viernes, 19 de junio de 2009

Tengo

Foto: I.N. De Gràcia a Sant gervasi, ¿qué haría el hombre de la ventana? 2009
La casa llena de flores (lo siento, Frikosal, no es del todo culpa mía, los regalos...). He vuelto a soñar con la misma escalera de caracol, pero esta vez la bajaba saltando, casi volando, con un levísimo taconeo de sandalias. Me he despertado inquieta y con pensamientos de acción. Tengo la sensación de que estos días apenas avanzo, todo es interrumpido. Mi brazo empieza a mejorar y la acupuntora me pide que no lo fuerce demasiado escribiendo de momento.
Alguien me ha recomendado un artículo supuestamente crítico de los arboricidios, en El Periódico, y yo, que me iba corriendo, llevada por la prisa, la recomendación y los titulares engañosos, lo he colgado en Polis sin leerlo. Hasta que he vuelto y me he encontrado un comentario de Eph quejándose del discurso de ese artículo. Entonces lo he leído y he descubierto que era uno de esos supuestos científicos o técnicos vendidos, con el perverso argumento de que como casi todos los árboles de Barcelona se plantaron en el XIX, vale más cortarlos, ya que morirán pronto. ¡Bravo! Por suerte (y porque en esos países la gente se defiende y no detesta los árboles) en Londres y París o en las ciudades alemanas no tienen discursos similares. Aunque este país se convierta en un desierto y contribuya a la desertización del planeta, gracias a nuestros políticos y al electorado que se presta, siempre nos quedará emigrar. Naturalmente, he borrado el artículo. Siempre se encuentran "científicos" y "expertos" dispuestos a defender cualquier cosa, la bomba atómica, la idea de que negros y mujeres somos genéticamente inferiores, la de que hay que cortar todos los árboles o la de que el cambio climático es mentira.
Sigo leyendo los Poemas reunidos de Cristina Peri Rossi: todo está ahí. Sigue la conversación virtual con el escritor levantino, que hoy me había escrito según él casi en trance, un mensaje que se ha volatilizado por esas traiciones cibernéticas, como los sueños que se desvanecen en un segundo al despertarse. He pasado la tarde con T., viendo más lugares posibles de Sicilia y soñando con templos y barroco y mar Jónico y Tirreno y Lampedusa y visiones volcánicas. Mientras investigábamos en lugares sicilianos, V. ha venido un momento, envuelta en exámenes pero radiante, y me ha traído un encargo precioso. Al caer la noche T. se ha ido y era demasiado tarde para recomponer nada. Me ha consolado ese paseo de Derrida que Anna Arzoumanian ha puesto en Facebook (feis). Sólo verle me tranquiliza; por eso tengo su retrato siempre a la vista en mi estantería y he descubierto que ella también lo tiene. Aquí habla del miedo a escribir quoi que ce soit. Y aquí de los animales. Y éste es un párrafo de mi película favorita de JD.
También en Feis, Anne-Hélène Suárez había puesto ese maravilloso taconeo de Sara B. Habían eliminado a un amigo mediante esa censura vaticana de feis, pero los cowboys siempre vuelven. O el cartero siempre llama dos veces, según se mire.
Estoy perdiendo el tiempo, en plena dispersión, pero el manto de palabras de Derrida y las músicas que ponen algunos amigos de feis alivian mi melancolía, la culpa de no estar escribiendo, de haber aplazado la resolución de un conflicto pendiente, de que el peso de ese conflicto influya y congele mi libro... aunque sea sólo unas semanas.
Mientras, parece que mis cuentos siguen su curso para salir este otoño. Cómo necesito ponerlos ahí a correr entre lectores...

