúd, como un monólogo teatral (aunque prefiero el monólogo de Copi como rata aislada en su nave espacial sin rumbo, hablando por teléfono con un uraniano). Cuando se despierta y descubre que está enterrado pensé que no lo soportaría porque en esos primeros segundos el terror es universal y metafísico, pero saber que le había ocurrido en Irak me tranquilizó infantilmente (yo no me iría a Irak a trabajar para una compañía americana, pensé, y así alejé la pesadilla). Y repito mi admiración por su habilidad, and so what? Prefiero ver Aristakisyan y su terrible y poético Ladoni. Me habla más del mundo y me hace pensar, preguntarme... Claro que quizás no fuese mi día para esa película; quizás otro día habría sido distinto; ayer habría necesitado una película japonesa...
Me han mandado noticia de esa maravilla china que acaban de publicar en Atalanta, Jin Ping Mei, traducido por Alicia Relinque, y por desgracia he llegado tarde para reseñarlo en el suplemento donde suelo colaborar; lo hará algún sinólogo (mejor que yo. Es sólo que tras escribir y leer tanto al japonés Natsume Soseki -mi artículo en Turia saldrá el mes que viene-, me parece que el viejo Oriente se haya acercado, que no esté ya tan "des-orientada"). Indagaré en alguna revista... De momento espero que me llegue un Handke. Por cierto que me compré un disco en Alibris y en lugar del disco me han mandado un libro sobre Afganistán. Les he escrito para protestar; ahora veremos si hay alguien al otro lado. En NY me pasó con Amazon: le había enviado a mi amiga americana un libro de Maeve Brennan sobre la ciudad y en vez de eso le mandaron Cooking with Aloha. Parecía una broma, como lo parece esto. En aquel caso me devolvieron el dinero. Si no me lo resuelven en éste, nunca más les compraré nada.
Llevo todo el día traduciendo a Maeve Brennan. He añadido una sola frase a mi novela, inspirada en el texto de mi conferencia del sábado, que escribí anoche y aún no he releído. Una idea de un viejo cuento balcánico que duerme en mi mente desde 2003 ha vuelto a aletear y estirarse, como después de un bostezo. Tal vez mañana... Pero la idea de haber escrito sólo una frase me ha recordado a aquel pasaje en el que Naipaul le dice a Paul Theroux: "Llevo toda la mañana intentándolo y sólo he logrado escribir una palabra" y cuando Theroux le pregunta qué palabra, Naipaul responde: "The" (me encantó ese libro y luego pude entrevistar a Paul Theroux y cuando le dije que me había encantado My Other Life (que compré en unas vacaciones atlánticas, en una librería de Santiago de Compostela) me dijo que era su favorito y que la crítica apenas le había hecho caso). Al menos, mi novela tiene ya un working title que casi me gusta. Alguna gente pide "amistad" en facebook y en cuanto se la concedes empiezan a presionarte con sus libros, a veces sin ningún tacto. Un tipo me dijo directamente: "Gracias por aceptarme y espero que cuando salga mi libro, te ocupes de él en tu columna de La Vanguardia", le retiré la amistad, que es ese gesto infantil característico de Facebook, como una vuelta al patio del colegio. Otro, aún más caradura y completamente desconocido, pretendía que le comprase su libro para luego reseñarlo (!), y también le eliminé de mi lista. Otros te avasallan con actos, libros y presentaciones invadiendo tu espacio, "etiquetándote" y sin acordarse nunca de que tú también escribes, sin acordarse nunca de leerte, de interesarse en lo tuyo. Da la impresión de aquel mundo de Los demasiados libros. Y sin embargo, es una suerte que haya tantos libros que leer... He recibido El ruletista, de Mircea Cărtărescu, que tiene el tamaño ideal para leerlo por la calle y promete...
Y por cierto, se me olvidaba. Un día me compré sin querer Figuraciones del yo en la narrativa de J.M. Pozuelo Vivancos (centrado en Javier Marías y Enrique Vila-Matas. Digo sin querer porque había quedado en el Café de La Central, lo abrí al pasar, por una página fascinante y me lo llevé a la mesa mientras esperaba. Luego, cuando mi amigo motorista me dejó en casa, seguí leyendo esa segunda mitad hasta el fin. La parte dedicada a EVM me gustó tanto que he encargado dos libros suyos que me faltaban y a pesar de mi atasco de libros los espero con impaciencia. Por cierto, que el mismo martes 19 en que yo empiezo mi curso en el Ateneo, EVM hablará con Marcos Giralt Torrente en Madrid: me habría gustado escucharles. Tampoco habría que perderse el post de Amapolas en octubre, donde la Otra Bel ha puesto los links de sus estupendos artículos sobre Clarice Lispector.
