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domingo, 18 de septiembre de 2011

He vuelto a la novela

Foto: I.N. Árbol seco con pájaro en la copa, 2011
He vuelto a la novela después de unos días de extrañamiento en el mundo. Ya no me atrevo a concluir nada respecto a mí ni al mundo, sólo puedo decir que escribo, que he vuelto a encontrar un caminillo y que sigo leyendo (ayer Un cuento o La serpiente verde de Goethe se interpuso entre mi Munro y la nouvelle de McEwan, y también se superpuso a Trakl, que se ha desparramado por mis últimos días como una luz, por oscura que fuese, algo como la granulación del aire).
Una noche me desperté otra vez con un dolor abdominal, tan intenso que parecía un aviso de que algo grave estaba ocurriendo en mi interior. Al día siguiente fui a urgencias -Tigridia lo arregló todo, en la clínica donde ella trabaja-, en la primera ecografía, tras apretujarme durante un tiempo interminable, me diagnosticaron apendicitis hasta que se dieron cuenta de que en mi interior reinaba la atmósfera gaseosa de Júpiter, y no había más. En la segunda ecografía, antes de empezar, el médico aventuró la teoría de un tumor en el estómago, no pudo resistir la presencia de su colega Tigridia sin comunicar su temor y se lo dijo a ella como si yo no estuviera, o como si yo no pudiese oírle... La descartó al examinar el interior, y concluyó que todo estaba bien, excepto mi atmósfera gaseosa. Por suerte, una frase de L. antes de salir: "Cuidado, los médicos siempre quieren encontrar lo peor" me sirvió como mantra durante el proceso y no llegué a creerles. Al salir de allí, feliz de no tener nada, aunque siguiera el dolor, me llegó un mensaje de mi lector tardío, en el que, escandalizado al saber que en este país la traducción editorial se paga peor que la fontanería, que la cristalería, que la albañilería y que en algunos casos llega al mismo nivel que la limpieza de casas, me ofrecía un préstamo generoso hasta que acabara mi novela. No pensé en aceptarlo, porque ¿qué garantías podía darle? pero me alegró tanto la idea de que alguien quisiera y pudiera ayudarme que la tarde me pareció mucho más soleada.
El dolor ha disminuido, pero no desaparecido, y a ratos vuelve a ser momentáneamente punzante. Dicen que puede ser el estrés. Yo sé lo que me duele, después de todo. ¿Cómo no saber?
Fue el cumpleaños de G y le compré unos libros y la Sacher Torte de siempre. Él aceptó recibir un regalo de bajo presupuesto, sobre todo considerando que en los últimos días le he regalado mi tiempo y mi ayuda de una forma intensiva. En la puerta de la librería me encontré a alguien agorero. Dijo que con la llegada de Amazon a España, nos bajarían las tarifas de traducción. En ese caso habrá que pensar si limpiar casas, le dije, porque esas tarifas corresponden a menos de la tercera parte de lo que pagan los editores franceses, y bajarlas supondría más o menos que los traductores trabajasen gratis o que pagasen por traducir. Ya sé que ahora está de moda recortar por abajo, asfixiar más y más a los que no tienen, y dejar intactos los grandes sueldos de arriba. Pero, aunque no lo sepan los codiciosos que nos mandan, todo esto tiene un tope y hay un nivel de saturación peligroso. Ahora están jugando con fuego; no les importa hundir del todo la economía, imposibilitar del todo el consumo, sólo quieren tomar el dinero y correr. Pero habrá un momento incendiario y nuevos vendavales. Ese alguien me vaticinó cosas peores para la economía de este país.... ¡como para salir huyendo! Luego me encontré a un diseñador gráfico famoso y comentamos la vergüenza y el escándalo de cómo están las cosas y la idea de resistir.
Hice caso al hombre que escucha y a esa insatisfacción que crece cuando no escribo, aparté mi miedo, aparté el capítulo que se me hacía árido continuar, y entré por otro sendero a la novela. ¡Qué felicidad! Empecé anoche y tras un encuentro insólito de esta mañana, tal vez capaz de restablecer un diálogo quebrado, he pasado la tarde escribiendo y aún me propongo continuar. Rufus dormita, inspirado por la lluvia. Si le acaricio, alarga una pata para evitar que me vaya, para retenerme. Ese gesto nos gusta a G. y a mí.
