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sábado, 22 de agosto de 2009

Dimanche chaud

Foto: I.N., Inés midiendo la amplitud de los alcorques franceses y comparándolos con la mezquindad arboricida de los nuestros, Montpellier 2008
Ayer me preguntaba, paseando por la ciudad y mirando esos hermosos plátanos que el ayuntamiento ha decidido dictatorialmente talar (y al parecer ninguna ley nos protege contra los desmanes de los políticos y a nadie le importa que se multiplique el calor, la contaminación y el ruido, que no haya sombra y que se reduzca tanto la belleza de las calles), por qué será que los plátanos franceses pueden vivir hasta trescientos años y en la web del Kew Gardens afirman que aun en condiciones de contaminación suelen vivir 200 años, mientras que aquí, según R. Folch, sólo viven cien, y ellos han decidido (interesadamente) que ya los han cumplido y que por si acaso los van a cortar. También miraba con tristeza los mezquinos alcorques que les ponen y no podía evitar acordarme de la amplitud generosa con que los cuidan al otro lado de la frontera. ¿O será mi trastorno ocular? Juzguen ustedes mismos, comparando el que aparece en la foto con los que ven en nuestras calles (en los franceses caben varios coches aparcados). La misma diferencia ocurre con la profundidad: aquí no dejan espacio suficiente para las raíces.
Los paseos suelen ser fructíferos para observar, pensar (en los sueños) y encontrar soluciones a problemas de escritura y pensamiento. Hace poco tuve una conversación nocturna con L. sobre los Sueños de Adorno, que A. me prestó y que yo le había recomendado a L. (por cierto, que se lo regalé a un amigo pensante y nunca me dijo nada; me cuesta creer que no le gustara; hay gente que tiene grandes prejuicios contra los libros de sueños, que imaginan esotéricos o junguianos; la actividad onírica de Theodor Wisengrund Adorno es fascinante y su voluntad analítica de registrarlos, muy de agradecer. L., que es fan de Adorno, estaba entusiasmada con su lectura, pero me contó que al pedírselo, su librero -que es conocido y prestigioso- le había dicho con desdén que no existía, y cuando ella misma lo encontró en las estanterías, él siguió negando: "No está en sus obras completas", como si eso lo convirtiera en un libro despreciable y menor) y esa conversación desencadenó mis recuerdos oníricos y llevo dos noches despertándome en el momento justo y anotando sueños, o fragmentos. Para mí, esas imágenes cargadas de peso simbólico son sugestivas y me alivia la sensación de contactar con mi inconsciente (contra el bloqueo), aunque sea de esa manera sesgada y sin ayuda en la interpretación. En mis sueños de estos días hay elementos recurrentes con escenarios distintos, lo cual produce cierta fatiga, pero es una suerte poder abordarlos y pensarlos.
Ayer detecté con alegre envidia (ah, los blogs en Francia) la libertad con que Passouline habla de Lanzmann: dice que como persona le resulta insoportable, arrogante y ególatra, pero eso no le impide elogiar sus memorias con detalle y buenos argumentos. Yo pensaba que la posición arrogante de un escritor ante el mundo estropeaba su prosa, de hecho hay dos escritores a los que no leo precisamente por esa razón, porque su posición, en una especie de monte Olimpo contemplando despectivamente a los mortales, y su actitud de estar en posesión de la verdad o de las respuestas me irrita. (Si hasta los dioses griegos se veían envueltos en lo humano y sufrían por ellos... pienso en Circe con el quejumbroso Ulises o en Zeus y Dioniso persiguiendo incansables a ninfas y mujeres que no les hacían caso). Me choca que alguien inteligente y con talento pueda