martes, 16 de junio de 2009

Essoufflée

Foto: I.N., Fachadas del Eixample, junio 2009
Ayer era un día agitado interna y exteriormente y cuando al fin fui a cerrar los ojos pensé: debería haberlo registrado, filmado, anotado, tal era la intensidad de mis sensaciones y pensamientos mientras corría de aquí para allá a distintas situaciones. Vi por última vez a la sacerdotisa del oráculo. Su lectura complementaria de mi sueño fue tremendamente sugestiva, yo pude contribuir. Ella tradujo mis palabras dibujando mi escena y salí de allí con una sensación tan reforzada, de comprensión de mi mismidad del momento que me parecía ir volando. Pese a todo, podía defenderme y solté un medio bufido a alguien que llamó, intentando (así me lo parecía) organizarme la vida. Estuve en una especie de encuentro pragmático que también tenía como tema la desmemoria, pero sin poesía, y yo expuse mi punto de vista. También me fui encontrando al grupo que defiende la arboleda de la plaça Joaquim Folguera, que ayer ya fueron a tv3 (colgaré el vídeo en Polis, en cuanto tenga otro momento). Me siento un tanto inspiradora de toda esa resistencia, aunque sea humildemente, por el ejemplo del azufaifo y porque recuerdo aquellos dos actos callejeros en la plaça Joaquim Folguera haber anunciado y protestado ya por ese plan de tala salvaje ante tanta gente del barrio. Esta vez yo sólo procuro darles visibilidad, a mi humilde medida, protestar en el blog y mandarlo a algunos periodistas, pero me alegra muchísimo que esas mujeres estén ahí, batallando. Isabel Lacruz está con ellas. Hay gente más joven y también algunas mujeres octogenarias, y hace ilusión verlas resistentes y dignas, con la mente más clara que mucha gente más joven, tal vez precisamente porque algo pescaron de la única época esperanzadora de este país. Ayer oí a una que hablaba frente a la cámara, a la sombra de los almeces que nos quieren arrancar: hablaba muy bien, seria y culta y humanista, con su indignación legítima y conciencia de nuestro derecho a que no nos arrebaten la frondosidad ni el patrimonio como están haciendo. Luego me pareció que se unía a ella la madre de un poeta, que vive cerca, y me alegré de que también fuese del grupo. Naturalmente algunos tontos ignorantes las han descalificado como "un grupo de pijos de sant gervasi" (confundidos por una etiqueta errónea), como si no perdiera toda la ciudad el oxígeno, la sombra, los pájaros, el patrimonio, como si sólo importase la esquina donde uno vive, como si no pudiéramos pasear por otros barrios y no fuese mejor atravesar una Lesseps con árboles que el espanto de ahora o coger el tren frente a una plaza aireada y fresca y con pájaros en lugar de ese festival de cemento ardiente que es Sants, como si no nos afectara siempre que andamos la contaminación, como si no afectase al clima y las lluvias, etc. Pero hay gente tan corta de vista, son una especie de mutantes que sólo piensan en que el parking y el metro estén a los pies de su casa, para no mover la barriga. No tienen memoria y al parecer, deben de respirar por branquias y llevan tapones de cera en los oídos y orejeras de burro para no salir de su sueño de hereuville, y creen que hablar de esto es perder el tiempo, ya que ellos se imaginan en Darfur... ¿Y por qué ese trazado implica perversamente no sólo talar y destruir la mejor plaza con arboleda urbana de la ciudad, según el jardinero Joan Bordas, con almeces perfectamente sanos y también septuagenarios o más, sino también destruir parte de los magníficos pinos de Ca n'Altimira, Mandri arriba, que donaron unas monjas a la ciudad para disfrute de los vecinos y no del cemento?
Pero volviendo a mi lunes agitado, atravesé la ciudad varias veces, una de ellas tuve que coger un taxi y el conductor era un joven rapado con piercing y ojos verdes, mejorando el paisaje, y curiosamente me habló de árboles y obras y ruido, dijo que había que irse de aquí, que lo estaban destruyendo todo los políticos, y surgió un fragmento de historia en un paisaje de guerra, antiguo, que no hubo tiempo de dilucidar.
Llegué a tiempo a la Casa Elizalde para ver En el camino de Esmirna de Pere Alberó, un itinerario por la historia de Europa y la persecución del helenismo. La idea surgió durante su anterior documental Una mirada sobre el prado que llora, donde Alberó seguía a Angeloupoulos por Macedonia y descubrió que toda la gente con la que hablaba tenía antepasados llegados desde Asia Menor, y el abandono forzoso de aquel lugar de la tierra, y el desarraigo de un millón de desplazados de principios del siglo pasado dibujaba parte del perverso siglo XX europeo y la forma en que los distintos estados occidentales se fueron apoderando y forcejeando con los restos del imperio otomano se escenificaba ante sus ojos en aquellas historias de familia. Así que Alberó viaja en este camino de Esmirna, y filma en un diario tentativo, pues a veces la hospitalidad de la gente, con la que habla en griego y que le invita a tomar un ouzo o a unirse a sus celebraciones no excluye la aversión a la cámara, o en todo caso, él reflexiona sobre lo que significa la interposición de una cámara sin un trabajo previo, por la posible falta de respeto que implica. Ese diario es a la vez de una poética visual que va mucho más allá de la voz en off, pues las imágenes se convierten en metáforas poderosas, como esa tortuga de la historia parece señalar el tiempo necesario que los pueblos necesitan para poder hablar de sus traumas. La belleza asombrosa de esos paisajes con sus magníficas ruinas griegas contrasta con la oscuridad física de personajes arrugados. Es verdad que su voz es necesaria, aunque sorprende de pronto con sus acentos y su entonación a veces dubitativa. Pero cuenta algunas historias -el mito de los peces- decisivas, se apoya en citas, expresa con naturalidad su posición frente al azar, frente a lo imprevisto en el documental (esa parte también me resultaba personalmente significativa, como su fascinación por ese tumultuoso siglo XX y esos desplazamientos, restos y herencias o por ese tema para mi obsesivo y muy contemporáneo que es la presencia del pasado en el presente) y redondea la historia. Se trataba de esas ciudades del Mediterráneo de las que yo hablaba en mi libro balcánico, que Massimo Cacciari definía como ciudades archipiélago, donde habían convivido todas las culturas y religiones en paz, en una tradición multicultural hasta que la manipulación política de algunos y la actitud de Europa occidental acabó con todo: Estambul, Esmirna, Tesalónica, Sofia, y también Sarajevo, cuya destrucción y la contemplación indiferente de la Europa de Maastricht me produjo a mí el estupor sin aliento que llevaría a mi libro. Se habló de la mirada subjetiva de Alberó, de su melancolía de las ruinas, y claramente también, del mismo modo que escogía esos paisajes sin degradación (exceptuando la propia Esmirna, presa del cemento) y esas marañas de árboles multicentenarios y las rígidas, carnosas amapolas y una luz oscura, también diría yo que parecía preferir a los personajes más estragados por el tiempo, como si mostraran en sus caras las cicatrices de la historia, como si esa crueldad política les hubiera arrebatado la belleza que sólo está en el paisaje (algo que me hizo pensar en este país nuestro, aunque aquí el paisaje sí es destruido y engullido por el cemento a diario). Pero no sólo había tristeza en la luz neblinosa que recordaba a una película ya no sólo de Angeloupoulos sino de Béla Tarr; había también una celebración gozosa de lo nostálgico, un dolor de la pérdida y la memoria que también era alegre bailando y lleno de todas las músicas.
Allí apareció una psicoanalista kleiniana de origen griego por vía materna, de una familia grande bourgeoise que perdió allí sus posesiones, nacida en la India y criada en Alejandría y más tarde en Bruselas, casada con un catalán. Y todas esas historias se fueron cruzando luego en una cervecería.
Y a mí, todas las distintas situaciones de ese lunes agitado parecían hablarme de las mismas cosas, incluso las casas y balcones que me hablan entre los árboles que quedan y que tengo que fotografiar o contemplar en una extraña mezcla de asombro maravillado y alegre y tristeza resistente, y parece inexplicable tanta coincidencia, como esos enamorados traicionados o abandonados que escuchan sin querer en la radio de un taxi boleros que les hablan de abandono y traición. La película de Pere Alberó me hizo pensar en Les plages d'Agnès de Varda, así me siento yo, precozmente, pero también leí un poco del último Gesualdo Bufalino (gracias a JC, gracias a un sembrado artículo de VM) y ya en el prólogo de ese Tommasso e il fotografo cieco decía que lo había escrito "fra una anestesia e l'altra, fra un by-pass e l'altro, per allegria", no irónica sino sinceramente, porque puede haber algo de fruición vital en esos momentos en que hacemos duelos por cosas y personas dejadas atrás, un poco al estilo del Derrida de Apprendre à vivre enfin, en que recogemos con afecto incluso nuestro dolor, imbricado en la alegre y autoparódica burla de nosotros mismos. Y en ese mismo momento había empezado yo una misteriosa conversación con un escritor levantino al que me propongo leer en cuanto pueda, al parecer lleno de ese humor desbordante y tal vez negro y también enfrentándose a algún que otro duelo, y él me describió una escena donde la borradura de la memoria y el estado vital de una mujer mayor y los cuidados forzosos de su abrumado hijo parecían salvados sólo por la presencia sigilosa y arrogante de tres o cuatro gatos.
Y es que el domingo había estado yo en la casa luminosa y alegre de Tigridia, donde la gata Cora imponía su sigilosa despedida, un día o dos antes de morir. Nosotras preparábamos el viaje a Sicilia, dos jóvenes deambulaban por la casa y en un estoicismo discreto y disciplinado, la pobre gata, con una pequeña sonda atada al lomo, los ojos cubiertos de una membrana opaca y deslucida y sin poder ya cerrar del todo la boca, recorría las estancias y subía y bajaba las escaleras para acceder a la terraza donde tenía su arena, iba descansando en sofás y butacas, subía y bajaba despacio, sin quejarse, sin maullar, conformada con el fin de su vida. Y esa escena me sobrecogió. Al volver a casa mi gata no ha parado de pedir caricias, juegos y atención, como si hubiera visto la escena y supiera de mis otros duelos y quisiera recordarme que un día también tendremos que despedirnos de ella.

domingo, 14 de junio de 2009

Reseña en El Placer de la Lectura

Foto: I.N., Vojvodina, Serbia, 2007
domingo 14 de junio de 2009 Si un árbol cae - Isabel Núñez “La antigua Yugoslavia”. Con esta denominación el resto del mundo nos referimos a una entidad muy compleja que ha dejado en la Europa moderna ecos de muerte solo comparables en la Historia Moderna con la Segunda Guerra Mundial. “La antigua Yugoslavia” encierra como denominación nacional una nostalgia de lo que fue, de la supuesta tranquilidad que se vivía bajo aquella denominación que impuso Tito por la fuerza.A muchos la terrible guerra de los Balcanes y sus consecuencias no les sorprendió. Muchos de los expertos que opinaban en su momento presagiaban que las cosas terminarían en un terrible desmembramiento de la zona pero, aun así los que nos volvió a sorprender fue la capacidad humana de ir más allá de las diferencias políticas para instalarse en los más bajos fondos de la maldad y el desprecio por la vida.
El libro que el lector tendrá en sus manos, compilado y bien dosificado por Isabel Núñez viene a dar una cara poco explorada de este conflicto: la conversación con muchos de los protagonistas intelectuales del conflicto, los escritores que mucho tuvieron que ver con la movilización de las emociones durante los días en que el infierno ardía mientras el resto del mundo miraba a otra parte.
“Si un árbol cae” (Alba, 2009) es un libro a veces muy tierno y otras muy duro que suscita la reflexión y que apunta directo a la conciencia. La autora conversa con escritores y editores sobre aquellos días del conflicto, cómo lo vivieron, qué pensaron. Con la distancia que ahora dan los años e inmersos en una paz tensa, los intelectuales balcánicos abren su corazón y las conciencias a una testigo de excepción que firma un gran trabajo como compiladora y editora de estas conversaciones.
Los escritores generan emociones, exaltan hechos o los desprecian. Con su oficio son capaces de captar a unos y a otros para su causa. Aunque no es el momento lanzamos una pregunta ¿para qué sirven las artes y en especial la literatura? Este libro, de voces de escritores, da una buena respuesta a la pregunta.
"Escuchar” estas conversaciones no deja indiferente. La autora ha escogido muy bien las frases de otros grandes escritores e intelectuales para introducirnos en las entrevistas. Especial mención merece la conversación con Igor Marojevic y la frase de Thomas Mann que la abre: “El infierno es un lugar donde no hay reglas”. Nos sorprende la cantidad de novelas que se escribieron sobre la guerra en tiempos de guerra, según lo que leemos en esta entrevista y la directa pregunta de Isabel Núñez al escritor nacido en Vrbas: “¿cuál era su situación en el momento del bombardeo de serbia por la OTAN, a qué se dedicaba y cuál fue su implicación?”. Así de rotundas son las preguntas en este libro que no teme indagar y con unos entrevistados que no temen responder con el corazón y la conciencia en la mano.
Recomendamos el paseo que nos ofrece la autora por Pristina, Kosovo en busca de las respuestas de dos escritores. Caminamos por bazares, miramos su arquitectura, nos seguimos preguntando por aquella terrible guerra y seguimos con Isabel Núñez haciendo preguntas y sopesando respuestas. Al final. Al caer la última página tendremos la sensación de haber llegado de un largo y aleccionador viaje.
“Si un árbol cae” (el título se lo debe a una frase del escritor Marko Vesovic: "Una vez le dije a un periodista, andando por un parque, que si un árbol cae, nadie lo ve, no cambia la vida de los árboles. Y eso era exactamente la vida en Sarajevo durante el asedio, eso era el individuo en Sarajevo"), es un libro necesario, un libro para releer y aprender la lección única que la Historia nos ofrece a todos: no repetirla.
Pedro Crenes
RESEÑA OFICIAL DE LA EDITORIAL. Isabel Núñez nos presenta la reconstrucción de unos hechos históricos a través de la propia voz de sus víctimas o protagonistas. Durante cinco años ha investigado y realizado entrevistas a los escritores que vivieron personalmente las guerras balcánicas, siendo que éstos habían desempeñado un papel esencial en el conflicto: según dice en el libro Marko Verković, poeta, crítico literario y profesor de la Universidad de Sarajevo, «probablemente ésta sea la única guerra de la historia planeada y dirigida por escritores».
Título: Si un árbol cae Autora : Isabel Núñez Editorial: Alba Editorial Páginas: 368 Precio : 18€