Me gustó leer el artículo de EVM en El País de ayer, sus reflexiones sobre la realidad y la ficción, esa construcción de una realidad paralela que comparto (aunque mi prosa encaje teóricamente en lo que llaman realista, ¿pero qué es tal cosa? no es un género fantástico, claro está, ¿pero qué relación tiene con lo real siquiera lo que se llama autoficción, si siempre es una gran mascarada, una reescritura?), las alusiones a ese mundo horrible de los medios (que es otra construcción, sólo que sin la gracia de la ficción) y la atmósfera terrible y perpleja del cuento de Saul Bellow (que en la foto se parecía a Gombrowicz y a aquel amigo mío que se parecía a Gombrowicz y ya murió), de ese viejo que lee un libro sagrado y sufre un robo y se ve obligado a atravesar la ciudad desnudo y cuando se recobra vuelve a comprar el libro sagrado. También me hizo gracia la frase de la dama de las letras inglesas, que parecía dirigida a mí, porque me cuesta tanto sustraerme a ese olvido, en mi situación financiera. No sabría decir por qué me consuela tanto encontrar ese texto en la aridez de un periódico.
Hace dos o tres noches fui al Teatre del Raval, a ver ese montaje musicado de las Baladas de Françoise Villon que han hecho Victor Obiols, Pepa Arenós y Jaume Comes, con la traducción magnífica de Feliu Formosa, completada por Andreu Subirats en lo contemporáneo y con la interpretación musical de Víctor Bocanegra, que encajaba perfectamente su aire rockero, pop, postpunk o chanson française, según se mire, y su aire a lo Van Morrison, con el texto poderoso del condenado y perdonado Villon, con algunos fragmentos, como el de las llengües envejoses, que me gustaría memorizar y decir, como trallazos, a unos cuantos que me sé. Alguien dijo que quedaría mejor en un entorno de café teatro, y tal vez sea verdad. También dijeron que convendría acortar el texto para dejarlo respirar y que pudiéramos digerirlo. También puede ser. En cualquier caso, es un espectáculo apasionante, los que lo dicen lo dicen con toda la fuerza que conviene y los músicos y la escena cumplen bien y les apoyan de forma inspirada. Me llevé el cd de la banda sonora y ayer lo escuchamos en un coche. Vale la pena.
Un atardecer, en una improvisación rapidísima, debida a nuestra amiga casi americana, fuimos a ver The Tree of Life. Confieso que no me gustó, que me pareció excesiva, con imágenes casi publicitarias o de National Geographic, con una religiosidad que me irritaba, aunque hablara de cosas que me interesan. La comparé -en otro contexto- a La cinta blanca, que sí me gustó, aunque aquella violencia me resultara más lejana a mi experiencia. Al día siguiente, mientras andaba con Tigridia por nuestro camino preferido, ella me explicó cómo comprendía la sensación de aquel niño respecto a su padre, pues ella había sentido cosas parecidas de pequeña por culpa de la misma violencia abusiva y tirana. Y también aquella idea de hacer exactamente lo contrario a lo que deseas, me dijo. Y me quedé pensando. Las imágenes me volvían, con algunos de sus interrogantes sobre aquella época de los cincuenta, la violencia familiar, la sumisión de algunas mujeres, el maltrato... Según mi amiga americana, la película plantea que el cristianismo era la opción religiosa equivocada y que la única posible opción estaría en la naturaleza y en lo amoroso. ¿Pero y ese encuentro en el cielo del final?, le pregunté yo. Y ella me habló de un inmenso vacío. Quién sabe. En cualquier caso, no vi el maravilloso poema visual que había visto el crítico de El País. Aunque eso sí, generó interesantes conversaciones.