Me ha llegado mi té Long Jin Shi Feng de mi tienda francesa preferida y me han incluido en el paquete una muestra de Kuai, otro té chino Wu-Long, semifermentado y aromatizado con polen de flores de canela y pistilos de orquídea, además de otro saquito de Gemaicha y otro té del hammam. Me ha hecho mucha ilusión y ha compensado el envío equivocado de Alibris. Antes compraba los tés en Sans & Sans, pero además de que la oferta no se puede comparar, en BCN son mucho más caros, incluso contando el transporte francés, me sale más económico comprarlos fuera. Son cosas de este país. Unos amigos me contaron que les salía más barato que su hija estudiara foto en una prestigiosa escuela francesa de Arles, pagando vivienda y manutención, que matricularla en la Massana viviendo con ellos. Este país cada vez es más caro y cada vez paga menos a los que trabajamos en lo cultural y no somos famosos, pero sigue subiendo los honorarios de unos pocos. El otro día supe de una escritora catalana mediana con sueldo institucional enorme, a la que los contribuyentes pagamos las conferencias a 3.000 euros, mientras que a los demás nos piden que las hagamos gratis o por 200 euros brutos.. por la crisis.
Mientras, pensaba que últimamente me está ocurriendo algo parecido a lo que M. deseó que le ocurriese a ella durante muchos años, sólo que yo no lo deseaba, y por tanto, puede considerarse otra de las burlas de la Gran Ironía que rige nuestro mundo.
Rufus lleva todo el día durmiendo profundamente. Por la mañana ha ido a ver a la gata vecina y ha vuelto refunfuñando, como siempre, misteriosamente (no sé si quiere decir que no estaba, que no le ha hecho caso o qué). Mientras yo desayunaba, he puesto Arte Tv, as usual, y salían muchos perros: Rufus, sobresaltado, se ha subido a la mesita para verlos de cerca; por suerte, al desaparecer los perros de la pantalla, ha vuelto al sofá. Anteayer, de madrugada, abrí los ojos y le vi sentado mirándome sobre el edredón, volví a dormirme y soñé que la cama era un tablero de ajedrez y Rufus estaba allí, como una ficha... A veces, cuando ronronea, los ojos se le entrecierran en una especie de trance, como si hubiese tomado una droga poderosa, tal es el efecto que les produce esa vibración endorfínica y gatuna...

jueves, 12 de febrero de 2009

Cielo cambiante

Foto: Miriam T, yo en Palma de Mallorca, septiembre 2008
El tiempo se me escapa. Ayer apenas pude avanzar en mi trabajo.
Primero tomé un café metafórico con mis ex suegros, que son gente leída y librepensadora, cada uno con un estilo muy distinto, entre el koestlerianismo vasco y robinhoodiano de él y un magnetismo energético alternativo y psicoanalizado de ella. Me alegró verles tan en forma como siempre y con el mismo sentido del humor. Y les dediqué mi libro balcánico. Luego venía a casa el fotógrafo de una publicación significativa, con su cámara. Por suerte era un hombre comprensivo, yo le cité a Frances Benjamin Johnston: "el estudio del fotógrafo es para muchos como la consulta del dentista". El fotógrafo, paciente y positivo, me hizo un millar de fotos y espero que elija bien, porque algunas se veían bonitas, al menos con ese tamaño de la cámara...
Después tenía una de esas comidas que tanto me gustan con Jc, a quien no veía desde "abans de festes". Aunque JC dice que no lee tantísimo como antes y lleva su camiseta de Bartleby puesta bajo la camisa, sigue siendo muy literario y hay algo en su actitud o en su posición ante el mundo que me produce una gran tranquilidad: no sé en qué consiste, es esa antivehemencia suya, esa postura reflexiva y ese humor o esa forma de contar las cosas, pero siempre salgo contenta, aunque él me contara historias difíciles donde una vez más pensé que su bartlebianismo no excluye un espíritu humanista, de una bondad inteligente. Tras presenciar la destrucción del viejo Cibeles, donde ahora construirán otro bloque de fealdad y cemento, volví por la Diagonal mirando el cielo (aunque de vez en cuando me atenazaba el terror de cruzarme con esa nueva guardia urbana que impone mordidas mexicanas a los pobres peatones) y los árboles enmarañados que aún no han cortado, aunque parecen decididos a hacerlo, argumentando venenosamente como en el artículo de un closarquitecto de ayer, o seduciendo sin esfuerzo al gremio de botiguers de la Diagonal, que ni piensan en los árboles, sino sólo en que les darán aceras más anchas y podrán vender más. Como hicieron en Lesseps. Es tan fácil convencer a tantos comerciantes... Oí al presidente de ese gremio en la Ser justo antes de que hablase yo y me fui enfureciendo cada vez más. Cuando dije que se habían cargado la plaça Wagner, el representante del ayuntamiento dijo: "No és veritat! L'estem remodelant!" Y es que para ellos cortar los árboles es la primera medida para remodelar algo. Setenta, cincuenta, cien años de crecimiento lento y generoso sin polución cortados de cuajo. Ya pondremos otros, dicen, como si fueran sillas, como si no se hubiera descubierto la sostenibilidad, como si los árboles crecieran del cemento, como si ahora fuese lo mismo que antes. Como si...
