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miércoles, 18 de agosto de 2010

Mientras andaba

Foto: I.N., Cadaqués, 2010
Esta mañana hacia Correos he descubierto varias cosas. La primera, que ya sabía, pero en este caso multiplicada en intensidad, se refiere a la mala educación o el primitivismo de este país, que lleva a la gente a mirar fijamente y sin disimulo, con la boca abierta, lo que los anglosajones considerarían un insulto. Naturalmente, me refiero a las marcas de mi accidente, que atraen poderosamente todas las miradas y la sensación es parecida a la de un enjambre de moscas que se te posaran encima. La segunda, que el 90% de los hombres me miraban con franca desaprobación. Sin duda me tomaban por una mujer maltratada (y es lógico: el hematoma de la frente va bajando como ríos formando ojeras de tonos oscuros) y o bien pensaban que me lo había buscado, o bien, como sugería Bel M., les parecía una osadía y de muy mal gusto no ocultarlo.
De vez en cuando, un hombre más desprejuiciado o más humano me miraba como diciendo: "Vaya golpe..." empáticamente y sin juzgar. Muchas mujeres, sobre todo mayores, me miraban con simpatía, alguna incluso ha sonreído o me ha preguntado si me había caído, excepto unas pocas que me han dirigido la misma expresión reprobadora, como diciendo: "si te metes en esos líos o los provocas, ¿por qué no escondes tu vergüenza?" Me he quedado muy sorprendida, pero lo he tomado como uno de esos experimentos periodísticos en que un profesional de la prensa se hace pasar por indigente o por musulmana para comprobar las fobias sociales, el funcionamiento de los servicios, el racismo, etc. Al fin y al cabo, para disimular mis moraduras tendría que pintarme como uno de esos artistas del teatro No.
Al llegar a casa, una voz conocida me ha preguntado desde la otra acera: "Què t'ha passat?" Con mi miopía he tardado un momento en reconocer a un músico contemporáneo vecino que siempre parece contento de verme, un poco como si bajara de sus nubes. Al acercarse se ha quedado impresionado. Y cuando se despedía, me ha dicho "Estàs molt guapa igualment!" y me ha entrado la risa. Esta gradación de morados es una especie de maquillaje. Me acaba de llamar G., que ha visto las fotos en facebook, y comentaba con otros que se me veía muy bien en las fotos pese a todo; he vuelto a reírme. Mi aspecto tiene una teatralidad innegable.
Por la tarde he ido a otro recado y al final he cogido un taxi para volver, para no incumplir los consejos del reposo para mi pierna. El taxista me ha interrogado y sus conclusiones me han dejado estupefacta. Tras razonar correctamente que es obligatorio por ley permitir el paso al mar, ya que esos accesos pertenecen a la Marina y no son privados, ha dicho que le extrañaba que nadie hubiera ido todavía a "pinchar" al tipo que me había echado de la propiedad. Y luego me ha explicado un conflicto que tenía y en el que acabaría "pinchando" a su rival con un estoque que llevaba detrás. Aún sin saber si era un farol, yo le decía que matar a alguien no era buen asunto, y que aunque se saliera de rositas (él decía que nadie lo sabría), luego se pasaría toda la vida obsesionado con ese gesto. Pero él no parecía precisamente fácil de convencer. Ha salido del taxi para abrirme la puerta y me ha estrechado la mano con vehemencia, para mi desconcierto. Un asesino en potencia... ¡caballeroso!
He escrito mi reseña de Maupassant, algo sorprendida de sus contradicciones, de páginas deslumbrantes e ingeniosas y pensamientos modernos contrastando con prejuicios y una fuerte misoginia que nunca había detectado en sus cuentos. Necesitaba más espacio para explicar los contrastes...
Otro intento distinto de abordar mi novela. Quousque tandem abutere? Me he despertado melancólica, pensando que mi pierna no progresa adecuadamente y que sigo empantanada con la novela. Es muy difícil de resolver. Luego me ha llamado una rusófila apasionada proponiéndome que la acompañe a Crimea a recibir un premio a mediados de septiembre. Y yo con mi pierna mala buscando billetes a Kiev y a Simfeporol y dudando y soñando. Si en mi periódico me encargan algo, iré. Si no, renunciaré... de momento. Ahora volveré a Giono y a La estepa de Chéjov. O quizás vea Le plaisir de Max Ophuls...
En la revista Cuaderno de Poesía se hacen eco de mi curso en l'Escola d'Escriptura

martes, 29 de julio de 2008

Calor, cemento, escritura, misoginia


Foto: I.N. La corniche sur l'Ardeche, 2008.