Esta mañana, en Arte TV, he visto, mientras desayunaba un concurso de jóvenes directores de orquesta en Besançon. Tocaban las mismas piezas con la misma orquesta, pero no era aburrido, sino todo lo contrario. En la primera parte era La flauta mágica y la Quinta sinfornía de Beethoven, y en la segunda vuelta los finalistas tocaban La forza del destino de Verdi y una pieza de Janacek, pero la forma en que se las apañaban para adaptar la orquesta a su forma de interpretar la pieza, las diferencias en su abordaje musical, la gestualidad y las indicaciones a veces más técnicas y otras metafóricas, la expresión de placer inusitado al dejarse llevar por la música, pese a los nervios, y los comentarios de los miembros del jurado, sobre los criterios de valoración de la primera vuelta y la subjetividad de la elección en la segunda vuelta, y las declaraciones de los participantes sobre la música y la experiencia feliz de estar allí y exponer su trabajo aunque no ganaran y el verano infernal que habían pasado preparándose... Una maravilla... Yo, que vivo desterrada de la música, que abandoné cuando murió mi padre, la recobré sólo en casa, con discos, pero no recuperé la vieja costumbre de los conciertos y ahora empiezo a sentir una gran añoranza, pero en mi situación de bajo presupuesto, le he pedido a L. que me avise cuando vaya a uno no muy caro y celestial...
Mientras, se va forjando mi curso de Lecturas Otras de este año, gracias al interés y la tenacidad de mis estudiantes. En un mensaje inesperado, una poeta que admiro me habla de duelos y de la suerte que tenemos de escribir. Tiene razón. Yo vuelvo a mi escritura. Es extraño pensar que me haya costado tantos días acercarme a mi novela, cuando ahora que vuelvo, no saldría más.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Anoche, en el Teatre L'Atlàntida de Vic

Foto: I.N., Rufus, el sofá y la plaquette, 2010
En el ciclo Pas a dos, a las 20.30, Víctor Sunyol y yo hablamos de Danielle Collobert y de la traducción que Antoni Clapés y el propio Sunyol hicieron de su Il donc, Allò doncs y Montse Vellvehí leyó algunos de los poemas. Víctor Sunyol trazó su perfil vital y poético, habló de la experiencia de traducirla a cuatro manos y definió muy bien la escritura y el radicalismo de la Collobert, que se suicidó el día que cumplía 38 años. Yo leí primero un texto de (su amigo y editor) Uccio Esposito Torrigiani sobre ella, y después leí entero el texto de mi conferencia publicado como plaquette en Cafè Central, y que puede encontrarse en las librerías Laie, La Central y Xoroi, Danielle Collobert, Naufragi en un mar de paraules, que es un texto sobre el dolor, el goce lacaniano, los amigos, la escritura. Y al final leí un fragmento de prosa de la Collobert, que había traducido al catalán, un texto que marca su abandono del puesto de profesora de filosofía en un instituto y el principio de su peregrinación y su escritura.
En Vic hacía un frío radical, helaba y la niebla baja generaba una humedad en el suelo, como si anduviéramos por un pantano. Pero me gustó ver desierta esa plaza maravillosa italianizante, que Dolors Udina calificó de la millor plaça de Catalunya, y el casino, y sentí deseos de volver a la luz del día para ir al museo y a la catedral.
Curiosamente, en ese espacio impresionante del Teatre Atlàntida (Centre d'Arts Escèniques d'Osona), no había calefacción, ni tampoco en el restaurante al que luego fuimos a cenar, y yo estaba helada. El frío me mordía los huesos. Hoy he madrugado mucho, tenía que desayunar y cumplir con las seis horas de ayuno necesarias para una ecografía, y después del té no podía dormir, así que me he echado en el sofá a leer lo que más me apetecía, olvidando todos mis deberes, ya que a esas horas me consideraba de vacaciones. Así pues, como diría Sagarra, me he zampado las primeras cincuenta páginas de El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela, perfecto para soñar sin dormir, hondamente borgiano en la atmósfera (aunque con una escritura más neutra y ensayística), no sin humor y libertad en el tono y realmente sugestivo en su recorrido del mundo onírico a través de la historia, con esos sueños de monarcas guerreros, o sueños de cristianos primeros donde se filtra lo pagano, o los sueños anticipativos como las pesadillas de Lincoln antes de ser asesinado, aunque su punto de vista sea junguiano y no freudiano y algunas menciones a lo freudiano me parezcan a mí reductivas (para completarlo, espero que me llegue esa Historia del sueño de Mauro Mancia, que encargué al librero de la calle Berlinès, y que él mismo recomendaba en la radio). Me dijeron que no cita el libro de Sueños de Teodoro W. Adorno, que es mi favorito sobre el tema; tengo que comprobarlo. Pero el libro de Jacobo Siruela, además de esa sagèsse en la ingente documentación bibliográfica, que muestra su pasión investigadora, tiene a veces ese elemento misterioso de un thriller poético y jamesiano, y reúne con soltura el mundo de los fantasmas de Henry James con la atmósfera de Hitchcock. Me encantó la paradoja de los sueños de Descartes.
