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lunes, 1 de diciembre de 2008

Más cine

Foto: I.N. Pino en Collserola, 2008
Vi otra película de Bergman, Passion, de 1969, oscura y luminosa al mismo tiempo, muy dura y extraña, alternando recursos experimentales o inesperados con toda naturalidad, sin que eso estorbase a la narrativa. En esos personajes aislados, solitarios, hay una mezxla de ternura y violencia, de humor y de hostilidad desesperada. Hay una atmósfera de jauría humana de fondo, pero también se habla de afinidades y amistad y se retrata a los personajes con empatía.
Y ayer aproveché un descanso en mi traducción para irme a ver La question humaine. Los que me la habían recomendado -una psicoanalista de la lista del librero de la calle Berlinès y un librero-escritor- no me habían avisado de la longitud, ni tampoco de la película que vería. Confieso que la primera parte se me hizo casi insoportable, cansina, pesada. Luego empecé a ver por dónde iba y entonces fue como una estocada. Como Cronemberg (según dijo Vila-Matas), se trataba del peso del pasado en el presente (una obsesión casi dolorosa en mí, como saben los que me leen aquí y acullá -me encanta esa palabra última). Y también del nazismo en la empresa, de las resonancias de la limpieza étnica y la idealización aria y el racismo feroz que negaba el derecho a la vida de los "imperfectos", enfermos, "débiles", no arios, etc. en la selección de personal de las empresas (y en las leyes de inmigración). Tiene razón el librero que escribe en que es poskafkiana, pero yo tengo mis divergencias a su visión, que copio aquí entre paréntesis (Al principi l'anava mirant i pensava que era pedant i prou, però al final m'he quedat totalment pasmat davant la pantalla, i ara sé que em perseguirà. És un efecte semblant al que vaig tenir quan fa anys vaig mirar pel·lícules del Resnais, Marienbad o Muriel, que em va agradar molt. Si em poso molt pedant et diria que La question humaine és una peli postkafkiana, que parla de la violència del llenguatge i del llenguatge de la violència, que al principi té un aspecte Fight Club (tu que ets proPahlaniuk, potser després d'un dia com avui hauria d'haver anat a veure aquesta versió que fan ara d'Asfixia, tot i que ara no m'arrepenteixo d'haver anat a veure La question humaine!), és abstracta, es va fent abstracta, és una obra d'art dura i dolorosa, gens gratuïta, em temo, que no he acabat d'entendre i percebre en la seva totalitat i que potser torno a mirar.) Para mí, a diferencia de Resnais y de El verano pasado en Marienbad, la ausencia de una poética visual propia, de unas imágenes que cuenten mejor, de cierta innovación y de capacidad de síntesis lastran el relato. Hay un solo momento, un casi monólogo (de Arie Neuman) con fuerza poética, además de algunas ideas: la lengua que está muerta y proscrita, las palabras que el jefe de la empresa (hijo de un colaboracionista) deja en blanco en alemán (y la compasiva secretaria rellena por él en su traducción francesa), palabras ligadas para siempre a aquel dolor, lengua utilizada perversamente en el genocidio, lengua que no puede ya ser. Fragmentos de una psicosis que nace de ese dolor. Y está bien que todo eso se diga en una película y que haya un trabajo de abstracción, aunque sea en la segunda mitad. Con todo, pensé que cinematográficamente podría haber hecho un esfuerzo, no sólo en la forma de narrar (tal vez yo estaba condicionada por las películas maravillosas e innovadoras ya entonces, con un universo visual propio, que había visto estos días, Bergman, Truffaut..., me molestó esa falta de poética visual, ese exceso de hiperrealismo contemporáneo y la estética convencional de la empresa y el sexo), y me irritó la falta de economía (la primera parte es lenta y alambicada). Y pese a todo, me atacó de lleno. Había ido sin pensar, a la escapada. Me encanta decidir de pronto e ir al cine sola, en cualquier momento (un sábado me encontré a una pareja que casi me dio palmaditas en la espalda, lo vi claramente; y es que a algunos, de los que van cada fin de semana al Empordà o la Cerdanya, les parece incomprensible la vida de los singles, no pueden creer que esto sea voluntario, que nadie necesite preservar su propio espacio o que prefiera irse de viaje cuando todos ellos vuelven) pero salí abrumada. Me dolía la cabeza y sentía náuseas. Claro que mis síntomas se debían a mi hígado, que protestaba por el tratamiento de antiinflamatorios para mi brazo, pero en mi mente todo se mezcló. El asco y la tristeza del mundo y del hígado (según los chinos, el alma está en el hígado), el peso de mi pasado remoto en el presente, el viejo dolor, el "¿qué puedo hacer con lo que me han hecho?" Y aunque en mi caso hay una respuesta feliz, en este momento no estoy escribiendo y eso siempre pincha como un collar de espinas. Por suerte, encontré a V. que me hizo de Lucy Van Pelt en su quickie telefónico de Psychiatric Help.
Hoy he acompañado a G. a ver a P.A., director de documentales y profesor de cine, para que le aconsejara en su posible cambio de rumbo. Yo sabía que a G. le caería bien P.A. y creo que la conversación le ha sido útil. A la vuelta, en moto, el frío era inhumano. (A la ida, por el camino me ha llamado un periodista de La Vanguardia: publicarán una nota sobre mi amigo persa detenido en Irán. Hoy la crónica de María Ángeles Espinosa en El País era escalofriante. ¡Penas de muerte y ejecuciones a menores por la ley del Talión! A veces me acuerdo de H. y me pregunto cómo estará. Hoy también me han escrito de Amnistía, y he hablado con una diplomática experta). Un artículo que me gusta sobre él en The Washington Post.
Antes de llegar a la cita en Banys Nous, he hecho una visita fugaz a la Belle Elaine, que me ha enseñado cómo montar película en el ordenador (yo tengo 17 cintas balcánicas para montar y reconvertir... tal vez para la conferencia de abril en Amics de la Unesco sí que podría tenerla lista... ¡qué margen!). Elena estaba con su material mexicano, he visto su metraje de cielos asombrosos, una pirámide sin muertos dentro, ¿monumento megalítico? ¿templo?, y chumberas y bonitos cactus y un cardenal rojo que cantaba en un árbol...