estupidizarse así, sin recordar aquella idea de Chéjov de que el mundo es endiabladamente complejo y sólo los estúpidos pretenden comprenderlo, tener las respuestas. Pero tal vez Lanzmann no sea así en su escritura. O tal vez no lo sea nunca y Assouline se equivoque. O tal vez sea yo quien se equivoca y esos dos escritores a los que dejé de leer sólo se muestren así en sus colaboraciones periodísticas mientras que en su prosa recobren la humildad necesaria para escribir. Creo que el autor tiene que dar necesariamente un paso atrás, mirarse con ironía, incluirse en la crítica, reconocer la fascinación que siente por sus personajes más detestables, de los que se guardaría en la vida. Y ahí estriba una de las grandes dificultades de escribir.
También por eso me gusta Rohmer. Ayer volví a ver La femme de l'aviateur y vi por primera vez Le beau mariage. Una vez, Paul Theroux respondió a una pregunta mía bastante torpe sobre su atracción por personajes abusivos, dogmáticos, fanáticos, tiránicos, diciendo simplemente que esos personajes daban mucho juego. De todas formas había algo más en mi pregunta puesto que entre esa clase de personajes que nos irritan y dan juego, hay una gama amplia de posibilidades y él elige una. Rohmer incorpora a veces a un personaje femenino también radical. Es una mujer obstinada, que hace afirmaciones absolutas y a veces incluso regresivas, que sólo matiza con una sonrisa genial, que toma decisiones delirantes y las defiende con vehemencia; resultaría muy antipática de no ser por la sonrisa de la actriz, y por una pasión vital que parece moverla y que a mí me hace preguntarme por la condición humana. Creo que esa sonrisa de la actriz es el propio Rohmer ante el mundo, el élan vital y la ironía de su mirada. Y precisamente por eso comprendo que a algunos no les atraiga.
Andando encontré una pequeña vía para cambiar algo del principio que no me convencía en mi novela, si es que puedo llamarla así. Creo que es una buena solución, pero aún no tengo la vía que me permita romper el muro y seguir avanzando. Tal vez hoy, ardiente domingo silencioso y desierto, en el que todas las tiendas del barrio han cerrado, incluyendo el colmado chino y el pakistaní y la panadería ecológica, cuando G. y J. ya están buscando olas en el Sur, yo logre reunir más fuerzas y algo me dé una clave para seguir, antes de ir a ver a mi amigo serbio.
Antes de ese paseo, había sido presa de un desaliento casi absoluto. No sé si fueron los sueños sangrientos, que mostraban angustias e inquietudes diversas, o el panorama material, o el encallamiento en esa novela o el puro trabajo invisible de mis hormonas, pero así me sentía. Durante horas no pude evitar mis pensamientos negros y uno de ellos me decía: "Esa historia que a ti te obsesiona, ¿a quién le importa? ¿Para qué escribirla?" Es un pensamiento sin salida. Creo que tengo que escribir simplemente siguiendo el deseo y la necesidad, excavando ciegamente como un topo, aunque haya momentos de caída en la desolladura.
Leyendo lo de Michon en Babelia pensé inevitablemente en la felicidad y el dolor de la escritura. A mí también me duele no escribir, me duele encallarme, tropezar, y soy feliz cuando encuentro algo, cuando logro avanzar y aún más a partir del momento en que todo se dispara y a cada momento me surgen más ideas. Pero cuesta llegar a esa fase y no tengo garantías ni de llegar ni de volver a caer en los múltiples hoyos lunares, en mis propias trampas... Elegís los caminos difíciles..., me dijo una vez mi padre, ya lo conté aquí, y sé que utilizó el plural como una forma de timidez o de cortesía, porque al preguntarle me aclaró que sólo se refería a mí.