Rufus es un compañero perfecto para el sofá. Apoya la barbilla en la manta que me cubre y expande su ronroneo y su vibración onírica con una suavidad maravillosa. Ayer, sumida en un agotamiento considerable y sabiendo que luego tendría que resistir la nocturnidad teatral, me eché una breve siesta en el mismo sofá y me pareció que el sueño de Rufus multiplicaba la profundidad del mío y me ayudaba a cruzar esos (para mí) largos umbrales del sueño (hay gente que tiene unos umbrales tan ínfimos de entrada en el sueño que se duerme mientras habla, lo cual, a los que tenemos que recorrer un largo túnel carnoso o arquitectónico para llegar a adentrarnos en ese reino onírico, nos resulta casi ofensivo).
Creo que ayer, la presentación de Collobert salió bien, réussie; se notaba en la vibración de nuestras voces en la sala, en el silencio atento del público y los aplausos del final, aunque yo me olvidé de especificar que iba a leer un texto mío, ese Naufragi en un mar de paraules y que la plaquette podía encontrarse en esas librerías, publicada por Cafè Central. Luego, algunos se acercaron a preguntarme y comprendí que no lo había aclarado. Además, fue muy agradable el encuentro, y también las conversaciones de antes y después.
Por cierto, acabo de darme cuenta de que ayer era mi santa; claro que antiguamente se celebraba el 19, o sea, mañana. En realidad, hace años que no me felicito en esa fecha, pero siempre siento que me falta un regalo. Creo que el personaje era una reina de Hungría.
Al levantarme temprano he oído cantar un mirlo (¿un vestigio de la primavera?) y he visto cómo la sala se iba llenando de la luz del alba. Y ahora el sol se está levantando y enciende una luz detrás de unas nubes altas, que parecen florescencias luminosas.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Ayer, en la sala de prensa del Lliure

Foto: I.N., Lugar durandiano, agosto 2009
El Espai Freud (y su espíritu animador, el librero de la calle Berlinès!), con ese ánimo de lograr el diálogo del psicoanálisis con otras instancias de la cultura que existe en otros países europeos y latinoamericanos, organizó un acto muy interesante. El deseo en el espectador, una conversación entre el director teatral Roger Bernat y el psicoanalista Iván Ruiz, que además es pianista y compositor. La coordinación y la presentación del acto iban a cargo de Vanessa Núñez, que está en los dos mundos, teatro y psicoanálisis, además de su saber sinológico, y de ahí su mirada particular y pétillante. Bernat hizo una síntesis ingeniosa e ilustrada de la aparición del público en la historia y sus relaciones con la escena, su cambio de rol, y aludió a sus últimos trabajos, donde el espectador, si acepta el juego, es actor. Ruiz intentó darle un sentido traduciéndolo a su lenguaje. Otros psicoanalistas y gente del teatro reflexionaron o se interrogaron también sobre ese deseo (me gustó la intervención de un psicoanalista preguntándose si tal vez en el psicoanálisis se idealizaba el deseo, de tal modo que se olvidaría al otro, convirtiéndolo en mero objeto de ese deseo) y esos roles y su significación en nuestro mundo. Durante la exposée, en la que por supuesto salió Slavoj Žižek, surgió también un torrente de pensamientos que revolotearon como mariposas en el aire y en mi mente. Me hizo pensar en un simulacro de lectura pública en el que participé una vez, y en mi intento fallido de dar entidad a aquella lectura sin que hubiera público, como si el público pasivo fuese la garantía de su existencia, como si no pudiéramos nosotros, los incrédulos escritores-lectores que participábamos, convertirnos en espectadores suficientes. También pensé en aquellos espectáculos antiguos de hipnosis o magia donde