sábado, 13 de junio de 2009

Colas de sueños

Foto: I.N., Balcones de mi libro, 2009
Las atrapo a la fuerza, como pedacitos transparentes de finales de película de antes, enfrentándome (peligrosamente?) a esa aspiradora del olvido que pasa todas las mañanas y me los arranca. ¿Por qué? Y la facilidad con que logra borrarlo todo, o ese momento en que recuerdo una sensación, a veces entre física y abstracta pero intensa de un sueño y que se desintegra en la nada engullido por esa aspiradora (allá, allá lejos, donde habite el olvido) me aterra, imagino otras partes de mi cerebro borrándose como esos sueños, sobre todo ahora que contemplo cómo esa misma aspiradora borra los contornos de las cosas en la mente de mi madre... Aunque ella siempre quiso olvidar, siempre luchó por no saber, su miedo era contrario al mío, ella levantó un trono a la negación durante toda su vida y fue negando esforzadamente cada maldad que pasaba, incluso cuando ella era la víctima, pero también cada maltrato que ella permitía en su casa, cerrando los ojos, mirando a otro lado, utilizó los excesos de otros para sus venganzas inconscientes, repartió sus culpas como si no fueran suyas, nunca se atrevió a mirar de cara lo real ni tampoco sus propios temores, mintió siempre, excepto en su relación con pájaros y lagartijas, excepto en su mirada aterciopelada a la naturaleza, única realidad capaz de conmoverla, y ahora, como todos los zombies que andan ya sin saber, tiene que disimular su borradura, convertida en amenaza a su misteriosa independencia, a su caos libre del que tengo cierta herencia (como decía el aforismo brillante de Erika Martínez, "Los hijos caminan hacia nosotros alejándose."), y odia a sus testigos.
Por teléfono, mientras yo volvía de mandarle a un amigo escritor tres libros como flechas esperanzadas, que me proyectasen un día más allá, donde se acaba la basura del suelo, se habla mejor y se protegen los árboles, V. me dio una clave para entender el significado de todos esos hombres que invadieron mis últimos fragmentos de sueños y quise decírselo a A., que se había fijado, pero se me olvidó.
He leído el diario de Cataño como un libro matinal, pasando páginas, y me ha gustado. He envidiado su vida entre pájaros y jacarandas, sus áticos contemplativos, sus paseos de rastros y encantes; por lo menos, así brillan en su escritura. Yo, que estoy ya otra vez contemplando a los homeless como posibles iguales, despidiéndome. La lectura ha sido un gesto casual; intentaba averiguar por qué me proponía que me adhiriese a un grupo de fervientes de una Paula canaria, que no sé quién es. Yo no suelo hacerme ferviente ni fan de nadie (aunque mejor ferviente que fan, expresa una pasión que arde, casi mística esa palabra), y menos de alguien que no conozco, pero en el grupo estaba el librero de la calle Berlinés y eso me ha hecho dudar, porque si está él, parece que lo demás sea propicio. Sigo sin saber. También es verdad que el poeta canario apareció en una de estas colas de sueño mío, en la calle, con C.P., y aún no se lo he dicho (Por cierto que al día siguiente de soñarlo me pareció ver a CP en un pasaje, pero seguramente fue la cola del sueño, adherida aún a mis pensamientos... y en la microestela del sueño de hoy, una palabra que no existe, que yo no entendía, pero que puede ser un nuevo jeroglífico). Es extraño esto de Facebook. Ayer un italiano que no conozco me invitaba al concierto de un músico que nunca he escuchado y que en youtube cantaba con Battiato una extraña alegoría de Finnegan's Wake, y a tomar un vino y dormir bajo las estrellas o cerca, seguramente hospitalario, a algún lugar de Italia, no lejos de Roma, donde él vive y (bien) escribe. Y eso debía ser justo antes de leer mis textos de guerra bajo tierra, en ese refugio del Poble Sec, tan bonito con su volta catalana, el lunes 7 de julio (espero que vengan algunos de estos lectores silenciosos). Por cierto que alguien me contó que Cristina Peri Rossi también estuvo magnífica en la lectura triple de poetas del otro día, y lo que me contaron me hizo rescatar su Poesía reunida de la estantería y hablaba en un poema (¿por qué será que en la poesía siempre está todo?) de algo que yo justamente intentaba decir el otro día en la conferencia sobre o en torno a Collobert y ella de ese mismo cansancio de las historias terribles que le contaban, concluía: "como una ermitaña, me refugié en las palabras". Y luego leyéndola he vuelto a sentir que hablaba de mi, en varios poemas, de una yo de otro tiempo, como si me hubiera conocido y seguido, justamente allí donde yo estaba, en escenarios como el Cadaqués de antes, mirándome en ojos ajenos que sólo me espejeaban, para curar mi herida primera, en el tiempo en que yo fui aquélla sin comprender.
No sé aún lo que será de este día, parece que hay cambios en el horizonte más cercano. Oigo sin querer, como un ruido insidioso, la radio del vecino, y aunque debe de ser buena música, a mí me llega sólo como algo molesto. Ayer el chelista ensayaba intensamente, pero no duró mucho. Era una música maravillosa, pero yo me acuerdo de la fiebre, cuando su música me hería, me invadía, entraba a jirones en mi cabeza, sacudiéndome el cuerpo, y sólo soñaba con el silencio y las nubes más densas, baudelairianas.
Sigo con Sebald. Tal vez le dedique un post. Anteayer, A. me trajo Austerlitz al paseo del parque de Mandri. Atravesamos esa zona de Arimón que han convertido en decorado de campo de concentración, y torturan a los vecinos y paseantes con nuevas obras. ¿Por qué ese horror de alambradas? ¿Por qué no esos muros verdes o azules oscuro que ocultan las obras elegantemente en París y Londres, con plataformas planas y cómodas pasarelas para que los transeúntes puedan seguir avanzando sin problema, sin caerse en los hoyos, sin tragarse el polvo? Porque nuestros políticos municipales detestan la belleza, la consideran enemiga y la destruyen con saña, y quieren castigar a los ciudadanos, de un modo especial a los que no les votan. ¿Creerán que así van a votarles o les habrán dado por perdidos? En el parquecillo de Mandri, plaza arbolada con estanque donde yo llevaba a G. de pequeño, alejándome de la zona espantosa de los padres y niños, nos sentamos un momento a hablar, ya caído el sol, ya instalándose el fresco.
Hoy me esperan unos cuantos recados y también una reseña africana, y acabar de hilar mis textos de guerra, y renovar mi dedicación a mi libro de imágenes, de horas, de balcones. Tal vez luego, tarde, escriba más aquí, aunque lo dudo.
Plus tard...
Una escritora ensayista argentina de origen armenio, Ana Arzoumanian, me ha mandado un mensaje por Facebook sobre mi libro balcánico. Se titula "Deseante" y dice así:
Así me ha dejado tu libro, Isabel. Lo he terminado. He marcado muchas páginas. Lo he citado en un ensayo mío sobre diáspora armenia en Argentina. He subrayado libros para buscar, películas. He visto ciertas imágenes (recién, recién) de Kukumi que me han hecho pensar cosas sobre la relación de las mujeres con el hombre abatido en las guerras. En fin, deseante: así me has dejado.
Quiero agradecerte, como lectora, por el trabajo, pero sobre todo por la sensación que transmite tu libro, Isabel. Tu libro es un pedazo de la guerra, del conflicto. Lejos de aclarar, o de seguir un sentido erudito de las diversas líneas en tensión; justamente, las pones en tensión provocando un efecto de reproducción de esas zonas. Como si el lector se encontrara envuelto en el clima de guerra.
Un abrazo raro, entre doloroso y alegre. Dolor por "sufrir" eso que aparece en tu texto y alegría por sentir que las palabras elegidas, escritas, leídas, son también cierta luz.