Pero yo volvía con cierta semilla de alegre ensoñación, fotografié con aprensión el feo y caótico lugar donde me multaron (para mi abogada), donde el ruido es ensordecedor por las obras. Luego volví aquí y busqué fotos y repasé mis textos de conferencias y leí un cuento de Clarice L., cuando apareció fugazmente un músico vecino que parece habitar en otro mundo y me trajo un disco suyo precioso, conciertos de guitarra, fantasía sobre dos temas de Falla, nana para mezzosoprano... Y aquí me quedé, con esa música maravillosa y mi libro de Clarice Lispector, hasta que llegó la hora de irme a Acec.
Y en Acec, Júlia Bel, a quien conozco como alumna de nuestro ciclo Las olvidadas, hacía una performance poética con su clara voz y un instrumento magnífico, un pandero cuadrado que tocan sólo las mujeres en Peñacerrada(?) y luego Cachodepan demostró su talento ingenioso-poético superando las interrupciones del poeta que oficiaba de presentador, que le pedía que leyera otros poemas, que se sentara o etc. Sus poemas flotaron en el aire de la sala de Acec, entre el humor, la melancolía, la mirada cruel sin piedad y el juego persistente con las palabras.
Al acabar me retiré corriendo porque estaba agotada, pero no logré el sueño reparador que anhelaba... En lo único que me parece avanzar es en la lectura hipnotizada y maravillosa de Vinyoli. Leo y releo abriéndolo al azar y nunca me decepciona.

sábado, 24 de enero de 2009

Viento huracanado que barre las ideas

Foto: I.N. Autorretrato compasivamente borroso y alegre de hoy, 2009
A pesar de las advertencias he cruzado la ciudad. Por el camino he visto árboles caídos, primero aligustres, luego una altísima y preciosa palmera de la Diagonal y amargamente he pensado, como Cacho, que el viento (hijo del cambio climático) les ahorraba trabajo a nuestros políticos municipales arboricidas. En Le Monde he visto imágenes de árboles gigantes quebrados (allí crecen árboles de verdad, los dejan vivir a sus anchas, sin apretujarlos en alcorques diminutos ni someterlos a escabechinas, como aquí, pero el calentamiento llega a todos). James B. me ha mandado un artículo del Time magazine que habla de la muerte masiva de árboles en Norteamérica debido al calentamiento global. Pero yo andaba azotada por el viento, que me recuerda a mi niñez en Figueres, cuando iba al colegio tocando las paredes de las casas para no salir volando como la niña del cuento, con mi abrigo demasiado grande, y me tapaba los oídos porque al pasar cerca del matadero oíamos chillar a los cerdos y a mí me parecía que había algo triste y prisionero que compartíamos.
