Foto: I.N., Inés midiendo la amplitud de los alcorques franceses y comparándolos con la mezquindad arboricida de los nuestros, Montpellier 2008
Ayer me preguntaba, paseando por la ciudad y mirando esos hermosos plátanos que el ayuntamiento ha decidido dictatorialmente talar (y al parecer ninguna ley nos protege contra los desmanes de los políticos y a nadie le importa que se multiplique el calor, la contaminación y el ruido, que no haya sombra y que se reduzca tanto la belleza de las calles), por qué será que los plátanos franceses pueden vivir hasta trescientos años y en la web del Kew Gardens afirman que aun en condiciones de contaminación suelen vivir 200 años, mientras que aquí, según R. Folch, sólo viven cien, y ellos han decidido (interesadamente) que ya los han cumplido y que por si acaso los van a cortar. También miraba con tristeza los mezquinos alcorques que les ponen y no podía evitar acordarme de la amplitud generosa con que los cuidan al otro lado de la frontera. ¿O será mi trastorno ocular? Juzguen ustedes mismos, comparando el que aparece en la foto con los que ven en nuestras calles (en los franceses caben varios coches aparcados). La misma diferencia ocurre con la profundidad: aquí no dejan espacio suficiente para las raíces.
Los paseos suelen ser fructíferos para observar, pensar (en los sueños) y encontrar soluciones a problemas de escritura y pensamiento. Hace poco tuve una conversación nocturna con L. sobre los Sueños de Adorno, que A. me prestó y que yo le había recomendado a L. (por cierto, que se lo regalé a un amigo pensante y nunca me dijo nada; me cuesta creer que no le gustara; hay gente que tiene grandes prejuicios contra los libros de sueños, que imaginan esotéricos o junguianos; la actividad onírica de Theodor Wisengrund Adorno es fascinante y su voluntad analítica de registrarlos, muy de agradecer. L., que es fan de Adorno, estaba entusiasmada con su lectura, pero me contó que al pedírselo, su librero -que es conocido y prestigioso- le había dicho con desdén que no existía, y cuando ella misma lo encontró en las estanterías, él siguió negando: "No está en sus obras completas", como si eso lo convirtiera en un libro despreciable y menor) y esa conversación desencadenó mis recuerdos oníricos y llevo dos noches despertándome en el momento justo y anotando sueños, o fragmentos. Para mí, esas imágenes cargadas de peso simbólico son sugestivas y me alivia la sensación de contactar con mi inconsciente (contra el bloqueo), aunque sea de esa manera sesgada y sin ayuda en la interpretación. En mis sueños de estos días hay elementos recurrentes con escenarios distintos, lo cual produce cierta fatiga, pero es una suerte poder abordarlos y pensarlos.
Ayer detecté con alegre envidia (ah, los blogs en Francia) la libertad con que Passouline habla de Lanzmann: dice que como persona le resulta insoportable, arrogante y ególatra, pero eso no le impide elogiar sus memorias con detalle y buenos argumentos. Yo pensaba que la posición arrogante de un escritor ante el mundo estropeaba su prosa, de hecho hay dos escritores a los que no leo precisamente por esa razón, porque su posición, en una especie de monte Olimpo contemplando despectivamente a los mortales, y su actitud de estar en posesión de la verdad o de las respuestas me irrita. (Si hasta los dioses griegos se veían envueltos en lo humano y sufrían por ellos... pienso en Circe con el quejumbroso Ulises o en Zeus y Dioniso persiguiendo incansables a ninfas y mujeres que no les hacían caso). Me choca que alguien inteligente y con talento pueda estupidizarse así, sin recordar aquella idea de Chéjov de que el mundo es endiabladamente complejo y sólo los estúpidos pretenden comprenderlo, tener las respuestas. Pero tal vez Lanzmann no sea así en su escritura. O tal vez no lo sea nunca y Assouline se equivoque. O tal vez sea yo quien se equivoca y esos dos escritores a los que dejé de leer sólo se muestren así en sus colaboraciones periodísticas mientras que en su prosa recobren la humildad necesaria para escribir. Creo que el autor tiene que dar necesariamente un paso atrás, mirarse con ironía, incluirse en la crítica, reconocer la fascinación que siente por sus personajes más detestables, de los que se guardaría en la vida. Y ahí estriba una de las grandes dificultades de escribir.
También por eso me gusta Rohmer. Ayer volví a ver La femme de l'aviateur y vi por primera vez Le beau mariage. Una vez, Paul Theroux respondió a una pregunta mía bastante torpe sobre su atracción por personajes abusivos, dogmáticos, fanáticos, tiránicos, diciendo simplemente que esos personajes daban mucho juego. De todas formas había algo más en mi pregunta puesto que entre esa clase de personajes que nos irritan y dan juego, hay una gama amplia de posibilidades y él elige una. Rohmer incorpora a veces a un personaje femenino también radical. Es una mujer obstinada, que hace afirmaciones absolutas y a veces incluso regresivas, que sólo matiza con una sonrisa genial, que toma decisiones delirantes y las defiende con vehemencia; resultaría muy antipática de no ser por la sonrisa de la actriz, y por una pasión vital que parece moverla y que a mí me hace preguntarme por la condición humana. Creo que esa sonrisa de la actriz es el propio Rohmer ante el mundo, el élan vital y la ironía de su mirada. Y precisamente por eso comprendo que a algunos no les atraiga.
Andando encontré una pequeña vía para cambiar algo del principio que no me convencía en mi novela, si es que puedo llamarla así. Creo que es una buena solución, pero aún no tengo la vía que me permita romper el muro y seguir avanzando. Tal vez hoy, ardiente domingo silencioso y desierto, en el que todas las tiendas del barrio han cerrado, incluyendo el colmado chino y el pakistaní y la panadería ecológica, cuando G. y J. ya están buscando olas en el Sur, yo logre reunir más fuerzas y algo me dé una clave para seguir, antes de ir a ver a mi amigo serbio.
Antes de ese paseo, había sido presa de un desaliento casi absoluto. No sé si fueron los sueños sangrientos, que mostraban angustias e inquietudes diversas, o el panorama material, o el encallamiento en esa novela o el puro trabajo invisible de mis hormonas, pero así me sentía. Durante horas no pude evitar mis pensamientos negros y uno de ellos me decía: "Esa historia que a ti te obsesiona, ¿a quién le importa? ¿Para qué escribirla?" Es un pensamiento sin salida. Creo que tengo que escribir simplemente siguiendo el deseo y la necesidad, excavando ciegamente como un topo, aunque haya momentos de caída en la desolladura.
Leyendo lo de Michon en Babelia pensé inevitablemente en la felicidad y el dolor de la escritura. A mí también me duele no escribir, me duele encallarme, tropezar, y soy feliz cuando encuentro algo, cuando logro avanzar y aún más a partir del momento en que todo se dispara y a cada momento me surgen más ideas. Pero cuesta llegar a esa fase y no tengo garantías ni de llegar ni de volver a caer en los múltiples hoyos lunares, en mis propias trampas... Elegís los caminos difíciles..., me dijo una vez mi padre, ya lo conté aquí, y sé que utilizó el plural como una forma de timidez o de cortesía, porque al preguntarle me aclaró que sólo se refería a mí.