sábado, 18 de agosto de 2007

Fanny y Alexander
















Fotos: Abajo: fotograma de Fanny & Alexander. Arriba: I.N. Ositos caídos.

Consultar la cartelera en los periódicos es pesado y difícil y me produce una especie de sopor. Antes me gustaba el formato de La Vanguardia, los estrenos iban primero, la letra era grande, era fácil de leer y buscar. Pero entonces lo cambiaron para imitar a la de El País, que ya había empeorado terriblemente, reduciendo tanto la letra que hacía falta lupa. En esas carteleras, si lo miras por cines (al fin y al cabo, yo sólo visito tres o cuatro cines, aunque recuerdo con nostalgia el Ars, el Savoy, el Cataluña y tantos otros desaparecidos, donde vi películas que cambiaron mi percepción del mundo), luego da pereza ir a ver la ficha de cada película. En esas condiciones, volver a ver Fanny & Alexander de Bergman en el Casablanca me tentaba más que escudriñar otras posibilidades desconocidas. Aunque no conté con las horribles fiestas de Gràcia, que estremecen las calles con rugidos espantosos y música basura y al salir del cine, y yo me sentía como el viejo Salinger en la única foto donde intenta detener a los fotógrafos con una expresión de terror.

Pero la película sigue siendo maravillosa. Esa visión de la infancia... Decía Coetzee en Boyhood que aunque la enciclopedia defina la infancia asociándola a la alegría inocente, nada de lo que experimenta el narrador en el colegio o en su casa le convence de que la infancia sea otra cosa que "a time of gritting the teeth and enduring", tiempo de apretar los dientes y resistir. En Fanny & Alexander la contemplación de un mundo adulto donde conviven la sensualidad, la excentricidad, la celebración de la vida con una presencia continua de la muerte, la imaginación y el miedo, lo esotérico y el amor, y en medio de la religión vivida en el terror, como instrumento de dominio, están esos seres libres (como la abuela, como su amante judío, mis dos personajes favoritos) e infieles, esa alegre promiscuidad y al mismo tiempo, la complejidad donde incluso los personajes más positivos tienen su rincón de locura más o menos encerrada, controlada o bien utilizada en un entramado cotidiano, junto con las visiones de los espíritus y el germen del cine bergmaniano, y el teatro como metáfora de la vida ritualizada, los distintos papeles y el vacío de no saber cuál de ellos es uno mismo, todo comprimido en un universo de niño, que la mirada del protagonista sabe expresar en su perplejidad silenciosa y en su inmensa curiosidad investigadora.

