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sábado, 8 de octubre de 2011

El lugar donde cada uno pone la lupa

Foto: I.N. Trees of New York, help me! Central Park, 2010
Es siempre distinto. Por eso nos gustan las películas que exasperan a otros. De mi libro Crucigrama una lectora-editora me dijo que le había encantado mi sentido del humor y un escritor-vecino me dijo que el pesimismo tan atroz de esos cuentos se le había hecho insoportable. Yo ya he dejado de discutir sobre esa película de Malick que me irritó, y en cambio, me ha gustado mucho En la ciudad de Sylvia, de Guerín, que no había visto hasta ahora por hacer caso de otra opinión. Es una película sutil sobre el deseo y el fracaso y la mirada, la pura mirada puesta en la ciudad solitaria, en la belleza reflexiva y los gestos de todas esas mujeres entrevistas y casi soñadas pero reales, que se parecen a Sylvia o no se parecen a ella, y en las miradas de ellas hay espejos momentáneos de cotidianidad dolorida y esperanzada, en una de esas viejas ciudades europeas (donde lo histórico no es engullido por el cemento) que tanto necesito, porque yo siempre me siento más de allí que de aquí, lo dice la traductora francesa de La plaza del azufaifo y es verdad que yo debí de nacer aquí por error. Me han dado ganas de irme a Estrasburgo y de oír el tintineo de los tranvías, aunque quizás, si reuniese unos eurillos mágicamente, aceptaría una de otras dos invitaciones para huir unos días al norte o al sur. Veremos. Si no, acabaré sentada como esos homeless de las aceras de la ciudad de Sylvia, frente a la pintada declarativa de un apasionado. Y eso que en la protagonista a veces se adivina (levemente) alguno de esos gestos analfabetos, tan españoles, capaces para mí de ensombrecer su belleza. Pero pese a todo hay una poética poderosa en esa película donde no ocurre nada y a la vez contiene todo. La sensación de extranjeridad en las ciudades, lo cotidiano, lo fugaz, la luz mágica de lo urbano histórico, de la piedra donde revolotea el deseo, la música que pasa...
Ayer, cuando empezaba la mesa redonda sobre literatura en las redes me sentí enferma. En primer lugar fue un olor, que mi abanico no podía ahuyentar y que se unió a mi nerviosismo pre-escénico. En segundo lugar y mucho más importante fue que alguien inesperado, A.S., entró y se sentó con el público y su llegada me produjo una angustia inexplicable y me invadió cierto pánico. No quise mirarle y no dejé que se cruzaran nuestros ojos hasta que empecé a hablar y el maleficio se desvaneció, me concentré en mi texto y pude incluso disfrutar del acto, la lectura y el feedback. En cierto momento me di cuenta de que A.S. había desaparecido. Alguien que tiene unas antenas con sensores de alta frecuencia para fotografiar insectos, reptiles y estrellas, y que estaba también entre el público, se dio cuenta de mi malestar primero y más tarde me dijo que se había preocupado por mi salud, hasta que me oyó hablar y me vio radiante (o no sé qué adjetivo utilizó). Y sin embargo, mucho más tarde, ya en mi casa, me di cuenta de lo que irradiaba A.S. allí en medio, con su elegancia francogermánica entre la fealdad y el abandono local, tan mundano e inteligente con ese estrato medio zen añadido a su pasado de periodista internacional. Me consolé pensando en esa vaga idea de hacerle sitio en mi novela.
Dediqué mi texto de ayer a Félix Romeo, que se ha muerto injustamente, dejando a todos sus amigos en la pura desolación. Puse el texto aquí y en facebook y vinieron algunos a felicitarme. También vino alguien a decirme que lo había escrito como si lo contara a un extraterrestre, es decir, que mi texto es excesivamente didáctico, no hay en él nada original, nada nuevo, todo lo que dije es ya sabido y compartido o que por lo menos, él lo sabía ya todo. Y yo que creí que hablaba también de mis cosas... En cambio había un hombre alto y corpulento, con un leve acento, no sé si británico o germánico, que asentía sonriente cuando yo hablaba y luego vino a felicitarme. Iba acompañado de una mujer morena que conozco. Me dijo que había sido valiente porque cuando nos preguntaron si lo que se lee en las redes es de peor nivel porque no tiene el filtro de los editores, yo respondí que en las redes hay basura, por supuesto, pero el filtro de los editores no es necesariamente el de la calidad, y señalando a la librería dije que ahí había literatura y también mucha basura. Y eso le hizo gracia a aquel espectador. Pero como digo, nunca llueve a gusto de todos. Juzguen ustedes mismos, lectores silenciosos.