actuaban personas del público siempre sospechosas de ser actores pagados. O en los gabinetes de curiosidades que precedieron a los museos, con sus galerías de freaks convertidos en actores a su pesar y objetos de la mirada morbosa que está en el origen del museo. O en la mirada nunca inocente de las imágenes de violencia y destrucción. O en la catharsis griega. Escucharles fue sugerente y quedaron muchos hilos abiertos para seguir pensando. No había tiempo suficiente para intervenir (dijo Vanessa que el miedo al espectador -expectante- les había hecho reducir ese espacio), aunque yo pude encajar mis dos sugerencias. Una se refería a ese último espectáculo de Bernat, donde yo acepté las reglas del juego (porque me parecieron aceptables) y creo que la pasividad del espectador que criticaba el propio Bernat "siempre implica un movimiento" (como dijo una psicoanalista) puede parecerse a la entrega condicionada en el terreno sexual, donde uno decide averiguar cuál es el deseo del otro y hasta dónde puede llevarle en su placer. Y mi otra interrogación se refería a mi idea de que el escritor, si bien movido por un fuerte deseo de contar o de interrogarse, para escribir tiene que actuar como espectador, desde su no-saber (como el analista) desde su perplejidad ante el mundo, y es doblemente espectador porque antes que escritor es lector. Sin embargo, como señalaba el escritor mexicano Gabriel Zaid en Los demasiados libros, parece que el número de escritores hubiera sobrepasado al de lectores, o que hubiera surgido un género de escritores sin tiempo de leer(se), como ocurría en la Dangerous Writing, que escribían aparentemente sin leer o leyéndose sólo entre ellos, como si nadie hubiera escrito antes (parece que luego se pusieron a leer, más allá de los suyos), y ése sería un mundo tristemente sin lectores. De la exposición histórica de Bernat me quedó la anécdota del caballo que sabía contar y que daba la respuesta a las operaciones matemáticas simples con coces en el suelo. La hipótesis de que el caballo captaba, por la emoción del público, el momento en que debía parar, le servía a Bernat para su hilo. Todo estaba lleno de ese humor interrogativo de sus espectáculos y todo podía traducirse desde la escucha de los psicoanalistas.
Mientras, me da la sensación de que G. (que anoche debió de dibujarme un saludo en la pizarra de la cocina: Buon giorno principessa, decía un personaje de cómic abriéndose paso en mi lista de compras pendiente, y me ha hecho reír al levantarme) ha entrado en el territorio de la cultura humanista al fin (tras abandonar Humanitats), por la mejor puerta, gracias a una lectura trabajada de no sé qué asignatura de Antropología, El Món d'ahir. memòries d'un europeu de Stefan Zweig. Ver sus comentarios entusiastas (contagiado de la pasión por la cultura de Zweig y conectando con su visión (psico)analítica) en la red de la Universidad me alegra el día y pienso secretamente que después de todo no me equivoqué. Estresada como andos estos días, me he pasado un buen rato hablando con un viejo amigo, que tiene su propio gabinete de curiosidades y lo llama como J. a mi casa, "cueva de Alí Babá". Antes de irme he hablado con M., que hoy encontraba las palabras. Dice que estaba viendo una película de tiros, y cuando le digo que estoy algo estresada de tanta actividad pendiente me dice: "No te preocupes, tú eres una chica inteligente y estás muy al día" y se echa a reír. Entre tanto, parece que ya tenemos oficiante de lujo para la charla balcánica en la librería Antígona de Zaragoza, ya avisaré de la fecha exacta, pero será en noviembre. Hoy doy mi curso de posgrado en la UPF, así que no me queda tiempo de más. Pero seguiré a la vuelta...