Todo parece quieto. Los periodistas que me propusieron hacer especiales sobre los árboles y la ciudad talada de Hereuville se han quedado silenciosos. Todo el mundo se va de vacaciones, salvo, por desgracia, el ramo de la construcción. El fragor continúa. Las obras de mi edificio terminaron ya, pero ahora atacan por la izquierda y el frente, el barrio es una cantera humeante y polvorienta, eso no se arregla, sino todo lo contrario.
El calor crece y no hay sombra donde refugiarse. La política de Hereuville promueve el aire acondicionado, elimina los pasadizos de ventilación, elimina la sombra y los árboles que traerían lluvia, elimina la luz natural. Sólo queda recurrir al gasto energético. No sé si he dicho aquí que el apelativo Hereuville, que gusta tanto a los periodistas, es cosa de L.O., que ya empezó en la era de Closville, y su ironía sólo expresa la actitud de esos alcaldes que creen que la ciudad es suya y pueden destruirla a su antojo. En ese sentido, aunque parecía imposible, Hereu ha superado a su antecesor, para peor. Con 35.000 firmas pidiendo que detuvieran la inmensa tala de encinas de Collserola y toda la oposición en contra, él siguió adelante sin conceder siquiera un momento de reflexión, para poner la montaña rusa (Iniciativa i els Verds se quedaron callados, ¿cómo se explica? ¿Quién creerá en ellos?). Ahora "The Evil H" se dispone a convertir la plaça Joaquim Folguera en una plaza de cemento para que los turistas puedan subir a su montaña rusa desde abajo. ¿Cuántas plazas tendrá que talar y convertir en nuevos hornos de cemento y alquitrán, sin sombra? (Parcs i Jardins sólo ejecuta talas y trasplantes, acepta en silencio que no dejen tierra para árboles, que nunca vayamos a poder tener más sombra en esa plaza. A diferencia de lo que ocurre en otras ciudades, Parcs i Jardins se posiciona contra el verde de la ciudad).
Mientras, mis tres nuevos cuentos empiezan a reposar. Ayer se los leí a V., que vino como una bailarina años cincuenta, envuelta en su luz como las libélulas de Frikosal, y escuchó y trazó luego sus asociaciones y su lectura de esos tres cuentos, dos de los cuales que me obligarán a cambiar el título (no me importa, ya tengo otros posibles), porque han cambiado temáticamente y en ellos el pasado familiar es lo que más pesa, dos escenas que me hacen pensar en una instalación de Martha Rosler o una historia de Jeffrey Eugenides. La lectura de V. me sirvió. Hubo un momento en que pensé que no podría seguir leyendo, pero pude. Ahora tienen que reposar y tengo que esperar a mi lector serbio (en otro tiempo tuve un poeta que me leía y animaba, pero desapareció. Tal vez mi nombre se le borró, como en aquel bosque de Lewis Carroll donde nadie tenía nombre o el poema de la Dickinson que siempre cito, donde el musgo cubre bocas y nombres de los dos). Pero siento un fuerte deseo de continuar, y espero encontrar otro hilo de los múltiples de mi tejido de las mil puntas.
Por cierto que ayer L.O. me mandó un artículo en La Vanguardia que se hacía eco de otro del Independent sobre el peligro de cierre de la magnífica casa de Edith Wharton, The Mount, donde escribió The House of Mirth y donde tan bien acogido se sintió Henry James. Claro que la casa era mucho más bonita antes de restaurarla, ya que predominó la tendencia americana al pastel. Encontré una foto preciosa de la biblioteca... Me gustó que en el artículo citaran la casa de Harriet Beecher Stowe. Todo el mundo ha leído o visto o oído hablar de La cabaña del Tío Tom, aunque sea en forma de dibujos animados, pero ¿cuántos saben que la escribió una mujer y recuerdan su nombre? El ninguneo es tan persistente... Acabo de recibir la revista de la Asociación de Escritores, República de las Letras, un flamante número de portada tricolor, dedicado a la República y a los escritores contra el fascismo, y suerte que ponen a María Zambrano y Maria Teresa León, las dos únicas escritoras que han querido recordar, y cuando hablan de escritores extranjeros que apoyaron a la República se olvidan de Dorothy Parker o de tantísimas otras, incluyendo a Virginia Woolf, Lilian Hellmann, Martha Gelhorn. O de Mercè Rodoreda. Como aquel sociólogo que escribió en La Vanguardia Cultura/s sobre Hannah Arendt y se permitía darle lecciones y aludir a ella con un tono condescendiente, sin darse cuenta de que ella ha legado una obra importante y en cambio él no: su nombre de sociólogo sí será enterrado, no por el musgo dickinsoniano, sino por el puro cemento de esta ciudad. Es lo de siempre, diga lo que diga mi amigo Jorge, y resulta agotador, como el fragor de las obras y el cemento.