jueves, 11 de junio de 2009

Que se vayan las máquinas

Foto: I.N. Ciutat Vella, 2009
En cuanto se callan las máquinas, vuelve el mirlo. He vuelto a ver a la sacerdotisa del oráculo, admirada de cómo hila mis imágenes y me las devuelve llenas de sentido, con metáforas cargadas de una belleza inteligente y honda, y riéndome con ella de cómo en ese espacio mental todo se reconvierte, y Jacques le Fataliste, ese hada maligna atrapada por su envidia de un supuesto saber literario o vital o de un referente cultural o ético (dijo alguien) o quién sabe de qué, acaba siendo muy útil e incluso benefactora sin saberlo para hablar de todos los aspectos que me amenazarían si los abandonase. Y es que, cuando podemos permitírnoslo, hasta los dardos envenenados pueden convertirse en flores, como los granos de arroz del cuento que se volvían perlas al caer en el vestido, aunque vale la pena evitar a esos personajes, porque no siempre podemos hacernos inmunes ni reconvertir la espuma de su rabia en orilla de mar. Esta vez he descubierto que entre los distintos duelos que estoy haciendo en este tiempo misterioso, he sublimado uno de ellos en el libro que ahora escribo, como esos espíritus que al morir visitan todas las casas en las que vivieron, y se dice que "penan" y la gente huye de esas casas donde las puertas se abren y cierran y los objetos caen, esos personajes que forman parte del inconsciente colectivo. Y de pronto, todos esos balcones y fachadas que parecen llamarme desde las calles y que fotografío, presa de una nostalgia dolorosa y alegre y paródica a la vez, que me hace sentirme cada vez más como la Varda en Les plages d'Agnès (que vi en París con V. y creo que ya la han puesto en la Mostra Internacional de Films de Dones), adquieren todo su sentido, y hoy, mientras retrataba esas casas me reía de mí misma maldiciendo a los coches, que pasaban como niños rugientes y sucios con su urgencia equivocada y ruidosa, y seguía buscando la belleza que ellos rompen, en árboles y lugares antiguos.
Ayer fui a una presentación donde escuché a Rodrigo Fresán (invitado por Laura Freixas junto con Mathias Enard) decir -brillantemente, con su erudición literaria, que maneja con naturalidad- cosas que me sorprendieron por afines, como esa posición de ser sobre todo lector gozoso antes que escritor, o el agradecimiento de lector a los que han escrito mejor y antes, o esas razones caprichosamente subjetivas para quedarse en esta ciudad (este páramo). La idea general me hizo recordar a la frase de Balthazar al llegar a Cadaqués y que tantas veces he citado aquí: "Il faudra tout dessiner!". Había problemas de sonido y unos allegados hablaban y soltaban risitas sin parar, se aburrían ruidosamente en cuanto subía el nivel y dificultaban seguir la charla. Freixas proseguía en su legítimo empeño de contextualizar y situar, planteando esos desafíos precisos que provocaban el diálogo.
Durante la cena volví a tener una vieja sensación familiar a la que por suerte ya no estoy acostumbrada, de estar entre gente que no siente curiosidad ni interés por lo que yo pueda decir, pensar o escribir, de manera que cómodamente puedo convertirme en espectadora y alejarme así hacia mis pensamientos de esa mezcla de desdén-indiferencia tan arraigada por estos lares. Curiosamente, las dos personas más dispuestas a escucharme en algún momento del encuentro eran dos hombres que nunca han simpatizado conmigo. Ya en mi casa, comparándola con la hospitalidad y el interés de la noche anterior en el Espai Mallorca y la cena que siguió, en ese territorio otro donde sí nos escuchamos y mis libros sí existen físicamente, son leídos y algunos me hablan de ellos, la escena antihospitalaria me pareció bastante cómica y me preguntaba si podía utilizarla en un cuento.
Hay un cielo azul radiante. Esta tarde, si no lo impidiera mi agotamiento y otras presiones, volvería al lugar donde mis libros perviven casi invisibles, a ver el documental de un amigo.

miércoles, 10 de junio de 2009

Días extraños

Foto: Marga?, junio 2009
Ayer, cuando salía de casa hacia el Espai Mallorca para la presentación del libro de Danielle Collobert, en el andén de la estación de Putxet de los FFCC hacia Catalunya, miré distraídamente el texto que había escrito para la ocasión y de pronto me invadió un nerviosismo incontrolado. En parte, porque era un texto escrito en catalán (y mi dominio es menor que en castellano) y para pronunciar ante poetas y escritores catalanes. En parte por haber bordeado el tema y haberme centrado en mis dificultades ante la no-narratividad de Collobert y los meandros de mi actitud ante el goce doloroso, en lugar de abordar con coraje su vida en la desolladura, el no tener lugar en el mundo y la misteriosa combinación de Beckett y Rimbaud que Víctor Sunyol definió, citando a alguien, como becketización de Rimbaud.
En el tren, el nerviosismo desembocó en un profundo sopor y me dormí profundamente. Al despertar, me extrañó ver que nos íbamos de la estación de Provença, pues antes de cerrar los ojos ya habíamos parado allí. Mi sobresalto fue grande al ver que el tren paraba en Gràcia. Me había quedado dormida al llegar a Catalunya ¡y el tren había reemprendido su camino en dirección contraria! No me atreví a preguntar en qué dirección iba el tren, avergonzada de mi extravío (¡Nunca me duermo en lugares públicos, ni siquiera en el cine!). Bajé, subí y bajé escaleras, acelerada, y al fin llegué incluso en el momento más adecuado.
Lo cierto es que el acto fue muy interesante porque Víctor Sunyol hizo una presentación de Collobert muy afinada, Antoni Clapés habló de su trabajo en esa traducción deslumbrante, que parece original (como bien señaló Nelly Schnaith), yo leí mi texto y la filósofa Nelly Schnaith le dio densidad de pensamiento, lo contextualizó y generosamente me confirmó que yo no había soñado y que esa oposición feroz de Collobert a la narratividad era una clave. Al acabar, Alberto Hernando, que estaba entre el público, ayudó a situar a Collobert en la historia, explicando un poco su relación con el Frente argelino de Liberación, las traiciones, las vicisitudes hisóricas de sus padres, todo lo que había ido dibujando ese no lugar en el mundo, y es que ya Sunyol había señalado ese viajar constante en una peregrinación desesperada, similar a lo que Stefan Zweig contaba de Kleist y de lo que hablé aquí. Y luego nos fuimos a cenar y a tomar algo -y hablamos de los dos mundos editoriales y las políticas culturales en castallano y catalán, de lo que significaba el no-lugar de cada cual, de la degradación y la falta de sentido común, y también del peso de la memoria y de la gestión de los orígenes familiares) hasta las mil. Antes, Dolors Udina me contó del último libro de Coetzee, que está traduciendo y se publicará a la vez en todas las lenguas. Lo que me dijo me dejó estupefacta y como me confirmó que no ha jurado no desvelar secretos de la traducción, estilo traductores de Harry Potter, anticiparé un poco: parece que, en el libro, Coetzee-personaje aborda la parte final de sus Boyhood y Youth en un Summertime pero muere (en el libro) y siguen unos capítulos en que varias mujeres y algunos colegas hablan de él destripándole, poniéndole verde, manifestando su incapacidad para relacionarse, para enseñar, para el amor o la generosidad, sin salvarle en nada. Ella interpretaba que Coetzee respondía así a la presión editorial de que escriba y publique y a esa voluntad de cierre que ha manifestado siempre. Tal vez. Ciertamente sus dificultades sobre la paternidad-maternidad aparecen siempre en sus libros, desde los dos puntos de vista (el padre incapaz de entender a su hija en Disgrace, la madre incapaz y alejada en Age of Iron, las dificultades con la madre en Boyhood -los celos de la nueva posible libertad de su madre que le llevan a colocarse del lado de los misóginos, o su reproche al exceso de protección de ella-, Youth -el hijo que no responde a las cartas- y Life of Animals -esa madre radical, molesta y admirable a la vez, que llama demasiado la atención y que no se entiende con su nuera), pero nada era tan áridamente duro, tan radical como esto último parece, sino siempre lleno de ambivalencias, de pequeños encuentros en el desencuentro, de interrogaciones a veces deslumbrantes (aquella escena de la bicicleta de su madre en Boyhood, aquella frase sobre la maternidad en Age of Iron... We embrace to be embraced...) Pero es otra desolladura y me impactó... Y al final subí parte de la cuesta de Aribau con la poeta y ahora novelista Esther Zarraluki, que me habló de su novela -o nouvelle- acabada y que va a publicar pronto A.C. y de las reacciones que había suscitado en sus primeros lectores y de cómo había sido su escritura y de la hipotética traición a la poesía que supone para algunos entrar en la prosa y lo distinto que le resultaba el libro que ahora escribe, en el que sólo se divierte y no sufre... Me dijo Antoni Clapés que la novela es excelente.
Esta mañana me he despertado con una extraña llamada de Jacques le Fataliste, a quien había borrado de mis relaciones tras nuestro último encuentro, cuando me auguró el fracaso y la desdicha en todos los aspectos este año (menos un absurdo istmo), para -por alguna razón misteriosa, que no acierto a comprender- insistir hoy también en que no me hiciera ilusiones respecto a mi futuro cercano, que "lo peor" está aún por llegar (supongo que refiriéndose a septiembre, tal vez incluso a enero-febrero de 2010). ¿Por qué alguien a quien no vemos y por tanto no molestamos necesita soltarnos su carga malévola? ¿Acaso nuestra pura existencia o las fantasías que otros tengan sobre ella puede ser percibida como amenaza por otros? ¿Qué goce o qué fortalecimiento encuentra alguien en un gesto así? ¿Por qué atraemos a gente que nos detesta pero no se resigna a dejar de frecuentarnos? Me ha hecho falta el insight de V. para empezar a comprenderlo, para sentir un alivio feliz que la conversación con L. ha acabado de instalar. Aunque he perdido gran parte de la mañana... Por suerte, ha vuelto mi ánimo de estos días. Yo sé del forcejeo y las dificultades a las que me enfrento (lo que los astrólogos entienden por la oposición Urano-Saturno, que cae sobre algunos de mis puntos sensibles). Sé que mi apuesta literaria-editorial-vital se enfrenta a obstáculos, y ni yo ni nadie tenemos garantizado no empeorar de salud aun cuidándonos, y algunos no tenemos garantizado siquiera no volvernos homeless, pero ya tengo bastante con mis propios momentos de desaliento y mis batallas, no necesito esos augurios. Mientras, algunos amigos y colegas, en una dirección opuesta a la de Jacques, me ofrecen sus conexiones para que pesen más los avances que las limitaciones.
Yo hago ofrendas a los dioses griegos para que mi vecino y casero nunca tale el enorme ciprés de su jardín. Cuando al fin se van los obreros con su estruendo, el mirlo se instala a cantar para mí. Es un concierto maravilloso, no se oyen coches, ni apenas nada más que su voz, capaz de silbar, de imitar a otros, de volverse soprano. Es una voz que respira espesura.
Y en otro orden de cosas, algunos vecinos resistentes batallan para que no nos arrebaten la frondosidad y no destruyan nuestra plaça Joaquim Folguera, como si no pudiera cambiarse el trazado, como si el instinto arboricida del ayuntamiento y su persecución insidiosa de la belleza y el oxígeno pudiera más que todo. Esta tarde a las 20h se reunirán en un asado popular. Incluyo una foto que me han mandado, de los carteles que han pegado en el tronco de los almeces...
Firmen aquí por el cierre de la central nuclear de Garoña y aquí en la encuesta de El País sobre los transgénicos