¡Prisionero! Como era este país en el franquismo y como recuerda brillantemente la exposición de Joan Rabascall en el Macba. Alguien me discutió ayer que yo quisiera ver esa muestra "menor" en lugar de visitar lo realmente importante y con enjundia que fue la exposición anterior. Pero yo creo en la subjetividad, le dije, y lo poco que había visto de Rabascall -que me recordaba un poco a aquella poética urbana e irónica callejera y arrancada de Villeglé, de Restany y de Hains- me despertaba ecos que quería explorar. Y en efecto, es ese brillo de la mirada del artista interpelado por las imágenes fragmentadas de los medios de comunicación, por la obscenidad que une sin reparos la sangre y los lodos -dijo Marx que el capital venía al mundo respirando sangre y lodo por todos sus poros, lo citan en Babelia hoy, ahora que la venta de sus libros ha aumentado en un 300% en Alemania- con la fragmentación erótica del cuerpo femenino, labios que sonríen como aquellas vallas de anuncios gigantes de chicas sexies en la destruida Sarajevo, eslóganes publicitarios que nos interpelan irónicamente descontextualizados, poemas visuales como entradas de diccionario, en medio de un mundo sufriente, dirigido por tramposos, un mundo que tiembla. Y la belleza ahí en medio, como pedacitos de mundo, como nuestro reflejo en los añicos de un espejo, como los sobres de cartas lejanas, con caligrafías que reconocemos, revueltas en pensamientos. Me ha agitado interiormente una proyección triple (¿demasiado grande?) que unía reportajes pornos de Interviu con imágenes del país en el tardofranquismo, como lo llaman, la época deprimente del destape con aquellos políticos tan feos -Fraga entre ellos- y tristemente dictatoriales, con olor a naftalina y a cadáveres y a censura y a curas perversos y a pobreza de espíritu. En ese momento he pensado con tristeza en el país del que venimos, en el peso excesivo, terrible del pasado en el presente (al lado había carteles del Psuc con aquella tipografía de finales de los setenta), en que Franco lo dejó todo tan atado y bien atado porque la democracia sin educación no funciona y porque queda aquí un miedo terrible, un horror no sólo a la guerra sino a toda discusión (V dixit), a todo enfrentamiento reflexivo, y la gente no sabe que se puede disentir sin ser el enemigo, oponer, objetar, pensar distinto sin que eso suponga guerrear e insultarse. Era gracioso -y siniestro- ver aquellas miniaturas de programación de la radio y la tele en el franquismo, aquella pobreza, aquella penuria mental, la crónica del pequeño y sangriento caudillo pescando, y aquel ridículo pensamiento oficial... Aquellos fangos trajeron estos lodos, he pensado de pronto, con desaliento. Tal vez, he pensado entonces, sea yo ya una de esas viejuzas que se entristece por cualquier cosa, tan lleno de fantasmas está ya mi mundo, donde la memoria pesa más cada día. Pero me gustaba mucho el resto de piezas, un paseo suyo como el mío en el viento de hoy, poblado de fantasmas y de interpelaciones y del peso de la historia.
El otro día pasé por la que fue casa de mi padre y por alguna razón extraña (paso otras veces e incluso saludo su espíritu con un ademán falsamente distraído) se me clavó como un cristal, como en el cuento de Andersen, pero mientras tosía, en la Farmacia (donde comprábamos su morfina) vi un anuncio: "¿Se imaginan un mundo sin tos?" y me reí de mí misma y de la proximidad de la muerte.
No, la muestra de Rabascall no es para mí menor, sino que muestra un corpus de obra y una trayectoria coherente y sin concesiones, como ya me dijo L.O, pero también poética y sugerente y llena de guiños y aristas, que recuerda y muestra con su ojo crítico cómo ve el mundo y de qué país venimos (lección de historia reciente para todos esos olvidadizos y arrogantes que ahora se rasgan las vestiduras ante lo malo que fue el comunismo y aplauden al final de La vida de los otros, compadeciendo a aquella pobre gente, sin darse cuenta de que aquí mataban y torturaban y encarcelaban a la gente por pensar distinto y ni siquiera teníamos como ellos el colegio gratuito, como el transporte y el teléfono) o el troceado carnal y agresivo del cuerpo de las mujeres, esos pedazos que me inquietan en los periódicos o me pinchan al andar por la calle, como un mensaje que nos descabezara.
Quien ayer incomprendía mi interés por esa muestra tampoco aprecia -o no confía, ya que nunca me ha leído- lo que yo escribo, tiene una tendencia a aleccionar(me), a reconducir al mundo por su camino recto y sin meandros. Yo vivo en los meandros. De mi Crucigrama dijo que no lo compraba porque temía que (lógicamente) no le gustara. Añadió que no comprendía mi proyecto balcánico y finalmente me preguntó cómo podía hacer ese libro sin hablar serbo-croata. También sugirió que yo lo hacía ¡por un hombre! Tal vez le costaba imaginar que alguien como yo pudiera tener otra clase de motivaciones. O talento. O capacidad para hacer nada que no fuese mecánico. Por sus comentarios concluí que teníamos intereses distintos, lo cual tiene su lógica, pero ¿por qué entonces le irrita que me interesen las exposiciones que él detesta y que me pierda las que le entusiasman? En el arte y en la música, a mí me interesan cosas distintas que a él. Pero yo sólo soy una intrusa. Tal vez por eso de nada me sirve que el discurso ideológico me sea cercano si la forma de llegar no me toca de alguna manera. Seguramente él querría aconsejarme que dejara de escribir y me limitara a traducir o a leer esas cosas importantes que ignoro.