Antes, mi hijo había venido a coger algunas cosas para su viaje a Portugal, a un festival que ya conoce del año pasado. Buscaba un saco de dormir (ingenioso fardo que se vuelve diminuto una vez cerrado) y no lo encontraba. El saco apareció, pero cuando abrí el armario del altillo para ayudarle, cayeron, en una especie de lluvia seca, unos cuantos peluches, que viven apretujados y ocultos, en su cómodo escondite, alegre y nostálgico. Ja els guardarem, dijo G. Y yo los acomodé allí mismo, por esa absurda inclinación a no maltratar a todo lo que represente una figura, en el caos total de la habitación de G, un pedazo de su infancia caída del armario.
En Boyhood, que es un librito magnífico sobre la infancia del que aquí se ha hablado poco, hay dos o tres pasajes que se me han quedado grabados y uno de ellos explica los sentimientos ambivalentes hacia la madre, las raíces de la misoginia en los celos edípicos, mejor que ningún otro autor. La familia del narrador ha dejado Johannesburgo y se ha ido a vivir al campo y la madre no sabe conducir y se siente aislada. Decide aprender a ir en bicicleta, pero su marido, el padre del narrador, y todos los amigos hombres, se burlan de ella y ridiculizan su intento. El narrador defiende a su madre, pero un día la ve, se la cruza cuando él vuelve a casa. Ella se aleja en bici y parece tan libre y feliz con el pelo y la ropa al viento, que él no puede resistir sus celos. A partir de aquel día, aún sabiéndolo y sintiéndose fatal por hacerlo, se une a los comentarios ofensivos y jocosos del. padre y los otros. Hasta que su madre renuncia a la bici y se resigna a su aislamiento.
Pero volviendo a los peluches caídos del armario, y al hermano supuestamente loco y peligroso, huérfano gay y con poderes esotéricos que vive encerrado y contento en la habitación secreta de la película, pensaba inevitablemente en esos compartimentos de la mente que encierran voces más o menos adormecidas, más o menos peligrosas de la infancia (oh, ya sé que hay vida más allá de la infancia, yo soy un ejemplo de cómo puede subvertirse y al mismo tiempo, de que algunas heridas que nunca se curan -il pouvait enfin dormir et revenir à l'enfance dont il n'avait jamais guéri", escribía Camus, pero la infancia tiene siempre las claves de todo), y que pueden abrirse y cerrarse movidos por gestos exteriores. Como en aquel sueño mío del costurero chino, con su llave general y sus cajoncitos etiquetados caóticamente o con un orden complejo, asimétrico y profundo.

martes, 31 de julio de 2007

Bergman, Antonioni

Fotos: David Hemmings en Blow Up; Ingmar Bergman.
No puedo olvidarme de la primera vez que vi, en fugas matinales, El manantial de la doncella y El séptimo sello en el Savoy, ni tampoco de cuando se anulaba una clase en Unitec y yo me metía en el desaparecido y confortable cine Cataluña, a ver Gritos y susurros o Secretos de un matrimonio. Tenía la sensación de que, por la mañana, las películas llegaban a mi mente por un conducto distinto, como si los sentidos no hubieran puesto sus filtros a esas horas, como si la belleza y el silencio y la reflexión que había en esas películas casi me hirieran al percibirlos. Debo de haber visto Blow Up incontables veces, en parte por puro azar, tal vez porque se ha repetido mucho en Canal Satélite, (con esas repeticiones del canal, mi hijo y yo nos aprendimos de memoria algunos diálogos de The Winslow Case, algo en esa película nos gustaba y siempre que uno de los dos encendía la tv la estaban poniendo y no resistíamos la tentación de ver al menos un trozo), y me sigue fascinando la mirada de David Hemmings, el rumor del viento en el parque, la ropa de la época, Verushka, el swinging London que conocí a los 15 y 16 y que desapareció por completo, y los silencios, la forma de Antonioni de contar aquel cuento de Cortázar. Y también me fascinaba Zabriskie Point, aquellos dos actores me recuerdan a algo que viví, una fuga, o una belleza desencajada, imposible, sensualidad feliz y sin futuro, vivir en un paréntesis que cerrarían los demás imperativos: el mercado salvaje, la rigidez de las instituciones, la mediocridad de todo. El actor fue una especie de anarquista delincuente rescatado por Antonioni de la calle, y tras su gran momento, volvió a caer y acabó muriendo en una cárcel.
Ahora buscaré alguna película otra de Bergman, de Antonioni, para hacerles mi pequeño homenaje mudo, sólo viéndolas, sin decir nada.