domingo, 2 de marzo de 2008

Memorias y olvidos


Ilustración: Frederick Edwin Church, Cayambé, 1859

He olvidado mis sueños agitados de ayer y hoy. Se han disipado en un momento, como tantas otras veces. G vino y me contó los suyos y nos reímos, y también los he olvidado. La otra noche fui a cenar a casa de un editor-poeta y de la reina de la traducció (CHM dixit). Resultó que la cena no era para hablar de una conferencia, como yo creía, sino para constituir una misteriosa e hilarante fundación de la que yo era automáticamente miembro, y donde los cargos quedaron difusos, excepto que CHM es el tesorero y al parecer, la fundación se dedica a sufragar cenas, pero también crea un fondo de arte, que se inició el otro día, pero de forma entrecruzada. La sede tiene una biblioteca interesante, con esos muebles acristalados que envidio, así como paraguas, jerseys y lo que haga falta para el camino. El pescado estaba delicioso, como el jamón y la ensalada, y el presidente de la Fundación (le atribuyo libremente el cargo, ya que en esta clase de instituciones, los cargos sólo dependen de la imaginación y las proyecciones) me pidió que no tuviera en cuenta que la infusión de menta era de una marca deshonrosa, pero como todo lo demás era perfecto, ese detalle pasó completamente inadvertido.
Anoche, tras un paseo y dos agradables encuentros, intenté ver La vida de Oharu de Mizoguchi (prestada de V.). La historia parecía al principio muy naïf, pero bellísimas las imágenes y la gestualidad japonesa antigua, tan poéticas y sugerentes como en los mejores cuentos, y poco a poco, entre los paisajes entrevistos, pintados como cuadros refinados, sutiles y en penumbra, los escenarios y esas casas tan minimalistas, hechas de luz, sombra y una estructura inteligente, que tan bien definía Tadao Ando como base de su arquitectura, se iba desgranando la tenacidad de la misoginia del mundo contra la delicada y sensible protagonista. Hasta que no pude soportar más las desdichas e injusticias que caían sobre la propia Oharu, pensando que para las mujeres, el siglo XVII japonés se parecía bastante a lo que Lidia Falcón contaba de la posguerra española en sus Memorias y de aquella horrible Barcelona de entonces, sólo que con otro paisaje físico. Pero veré el final en otro momento, porque sigo aún hipnotizada por esas imágenes.
Estuve leyendo el Viaje a Rusia de Joseph Roth, que recibí de la impecable editorial Minúscula. Mi Roth favorito (a mí, la de Philip Roth me resulta una literatura demasiado viril, y me cansa, aunque sé que es un gran escritor y que estoy blasfemando, y sé que maravilla a autores como Ian McEwan, et pour cause. Ayer leí la entrevista a McEwan en el Babelia y confirmé mis reservas. McEwan es otro buen escritor que en este momento no me interesa. Aunque aprecio que como autor inglés contemporáneo interesante propusiera a Zadie Smith. McEwan suele ser muy misógino y sólo suele interesarse por la literatura más viril. No me gustó Expiación, no sólo por lo clásico, sino por lo misógino, aunque sus primeros libros me gustaban. De hecho, me quejé a my boss de La Vanguardia Cultura/s y él me dijo: escribe un folio explicándolo y lo pondremos junto a la reseña. Y me recomendó el libro de Vizinczey Verdad y mentiras sobre la literatura, donde argumenta una ética literaria interesante. Y la editora de Salamandra me felicitó por ese texto. No me gustó lo que McEwan dijo en las entrevistas sobre su Saturday, su actitud frente a la guerra de Iraq. No me gustó, sobre todo, el lugar en el que se situaba. Creo que eso mismo me ocurre con dos muy buenos escritores de este país, a los que leí en otro tiempo. Siempre lo digo: creo como Chéjov que el escritor no puede pretender que sabe todas las respuestas, sino que debe interrogarse, mostrar su perplejidad ante un mundo que no se puede comprender. Cuando uno se sitúa por encima de todo y su tono desprende esa arrogancia y righteousness... o cuando un escritor considera tan sólo a sus lectores hombres y habla como si no tuviera lectoras