viernes, 25 de abril de 2008

Funambulistas


Ilustración: la portada del libro
Ayer N. me trajo, recién horneados, mis 4 ejemplares de la antología audiolibro de Funambulista. El audio está en formato mp3 y me ha costado escucharlo, pero me hace mucha ilusión (Me dicen que mis ordenadores deben de estar obsoletos, y eso me preocupa porque uno de ellos -el de G- es de 2008 y mi portátil es de 2007. Por lo visto la obsolescencia es ya cuestión de meses o semanas. Al parecer, todo el mundo los ha escuchado sin problemas, así que soy yo la única incompatible). Me encantan los textos leídos por sus autores. Las intenciones están en las vibraciones de la voz y se produce una conexión mágica, hipnótica.
La semana que viene, el libro estará en las librerías, con su flamante audio. En el metro, hacia Poble Sec, me releí el cuento de Vila-Matas (vale la pena escucharlo) y los de Cristina Grande y José Ovejero y concluí que mi "Verano. Fragmentos de un blog" estaba en buena compañía.
Ya en el Lliure, invitada por la siempre interesante V., participé anónimamente en Domini públic, un espectáculo de Roger Bernat sin actores, o mejor dicho, donde los espectadores son los actores. Lo que en otros casos podría ser una pesadilla, aquí fue un juego inteligente y sutil. Y que conste que yo no soporto esos grupos que hostigan al público ni a esos públicos masoquistas que se entregan a cualquier cosa. En la plaza que separa el Lliure del Institut del Teatre, entre algún mirón atónito que no podía oír ni entender y unos perros que corrían silenciosos, los espectadores llevábamos auriculares y nos movíamos respondiendo a las preguntas que nos hacía la única actriz, oculta, por el sistema de megafonía. "Prens cacaolat per esmorzar? Acosta't a l'acomodadora. Tens parents a l'exili? Allunya't. Has robat alguna vegada al supermercat? Vés al centre de la plaça. Creus en déu o en alguna força superior? Agenolla't. Tagrada que et preguntin sobre la teva vida? Agafa una carpeta. La meva veu et sembla una música? Gràcies! Agafa una manta. Guanyes més de 2.000 euros? Vés al centre de la plaça!..." La hábil combinación de humor absurdo, dramatismo, crítica social y poesía, junto con La flauta mágica de Mozart y otras músicas muy diversas producían un efecto interesante. La gente se reía, discutía sus respuestas ("¿Túuu... crees en dios?", decía uno, "No, pero ha dicho una fuerza superior..." "Qué raro, no me creo que Carlos no haya robado nunca en un supermercado..."), se observaba con curiosidad, se reconocía afín, se separaba de los suyos... Hubo un chico alto, de aspecto algo moruno, que siempre que tenía que elegir me señalaba o se acercaba a mí y se reía mucho. Me hizo pensar en los encuentros y desencuentros. Representamos, sin esfuerzo, a agonizantes, muertos, policías, presos, fugados, fusilados miembros de la cruz roja, con chalecos de colores como distintivos, distribuidos arbitrariamente según el lugar de nacimiento o si habías esquiado en Baqueira Beret o si desayunabas cacaolat, o si habías celebrado la navidad en verano o conocías a la rana René (una manera de identificar a los latinoamericanos, que se rieron mucho con eso) y los comentarios sobre racismo y prejuicios estaban también dentro. Todo era simbólico y respetuoso, elgante, como dijo V., sin molestar ni violentar a nadie. Lo pasamos muy bien, aunque yo acabé agotada, no sé por qué.
Y al llegar a casa, me esperaban revelaciones y esa sensación del poso que dejan las cosas o su temblor y de cómo necesitamos tiempo para digerir los descubrimientos.