Hoy iba andando hacia Farfallina, porque tengo una deuda afectiva con ese restaurante. Yo iba imbuida de esa misma sensación alegremente triste que me invadió ayer y de pronto me llegó un sms inesperado, en un momento capaz de producir un giro de 360 grados en mis decisiones. He estado a punto de dejarme llevar por un impulso, pero Farfallina estaba cerrado y eso me ha parecido un signo. Así que he aprovechado para dejar un paquete a una librera a quien le divierte o no le importa asumir el papel de Go-Between (¿se acuerdan de aquella película y de Julie Christie? Yo me acuerdo de cómo me impresionó a mí, tan joven que era, por el puro poder de las imágenes y mi vaga intuición de la melancolía de la novela de Hartley traducida al lenguaje de Losey), siempre que sea contenido. Como en aquellas películas de espías donde se dejaban un pequeño papel doblado en un ejemplar de un libro convenido, en un librero de viejo. Luego he ido a dos recados más, andando y andando en la luminosidad de la ciudad sabatina, a la que yo prestaba el mismo espíritu contagiado de la ciudad de Sylvia. Me ha irritado ver que han quitado definitivamente el monumento y la placa que recordaba a mi único antepasado digno, el único en el que podía reconocerme un poco, don Nicolás Salmerón. Pero tal como van las cosas, un presidente que dimitió por no firmar una pena de muerte no puede gustar a nuestros políticos, los de ahora ni los de antes, que cada vez muestran más gestos dictatoriales y franquistas. Hay que prepararse para una firme resistencia.
El otro día estuve mirando libros y todos me dolían un poco. Un poeta amigo porque no quiso leerme, otro por su propio dolor (ah no resistí y me compré otro César Vallejo, con el retrato que le hizo Picasso en la portada, por su dolor y por el hambre parisina y esa luminosidad en la pobreza que me recuerda a Palau i Fabre), otro porque iba a dar una clase sobre él y no pudo ser, otro porque ya no existe revista donde escribir... pero detuve esa sensación con pura disciplina, con la resistencia tozuda de los escritores, a la que aludió ayer mi compañero de mesa.
Hace unos días vi a una mujer que tiene una historia importante que contar. En un momento en que su vida profesional dio un bache que le hizo tocar fondo, se puso a investigar una herida familiar histórica que había sacudido y transformado su vida, aunque nunca hasta entonces hubiera medido el peso que había tenido y tenía sobre ella. Cruzó una frontera y logró acceder a los archivos de su propia historia. Sentadas en la terracita del café de La Central me contó de su sobresalto al topar con documentos manuscritos tan propios en aquel archivo. Ahora va a escribirla, aunque la convertirá en imágenes. Su historia me conmueve a mí también, porque en su ferocidad y en su dolor privado tiembla el siglo XX nuestro, con su ritmo convulso, su silencio y sus traiciones. Y en su historia late la mía, que no es tan universal y sin embargo lo es. Porque en las heridas individuales y pequeñas están las colectivas. Ella lo detecta, como yo. Ya no recuerdo cómo apareció, pero tiene una intensidad luminosa. Un cineasta con talento y sensibilidad afín a ella quiere colaborar para plasmar todo eso en imágenes. Me impresionó algo que me dijo de su escucha de pequeña, las historias tremendas que le contaban, cómo ella veía los lugares que nadie había descrito. Ella quería consultarme algo técnico, tal vez pensar en voz alta, porque sabe más de lo que cree y lo hará muy bien sola, aunque yo la ayudaría en cualquier caso si lo necesitara. Por lo menos, en su ámbito audiovisual puede recibir ayudas, que en el mío no existen para los escritores en castellano. Sé que hay gente que se presenta y gana los premios literarios, ya que aquí no existen becas para escritores en castellano, pero para eso habría que tener padrinos o saber venderse o qué sé yo qué que a mí me desborda. Y sin embargo, sarinagara...
Iré a ver la película de Isaki Lacuesta. Ojalá el cine me dé la fuerza para hacer lo que tengo que hacer. Si no, me encomendaré a mis espíritus afines: ¡¡¡Dickens, James, Proust, Rhys, Munro, Brennan, ayudadme!!! O se lo pediré a aquellos árboles de otra ciudad, que una vez se pusieron de mi parte...