mujeres... yo pienso que no me necesitan y les abandono. ¡Hay mucho que leer y poco tiempo! y McEwan y Philip Roth pueden resistir que yo no les lea), mi Roth favorito, como decía (Joseph), viajó por Rusia en 1926 por encargo del Frankfurter Zeitung, visitó Moscú y San Petersburgo y siguió el curso del Volga. Ya en el primer artículo, que es espléndido, se carga los estereotipos (que aún hoy mantienen algunos por estos lares) sobre el alma rusa, etc., y describe con ironía e inteligencia las miserias de los rusos emigrés por Europa y luego sigue adentrándose en Rusia y se detiene en lo más pequeño, en las maneras de todos los que le rodean, observa en la gente gestos, estilos y vestigios del antiguo régimen y también la nueva gestualidad y léxico de la Revolución, con una percepción afinada, honda, poética y llena de humor inteligente. El viaje que según él, le sirvió para conocerse. Una gozada. (Por cierto que el librero de la calle Berlinès homenajea a la editorial Minúscula el próximo miércoles).
Esta tarde, mientras hablaba con Cachodepan y él esbozaba sus impresiones panorámicas a partir de momentos precisos, hilando escenas distintas para construir su mirada inquieta sobre el mundo, yo, que no puedo hacer una sola cosa al mismo tiempo (salvo si leo o escribo), primero acariciaba a mi gata, y luego iba ordenando revistas en la caja roja de un precioso libro de cocina ilustrado que me mandó hace meses, tal vez por Navidad y por sorpresa, un viejo amigo (autor de los dibujos). Entonces no vi ninguna tarjeta, pero como la caja era bonita se quedó ahí, como siempre ocurre en esta cueva de Alí Babá, que las cosas aterrizan en un lugar y tienden a quedarse. Y al quitar los restos de bolas de porexpán, de pronto ha salido la tarjeta alargada de mi amigo, un mensaje afectuoso que me ha alegrado con dos meses de retraso (A Isabel Núñez / un libro de cocinar / literatura de verduras / te quiere tu ...) ¡Literatura de verduras! Lo cierto es que el libro se anima con sus alegres espárragos y tomates y huevos fritos y bichos de toda clase y al verlos me acuerdo de lo bien que lo pasamos en otro tiempo. Una vez me dijo: "Núñez, tú eres la única persona que nunca me ha pedido un dibujo. ¿Qué quieres que te dibuje?" "Un circo", le dije yo, porque era la respuesta que nos dábamos de pequeñas mi hermana y yo, porque nadie quería dibujar algo tan pesado como el público de un circo. Pero a mi amigo no le arredró, me hizo un circo precioso, amarillo luminoso y con garriris, que aún conservo y que un día pondré aquí. Mientras, alguien reclama mis habilidades fortuitas de Madame Zorah, así que tengo que dejar esto ya.
Mañana tendré que trabajar refugiada. Vuelven los operarios de la escalera, y cortan la luz de 8 a 18. Por suerte, sigue habiendo hospitalidad en el mundo. Sólo una cosa más, que guardaba para mi blog Polis, y es que el viernes leí en El País el mejor artículo sobre las elecciones o la política de todo este año. Con título paródicamente leninista, "¿Qué hacer?", Enrique Vila-Matas reflexionaba sobre lo único que pueden hacer los intelectuales ante esa mascarada en la que se ha convertido la política: "apartarse, quedarse leyendo y escribiendo, enseñando y estudiando, y en definitiva resistiendo, una actitud que puede llegar a alcanzar una verdadera dimensión política y que recuerda el espíritu inicial de la filosofía en el sentido socrático: 'el individuo que pasea al caer la tarde y dialoga con los otros y les muestra la posible verdad de las cosas y que espera que juntos la vayan construyendo.'... La construcción de la verdad pasa por los caminos de la tarde." Y en medio del desaliento que me invade cada vez que leo el periódico, encontrar esa voz ahí, no en las páginas de cultura, sino en plena y humeante política, me produce un gran alivio y me hace pensar en Boecio encarcelado, escribiendo las luminosas consolaciones de la filosofía.

sábado, 18 de agosto de 2007

Fanny y Alexander
















Fotos: Abajo: fotograma de Fanny & Alexander. Arriba: I.N. Ositos caídos.