lunes, 8 de junio de 2009

Martes: presentación de un libro de Danielle Collobert

Foto: I.N., Una casa en Ventalló, mayo 2009 La filòsofa Nelly Schnaith i l'escriptora Isabel Núñez reflexionaran entorn la poesia de Danielle Collobert, amb motiu de la presentació del llibre Allò doncs, traduït per Antoni Clapés i Víctor Sunyol i publicat a la col·lecció "Jardins de Samarcanda". Espai Mallorca Carme, 55 Barcelona dimarts 9 de juny de 2009 a les 19.30 h
La filósofa Nelly Schnaith y la escritora Isabel Núñez reflexionarán sobre la poesía de Danielle Collobert, con motivo de la presentación del libro Allò doncs, traducido por Antoni Clapés y Víctor Sunyol y publicado en la colección "Jardins de Samarcanda".
Espai Mallorca Carme, 55 Barcelona martes 9 de junio de 2009 a las 19.30 h
Mi texto se titula:
Danielle Collobert. naufragi en un mar de paraules
Danielle Collobert, naufragio en un mar de palabras
¡Venid a vernos, lectores invisibles!

domingo, 7 de junio de 2009

Refugi 307

Foto: I.N., Barcelona, 2009
Siempre me produce un gran alivio descubrir gente que opone su práctica obstinada y silenciosa a una tendencia perversa y generalizada, que corrige inadvertidamente la injusticia de las cosas. En todas las guerras y las complicidades colectivas y el miedo ha habido personajes que se esforzaban en salvar a los perseguidos y las víctimas, que les ayudaban a huir o los ocultaban en sus casas. En plena era de transgénicos y pesticidas prohibidos por la UE pero ampliamente extendidos en nuestro pobre país, hay gente que intenta cultivar con criterios biológicos. En pleno abandono de la educación pública y mixtificación mercantilizada y burocratizada de la Universidad sigue habiendo algunos maestros y profesores que ofrecen su actitud humanista y resistente en los reductos de sus aulas. En plena corriente de arrogancia mediática, sumisión al poder y falta de rigor, hay periodistas que escuchan y se documentan antes de informar. Ahora que prospera esa tendencia perversa de los políticos a borrar la historia, a enterrar el pasado resistente de una Barcelona anarquista, o roja, combativa y republicana, de una Barcelona popular que organizó su resistencia, de aquella Barcelona que llenaba la red de bibliotecas de la República, que estudió en las escuelas progresistas e innovadoras, que adoraba los jardines, a construir un absurdo y obsceno Fòrum en el mismo suelo donde tantos fieles a la República murieron fusilados por las fuerzas oscuras, a recubrirlo todo de una pátina comercial y bobamente turística, para olvidar y seguir así la enfermiza tradición de silencio, el Museu d'Història de la Ciutat sigue con su trabajo por la memoria.
Hoy, gracias a mi amigo J.L. (recuperado de nuestros años de rojerío y complicidad y personaje de uno de mis cuentos) que me ha acompañado en su vespa negra, he visitado el magnífico laberinto de galerías construido con pericia arquitectónica por hombres, mujeres y niños del barrio de Poble Sec para refugiarse durante los bombardeos de la aviación alemana nazi y fascista italiana que apoyaban a los insurgentes franquistas. Refugi 307. Estructuralmente es asombroso y vitalmente emocionante. Volta catalana, casi 400 metros de túneles abovedados de 1,6 metros de ancho y 2 de alto, con lavabos, una fuente, enfermería, sala de niños, etc. Aunque primero se utilizaban como refugio los sótanos de las casas y las estaciones del metro que existía entonces, a raíz de la intensificación de los bombardeos se construyeron más de mil refugios siguiendo pautas establecidas por los expertos.
El joven guía estaba muy bien informado, al día de los últimos hallazgos y discusiones sobre el tema, había recogido testimonios y era nieto de republicanos que sufrieron la guerra. Lo que contaba era interesantísimo y su entusiasmo a la hora de documentarse es muy de agradecer. Lástima que su tono fuese arrogante, frívolo y banalizador, como si se dirigiera a niños pequeños (y ni siquiera así, pues ellos también merecen respeto y presunción de inteligencia) como si supusiera que nadie sabía nada, o como si creyera saberlo todo. Era sólo una cuestión de tono y de falta de humildad lo que distorsionaba su speech y convertía a momentos una visita emocionante en una experiencia irritante. Alguien debería darle a leer T.S. Eliot y ya sé que me repito: The only wisdom we can adquire is the wisdom of humility; humility is endless. Nada sabemos en realidad y cuanto más buscamos y leemos y escuchamos, más comprendemos lo que nos falta. Tal vez no fuera culpa suya, sino de una tendencia generalizada. Hace poco escuché a una conferenciante de ese estilo: lo que decía era muy interesante y erudito, pero sonreía demasiado hablando de cosas serias y usaba un tono infantilizado, y para colmo, un power point repetía cada una de sus frases, como si nadie pudiera entenderlas simplemente escuchándolas. En cualquier caso, los guías son muchos, y cada uno tiene su estilo. Y en cualquier caso, la visita vale la pena.
En ese Refugi se organizan lecturas de textos literarios sobre la Guerra Civil y si todo va bien, participaré en algunas de ellas en los meses de julio y agosto y me hace ilusión contribuir.
Alrededor del Refugi 307, a pesar de algunos feos edificios posteriores, las casas antiguas del Poble Sec conservan toda su belleza mediterránea e histórica de la ladera de Montjuïc, de balcones con bicicletas y ropa tendida ondeante, y sus bares con zócalos de mosaico. Me he sentado en un bar frente a los ojos azulísimos de mi amigo, pensando en su origen celta y comprobando con una secreta alegría orgullosa que persisten las razones de nuestra afinidad histórica. La luz y la visibilidad de hoy era espectacular. Saliendo de mi casa, desde Muntaner arriba se veía el mar brillante como nunca y desde el Paral·lel se divisaba la Torre de Santa Maria del Pi. Luego he leído de las excavaciones de una antigua colonia ibérica en Montjuïc, que habría dado nombre a esta ciudad, Barkeno...
Absurdamente, me he olvidado la cámara, así que no podré mostrar ninguna imagen de mi itinerario ni la luminosidad griega del aire de hoy. Gracias a mi amigo, he sabido de algunas de las actividades del Museu d'Història de la Ciutat dirigido por Joan Roca. Por ejemplo, hay una titulada "la belleza cura" que propone itinerarios de gran belleza (como la visita al monasterio de Pedralbes) para pacientes de la Vall d'Hebron, etc. Yo estoy convencida de que la belleza cura y me ha hecho mucha ilusión que exista esa opción en un mundo donde nuestros políticos parecen empeñados en extender la fealdad, como escribía Camus: "sans frontières d'arbres ni d'eaux, comme un cancer malheureux, étalant ses ganglions de misère et de laideur..."
Antes de subir a la vespa de mi amigo he ido a votar. Era temprano. No había nadie, ni un solo elector en la oficina electoral. Sant Gervasi dormía o retozaba en cercanas playas. He votado a ese grupo alternativo apoyado por Chomsky y Ken Loach, con un nombre radical, Izquierda anticapitalista. Necesitaba hacer un gesto crítico y simbólico. Y ahora tendré que acabar con los últimos papeles de Hacienda. Courage!