miércoles, 18 de agosto de 2010

Mientras andaba

Foto: I.N., Cadaqués, 2010
Esta mañana hacia Correos he descubierto varias cosas. La primera, que ya sabía, pero en este caso multiplicada en intensidad, se refiere a la mala educación o el primitivismo de este país, que lleva a la gente a mirar fijamente y sin disimulo, con la boca abierta, lo que los anglosajones considerarían un insulto. Naturalmente, me refiero a las marcas de mi accidente, que atraen poderosamente todas las miradas y la sensación es parecida a la de un enjambre de moscas que se te posaran encima. La segunda, que el 90% de los hombres me miraban con franca desaprobación. Sin duda me tomaban por una mujer maltratada (y es lógico: el hematoma de la frente va bajando como ríos formando ojeras de tonos oscuros) y o bien pensaban que me lo había buscado, o bien, como sugería Bel M., les parecía una osadía y de muy mal gusto no ocultarlo.
De vez en cuando, un hombre más desprejuiciado o más humano me miraba como diciendo: "Vaya golpe..." empáticamente y sin juzgar. Muchas mujeres, sobre todo mayores, me miraban con simpatía, alguna incluso ha sonreído o me ha preguntado si me había caído, excepto unas pocas que me han dirigido la misma expresión reprobadora, como diciendo: "si te metes en esos líos o los provocas, ¿por qué no escondes tu vergüenza?" Me he quedado muy sorprendida, pero lo he tomado como uno de esos experimentos periodísticos en que un profesional de la prensa se hace pasar por indigente o por musulmana para comprobar las fobias sociales, el funcionamiento de los servicios, el racismo, etc. Al fin y al cabo, para disimular mis moraduras tendría que pintarme como uno de esos artistas del teatro No.
Al llegar a casa, una voz conocida me ha preguntado desde la otra acera: "Què t'ha passat?" Con mi miopía he tardado un momento en reconocer a un músico contemporáneo vecino que siempre parece contento de verme, un poco como si bajara de sus nubes. Al acercarse se ha quedado impresionado. Y cuando se despedía, me ha dicho "Estàs molt guapa igualment!" y me ha entrado la risa. Esta gradación de morados es una especie de maquillaje. Me acaba de llamar G., que ha visto las fotos en facebook, y comentaba con otros que se me veía muy bien en las fotos pese a todo; he vuelto a reírme. Mi aspecto tiene una teatralidad innegable.
Por la tarde he ido a otro recado y al final he cogido un taxi para volver, para no incumplir los consejos del reposo para mi pierna. El taxista me ha interrogado y sus conclusiones me han dejado estupefacta. Tras razonar correctamente que es obligatorio por ley permitir el paso al mar, ya que esos accesos pertenecen a la Marina y no son privados, ha dicho que le extrañaba que nadie hubiera ido todavía a "pinchar" al tipo que me había echado de la propiedad. Y luego me ha explicado un conflicto que tenía y en el que acabaría "pinchando" a su rival con un estoque que llevaba detrás. Aún sin saber si era un farol, yo le decía que matar a alguien no era buen asunto, y que aunque se saliera de rositas (él decía que nadie lo sabría), luego se pasaría toda la vida obsesionado con ese gesto. Pero él no parecía precisamente fácil de convencer. Ha salido del taxi para abrirme la puerta y me ha estrechado la mano con vehemencia, para mi desconcierto. Un asesino en potencia... ¡caballeroso!
He escrito mi reseña de Maupassant, algo sorprendida de sus contradicciones, de páginas deslumbrantes e ingeniosas y pensamientos modernos contrastando con prejuicios y una fuerte misoginia que nunca había detectado en sus cuentos. Necesitaba más espacio para explicar los contrastes...
Otro intento distinto de abordar mi novela. Quousque tandem abutere? Me he despertado melancólica, pensando que mi pierna no progresa adecuadamente y que sigo empantanada con la novela. Es muy difícil de resolver. Luego me ha llamado una rusófila apasionada proponiéndome que la acompañe a Crimea a recibir un premio a mediados de septiembre. Y yo con mi pierna mala buscando billetes a Kiev y a Simfeporol y dudando y soñando. Si en mi periódico me encargan algo, iré. Si no, renunciaré... de momento. Ahora volveré a Giono y a La estepa de Chéjov. O quizás vea Le plaisir de Max Ophuls...
En la revista Cuaderno de Poesía se hacen eco de mi curso en l'Escola d'Escriptura