Consultar la cartelera en los periódicos es pesado y difícil y me produce una especie de sopor. Antes me gustaba el formato de La Vanguardia, los estrenos iban primero, la letra era grande, era fácil de leer y buscar. Pero entonces lo cambiaron para imitar a la de El País, que ya había empeorado terriblemente, reduciendo tanto la letra que hacía falta lupa. En esas carteleras, si lo miras por cines (al fin y al cabo, yo sólo visito tres o cuatro cines, aunque recuerdo con nostalgia el Ars, el Savoy, el Cataluña y tantos otros desaparecidos, donde vi películas que cambiaron mi percepción del mundo), luego da pereza ir a ver la ficha de cada película. En esas condiciones, volver a ver Fanny & Alexander de Bergman en el Casablanca me tentaba más que escudriñar otras posibilidades desconocidas. Aunque no conté con las horribles fiestas de Gràcia, que estremecen las calles con rugidos espantosos y música basura y al salir del cine, y yo me sentía como el viejo Salinger en la única foto donde intenta detener a los fotógrafos con una expresión de terror.

Pero la película sigue siendo maravillosa. Esa visión de la infancia... Decía Coetzee en Boyhood que aunque la enciclopedia defina la infancia asociándola a la alegría inocente, nada de lo que experimenta el narrador en el colegio o en su casa le convence de que la infancia sea otra cosa que "a time of gritting the teeth and enduring", tiempo de apretar los dientes y resistir. En Fanny & Alexander la contemplación de un mundo adulto donde conviven la sensualidad, la excentricidad, la celebración de la vida con una presencia continua de la muerte, la imaginación y el miedo, lo esotérico y el amor, y en medio de la religión vivida en el terror, como instrumento de dominio, están esos seres libres (como la abuela, como su amante judío, mis dos personajes favoritos) e infieles, esa alegre promiscuidad y al mismo tiempo, la complejidad donde incluso los personajes más positivos tienen su rincón de locura más o menos encerrada, controlada o bien utilizada en un entramado cotidiano, junto con las visiones de los espíritus y el germen del cine bergmaniano, y el teatro como metáfora de la vida ritualizada, los distintos papeles y el vacío de no saber cuál de ellos es uno mismo, todo comprimido en un universo de niño, que la mirada del protagonista sabe expresar en su perplejidad silenciosa y en su inmensa curiosidad investigadora.

Antes, mi hijo había venido a coger algunas cosas para su viaje a Portugal, a un festival que ya conoce del año pasado. Buscaba un saco de dormir (ingenioso fardo que se vuelve diminuto una vez cerrado) y no lo encontraba. El saco apareció, pero cuando abrí el armario del altillo para ayudarle, cayeron, en una especie de lluvia seca, unos cuantos peluches, que viven apretujados y ocultos, en su cómodo escondite, alegre y nostálgico. Ja els guardarem, dijo G. Y yo los acomodé allí mismo, por esa absurda inclinación a no maltratar a todo lo que represente una figura, en el caos total de la habitación de G, un pedazo de su infancia caída del armario.
En Boyhood, que es un librito magnífico sobre la infancia del que aquí se ha hablado poco, hay dos o tres pasajes que se me han quedado grabados y uno de ellos explica los sentimientos ambivalentes hacia la madre, las raíces de la misoginia en los celos edípicos, mejor que ningún otro autor. La familia del narrador ha dejado Johannesburgo y se ha ido a vivir al campo y la madre no sabe conducir y se siente aislada. Decide aprender a ir en bicicleta, pero su marido, el padre del narrador, y todos los amigos hombres, se burlan de ella y ridiculizan su intento. El narrador defiende a su madre, pero un día la ve, se la cruza cuando él vuelve a casa. Ella se aleja en bici y parece tan libre y feliz con el pelo y la ropa al viento, que él no puede resistir sus celos. A partir de aquel día, aún sabiéndolo y sintiéndose fatal por hacerlo, se une a los comentarios ofensivos y jocosos del. padre y los otros. Hasta que su madre renuncia a la bici y se resigna a su aislamiento.
Pero volviendo a los peluches caídos del armario, y al hermano supuestamente loco y peligroso, huérfano gay y con poderes esotéricos que vive encerrado y contento en la habitación secreta de la película, pensaba inevitablemente en esos compartimentos de la mente que encierran voces más o menos adormecidas, más o menos peligrosas de la infancia (oh, ya sé que hay vida más allá de la infancia, yo soy un ejemplo de cómo puede subvertirse y al mismo tiempo, de que algunas heridas que nunca se curan -il pouvait enfin dormir et revenir à l'enfance dont il n'avait jamais guéri", escribía Camus, pero la infancia tiene siempre las claves de todo), y que pueden abrirse y cerrarse movidos por gestos exteriores. Como en aquel sueño mío del costurero chino, con su llave general y sus cajoncitos etiquetados caóticamente o con un orden complejo, asimétrico y profundo.