viernes, 5 de junio de 2009

¡Han arrasado el jardín del azufaifo!

Foto: I.N. Le jardin d'Elaine, Ventalló, mayo 2009
Había crecido un pequeño jardín salvaje, maravilloso, intensamente verde y plagado de pequeños azufaifos. Como los salvajes son esa gente que habita entre nosotros, le arrojaban sus basuras todos los días, vaciaban los ceniceros de sus flamantes coches y echaban allí todos los envoltorios de lo que consumían, burlando los contenedores de enfrente. Por eso, A. y yo íbamos en brigadillas dominicales a limpiar, con guantes desechables y bolsas de basura. Íbamos a ir este domingo, tras dos fines de semana de ausencia (al final no me voy al mar, ya que hará mal tiempo y estoy llena de trabajo).
Nuestro ayuntamiento de Hereuville, que detesta el verde con todas sus fuerzas, ha decidido que el panorama era demasiado bonito. Luchan contra la belleza e intentan promover la extensión del cemento y arrancarnos la sombra y extirpar la frondosidad allí donde crezca. Han rasurado todo el jardín. Me pregunto cuál será el siguiente paso. Ahora estarán contentos todos esos que quieren convertir el lugar en un vertedero.Es un gesto digno de los salvajes y su vertedero. No saben que puede limpiarse sin destruir. Ya nos avisó un ingeniero técnico agrícola de que no protestásemos por las hipotéticas ratas: "No debería ser así, pero probablemente ellos harán más daño que las ratas..."
Me pregunto qué podemos esperar ahora: ¿tal vez arrojarán cemento para rematar nuestro hermoso azufaifo? La única esperanza es esta lluvia, que tal vez siembre algo... Pero me llega otra noticia siniestra: han marcado todos los almeces de la magnífica arboleda de la plaça Joaquim Folguera para cortarlos. Este ayuntamiento es peor que las fuerzas oscuras de Star Wars, hay algo perverso en esta insidiosa destrucción de la belleza, la frondosidad y la sombra. ¿No vamos a hacer nada para impedirlo?
Una brizna de Polis: les revelaré mi voto europeo a mis lectores invisibles: voy a votar a esa firma internacional llamada Izquierda anticapitalista. Necesito hacer un gesto crítico y lo voy a hacer. La formación de Esther Vivas, de Olivier Besancenot. Les apoya Enzo Traverso, Chomsky, Ken Loach, Slavoj Zizek, Michel Warschawski... ¿qué les parece?
Me consuelo leyendo. Me encanta María Zambrano hablando de Alfonso Reyes (Entre violetas y volcanes), de que sólo México quiso a los exiliados españoles, sólo México, de esa escena de él adivinando su tristeza y consolándola en un risco, y de Gil de Biedma (Jaime en Roma), y de ese amante que aún la espera en la Via Appia, que es una estatua, justo donde está el recuerdo de su hermana Araceli, de Diego de Mesa y de Jaime Gil de Biedma. Palabras del regreso (no tiene razón JP, no aburre, ilumina!). Y ya que no voy al mar vuelvo a Sebald...
Plus tard...
He bajado a examinar el terreno con A. y he visto algo que me ha alegrado el espíritu. Han limpiado y recortado también la parte de abajo del terreno, donde antes se erguía la bonita casa del azufaifo con sus persianas caídas con aire nonchalant. Ese trozo de solar estaba lleno de basuras industriales, les dejaban entrar a los obreros de todas las obras adyacentes, que tiraban allí tubos y plásticos, desechos y detritus varios. Y de pronto, después de la lluvia, el suelo se ve verde, lleno de hierbecillas como aquellas que contaba el personaje de Sebald... Cómo respiraba el azufaifo y cómo olía a azahar... A pesar de la torpe ignorancia de la iniciativa municipal (los mismos que han cubierto la parte de la muralla donde iban las escuelas a observar inscripciones romanas, con plantas anodinas, en esa mezcla de perversidad y burramia tan típica del país) antiverde, el jardín del azufaifo ha crecido, nuestro árbol se ha enseñoreado del espacio y el aire tenía una leve fragancia nocturna...
Ha pasado Millán, alegremente estacional, junto al jardín rasurado. A. y yo hemos huido del láser de un niño invisible que nos seguía desde el balcón hasta la hoy ruidosísima Mandri y allí, tras intentar en vano ayudar a un pobre pájaro negro que no podía volar y avanzaba peligrosamente a saltos, nos hemos sentado en un banco y casi a gritos le he leído mi conferencia de Danielle Collobert, para decidir si recorataba o no. A. me ha dicho que no recortase nada... él insiste en que me han crecido los ojos.