viernes, 5 de junio de 2009

¡Han arrasado el jardín del azufaifo!

Foto: I.N. Le jardin d'Elaine, Ventalló, mayo 2009
Había crecido un pequeño jardín salvaje, maravilloso, intensamente verde y plagado de pequeños azufaifos. Como los salvajes son esa gente que habita entre nosotros, le arrojaban sus basuras todos los días, vaciaban los ceniceros de sus flamantes coches y echaban allí todos los envoltorios de lo que consumían, burlando los contenedores de enfrente. Por eso, A. y yo íbamos en brigadillas dominicales a limpiar, con guantes desechables y bolsas de basura. Íbamos a ir este domingo, tras dos fines de semana de ausencia (al final no me voy al mar, ya que hará mal tiempo y estoy llena de trabajo).
Nuestro ayuntamiento de Hereuville, que detesta el verde con todas sus fuerzas, ha decidido que el panorama era demasiado bonito. Luchan contra la belleza e intentan promover la extensión del cemento y arrancarnos la sombra y extirpar la frondosidad allí donde crezca. Han rasurado todo el jardín. Me pregunto cuál será el siguiente paso. Ahora estarán contentos todos esos que quieren convertir el lugar en un vertedero.Es un gesto digno de los salvajes y su vertedero. No saben que puede limpiarse sin destruir. Ya nos avisó un ingeniero técnico agrícola de que no protestásemos por las hipotéticas ratas: "No debería ser así, pero probablemente ellos harán más daño que las ratas..."
Me pregunto qué podemos esperar ahora: ¿tal vez arrojarán cemento para rematar nuestro hermoso azufaifo? La única esperanza es esta lluvia, que tal vez siembre algo... Pero me llega otra noticia siniestra: han marcado todos los almeces de la magnífica arboleda de la plaça Joaquim Folguera para cortarlos. Este ayuntamiento es peor que las fuerzas oscuras de Star Wars, hay algo perverso en esta insidiosa destrucción de la belleza, la frondosidad y la sombra. ¿No vamos a hacer nada para impedirlo?
Una brizna de Polis: les revelaré mi voto europeo a mis lectores invisibles: voy a votar a esa firma internacional llamada Izquierda anticapitalista. Necesito hacer un gesto crítico y lo voy a hacer. La formación de Esther Vivas, de Olivier Besancenot. Les apoya Enzo Traverso, Chomsky, Ken Loach, Slavoj Zizek, Michel Warschawski... ¿qué les parece?
Me consuelo leyendo. Me encanta María Zambrano hablando de Alfonso Reyes (Entre violetas y volcanes), de que sólo México quiso a los exiliados españoles, sólo México, de esa escena de él adivinando su tristeza y consolándola en un risco, y de Gil de Biedma (Jaime en Roma), y de ese amante que aún la espera en la Via Appia, que es una estatua, justo donde está el recuerdo de su hermana Araceli, de Diego de Mesa y de Jaime Gil de Biedma. Palabras del regreso (no tiene razón JP, no aburre, ilumina!). Y ya que no voy al mar vuelvo a Sebald...
Plus tard...
He bajado a examinar el terreno con A. y he visto algo que me ha alegrado el espíritu. Han limpiado y recortado también la parte de abajo del terreno, donde antes se erguía la bonita casa del azufaifo con sus persianas caídas con aire nonchalant. Ese trozo de solar estaba lleno de basuras industriales, les dejaban entrar a los obreros de todas las obras adyacentes, que tiraban allí tubos y plásticos, desechos y detritus varios. Y de pronto, después de la lluvia, el suelo se ve verde, lleno de hierbecillas como aquellas que contaba el personaje de Sebald... Cómo respiraba el azufaifo y cómo olía a azahar... A pesar de la torpe ignorancia de la iniciativa municipal (los mismos que han cubierto la parte de la muralla donde iban las escuelas a observar inscripciones romanas, con plantas anodinas, en esa mezcla de perversidad y burramia tan típica del país) antiverde, el jardín del azufaifo ha crecido, nuestro árbol se ha enseñoreado del espacio y el aire tenía una leve fragancia nocturna...
Ha pasado Millán, alegremente estacional, junto al jardín rasurado. A. y yo hemos huido del láser de un niño invisible que nos seguía desde el balcón hasta la hoy ruidosísima Mandri y allí, tras intentar en vano ayudar a un pobre pájaro negro que no podía volar y avanzaba peligrosamente a saltos, nos hemos sentado en un banco y casi a gritos le he leído mi conferencia de Danielle Collobert, para decidir si recorataba o no. A. me ha dicho que no recortase nada... él insiste en que me han crecido los ojos.