Me he despertado melancólica, maldiciendo el fragor de las obras y la promiscuidad extraña de la cocina; veo las sombras y colores de la ropa de los albañiles moviéndose muy cerca, al otro lado del cristal, y el andamio oscurece el patio y el pasillo. Me siento espiada. Pensaba que mi cuento (que anoche le mandé a mi amigo serbio) era un engendro, que no tenía sentido, y me sentía desolada y hormonal. Pero un email matinal de mi amigo serbio me decía que en efecto, era raro: "me parece irregular estructuralmente pero atrae, creo que has conseguido alguna similitud compleja" entre dos trasuntos distintos, y me proponía cortar un trozo del final y pelar otro trozo, quitando comentarios y dejando declaraciones desnudas. Lo he hecho. Creo que mi amigo tiene un talento único y pragmático para la estructura. Ahora el cuento es un cuento. It makes sense! "Si lo haces así, y me lo mandas, podré decirte algo más preciso", decía. No sé qué me propondrá, ni si lo aceptaré, pero ahora el cuento tiene vida propia y yo me siento restaurada (pensando en el siguiente, que va casi encadenado).
La gata Gilda se ha curado. Veinticuatro horas de ayuno y núx vómica. Aunque sigue extrañamente mimosa con todos.
Seguimos ultimando las ilustraciones para La plaza del azufaifo. Con suerte, la semana que viene o la otra tendremos maqueta.
Ayer, entré en la cocina maldiciendo el ruido espantoso de las máquinas y de pronto, el ruido se detuvo, y unos segundos después oí que uno de los albañiles cantaba: In un mondo che... Como no recordaba el resto de la letra, silbaba el resto de la tonada, tan antigua. Sin saber por qué, sentí una simpatía inmediata por aquel obrero que canturreaba en el andamio. Y de pronto lo comprendí, mientras él reemprendía el estribillo, volví más de treinta años atrás, al profesor de literatura que me hizo descubrir a Góngora y su uso misterioso de la letra u (la cueva, bostezo suave de la Tierra...), Ferran Rocaspana, desaparecido y uno de mis favoritos, que recorría sin parar el estrecho espacio del aula de un extremo a otro, desplegando su pasión literaria, y que una mañana entró en la clase distraído canturreando In un mondo che...
Hoy empieza el Baaff. No estoy invitada a la inauguración, y planeo incorporarme el tercer día. Esta noche no me moveré. Mañana me voy con dos amigos también favoritos a Girona, a ver la exposición de Léger, que dura hasta el 4 de mayo: comeremos por ahí, conversaremos y volveremos a la ciudad. Un plan interesante.
Y ahora, en este silencio maravilloso, con mi mirlo preferido imitando a un ruiseñor, ha llegado G. y me ha tentado a subir al andamio que ocupa el patio. Él llevaba la cámara y ha subido por la escala chirriante hasta asomarse a la azotea, pero no ha llegado adonde quería. Yo no llevaba la ropa adecuada, y sobre todo, había una ventana encendida que me ha hecho desistir. Pero he estado a punto de seguirle y quizás lo haga el domingo, piensen lo que piensen los vecinos. Siempre me ha gustado trepar por ahí (sabía que te gustaría, me dice G.), me encaramo sin problemas a las estanterías y ese andamio ofrece unas vistas interesantes... cuando se marchan sus pobladores. Un hecho misterioso es que algunas noches, alguien entra en ese piso vacío donde ahora trabajan y pasa la noche ahí o inspecciona las obras. Como el dueño está oficialmente de viaje, me pregunto quién podrá ser. ¿Otro funambulista? ¿O tal vez lo he soñado?

sábado, 18 de agosto de 2007

Fanny y Alexander
















Fotos: Abajo: fotograma de Fanny & Alexander. Arriba: I.N. Ositos caídos.

Consultar la cartelera en los periódicos es pesado y difícil y me produce una especie de sopor. Antes me gustaba el formato de La Vanguardia, los estrenos iban primero, la letra era grande, era fácil de leer y buscar. Pero entonces lo cambiaron para imitar a la de El País, que ya había empeorado terriblemente, reduciendo tanto la letra que hacía falta lupa. En esas carteleras, si lo miras por cines (al fin y al cabo, yo sólo visito tres o cuatro cines, aunque recuerdo con nostalgia el Ars, el Savoy, el Cataluña y tantos otros desaparecidos, donde vi películas que cambiaron mi percepción del mundo), luego da pereza ir a ver la ficha de cada película. En esas condiciones, volver a ver Fanny & Alexander de Bergman en el Casablanca me tentaba más que escudriñar otras posibilidades desconocidas. Aunque no conté con las horribles fiestas de Gràcia, que estremecen las calles con rugidos espantosos y música basura y al salir del cine, y yo me sentía como el viejo Salinger en la única foto donde intenta detener a los fotógrafos con una expresión de terror.