sábado, 10 de marzo de 2007

Imágenes y conflicto

Foto: The Guerrilla Girls en acción
Es difícil situar la frontera entre lo que sólo es mal gusto y las imágenes que realmente contribuyen a transmitir visiones degradantes e insultantes para las mujeres o para cualquier sector de población oprimida o que ha sufrido históricamente. Vicente Verdú o Javier Marías, en nombre de un supuesto sentido común, suelen ridiculizar las protestas feministas por imágenes como las del anuncio de Versace que escenificaba y estetizaba una violación de grupo. En un lugar donde las mujeres no fueran constantemente violadas, maltratadas y muertas con números muy superiores a las víctimas del terrorismo, una imagen así no tendría importancia. Y es cierto que a veces se protesta por fotos que sólo muestran mal gusto o que sólo añaden su pequeña porción de ideología misógina y nadie dice nada de otras mucho más poderosas. Pero es fácil ridiculizar lo que la derecha americana calificó hábilmente de "corrección política". En El País hay una comentarista irónica e ingeniosa especializada en ridiculizar justamente eso. Pero su discurso acaba siendo el mismo que el de la derecha más rancia, por muy revestido de modernidad que parezca. Cuesta entender por qué algunas mujeres parecen detestar tanto su género, pero seguramente es sólo uno de los efectos de la misma situación desequilibrada, que desprestigia y devalúa la etiqueta de "lo femenino".
También algunos ridiculizaron las críticas contra el famoso "negro de Banyoles", el cuerpo disecado de un africano que se exhibía en el Museo Darder. De no haber existido una historia de opresión y salvaje crueldad racista, ese cuerpo no habría ofendido a nadie. Lo que esos comentaristas no comprenden es que las niñas crecen rodeadas de imágenes de mujeres sometidas, de cuerpos fragmentados y gigantescos ofrecidos sin rostro en la publicidad de la calle, de mujeres elegantes que lavan y friegan y cocinan en los anuncios. Ellos no comprenden que oír decir con frecuencia en las noticias "la vicepresidenta del Gobierno" es algo curativo y restaurador. Que recordar y ver mujeres científicas, artistas, escritoras etc. es importante para la construcción de esas niñas y la curación de las heridas de autoestima e inseguridad de mujeres de todas las edades.
He visto un documental sobre la reconstrucción del puente de Mostar. Allí también, las heridas de la guerra hacen que gestos como la matanza de un cordero para celebrar el inicio de las obras en la comunidad musulmana, o la cruz gigante clavada en una colina por la comunidad católica croata puede ser ofensiva para la otra comunidad. "La cruz simboliza la reconciliación" dice un cura católico croata. Pero históricamente, la cruz ha significado también expulsión, exclusión, guerra santa. Detrás de esa sensibilidad hay hechos importantes. Vemos al arrogante general que según la mayoría de testimonios ordenó la destrucción del puente (la reconstrucción ha costado 15 millones de euros) sentado tranquilamente en un café de Zagreb, aclamado como un héroe por los suyos. No es ninguna excepción. Esa política de dejar impunes y en sus cargos a tantos responsables es la misma que ha prevalecido en este país nuestro. Esas heridas internas no resueltas, no aireadas, no cicatrizan y se reabren con cualquier imagen, con cualquier gesto.