jueves, 4 de junio de 2009

Ya sé

Foto: I.N., Balcones de Madrid, mayo 2009
Que debería estar leyendo otra cosa, pero después de Sebald, necesitaba más Sebald, así que abrí Los emigrados, vi esa foto maravillosa de un cementerio desordenado de pequeñas lápidas bajo la sombra de lo que parece una gran encina y leí las primeras frases, que me arrastraban a saber de su viaje con Clara por Norwich, luego al dorso vi que era una meditación sobre la memoria y la pérdida, y me lo llevé. Y lo que sigue me arrastra aún más, de hecho sólo me he permitido leerlo en el metro, pero el primer encuentro con ese "ermitaño ornamental", que cuenta las hojas de hierba y muestra una cortesía antigua y la casa que decae y las manzanas deliciosas de un huerto también ruinoso, todo con esa escritura tan seductora y genuina, me ha llenado de esa vieja alegría del encuentro con un libro amigo y afín, que parece escrito para mí y viene a aliviar cualquier pesadumbre y a refrescar como una fuente a la sombra en verano.
Y no es que yo estuviera ya pesarosa. De hecho hace unos días que me despierto ya sin ningún desaliento, sin la resaca melancólica -el duelo de mi libro balcánico, la estela de mis guerras-, llena de la sensación vagamente alegre y expectante que suele acompañarme y más en esta estación. T. y yo hemos empezado a planear un viaje a Sicilia y si los hados del clima no lo impiden, este fin de semana iré al mar.
Estos días pensaba que a veces el mundo parece llenarse de signos interpretables, como en Bomarzo (el extremo inquietante sería la psicosis de Pi o aquel adolescente que encontró un zapato en la calle y lo entendió como un mensaje personalizado que le avasallaba, y así se desencadenó su locura), pero ¿acaso no son nuestras propias obsesiones las que se repiten y cazan al vuelo todos los signos para repensarse, como la embarazada que sólo ve cochecitos en la calle o el celoso asaltado boleros que le hablan de traición?
En Madrid, el doctor Chang me aconsejó que abordara lo aprendido de mis muertes y que escribiera basándome en la memoria. Al llegar, un amigo librero me había mandado un texto de Canetti sobre la muerte y al día siguiente me dejó en el buzón un libro de Vicenç Riera Llorca titulado: Fes memòria, Bel (que además tiene que ver con mis temas). Yo iba sonriendo para mis adentros... Más tarde me preguntó en un mensaje si no me habían crecido los ojos... Yo había preguntado por un cineasta y al día siguiente me invitaron a ver un documental suyo...
Otro amigo me había pagado la primera visita de una acupuntora para aliviar el malestar de mi brazo y esas agujas dolorosas parecían señalar las cicatrices que habían surgido con las interrogaciones del doctor Chang. La acupuntora dijo que en cuatro sesiones sabremos si algo se mueve. Lo cierto es que a la mañana siguiente empecé a sentirme de nuevo energética y con todas esas esperanzas pequeñas que brotan furiosamente como hierbas silvestres en las macetas. También danzan ante mí los fragmentos de sueños que logran entrar en mi memoria consciente como colas de películas: todo se integra en el torbellino de pensamiento.
Hoy he vuelto a Delfos y la sacerdotisa que durante años me guió (y avanzamos juntas lo duca e io) con su lámpara psicoanalítica me ha dado, al despedirnos, una frase clave para unir al torbellino, al zibaldon di pensieri, una idea que ha hecho carambola inmediatamente y que podría explicar mi extraño cambio de los únicos tiempos, una frase que va creciendo y ramificándose en mi mente como las buganvillas rojas de la terraza.
Ayer, cuando salía de La Central me encontré a Jordi Herralde, que acompañaba a Jonathan Coe con buen ánimo. Herralde nos presentó y añadió a mi nombre a writer, a translator, a literary critic and a friend, lo cual siempre es una buena presentación. Coe me preguntó si además era cliente de la librería y yo le dije que por supuesto, y estuvimos elogiándola, y luego Jordi Herralde me recomendó vivamente la novela de Coe, hablando del giro que ha dado y que hoy el autor matizaba en los periódicos, ya que según él era un proyecto viejo que le acosaba y que hasta ahora no había sabido abordar. Habrá que leerla.
El helicóptero ha estado rondando como un moscón sobre mi barrio, al fin he llamado al 010 y me han dicho que era "de vigilància". Sorprendida, le he preguntado si es que ahora pensaban vigilarnos así, ruidosamente y sin más, como en un estado policial. Entonces me ha dicho: "És que hi ha un cap d'Estat a la ciutat". Le he hecho repetir, había entendido "un cop d'Estat" pero unido a la ciudad no tenía mucho sentido... Cuando al fin se ha ido el moscón gigante, el perro de una vecina, encerrado en la terraza, ha empezado a ladrar sin fin, y ahora que el perro ha sido liberado por fin, un vecino perverso ha decidido hacer bricolage. Y al fin, silencio de pájaros...
Al pasar por la magnífica arboleda de Joaquim Folguera que el ayuntamiento ha decidido arrebatarnos me invaden impulsos resistentes: no puede ser que nos quiten esos almeces, en ninguna ciudad europea podría pasar esto y aquí es continuo. El ayuntamiento castiga especialmente un barrio que detesta, porque lo considera "del enemigo" y día a día nos van despojando de toda sombra, toda arquitectura valiosa, toda belleza. También corren peligro las magníficas palmeras y el gran sauce que quedaban en l'Escola Sant Gregori, vestigios del jardín frondoso que había desde los tiempos de la República y que han ido talando. Ahora van a volver a abrir la calle Arimón, seis meses. Ya la abrieron el año pasado, pero sólo cuenta que ellos vuelvan a cobrar. Si esto no es corrupción... Llenan el buzón de propaganda, ¿creerán que somos estúpidos? Yo fui votante de Iniciativa, pero ahora, ¿creen que unas frases electorales van a borrar esa policía de Saura, que saca los ojos a los jóvenes y no rectifica ni paga una condena? ¿O esas encinas taladas en el pulmón verde del Tibidabo con el apoyo de Imma Mayol para hacer la montaña rusa de Hereu? ¿O la ley de educación que sigue los pasos de CIU y sólo apoya las escuelas privadas y eclesiásticas mientras abandona la escuela pública? Hay que ser idiota para votarles. Ninca me pasa un link de La Vanguardia donde se hacen eco de los inminentes destrozos del patrimonio arbóreo y del grupo de resistentes que intentan evitarlo. En fin, se me ha colado aquí un trozo de Polis... Por cierto, pueden leer aquí mi reseña rimbaudiana de ayer en el Cultura/s.
Last Minute News: Mientras, G. ha vuelto a cambiar de rumbo y su dirección parece tener sentido. He ido a Gràcia a ver a un amigo, que nos coge entradas para algunos hitos del Grec, italianos. Por desgracia me perderé el Purgatorio de Dante, porque coincide con mi lectura de textos de guerra en el Refugi 307, refugio antiaéreo construido por los vecinos en Poble Sec, en una actividad organizada por el Museu d'Història. Ayer tuvimos una interesante y suculenta cena china de amigos bloggers, y también ayer, Enric Casas, director de Comunicación del ayuntamiento de BCN, puso en su Facebook la portada de mi libro balcánico, elogiándolo. Me han mandado la entrevista que me hizo Lino Veiguela para la publicación asturiana Les Noticies, ¡en bable! La pondré aquí mañana, hoy no logro pescarla porque el diario digital está plantado en el día de ayer.
El martes 9 daré una pequeña conferencia en la presentación del libro de poemas Allò doncs, de Danielle Collobert, en el l’Espai Mallorca (Carme, 55 – Metro Liceu) traducido al catalán por Antoni Clapés y Víctor Sunyol, y editado por Jardins de Samarcanda (Cafè Central / Eumo editorial), donde también hablará la filósofa Nelly Schnaith y leerá poemas la actriz Montse Vellvehí. Mi texto se titula Danielle Collobert, naufragi en un mar de paraules. Curiosamente, ya Alberto Hernando me había propuesto hacer algo sobre esta autora hace tiempo y cuando Antoni Clapés me lo dijo encontré el libro en casa con sus obras completas. Estuve forcejeando y resistiéndome, pues la escritura de Collobert no me resulta fácil, sino todo lo contrario, pero Antoni Clapés insistía. Y de pronto, una frase de Colette prendió la chispa del texto que leeré y cuya acabó arrastrándome mágicamente, por uno de esos misteriosos modos del inconsciente, a un proceso inesperado, que describo al final de mi texto. ¡Espero que vengan algunos de mis lectores silenciosos!

martes, 2 de junio de 2009

En el CCCB

Foto: I.N., Balcones de Madrid, mayo 2009
He ido con V. y A. a ver un encuentro de dos cineastas, un corto cubano de Rosales sin sonido, con todos los carteles de la revolución aún en las calles de La Habana y una mirada afectuosamente irónica, y luego el largo documental chino que Manel Ollé ha definido así en Facebook: "Impresionante. Tres horas ante He Fengming 和凤鸣 (2006), del documentalista Wang Bing 王兵: una voz directa y que conmueve serena y a punto de romperse desde el reverso siniestro de la revolución: desde su bienvenida entusiasta a la Liberación en Gansu en 1949 hasta los campos de reeducación del 57 en adelante..."
La cámara estaba quieta y apenas cambiaba de plano, distante, ha tardado en acercarse a esa mujer septuagenaria que con talento narrativo, memoria precisa y una voluntad o urgencia de dar testimonio, contaba toda la historia con los ojos apenas abiertos. Algo me recordaba al padre de Maus de Art Spiegelman, superviviente de la Shoah que siempre encontraba una salida material en todas las situaciones más terribles. Y esa extraña aceptación de la etiqueta de "derechista", que parecía ya usar como si fuera un oficio o un origen social. Y el silencio sobre sus hijos y la identificación tan fuerte con su marido. El momento casi final del cementerio (no visualmente allí, pues la cámara no se mueve de ese espacio cerrado de su pequeña casa, sino narrado por las palabras de ella), buscando en vano la tumba de su primer marido, muerto en el campo de trabajo, y haciendo un pequeño rito funerario con sus ofrendas de frutas, los pájaros cantando y su hijo ya adulto llamando por primera vez al padre (lo perdió de bebé, nunca lo había llamado con palabras) ha roto todo mi esfuerzo de distancia. Yo sé que tengo que oír y leer esos relatos por una razón personal y de justicia poética.
Agotada como estaba, pensé que no lo resistiría, pero no me he movido de mi asiento hasta el final. V. lo escuchaba en chino, contenta de entenderlo todo (yo leía los subtítulos ingleses y al mirar los castellanos me sorprendía: traducían pounds por kilos y cosas peores). Presentaban los propios autores, junto con Jordi Balló, y entre el público estaba J.L. Guerin. Wang Bing ha dicho que para él fue un privilegio poder escuchar a la mujer del documental. Mañana habrá cortos y coloquio.
Ha valido la pena, aunque ahora ese relato se una a mis interrogaciones de estos días complicándolas un poco más, sobre mi resaca balcánica de la estela de esas guerras, sobre lo que he encontrado de mí allí, sobre mi guerra. En el metro seguía leyendo Sobre la historia natural de la destrucción de Sebald, que es espléndida en sus ruinas y escombros, y que alterno con otros libros. De La Vanguardia me mandan una novela sangrienta y cruel de niños soldado en África. Si unimos esas lecturas a la actitud sacrificial de Simone Weill no es un panorama muy alegre...
Sebald que, como yo sospechaba, ha leído a los Mitscherlich (La incapacidad del duelo) y habla del estrepitoso silencio de la literatura alemana sobre la destrucción del país, habla de la sospecha de Kluge de que somos incapaces de aprender de la desgracia que hemos causado y cita a Benjamin: "La mirada de Kluge a su destruida ciudad natal... es también la mirada horrorizada del ángel de la Historia, del que Walter Benjamin ha dicho que, con sus ojos muy abiertos, ve 'una sola catástrofe, que incesantemente acumula escombros sobre escombros y los arroja a sus pies. El ángel quisiera quedarse, despertar a los muertos y unir lo destrozado. Pero desde el paraíso sopla una tormenta que se ha enredado en sus alas con tanta fuerza que el ángel no puede cerrarlas ya. Esa tormenta lo empuja incesantemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras el montón de escombros que tiene delante crece hasta el cielo. Esa tormenta es lo que llamamos progreso.'"
Como Sebald, me reconozco en ruinas que fueron el paisaje en el que crecí, aunque las mías sean de otra clase. No sé si podré salir tampoco de ese paisaje de escombros y memoria...