Pero la película sigue siendo maravillosa. Esa visión de la infancia... Decía Coetzee en Boyhood que aunque la enciclopedia defina la infancia asociándola a la alegría inocente, nada de lo que experimenta el narrador en el colegio o en su casa le convence de que la infancia sea otra cosa que "a time of gritting the teeth and enduring", tiempo de apretar los dientes y resistir. En Fanny & Alexander la contemplación de un mundo adulto donde conviven la sensualidad, la excentricidad, la celebración de la vida con una presencia continua de la muerte, la imaginación y el miedo, lo esotérico y el amor, y en medio de la religión vivida en el terror, como instrumento de dominio, están esos seres libres (como la abuela, como su amante judío, mis dos personajes favoritos) e infieles, esa alegre promiscuidad y al mismo tiempo, la complejidad donde incluso los personajes más positivos tienen su rincón de locura más o menos encerrada, controlada o bien utilizada en un entramado cotidiano, junto con las visiones de los espíritus y el germen del cine bergmaniano, y el teatro como metáfora de la vida ritualizada, los distintos papeles y el vacío de no saber cuál de ellos es uno mismo, todo comprimido en un universo de niño, que la mirada del protagonista sabe expresar en su perplejidad silenciosa y en su inmensa curiosidad investigadora.

Antes, mi hijo había venido a coger algunas cosas para su viaje a Portugal, a un festival que ya conoce del año pasado. Buscaba un saco de dormir (ingenioso fardo que se vuelve diminuto una vez cerrado) y no lo encontraba. El saco apareció, pero cuando abrí el armario del altillo para ayudarle, cayeron, en una especie de lluvia seca, unos cuantos peluches, que viven apretujados y ocultos, en su cómodo escondite, alegre y nostálgico. Ja els guardarem, dijo G. Y yo los acomodé allí mismo, por esa absurda inclinación a no maltratar a todo lo que represente una figura, en el caos total de la habitación de G, un pedazo de su infancia caída del armario.
En Boyhood, que es un librito magnífico sobre la infancia del que aquí se ha hablado poco, hay dos o tres pasajes que se me han quedado grabados y uno de ellos explica los sentimientos ambivalentes hacia la madre, las raíces de la misoginia en los celos edípicos, mejor que ningún otro autor. La familia del narrador ha dejado Johannesburgo y se ha ido a vivir al campo y la madre no sabe conducir y se siente aislada. Decide aprender a ir en bicicleta, pero su marido, el padre del narrador, y todos los amigos hombres, se burlan de ella y ridiculizan su intento. El narrador defiende a su madre, pero un día la ve, se la cruza cuando él vuelve a casa. Ella se aleja en bici y parece tan libre y feliz con el pelo y la ropa al viento, que él no puede resistir sus celos. A partir de aquel día, aún sabiéndolo y sintiéndose fatal por hacerlo, se une a los comentarios ofensivos y jocosos del. padre y los otros. Hasta que su madre renuncia a la bici y se resigna a su aislamiento.
Pero volviendo a los peluches caídos del armario, y al hermano supuestamente loco y peligroso, huérfano gay y con poderes esotéricos que vive encerrado y contento en la habitación secreta de la película, pensaba inevitablemente en esos compartimentos de la mente que encierran voces más o menos adormecidas, más o menos peligrosas de la infancia (oh, ya sé que hay vida más allá de la infancia, yo soy un ejemplo de cómo puede subvertirse y al mismo tiempo, de que algunas heridas que nunca se curan -il pouvait enfin dormir et revenir à l'enfance dont il n'avait jamais guéri", escribía Camus, pero la infancia tiene siempre las claves de todo), y que pueden abrirse y cerrarse movidos por gestos exteriores. Como en aquel sueño mío del costurero chino, con su llave general y sus cajoncitos etiquetados caóticamente o con un orden complejo, asimétrico y profundo.