martes, 24 de noviembre de 2009

La mirada

Petrus Christus (1410-1472/73), Retrato de una joven dama, c. 1470
Yo pensaba que había visto en vivo este retrato en la National Portrait Gallery, pero me equivocaba. Fue en Berlín, pero antes conocía ya a esta niña holandesa de una gran exposición en Milán, en 1998, que mostraba el retrato a través de toda la historia de la pintura. En Berlín compré la postal (consuelo de los pobres) y la tengo en la estantería, desde donde me mira. Es una niña, vestida para el retrato, y tiene una expresión inteligente y melancólica, algo disgustada y desdeñosa. E.C., que había contemplado ese retrato mucho más que yo (La meva enamorada! dijo), me señaló que estaba peinada con el pelo tirante hacia atrás para achinarle los ojos y también me mostró que si divides la cara verticalmente, cada lado, cada ojo, tiene una expresión distinta.
En una web supuestamente de arte leo que Christus era discípulo de Van Eyck pero que sus retratos "no muestran la vida interior" del maestro. Yo naturalmente disiento. Ferozmente. ¿Acaso esta mirada no está llena de vida interior? Pero los críticos que olvidan la existencia de su subjetividad exponen (sin firmar!) sus opiniones y su forma de mirar o de leer como si fueran hechos inobjetables. Esta niña me mira desde la estantería con toda su contención silenciosa y reflexiva y la rígida teatralidad impuesta sobre su cuerpo pequeño, y me cuenta su historia. Me he acostumbrado a rodearme de imágenes que me recuerdan e interpelan y ella es una de mis favoritas. Hay imágenes pictóricas, fotografías, figuras protectoras (como Derrida) o de otro tipo (como un deconstruido Lenin, o como Marilyn Monroe o Hepburn-Golithly-Brennan) o fotos de los lectores abstraídos de Kertész. Un poco más allá, hay un libro que siempre tengo a la vista, titulado Fes memòria, Bel, y que un librero-poeta-radiofónico amigo del azufaifo me regaló, sin duda para ayudarme a recordar algo importante, que tiene que ver con mi memoriosa escritura. Yo tenía un amigo que dejó de serlo porque a veces me detestaba sin razón aparente; él siempre decía que yo era memoriosa (como el borgiano Funes), aunque no es cierto: sólo recuerdo obsesivamente algunas cosas, mientras que para otras necesito esas miradas desde mis estanterías, y las páginas dobladas, y mis libros (para invocarlos, como James: "Oh, espíritu de Maupassant, ven en mi ayuda") y ciertas frases.
Éstos son días de impaciencia, de esa rara mezcla de angustia mezclada a la felicidad de echar al agua mis cuentos (en una barca de papel, como la del cuento de Andersen del valeroso soldado de plomo enamorado de la bailarina, que atravesaba las alcantarillas, la rata, el río y en el mar era devorado por un pez y rescatado en la cocina de la casa, y los dos se unían para luego ser arrojados juntos a la chimenea por el niño de la casa y fundirse en un corazón de plomo con brillos de strass), pero de pronto sale el sol en esta mañana silenciosa y me doy cuenta de cuántas miradas me rodean desde las estanterías, entre mis libros, pequeñamente, como dice Lichtenberg (La gran regla: si tus pequeñeces no son singulares en sí mismas, al menos dílas en forma pequeñamente singular). No me queda más remedio que aceptar que mi mirada o mis cuentos gustarán a unos lectores, pero irritarán a muchos otros. Sobre todo, me sorprende que necesiten decírmelo. Pero sin duda todo eso forma parte del juego. Y podría equilibrarse con los lectores que sí encuentran algo de valor en mi escritura y que no van a regañarme sino a disfrutar leyéndolos, y con la felicidad de que algunos de esos lectores sean lectores exigentes, con un criterio y una forma de leer que a mí me interesa. O con la sensación, releyéndolos, de que he hecho lo que quería, pequeñamente singular, mirada microscópico-literaria de hormiga de Figueres, y de que estoy en otro lugar de mi escritura respecto a Crucigrama (aquí hay un cuento, uno solo, en el blog de Antón Castro).
He ido a comer con mi editor, y me ha traído Carta a la madre y cuentos completos de Esther Tusquets y en el metro me he leído el estupendo retrato que le hace Fernando Valls en el prólogo.
Estoy leyendo en el Granta español una entrevista de Jhumpa Lahiri a Mavis Gallant, que me llegó ayer (las dos escritoras me gustan), y esta mañana me han llegado dos libros más de Natsume Soseki (acabado y entregado y añorado Henry James, ese libro maravilloso), quisiera concentrarme en ese autor, pero también tengo pendiente leer más, investigar más para completar mi ensayo surgido de las conferencias con Lydia Oliva, que se publicará, si todo va bien, en primavera. Y mi libro de la ciudad también está ahí, y a ratos palpita y me llama, sobre todo por la calle. En cuanto a la novela... a veces vuelven esos gestos cotidianos que me devuelven violentamente al tiempo de esa novela, y ahí necesito toda mi energía y mi coraje para meterme en el foso, escarbar, podar, extraer, organizar, encontrar una estructura nueva.