Foto: I.N. Pino en Collserola, 2008
Vi otra película de Bergman, Passion, de 1969, oscura y luminosa al mismo tiempo, muy dura y extraña, alternando recursos experimentales o inesperados con toda naturalidad, sin que eso estorbase a la narrativa. En esos personajes aislados, solitarios, hay una mezxla de ternura y violencia, de humor y de hostilidad desesperada. Hay una atmósfera de jauría humana de fondo, pero también se habla de afinidades y amistad y se retrata a los personajes con empatía.
Y ayer aproveché un descanso en mi traducción para irme a ver La question humaine. Los que me la habían recomendado -una psicoanalista de la lista del librero de la calle Berlinès y un librero-escritor- no me habían avisado de la longitud, ni tampoco de la película que vería. Confieso que la primera parte se me hizo casi insoportable, cansina, pesada. Luego empecé a ver por dónde iba y entonces fue como una estocada. Como Cronemberg (según dijo Vila-Matas), se trataba del peso del pasado en el presente (una obsesión casi dolorosa en mí, como saben los que me leen aquí y acullá -me encanta esa palabra última). Y también del nazismo en la empresa, de las resonancias de la limpieza étnica y la idealización aria y el racismo feroz que negaba el derecho a la vida de los "imperfectos", enfermos, "débiles", no arios, etc. en la selección de personal de las empresas (y en las leyes de inmigración). Tiene razón el librero que escribe en que es poskafkiana, pero yo tengo mis divergencias a su visión, que copio aquí entre paréntesis (Al principi l'anava mirant i pensava que era pedant i prou, però al final m'he quedat totalment pasmat davant la pantalla, i ara sé que em perseguirà. És un efecte semblant al que vaig tenir quan fa anys vaig mirar pel·lícules del Resnais, Marienbad o Muriel, que em va agradar molt. Si em poso molt pedant et diria que La question humaine és una peli postkafkiana, que parla de la violència del llenguatge i del llenguatge de la violència, que al principi té un aspecte Fight Club (tu que ets proPahlaniuk, potser després d'un dia com avui hauria d'haver anat a veure aquesta versió que fan ara d'Asfixia, tot i que ara no m'arrepenteixo d'haver anat a veure La question humaine!), és abstracta, es va fent abstracta, és una obra d'art dura i dolorosa, gens gratuïta, em temo, que no he acabat d'entendre i percebre en la seva totalitat i que potser torno a mirar.) Para mí, a diferencia de Resnais y de El verano pasado en Marienbad, la ausencia de una poética visual propia, de unas imágenes que cuenten mejor, de cierta innovación y de capacidad de síntesis lastran el relato. Hay un solo momento, un casi monólogo (de Arie Neuman) con fuerza poética, además de algunas ideas: la lengua que está muerta y proscrita, las palabras que el jefe de la empresa (hijo de un colaboracionista) deja en blanco en alemán (y la compasiva secretaria rellena por él en su traducción francesa), palabras ligadas para siempre a aquel dolor, lengua utilizada perversamente en el genocidio, lengua que no puede ya ser. Fragmentos de una psicosis que nace de ese dolor. Y está bien que todo eso se diga en una película y que haya un trabajo de abstracción, aunque sea en la segunda mitad. Con todo, pensé que cinematográficamente podría haber hecho un esfuerzo, no sólo en la forma de narrar (tal vez yo estaba condicionada por las películas maravillosas e innovadoras ya entonces, con un universo visual propio, que había visto estos días, Bergman, Truffaut..., me molestó esa falta de poética visual, ese exceso de hiperrealismo contemporáneo y la estética convencional de la empresa y el sexo), y me irritó la falta de economía (la primera parte es lenta y alambicada). Y pese a todo, me atacó de lleno. Había ido sin pensar, a la escapada. Me encanta decidir de pronto e ir al cine sola, en cualquier momento (un sábado me encontré a una pareja que casi me dio palmaditas en la espalda, lo vi claramente; y es que a algunos, de los que van cada fin de semana al Empordà o la Cerdanya, les parece incomprensible la vida de los singles, no pueden creer que esto sea voluntario, que nadie necesite preservar su propio espacio o que prefiera irse de viaje cuando todos ellos vuelven) pero salí abrumada. Me dolía la cabeza y sentía náuseas. Claro que mis síntomas se debían a mi hígado, que protestaba por el tratamiento de antiinflamatorios para mi brazo, pero en mi mente todo se mezcló. El asco y la tristeza del mundo y del hígado (según los chinos, el alma está en el hígado), el peso de mi pasado remoto en el presente, el viejo dolor, el "¿qué puedo hacer con lo que me han hecho?" Y aunque en mi caso hay una respuesta feliz, en este momento no estoy escribiendo y eso siempre pincha como un collar de espinas. Por suerte, encontré a V. que me hizo de Lucy Van Pelt en su quickie telefónico de Psychiatric Help.
Hoy he acompañado a G. a ver a P.A., director de documentales y profesor de cine, para que le aconsejara en su posible cambio de rumbo. Yo sabía que a G. le caería bien P.A. y creo que la conversación le ha sido útil. A la vuelta, en moto, el frío era inhumano. (A la ida, por el camino me ha llamado un periodista de La Vanguardia: publicarán una nota sobre mi amigo persa detenido en Irán. Hoy la crónica de María Ángeles Espinosa en El País era escalofriante. ¡Penas de muerte y ejecuciones a menores por la ley del Talión! A veces me acuerdo de H. y me pregunto cómo estará. Hoy también me han escrito de Amnistía, y he hablado con una diplomática experta). Un artículo que me gusta sobre él en The Washington Post.
Antes de llegar a la cita en Banys Nous, he hecho una visita fugaz a la Belle Elaine, que me ha enseñado cómo montar película en el ordenador (yo tengo 17 cintas balcánicas para montar y reconvertir... tal vez para la conferencia de abril en Amics de la Unesco sí que podría tenerla lista... ¡qué margen!). Elena estaba con su material mexicano, he visto su metraje de cielos asombrosos, una pirámide sin muertos dentro, ¿monumento megalítico? ¿templo?, y chumberas y bonitos cactus y un cardenal rojo que cantaba en un árbol...