lunes, 1 de junio de 2009

Retorno madrileño

Foto: I.N., Recoletos, Madrid, mayo 2009
En Madrid hacía un calor sofocante, bochornoso, 34 grados con la sensación perenne de una tormenta que no llegaba, aunque allí a la sombra se está mejor y por la mañana temprano hacía falta jersey. No tuve valor para atravesar la feria ardiente para ver a los amigos que allí firmaban o tenían estand. Vi el estand de Trotta, donde firmaba Álvaro de la Rica, por allí estaba Valeria Bergalli, de Minúscula con Jesús del Campo, y al día siguiente, mientras firmaba, oía por megafonía los nombres de amigos que me habría gustado ver... Atravesar bajo la espesura arbórea era una opción más agradable, pero para buscar un número de caseta no podía ser.
He recorrido la ciudad bajo los árboles, que allí no han desaparecido, sino que crecen altísimos, y el conservadurismo ha permitido que sobrevivan muchos más edificios antiguos y que no haya plazas de cemento. Y eso no significa negar la corrupción municipal que corre por esos lares... Para mí, lo peor de ir a Madrid en tren es tener que pasar por ese horror vacui de cemento y fealdad que es Sants, la espantosa plaza, la desagradable estación: allí, por coherencia, todo es grasiento y no hay ningún punto donde reposar la mirada, salvo un libro o los propios pensamientos. Y no puedo evitar recordar con nostalgia (y rabia contra nuestros políticos destructores) esas bonitas estaciones de siempre, Francia y Triunfo Norte, donde sí había belleza.
Fui a la Real Academia de San Fernando a ver una muestra del settecento veneciano, pero había que conocer el santoral para saber que el 30 de mayo es el día de San Fernando: estaba cerrado. Entonces me fui al Prado, vi una pequeña muestra prerrafaelita que me encantó, la colección puertorriqueña de Ponce (ese rico súbitamente iluminado, Ferré, que heredaba su fortuna del cemento pero decidió que la belleza era la esencia de la vida que faltaba a su país y decidió propiciarla), sobre todo Burne-Jones y algo de Dante Gabriel Rossetti. Me gustó ver de cerca la trilogía del rosal, The Briar Rose series, que completa la Bella Durmiente, y el sueño del rey Arturo en Avalón, esa especie de hibernación dulce del rey cansado y viejo reposando la cabeza en el regazo de la reina Morgana y rodeado de otras mujeres, a la espera de ser llamado de nuevo al mundo. Al salir, enseguida me asaltó el Agnus dei de Zurbarán, y esos Goyas y Velázquez que yo solía visitar escapándome en mis viejas estancias madrileñas, donde siempre fui tan bien acogida por mis amigos. Así que volví a ver La fragua de Vulcano, Los borrachos, la Rendición de Breda, ¡Las Meninas!, vi El sueño de Jacob de José de Ribera (siguiendo con el sueño, que tanto fascinaba a Burne Jones), vi ese maravilloso autorretrato casi miniatura de Goya, y su Jovellanos, y esos extraños retratos (Maria Tomasa de Palafox, la Duquesa de Alba y la beata... Y el espléndido Filopómenes descubierto de Rubens, y el único Caravaggio del museo, David y Goliat (la cabeza también se parece al ex ministro Belloch, aunque no tanto como en ese otro, pero recordé aquella expresión dividida de su Judith y Holofernes).
De noche vi con mis amigos una película trepidante de Jean Pierre Melville, y a pesar del cansancio y el sueño y de que sabía que todo acabaría terriblemente, no pude dejarla hasta el final y luego estuvimos discutiendo si era una cuestión moral o si se trataba del absurdo, esos westerns suyos, esos personajes que no encajan en el mundo (y por eso el amor les está vedado, puesto que su opción no permite vivir demasiado) y que son despiadados con sus enemigos y los obstáculos pero guardan unas formas y una consideración asombrosa con sus amigos, y esa amistad y afecto y fogoso amor se expresan sólo por pequeños gestos contenidos, miradas cargadas, y ayuda incondicional, e incluso el comisario participa de ese código de buenas maneras, aunque haya luchado contra los gangsters con todas sus fuerzas, reconoce la parte de su honor y permite que la información clave llegue a los periodistas. Y ese personaje femenino, su majestuosa countenance, la forma en que la ven todos, su posición de opciones libres (ninguna misoginia en ese retrato). Es un mundo imaginado, implacable, melancólico por su derrota, contado en imágenes de una poética intensa y magnífica.
Vinieron a verme a la Feria viejos amigos generosos a que les firmara, para ellos o para otros, los guapos Aguirres (mi antigua familia política y ahora viejos amigos), vinieron algunos apasionados de los Balcanes, vino un crítico joven al que he citado aquí por su estupenda reseña de mi libro, y apareció con el editor un buen novelista al que yo había reseñado hace tiempo, Marcos Giralt Torrente y dijo que La plaza del azufaifo le había gustado y que leería Si un árbol cae en cuanto pasara la fase más absorbente de su paternidad reciente. Tras la firma, comí con mis editores de Si un árbol cae en un sitio muy madrileño cerca de la feria. Por cierto que a la caseta de Alba llegaban muchos lectores de clásicos victorianos, algunas atrapadas en la trama austeniana, otro a quien no le gustaba Dickens (!) pero sí Pérez Galdós, y otros que preguntaban cosas insospechadas. Estuve leyendo La gravedad y la gracia de Simone Weil, muy bien editado por Trotta, el prólogo de Carlos Ortega me sobrecogió por las sincronías, las misteriosas coincidencias... Yo no sabía que ella era el personaje aquel de Le bleu du ciel de Bataille, que yo leí muy joven, cuando no sabía nada de Simone W. y temía ser como aquella joven que tropezaba o arrastraba las sillas de los bares al entrar, ni sabía que había estado con Leiris, Bataille y Queneau en el círculo comunista democrático, ni que su primer texto se basaba en un cuento de Grimm que tuvo tanto eco en mi infancia, Los cisnes salvajes, ni que ella sentía como yo entonces que no tenía derecho a nada de lo bueno que pudiera llegarme, ni su idea de la belleza de un mundo condenado a la desdicha... Pero también: en sus textos me muevo siempre entre la atracción y el rechazo, la conexión y cierta repulsión por ese extremismo (culpable?) del sacrificio que no sentiría con Derrida y Lévinas... Leí con esperanza en La Vanguardia de la rebelión de escritores porque las liquidaciones a los autores no pueden darse a ojo y la indefensión de los autores en este país es asombrosa, y a favor de que CEDRO tenga acceso a los estudios de mercado Nielsen (así nos podrían engañar en unos pocos ejemplares, y no en el 50 por ciento y más, como ocurre tantas veces ahora...). Me estoy planteando volver a Madrid o delegar en alguien para la asamblea de Cedro del 23 de junio, porque es injusta esa total vulnerabilidad. Pueden leer el Manifiesto aquí y reenviarlo a los amigos escritores. La vuelta en un tren helado, con un aire acondicionado que me impedía dormir, cubierta con mi chal manta que no llegaba para todo el cuerpo, llegar a Sants, sin taxis, con un agotamiento atroz, y una noticia dudosa que me ha hecho dudar de la viabilidad de un proyecto conjunto con Lydia Oliva, pero parece que finalmente el obstáculo no será grave. Y el dolor de mi brazo, que resucita con el cambio de tiempo. Aterrizaje brusco... aunque el clima sea aquí más benigno, echaré de menos los olmos gigantescos y el sonido plateado del viento en las hojas... Resolver todos los pesados asuntos domésticos y ponerme a trabajar.