The only wisdom we can hope to acquire
Is the wisdom of humility: humility is endless.
(T.S. Eliot, esta vez citado por Vinyoli)
Yo he seguido andando, ya fuera del museo. "¡Resistid!" he pensado alegremente mirando a las sólidas palmeras erguidas junto al Cidob. Más tarde, ya más arriba, admiraba las tramas telarañosas de los árboles caducos contra el cielo y pensaba: "Algo bueno pasará... Lograremos cambiar la dirección simbólica, abrir una grieta..." Pensaba en la multitud que reacciona de Hardt y Negri. Pensaba en la poesía, porque leo aquel libro de Vinyoli y no puedo evitar pensar que ahí está todo, todo lo que yo pueda querer desplegar en mil cuentos posibles, mis pensamientos, mis obsesiones, las visiones y epifanías y la autoburla, todo parece estar ahí... Y también pensaba en aquellos tiempos de mi infancia en Figueres (cuando los pájaros cantaban sólo para mí, ya que nadie más parecía oírlos) y Roses (al dejar el camino de pinos y algarrobos y salir a la bahía luminosa, o sumergiéndome en un mar incendiado de sol, que me hacía pestañear y las pestañas también brillaban) o ya en Barcelona (cruzando la Diagonal en plena luz de primavera al volver del colegio, sin jersey, con el aire tocándome los brazos bajo la camisa blanca del uniforme, cuando las bandadas de estorninos pasaban lanzándome extraños besos y arrancaban el peso de mi condición presa y me hacían reír).
Ayer recibí la felicitación por mi libro balcánico de alguien de La Vanguardia que no desperdicia elogios, tiene olfato y criterio, y me sentí feliz. También mi amigo serbio, desde Berlín, me aclaró un malentendido con un mensaje que me pareció lleno de bombillas pequeñas, bañado en luz como la pintura que vi hace años en el Louvre. Hoy he sabido que Enrique Vila-Matas está en la final de un premio literario británico muy suyo, que premia la complejidad, con su Montano's Malady, o sea El mal de Montano (hay títulos que ganan y otros que pierden al traducirlos, a mí me gustaron el Journal volubile y Dalla città nervosa; como sus libros se han traducido a 29 lenguas, habría donde escoger... una pared de biblioteca) Me alegra que en la interesante y pérfida Albión no sólo descubran escritores pompiers sentados en una especie de ridícula cumbre del saber arrogante, dando sus lecciones al mundo, y que apuesten por los que adoptan una posición libre y perpleja, la de la literatura en un sentido callejero, la de Li Bai, la que descubrió Chéjov (pues sólo los estúpidos pretenden comprender el mundo y creen saber las respuestas) y vio Yeats (Only that which does not teach, which does not cry out, which does not condescend, which does not explain, is irresistible, citado por Maeve Brennan).
Y en Babelia Alberto Manguel, Cristina Fernández Cubas y otros defienden los cuentos como género, a pesar de los editores-que-detestan-los-cuentos. Ha sido un buen augurio. De pronto, me ha escrito un buen editor, que quiere publicar mis cuentos este año. Se lo he dicho a E., que ayer vino un rato a consultar oráculos y airearse y me ha llamado para darme su buena noticia y se ha reído alegremente, con esa risa cavernosa del túnel del Tibidabo que yo intento en vano imitarle. He visto unas nubes rosadas justo antes de que anocheciera, asomadas a mi ventana. Yo necesito que salgan al aire mis cuentos para seguir escribiendo ficción. Lo digo aquí discretamente, aun falta confirmar y hablar, y mientras me preparo para bailar mi rara felicidad por la casa.
Oh, casi lo olvidaba, en el Macba he entrado un momento a las salas de la colección, he mariposeado gozosa ante un bonito Klee, unos Chillidas, poéticos trazos de Michaux, un brillante Fontana negro (el que más me gusta de la serie Concetto spaziale) y he entrado en una sala donde proyectaban una película de Rossellini, Germania anno Zero, y me he quedado allí hipnotizada por aquellas imágenes (casi expresionistas y otras veces beckettianas) del niño en los escombros del fin de la guerra y del nazismo, y su expresión vieja, viejísima, y la resaca del horror nazi, y sus saltos energéticos de niño junto con su salto suicida y la imagen final, aquella especie de pietà laica, oh dio. Y he pensado inevitablemente en la extrañeza de nuestro mundo, siempre palpitante y girando sin parar a pesar de todo, como el tiovivo de una película de Hitchcock.
El lunes empieza el ciclo de conferencias de escritoras y fotógrafas Las olvidadas, en el Institut d'Humanitats (CCCB)